En cambio, mi candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de
oposición, que me llenaban de improperios, lo mismo que á los otros
candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba también,
incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local.
El diario católico de la ciudad, entretanto, me perdonaba á mí sólo,
atacando con singular violencia á mis futuros colegas que, al fin y
al cabo, no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto á
preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos. Como
Correa, cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron
una vez conocida la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido
de su corazón, y hacía cuanto estaba en su mano para ayudarme, los
ataques recrudecieron, diciendo los diarios que él era el más empeñado
en mi triunfo y que yo debía considerarme «su hijo... político»,
agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir
á la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía
segura mi «banca» en el Congreso, no me avine á dejar pasar sin
castigo todas estas impertinencias y empuñando mi mejor tajada pluma,
y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas
contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de
los prohombres de la oposición de mi provincia.
Allí salían á bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y
físicos, y hasta los detalles más ó menos pintorescos y escabrosos
de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don
Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocían la vida y milagros
de la provincia entera, desde tres generaciones atrás. Aparte la
genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los escándalos
verdaderos ó calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada
uno de nuestros comprovincianos de significación.
--¿Qué se puede decir de Fulano, misia Gertrudis?
--Que es un mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los
Bermúdez, que entró de sacristán en San Francisco. Los buenos padres
enseñaron á leer y escribir á los hijos, que se hicieron comerciantes
en un boliche de almacén y pulpería, y ganaron platita. Me acuerdo
que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le
cantábamos para hacerlo rabiar:
_La Habana se v'á perder
la culpa tiene el dinero:
Los negros quieren ser blancos,
los mulatos caballeros._
Tenía el odio más inveterado y mortal contra los negros y los mulatos,
sólo comparable con el que dedicaba á los «carcamanes», ó sea italianos
burdos, á los «gringos», es decir, á los extranjeros en general, y á
los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la península ibérica,
patria de sus antepasados. Para cada colectividad de éstas tenía una
copla, más ó menos chistosa, por ejemplo:
_Á la orilla de un barranco
dos negros cantando están:
¡Dios mío! ¡quién fuera blanco...
aunque fuese catalán!_
Á los carcamanes, bachichas, «mangia polenta», escasos por entonces en
la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi,
pese á su alta posición oficial y pecuniaria, no escapaba á sus tiros.
Don Claudio le hacía coro y complementaba á veces sus recuerdos y
observaciones, con análoga malevolencia, subrayando algún detalle ó
exhumando otros desconocidos ú olvidados por su cara mitad.
--«Acordate» de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había
parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo
retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre.
Y así para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues,
admirablemente mi policía oficial, en el tiempo y en el espacio,
metiéndose donde ésta no podía entrar, resucitando archivos
inaccesibles para ella, y gracias á sus informes é insinuaciones
podía yo escribir sueltecitos picantes como «ají cumbarí». Pero,
aleccionado por el caso de Vinuesca, que no había para qué repetir--los
duelos son útiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor
notoriedad,--cuidaba de indicar clara, inequívocamente á mi víctima,
pero sin señalarla de un modo categórico. Quiero presentar aquí un
espécimen de aquella literatura, una silueta--no la más hiriente, por
cierto,--de un enemigo de significación, el redactor en jefe de _El
Grito del pueblo_, diario el más vehementemente radical que se haya
visto en mi provincia:
«Escribe con una copa de caña al lado. Esta copa siempre está
llena, y no porque él la olvide. No. Cuando se la bebe, distraído,
le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso,
entre china y mulata, con quien se casó hace poco para legitimar
una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo
se repite cada cinco minutos ó á cada párrafo de «sana doctrina
política». La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana,
cobra, naturalmente, su comisión en especies, echando sendos
tragos, de modo que al acabar un artículo atiborrado de insultos y
de calumnias y hediendo á alcohol, ambos, el salvador del país y
su Egeria cetrina, están completamente borrachos. Entonces leen lo
que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las
palabras demasiado suaves, substituyéndolas con las más gordas del
diccionario populachero, y dándoles todo el fétido aliento de su
dipsomanía. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para
ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del
grito del pueblo. Para los demás es únicamente, y no puede ser otra
cosa, el eructo del porrón.»
No copio más, porque juzgo ahora este sistema de polémica menos
distinguido que entonces, y mucho más ineficaz de lo que parece. Va más
allá del blanco. Pero agregaré en mi descargo, si no en mi honor, que
estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discreción
y agudeza, comparados con los que entonces solían leerse en la prensa
provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aquél que
discutía el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni
insinuar se puede lo que decía.
Como es fácil de comprender, este deporte periodístico era para mí una
diversión incomparable, que me absorbía largas horas en la rebusca de
insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadísimo, pues
ya había comenzado la agitación política con sus asambleas de comités,
sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones
callejeras, sus mítines en el teatro ó en las canchas de pelota, su
serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar
casi tantos discursos como un candidato yanqui á la Presidencia.
Pero, con un arsenal de lugares comunes que me había formado, salía
airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos
principios de política, el sistema republicano de gobierno, la unidad
y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la
hidra siempre amenazadora de la anarquía, la representación genuina
de las provincias, el Presidente de la República, garantía de paz, de
prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposición, la traílla
de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los
altos intereses del Estado, que defendería hasta el sacrificio, la
era de las instituciones... y mil otras frases más ó menos huérfanas
de pensamiento, que el público me escuchaba con tamaña boca abierta,
y me aplaudía á rabiar, porque con esa intención ó esa consigna había
acudido á oirme.
Pero tanto fué el _tolle_ que armó la prensa local y la bonaerense
sobre mi presencia inmoral y tiránica al frente de la policía, siendo
candidato, tanto se protestó contra este escándalo electoral, que
Correa estuvo á punto de ceder y quitarme el mejor escalón para llegar
al Congreso. ¡No en mis días! Las circunstancias me ayudaron otra vez.
Volvían á correr rumores de revolución. En nuestra tierra siempre han
corrido rumores de revolución, sobre todo entonces, y desde tiempo
inmemorial. Podía aplicarse al país lo de que «cuando no estaba preso
lo andaban buscando», y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones
internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda.
Las últimas, sin embargo, habían realizado la «unidad nacional»,
poniendo al unísono á todos los gobiernos de provincia, que pertenecían
exclusivamente á nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de
la nación, del ejército y de las intervenciones. Pero la oposición,
desalojada hasta de sus últimos baluartes, quería tomar el desquite y
se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de
la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituyó
excepción. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes,
resultan muy desgraciadas en nuestro país, y nunca son así, enormemente
fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La
mayoría, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque.
No tardé, pues, en saber los preparativos que se hacían contra
el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de
ferrocarriles, que tenían también la dirección del resto de sus
líneas en la provincia, se permitían ser opositores con mayor ó menor
franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era
«forastero» como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este
último acudió un día á mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se
habían introducido algunos cajones de armas por su línea, aunque fuera
notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia.
--Y si se han atrevido á servirse de mi compañía--agregó,--estoy seguro
de que se sirven mucho más de las otras, y de que en estos momentos ya
hay centenares de fusiles en la provincia.
--Gracias por la noticia, Sánchez. Ya había olfateado algo de eso.
Pero, vaya sin cuidado, que no va á suceder nada... Eso sí, averigüe
quiénes han recibido las armas, pero sin alborotar á nadie, y hágamelo
saber. Lo demás corre de mi cuenta.
Al día siguiente hice citar á los dos jefes opositores, para que
concurrieran á la misma hora á mi despacho. En cuanto los tuve en
mi presencia, agitando unos papeles, como si fueran los documentos
reveladores de sus manejos, exclamé:
--¡Sé todo lo que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto
á no hacerme el desentendido, y á perseguir cualquier malevolencia,
cualquier traición... Así, pues, desde este mismo instante, me darán
ustedes cuenta exacta de todas las armas que se introduzcan en la
provincia por sus ferrocarriles, y del nombre de sus destinatarios...
Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por mi personal,
y es deber de ustedes facilitar la obra del Gobierno. Si no lo hacen y
resulta en la ciudad mayor número de armas del que yo conozco, los haré
responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo
respecto de los pueblos de la campaña por donde pasan sus líneas.
Varias veces habían tratado de interrumpirme, protestando de su
inocencia y alegando ignorancia, pero no lo permití. Al final, cuando
renovaban sus protestas, les hice callar, afirmando:
--Estaré siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios,
pero ustedes tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren
pasarlo mal... Por otra parte, no tengan cuidado, porque sus informes
quedarán completamente secretos...
--Esto tiene que venir de habladurías, de calumnias de
Sánchez--insistió uno de ellos, Smithson;--nadie sino él tiene interés
en perjudicarnos.
--¿Qué clase de interés puede tener Sánchez que, por otra parte, no me
ha dicho una palabra?...
--¿Qué clase de interés?--saltó el otro, llamado Peacan.--¡Congraciarse
al Gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depósito de
mercancías de su estación central!
--¡Bah! Ese asunto está en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda
actividad. El culpable será descubierto, y más pronto de lo que ustedes
creen.
Y mirando á Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara
involuntariamente que Smithson y no otro era el soplón, agregué:
--¡Vaya, vaya! Ni se sueña usted quién me ha informado.
Al despedirme de él remaché el clavo diciéndole en voz baja:
--¿Me cree usted tan simple que no hubiera convocado á Sánchez, si éste
fuese mi informante? ¿Qué costaba llamarlo también, para desviar las
sospechas?
En cuanto á Smithson, á quien retuve unos minutos más, también le
sugerí la idea de que el indiscreto era Peacan, y esperé el resultado
de mi pequeña combinación: Cualquier otro hubiese hablado á solas con
cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera
fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos á un tiempo,
suscitando sus recíprocas sospechas, tenía que lograr mi objeto. Y,
en efecto, días después, Smithson me anunció que acababan de llegar
dos cajones de remingtons, consignados á un bolichero de las afueras,
hombre de Zúñiga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposición. En
cuanto á Peacan, más leal ó menos asustadizo, había pedido que no se
siguiera enviando armas por su línea, porque estaba descubierto.
Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para
que no me los escamotearan. Todavía no era conveniente «descubrirlos».
Un tercer cajón llegó á casa de un opositor católico, el doctor Lasso;
también lo dejé. Por último, Zúñiga cometió la tontería de recibir dos
en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa
de Zúñiga y tomarle los fusiles, recogí los que había en las chacras,
en el boliche, en poder de algunos particulares, y escribí á Lasso un
billetito diciendo que conocía su depósito de armas pero que, como
no quería molestarlo, porque ambos teníamos «las mismas convicciones
religiosas», él debía mandármelas ocultamente lo más pronto posible.
Correa se quedó boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los
rumores habían llegado á sus oídos, nunca les atribuyó importancia, al
ver que yo me encogía de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y
honrándome como nunca lo había hecho, se fué á visitarme en la policía.
--¡Ah, muchacho!--exclamó.--¡Si cuando yo decía que «sos» un tigre!...
¡Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar á todos esos revoltosos de
porra!
--¡No se precipite! Mire bien lo que va á hacer, don Casiano--le
dije.--El pueblo está demasiado alborotado para que nos metamos en
«persecuciones». Lo mejor será practicar una larga investigación, sin
tomar preso á nadie por el momento. Siempre habrá tiempo de hacerlo en
el curso de la instrucción, si vuelven á alzar el gallo. Y, ahora, para
hacerle el gusto, permítame que le presente mi renuncia...
--¡Cómo tu renuncia! ¿Has perdido el juicio? Por nada te dejaré que
«renuncies» en estos momentos. ¡No faltaba más!
--Sí, Gobernador. Así se salvan las apariencias. Y usted aceptará la
renuncia, pero copiando este borrador.
Y le presenté una minuta así concebida:
«Considerando: l.º que el benemérito jefe de policía de la
provincia, don Mauricio Gómez Herrera, tiene razones poderosas para
renunciar el puesto que con tanto acierto y patriotismo desempeña;
2.º que las circunstancias anormales porque atraviesa la provincia,
teatro de una agitación subversiva, hacen imprescindibles sus
servicios.
«El gobernador de la provincia en Acuerdo de Ministros, DECRETA:
«Art. 1.º Acéptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gómez
Herrera;
«Art. 2.º Encárgase al mismo don Mauricio Gómez Herrera, del
desempeño de las funciones de jefe de policía de la Provincia,
mientras duren las presentes anormales circunstancias.»
--¿Lo firmará?--pregunté.
--¡Pues, está claro!
--¡Viva la República! ¡Cualquier día iba yo á dejar que _mi_ elección
se hiciera sin dirigirla personalmente yo!