--Punto menos que si lo fuera. Mi padre y mi madre de su pan

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas como MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la

grafía de mayor frecuencia.

* Se ha respetado, en particular, como un recurso estilístico del

autor, la combinación en una misma frase de signos distintos de

exclamación e interrogación (¿! o ¡?).

* Se han añadido tildes a las letras mayúsculas que las necesitan.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

* Se han añadido ilustraciones de adorno al final de todos los

capítulos, pese a que en el original impreso solo figuran donde

queda suficiente espacio libre.

OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA

OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOSÉ M. DE PEREDA

DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

TOMO IV

DE TAL PALO, TAL ASTILLA

TERCERA EDICIÓN

MADRID

VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO

1901

_Es propiedad del autor._

[Ilustración]

AL PÍO LECTOR

_Te ofrecí un año há, en la cubierta de_ DON GONZALO GONZÁLEZ DE LA

GONZALERA, _ciertos_ ESBOZOS Y RASGUÑOS _que, á la sazón, preparaba

para la imprenta. Pero es el caso que, andando en esos preparativos,

asaltóme la idea de una obra algo más seria y de mi gusto; y dejando lo

que traía entre manos, púseme á escribirla, temeroso de que la idea se

me escapara con la misma facilidad con que se me había entrado por las

mientes. El pobre fruto de esa mal cultivada semilla, es este libro que

hoy te ofrezco. Recíbele con la benevolencia de que te son deudores sus

hermanos, y sirva de contrapeso á sus muchas faltas el noble fin con

que le dió al mundo este torpe ingenio mío._

_Presumo y doy por hecho que, no bien se le ponga la vista encima,

lo del_ realismo _de toda su casta ha de volver á relucir; y á este

propósito, y por si reluce, y aunque no reluzca, quiero que valga y se

tome en cuenta una declaración que voy á hacerte, con todo el respeto y

toda la gratitud que te debo:_

_En Dios y en mi ánima te juro que ya no sé lo que es_ realismo _en

las obras del ingenio, desde que tanto se zarandea la palabra entre

las plumas de la crítica. Si por realismo se entiende la afición á

presentar en el libro pasiones y caracteres_ humanos _y cuadros de la

naturaleza, dentro del decoro del arte,_ realista _soy, y á mucha honra

lo tengo; pero si con tal calificativo se me quiere filiar, como ya se

ha hecho, y hasta en son de alabanza, bajo las banderas, triunfantes

hoy ultra-montes, de un naturalismo hediondo que pinta al desnudo los

estragos del alcohol, la inmundicia de los lavaderos y las obscenidades

de las mancebías, protesto contra la injuria que de tal modo se me

infiere. Hay, sin embargo, quien ha visto poesía y_ belleza _en el

fondo de esas letrinas de la literatura. ¿Qué no serán capaces de ver

ciertos linces de la crítica!_

_No niego que las hayan visto; pero desde luégo renuncio á la gloria de

ser poeta de semejante linaje. En cambio, quiero reivindicar para mí la

muy escasa que me pertenezca por haber venido al campo del arte mucho

antes que todo eso, tal como ahora soy y sin otra filiación ni otra_

escuela _que mi peculiarísima complexión literaria._

_En cuanto á los_ ESBOZOS Y RASGUÑOS, _que vuelvo á ofrecerte hoy,

cuéntalos entre tus manos á la hora menos pensada, si no lo impide, y

mucho me temo que lo impida, algún otro pensamiento que, de improviso,

me asalte las puertas del magín._

_De todas maneras ¡y mira si soy honradote! no des largas á la

curiosidad; pues éste mi propósito de ir echando la obra al último

rincón de la casa, te hará entender bien claro lo poco que perderás en

no llegar á conocerla en todos los días de tu vida. Esto te consuele y

Dios te valga; lo cual no se opone á que compres el libro de que íbamos

hablando, y da comienzo en la página que sigue á éstas que te consagra,

en señal de cortesía, su agradecido autor_

JOSÉ M. DE PEREDA.

[Ilustración]

I

PATETA

Si no fuera por ese privilegio maravilloso y descomunal que se ha

otorgado á los novelistas para descubrir lo más recóndito, leer lo que

aún no está escrito, y hasta hablar de lo que no entienden una jota,

apuradillo me viera yo en este instante para describir el lugar de la

escena con que doy comienzo á la presente historia. Tan obscura es la

noche, tan deshecha la tempestad, tan profunda y angosta la hoz en cuyo

esófago mismo hemos de penetrar para ver lo que allí pasa.

Cierto que, siguiendo los procedimientos de muy acreditadas escuelas,

alguien en mi caso intentara un esfuerzo de inducción, aplicando ora

el oído, ora las narices, ora las manos, allí donde los ojos son

inútiles por la intensidad de las tinieblas; y anotando este rumor y

aquel estruendo, cierto tufillo de sótano ó de ortigas ó de musgo; tal

cual aroma de _poleos_ y zarzamora, y haciendo con todo este acopio

una discreta y erudita excursión por los campos de la geología, de

la química orgánica, de la física experimental y hasta por la _Ley

de aprovechamiento de aguas_, llegara á darnos, no ya las partes

componentes del misterio, sino su panorama en realce, con su flora y

su fauna correspondientes. Yo admiro tan ingeniosa sapiencia; pero sin

rubor declaro que no la poseo, y que, por ende, no intento salir del

apuro valiéndome de tales procedimientos. Lo mismo fuera meterme con

los ojos cerrados entre el fragor de un terremoto.

Novelista, aunque indigno, al privilegio me agarro, y amparado con él,

allá va en cuatro palabras la descripción del cuadro, como si viéndole

estuviera á la luz del mediodía.

Presupuesto que el lector sabe lo que es una hoz, repítole que la de

mi cuento es muy angosta, lo que es causa de que el río tenga poco

espacio en qué tenderse, y de que se estire y se retuerza en su afán

de salir cuanto antes á terreno despejado. Álzanse los dos taludes de

las montañas casi á pico; circunstancia que no les impide estar bien

revestidos de césped y jarales, y muy poblados de robles, alisos y

abedules; ¡y es de ver cómo estos árboles se agarran á las laderas para

tenerse derechos, y alargan sus copas á porfía para recoger al paso

los pocos rayos del sol que se atreven á colarse por aquella rendija!

El áspero graznido de la _ronzuella_; el grito lamentoso del cárabo

solitario; el susurro de la brisa entre el follaje, y el sordo murmurar

del río oculto en las asperezas de su cauce, son de ordinario los

únicos ruidos de aquella soledad melancólica y bravía. Los caminantes

que la atraviesan á lo largo, oyen el son de sus cantares repercutido

en los repliegues de los taludes; y hasta un suspiro halla en ocasiones

eco misterioso que le repita y le propague. Nada más tranquilo que

aquella naturaleza lóbrega y meditabunda. ¡La calma de los volcanes!

Juzgue el lector si la comparación viene á pelo, acercándose conmigo á

la embocadura de la barraca en la noche en que comienza este verídico

relato.

El río, impetuoso y embravecido por la lluvia torrencial que cae hace

dos horas, no cabe en su estrecho cauce, y muge espumoso, y salta

y se despeña, y se lleva por delante árboles y _terreros_, con sus

aguas desbordadas, que garras parecen con que trata de asirse á lo que

encuentra al paso, asustado de su vertiginosa rapidez. En tanto, el

huracán, oprimido entre los muros de tan estrecha y retorcida cárcel,

silba y brama haciendo á ratos enmudecer al río; y troncos poderosos,

y débiles arbustos, y rastreros matorrales, se inclinan á su paso,

dejando oir sobre sus copas desgreñadas, al herirlas el pedrisco, el

estridente machaqueo de una lluvia de perdigones sobre láminas de

acero. Por imposible se tuviera que sobre estos ruidos juntos llegara

á descollar otro más fuerte; y, sin embargo, cosa de juego parecen

cuando, muy de continuo, retumba el estallido del trueno, y crece y

se multiplica de cueva en cueva y de peñasco en peñasco. Entonces,

al iluminar los relámpagos el temeroso paisaje, los robustos árboles

adquieren formas monstruosas. Diríase, al verlos tocar el suelo con

sus ramas, y enderezarse luego entre los cien caprichos de la sombra,

que son gigantes empeñados en cruenta batalla, y que, en grupos

desordenados y tumultuosos, riñen y se abofetean, se insultan y se

enardecen con la tremenda voz de la tempestad deshecha.

Á los habitantes de las tierras llanas les es muy difícil formarse una

idea de estos furores que aparecen, estallan y se disipan en dos horas.

Los mismos montañeses de los valles abiertos se dan escasa cuenta de

la facilidad con que se desborda un río entre dos montañas de rápidas

vertientes, y de cómo retumban allí los truenos, y brama el viento

mismo que en sus praderas y cajigales pasa sin causar el menor estrago.

Quiero decir que no son peras de á libra en la Montaña espectáculos

como el que voy describiendo, sobre todo en verano; y por ende, que no

crea el lector que este modo de comenzar un libro implica la necesidad

de que corresponda la magnitud de la escena á la grandiosidad del

escenario. Y así es, en efecto. Todo lo que tengo que decirle, después

de lo que le he ponderado lo temeroso de la tempestad, es que mientras

duró su mayor furia, á menos de la mitad de la hoz, en el angosto

sendero que serpentea á algunas varas sobre el río, en la vertiente

de la izquierda, dos hombres, uno á pie y otro á caballo, permanecían

agazapados y al abrigo de un espeso matorral. Habían entrado en la hoz

al estallar los primeros truenos; y como este camino puede recorrerse

en media hora, andando sin tropiezo, pensaron salir á la otra parte

antes de que se desencadenase la tempestad. Pero ésta traía más andar

de lo que parecía. Comenzó á arreciar el viento; la lluvia les azotaba

el rostro, y el sendero, no obstante la luz de un farolillo que

llevaba el de á pie, iba haciéndose intransitable por momentos. Desde

lo alto de los taludes y donde quiera que éstos formaban un pliegue,

descendían rápidas y bramadoras cascadas, arrastrando con el agua

tierras y pedruscos que interceptaban el camino, cuando no se llevaban

por delante el pedazo correspondiente. Con el fragor de la tormenta, no

se dejaban oir del caballero las advertencias del hombre de á pie, más

práctico que aquél en el camino que seguían, cada vez más resbaladizo

y peligroso. Era urgentísimo aprovechar el tiempo, porque los riesgos

de muerte iban creciendo por instantes. Á falta de palabras, con señas

expresivas excitaba el hombre del farol al caballero á que le siguiera

á buen andar; en lo que no siempre era obedecido, porque la cabalgadura

harto tenía que hacer con pisar en firme y defenderse de la cellisca

metiendo la cabeza entre los brazos. Así caminaron durante media

hora, hasta que habiendo llegado á un sitio en que una peña coronada

de malezas formaba una media gruta, se arrimaron á ella entrambos

caminantes. Estaban abrigados del viento, ya que no por completo de la

lluvia.

Comenzó el espolique por poner en el suelo el farol; y el garrote

que llevaba en la otra mano, arrimado á la peña. Después se quitó el

chambergo; le volvió las alas al revés; le retorció entre sus manos

para que soltara el agua que había empapado, y, por último, le golpeó

contra las asperezas del peñasco. Con la chaqueta hizo otro tanto; y

quizás hubiera sometido los pantalones al mismo procedimiento, si el

lodo con que estaban revocadas las perneras le hubiera dejado por dónde

agarrarlas para desprenderse de ellos.

Mientras esto hacía el de á pie, el río seguía mugiendo, el viento

rebramando, el agua cayendo, aunque no en tanta copia como antes, los

truenos en todo su furor; y el caballero, sin apearse, envuelto en su

capotón impermeable, que le cubría de pies á cabeza, inmóvil y negro

como su cabalgadura, asemejábase á una estatua esculpida en carbón

de piedra. En el relativo sosiego y bienestar que disfrutaba, tal

vez se entretenía en meditar sobre lo que seguramente no se le había

ocurrido mientras necesitó todas las potencias de su alma para salir

del atolladero del mejor modo posible. Es casi seguro que jamás se

había visto á sí propio tan diminuto y miserable. Sin contar el rayo,

ni el viento furioso, ni el río desbordado, que podían pulverizarle,

arrastrarle como á una pluma, ó sorberle como á una sabandija, la

menor cosa de las que había sobre su cabeza y tuviera el capricho de

dejarse rodar montaña abajo, podía sepultarle en un segundo, ó hacerle

una tortilla, sin que sus quejas ni sus esfuerzos valieran más que el

débil pataleo de la hormiga con que no se preocupa la humana soberbia

cuando las aplasta á centenares con el pie. Es seguro que no iban por

este lado las meditaciones del espolique. Hombre más rudo que el otro y

más avezado á tales aventuras, sólo se ocupaba de tiempo en tiempo en

sacudirse el agua de encima, como perro de lanas al salir del río, y

en estudiar en el cielo el curso de la tempestad. Cuando estallaba el

trueno movía mucho los labios, señal de que rezaba, mirando de reojo á

su acompañado, que parecía no conmoverse con nada. Toda conversación

era imposible allí: la angostura de la hoz estaba llena de los ruidos

de la naturaleza; y aun andaban tan apretados y revueltos, que hasta

las montañas temblaban y se estremecían no pudiendo echarse más atrás.

No quedaba el menor espacio para la débil vocecilla del hombre.

Así transcurrió cerca de una hora. Entonces cesó la lluvia por

completo; el viento llegó á ser hasta tolerable; agotáronse las

cascadas de las laderas por secarse la fuente que las producía, y los

truenos se hicieron más raros, aunque no menos fuertes.

Observólo el espolique, y dijo, mirando al de á caballo:

--¿Andando?

--Cuando quieras --respondió éste, que no deseaba otra cosa.

Y los dos tomaron el sendero agua arriba, delante el espolique, y

siguiéndole á muy corta distancia el caballero.

--¡Vaya una noche de perros! --dijo éste--. Y ¿no había mejor camino

que el que traemos para ir adonde vamos?

--Por todas partes se va á Roma, como dijo el otro --respondió el

espolique--: todo el aquel está en ir por derecho ó en arrodear medio

mundo. Tocante á lo presente, entre el valle de usté y el mío no hay

otro paso que el de esta hoz.

--¡Parece que el huracán nos estaba aguardando en ella!

--Era de esperar, señor, según la nube que había y lo caliente del

aguacero cuando salimos de Perojales... Pero ya se va pasando, gracias

á Dios.

--Me alegro por el miedo que llevas.

--¡Caráspitis!... ¡miedo yo?... Respeto, podrá que sí, porque siempre

se le tengo á Dios, y mayormente cuando se enfada como esta noche...

¡pero miedo!...

--¿De manera que tú crees que todo el estrépito que nos envuelve es

efecto de la cólera divina?

--¿Será usté capaz de no creerlo así?

--Por consiguiente, no estarás muy seguro de que, como pecador, no te

parta un rayo...

--Como cada hijo de vecino, señor. Pero como para estos casos está en

el cielo Santa Bárbara, la rezo una oración que yo sé; y hala que te

vas... porque, según dice un libro que yo leí cuando andaba en escuelas

menores, «para la ira de Dios no hay castillo fuerte;» y si el enfado

es conmigo, el rayo me ha de partir, métame donde me meta.

--Entonces, ¿para qué Santa Bárbara?

--Hombre... porque nunca está de más.

--Me gusta esa conformidad.

--Pues mire usté, señor: que valga, que no valga, con ella me arreglo

tan guapamente para andar por estos senderos y otros amejaos, de día

y de noche, sin temor de cosa alguna... Y eso que dicen lenguas que

si estos temporales los traen conjuros que se hacen á gentes con sus

mases y sus menos de demoniura, y que si estos truenos y pedriscos

son los _mengues_ que ajuyen del hisopo del señor cura cuando lee los

Evangelios...

--¿Todo eso dicen?

--Como usté lo oye... Pero yo, ni por esas... Mucho cuidado ahora,

señor, que estamos en un mal paso: aquí mesmamente, onde tengo el

pie... Hay más de veinte varas á plomo hasta el río... Venga el ramal

del freno... Poco á poco... poco á poco... ¡Ajajá! ¡ya estamos en

seguro!... Á bien que la caballería, aunque no es muy jampuda, es

firme de pie... Pues, como iba diciendo, que vengan rayos y centellas;

porque mientras yo me agarre á ésta... ¿La ve usté bien?

Y al hablar así el de á pie, vuelto hacia el de á caballo, le mostraba

una cruz formada con el pulgar y el índice de su mano derecha, mientras

con la izquierda arrimaba el farol á ella.

--¿La ve usté bien? --insistió.

--Perfectamente, amigo --respondió el otro sonriéndose, como si

penetrase la intención del espolique.

--Pues ahora --concluyó éste--, que vengan... ¡Santa Bárbara bendita!

Hizo esta invocación el buen hombre tapándose los ojos con la mano,

porque hubiera jurado que las llamas sulfúreas del averno brotaban

de las aguas del río y por todas las hendeduras de las peñas, y

que los montes se desplomaban sobre su cabeza. No se había oído en

toda la noche trueno más horrísono, ni se había visto relámpago más

deslumbrador, ni intervalo más breve entre uno y otro. Al choque de

aquella tremenda descarga, rodó un peñasco hasta el río desde la cumbre

del monte del otro lado. Hízoselo observar el caballero al de á pie, y

le dijo en son de broma, aunque no sin emoción:

--Resueltamente no van con nosotros estos furores celestiales.

--¡Caráspitis, qué chanzas gasta usté en cosas tan serias!

--Pues mira, te declaro, con toda ingenuidad, que estoy deseando salir

cuanto antes de estas peligrosas estrecheces.

--Vamos, eso quiere decir que algo se teme.

--Figúrate que en lugar de herir el rayo á ese peñasco que ha

rodado enfrente, le da la gana de desgajar uno de los que hay sobre

nosotros... y ayúdame á sentir.

--Eso hubiera jurado yo que sucedía, señor... ¡Válgame Santa Bárbara

bendita, qué noche!... Le digo á usté que otra como ésta no ví jamás.

Ni aunque se hubiera desatado en la hoz el mismo P...

Y tapóse la boca el hombre, sin pronunciar la palabra por entero.

Sonrióse el de á caballo, y dijo:

--_Pateta_ quisiste decir.

--No niego la verdad, señor.

--Y temiste que yo me ofendiera.

--Relative á ese caso... no sé qué decirle.

--Ya sé que me llamáis así.

--¡No es poco saber, que digamos!

--Á no ser sordo...

--Pues vaya todo por el amor de Dios.

--¿Y cómo te llamas tú?

--Pusiéronme por nombre Judas, con perdón de usté; pero hablándole con

franqueza, Macabeo me llaman las gentes, y por Macabeo respondo, porque

no hay injuria en ello.

--Me parece bien. Pues tampoco yo me ofendo de que me llaméis _Pateta_:

antes me hace gracia.

--¡Yo lo creo! --exclamó el espolique, con tal acento de ingenuidad,

que hizo soltar la carcajada al caballero.

Quedóse un instante perplejo Macabeo, y añadió:

--No veo esa risa muy al _símilis_ de la cosa.

--Con franqueza, Macabeo, y como si te confesaras conmigo: á tí se te

viene figurando desde que salimos de casa, y, sobre todo, desde que

andamos por la hoz, que á la hora menos pensada me ves escapar monte

arriba convertido en nubarrón de azufre.

Ignoro hasta qué punto sería acertada esta suposición del de á caballo;

pero me consta que á escondidas de él hizo Macabeo la señal de la cruz,

y se encomendó por lo bajo á Santa Bárbara. Después replicó:

--Eso es ya mucho suponer, señor.

--Pues mira, es una suposición que te honra más de lo que te figuras.

--No veo el ite de esa honra.

--Yo haré que le veas. Hay dos cosas, amigo Macabeo en el trance en

que nos hallamos, que me causan mucho asombro. Es la primera el que

se me haya buscado para ir adonde vamos; y la segunda, que tú, con el

juicio que tienes formado de mí, te hayas atrevido á llevarme el recado

y acompañarme en noche tan infernal por sitios como éste. Pensando como

tú piensas, ¿te parece que se necesita poco valor para hacer lo que

estás haciendo?

--Yo no hago más que cumplir con mi deber, señor, y se estima la

alabanza. Pero aunque usté no se equivocara en el pensar de mí como

piensa... y cuente que se equivoca en más de dos tercios, ya le tengo

dicho que en agarrándome yo á ésta...

Y volvió el espolique á formar la cruz con los dedos y á mostrársela al

de á caballo, iluminada por la mortecina luz del farol.

--No te canses, Macabeo --díjole el otro sonriendo--, que no estornudo

aunque me enseñes las cruces á puñados.

--Pues téngase firme --replicó Macabeo deteniéndose de pronto y casi

arrastrando el farol por el camino--, que sin cruces ni conjuros puede

usté irse por este derrumbadero abajo. ¡Pues dígote que se ha llevado

el agua medio sendero!... ¡Y que no hay altura que digamos!... Por

aquí mesmamente se esborregó el otro mes la jata de la mi vecina...

Ni el cuero se aprovechó, que como criba se puso antes de llegar al

río... Échese lo más que pueda hacia el ribazo... Así... Fortuna que

hay farol, y el viento no alcanza aquí, que si no, no es el hijo de mi

padre el que le deja pasar sin apearse.

--Pero ¿cuándo se acaba este camino de cabras? --preguntó el caballero

después de salvar el mal paso.

--Poco nos queda ya de él, señor. Salvo tropiezo que no es de esperar,

en diez minutos llegamos á la salida. Después tomamos á la derecha;

luégo la carreruca de un can, y aticuenta que estamos en casa.

--Nunca tan larga como esta noche me ha parecido la hoz.

--Es motivao á la nube, créalo usté, y á la espera que tuvimos detrás

de la peña. Pero, gracias á Dios, el trueno ya está lejos, el viento

calmándose, y de agua, ni pizca.

--Ocasión de perlas, amigo Macabeo, para que me cuentes cómo se obró

el milagro de que esas almas piadosas se acordaran de este pecador

impenitente, que diez años hace no se trata más que con su sombra y su

conciencia.

--¡Qué milagro ni qué caráspitis, hombre! --repuso Macabeo sin dejar el

trotecillo que llevaba delante del jamelgo--. La cosa vino rodando por

sí mesma. Es la pura verdá, y no se ofenda: que de usté se digan haches

ó erres, como de cada hijo de vecino, ó un poco más si á mano viene,

no quita que al hombre de saber se le tenga en lo que vale. El caso

apuraba, créalo usté... El otro, aquí que naide nos oye, y esto no sea

para ofenderle, á mi modo de ver no sabe andar más que en un carril...

Allá tiene su aquel treinta años hace, y lo mesmo lo arrima al hígado

que al bazo. Para mí, salvo mejor pensar, no sabe jota de los libros

que andan hoy.

--¿Y quién os ha dicho que yo sepa más? --preguntó el encapuchado.

--Voces que han corrido desde que usté bajó á estas tierras.

--No será por los milagros que he hecho en ellas.

--Séase por lo que fuere --continuó Macabeo sin dejar de saltar de

morrillo en morrillo, buscando lo menos blando y escurridizo de la

senda--, la cosa es cierta, según personas que lo entienden; y digo

que, en lo tocante al otro, hubo quien pensó como le estipulo; y

como no faltó quien otorgara, díjose en postre y finiquito: «hágase

el milagro, y hágale el diablo.» Entonces la señorita doña Águeda...

Créalo usté, señor, veinte años tiene escasos, y más de cuarenta se le

echaran de estudios, por lo mucho que sabe... Le aseguro á usté que

es el remo de aquella casa... Digo que cogió la pluma; y llorando á

lágrima viva, porque la infeliz tiene los cinco sentidos puestos en su

madre, y lleva ocho días sin desnudarse, ras, ras, escribió la carta

que yo entregué á usté en sus manos propias.

--Discreta era la tal carta, y bien sentida.

--¡Le digo á usté que lo hace de perlas, caráspitis! Pues la emperejiló

en un santiamén... El miedo de la venturada era que usté dijera que

nones.

--Pues mira tú si he sido afortunado la única vez que en diez años no

lo he dicho. Ahora, sea usted bueno y caritativo. ¿Qué te parece á tí,

Macabeo?

--¡Caráspitis, que no dice usté lo que siente! El mal te pese, que el

bien nunca estorba á los ojos de Dios. Con más ó menos recua, arrieros

somos todos, que en el mundo nos encontramos; y el bien que aquí se nos

cae de la mano porque no nos hace falta, á lo mejor florece donde nos

viene de perlas... Pues á lo que le iba, y usté perdone. Escrita la

carta, faltaba traérsela á usté. Los buenos andadores no abundan en el

pueblo; la nube asomaba por la cumbre de los Milanos... ¡mala señal! el

trueno no podía faltar; la noche había cerrado... Pero ¡qué caráspitis!

los hombres son para las ocasiones: soy de buen andar, conozco la hoz

como si la hubiera parido; con un farol y un palo, lo mesmo es para mí

el día que la noche; y por último, la caridá es caridá, y si está de

Dios que me ha de matar un rayo, igual me ha de caer encima metido en

casa que andando á la santimperie... Y ¡caráspitis! vivos estamos á la

presente, y con el recado á medio hacer.

--Cuando yo te decía, Macabeo, que eres todo un valiente...

--Hombre, tanto como valiente, no digamos; pero leal y agradecido al

pan, ya es otra cosa.

--Por las trazas, ¿eres sirviente de esas señoras?

--Punto menos que si lo fuera. Mi padre y mi madre de su pan comían,

porque sus tierras trabajaban; y yo, al amparo de ellos, no salía de

aquella casa. Muriéronse los buenos de Dios, y la plaza de entrambos la

ocupo yo solo.

--¿Qué familia tienes?

--Ni padre ni madre, ni perruco que me ladre.

--Pero tendrás quien te ayude...

--Naide. Soy Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como.

--¿Viudo, acaso?

--¡Calle usté, señor! soy mozo soltero.

--Vamos, no te hace gracia el matrimonio.

--Lo que es relative á eso, bien me gusta. ¡Caráspitis si me gusta!

--Entonces, ¿para cuándo lo dejas?

--¿Pues qué edá me echa usté?

--Á juzgar por las trazas, más de treinta y cinco.

--Cumplílos por febrero.

--¿De qué año?

--Del que corre, señor; pues ¿de qué otro?... Y sépase que en lo

tocante á proporciones, así las he tenido, sin alabanza.

Y esto lo decía Macabeo apiñando los dedos de ambas manos, no sin

riesgo de soltar el palo y el farol.

--No lo dudo --dijo el caballero, á quien hacían suma gracia las

genialidades del espolique--; basta con verte para presumirlo.

--Sólo que --continuó Macabeo--, á quien le dan á escoger, le dan en

qué entender... Pero creo que ahora va de veras.

--¡Hola, hola!

--Sí, señor; lo he pensado despacio, y ¡qué caráspitis! sobre que ha de

ser. Porque es pura verdá que la soltería da muy malos ratos... ¡malos!

No obteniendo réplica Macabeo á estas palabras, por estar entretenido

el caballero en bajarse la capucha del capote sobre la espalda,

continuaron en silencio los dos caminantes un buen trecho. De pronto

dijo el de á pie, que indudablemente era comunicativo y locuaz por

temperamento:

--Hombre, y aunque sea mala pregunta, ¿qué es del señorito don

Fernando? No le he visto un año hace.

--Le espero de un momento á otro --respondió el de á caballo,

acomodándose mejor sobre la silla; pues, por las trazas, le iba

molestando no poco la jornada.

--Córrese que es ya un medicazo como una loma.

--Dicen que no lo entiende del todo mal.

--Ya ve usté... el que sale á los suyos...

--¡Adulador!... Y ¿de qué le conoces tú?

--Pues de verle por allá muy á menudo. En eso tiene mejor gusto que

su padre. ¡Caráspitis! aunque me diera usté todo lo que tiene, no me

pasaba yo la vida, como usté se la pasa, metido en aquel palación, solo

que solo, á más de media legua de toda persona humana.

--Amigo Macabeo, nada hay que estorbe tanto como la gente desde que se

habitúa uno á la soledad.

--Podrá ser, porque usté lo asegura y al consonante obra; pero no

alcanzo á entenderlo... ¡Ea! ya estamos afuera. ¡Gracias á Dios!... Vea

usté el río: adentro queriéndose tragar al mundo mientras diluviaba,

y aquí le cabe la hacienda en una escudilla... Ahora, por el llano de

esta sierra; y á la bajada, Valdecines... Dios quiera que lleguemos á

tiempo... ¡Buena señal! Vuélvase un poco á la izquierda, y verá asomar

la luna entre nubarrones. Se acabó la ira de Dios por esta noche.

¡Caráspitis! crea usté que si no fuera por el clavo que llevo en el

corazón, echaba ahora mismo una relinchada que hacía saltar de la cama

á todas las mozas del valle.

--¡Y todavía me negarás que tenías miedo en la hoz!

--¿Por lo del relincho al salir de ella? Cá, señor: esas ganas me

entran á mí siempre que vuelvo á ver á mi pueblo, aunque haga dos horas

que falto de él. Pequeñuco y escaso de borona es; pero el demonio me

lleve si no me parece el mejor de la Montaña. ¡Qué campanas las suyas!

¿Pues en lo relative á mozas?... ¡Caráspitis, caráspitis!... Ya verá

usté qué verbena de San Juan tenemos... Digo, si no se malogra con la

pesadumbre que barrunto.

Mientras hablaba de esta suerte el excelente Macabeo, los dos

caminantes atravesaban el llano de la sierra, dejando casi á la

espalda la mole de la cordillera, por una de cuyas vértebras, partida

por el río, acababan de salir. Los pesados nubarrones comenzaban á

disgregarse, y dejaban al descubierto fajas de transparente azul, sobre

el que titilaba la luz de algunas estrellas; aprovechábase la luna de

las mismas ventanas para lanzar por ellas tal cual rayo mortecino;

y aunque no muy distintos, se dibujaban en el brumoso horizonte los

contornos de los montes lejanos. Hasta entonces, desde que entraron en

la hoz, nuestros caminantes no habían visto otra porción del mundo que

el pedazo de senda, mal alumbrado por el farol de Macabeo.

Andando, andando, atravesaron la sierra; y como el cielo se iba

despejando por instantes, la luna alumbró de lleno el extenso paisaje

que desde aquella altura se descubría. Como detalle de él, apareció

Valdecines á la bajada de la sierra, con sus casitas diseminadas y

medio ocultas entre huertos y arboledas.

--Allí es --dijo Macabeo señalando con el palo á la más grande de

todas, y la única en que se veía la luz por las ventanas.

--¡Ya era hora! --respondió el de á caballo.

Y ambos comenzaron á bajar el suave recuesto que los separaba del lugar.

Pisado habían apenas los morrillos de sus callejones, cuando un perro,

habiéndolos olfateado, latió como si le robaran las _cerojas_ á su amo;

otro respondió en el acto al grito de alarma con más recios ladridos;

y otro y otro, y otros cien, en otros tantos rincones del lugar, se

unieron al vocerío; y armaron tal baraúnda y alboroto, que el señor de

á caballo no las tuvo todas consigo.

--No hay cuidado --díjole Macabeo--. Son moros de paz y amigos que

nos saludan. Esto sucede cada noche con cada mosca que se mueve en el

pueblo.

--Si están amarrados, menos mal.

--Lo que están es muertos de hambre; y eso es lo que les quita el sueño.

--¿Y por qué están muertos de hambre?

--Porque no comen, señor.

--Ya lo supongo; pero ¿por qué no comen?

--Porque no lo hay en casa.

--¿Cómo viven entonces?

--De lo poco que roban en la del vecino... Pues, señor, ya estamos

acá... Ahora falta que el reventón aproveche. ¡Caráspitis! de pensar lo

más malo, me tiemblan las choquezuelas.

Estaban ambos personajes delante de los portones de una ancha

corralada, ó, hablando en puro montañés, delante de una portalada.

Llamó Macabeo con el palo, y abriéronla al punto por dentro.

--Santas y buenas --dijo Macabeo entrando en el corral, mientras el

caballero hacía otro tanto sin apearse ni chistar.

Preguntó el primero si había ocurrido alguna novedad particular desde

que él faltaba del pueblo; dijéronle que no, y corrió á tener el

estribo al de á caballo, que se estaba apeando ya junto al grueso

poste del ancho y primorosamente encachado portalón.

Abrióse al mismo tiempo la puerta del _estragal_, que es el vestíbulo

de las casas montañesas, y salió á alumbrar al recién venido una

mocetona bien aliñada. Despojóse entonces el caballero del capote y de

las polainas, que Macabeo recogió por de pronto, y siguió á la moza

escalera arriba. En el último descanso de ella le esperaba, con otra

luz en la mano, un sujeto de no buena catadura. Era ya viejo, corto de

talla, cargado de hombros y vestido de negro.

--Por aquí --dijo con voz desagradable al recién llegado, sin alzar la

enorme cabeza, y poniendo la palma de la mano entre la luz y su cara

medio compungida y medio soñolienta.

El forastero le siguió á lo largo de un pasadizo, después de quitarse

de la cabeza el casquete con que la había traído cubierta, para que no

le molestara durante el viaje la capucha del impermeable.

Representaba el tantas veces mencionado personaje, sesenta años; y

era alto y fornido, y muy calvo, con la barba entrecana, pero fuerte

y espesa; tenía el cutis moreno, la mirada sagaz y penetrante, las

facciones regulares y bien delineadas, y la expresión general de su

fisonomía era risueña, aunque á la manera volteriana.

Después de atravesar un espacioso salón, le introdujeron en un

gabinete, á cuya puerta apareció un señor bastante entrado en edad,

enjuto, con patilla casi blanca, corrida por debajo de la papada; un

poco chato, tierno de ojos, largo de orejas, muy angosto de frente y

recio de pelo. Hizo una exagerada reverencia al recién llegado, y le

preguntó:

--¿Tengo el honor de saludar al ilustre doctor Peñarrubia, gloria de la

ciencia?...

--Soy, en efecto, el doctor Peñarrubia, y muy servidor de usted

--respondió éste, con ánimo bien notorio de rechazar el sahumerio que

el otro quería darle.

El de los ojos tiernos le tendió la diestra, diciendo:

--Lesmes Torunda, facultativo titular del pueblo.

--Muy señor mío --dijo el llamado Peñarrubia, estrechando la mano que

se le tendía.

--¿Quiere usted --añadió don Lesmes--, descansar un ratito, ó hablar

conmigo antes de?...

--Lo primero es lo primero --contestó el doctor--. Después me tomaré la

libertad de pedir una cena y un lecho.

--Á todo se proveerá, insigne doctor --replicó don Lesmes--, que

encargado estoy de hacerlo así.

--Pues adelante entonces.

Y juntos atravesaron el gabinete. Alumbraba á éste la luz de una bujía

con pantalla, á cuya sombra dormía una niña como de ocho ó nueve años,

apoyando la cabeza en sus brazos entrelazados, y éstos en lo alto del

respaldo de la misma silla en que estaba sentada. Cogió don Lesmes la

bujía, después de quitada la pantalla, y entró en la alcoba seguido de

nuestro personaje, de quien ya sabemos que se apellidaba Peñarrubia,

y tenía por mote _Pateta_; y habrá presumido el lector, por torpe que

sea, que era médico y que como tal era llamado á aquella casa.

Pero de este asunto y de otros con él muy enlazados, hablaremos en el

capítulo siguiente.

[Ilustración]

[Ilustración]

II

LA COMISIÓN DEL DOCTOR

El cuadro que alumbró la luz que introdujo en la alcoba don Lesmes, era

poco risueño. He aquí sus figuras y principales accesorios: un lecho

revuelto, y en él un cuerpo humano devorado por la fiebre. El cuerpo

era de mujer, y de mujer de hermosas facciones, aunque, á la sazón,

alteradas por el fuego de la calentura. Tenía la cabeza en escorzo,

con la boca en lo más alto de él; y el óvalo gracioso de la cara

recortábase en un fondo de enmarañadas guedejas de cabellos grises,

desparramados sobre la almohada. Jadeaba la enferma; y las ropas del

lecho alzábanse y descendían al agitado compás de una respiración

fatigosa y sibilante, como si al llegar el aire á los resecos labios

atravesara mallas de alambre caldeado.

Sentada junto á la cabecera de la cama, estaba una joven de cabellos

rubios y cutis blanquísimo; con los brazos cruzados bajo el pecho

de gallardo perfil, y con los azules, rasgados ojos, velados por las

lágrimas, fijos en el rostro de la enferma, y atenta á los menores

movimientos de su cuerpo.

Al alcance de su mano había una mesa con jaropes de botica, que desde

lejos se daban á conocer por lo subido de sus olores; y entre los

jaropes, un reló de bolsillo con la tapa abierta. Sobre la cabecera de

la cama, colgado en la pared, un crucifijo de marfil; y debajo, una

benditera y un ramito de laurel sujeto al lazo de seda que la sostenía.

Al aparecer en la alcoba el doctor, se levantó la joven y quiso decirle

algo, tal vez como expresión de su agradecimiento; pero el llanto apagó

su voz. Comprendióla el médico, al mismo tiempo que don Lesmes se la

presentaba como hija de la enferma y autora de la carta que él había

recibido, y no le faltaron en aquel momento oportunas frases de las

muchas que aún conservaba en su repertorio de médico viejo de la corte,

y hombre de buena sociedad.

Dióse comienzo á la inspección facultativa, que fué detenida y

minuciosa. El doctor mostró durante ella el certero desembarazo que da

una larga y gloriosa práctica. Se hallaba junto á aquel lecho, que era

casi un ataúd, como los buenos generales en los trances apurados de

una batalla perdida: explorando, con perfecto conocimiento del terreno,

los únicos puntos vulnerables del enemigo. Águeda y don Lesmes, por no

poder hacerlo la enferma, respondían á sus preguntas.

No cansaré al pío lector con el relato minucioso de estas

investigaciones facultativas; porque ni son del caso, ni yo entiendo

jota de ellas. Pero he de citar un detalle, por lo que de él

corresponde á la figura de don Lesmes.

El doctor había puesto bajo el brazo de la enferma, en contacto

inmediato con la piel, un primoroso tubo de cristal graduado. Don

Lesmes, como si no supiera qué iba á pasar allí, miraba de reojo la

operación y el tubo.

Cuando el doctor retiró el termómetro y hubo consultado la altura del

mercurio,

--Vea usted --dijo á don Lesmes poniéndole el aparato delante de la

cara.

--Ya, ya... ya veo --respondió don Lesmes sin saber qué mirar en

aquello que le parecía un alfiletero grande.

--¡Cuarenta y uno! --añadió el doctor en voz baja.

--Justos y cabales --repuso el otro por responder algo; pues, como

no sabía de qué se trataba, lo mismo eran para él cuarenta y uno que

cuarenta mil.

Después examinó el doctor los jaropes que había sobre la mesa,

arrimando la nariz á todos ellos.

--Sin perjuicio --dijo á don Lesmes, sacando al mismo tiempo un

lapicero y un papel de su cartera--, de lo que luégo acordemos los dos,

conviene que inmediatamente se traiga el medicamento que voy á disponer.

Y escribió una fórmula en que entraba el almizcle como base.

Águeda recogió el papel escrito; pero no se atrevió á preguntar al

médico una palabra acerca del estado de su madre. ¡Demasiado decían á

su corazón la reserva del uno y la creciente postración de la otra!

--Cuando usted guste --dijo Peñarrubia á don Lesmes.

--Estoy á sus órdenes, ilustre doctor --respondió don Lesmes haciendo

una reverencia.

Salieron de la alcoba. La niña seguía durmiendo profundamente; don

Lesmes colocó la bujía en la mesa de donde la había tomado, y volvió á

cubrir la luz con la pantalla. Entonces se fijó en un nuevo personaje

que había en escena: el cura.

Junto á la puerta que daba á la sala, y con otra luz en la mano, estaba

ya esperando á los médicos el hombre vestido de negro.

--Tengan ustedes la bondad de seguirme --les dijo.

Y siguiéndole, volvieron á atravesar la sala y entraron en un gabinete

frontero al que acababan de dejar. El hombre gordo y vestido de negro

puso la luz sobre una mesa con tapete y recado de escribir; arrimó á

ella dos sillones, uno enfrente de otro, y dijo con la cabeza gacha y

las manos cruzadas sobre la oronda barriga:

--¿Tienen ustedes algo que ordenarme?

--Que nos deje usted solos --contestó Peñarrubia, sin poder disimular

lo antipático que le era aquel personaje.

Entre tanto, don Lesmes no cabía en su vestido. La idea de que iba á

verse mano á mano con una de las celebridades médicas de la época,

le espantaba; pero, al propio tiempo, considerando que nadie podía

robarle la gloria de haberse hallado en consulta con autoridad de

tanta resonancia, el alma se le mecía en un golfo de vanidad. Y así le

entraban unos trasudores y unos hormigueos que no le dejaban sosegar.

Conoció el doctor algo de lo que le pasaba, y le brindó á que se

sentara el primero. No lo consintió don Lesmes. Hízolo el otro con

suelto desenfado; y habló de esta suerte, mientras don Lesmes buscaba

en su sillón una postura que, sin dejar de ser majestuosa y solemne,

fuera elegante y descuidada:

--Sería conveniente que me diera usted algunas noticias de la enferma.

--Como si la hubiera parido, señor doctor --se apresuró á replicar don

Lesmes. Acomodóse de nuevo en el sillón, carraspeando mucho, y habló

así--: Yo soy de Vitigudino, á once leguas de Salamanca, aunque le

parezca mentira...

--¡Hombre!... ¡de ningún modo! --le interrumpió el doctor alegremente.

--Dígolo --rectificó don Lesmes--, porque me ve tan lejos de mi patria.

Siendo de Vitigudino, tomé el título el año veintisiete; el veintiocho

casé con una joven, parienta inmediata de los Veganzones de Cantalejo,

á quienes acaso usted haya oído nombrar... porque son gente de viso...

El treinta me hallaba desacomodado y con ánimos de revalidarme, para lo

cual hice algunos estudios privados...

--¡Cómo que revalidarse? --preguntó el doctor, entre impaciente y

curioso de oir á aquel notable personaje--. ¿No tomó usted el título el

año veintisiete?

--Mucho que sí; pero yo aspiraba á licenciarme en medicina.

--Vamos, ya caigo. Es usted cirujano á secas.

--Esa es la palabra, señor doctor... salvo siempre los estudios

privados de que he tenido el honor de hablarle... Pues, como iba

diciendo, el año treinta me hallaba desocupado; vacó este partido,

según pude ver en los anuncios; le pretendí y me le dieron. Desde

entonces vengo asistiendo á este vecindario, señor doctor... Digo,

¿conoceré yo la naturaleza de estas gentes? Que entré en esta casa como

en la mía propia, de por sí se entiende. ¡Y qué casa, señor doctor!

¡qué casa! ¡Sepa usted que aquí se apalean los ochentines!

--No lo dudo, señor don Lesmes; pero yo quisiera que habláramos un

poquito de la enferma.

--Pues á ello voy caminando, señor de Peñarrubia, si usted tiene la

bondad de oirme dos palabras más. Á esa señora que acaba usted de ver

en la cama, la conocí yo así de pequeñita: era la única hija que le

quedaba á un riquísimo mayorazgo de este pueblo, con fincas en media

España, á quien usted estará cansado de oir nombrar... ¡pues ahí

son poco sonados los Rubárcenas de Valdecines! Era hombre de saber

y muy dado á viajar por el mundo; porque, como he dicho, le sobraba

el dinero. En uno de estos viajes, recién llegado yo, llevó consigo

á su hija y la puso en un colegio de Francia, en que dicen que había

hasta hijas de reyes. La niña Marta era lista como la pimienta, y por

su aire y su corte parecía que estaba pidiendo aquellos pulimentos

de enseñanza. Por cansar menos, diré que cuando al cabo de los años

volvió á la tierra, era un sol de buena moza y hablaba lenguas como

agua; en lo tocante á pluma y estudios gramaticales, geografía y otros

puntos de saber, ¿quién era el guapo que se le ponía delante? Nada le

digo á usted de las obras de mano. Eran las suyas moldes de finuras y

maravillas.

Que con estas cláusulas tuvo los pretendientes á rebaños, por entendido

se calla; pero no era mujer dada á los extremos, y ya tenía veinticinco

años cuando se decidió por un caballero, rico también y buen mozo

si los había. Este tal caballero, don Dámaso Quincevillas, era de

Treshigares, pueblo de lo último de la Montaña, donde empieza á nevar

en septiembre y no lo deja hasta San Juan.

Un año después de casada doña Marta, murió su padre de una apoplegía;

y como don Dámaso, al casarse, ya era huérfano, cátese usted que el

matrimonio reunió un mar de riqueza, en fincas y sonante.

De este matrimonio nació primeramente Águeda, que es la joven que usted

ha visto á la cabecera de la cama... El vivo retrato de su madre, señor

doctor, en lo despierta, y un ángel de Dios en la figura y en los

sentimientos. En hora conveniente tratóse de dar á la niña educación

al consonante de sus talentos y posibles; pero doña Marta, que estaba

entusiasmada con aquella criatura, opinó que el mejor colegio para una

niña es una buena madre; y cátala cogiendo, como quien dice, con una

mano, cuanto había aprendido en Francia con maestros y en su casa con

la experiencia de los años, y pasándolo á su hija, que lo recibe sin

perder miga, ni más ni menos que si para ella lo hubiera estudiado

quien se lo enseñaba.

Vino después al mundo otra niña, que es la que dormía en el gabinete

cerca de la luz que yo cogí; y doña Marta comenzó á educarla lo mismo

que á Águeda... Y aquí empieza á nublarse la buena estrella. Un día

me llamaron muy de prisa. Don Dámaso estaba muy malo. Con el afán en

que le traía el cercado de esa gran posesión que rodea la casa, obra

que había emprendido al asomar el verano, cogió una insolación; no la

hizo caso; otro día se mojó los pies; resultóle un ataque cerebral...

y se murió. En aquella hora puede decirse que murió también la mitad

de su señora, que adoraba en él. Hasta entonces había sido alegre y

risueña como unas pascuas, y fuerte como una encina; desde entonces

se hizo triste y cavilosa, y quebradiza de salud. Fuése dejando poco

á poco de las cosas del mundo, ¡y allí fué de ver á su hija cómo se

puso al frente de todo, y llenó, hasta con sobras, los huecos de su

padre muerto, y de su madre casi, casi! Encargóse, por de pronto, de

la educación de su hermana; y ahí la tiene usted, á los nueve años de

edad, sabiendo poco menos que su maestra. ¡Pasma, señor de Peñarrubia,

el don de esa muchacha para hacer milagros de gobierno y enseñanzas!

¡No se explica uno cómo en una personita de mujer, tan rubia, tan

tiernecita y adamada, caben tanto saber y tanto juicio!

--¿De manera --dijo el doctor, á quien iban interesando estos

pormenores-- que toda esta familia queda reducida á la señora enferma y

sus dos hijas?

--Queda también --repuso don Lesmes-- un hermano del difunto don

Dámaso, que no ha estado aquí más que el día de la boda y el del

entierro de éste. Se llama don Plácido, y no sale jamás de Treshigares,

gastando su patrimonio en la manía de sacar gallinas de muchos colores.

--Pues entonces, ¿quién es ese personaje lúgubre y taciturno que nos

alumbra á cada paso que damos?

--Ese --dijo aquí don Lesmes bajando la voz y frunciendo los ojos

maliciosamente-- es don Sotero Barredera, mayordomo de la señora, por

de pronto.

--¿Por de pronto?... Pues ¿qué otra cosa es?

--Oiga usted, y perdone. Don Sotero fué procurador; y llegó aquí,

su pueblo natal, hace algunos años, con un gaznápiro á quien llama

sobrino, y otros tienen por hijo ilegítimo. Según lenguas, don Sotero

se retiró á comerse lo ganado honradamente; y según otras, porque

fueron tales y tan gordas sus demasías ejerciendo el cargo, que le

fué imposible la residencia en la capital del partido. Créese que es

usurero, porque alguno que le ha necesitado dejó entre sus uñas hasta

la camisa. La verdad es, señor doctor, que las trazas no le abonan por

rumboso ni caritativo. Tomándole por sus obras que se ven, santo debe

de ser; porque, desde que apareció en el pueblo, no sale de la iglesia

si no es para entrar aquí.

--¿No me ha dicho usted que doña Marta tenía mucho talento?

--Y lo repito.

--¿Cómo se explica entonces la confianza que ha puesto en ese hombre?

--Porque doña Marta, que siempre fué piadosa, desde que murió su marido

llevó la devoción á lo más extremo; y, á mi modo de ver, la claridad de

su entendimiento se enturbió bastante en lo relativo á cosas que con

su manía se acomodaban. Hízose don Sotero presente en horas oportunas;

y como doña Marta le veía confesar cada ocho días, y, en su fe y su

bondad, no podía creer que hubiera hombre nacido, de entraña tan perra

que fuera capaz de valerse de la Hostia consagrada para engañar al

mundo, siendo además listo y advertido el hombre... fué entrando,

entrando; y ahí le tiene usted.

--Corriente; pero hasta aquí, no se ve sino al mayordomo: ¿y lo demás?

--Lo demás, señor de Peñarrubia, lo iremos viendo poco á poco. Por de

pronto, dícese que en el testamento de la señora...

--¿Luego, ha testado ya?

--¡Á buena parte va usted! Anteayer, apenas vió que la calentura

apretaba, confesó y comulgó como una santa. Desde entonces, y por

orden suya, puede decirse que no sale el cura de esta casa. En cuanto

despachó el negocio del alma, llamó al escribano. Anduvo traficando

en la operación don Sotero... y se dice si quedaron las cosas muy

amarradas á su mano. Será ó no será; pero bien puede ser; y si fuese,

lo sentiría por Águeda, que no le puede ver ni en pintura.

Calló aquí don Lesmes, y no dijo una palabra el doctor.

--¿Le parece á usted, _compañero_ --manifestó éste al poco rato--, que

tratemos exclusivamente de la enfermedad de doña Marta?

Don Lesmes se sintió crecer hasta las nubes al oirse llamar

«compañero» por tales labios; pero le volvieron los trasudores al

considerar que era llegado el trance negro. Hizo una solemnísima

reverencia, y respondió:

--Los antecedentes que he tenido el honor de manifestar á usted,

llevaban por objeto poner á su ilustrado criterio en condiciones de

apreciar debidamente las circunstancias patológicas de la señora;

circunstancias que pudiéramos llamar «de naturaleza» en ella. Ocho días

hace, y estamos ya sobre el punto, me dijo doña Marta que su ordinario

padecimiento se había agravado; el cual padecimiento era una dispepsia

de carácter nervioso, como usted habrá comprendido por los antecedentes

expuestos y el estado de la enferma.

Sonrióse el doctor, y continuó don Lesmes:

--Efectivamente; la enfermedad no había cambiado de naturaleza, aunque

sí de intensidad: apetito nulo, pulso dicroto, sed ardiente y mucha

pesadez de cabeza.

--¿Y cree usted que ese cuadro de síntomas acusaba el padecimiento

ordinario?

--De fe, señor doctor, de fe. Dispuse inmediatamente la medicación:

bebida á pasto.

--¿Qué bebida?

De tal palo, tal astilla · 第 1 / 20 段