No receles que mis labios

dejen salir palabras imprudentes,

que a impulso de un amor desatinado

compliquen más la situación presente.

GABRIEL

¿De don César, al fin, desventurada,

al fuego dio tu corazón albergue?

DOÑA AURORA

El corazón entero es de otro hombre

y me son los demás indiferentes.

Ni te hablara yo de él en esta hora,

que habrá de ser para los dos solemne.

Yo quiero al capitán porque tú mismo

me viniste a decir: «Aurora, quiérele»;

mas yo le quiero porque tú lo mandas,

porque quiero no más lo que tú quieres.

GABRIEL

Quiérele, Aurora, porque ya es acaso

el solo amigo que tu padre tiene.

DOÑA AURORA

¡Mi padre, sí, mi cariñoso padre!...

¿No es este el nombre que emplear conviene

en esta situación?

GABRIEL

Silencio, Aurora;

que es el encanto de mi vida advierte

ese nombre feliz.

DOÑA AURORA

Pero ese nombre,

dímelo de una vez, ¿te pertenece?

GABRIEL

¿Quién te lo hizo dudar? ¿Quién te lo dijo?

DOÑA AURORA

La que a tu lado y con placer mil veces

y acaso en busca de la paz perdida

veló tu sueño y sorprendió inocente

tu secreto.

GABRIEL

¡Gran Dios! ¿y nada dije

de mi vida anterior? ¿De otros placeres,

de otros tiempos, en fin?

DOÑA AURORA

Nada dijiste,

nada, señor; mas aunque dicho hubieres

en el pecho de Aurora lo enterraras,

que en ti a sufrir como a callar aprende.

GABRIEL

(¡Miserable de mí! Porque el misterio

que intentan aclarar oculto quede

siempre en mi corazón, ¿será preciso

que yo mismo la lengua me cercene?).

(_Gabriel escucha desde aquí como distraído en sombrías reflexiones_).

DOÑA AURORA

¡Padre!

GABRIEL

Explícate, Aurora.

DOÑA AURORA

Oye: al impulso

de una curiosidad impertinente,

o de otro sentimiento inexplicable

que en mí se agita y que en mi alma enciende

la misteriosa luz de una esperanza

lejana, incierta, misteriosa, débil,

cedí, señor, y en la callada noche

mi lecho abandoné..., porque a mi mente

mil visiones de amor se amontonaron

en confuso tropel, puras y alegres

como las olas que la mar en calma

sobre sus lomos incansable mece;

como las aves que en el árbol saltan

trinando al son de la escondida fuente.

GABRIEL

Prosigue, Aurora.

DOÑA AURORA

Abandoné mi lecho,

y al tuyo me acerqué, como quien teme

ser sorprendido en criminal intento

por un extraño que a su lado duerme.

Tu faz un punto contemplé, y mi labio

un ósculo filial posó en tu frente.

¿Me oyes, Gabriel?

GABRIEL

Prosigue, Aurora mía,

tu voz la voz de un ángel me parece.

DOÑA AURORA

Al contacto sutil del labio mío

sonreíste, señor; y tu voz débil

oí que el nombre mío murmuraba

entre esos ayes conque el mal divierte

de una pasión el que vivió en el mundo

secretos hondos ocultando siempre;

y entonces supe por la lengua misma

que hablar en sueños indiscreta suele,

que si es la tuya misterioso arcano,

espesa sombra mi existencia envuelve.

GABRIEL

¿Y entonces?

DOÑA AURORA

Me aparté ruborizada

de quien mi padre no es; sentí más fuerte

latir mi corazón; sentí otra sangre

circular por mis venas más ardiente;

sentí en presencia del mayor cariño

mi cariño filial desvanecerse,

y al apartarme de tu lecho trémula

un ósculo de amor grabé en tu frente.

GABRIEL

No lo digas jamás, Aurora mía.

Jamás a nadie tu pasión reveles.

Quema los labios que en mi frente seca

pusiste; quema el corazón rebelde

que el cariño filial de sí arrojando,

dio a mi cariño en su lugar albergue.

DOÑA AURORA

Es ya tarde, Gabriel, mi amor es hijo

de tu callado amor.

GABRIEL

Tú lo mereces;

tú eres la sola flor que brotar hizo

en mi camino Dios... Dios, que al ponerme

sobre la tierra, me alfombró de espinas

la senda que mis pies recorrer deben;

pero yo no merezco tu amor santo;

yo soy un árbol cuyo tronco estéril

despojado de vida por el rayo,

ya ni sombra, ni flor, ni aroma tiene.

DOÑA AURORA

No, no: tú eres un árbol cuya sombra

cobijó mi niñez: cuyo ámbar bebe

mi pobre corazón, de quien tú solo

sombra, delicia y alimento eres.

Dios me entregó a tus brazos en mi infancia,

porque Dios quiso que en tu pecho ardiente

brotase, para encanto de tu vida,

de esta pasión correspondida el germen.

GABRIEL

Tienes razón, Aurora, reconozco

en tu amor la piedad omnipotente.

Tienes razón, Aurora, Dios del cielo

te envía..., un ángel de los cielos eres.

DOÑA AURORA

Escúchame, Gabriel.

GABRIEL

Habla.

DOÑA AURORA

En el nombre

de esa pasión que en nuestras almas hierve,

desaparezcan hoy esos misterios

que nuestras dos historias oscurecen.

GABRIEL

Imposible.

DOÑA AURORA

No temas que me espante,

Gabriel, ni me arrepienta, conociéndote,

de haberte amado nunca.

GABRIEL

Es imposible.

DOÑA AURORA

Habla. Dime quién soy, dime quién eres.

Si eres villano y en tus venas viles

la sangre impura y maldecida tienes

de raza hebrea o de morisca tribu,

yo te amaré, Gabriel; si reales puedes

ostentar de tu estirpe en el escudo

coronados y espléndidos cuarteles,

yo te amaré, Gabriel; si eres acaso

criminal fugitivo y por mí temes

de un patíbulo infame la deshonra,

yo te amaré, Gabriel; llama si quieres

a un sacerdote, y que con lazo eterno

anude nuestras almas; y no pienses

que el deshonor de criminal memoria

me humille. Te amo con amor tan fuerte,

que oraré mientras viva en tu sepulcro,

orgullosa del nombre que me dejes.

GABRIEL

¡Calla, Aurora, deliras!

DOÑA AURORA

Un momento,

Gabriel, óyeme aún, no te impacientes.

Si eres un impostor, un ambicioso,

cogido al fin entre sus propias redes,

huyamos; tienes ocasión y tiempo.

Sí, nuestra fuga el capitán protege,

huyamos, nuestro amor y nuestra infamia

arrastrando a remoto continente.

GABRIEL

¡Aurora!

DOÑA AURORA

Hoy a la cárcel de Medina

rayando el alba trasladarnos deben,

y el capitán que en nuestra guarda parte...

GABRIEL

Silencio, Aurora. ¿Deshonrarle quieres

para salvarte tú? ¿Sabes que si huyo

cuando en su guardia el infeliz me lleve,

morirá en mi lugar, y que al fugarme

me doy por criminal siendo inocente?

Yo no huiré jamás; ni sé, ni quiero,

ni nací para huir: ya muchas veces

la he visto cara a cara, y en el pecho,

no por la espalda, me herirá la muerte.

DOÑA AURORA

Hiéranos a los dos un mismo golpe.

GABRIEL

Tú no debes morir; aún que hacer tienes

sobre la tierra.

DOÑA AURORA

¿Qué, sin ti?

GABRIEL

Llorarme.

DOÑA AURORA

¿Me lo mandas?

GABRIEL

Yo, no: Dios. Obedece.

Dios me pone en los labios un candado,

no lo intentes romper. Pura, inocente,

noble eres tú; si a deshonrada tumba

mi silencio me lleva, Dios lo quiere.

Inclina, Aurora, la cabeza humilde

bajo la voluntad omnipotente,

y ora en mi tumba sin vergüenza, Aurora.

Mártir me quiere Dios, y obedecerle

es fuerza. Vive; y si te dice el mundo

que he sido un impostor, el mundo miente.

Yo no he dicho jamás que era el que buscan,

y a morir me enviarán sin conocerme.

Ora en mi tumba sin vergüenza, y ora

mientras los hombres libertad te dejen;

y si te culpan como a mí, en silencio,

digna siempre de mí, como yo muere.

DOÑA AURORA

¿Tú me lo mandas? Obedezco: sea,

Gabriel; digna de ti quiero ser siempre.

ESCENA XII

DOÑA AURORA, GABRIEL, DON CÉSAR

DON CÉSAR

Don Rodrigo sube.

GABRIEL

(_A don César_).

Oíd

antes. Si en algo apreciáis

a Aurora, ved cómo enviáis

ese papel a Madrid.

(_Gabriel da una carta a don César, que la toma rápidamente_).

DON CÉSAR

Sabéis que mi fe la aprecia

en más que en mi mismo honor.

Yo lo llevaré.

GABRIEL

Al señor

embajador de Venecia.

ESCENA XIII

DICHOS, un ALGUACIL, después DON RODRIGO

ALGUACIL

(_Entrando_).

Su señoría.

GABRIEL

Aguardamos

sus órdenes.

DON RODRIGO

(_Entrando_).

Os espera

allá abajo una litera,

señor Gabriel.

(_Gabriel, tomando de la mano a doña Aurora y dirigiéndose a la puerta,

dice_):

GABRIEL

Pues partamos.

DON RODRIGO

¿Ni inquirís adónde vais

ni tomáis vuestro equipaje?

GABRIEL

Vos que disponéis mi viaje

sabréis cómo me lleváis.

DON RODRIGO

Conmigo.

GABRIEL

Pues ya tardamos.

DON RODRIGO

Vuestros cofres van con sellos.

GABRIEL

Haced lo que os plazca de ellos.

DON RODRIGO

Pues cuando gustéis.

GABRIEL

Pues vamos.

(_Vanse delante Gabriel con doña Aurora, luego don Rodrigo y don

César_).

FIN DEL ACTO SEGUNDO

ACTO TERCERO

Sala de juicio en la cárcel de Madrigal; decoración ochavada; puerta

en el fondo, balcón a la derecha; al mismo lado, en la segunda caja,

puerta del calabozo de Gabriel; puerta a la izquierda de otros

calabozos; mesa con papeles, plumas, etc.

ESCENA PRIMERA

DON RODRIGO y el ESCRIBANO sentados a la mesa. GABRIEL, al otro lado,

en un sillón, reclinado tranquilamente y como ajeno a lo que pasa a su

alrededor.

ESCRIBANO

Señor, no duerme.

DON RODRIGO

¡Y qué mal

halláis en que esté despierto!

ESCRIBANO

Que escucha.

DON RODRIGO

Es un hombre muerto;

que escuche o no, ya es igual.

Seguid leyendo.

ESCRIBANO

(_Tomando un papel de la mesa_).

Un oficio

del doctor don Juan de Llanos.

DON RODRIGO

¿Qué dice?

ESCRIBANO

Que siendo vanos

interrogatorio y juicio,

mandó dar a fray Miguel

el día cinco tormento.

DON RODRIGO

¿Y qué dijo?

ESCRIBANO

Que era invento

suyo lo de que Gabriel

fuese el rey de Portugal,

y que le movió a este engaño

el intento de hacer daño

al rey don Felipe.

DON RODRIGO

Mal

salió. Leed.

ESCRIBANO

(_Otro papel_).

Petición

de la nominada Aurora.

DON RODRIGO

¿Y qué pide esa señora?

ESCRIBANO

Ver a su padre.

DON RODRIGO

Ocasión

llegará de que le vea

cuando ya esté confirmada

su sentencia, y no haya nada

que temer de que así sea.

ESCRIBANO

(_Otro papel_).

Novena solicitud

del preso llamado Arbués.

DON RODRIGO

¿Qué solicita?

ESCRIBANO

Que pues

vivirá poco, en virtud

de haberle dado tormento,

se quisiera despedir

de su amo antes de morir.

DON RODRIGO

No ha lugar, hasta el momento

de la real confirmación

de su sentencia, si vive.

ESCRIBANO

(_Otro papel_).

Una carta que os escribe

un anónimo.

DON RODRIGO

Cuestión

diaria: amenazas, fieros

contra mí y contra los jueces;

juramentos y sandeces

de rebeldes o embusteros.

Adelante.

ESCRIBANO

(_Una carta_).

Para el juez

don Rodrigo Santillana;

carta que hoy por la mañana

llegó de Madrid.

DON RODRIGO

¡Pardiez!

¿Y así os estabais con ella?

Dadme acá.

ESCRIBANO

Tomad, señor.

DON RODRIGO

De César.

(_Leyendo_).

«Del portador

mañana sobre la huella

partiré; media jornada

ante mí llegará a esa;

ni puedo darme más priesa,

ni hasta hoy el rey hizo nada».

¡Gracias a Dios que tocamos

con el fin de ese proceso!

Llevaos vos todo eso,

escribano.

ESCRIBANO

¿Os esperamos?

DON RODRIGO

Afuera; y si algún correo

de la corte de Madrid

llega, que suba decid

al punto.

ESCRIBANO

Está bien.

(_Vase el Escribano_).

ESCENA II

GABRIEL y DON RODRIGO

DON RODRIGO

(_Aparte_).

(Deseo

salir de este laberinto

de una vez, y de ese hombre

a quien no hay nada que asombre...

Me repugna por instinto

su faz sombría, su calma

imperturbable, su irónica

conversación, su sardónica

sonrisa eterna en el alma

me infunde honda inquietud;

no me acusa la conciencia

de nada; di la sentencia

con severa rectitud,

conforme a ley; mas presiento

que hay en todo esto un arcano

que sondar pretendo en vano,

y deja sin complemento

la obra de la justicia.

Exhala ese hombre satánico

no sé qué de frío y pánico...

creo que me maleficia.

En fin, poco resta ya.

Si el rey la sentencia envía

firmada, el último día

es hoy que calor le da).

¿Dormís, señor Espinosa?

GABRIEL

Casi, casi, señor juez.

DON RODRIGO

¿Cansado estáis?

GABRIEL

¡Psé!

DON RODRIGO

¿Tal vez

sufrís dolor?

GABRIEL

Poca cosa.

DON RODRIGO

Aquí estaréis menos mal

que en la torre.

GABRIEL

Así, así.

DON RODRIGO

Que apreciarais más creí

mi caridad.

GABRIEL

Me es igual.

DON RODRIGO

¿Tal vez me guardéis rencor

por la cuestión?

GABRIEL

¡Brava pena,

por Dios!

DON RODRIGO

La prueba fue buena.

GABRIEL

Pudo haber sido mejor.

DON RODRIGO

Confieso que fue cruel

el tormento.

GABRIEL

Pero inútil.

DON RODRIGO

¿Lo creéis prueba tan fútil?

GABRIEL

Ya lo veis.

DON RODRIGO

Volver a él

podemos aún.

GABRIEL

Volvierais

a ver lo que visteis ya.

DON RODRIGO

La segunda vez quizá

vuestro silencio rompierais.

GABRIEL

Sería inútil fatiga;

y ahora que hablamos de esto:

de hoy para entonces protesto

contra todo cuanto diga,

y ya podéis calcular

que si en negar doy después

lo dicho, el tormento es

cuento de nunca acabar.

DON RODRIGO

¡Por Dios que sois hombre fuerte,

y gastáis bizarro humor!

GABRIEL

Soy terco y sufro el dolor;

soldado soy, y a la muerte

voy como iba a la pelea.

Más despacio o más aprisa

hallarla es cosa precisa,

mas temerla es cosa fea.

DON RODRIGO

Vuestra fortaleza envidio;

mas noto en vos ha un momento

tristeza y decaimiento.

¿Qué tenéis?

GABRIEL

Que me fastidio.

DON RODRIGO

¡Que os fastidiáis!

GABRIEL

Sí, ¡a fe mía!

Tres meses ha que aquí estoy,

y lo mismo hacemos hoy

que hicimos el primer día.

«Traed ante mí a Gabriel».

Vuelta vos a preguntar,

vuelta yo a no contestar.

«Al calabozo con él».

Vuelve a amanecer el día,

y vuelta a sacar al preso,

y vuelta a leer el proceso,

y vuelta a nuestra porfía.

«Hablad, señor Espinosa».

«No quiero, señor alcalde».

«Que habéis de hablar». «Que es en balde».

Y siempre la misma cosa.

No hubo más que la semana

en que me disteis tormento

que variara..., y ya me siento

casi bueno, Santillana.

DON RODRIGO

Me amedrenta, ¡vive Dios!,

vuestra eterna sangre fría.

GABRIEL

También me amedrentaría

a mí si fuera que vos.

DON RODRIGO

Vuestra osada impavidez

cada día toma creces.

GABRIEL

Sí; parecemos a veces

el reo vos y yo el juez.

DON RODRIGO

Es que a veces hallo en vos

un misterio que me espanta.

GABRIEL

Es que tal vez se levanta

tras mí la sombra de Dios.

(_Pausa_).

DON RODRIGO

Yo creo, señor Gabriel,

que no es Dios, es Satanás

quien de vos está detrás

y os dejáis llevar por él.

¿A qué hombre de sano seso

no hartarán vuestras pesadas

continuas balandronadas

que llenan vuestro proceso?

¿Qué son, pues, vuestras preñeces

y siniestras reticencias?

GABRIEL

Tembladlas si son sentencias;

reídlas si son sandeces.

DON RODRIGO

Pues bien, hablad de una vez;

si ese secreto fatal

existe en vos, hacéis mal

de ocultarlo a vuestro juez.

Si sois quien juzgan, decid:

«Yo soy...», probadlo y mañana...

GABRIEL

(_Variando de tono_).

¿Cuándo vendrá, Santillana,

el capitán de Madrid?

DON RODRIGO

Hoy mismo.

GABRIEL

¡Gallardo mozo!

¿Le queréis mucho?

DON RODRIGO

¡Pues no,

si es mi hijo!

GABRIEL

También yo

le quiero bien, y me gozo

con su vista. ¿No tenéis

más hijos que él?

DON RODRIGO

Nada más.

GABRIEL

¿Ni los tuvisteis jamás?

DON RODRIGO

Las preguntas que me hacéis,

Espinosa...

GABRIEL

Son sencillas.

DON RODRIGO

No sé qué se me figura

que hay en ellas...

GABRIEL

¿Por ventura

os pregunto maravillas?

Tenéis un hijo mancebo,

y si hubisteis os pregunto

más que él: no hay en el asunto

de mi cuestión nada nuevo.

DON RODRIGO

¡Jamás podré conseguir

arrancar de vuestra faz

ese sarcasmo tenaz!

¿Qué me tenéis que decir?

Acabemos, Espinosa.

Esa burlona altivez

que excita en mí alguna vez

una duda misteriosa,

¿qué significa? Parece

que no os habéis convencido

de que juzgado habéis sido,

de que ya no os pertenece

vuestra acotada existencia,

y de que según la ley,

no falta sino que el rey

confirme vuestra sentencia.

¡Parece que en vuestro pecho

hay una firme esperanza

que os da audacia y confianza

contra esa ley!

GABRIEL

Es un hecho.

DON RODRIGO

¿Creéis que no firmará

el rey?

GABRIEL

Esa es cuenta suya:

Dios por sus obras le arguya.

¿Le habéis vos escrito ya

que pido verle?

DON RODRIGO

Y respuesta

aguardo; ¿mas si apeláis

al rey en vano?

GABRIEL

Me ahorcáis,

y se concluyó la fiesta.

(_Don Rodrigo mira a Gabriel con asombro; Gabriel permanece sereno_).

DON RODRIGO

Sospéchome que estáis loco.

GABRIEL

Tal vez.

DON RODRIGO

Aunque más bien creo

que es otro vuestro deseo.

GABRIEL

¿Cuál creéis?

DON RODRIGO

Ir poco a poco

dilatando la sentencia,

dando a entender que aún hay más

que esperar de vos.

GABRIEL

Quizás.

DON RODRIGO

Pues os protesto en conciencia

que hoy tendrá fin vuestro afán;

si el rey no manda otra cosa,

morís hoy por Espinosa

o por rey don Sebastián.

Basta ya de dilaciones,

harto estoy de toleraros,

y me es ya en mengua trataros

con tales contemplaciones.

Vos sois un villano artero,

un taimado embaucador

que esperáis suerte mejor

dándoos por un caballero.

¡Un necio, que aguarda en vano

negándose a confesar,

que nunca le han de matar

como a un infame pagano

sin confesión! Mas caéis

en un miserable error:

si no queréis confesor,

sin confesor moriréis.

Y no tenéis que cansaros,

no me habéis de aventajar;

si os obstináis en callar,

yo me obstinaré en ahorcaros.

¿Ahora os reís?

GABRIEL

(_Riéndose_).

¡Sí, por Dios!

Y no he muerto ya de hastío,

porque, como ahora, me río

mil veces.

DON RODRIGO

¿De qué?

GABRIEL

De vos.

DON RODRIGO

¿De mí? En vuestra audacia loca

os olvidáis, a mi ver,

que os puedo mandar poner

una mordaza en la boca.

GABRIEL

Verme mudo os diera pena;

de que es, estoy persuadido,

mi voz para vuestro oído

el cantar de la sirena.

¡Mordaza! De vuestros fieros

a pesar, si lo procuro

de veras, estoy seguro,

señor juez, de adormeceros.

Ya me parece, ¡pardiez!,

que comenzáis a turbaros

y no he hecho más que miraros.

Os voy a decir, buen juez,

lo que pasa en vuestro pecho:

a fuerza de ir y volver

sobre quién soy, de mi ser

un fantasma os habéis hecho.

Ser superior me imagina

vuestra razón exaltada,

y mi voz y mi mirada

os deslumbra y os fascina.

Todo se os vuelven antojos;

si os miro fijo a la cara,

os turbáis como si echara

fuego o sangre por los ojos.

Si en paz llevando mi suerte

alejo de mí el pesar,

creéis que voy a evitar

con algún filtro la muerte.

Si de vuestros hijos hablo

y por ellos os pregunto,

no parece sino asunto

de vendérselos al diablo.

Si levanto un poco más

estando solos la voz,

cual de una bestia feroz

teméis, y os echáis atrás.

Y si al hablarme con saña

vos, os hablo con violencia,

os dobláis en mi presencia

como ante el viento la caña.

Tan hondo y siniestro influjo

he adquirido sobre vos,

que, ¡no os lo demande Dios!,

me estáis suponiendo brujo.

No parece, Santillana,

sino que sabéis que puedo

haceros temblar de miedo

cuando me diere la gana.

¿Y no es verdad, don Rodrigo,

no es verdad que mi semblante

os está siempre delante,

que andáis, que soñáis conmigo?

¿No es verdad que se os alcanza

que tendrá alguna razón

al mostrar mi corazón

tan osada confianza?

¿No es verdad que todo cabe

en hombres, y que, tal vez,

en vuestra vida de juez,

hay algún secreto grave

que creéis hundido vos

en la eternidad oscura,

y que teméis por ventura

que me lo revele Dios?

¿No es verdad que cuando a solas

hablo con vos, don Rodrigo,

va vuestra alma en lo que os digo

como nave entre las olas,

esperando de un momento

a otro verse sumergida

por la mar embravecida

de mi airado pensamiento?

¿No es verdad que habéis cruzado

una vez el Portugal,

y cerca de Setubal,

en mitad de un despoblado,

un monasterio habéis visto

cuya sagrada vivienda

fue teatro de una horrenda

profanación?

DON RODRIGO

¡Jesucristo!

GABRIEL

¿No es verdad que cuando clavo

mis ojos en vuestro rostro

os hielo el alma y os postro

a mis pies como un esclavo?

De rodillas, Santillana,

vuestra vida está en la mía,

viviréis más que yo un día:

si yo muero hoy, vos mañana.

DON RODRIGO

¡Dios me valga!

(_Don Rodrigo se arrodilla_).

GABRIEL

¡Calla! ¿Y vos

lo tomáis como os lo digo?

Si esto es farsa, don Rodrigo,

serenaos, ¡vive Dios!

DON RODRIGO

¿Conque es decir?...

GABRIEL

Que divierto

mi fastidio, Santillana.

DON RODRIGO

(_Furioso_).

No haréis lo mismo mañana.

GABRIEL

(_Con calma_).

Ahorcándome hoy, no por cierto.

ESCENA III

DICHOS y el ALGUACIL

ALGUACIL

Su merced, el capitán

Santillana.

GABRIEL

¡Que nos cae

del cielo!

DON RODRIGO

Y que el fallo trae

del rey.

GABRIEL

Fin de nuestro afán.

ESCENA IV

DON RODRIGO, GABRIEL y DON CÉSAR

DON RODRIGO

¿Traes tú los despachos?

DON CÉSAR

Sí.

Mas ¿que tenéis, padre?

DON RODRIGO

Nada.

¿Traes la sentencia aprobada?

DON CÉSAR

Sí.

DON RODRIGO

¿Dónde está?

DON CÉSAR

(_Dándole un papel_).

Vedla aquí.

(_Don Rodrigo toma, abre y lee el pliego que le da don César,

y dice llamando_):

DON RODRIGO

¡Hola!

(_Entran algunos alguaciles y el Escribano_).

Cúmplase la ley.

Avisad al confesor

y al verdugo ejecutor

de las justicias del rey.

Escribano, evacuad vos

la postrera diligencia,

intimadle la sentencia

y que se encomiende a Dios.

DON CÉSAR

Señor...

DON RODRIGO

¡Silencio! Leed.

ESCRIBANO

(_Empezando a leer_).

Vista y fallada...

DON RODRIGO

(_Interrumpiéndole_).

Adelante:

la aprobación es bastante,

fórmulas a un lado haced.

ESCRIBANO

(_Leyendo_).

«Y en atención a que en los cofres de dicho Gabriel Espinosa han

sido halladas muchas prendas y joyas de valor, pertenecientes

a la persona de nuestro difunto sobrino don Sebastián, rey de

Portugal, sin que haya podido probar Espinosa la legitimidad de

su adquisición y posesión; y en atención a que el marqués de

Tavira y fray Miguel de los Santos y otros señores castellanos y

portugueses han declarado, unos en juicio y otros en tormento,

que le tienen y han tenido desde que le vieran por el rey don

Sebastián, y habiéndose probado que muchos nobles portugueses le

han visitado en Madrigal para reconocerle, y que en su nombre se

han escrito cartas, contraído empréstitos y armado gentes para

concitar a la rebelión a los pueblos en favor suyo; y teniendo

en cuenta que dicho Gabriel Espinosa no ha negado nunca ser él

el mismo rey don Sebastián, antes ha contribuido a hacer creer

a los incautos que lo es efectivamente, no declarando jamás

quién sea en realidad, dándose ya por una persona ya por otra,

y aparentando el gesto, las acciones y las señales exteriores,

que a su parecer pueden convenir mejor con los recuerdos y las

pinturas que de don Sebastián se conservan entre los que en vida

le conocieron; y considerando, en fin, que el cuerpo de dicho

rey fue por nos rescatado del poder de Muley Mahamet y traído de

África al monasterio de Belén, donde yace sepultado; aprobamos y

confirmamos la sentencia contra él dada, y le declaramos impostor

infame, traidor a su rey, y usurpador del nombre del rey don

Sebastián. Por cuyas razones le condenamos a ser arrastrado,

y ahorcado y descuartizado, y puesta su cabeza en una lanza a

una de las salidas del pueblo de Madrigal, en donde vivió, para

desengaño de incautos y escarmiento de traidores. — Yo el rey».

GABRIEL

(_Con ira_).

¿Traidor yo, impostor, infame?

¿Muerte a mí con tal afrenta?

(_Serenándose_).

Que Dios me lo tome en cuenta

cuando a su juicio me llame.

(_Al Escribano_):

¿Tenéisme más que leer?

ESCRIBANO

Nada más.

GABRIEL

Pues despachemos

y tiempo no malgastemos.

Sea lo que haya de ser.

DON CÉSAR

(¡Indomable corazón!)

DON RODRIGO

(¡Incomprensible fiereza!

Ni aun inclinó la cabeza

para oír la intimación).

GABRIEL

Alcalde, estáis demudado,

trémulo..., ¡por vida mía!

Cualquiera imaginaría

que erais vos el sentenciado.

DON RODRIGO

(_Airado_).

Pronto lo viera. Tenéis

de vida tres cuartos de hora.

GABRIEL

Son las cinco y cuarto ahora.

DON RODRIGO

Encerradle.

GABRIEL

(_A don Rodrigo_).

Hasta las seis.

DON RODRIGO

Despejad.

(_Llevan a Gabriel a su encierro, y vanse el Escribano y los alguaciles

por el fondo_).

ESCENA V

DON RODRIGO y DON CÉSAR

DON CÉSAR

¿Padre, qué es esto?

DON RODRIGO

Que es fuerza que ese hombre muera.

DON CÉSAR

Dadle un día.

DON RODRIGO

Ni siquiera

una hora.

DON CÉSAR

Que dispuesto

muera al menos cual cristiano.

DON RODRIGO

Muera, y sea como fuere.

DON CÉSAR

¡Sin confesión!

DON RODRIGO

No la quiere;

es un hereje, un pagano.

DON CÉSAR

Padre, estáis ciego de ira.

DON RODRIGO

Ira es lo que aparento,

ira, César; pero miento,

es terror lo que me inspira

ese hombre de Satanás.

Y yo, ¡imbécil!, que le daba

tormento porque no hablaba;

no, no: que no hable jamás,

que le lleven al cadalso

con una mordaza puesta;

que no hable con nadie; en esta

hora cuanto diga es falso.

DON CÉSAR

Padre, sospecho, ¡ay de mí!,

que se os desvanece el juicio.

DON RODRIGO

Es obra de un maleficio.

DON CÉSAR

¿Os maleficiaron?

DON RODRIGO

Sí.

DON CÉSAR

¡Superstición!

DON RODRIGO

Ya lo ves.

Gabriel me malefició,

y él ha de morir o yo.

Ya firmó el rey: muera, pues.

DON CÉSAR

¡Padre!

DON RODRIGO

¡César..., hijo mío!

DON CÉSAR

¡Estáis delirando!

DON RODRIGO

¿Alguno

me escuchó acaso?

DON CÉSAR

Ninguno.

DON RODRIGO

(De mí propio desconfío).

DON CÉSAR

Padre, algún mal os acosa;

tembláis..., estáis demudado.

DON RODRIGO

Algún vértigo; he velado

tantas noches de Espinosa

con el proceso maldito,

me ha dado tanto que hacer,

que en mí no estoy hasta ver

que de en medio me lo quito.

Mas no fue nada, pasó

ya, César. Veamos, pues,

los despachos de la corte.

DON CÉSAR

Tomad: aquí los tenéis.

DON RODRIGO

Esta es la consulta mía,

esta la aprobación es

del consejo; esta la carta

de su majestad el rey;

¿y este otro pliego sellado,

de quién es?

DON CÉSAR

Traidor, inconfeso y martir · 第 3 / 5 段