Entre el tropel de esbirros de la tiranía, que como un cinturón de
hierro y bocas de fuego rodeaba los muros de Cádiz, figuraba el conde de
Baselga, realista decidido y hombre de gran porvenir, del cual se
ocupaban periódicos tales como "La Atalaya de la Mancha", "El
Regenerador", y otros papeluchos redactados por furibundos frailes,
citando al Capitán de la Guardia como un modelo de fieles defensores del
despotismo.
¡Quién podía saber con certeza el número de barbaridades que el ilustre
Baselga había cometido desde agosto de 1822 hasta aquel momento,
defendiendo en los montes con más aire de bandido que de militar la
causa del Rey y de la Religión!
Al frente de unas guerrillas compuestas de fanáticos y de gente
perdida, había pasado más de un año en los montes de Aragón, operando
unas veces con entera independencia y otras a las órdenes de Bessieres,
el aventurero francés que en 1822 era sentenciado a muerte por
conspirador republicano y en 1823 se distinguía mandando a los feroces
"feotas", nombre que los liberales daban a los defensores del
absolutismo, por llamarse con énfasis soldados de la Fe.
Con gran disgusto de Baselga, las necesidades de la guerra le habían
llevado de Aragón a Valencia, y de este último punto tuvo que salir para
Andalucía, no pudiendo dirigirse a Madrid, donde ya funcionaba con el
carácter de Gobierno la reaccionaria regencia formada en Urgel.
El conde ansiaba ardientemente ver a Pepita, cuyo recuerdo no se
apartaba de su memoria, y ya que le era imposible cumplir su deseo,
consolábase escribiéndola largas cartas siempre que le era posible, y en
las cuales, con toda la corrección de que era susceptible su rudeza y
pasando por alto los homicidios ortográficos, describía una vez más la
constante grandeza de su pasión.
Cuando a principios de julio llegó aquel paladín del absolutismo a las
inmediaciones de Cádiz con sus feroces hordas, más para entorpecer que
para ayudar las operaciones de bloqueo que ejecutaban los franceses, el
administrador de Correos de Puerto de Santa María le entregó una carta,
cuya procedencia adivinó antes de abrirla.
El corazón le latió agitadamente, pues en las letras desiguales y
arrebatadas de la cubierta, le pareció ver la nerviosa mano de Pepita
manejando la pluma con loca precipitación.
Era la primera carta que recibía de la mujer querida desde que se separó
de ella.
Al principio, Baselga sólo se fijó en las palabras cariñosas y
apasionadas, en las promesas de eterno amor, en aquellos requiebros
melosos y aniñados, propios de la imaginación de una criolla; pero
después sus ojos que saltaban apresuradamente de renglón en renglón con
el ansia de leer de un golpe toda la carta, paráronse sorprendidos en
unas palabras misteriosas, cuyo significado no lograba comprender.
Pepita hablaba de circunstancias que hacían visible su deshonra, de
sucesos acaecidos después de su partida que echaban un borrón sobre su
buen nombre; aludía con cierto misterio al último mes de abril, y
terminaba anunciando que el buen padre Claudio enviaba al campamento
sitiador de Cádiz un hombre de confianza para que tratase con él de un
asunto grave. "De tu resolución--decía Pepita--, del acuerdo que tú
tomes, depende que yo viva o muera. La pérdida definitiva de mi honor
acabará mi existencia."
Baselga leyó una y otra vez la carta, deletreó todas sus palabras, y, al
fin, se quedó tan ignorante y confuso como al principio.
¿Qué peligros para el honor de Pepita serían aquéllos? El fogoso
militar, pensando que la mujer amada pudiera encontrarse en apurada
situación, soñaba ya en villanos enemigos y acariciaba la espada en su
cinto, y en el cerebro la descabellada idea de partir inmediatamente con
dirección a Madrid para emprender a estocadas a todos cuantos turbasen
la tranquilidad de la hermosa baronesa.
El ver incluído en la carta el nombre del padre Claudio, excitaba aún
más la curiosidad del condesito; pues éste reconocía que el afable
sacerdote no se iba a mezclar en asuntos de poca monta ni a tomarse por
éstos la molestia de enviar emisarios a Cádiz.
Dos días pasó Baselga dominado por una constante preocupación, y a tal
punto llegó ésta, que por las noches los oficiales franceses y algunos
guerrilleros que habían organizado una timba en el campamento, en la
cual tallaba el conde por derecho propio, le ganaron cuanto dinero puso
en la banca, sin que al antiguo fullero se le ocurriera sacar a plaza
sus indiscutibles habilidades.
En la tercera noche, Baselga, que arruinado ya, había pasado de banquero
a la simple calidad de mirón, fué avisado por su asistente de que fuera
de la tienda le esperaba un caballero que decía acababa de llegar de
Madrid.
Júzguese con qué rapidez acudiría el joven al llamamiento y cuál sería
su sorpresa al conocer que el enviado del padre Claudio no era otro que
el señor Antonio, el vejete realista que completaba su antiguo traje con
un gran sombrero de los que se llevaban a principios del siglo, llamados
de "medio queso".
El conde experimentó la mayor alegría al ver al eterno acompañante de su
amada. Hasta le pareció que en él había algo que evocaba la seductora
imagen de Pepita y que su mugrienta casaca exhalaba el mismo perfume de
su hechicero cuerpo. Quien haya estado enamorado comprenderá
inmediatamente tan extraña aberración.
No fueron pocas las preguntas que apresuradamente disparó Baselga sobre
el vejete; pero éste, con gran calma, le agarró suavemente por uno de
sus brazos y le fué alejando de la tienda.
--Si le parece a usted, señor conde--dijo el señor Antonio--, pasaremos
por sitio donde no nos puedan oír, pues tengo que comunicarle cosas
graves.
Dirigiéronse los dos hombres a los límites del campamento y comenzaron a
pasear a lo largo de una de las trincheras, cuidando de no acercarse
demasiado a un centinela que contemplaba curiosamente las idas y venidas
de aquella pareja, cuyas sombras dilataba fantásticamente la luna sobre
el suelo.
--Comenzaré por indicarle--dijo el viejo--que yo no vengo enviado aquí
por mi señora, sino por el reverendo padre Claudio.
--Lo sabía desde anteayer.
--¿Le ha escrito a usted mi señora?--preguntó con sorpresa el vejete--.
Lo ignoraba; pero ya nos lo recelábamos el bueno del padre y yo. La
pobre baronesa... ¡le quiere a usted tanto!
Y el señor Antonio quedóse cabizbajo al decir estas palabras, como si
lamentara en el fondo de su pecho que su ama se hubiese enamorado de
semejante perillán.
--Yo--continuó el viejo con acento triste--conozco a la señora baronesa
casi desde que nació, y aunque cometa una censurable irreverencia, digo
que la amo como si fuese hija mía. Juzgue usted cuál será mi dolor hoy
que la veo deshonrada.
--¡Deshonrada!..., ¿por quién?
--Usted lo sabe mejor que nadie. La señora, corazón sencillo e ingenuo,
se dejó engañar por un hombre audaz que cayó moribundo a la puerta de su
casa, y el premio de su cristiana caridad ha sido la deshonra.
--¡Señor Antonio! Mida sus palabras, que ya sabe usted quién soy yo y
qué genio gasto. La señora baronesa me ama tanto como yo a ella; pero
esto no autoriza a nadie para que hable de deshonra ni ponga mi honor en
duda.
--Es ya inútil todo fingimiento. Lo sé todo, y así como yo, cuantos
entran en nuestra casa de Madrid. La pasión carnal que usted encendió en
el pecho de la señora la hizo caer, y hoy el fruto del pecado atestigua
su deshonra.
--¡Fruto de deshonra!--exclamó el joven, con tanta extrañeza como
miedo--. ¿Qué quiere usted decir, señor Antonio? ¡Por Dios!, explíquese
usted.
--La señora baronesa ha tenido una niña hace tres meses. Usted es su
padre.
Ante esta lacónica respuesta, Baselga no supo lo que le pasaba. De un
golpe penetró en el misterio que envolvían las palabras de la carta de
Pepita, y quedó asombrado, pues todo lo esperaba menos aquella noticia.
--¡Ya ve usted--continuó el viejo--cuán dolorosa es la situación de mi
señora! ¡Una dama modelo de virtudes y de recato, una señora considerada
hasta por el mismo rey a causa de su profundo talento, caer de repente
de tan envidiable altura para ponerse al nivel de una mujer perdida!
Señor conde; la infeliz nada dice contra usted, le ama tanto, que no se
queja; pero si usted es cristiano, si en su corazón, ya que no el amor,
la compasión ocupa algún vacío, ya sabe usted cuál es el deber que tiene
que cumplir. Usted es caballero y a su consideración de honrado dejo el
asunto.
Baselga estaba demasiado impresionado por la noticia para fijarse en
tales palabras que llegaban a sus oídos como un murmullo sin sentido.
Aquella solución de sus amores le tenía anonadado. Por una extraña
analogía, pensando en la deshonra de Pepita, surgió en su memoria el
recuerdo de la última noche que pasó en su casa, de la confesión con el
padre Claudio y del terrible juramento que éste le había hecho prestar
ante la imagen del Crucificado.
La idea de faltar a lo jurado cruzó rápidamente como soplo diabólico por
su cerebro; pero inmediatamente la sola posibilidad del perjurio produjo
un escalofrío al caudillo de la Fe.
El señor Antonio contemplaba con atención al joven, y comprendiendo las
impresiones que le agitaban, continuó:
--Yo vengo aquí enviado por el respetable padre Claudio con el solo
objeto de recordarle un juramento sagrado que usted hizo en cierta noche
y saber si está dispuesto a cumplirlo. Nada sabe la baronesa de este
paso que damos, pero el respetable sacerdote, como su director
espiritual, y yo como su más antiguo servidor y amigo de su padre,
tenemos el deber de explorar el ánimo del que es causa de su deshonra
para obrar en consecuencia, manifestando antes a usted que si no está
dispuesto a cumplir sus promesas, jamás volverá a ver a mi señora, pues
ésta se encerrará en un convento a llorar sus culpas. No queremos, tanto
el padre Claudio como yo, que continúen esas relaciones escandalosas e
inmorales que arrojan negra mancha sobre el blasón de una casa digna de
toda clase de respetos.
La terrible amenaza de no ver más a Pepita fué lo que más impresión
causó en el ánimo de Baselga.
Hay que confesar que éste, durante su año de campaña, no se había
olvidado de Pepita, sin dejar por esto de hacer de las suyas en cuantos
pueblos encontraba y veía hermosura femenil con digna representación;
pero a pesar de tales recuerdos, hacía tiempo que del cerebro del
militar se había borrado la idea de casarse. De sus amores guardaba
constantemente el recuerdo de la hermosura de Pepita y el grato sabor de
los placeres, pero la confesión y el juramento con el padre Claudio se
habían perdido en su memoria, hasta aquel momento en que surgían con
nueva e importante fuerza.
El conde tenía que decidir entre su libertad de célibe y su amor, y
estaba demasiado impresionado para no inclinarse por este extremo.
--Señor Antonio--dijo después de reflexionar largo rato--. Los
caballeros nunca dudan en reparar el mal que hayan hecho, y más si el
amor va unido a sus generosos sentimientos. Diga usted al padre Claudio,
que tan pronto como nos apoderemos de Cádiz y yo presente mis respetos
al rey, iré a Madrid para casarme inmediatamente con la baronesa.
El viejo, al escuchar estas palabras, hizo las más grandes
demostraciones de alegría y exclamó enternecido:
--¡Oh, gracias, señor conde! No esperaba yo menos de usted. Le pido con
toda mi alma que me perdone las palabras que hace poco le dirigí.
Reconozco que estuve sobradamente fuerte y que me dejé arrastrar por una
ira injustificada; pero... la baronesa es el ser en quien he depositado
todo mi cariño de anciano, y cuanto a ella atañe produce en mí más
impresión que mis propios negocios.
Una vez convenida entre los dos hombres la resolución del grave asunto,
Baselga sintió gran curiosidad por conocer detalladamente la existencia
de su amada durante el largo año de separación, y el señor Antonio se
vió bastante apurado para contestar por completo el diluvio de preguntas
que Baselga dejó caer sobre su persona.
La baronesa había procurado ocultar su estado durante el tiempo que le
fué posible, y las frecuentes dolencias que experimentaba su organismo
atribuíalas al disgusto que le causaba la escasez de noticias de su
Fernando y el no saber tampoco a dónde dirigirle una carta. Pero, por
fin, llegó un día en que le fué imposible ocultar por más tiempo su
estado disimulándolo con dolorosos artificios, y confesó entre lágrimas
y rubores su triste deshonra ante el padre Claudio y el administrador,
que eran las únicas personas de su confianza.
El parto se había verificado en el mes de abril, y la niña, que en honor
al padre había sido bautizada con el nombre de Fernanda, gozaba de buena
salud.
Baselga escuchaba con embeleso la relación del vejete.
En sus sentimientos, después de pasada la primera impresión y los
efectos de la lucha entre el amor y la libertad celibataria, causaba
honda sensación la idea de ser padre.
¡A quién no produce alegría la paternidad!
El condesito sentíase orgulloso de haber dado al mundo un nuevo ser, y
lleno de satisfacción pensaba que aquella obra era suya y muy suya.
Para apoyar tal certeza, buscaba en los rincones de su memoria el
recuerdo de la época en que Pepita cayó en sus brazos, y con ayuda de
los dedos iba contando los meses desde julio a abril, y al encontrar que
eran nueve justos, se convencía de que su paternidad era cierta.
Aquella última aventura de su vida de calavera le causaba un placer
nunca experimentado, a pesar de su desenlace de comedia vulgar, que nada
tenía de novelesco y original.
En cuanto al silencio que Pepita había guardado desde abril hasta el
presente mes de julio, el señor Antonio se encargaba de justificarlo
explicando la carencia de noticias acerca del paradero del conde.
Este no encontraba ni un solo motivo capaz de turbar su felicidad y
estaba dispuesto a cumplir su juramento. Tan pronto como terminasen sus
compromisos de guerrillero realista, iría en busca de su hija y se
casaba; sí, señor, se casaba con una viuda, pero joven y hermosa, aunque
esta resolución arrancara una carcajada burlona a todos sus antiguos
compañeros de libertinaje.