Como chorro de agua fría derramado en un brasero, fue la presencia
y dichos de Negretti en el espíritu de Calpena, que vio de súbito
convertido en cenizas mojadas todo aquel fuego que encendía su
voluntad; y el drama romántico que el niño se traía, con violencias
y fuertes emociones, con su rapto correspondiente, quizás con
cuchilladas y tiros, se trocó en comedia casera. Verdad que esta
era de las buenas, de las mejores, según se anunciaba; mas, por el
pronto, hubo desilusión, enfriamiento repentino, caída de las alturas,
y esto siempre duele. Un rato estuvo el joven como atontado: casi,
casi llegó a parecerle fantástica la aparición de Negretti, y sus
palabras fingimiento del propio tímpano que las oyera. Por real lo
tuvo reflexionando en ello, y reconoció gozoso que el tío de su amada
era una gran persona, sus palabras sinceras y honradas, en armonía
perfecta con la noble expresión de su rostro. ¡Vaya con los cambiazos
del destino! ¡El enemigo, el tirano, el ogro, convertíase, como por
magia, en un ser bondadoso, de ideas severas, eso sí, pero sanas! ¡Y
con qué firmeza de padre tutelar le había planteado la cuestión de sus
relaciones con Aura! ¡Con qué gracia y donosura había desbaratado el
romántico artificio, como don Quijote acuchillando el retablo de maese
Pedro! ¡Y cuán hábilmente, entre las ruinas del cartón pintado, había
puesto el cimiento angular de la vida razonable, discreta, lógica, como
Dios y la ley la quieren y formulan! Era el tal don Ildefonso todo un
hombre, y no había más remedio que bajar la cabeza ante su voluntad,
juntamente rigorista y protectora, aceptando los procedimientos
pacíficos que proponía, los cuales significaban decencia, lógica y
facilidad.
Dio vueltas Fernando por frente a la Universidad, sin hacerse cargo de
lo que a su alrededor ocurría; tan metido estaba dentro de sí. Pasado
un rato, y obligado por la llovizna a guarecerse bajo un alero, empezó
a ver lo inmediato y circunstancial.
«¿Qué tenía yo que hacer, Señor? —se dijo—. ¡Ah! ya me acuerdo: me
mandó que buscase a Sancho y le mandara preparar las caballerías».
Hallábase al decir esto entre la Universidad y el edificio destinado a
hospital. A dos pasos de allí, en _Ikasola kalea_, estaba el parador
donde a la sazón debía de encontrarse Sancho; pero no acertaba con él:
la noche se había echado encima, oscurísima, y la gente afanosa que por
todas partes bullía le estorbaba el paso. En la puerta posterior de la
Universidad había lo menos diez carros cargando pesados objetos, y en
la Caridad, por un portalón de la huerta, sacaban enfermos en camillas.
El tumulto era grande; alumbraban estas operaciones farolillos mustios,
y el vocerío en vascuence o mal castellano mareaba la cabeza más firme.
Trató Calpena de abrirse paso hacia el parador, y preguntando a este
y al otro pudo enterarse de que los jamelgos del señor Sancho habían
sido embargados para el transporte de los heridos que bajaban de San
Adrián. Pensó dar conocimiento al gran Rapella de estas novedades, que
sin duda imposibilitarían la partida; ¿pero dónde demonios estaba
el siciliano? Desde que se le apareció Negretti en la plaza, habíale
perdido de vista. Si había logrado meterse en Palacio, y se agregaba a
la comitiva de don Sebastián, ¿cómo se las compondrían Sancho y Calpena
para seguirle, no disponiendo de caballos? En fin, Dios diría. Llenose
de paciencia el aburrido joven y continuó buscando al escudero. De
pronto, vio que los hombres y mujeres que antes se agolpaban junto a la
Universidad, corrían hacia la plaza gritando:
—Ya vienen, ya vienen...
Pudo creer el forastero por un momento que los que venían eran los
cristinos victoriosos, posesionándose, con la brutalidad del vencedor,
de la villa y corte indefensas. Pero no; los que venían eran dos
batallones facciosos, el _Requeté_ y el 2.º de Guipúzcoa, que se
retiraban con mediano orden delante del enemigo, trayendo muchos
heridos, hambre, cansancio, ira, y la tristeza del vencimiento. Bajaban
por el camino de Aránzazu, rotas las filas, presurosos. Calpena les
vio entrar en el pueblo por la calle de Santa María: ante el palacio
del rey, dieron algunos vivas con voz apagada y ronca, y pararon luego
en la plaza, en medio de una gran confusión. Oyó los gritos de los
jefes, queriendo ordenar las secciones, para repartirles pan y vino, y
en tanto las mujeres se abalanzaban llorosas a los carros del 2.º de
Guipúzcoa, reconociendo a los heridos, llamándoles por sus nombres,
reconociendo también a los vivos y abrazándoles, si los encontraban.
Era un lastimoso espectáculo que oprimía el corazón, tanto dolor de
una parte, de otra tanta abnegación y entereza, y afligía considerar
el enorme, inútil sacrificio que todas aquellas penas y virtudes
representaban.
En los balcones de Artazcos se veían luces. Quién decía que Carlos V
estaba cenando sus alubias y su sopita de ajo con un poco de vino, para
emprender la marcha inmediatamente hacia San Prudencio; quién que había
cenado y estaba rezando el rosario con su alta y baja servidumbre y
los señores ministros; y esto lo decían con veneración, con el interés
que inspira la persona más amada. En aquel barullo acertó Calpena
a encontrar al chicuelo organista que le había guiado a la casa de
huéspedes el día anterior, y le cogió del brazo, preguntándole:
—¿Has visto, por casualidad, al señor diplomático que ayer llegó
conmigo?
Replicó el chico negativamente, y al punto agregose otro bigardón
afirmando que el caballero flaco había salido de Palacio con el señor
Urra y el señor Echevarría, dirigiéndose al Ayuntamiento, donde se
disponían caballos y coches para el séquito del rey. De Sancho dijeron
que creían haberle visto en la Caridad ayudando a la saca de los
enfermos que debían marchar, y allá corrió Fernando con el organista,
que oficioso se prestó a ser su escudero.
Nuevamente fue acometido Calpena, en ocasión de tanto apuro, del
recuerdo de Negretti:
«¡Qué bueno sería —pensaba— que nos encontrásemos ahora y lograra yo
que me llevase consigo en los carros de la Maestranza!».
Con estas ideas se entremezcló la consideración del cambiazo súbito
que le marcaba su destino, y al decir destino daba este nombre
indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según
su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez
ignorante y ciega. Bastaron unos minutos de coloquio con persona que
trataba por primera vez, para ver alterado totalmente el rumbo de sus
caminos, vueltas del revés sus ideas, y en la esfera de su voluntad
sustituidas unas energías por otras. ¡Cuán lejos estaba el soñador
Fernando de que su destino, Dios mejor dicho, le preparaba desviaciones
más radicales y sorprendentes!
Entró con su ayudante en el patio grande de la Caridad, donde vieron
algunos enfermos medianamente acondicionados en camillas para partir
con la corte. Eran soldados, oficiales, paisanos, víctimas de la
guerra dinástica. Familia o amigos cuidaban de su transporte, y no
había ya más dificultad que encontrar músculos vigorosos que cargaran
las camillas por lo menos hasta San Prudencio. Los que se hallaban en
mejor disposición se acomodaron en los carros de la Maestranza, entre
bombas, cartuchería y maquinaria, y algunos fueron llevados a la plaza
para agregarse a la impedimenta del _Requeté_ o del 2.º de Guipúzcoa.
Recorrieron todo el patio en busca de Sancho, y en una de estas vueltas
Calpena se sintió cogido de la esclavina de su abrigo; volviose, y vio
a una mujer lacrimosa que, cruzadas las manos y mirándole con vivísima
ansiedad de postulante, como los que apremiados por la miseria imploran
la caridad pública, le dijo:
—Señor mío, caballero..., no me negará usted que lo es, porque el
que ha nacido caballero no lo puede negar... Si es usted tan noble
y piadoso como me ha parecido, me atrevo a pedirle que ampare a una
familia desgraciada...
Hizo ademán Calpena de sacar limosna, y ella, retirando su mano,
prosiguió:
—No, no; la caridad que pido no es esa; pido su auxilio para salir de
aquí, para proteger la vida de mi padre...
—Señora —dijo Fernando cortés y compasivo—, mucho siento no poder
ampararla... Soy forastero, no conozco a nadie, y busco también quien
me facilite la salida. Perdóneme usted..., no puedo...
Se alejó; pero no había dado diez pasos cuando sintió en su corazón el
golpetazo de la piedad, en su garganta el ahogo de la conciencia que se
rebela contra el egoísmo, y volvió hacia la mujer, que arrimada al muro
lloraba sin consuelo.
—Bueno —le dijo—, veamos en qué puedo servirla. No llore y
explíqueme... Difícilmente podré yo...
—No me equivoqué —replicó ella—, al pensar que es usted persona
hidalga. Entre tantos indiferentes o despiadados, solo en usted, cuando
le vi pasar, vi la esperanza.
—¿Pero qué puedo hacer? Soy forastero...
—Yo también. Tanto usted como yo somos aquí gente extraña, enemiga
quizás al sentir de ellos... Bien se ve que no es usted de esta
tierra...
—En efecto...
—Ni faccioso quizás. ¿Y qué? También hay en la facción caballeros, y
usted lo es.
—De tal me precio... Pero... dígame... Lo primero: ¿quién es usted, qué
clase de socorro desea?...
—Ya sabrá quién soy, quiénes somos, pues conmigo está mi hermanita,
más pequeña que yo. Por el momento, y en este grave apuro, solo digo
que tenemos aquí a nuestro padre enfermo, y queremos llevárnoslo,
huir, escapar de esta casa y de este pueblo. La vida de mi padre
corre peligro... Moriremos nosotros con él, antes que abandonarle...
¿Podremos salir aprovechando esta desbandada?
—Perdóneme... No acabo de enterarme. Su padre de usted ¿dónde está?
—Arriba...
—¿Quién es?
—Don Alonso de Castro-Amézaga, persona de gran posición y nobleza,
natural de Laguardia, prisionero, enfermo, condenado a muerte un día, y
al siguiente indultado por la piedad de Carlos V; aborrecido del pueblo
oñatiense, y de las tropas y servidores de este rey, de quien no quiero
decir nada malo. Observe usted que no digo nada malo.
Lo que observó Calpena, en ocasión que los farolillos movibles
alumbraban el rostro de la pobre señora, fue que a esta le cuadraba
más bien la denominación de moza o señorita. A oscuras y desfigurada
por el llanto, habíala creído mujer del pueblo, joven.
—Soy una persona decente —dijo la llorona, comprendiendo que Calpena
rectificaba su primer juicio—. Aunque me ve usted en este abandono de
vestir, motivado por los trabajos que nos impone nuestra desgracia,
mi hermana y yo somos dos señoritas de una familia rica y noble. Cómo
hemos venido aquí, cómo nos encontramos prisioneras con mi padre,
secuestradas propiamente por nuestro amor filial, sin amparo, sin
consuelo, es cosa muy larga de contar. ¿Será usted bastante discreto
para no pedirme ahora más explicaciones, y bastante generoso para
prestarme, como caballero, antes que se las dé, su apoyo y protección?
—Sí, sí..., veamos.
—No tardará usted en conocer por qué circunstancias y casos tan
peregrinos se encuentran aquí dos damitas muy principales, al cuidado
de un noble señor a quien sus entusiasmos locos han traído a esta
terrible situación.
—Ya voy comprendiendo... Pues apela usted a mi caballerosidad, yo le
aseguro que no ha llamado a la puerta del egoísmo... Señora, en lo que
de mí dependa... Y ahora, ya que me ha dicho usted el nombre de su
desgraciado padre, dígame el suyo.
—¿El mío? Me llamo Demetria... Mi hermana es Gracia, y solo tiene
catorce años. Yo he cumplido veinte.
—¡Veinte años! —exclamó Calpena—, ¡y a los veinte años, en posición
decente, encontrarse aquí..., así...!
Por un momento dudó Fernando. Pero en aquel punto pasó un fraile que
llevaba farol; a la luz de este vio el rostro de la que se había
llamado damita, en el cual efectivamente se revelaban, sin que pudiera
decir cómo, la principalidad y la buena educación. ¿Era bella? A la
fugaz claridad del farol pareciole insignificante. Pero acertó a pasar
otra linterna, y la luz de esta pintó la cara de Demetria con formas y
matices que se aproximaban a una mediana hermosura.
—Quedamos en que Dios me ha deparado un caballero. Se lo pedí con toda
el alma —declaró la joven mostrando su espíritu, gallardo y animoso, ya
que no su semblante, que continuaba desvanecido en la penumbra—. Vamos,
suba usted conmigo.
—Si el caballero que Dios concede a usted soy yo, señora —dijo Calpena
con no menos gallardía—, sepa que cuando se trata de amparar al
desvalido no conozco el miedo. Adelante, pues, y Dios sea con nosotros.