El esquilón de la ermita del Santo Cristo, situada al extremo del
pueblo por el camino de San Prudencio, fue el primer bronce que anunció
la llegada del rey, y bien pronto a su alegre clamor se unieron las
campanas de la parroquia de San Miguel, de las monjitas de Santa
Ana y de los frailes de Bidaurreta, de San Antón y de Santa Marina.
La gente corría presurosa hacia la plaza y calle _Zarra_, por donde
necesariamente había de entrar, y aunque le estaban viendo de continuo,
ni de verle ni de aclamarle se cansaban los buenos oñatienses,
que tenían la dicha, la gloria más bien, de ser convecinos del
representante del trono legítimo y de la santa religión. Le querían de
veras, sin conocerle más que como se conoce a las imágenes de iglesia,
que no hablan ni se mueven, pues si hablasen, quizás muchas de ellas no
tendrían tantos devotos.
Allá corrieron también Rapella y Fernando, metiéndose entre el gentío
que aguardaba en la plaza el paso del rey de Oñate, y colocados en el
mejor sitio, viéronle pasar caballero en un alazán de mediano pelo,
llevando a su derecha al infante don Sebastián, que había salido a
encontrarle; a su izquierda a González Moreno; detrás la turbamulta
del Estado Mayor: ayudantes, Asesor general, Mayordomo de Palacio, y
otros que iban vestidos de paisano con sombrero de copa. Don Carlos
vestía de capitán general, con sombrero de tres picos, sin más insignia
que la cruz de Carlos III. Era el único faccioso que por razón de
su alta categoría no usaba boina. Aclamado por el pueblo con gritos
castellanos y vascuences, que se mezclaban formando una algarabía
discorde, saludaba con la afabilidad fría y austera que contribuía no
poco a fortalecer su prestigio ante aquella raza creyente, grave. Al
satisfacer su curiosidad, tuvo también Fernando la satisfacción de
que el personaje resultara como él se lo figuraba; que es un gusto
sorprender en la realidad un reflejo de nuestras ideas. Vio, pues,
Calpena en la encarnación del absolutismo el tipo que se había forjado
en su mente; la cara de Fernando VII con menos nariz, más quijada, el
labio grueso, bigote y patillas cortas, la mirada fría y oscura, de
las que no penetran ni alumbran, señal de entendimientos apagados.
Bien podía expresar la mandíbula del rey, más larga que saliente, la
terquedad, que hacía las veces de voluntad firme, y su mirar vago el
fatalismo religioso, que ocupaba el lugar de las ideas. La prolongación
del maxilar hacia muy desapacible el soberano rostro, sin llegar a la
fealdad que al de su hermano daba la trompa que tenía por nariz. Uno
y otro eran diestros jinetes; se asemejaban asimismo en la desmedida
soberbia y en la contumacia de sus creencias acerca del derecho divino,
como enviados al mundo para oprimir a estos desgraciados pueblos.
Hizo Calpena mental paralelo entre su tocayo _Narizotas_ y el llamado
_Pretendiente_, llegando a la conclusión triste de que si hubiera un
infierno especial para los reyes, en el más calentito rescoldo de este
tártaro regio debían purgar sus pecados contra la humanidad estos dos
señores, que simbolizando la misma idea, por la supuesta ley de sus
derechos mataron o dejaron matar tal número de españoles, que con los
huesos de aquellos nobles muertos, víctimas unos de su ciego fanatismo,
inmolados otros por el deber o en matanzas y represalias feroces, se
podría formar una pira tan alta como el Moncayo. En todos los países,
la fuerza de una idea o la ambición de un hombre han determinado
enormes sacrificios de la vida de nuestros semejantes; pero nunca, ni
aun en las fieras dictaduras de América, se han visto la guerra y la
política tan odiosa y estúpidamente confabuladas con la muerte. La
historia de las persecuciones del 14 al 20, de la reacción del 24, de
las campañas apostólicas y realistas, así como del recíproco exterminio
de españoles en la guerra dinástica hasta el Convenio de Vergara,
causan dolor y espanto, por el contraste que ofrece la grandeza de tan
extraordinario derroche de vidas con la pequeñez de las personas en
cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más florido de la
nación.
Considerados en lo moral, grande era la diferencia entre Fernando y
Carlos, pues la bajeza y sentimientos innobles de aquel no tuvieron
imitación en su hermano, varón puro y honrado, con toda la probidad
posible dentro de aquella artificial realeza y de la superstición de
soberanía providencial. Trasladados los dos a la vida privada, donde
no pudieran llamarnos _vasallos_ ni suponerse reyes cogiditos de la
mano de Dios, Fernando hubiera sido siempre un mal hombre; don Carlos
un hombre de bien, sin pena ni gloria. En inteligencia, allá se iban,
ganando Fernando a su hermano, si no en ideas propiamente tales, en
marrullerías y artes de la vida práctica. Las ideas de don Carlos eran
pocas, tenaces, agarradas al magín duro, como el molusco a la roca,
con el conglutinante del formulismo religioso, que en su espíritu
tenía todo el vigor de la fe. De la piedad de Fernando no había mucho
que fiar, como fundada en su propia conveniencia; la de don Carlos
se manifestaba en santurronerías sin sustancia, propias de viejas
histéricas, más que en actos de elevado cristianismo. En sus reveses
políticos, no supo Fernando conservarse tan entero como cuando ejercía
de tiranuelo, comiéndose los niños crudos; don Carlos mantuvo su
dignidad en el ostracismo y en la mala ventura, y acabó sus días amado
de los que le habían servido. Fernando se compuso de manera que, al
morir, los enemigos le aborrecían tanto como le despreciaban los amigos.
Entró el rey en Palacio, la casa-solar de los Artazcos, en la plaza,
haciendo esquina con la calle de Santa María, no lejos del trinquete
o juego de pelota. Era un bello edificio señorial, del mejor estilo
del país, con airosos contrafuertes terminados en pináculos. Allí
le esperaban don Juan Bautista Erro y el improvisado personal de
dignatarios políticos y palatinos. El gentío continuaba dando vivas a
la religión, al ejército y al rey; pero este no se asomó al balcón,
sin duda porque graves asuntos le solicitaron desde el instante de su
llegada. Vio Calpena que no cesaba de entrar y salir gente de viso,
presurosa, y en la calle se acentuaba la ansiedad por las noticias de
Arlabán. A media tarde, las impresiones no eran ya muy optimistas,
salvo en aquellos que no se convencían nunca, resistiendo heroicos a
toda realidad desfavorable.
Salió de Palacio don Juan Bautista Erro con cara mustia, incapaz de
disimular las malas nuevas que traía, y al punto fue rodeado por los
curiosos. Calpena se introdujo lo más cerca posible, y le oyó decir:
—Nada, señores, no nay que apurarse, pues no se acaba el mundo por un
revés pasajero. La acción sigue, y esperamos que Villarreal tome el
desquite mañana mismo.
Y se abrió paso con esfuerzo de sus brazos vigorosos. Calpena le
observó bien, admirando su alta estatura, no inferior a la de
Mendizábal; como este bien parecido, de edad poco más o menos la
misma, vestido con cierto esmero inglés. Como los liberales a don
Juan Álvarez, los facciosos habían traído de Londres al señor Erro,
movidos de su fama de gran rentista, y entró el hombre en el real de
don Carlos prometiendo atar los perros con longanizas, terminar la
guerra en seis meses, como el otro, y sacar dinero de debajo de las
piedras. Luego resultó que todo era ensueños, cuentas galanas, humo...
Acompañado de su secretario el capellán Ibarburu, salió también el
señor Arias Teijeiro, hombre vulgar y antipático, que improvisándose
faccioso después de haber jurado a Isabel y hecho en Madrid aspavientos
de liberalismo, había ganado el corazón de don Carlos y era en su corte
uno de los más furibundos _ojalateros_. Descollaba por querer meter en
todo el formalismo burocrático, por el flujo de dar y quitar empleos,
y fue una de las más inútiles y maléficas yerbas que crecían en el
campo de la facción, estorbando allí donde no podían hacer daño. Pasó
muy estirado y cejijunto entre la multitud, negándose a satisfacer la
natural ansia de los vasallos del _Pretendiente_; pero menos discreto
Ibarburu, que en ningún caso desmentía su índole locuaz, formó corro al
instante para decir _ore rotundo_:
—Señores, hay que tener calma y no ver un descalabro en lo que es
pura y simplemente... una fase, una peripecia de la acción, que no
ha terminado todavía. Ya vendrá esta noche el conocimiento total
de la batalla, que ha sido, que es, mejor dicho, empeñadísima,
desarrollándose en una extensión de muchas leguas. Lo que puedo
asegurar, pues de ello se tiene noticia exacta, es que las bajas de los
cristinos han sido horrorosas..., horrorosas.
—¡Horrorosas! —repitieron los del corrillo, y la palabra resonó
extendiéndose y atenuándose con la distancia, como la onda en la
superficie del agua.
—Tengamos calma; confiemos en la pericia de nuestros generales..., y
sobre todo, hay que confiar siempre en la protección del cielo, que
no nos abandona, que no puede abandonarnos, porque somos la fe, la
razón, el derecho, la justicia, la honradez... ¡Pues estaría bueno que
el cielo, la suma sabiduría, diera la victoria al filosofismo, a la
usurpación, a las _ateas discordias_!... No puede ser. Repitamos todos
que no puede ser.
Y se conformaron por el pronto, repitiendo como papagayos que no podía
ser y que no podía ser. Otro de los que abandonaron a media tarde la
regia morada fue don Rafael Maroto, figura de primera magnitud en
el carlismo, que abrazó con ardor desde los primeros días del cisma
dinástico. Había ingresado en la facción con el grado de teniente
general; gozaba fama de ilustración, de práctica guerrera; pero la
inquina que cordialmente le profesaba González Moreno, el brazo
derecho y el seso militar de don Carlos, no le había permitido lucir,
como pudiera, sus excelsas cualidades. La malquerencia entre Maroto
y González Moreno era vieja en el estadillo absolutista, y en su
cuenta se podían cargar casi todos los atascos y tropiezos de la Causa.
Uno y otro tenían sus pandillitas o taifas que fomentaban aquella
discordia, lanzándose fieros dardos de calumnia y dicterios crueles;
pero Moreno llevaba la inmensa ventaja de haberle ganado al otro la
delantera en la confianza lela del rey, quien no respiraba sin previa
consulta con su jefe de Estado Mayor. Ni la paliza que el tal Moreno
se ganó en Mendigorría, ni otros muchos descalabros que en acciones
parciales sufrió, ni los odios que despertaba en el ejército, movieron
a don Carlos a retirarle su gracia. No tiene esto más explicación que
la recóndita simpatía o afinidad que establece la naturaleza entre
dos grandes ineptitudes, como entre dos inteligencias superiores. La
nulidad de Moreno y la de don Carlos se compenetraban. Uno y otro,
formando una sola ceguera, desconocieron a Zumalacárregui; metiéronle
en aquel desastroso empeño de Bilbao, donde perdió la vida el primero
y único capitán del absolutismo. La página histórica que ha dado
más celebridad a González Moreno fue la trampa que armó a Torrijos
en Málaga para fusilarle impía y cobardemente con sus desgraciados
compañeros. Si don Carlos no veía estos borrones, ¿qué había de ver el
pobre señor?
Pues salió, como se cuenta, el señor Maroto de la real audiencia y
del consejo, presidido por Su Majestad, que acababa de celebrar la
_Junta Provisional Consultiva de Guerra_ (que tales retumbancias
denominativas eran alegría y entretenimiento del flamante Estado), y le
rodearon al punto amigos y prosélitos, ávidos de oír su parecer:
—¿Y qué han acordado ustedes? ¿Se puede saber? —le preguntó el señor
Ochoa, intendente general.
—¡Hombre, qué pregunta!... Están ustedes en Babia —replicó Maroto, que
era de boca un poco libre—. Naturalmente, hemos acordado que somos
todos unos imbéciles. Siempre que nos reunimos acordamos lo mismo.
—Y de Arlabán, ¿qué?
Soltó don Rafael Maroto dos o tres voquibles muy de tierra castellana,
con lo cual, si no esclarecía el asunto, expresaba su indignación.
Tenía fama de mal hablado el general, costumbre muy conforme con la
rudeza militar y con el ajetreo de mandar tropa. Don Carlos no le
perdonó nunca que en una ocasión de gran aprieto, atravesando los dos
de incógnito una fragosa sierra en Portugal, largase en su presencia
una señora interjección, tan rotunda como expresiva, que hirió las
timoratas orejas del protegido de la Virgen. Y tan no se lo perdonó,
que desde entonces hubo de caer Maroto en desgracia; mas no le sirvió
de lección, porque rara vez hablaba sin remachar su discurso con
aquellos clavos de acero de la elocuencia familiar española.
—¿De Arlabán, que quieren que diga? ¡Porra! No podía suceder más que lo
que ha sucedido. ¿Qué se puede esperar, ¡porra!, de la dirección que
da a la guerra ese rocín? ¡Porra!
—Pero si dicen que la acción no ha concluido, que todavía...
—Que todavía falta...
—Sí, falta la más negra, ¡porra, contraporra!
—Ha sido una peripecia.
—Sí, sí, buena peripecia nos dé Dios, ¡porra! Ha sido..., aquí en
secreto, aquí en gran confianza, una paliza tremenda, una carrera en
pelo como la de Mendigorría... ¡Si no podía ser de otra manera!... Si
lo vengo diciendo.
—Pero todavía... podría ser que nos rehiciéramos.
—Sí, sí; para rehacernos está el tiempo. Lo que pueden ustedes rehacer
es la maleta, ¡porra!, porque, o yo me engaño mucho, o esta noche se
plantan aquí.
—¿Quién?
—Córdova... Espartero... Qué sé yo.
Y se fue a su alojamiento, seguido de su comparsa que aún no se
cansaba de oírle. Era don Rafael Maroto de buena presencia, gallardo,
casi atildado, de palabra expresiva y amena conversación, en la que
no era fácil separar la frase feliz del abusivo adorno de _porras_ y
_contraporras_.