I
Los negocios de la Orden.
Fué bastante cruel en la capital de España el invierno de 1825.
Los temporales sucedíanse con alarmante frecuencia; cuando no llovía,
nevaba y un viento frío y huracanado limpiaba las calles de transeúntes,
encargándose al mismo tiempo de llenar los cementerios, esparciendo
pulmonías a granel.
Parecía que la Naturaleza deseaba imitar con sus furores los actos de la
triunfante reacción.
A las cuatro de la tarde de uno de aquellos días, o sea cuando las
sombras nocturnas comenzaban ya a invadir las calles cubiertas por
espesa capa de nieve, un hombre con sotana, de pie tras los vidrios de
un balcón perteneciente a una casa vieja con honores de palacio,
contemplaba un grupo de voluntarios realistas que, parados en el centro
de la calle, entonaban la "Pitita bonita con el piopom...", canción
insustancial y ridícula que había venido a sustituir al marcial himno de
Riego y que era el canto de guerra de los defensores del absolutismo.
Aquellos bravos voluntarios de la reacción no hacían mucho caso del
frío, sin duda a causa de la gran cantidad de vino que calentaba su
estómago; y con sus ademanes grotescos, sus discusiones incoherentes, su
canto monótono y sus movimientos inseguros, parecían causar gran placer
al cura, que sonriente les atisbaba tras el balcón.
Era joven el curioso ensotanado, y, sin embargo, al primer golpe de
vista tenía el aspecto de un hombre que ha llegado a la decrepitud. Su
cabeza enorme, que aún parecía más grande sosteniéndose al extremo de un
cuello flaco y prolongado, tenía grandes manchas de calvicie, pues sólo
a trechos ostentaba manojos de cabello, áspero e hirsuto, iguales a
punzantes brochas de rojo esparto; su rostro estaba surcado de arrugas
que, por lo inmóviles y petrificadas, semejaban las huellas que las
continuas lluvias dejan en las cariátides de una fachada, y sus ojillos
verdosos, hundidos y chispeantes, así como su boca de delgados labios,
tenía una expresión que causaba miedo, por lo mismo que era eternamente
sonriente.
Adivinábase en aquel cuerpo flacucho, largo y un tanto encorvado, un
cúmulo de malos instintos y una gran propensión a encontrar el placer en
la contemplación del dolor.
Se veía en él inmediatamente al ser nacido para el mal, que de niño se
divierte en atormentar a cuantos le rodean, que de hombre prepara con la
fruición de un artista el ataque contra sus semejantes y que, al llegar
a la vejez, muere poseído de desesperación por no haber tenido mano
suficiente para estrujar el mundo entre los dedos.
Era uno de esos ambiciosos insaciables que sienten la nostalgia de la
gloria. Pero su gloria es el triste y fatídico prestigio de los grandes
criminales.
Ante la imagen de Nerón, era capaz de sentir el mismo desconsuelo que
César delante de la estatua de Alejandro cuando se lamentaba de ser
desconocido a la misma edad que el caudillo macedónico era ya célebre.
Gozaba con la degradación humana; le gustaba en extremo que el hombre
apareciera al nivel del irracional, y de aquí que sintiera idénticas
impresiones que un filarmónico en un concierto, contemplando a los
realistas ebrios que en medio de la calle gesticulaban grotescamente
como monos.
Era malvado, y por eso aspiraba a la destrucción de todo cuanto de
grande y noble había en el mundo; pero era cobarde y por esto había
ingresado en la Compañía de Jesús.
Formando parte de la inmensa y misteriosa falange creada para combatir
al progreso y a la dignidad humana, podría hacer uso de todas sus
infames cualidades sin miedo al castigo. La solidaridad jesuítica le
ponía a salvo, y si le atacaban, miles de sotanas negras saldrían
inmediatamente en su defensa. Además, en ninguna otra parte como en el
mundo creado por Loyola, podían apreciar sus brillantes facultades de
bandido.
Detrás del jesuíta, que seguía derecho tras las vidrieras, existía un
espacioso salón que apenas si lograba alumbrar la mezquina claridad del
crepúsculo que penetraba por el balcón y la luz de una gran lámpara con
pantalla verde que estaba en lo más hondo de la habitación, colocada
sobre una gran mesa de caoba groseramente tallada y de patas macizas,
igual a las que aun hoy se ven en el atrio de las iglesias sirviendo de
despacho a las juntas de cofradías.
A lo largo de las paredes y alzándose hasta tocar el techo, estaban
puestos en fila grandes armarios repletos de libros encuadernados en
pergamino y de ventrudas carpetas, todo clasificado y rotulado
escrupulosamente, a juzgar por las pequeñas tarjetas pendientes de
libros y legajos con números y letras que formaban jeroglíficos
enrevesados, solamente comprensibles para su autor.
Tal era la abundancia de escritos en aquella estancia, que parecía que
por ella había pasado una inundación de papeles, dejando su rastro en
todas partes.
En el suelo y sobre las sillas, veíanse montones de pliegos y cuadernos
cubiertos de renglones apretados, y alrededor de la mesa, la avalancha
de papeles aún era mayor, pues se erguía formando gruesas columnas que
amenazaban desplomarse sobre la escribanía, cubierta de capas de tinta
seca y rematada por un busto de San Ignacio.
El lienzo de pared que se extendía detrás de la mesa era el único
desnudo de armarios y legajos; pero estaba ocupado por un gran mapa de
España, hecho a mano, y una gran parte del cual quedaba envuelto en la
sombra.
El jesuíta, siempre de espaldas a la habitación, con las manos metidas
en los bolsillos de la sotana y chupando el residuo de un cigarrillo de
papel, seguía contemplando la calle sin que lograran hacerle volver la
cabeza las diabluras de un gatazo blanco, gordo y lustroso como un
canónigo, que saltaba sobre un ancho brasero cuando no se entretenía en
arañar estridentemente los hilos de la alambrera.
De pronto, un hermoso coche, que por su forma moderna y elegante parecía
impropio de aquel tiempo en que todavía imperaba la pesada y antigua
carroza, penetró en la calle con ligereza, ahogándose el ruido de sus
ruedas en la espesa alfombra de nieve.
El jesuíta lo reconoció inmediatamente.
--¡Su reverencia, que llega!--murmuró, e inmediatamente se retiró del
balcón para ir a ocupar su asiento junto a la mesa, no sin antes dar una
patada al gato por puro gusto de hacer daño.
Púsose inmediatamente a escribir en un papel colocado en el centro de la
gran cartera de badana y así estuvo mucho tiempo sin levantar la
cabeza, hasta que, por fin, oyó rumor de pasos cerca de la puerta.
Entonces levantó el rostro, fingiendo admirablemente una expresión de
sorpresa.
Quien entró fué el padre Claudio. Arrojó su sombrero y manteo sobre una
silla, dirigió como saludo al escribiente una sonrisa protectora, propia
de un superior distinguido, pero amable, y fué a sentarse al lado del
brasero con aire mujeril, subiéndose un poco la sotana y mostrando sus
ajustados zapatos con hebillas de oro y sus medias de seda negra, que
comprimían las pantorrillas, de líneas correctas y artísticas como las
de una dama.
Después de remover las brasas y de acariciar al gato, que fué a frotarse
cariñosamente contra sus piernas, fijó su vista en el otro jesuíta, que
desde la llegada de su reverencia se había quedado inmóvil y con la
cabeza baja, como si esperara para seguir trabajando la orden de su
superior.
--¿Has trabajado mucho?
--Así, así, reverendo padre. Mi voluntad es más grande que mis fuerzas.
--¿Despachaste ya el correo?
--En ello estoy, reverendo padre. Tengo ya escritas las contestaciones a
las cartas recibidas ayer. No son tantas como en otros días.
--¿Llegó ya el correo de hoy?
--El hermano portero del Seminario lo trajo hace una hora. He examinado
todas las cartas y aguardo vuestras órdenes para contestar.
--Bien; procedamos con orden. Primero las contestaciones a las cartas de
ayer.
--Aquí están escritas y sólo esperan vuestra firma. Las copias están
puestas ya en cifra en el libro de memorias.
--¿Qué le dices al superior de nuestra casa de Zaragoza?
--Lo que vuestra reverencia me indicó. Que es imposible enviarle un
ochavo y que él es quien debe procurar lo necesario para que la Orden
sea rica y poderosa en Aragón, y enviar además aquí cuanto pueda.
--Esa es la verdad. Los jesuítas, cuando se establecen en un punto, es
para sacar de los buenos devotos los medios para proseguir su campaña en
bien de Dios y de la Religión, y no para gastar en provecho del pueblo
el dinero que la Orden atesora después con tan grandes esfuerzos.
Nosotros sólo somos esponjas que chupamos el zumo del país en que nos
establecemos para exprimirlo después sobre nuestra caja de Roma.
¡Medrada estaría nuestra Orden si en vez de atesorar derramara su dinero
en los países donde está establecida! El que piensa lo contrario no es
buen hijo de nuestro santo padre Ignacio.
--Lo mismo creo yo, reverendo padre--apuntó servilmente el amanuense.
--Creo, hermano Antonio, que habrás escrito en tono fuerte al superior
de Aragón.
--Así es, reverendo padre.
--Muy bien. Ya pensaremos en reemplazar a ese padre con otro que sea más
activo e inteligente y que no nos venga pidiendo auxilios a pretexto de
los grandes daños que en nuestras antiguas posesiones causaron los
revolucionarios durante su gobierno, y de la pobreza de los devotos para
contribuir a su reparación. Adelante. ¿A quién más has escrito?
--Conforme a la lista que vuestra reverencia me entregó y a sus
indicaciones, he contestado al alcalde corregidor de Murcia.
--Es un caballero honrado, ferviente defensor de Dios y del rey y digno
de nuestra estimación, por el afecto que siempre ha demostrado a la
Orden. ¿No nos felicitaba porque el señor don Fernando había decretado
nuestro restablecimiento, poniendo las cosas de la Orden tal como se
encontraban antes de la maldita revolución del veinte?
--Sí, reverencia. Yo le he contestado dándole gracias por el afecto que
demuestra y rogándole cuide de favorecer y dar protección en todas
ocasiones a los padres que hemos enviado a dicha provincia.
--Está bien. ¿Cuáles son las otras contestaciones?
--A James Clark, en Gibraltar, excitándole a que vigile cada vez más a
los emigrados liberales y que vea el modo de impulsarlos a que intenten
un desembarco en las costas de España.
--Sí; eso sería de muy buen efecto. El rey fusilaría unos cuantos de
esos miserables que tanto daño nos han hecho, y los que aún piensan
ocultamente en el restablecimiento de la libertad, acabarían de
desengañarse y se arrojarían en nuestros brazos.
--Clark pide dinero para seguir sus trabajos.
--Di mañana al padre Echarri que le remita diez onzas.
--Al librero Suárez, de Barcelona, le he dicho que puede enviar los dos
mil ejemplares de "Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII".
--Es una buena obra escrita por un fraile, que, aunque no de nuestra
Orden, nos es muy adicto. Conviene hacerla circular, pues de este modo
el pueblo odiará cada vez más a los liberales y estará por completo
sumiso a la paternal autoridad de Fernando y a nuestra santa dirección.
Avisa al padre Echarri para que envíe el importe de los libros y los
reparta en las escuelas y entre los voluntarios realistas que sepan
leer... Afortunadamente, éstos no son muchos.
--Al superior de Jaén le he excitado para que no deje de la mano el
negocio de la condesa de la Fuente y que procure que el testamento se
haga cuanto antes.
--Muy bien. Esa buena condesa es vieja y achacosa; su fortuna asciende a
cuatro millones, y justo es que nosotros seamos sus herederos, ya que
durante muchos años hemos estado encargados de la administración de su
casa.
--A don José López, el secretario del obispo de Oviedo, le he escrito
recomendándole que vigile bien al deán. Al deán le he encargado que no
pierda de vista a don José López.
--Muy bien. ¿Y qué más?
--A don Nazario Ercilla, canónigo de la catedral de Oviedo, le he dicho
que siga observando atentamente al deán y al secretario del obispo.
--Perfectamente. Con tres agentes distintos no es posible el engaño ni
los informes falsos.
--He incitado a nuestro comisionado en Sevilla a que siga en los cafés y
tabernas hablando pestes del Gobierno y haciendo la apología de Riego y
la Constitución.
--Eso es lo que conviene, y harás bien en escribir mañana mismo de un
modo idéntico a todos nuestros agentes asalariados en las principales
capitales. Conviene que, hablando como furibundos revolucionarios, echen
el anzuelo: pues tal vez algunos de los que aún son admiradores de la
muerta Constitución, en el calor del entusiasmo, se delaten sin
conocerlo. Es útil en la actual situación dar trabajo a las comisiones
militares permanentes, que no saben ya a quién enviar a la horca.
--Al marqués del Pino, de Córdoba, le he contestado diciendo que vuestra
reverencia no olvida su pretensión y que interpondrá en Roma su
influencia para que Su Santidad le conceda los honores de camarero
secreto de capa y espada.
--Has hecho bien. Nada me cuesta halagar con tales nimiedades la
frivolidad de ciertos seres. Además, el marqués es gran amigo nuestro y
hace poco decidió a una prima suya a que hiciese testamento en nuestro
favor.
--Al "Patilludo" le he escrito al cortijo de Sierra Morena, que ya
conoce vuestra reverencia, amenazándole con nuestro desagrado si no es
más puntual en enviar la mitad del producto de sus operaciones. Diez
coches de posta han sido robados en el pasado mes; en ellos iba gente
rica, la mayor parte indianos que habían desembarcado en Cádiz, y sin
embargo, ha tenido la desvergüenza de enviarnos solamente cien
peluconas.
--¿Le has escrito en tono fuerte?
--No he ido corto en amenazas.
--Así debe hacerse. Ese canalla debe saber que nuestra protección no se
vende barata y que, si no envía más dinero, cualquier día haremos que el
Superintendente de Policía del reino le envíe a sus guaridas de Sierra
Morena una partida de caballería, y entonces no le valdrá el haberse
batido contra los liberales a las órdenes del conde de Baselga... ¿Qué
más hay?
--He escrito al comandante de los realistas de Haro manifestándole
nuestra satisfacción por el acierto con que sabe castigar a los
emigrados liberales paseando por las calles a sus esposas emplumadas,
montadas en un borrico y con un cencerro al cuello, entre la rechifla y
las pedradas de los buenos cristianos; igualmente doy las gracias, en
nombre de Dios, al prior de los capuchinos de Castellón por el acierta
con que ha sabido conquistar el alma de la esposa de un ex diputado que
está en Londres, haciendo que olvide a este maldito, que deje de
escribirle y que entre en una casa de religiosas; y he dicho a Antonio
Ullastres, zapatero de Barcelona, que ha hecho muy bien en dar informes
desfavorables en el expediente de purificación del general Castaños,
pues, aunque éste en el año diecisiete fusiló por orden del rey a un
general hereje como Lacy, después no se ha mostrado muy obediente a la
causa del altar y el trono y transigió, aunque encubiertamente, con el
Gobierno de la Revolución.
--¿No hay nada más?
--Nada, reverencia. Aquí tengo apartadas todas las contestaciones que
sólo esperan vuestra firma o vuestro nombre de guerra. No son tantas
como en otros días.
--Ya habrás hecho en el resumen diario de trabajos el extracto de la
correspondencia.
--Sí, reverendo padre. He procurado corregirme de los defectos que en mí
había notado y el resumen va tan conciso como claro, sin confusiones ni
ambigüedades.
--Haces bien, pues en tal trabajo consiste tu porvenir. Dicho resumen va
dirigido a nuestro general en Roma y queda sepultado en nuestros
archivos, donde existen las biografías secretas y retratos morales de
cuantas personas de alguna significación existen en el mundo. Es un arma
invencible que ningún rey ni potestad de la tierra posee, y juzga tú si
con su ayuda podemos tener por segura nuestra victoria sobre el
universo. Conviene, pues, que el diario informe vaya redactado con
claridad y exactitud notables, tanto más cuanto que la mayor parte de
las personas que nos escriben envían también a Roma copia de sus
documentos y allí unos y otros sufren el consiguiente cotejo. Si logras
hacerte notar por tu veracidad y exactitud, tu suerte está ya hecha;
pero si en los informes faltas a la verdad, ya sabes cuál será tu
castigo. Nunca podrás figurar como un verdadero hijo de Loyola ni
pronunciarás el juramento "en cadáver viviente me convierto".
El hermano Antonio pareció conmoverse un tanto por esta amenaza, y como
si quisiera cambiar la conversación, cogió de un extremo de la mesa
algunas cartas abiertas.
--Estas son, reverendo padre, las cartas llegadas esta tarde. ¿Quiere su
reverencia que le indique el contenido?
--Habla y después me dirás los informes de nuestros agentes en Madrid.
--Esta carta es del superior del colegio de Vitoria. En la ciudad se
habla mucho contra un hermano coadjutor que, según dicen, intentó forzar
a la hija de un militar desterrado y pendiente de purificación. La
familia dice pestes contra el coadjutor y nuestra Orden y el superior
pregunta qué es lo que debe hacerse... ¿Qué contestamos?
Reflexionó un breve espacio el padre Claudio y después dijo a su
secretario que se preparara a tomar notas de las respuestas:
--Ese escándalo es demasiado importante para dejarlo sin remedio. El
prestigio de nuestra Orden exige una inmediata reparación. Al hermano
coadjutor que lo envíen al colegio de Sevilla, y allí que esté durante
quince días arrodillado a la hora de comer frente a todos sus
compañeros, con un cartel al cuello que diga: "Lascivo". En cuanto a la
familia de la muchacha, recomienda a la Comisión militar permanente de
Vitoria que la vigile de cerca, y a la primera ocasión oportuna, envíe
el padre a presidio o lo ahorque si le parece mejor. Así aprenderán esos
impíos a no llevar en lenguas a la Compañía de Jesús.
--El agente de Salamanca escribe que a nuestro amigo, el boticario don
Leandro, lo han metido en la cárcel como autor de la muerte de tres
domésticas que en diversas épocas han desaparecido de su casa. El
boticario solicita la protección de la Orden, y jura que es inocente.
--Nada tendría de particular que fuese verdadero el asesinato de esas
muchachas. El tal don Leandro es un tuno redomado, pero hay que confesar
que nadie le va a la mano en la confección de venenos. ¡Con qué lentitud
y disimulo matan! ¿No es verdad, hermano Antonio?
Y el hermano jesuíta, al decir estas palabras, sonreía tan malignamente
que su rostro tenía la misma expresión de esos diablos berroqueños, que,
horripilantes y sarcásticos, surgieron en los frisos de las catedrales
bajo el cincel de los escultores de la Edad Media. El amanuense le imitó
con una de sus más fúnebres sonrisas, y así permanecieron largo rato,
como recreándose en el recuerdo de hechos pasados.
--Favoreceremos a don Leandro--dijo, al fin, el padre Claudio--pues no
es racional que nos privemos de tan hábil y sumiso proveedor. Mañana
recuérdame, cuando vaya a Palacio, que debo hablar con don Tadeo
Calomarde, para que, como ministro de Gracia y Justicia, mande al
corregidor de Salamanca que ponga en libertad al boticario.
--La casa Gómez, de Cádiz, anuncia que ha vendido a buen precio la
partida de café que nos enviaron de Puerto Rico.
--Envía la carta al padre Echarri, nuestro administrador.
--El agente de Jábea dice que el alijo de tabaco se ha llevado a cabo
sin otra novedad que la de tender de un trabucazo a un guardia de costa.
La ganancia de esta operación pasará en su concepto de seiscientas
onzas.
--Avisa también al padre Echarri, que siempre experimenta un santo gozo
cuando ve aumentar el tesoro de la Orden.
--El superior del colegio de Granada se queja de la propaganda que unos
frailes dominicos hacen en aquella ciudad contra nuestra Orden. La
semana pasada predicaron un sermón en el que pintaban a los jesuítas
como intrigantes, sin conciencia, más amigos de los negocios que de la
religión y deseosos de avasallar al mundo.
El padre Claudio, al oír esto perdió la calma. Su sonrisa desapareció y
un relámpago de ira pasó por sus ojos.
--Esos frailuchos--dijo con voz algo temblorosa por la cólera--son una
canalla soez y grosera que nos hace cruda guerra y a los que necesitamos
amordazar. ¿Por qué nos combaten? ¿No los dejamos tranquilos? Durante
largos siglos han estado todos ellos, y especialmente los dominicos,
monopolizando un instrumento tan valioso como la Inquisición, y
explotando toda Europa. Ya que han tragado bastante, que nos dejen ahora
hacer nuestro agosto a los hijos de Loyola, pues lo contrario es ser
soberbios, y Dios no quiere más que servidores humildes y pobres como
nosotros.
--Esa es la verdad, reverendo padre--dijo el secretario, que no perdía
ocasión de adular a su superior--. Vuestra reverencia habla con la
elocuencia de un Bossuet.
Ya sabré poner remedio a la osadía frailuna haciendo que toda España
odie a esos seres que uno de los malditos escritores de la Revolución
definió graciosamente diciendo que eran "groseros animales que asomaban
la cabeza por una ventana de paño pardo".
Quedó el jesuíta pensativo, como combinando un plan contra aquellos
competidores que disputaban a la Orden la explotación del fanatismo, y
después dijo al secretario con resolución:
--Antonio, mañana llamarás al gacetista Martínez.
--Reverendo padre, ese sujeto es un borracho del que no puede sacarse
partido. Aún no ha hecho las letrillas satíricas que le encargamos
contra los absolutistas templados que aconsejan al rey la clemencia con
los liberales. Y eso que el padre tesorero se las pagó por adelantado.
--Cállate y no repliques--dijo el superior dirigiendo una altanera
mirada al amanuense--. Llamarás a Martínez y le encargarás que sin
perder tiempo escriba un folleto diciendo que la Compañía de Jesús ha
tenido más sabios, oradores y publicistas que todas las Ordenes
religiosas juntas, y que los frailes (especialmente los dominicos) son
gentecilla borracha, disoluta, avarienta, mujeriega y todo cuanto de
malo existe. Martínez es un exclaustrado que abandonó el hábito por su
mala conducta, así es que estará bien enterado de las hazañas de sus
antiguos colegas.
--Está bien, reverendo padre. Pero ruego a vuestra reverencia que se
acuerde de lo que nos ocurrió hace dos años en tiempos de la
Revolución, cuando le encargamos aquel folleto en el que, a nombre de la
libertad, se pedía la santa guillotina, el amor libre y la comunión de
bienes; todo para desacreditar a los liberales. Cobró el folleto por
adelantado, se lo bebió en unas cuantas borracheras y ésta es la hora
que aún no lo ha escrito.
--En vez de llamarlo a él, avístate con su querida, la Pepa, y dale el
importe del escrito. Ella es mujer capaz de acelerar la redacción del
libro, dando al autor una paliza diaria hasta que lo acabe. Toma nota
del asunto, despáchalo mañana mismo, y a ver si la semana que viene está
ya el manuscrito en la imprenta. ¡Lástima que ese perdido tenga una
pluma sangrienta, de la que tanto necesitamos! Vamos a otro asunto.
--No queda más que esta carta, que es del arzobispo de Valencia.
--¿Qué quiere su ilustrísima?
--Pregunta qué es lo que debe hacerse con Ripoll, el maestro de escuela
de Ruzafa.
--Grande hereje es ese maestro, y no parece sino que el diablo hable
dentro de su cuerpo. Figúrate, hermano Antonio, que en todos los tonos y
con la firmeza del que asegura una verdad indiscutible, afirma que la
Santísima Trinidad es una farsa, que la misa es un sainete, que todas
las religiones son falsas y malas, sin exceptuar la católica; que el
hombre no debe creer en otra cosa que en su propia razón, y no sé
cuántos disparates más, que apoya siempre con testimonios sacados de las
endiabladas obras de Voltaire, Rousseau y demás filosofastros que
formaron la endiablada Enciclopedia. ¡Bien marcharía la Religión y
medrados estaríamos nosotros si el pueblo creyera lo mismo que ese
maestro hereje!
--El arzobispo se muestra admirado por el valor y la fuerza de voluntad
del preso.
--¿Qué es lo que hace?
--Los presos, en la cárcel de Valencia, están subyugados por la humildad
y los buenos sentimientos que demuestra el hereje. A sus perseguidores,
los hijos de la Fe, les devuelve palabras cariñosas por insultos; con
discursos halagadores anima a los presos a que sepan sobrellevar su
suerte y a no encenagarse en el vicio, y varias veces se ha despojado de
sus ropas en el rigor del invierno para cubrir las desnudeces de
empedernidos criminales.
--En muchas ocasiones he visto, con sorpresa, cómo algunos de esos
herejes, enemigos del rey y de la Religión, procedían tan santamente.
Misterio es éste que me llama mucho la atención, y aun me hace creer que
quien tan meritorias obras hace es el diablo, que se alberga en su
cuerpo, y que con tales demostraciones quiere atraerse a los incautos y
a los asombrados.
--Así será, reverendo padre. Vuestra sabiduría descubre siempre la
verdad.
--¿Y pregunta algo su ilustrísima?
--Sí. Consulta a vuestra reverencia de qué modo ha de proceder para
castigar a ese impío. Los buenos católicos de Valencia quieren
aprovechar tan buena coyuntura para restablecer la Inquisición, quemando
vivo al maestro en medio de la plaza del Mercado, y el arzobispo desea
saber si puede hacerse tal fiesta en honor de Dios, sin peligro de que
se queje el Gobierno de Su Majestad.
--Difícil es eso. Nuestra aliada, Francia, a quien debemos la caída de
la Constitución, no quiere consentir, a pesar de todo su realismo, que
vuelvan los felices tiempos de la Inquisición. Un auto de fe en una
capital tan importante como Valencia motivaría grandes protestas de las
potencias de la Santa Alianza.
--¿Qué es, pues, lo que debo contestar?
--Dile al arzobispo que se contente con ahorcar al impío Ripoll. Lo
importante es librar a la sociedad de un monstruo que tan descaradamente
blasfema de la religión y atenta contra los derechos de la Iglesia; lo
de menos es que muera achicharrado o pendiente de una cuerda. ¿No tiene
el arzobispo constituída una especie de Inquisición con el título de
Junta de la Fe? Pues que esa Junta se convierta en tribunal, y que
juzgue al maestro, condenándolo a muerte. Di a su ilustrísima que no
tema las reclamaciones del Gobierno, y que cuente con nuestra valiosa
protección. Si los embajadores se quejan ya sabremos arreglar el asunto.
Organizaremos otra conspiración como la de aquel Bessieres (que santa
gloria haya) y diremos a las potencias extranjeras que es necesario
dejar al pueblo amante del Rey y de la Religión que desahogue sus
instintos contra los liberales y los impíos, pues de lo contrario se
corre el peligro de que se subleven a cada momento los voluntarios
realistas.
--Reverendo padre, vuestro inmenso talento se manifiesta en todos los
asuntos.
Aquella nueva muestra de adulación rastrera causó grata impresión en el
padre Claudio, que permaneció durante algunos minutos silencioso, como
gozándose en sus ideas.
--Además--dijo al amanuense, cual si le acometiera súbita inspiración--,
los buenos católicos de Valencia pueden cumplir sus deseos. La horca
puede compaginarse con la hoguera. Di al arzobispo de Valencia que
ahorque a Ripoll primeramente y, después, que arroje su cadáver en un
tonel pintado de llamas. Será quemado aparentemente, pues el tal tonel
vale tanto como la hoguera del Santo Oficio. Por algo se ha dicho que
con la intención basta... Pasemos ahora a los informes de nuestros
agentes de Madrid.