_Cómo se hicieron fiestas en Granada, y por ellas se encendieron más
las enemistades de los Zegríes, Abencerrajes, Alabeces, y Gomeles, y lo
que pasó entre Zaide y Zaida acerca de sus amores._
Antes de pasar adelante con la fiesta concertada, diremos del valeroso
Zaide y de la bella Zaida, a quien él tanto estimaba, y era tan público
en Granada, que ya no se trataba sino de sus finos amores.
Sabiendo esto sus padres de ella, determinaron de casarla con otro,
y dar fama de ello, porque Zaida se apartase de aquel propósito y
perdiese la esperanza de sus amores, y cesase en pasearle su calle y
puerta, porque no fuese el honor de Zaida tan rompido.
Y con este intento pusieron mucho recato en su hija, no dejándola poner
a las ventanas, porque no hablase con Zaide; pero poco aprovecharon sus
prevenciones, porque no por eso dejaba Zaide de pasear la calle, ni
ella le dejaba de amar con más fervor que de antes.
Y como se publicaba el casamiento de Zaida por toda la ciudad, y
que sus padres la casaban con un moro de Ronda, poderoso y rico, el
bravo Zaide no podía sosegar de noche, ni de día, ocupado en varias
imaginaciones, procurando estorbar el casamiento con darle muerte al
desposado.
Y no cesando un momento de pasear la calle de su dama, por ver si
la podía hablar para saber de ella su voluntad, porque espantaba el
gallardo moro de que su Zaida consintiese en el casamiento, a causa de
la fe y palabra que entre los dos se habían dado, la aguardaba por ver
si salía a un balcón, como solía hacer.
La bella Zaida no estaba con menos pena y cuidado que su galán, deseosa
de hablarle, y darle cuenta de lo que sus padres tenían tratado; y así
salió al balcón, y vio al valeroso Zaide que se andaba paseando solo,
con un semblante triste y melancólico, y alzando los ojos al balcón;
y viendo a la hermosa Zaida tan gallarda y bizarra, se le quitó luego
todo su mal, y llegándose al balcón temeroso habló a su mora de esta
manera:
--Dime, bella Zaida, ¿es verdad esto que se dice, que tu padre te casa?
Si es verdad, dímelo, no me lo encubras, ni me traigas suspenso; porque
si es verdad, vive Alá que tengo de matar al moro que te pretende, para
que no goce de mi gloria.
La hermosa Zaida le respondió (los ojos muy llenos de lágrimas):
--Así me parece, Zaide, que mi padre me casa: consuélate, y busca otra
mora a quien servir, que por tu gran valor no te faltará; ya es tiempo
que nuestros amores tengan fin: el cielo sabe las pesadumbres que por
tu causa he tenido con mi padre.
--¡Oh cruel! --respondió el moro--, ¿es pues esa la palabra que me
tienes dada de ser mía hasta la muerte?
--Vete, Zaide --dijo la mora--, porque viene mi madre buscándome, y así
ten paciencia.
Diciendo esto se quitó del balcón llorando, quedando el valeroso
moro confuso, sin saber lo que determinar para alivio de su pena; y
determinando de no dejar su pretensión sin perder la escaramuza de su
pensamiento, desocupó el puesto, dejando allí el alma.
Por esto que le pasó a Zaide con su mora, se dijo este romance:
Por la calle de su dama
paseándose anda Zaide,
aguardando que sea hora
que se asome para hablarle.
Desesperado anda el moro
en ver que tanto se tarde,
que piensa con solo verla
aplacar el fuego en que arde.
Viola salir a un balcón
más bella que cuando sale
la luna en la oscura noche,
y el sol en sus tempestades.
Llegose Zaide, diciendo:
bella mora, Alá te guarde,
si es mentira lo que dicen
tus criados a mis pajes.
Dicen, que dejarme quieres,
porque pretendes casarte
con un moro que ha venido
de las tierras de tu padre.
Si eso es verdad, Zaida bella,
declárate, no me engañes;
no quieras tener secreto
lo que tan claro se sabe.
Humilde responde al moro:
mi bien, ya es tiempo se acabe
vuestra amistad y la mía,
pues que ya todos lo saben.
Que perderé el ser quien soy
si el negocio va adelante:
Alá sabe si me pesa,
y lo que siento dejarte.
Bien sabes que te he querido
a pesar de mi linaje,
y sabes las pesadumbres
que he tenido con mi madre
Sobre aguardarte de noche,
como vienes siempre tarde;
y por quitar ocasiones,
dicen que quieren casarme.
No te faltará otra dama
hermosa, y de galán talle,
que te quiera, y tú la quieras,
porque lo mereces, Zaide.
Humilde responde el moro,
cargado de mil pesares:
No entendí yo, Zaida bella,
que conmigo tal usases:
No entendí que tal hicieras,
que así mis prendas trocases
con un moro, feo y torpe,
indigno de un bien tan grande.
Tú eres la que dijiste
en el balcón la otra tarde:
tuya soy, tuya seré,
y tuya es mi vida, Zaide.
Aunque la bella Zaida pasó con su Zaide todo lo que habéis oído, no por
eso le dejaba de amar en su corazón, y el gallardo Zaide asimismo la
amaba.
Aunque la dama le despidió, muchas veces se hablaban, no con tanta
libertad, porque sus padres no lo sintiesen; y le hacía todos los
favores que solía, aunque el moro, por evitar escándalo, no continuaba
en pasear la calle de su dama: mas no era tan en secreto, que no fuese
sentido del moro Tarfe, amigo de Zaide, el cual tenía una envidia
mortal en su alma, porque amaba de secreto a Zaida; y considerando que
jamás Zaide dejaría de amar a la bella Zaida, acordó de revolverlos,
poniendo cizaña entre los dos, aunque esto le costó la vida; porque así
acaece a los que no son leales con sus amigos.
Pues volviendo al caso de las fiestas atrás referidas, trataremos
primero de un romance, que compuso un poeta en respuesta del pasado, y
después diremos lo que en las fiestas pasó. Dice así el romance:
Bella Zaida de mis ojos,
y del alma bella Zaida,
de las moras la más bella,
y más que todas ingrata:
De cuyos rubios cabellos
enreda amor mil lazadas,
en que ciegas de tu vista
se rinden mil libres almas:
¿Qué gusto, fiera, recibes
de ser tan mudable, y varia,
y con saber que te adoro,
tratarme como me tratas;
Y no contenta de aquesto
de quitarme la esperanza,
porque de todo la pierda
de ver mi suerte trocada?
¡Ay cuán mal, fiera enemiga,
las veras de amor me pagas;
pues en cambio dél me ofreces
ingratitud y mudanza!
¡Cuán presto le diste al viento
tus promesas y palabras!
pero bastaba ser tuyas,
para que tuviesen alas.
Acuérdate, Zaida hermosa,
si aun aquesto no te enfada,
del gusto que recibías
cuando rondaba tu casa.
Si de día, luego al punto
salías a las ventanas;
si de noche, en el balcón
o en las rejas te hallaba.
Si tardaba o no venía,
mostrabas celosa rabia;
mas ahora en qué te ofendo,
¿que acorte el pasar me mandas?
Mándasme que no te vea,
ni escriba billete o carta,
que un tiempo tu gusto fueron,
mas ya tu disgusto causan.
Ay, Zaida, que tus favores,
tu amor, tus palabras blandas,
por falsas se han descubierto,
y descubres que eres falsa.
Eres mujer, finalmente,
a ser mudable inclinada,
que adoras a quien te olvida,
y a quien te adora desamas.
Mas, Zaida, aunque me aborreces,
por no parecerte en nada,
cuando de hielo tú fueras
más sustentaras mi llama.
Pagaré tu desamor
con mil amorosas ansias,
que el amor fundado en veras
tarde se rinde a mudanza.
Por ser aqueste romance bueno, y aludir mucho al pasado, se puso aquí,
y por adorno de nuestra obra.
Pues tornando a nuestro moro Zaide, valeroso y gallardo Abencerraje,
quedó tan apasionado por lo que la bella Zaida le dijo, que le puso
en extremo su pensamiento en si era verdad que los padres de Zaida la
querían casar.
Con este cuidado andaba el gallardo moro muy pensativo, y por
consolarse paseaba la calle de su dama; pero ella no salía a las
ventanas como otras veces solía, sino muy de tarde en tarde.
Aunque la bella y hermosa mora le amaba tiernamente, no lo manifestaba
por no dar enojo a sus padres, y por esto no osaba hablar con su
querido y amante moro; lo cual él sentía mucho, y lo mostraba hasta
en los trajes y vestidos, porque conforme a la pasión que sentía, así
traía el vestido, y por él juzgaban los caballeros y damas de Granada
los efectos de su causa y de sus amores.
Pues con estas congojas y pesadumbres andaba el valeroso Zaide tan
imaginativo, sin poderlas apartar de su pensamiento, que le vinieron
a poner en grande extremo y flaqueza, y estuvo muy mal dispuesto; y
por consolarse, lleno de amorosas ansias, una noche muy oscura, buena
a su propósito, bien aderezada la persona, y solo con un laúd se fue
a la calle de su adorada mora a media noche, y comenzando a tocar el
instrumento con mucho pesar, cantó en arábigo esta sentida