Nada pude ver por el momento, porque la viva luz de las antorchas y
linternas que brillaban al otro lado del puente me deslumbró. Pero no
tardé en distinguir los detalles de aquella escena singular. El puente
estaba echado. En su más lejano extremo, un grupo de servidores del
Duque, dos o tres de los cuales llevaban las luces de que he hablado y
los otros tres o cuatro estaban armados con largas picas dirigidas hacia
adelante, en actitud defensiva. Formaban apretado grupo y la palidez de
sus rostros denotaba la agitación de que estaban poseídos. La verdad es
que contemplaban con espanto a un hombre, plantado en medio del puente,
espada en mano. Era Ruperto Henzar, en mangas de camisa, ensangrentada
ésta sobre el pecho; pero su aspecto resuelto y erguido cuerpo, me
indicaron desde luego que estaba ileso o cuando más levísimamente
herido. Allí se hallaba, cortando el paso del puente, retando a sus
contrarios y al Duque mismo; al paso que aquéllos, sin armas de fuego,
temblaban ante el denodado joven, sin osar atacarlo. Hablábanse en voz
baja y tras ellos, apoyado contra el dintel de la puerta, vi a mi amigo
Juan, que con un pañuelo procuraba restañar la sangre que manaba de una
herida recibida en la mejilla.
Una casualidad providencial me hacía dueño de la situación. Aquellos
cobardes no se atreverían conmigo más que con Ruperto; y en cuanto a
éste, me bastaba alzar el brazo y de un disparo mandarlo al otro mundo a
dar cuenta de sus crímenes. Ignoraba hasta mi presencia allí. Sin
embargo, nada de eso hice. ¿Por qué? Nunca lo he sabido. Había ya dado
muerte a un hombre, de noche y traidoramente, y a otro más bien por
suerte que por maña. Pero a pesar de ser Ruperto tan gran villano, me
repugnaba la idea de unirme a la turba que lo amenazaba para matarlo.
Quizás fuese esta la causa. Por otra parte, me fascinaba la curiosidad,
el vivo deseo de presenciar el fin de aquella escena.
--¡Miguel! ¡Perro! ¡Vén si te atreves!--gritaba Ruperto, avanzando un
paso hacia el grupo de sus temblorosos enemigos.--¡Miguel! ¡bastardo!
La respuesta se la dio el agudo grito de una mujer.
--¡Muerto, Dios mío! ¡Ha muerto!
--¡Muerto!--vociferó Ruperto.--¡Ah, el golpe fue más certero de lo que
yo creía!--y lanzó una carcajada triunfante.--¡Abajo esas armas,
vosotros! ¡Ahora soy vuestro amo! ¡Abajo, digo!
Creo que le hubieran obedecido, a no haberse elevado en aquel preciso
momento súbito y lejano rumor, como de gritos y golpes dados al lado
opuesto del castillo. El corazón me saltó en el pecho. Era sin duda mi
gente, que por fortuna desobedecía mis órdenes y venía en mi busca. Las
voces continuaban, pero la atención de todos los presentes se fijó por
entonces en una aparición inesperada. El grupo de soldados del Duque se
abrió para dar paso a una mujer que se adelantaba vacilante. Era
Antonieta de Maubán, vistiendo blanca y holgada bata, suelto a la
espalda el negro cabello, pálido el rostro y cuyos ojos brillaban
amenazadores a la luz de las antorchas. Su trémula mano empuñaba un
revólver y adelantándose por el puente apuntó a Ruperto y disparó. La
baja vino a estrellarse en el muro, a alguna distancia de mi cabeza.
--¡Ah, señora!--exclamó Ruperto riéndose.--¡Si sus ojos no fueran más
mortíferos que su revólver, no me vería yo en este lance, ni Miguel, a
estas horas, en el infierno!
Antonieta, sin dedicar la menor atención a aquellas palabras, hizo un
poderoso esfuerzo y logró permanecer inmóvil, rígida. Después levantó el
arma lentamente y apuntó con calma.
Esperar allí hubiera sido una locura por parte de Ruperto. Tenía que
lanzarse sobre ella, corriendo el riesgo de recibir un balazo, o
retroceder hacia mí. Por mi parte le apunté también.
Pero no hizo una cosa ni otra. Antes de que ella hubiera asegurado la
puntería, saludó graciosamente y gritó: «¡No puedo matar a la que he
besado!» y sin que Antonieta o yo pudiéramos impedírselo, apoyó la mano
sobre la barandilla del puente y saltó ligeramente al foso.
En aquel mismo instante oí pasos precipitados y la voz de Sarto que
decía: «¡Dios eterno, es el Duque! ¡Muerto!» Comprendí entonces que el
Rey no me necesitaba ya, y arrojando al suelo mi revólver corrí hacia el
puente. Oí gritos de sorpresa: «¡El Rey, el Rey!» pero imitando a
Ruperto Henzar salté al foso, espada en mano, resuelto a terminar de una
vez mi contienda con él. A quince varas de distancia, sobre el agua,
veía su rizada cabeza.
Nadaba rápidamente, y sin esfuerzo, al paso que yo, cansado y resentido
de mi herida, no podría alcanzarle. Nadé algún tiempo en silencio, pero
al verle doblar el ángulo del castillo, le grité:
--¡Alto, Ruperto!
Dirigió una mirada atrás, pero siguió nadando. Habíase acercado a la
alta orilla y comprendí que buscaba lugar favorable para tomar tierra.
No lo había, pero me acordé de mi cuerda, que probablemente colgaría
donde yo la había dejado horas antes. Mientras él exploraba el terreno
me le acerqué bastante, pero de pronto le oí lanzar una exclamación de
alegría y comprendí que había descubierto la cuerda.
Empezó a subir por ella y tan cerca estaba yo que le oí murmurar: «¿Cómo
demonios ha venido esto aquí?» Llegué a la cuerda y él me vio,
suspendido como estaba, pero no pude alcanzarle.
--¿Quién va?--preguntó sobresaltado.
Creo que a primera vista me tomó por el Rey y no lo extrañé porque mi
palidez contribuía al engaño; pero muy pronto exclamó:
--¡Calla, si es el comiquillo! ¿Qué hace usted por aquí?
Diciendo esto llegó a la orilla. Yo tenía asida la cuerda, pero me
detuve. Ruperto se hallaba en terreno firme, con la espada en la mano y
nada más fácil que hendirme de un tajo la cabeza o atravesarme de una
estocada si me arriesgaba a subir. Solté la cuerda.
--No importa--dije;--lo esencial es que aquí estoy y aquí me quedo.
Me miró sonriéndose.
--El diablo son las mujeres...--empezó a decir, cuándo se oyó la gran
campana del castillo que tocaba a rebato, y fuertes gritos que parecían
salir del foso.
Ruperto volvió a sonreírse y me hizo un saludo de despedida con la mano.
--Mucho hubiera deseado habérmelas con usted--dijo,--pero la cosa se
pone fea; y desapareció de mi vista.
En un instante, sin pensar en el peligro, subí por la cuerda. Le vi a
treinta varas de distancia, corriendo como un gamo en dirección al
bosque. Era la primera vez que Ruperto se mostraba más prudente que
animoso. Corrí tras él, gritándole que se detuviese, pero no me hizo
caso. Ileso y ágil ganaba terreno a cada paso; pero yo, olvidado de
todo, excepto del deseo de vengarme, seguí sus huellas y muy pronto
desaparecimos ambos en el bosque de Zenda.
Eran las tres de la mañana y empezaba a despuntar el día. Me hallaba en
una avenida larga y recta, cubierta de césped y a cien varas de
distancia corría Ruperto, flotante al viento el rizado cabello. Me
sentía rendido y respiraba fatigosamente; le ví volver el rostro y
saludarme otra vez con la mano. Se burlaba de mí, porque veía que me era
imposible alcanzarle. Tuve que detenerme para respirar y un momento
después Henzar torció rápidamente a la derecha y desapareció.
Creí que todo había terminado y me dejé caer abatido sobre la hierba.
Pero eché a correr de nuevo en seguida, porque oí salir del bosque el
grito de una mujer. Haciendo un esfuerzo supremo llegué al lugar donde
Ruperto había cambiado de rumbo, e imitándole, volví a verle, en
compañía de una muchacha, a la que obligaba a bajar del caballo que
montaba. Ella era sin duda la que había lanzado aquel grito. Parecía una
campesina y llevaba una cesta pendiente del brazo. Probablemente se
dirigía al mercado de Zenda. El caballo era fuerte y de buena estampa.
El truhán de Ruperto la posó en tierra sin hacer caso de sus gritos,
pero sin violencia; al contrario, la besó riéndose y le dio dinero.
Después montó de un salto, a mujeriegas, y me esperó. Yo me detuve y le
esperé a mi vez.
Dirigió su caballo hacia mí, pero lo detuvo a corta distancia y alzando
la mano preguntó:
--¿Qué ha hecho usted en el castillo?
--He matado a sus tres amigos--respondí.
--¡Cómo! ¿Bajó usted a la prisión?
--Sí.
--¿Y el Rey?
--Fue herido por Dechard, a quien di muerte, y espero que el Rey viva.
--¡Necio!--exclamó Ruperto jovialmente.
--Otra cosa hice.
--¿Y fue?
--Perdonarle a usted la vida. Me hallaba detrás de usted en el puente,
revólver en mano.
--¡Digo! ¡Pues estuve entre dos fuegos!
--¡Apéese usted--le grité,--y luche como un hombre!
--¿En presencia de una dama?--dijo señalando a la muchacha.--¡Qué cosas
tiene Vuestra Majestad!
Entonces, furioso, sin saber lo que hacía, corrí hacia él. Pareció
vacilar un instante, pero después refrenó el caballo y me esperó.
Continué mi carrera, enloquecido, así las riendas y le dirigí una
estocada, que paró, devolviéndome el golpe. Retrocedí un paso y renové
el ataque, pero aquella vez le abrí la mejilla y salté atrás antes de
que él pudiera alcanzarme. Parecía desconcertado por la violencia de mi
ataque, pues de lo contrario creo que hubiera acabado conmigo. Caí sobre
una rodilla, jadeante, esperando verme atropellado por su caballo. Así
hubiera sucedido indudablemente, pero en aquel instante resonó un grito
a nuestras espaldas y volviéndome vi a un jinete que acababa de dejar la
avenida y galopaba por el sendero, revólver en mano. Era Federico
Tarlein, mi fiel amigo. Ruperto lo reconoció también, y comprendió que
había perdido la partida. Tomó la debida posición en la silla, pero
todavía se detuvo un momento, para decirme con su eterna sonrisa:
--¡Hasta la vista, Rodolfo Raséndil!
Después, sangrándole la mejilla, pero apuesto y gallardo siempre,
moviéndose en la silla con la facilidad y maestría de costumbre, me
saludó; se inclinó también hacia la joven campesina, que se había
acercado fascinada; y con un ademán se despidió a su vez de Tarlein, que
habiéndose puesto a tiro levantó el revólver y disparó. La bala estuvo a
punto de acabar con Ruperto, porque le hizo pedazos el puño de la espada
que en la diestra tenía. Soltó el arma, sacudiendo los dedos, golpeó los
costados del caballo con los talones y lanzando una blasfemia, partió al
galope.
Le miré alejarse de la larga avenida, con tanta soltura como si se
tratase de un paseo a caballo, como si no fuera desangrándose por sus
heridas.
Todavía se volvió una vez más para saludarnos con la mano, y se ocultó a
nuestra vista, indomable y airoso como siempre, tan valiente como
perverso. Y yo arrojé al suelo mi espada y supliqué a Tarlein que lo
persiguiese. Pero lejos de eso detuvo su caballo, desmontó y corriendo
hacia mí me abrazó estrechamente. A tiempo llegaba, porque la herida que
recibí en la lucha con Dechard había vuelto a abrirse y la sangre corría
abundante, formando roja mancha en el suelo.
--¡Pues entonces déme usted su caballo!--grité, apartándolo de mí.--Di
algunos pasos hacia el caballo, tambaleándome, y caí de bruces. Tarlein
se arrodilló a mi lado.
--¡Federico!--dije.
--Sí, amigo mío, amigo querido--me contestó con la dulzura de una mujer.
--¿Vive el Rey?
Sacó su pañuelo, limpió con él mis labios y me besó en la frente.
--¡Si, vive, gracias al más valiente caballero que he
conocido!--contestó en voz baja.
La pobre campesina seguía allí, llorosa y sorprendida, porque me había
visto en Zenda y creía que el Rey yacía pálido y ensangrentado a sus
pies.
Al oír aquellas palabras de Tarlein quise gritar:
«¡Viva el Rey!» pero no pude, y recliné la cabeza en los brazos de mi
amigo, lanzando un gemido; mas temeroso de que él interpretase mal mi
silencio, volví a abrir los ojos y procuré articular aquellas palabras:
«¡Viva!...» ¡Imposible! Mortalmente cansado, transido de frío, me cobijé
en brazos de Tarlein, cerré los ojos y quedé desvanecido.