«Estoy enferma —decía la carta—. He pasado unos días crueles, privada
del placer de escribir a mis buenos amigos. Ya estoy mejor; pero no
ha sido, no, mal de mimo, que tan fácilmente padecemos las señoras.
Aquí han creído que me moría. Gracias a Dios, de esta me parece que
no caigo. Y no me mortificaban poco en mi enfermedad la idea y la
imagen de mis prisioneritos. “¡Buena la hemos hecho! —me decía yo,
en mis horas de febril insomnio—. Si ahora me muero, ¿qué va a ser
de mis pobres conspiradores, Dios mío? ¿Quién les amparará, quién
cuidará de ponerles en la calle?...”. Hijos míos, dad gracias a Dios
por mi mejoría, que si llegáis a perderme, trabajillo os habría
costado deshacer el bromazo y recobrar vuestra preciosa libertad.
»Al volver en mí, no ceso de pensar en vosotros... Mi soledad, mi
tristeza, el miedo a la muerte, cuya descarnada mano he visto tan
próxima, me han sugerido la idea de que debo dar por terminada la
encerrona de mi capellán y de su amiguito. El primer objeto que se
quería lograr con este ingenioso golpe de mano, bien cumplido está.
El objeto segundo, que era extinguir la demencia en el turbado
cerebro de mi señor don Fernandito, no sé si lo hemos conseguido.
Presumo que no. Se hace lo que se puede: no debemos ir más adelante,
so pena de incurrir en crueldad y despotismo. Dispongo, pues, ¡oh
capellán mío, y tú, incauto jovenzuelo!, que se os abran prontito
las puertas de esa mansión de tristeza. Tendreislo entendido, y
os cuidaréis de tomar las medidas conducentes a vuestra próxima
libertad».
—¡Oh, bien, bien, y viva la incógnita! —exclamó Calpena batiendo
palmas—. Ya somos libres. Clérigo, abrázame.
—Despacito: veamos lo que dice después... Prosigo.
«Escribo a los dos, porque deseo abreviar, y porque no hay nada que
Mentor deba reservar de su extraviado Telémaco. Con los dos hablo
a la vez. Estenme atentos. Si después de esta reclusión, que ha
sido barrera contra los malos deseos, castigo de la temeridad, y
garantía del honor, no se da Fernando por limpio y curado de su
mal de aventuras deshonrosas, entiendo que es locura proseguir mi
empresa. No puedo más. Hice cuanto de mí dependía para levantar un
valladar entre su presente ignominioso y el brillante porvenir que he
soñado para él. Le he brindado con la paz, le exigí sumisión. ¿Quiere
someterse y poner su existencia totalmente en mis manos? Me dará con
esto la más grande alegría de mi vida. ¿No se somete, no se da por
vencido, no quiere la paz que le ofrezco, y que para él representa el
bienestar, la posición, el honor y la regularidad de la vida? Pues yo
lloraré sobre su ingratitud; a mí, entonces, me corresponderá darme
por vencida. Llena el alma de dolor, renuncio a proseguir esta ruda
batalla».
La emoción que el clérigo sentía le cortó la lectura.
—Fernando, Fernando, hijo mío: ¿este noble lenguaje no hará profundo
surco en tu alma? ¿Eres capaz de rebelarte aún?... ¿No ves cuán grande
es su pena, al suponerte contumaz?...
—Sigue —dijo Fernando, que ávido de mayor conocimiento, leía por encima
del hombro de su amigo—. Aún falta lo principal.
—A ello voy:
«En la puerta de la cárcel, la voz amiga, la voz tutelar dice a
Fernando: “Te ofrezco el destino de Cádiz, a donde partirás con
tu mentor y capellán sin pérdida de tiempo. ¿No quieres? Pues no
volverás a saber de mí. Y por mi parte procuraré que a mí no
lleguen noticias tuyas. Uno a otro nos extenderemos la partida de
defunción... No están los tiempos para vivir en plena zozobra,
añadiendo por nuestra voluntad nuevas tristezas a las que ya nos
rodean, y que pertenecen a la vida común, al conjunto de males
colectivos. La disminución de nuestros sinsabores bien merece la
pérdida de un afecto, aunque al arrancarlo nos duela. Conque ya
sabes. Libertad... Decide ahora de tu suerte”.»
Quedose Fernando pensativo, dejando vagar sus ideas por el insondable
espacio que las últimas frases de la carta abrían ante él. Hillo le
sacó de su abstracción con severo lenguaje:
—Ya sabes: a Cádiz conmigo, o solito al infierno.
—Salgamos, salgamos pronto de aquí —dijo Calpena, paseándose inquieto,
con las manos en los bolsillos—. Dentro de esta cisterna, es imposible
el discernimiento... Salgamos, y al respirar el aire libre decidiré.
Comprendiendo el presbítero que la resolución de la incógnita había
hecho profunda impresión en su amigo, no quiso desvirtuarla con
razonamientos y nuevas admoniciones. Mejor era dejarle solo con su
conciencia, en la cual la verdad iba labrando el hondo surco. Después
de la enseñanza y severo castigo de aquel encierro; ausente ya la que
había sido causa de su locura, ¿no era razonable esperar que el joven
adquiriese la serenidad suficiente para medir y pesar el pro y el
contra de las acciones humanas?... Confiado en una victoria decisiva,
Hillo recreaba su espíritu en la esperanza de libertad; mas no se veía
totalmente libre de zozobra con las seguridades de que no sufriría
menoscabo en su dignidad ni en su reputación. Por cierto que en la
carta recibida en la cárcel el penúltimo día (en ocasión que Calpena
rondaba por el patio), iba un pliego reservado para don Pedro, en el
cual se le daban nuevas instrucciones, previendo todo lo que pudiera
ocurrir. Si Fernando, sometido incondicionalmente, aceptaba el destino
de Cádiz, las cosas marcharían sin ningún tropiezo, y la situación
de Hillo sería la de mentor o caballero de compañía, liberalmente
remunerado. En caso de rebeldía, la señora no pensaba desentenderse ni
abandonarle, como le había dicho, empleando una ficción argumental,
de la que esperaba gran efecto sedativo. A donde quiera que fuese el
descarriado joven, le seguiría el pensamiento y la acción tutelar de la
deidad misteriosa que le protegía. Pero no atreviéndose a comprometer
en empresas tan arriesgadas a su bondadoso capellán, se manifestaba
dispuesta a desprenderse del incógnito, para él solamente, en plazo no
lejano. La señora y el buen don Pedro celebrarían una conferencia, en
la cual la primera le entregaría la llave de su confianza, el segundo
prometería solemnemente guardar sobre cuanto oyese reserva absoluta, y
entre los dos determinarían los planes más convenientes para ulteriores
campañas. Muy bien le parecieron a don Pedro estas resoluciones,
sobre todo la de arrojar la careta, enseñando el rostro verdadero,
pues la lealtad y abnegación que él en tan delicado asunto mostraba,
bien merecían la supresión del disfraz. Otra cosa sería ya denigrante
para él, ofensiva de su decoro. Tanto se penetró de esta idea el
buen presbítero, que hizo firme propósito de _renunciar el cargo_ si
la señora no le daba prueba palmaria de su confianza abandonando el
misterioso disfraz. Pareciole asimismo muy conveniente y grato lo del
viajecito a Cádiz y el establecerse en aquella ciudad, pues no del
todo tranquilo respecto al efecto moral de su prisión, deseaba perder
de vista a Madrid y a sus conocimientos de acá. Así nadie le haría
preguntas impertinentes acerca de su cautiverio por motivos políticos,
ni tendría que dar explicaciones del error de la policía, de la torpeza
del gobierno... Sí, sí, a Cádiz; lejos, lejos, pues lo de la prisión,
peor era meneallo.
Subió Calpena del patio, muy excitado, con informes fresquecitos; pero
se guardó bien de comunicárselos a su mentor. Pusiéronse a tratar de
varios asuntos relacionados con su próxima libertad, y lo primero que
dijo Hillo fue que ni él volvería a la casa de Méndez ni Calpena a la
calle de las Urosas, debiendo ambos instalarse juntos en una fonda,
de donde partirían para Cádiz lo más pronto posible. Convino en ello
Fernando, y eligió la _fonda de Genieys_. Designó esta casa, como
hubiera designado la _Posada del Peine_ o el _Parador de los Huevos_,
porque de nada podía enterarse: tan violenta era la tempestad que
desató en su cerebro el reciente coloquio con Eleuterio Fonsagrada.
Estupendas noticias le dio este del martirio de Aura, y de los
dramáticos resortes que fue necesario emplear para llevársela, pues
hasta hubo intervención de la policía, y qué sé yo qué... Con esto,
recayó Calpena en la gravísima dolencia de sus amores furibundos, se
encendió en su cerebro un hirviente volcán de ideas peregrinas, y en su
voluntad resurgieron los estímulos más osados y caballerescos.
Llegó por fin el ansiado día de libertad, que les fue notificada sin
explicación del motivo por qué entraron y por qué salían, ni de los
términos del sobreseimiento. Entregaron a Calpena un papel, y a Hillo
otro papel, en el cual se le llamaba don Pedro Timoneda; y si esta
burla de las leyes fue del agrado de ambos, no dejaba de inspirarles
profundo desprecio del poder público. Aunque vestido de seglar, no
gustaba Hillo de recorrer la calle en pleno día, y mandó traer un coche
simón donde metieron su escasa impedimenta, y se fueron a la fonda
simulando que venían de Leganés.
Las mejores habitaciones de Genieys, calle de las Infantas, estaban
ocupadas por el célebre banquero don Alejandro Aguado, que había
llegado de París dos días antes. Viajaba este prócer de la alta banca
con gran aparato, en sillas de postas de su propiedad, y acotaba para
sí, su familia y servidumbre la mejor parte de la única fonda decente
que había en Madrid. Los dos licenciados del Saladero tuvieron que
acomodarse en una celda interior, oscura, con vistas al húmedo patio
donde los cocineros desplumaban las aves y arrojaban los desperdicios
de la cocina. Poco grata era tal residencia, y clamaron por otra mejor;
mas el encargado, un italiano injerto en catalán, les notificó que no
podía mejorarles de cuarto hasta que saliera para Andalucía el señor
banquero, añadiendo por vía de consuelo que en otras ocasiones había
este señor tomado mayor espacio. El año 29, cuando vino con Rossini,
los huéspedes habituales de la casa habían tenido que dormir en los
pasillos.
Instalados al fin de mala manera, se descolgó por allí Fonsagrada, que
había convenido con Fernando en verse aquella misma noche. No le hizo
gracia a don Pedro tal visita, temeroso de las trapisondas de marras,
y mayor fue su disgusto cuando Fernando le anunció la presentación del
capellán del segundo regimiento de la Guardia, don Víctor Ibraim y
Coronel, que deseaba reanudar una amistad antigua. A Ibraim le conocía
don Pedro de la sacristía del Carmen Descalzo, donde ambos celebraban
años atrás, y nunca hicieron buenas migas, por ser de encontrada índole
y gustos diferentes. A Hillo le cargaba el tal clérigo por andaluz, por
charlatán, entrometido y farfantón.
Pues, señor, cenaron los tres (convidado Fonsagrada por Calpena), y
cuando estaban en las almendras y pasas, vieron entrar en el comedor,
metiendo bulla y bastoneando fuerte, en traje de paisano, al tal don
Víctor Ibraim, que se fue derecho a Hillo, y previo palmoteo en los
hombros, le dijo:
—_Grasiaj a Dios, amigo Jiyo, que noj echamo la vista ensima_.
Y al punto, pegada la hebra, por cada palabra de don Pedro pronunciaba
doscientas el otro: era una taravilla _seseosa_ que agradaba un rato,
y después aburría. De pronto, el señorito Calpena, con la incumbencia
de tener que proveerse de tabaco, guantes y otras cosillas, salió a la
calle con Fonsagrada, dejando a su amigo en las astas del toro. ¡Bonita
noche le esperaba al pobre clérigo, aguantando el jeringazo continuo
de la charla de Ibraim, que hablaba de lo propio y lo ajeno, sin
medida ni pausas, eliminando las zedas de su pronunciación, y usando
voquibles gitanescos! Pero lo que le requemaba a don Pedro era que el
pillo de Calpena, confabulado quizás con Fonsagrada, le había traído
al castrense para que estuviese al _quite_, entreteniendo a Mentor con
su capote, mientras Telémaco hacía un quiebro, y tomaba bonitamente el
olivo.
«¡A dónde habrá ido ese tunante!... —pensaba el capellán, sin sosiego,
oyendo a Ibraim como se oye el zumbido de un abejón—. ¡Y a qué horas
volverá...!».