La situación en que me hallaba no era por cierto muy favorable para
entrar en hondas meditaciones. Sin embargo, no dejé de reconocer y
decirme que el nuevo proyecto de Henzar, por infame que fuese,
significaba una ventaja para mí; la de situarlo al lado opuesto del
foso, separado por lo tanto del Rey. No sería culpa mía si lograba
regresar a la otra orilla. Los restantes con quienes tenía que
habérmelas eran tres: dos de guardia y De Gautet dormido. ¡Ah, si
hubiera tenido las llaves en mi poder! Con ellas lo hubiera arriesgado
todo y atacado a Dechard y Bersonín antes de que sus secuaces pudieran
acudir en su auxilio. Pero, por lo pronto, me veía forzado a esperar que
la llegada de mi gente llamase la atención de los que tenían las llaves,
o de algunos de ellos, induciéndoles a cruzar el puente y ponerse a mi
alcance. Esperé cinco minutos más que me parecieron media hora, y
entonces empezó el próximo acto en aquel drama de tan inesperadas cuanto
rápidas escenas.
Todo estaba tranquilo en la opuesta orilla. La habitación del Duque
seguía cerrada y obscura, pero en la ventana de Antonieta se veía el
reflejo de la luz que brillaba en su cuarto. Entonces oí el leve rumor,
apenas perceptible. Provenía del otro lado de la puerta que daba paso al
puente, y no tardé en oír también el ruido de una llave cuidadosamente
introducida en la cerradura. ¿Qué puerta era aquélla? Imaginábame a
Henzar con la espada en una mano, la llave en la otra y en los labios su
cínica sonrisa, pero no conocía con certeza sus designios.
Pronto salí de dudas. A los pocos momentos, mucho antes de que mis
amigos llegasen a la puerta del castillo y antes también de que Juan
pensase en abrirla, se oyó un gran estrépito en la habitación iluminada,
como si la lámpara hubiese sido arrojada violentamente al suelo y
desapareció la luz que salía por la ventana. Al mismo tiempo partió de
la habitación un grito penetrante: «¡Socorro, Miguel! ¡Socorro!;» y a
estas voces siguieron otros gritos desesperados que revelaban indecible
terror.
Presa de mortal angustia, permanecía yo en el más alto peldaño, asido al
quicio de la puerta con una mano y sosteniendo en la otra la espada. De
repente noté que el arco de entrada era más ancho que el puente y
formaba un obscuro ángulo, en el que me oculté apresuradamente. Desde
allí dominaba aquella vía de comunicación entre el antiguo castillo y la
construcción moderna.
Entonces resonó otro grito agudo. Se oyó después el golpe dado contra la
pared por una puerta abierta violentamente, y la voz de Miguel que
gritaba: «¡Abre, Antonieta! En nombre del Cielo, ¿qué sucede?»
La respuesta fue precisamente la que yo había escrito en mi carta:
--«¡Socorro, Miguel! ¡Es Henzar!»
El Duque lanzó una blasfemia y golpeó violentamente la puerta. En aquel
instante oí abrirse una ventana sobre mí cabeza, la voz de un hombre
preguntando: «¿Qué es eso? ¿qué ocurre?» y después pasos precipitados.
Oprimí firmemente el puño de mi espada. Si De Gautet llegaba a salir su
muerte era segura.
Oí después el choque de dos aceros, las pisadas, de los combatientes y
el grito de uno de ellos al caer herido. Se abrieron de golpe las
persianas, lo que me permitió ver a Ruperto Henzar que, de espaldas a
la ventana y tendiéndose a fondo, exclamó:
--¡Para ti, Juan! ¡Y ahora te toca el turno, Miguel! ¡Acércate!
Es decir, que Juan estaba allí, que había acudido probablemente en
auxilio del Duque. Y en tal caso, ¿cómo había de abrir a tiempo la
puerta del castillo? Porque me temía que Ruperto acababa de matarlo.
--¡Socorro!--gritó débilmente el Duque.
Oí pasos en la escalera inmediata a la puerta donde me ocultaba y
también rumor de voces a mi derecha, hacia abajo, en dirección a la
celda del Rey. Pero antes de que ocurriese cosa alguna de la parte de
acá del foso, vi por la ventana de Antonieta que cinco o seis hombres
rodeaban a Ruperto. Este les hacía frente con sin igual destreza y brío,
y por un momento los obligó a retroceder. Aquella pausa le bastó para
saltar sobre el antepecho de la ventana, blandiendo su espada,
sonriente, ebrio de sangre. Después, dando una carcajada, se lanzó de
cabeza al agua.
Nada más supe de Ruperto por entonces, porque al arrojarse él al foso
asomó por la puerta inmediata a mí el aguzado rostro de De Gautet. Sin
vacilar un momento levanté la espada, le descargué un golpe con toda la
fuerza que Dios me ha dado y cayo muerto: ni una palabra, ni un gemido.
Me arrodillé junto al cadáver y le registré ansiosamente los bolsillos,
murmurando: «¡Las llaves, las llaves!» No encontrándolas, furioso,
golpeé (¡Dios me perdone!) el rostro de aquel muerto.
Por fin descubrí las llaves. Eran tres, e introduciendo la mayor en la
cerradura de la puerta que conducía a la prisión del Rey, vi que giraba
sin dificultad. ¡La puerta estaba abierta! Entré, y cerrándola tras mí
con el menor ruido posible, retiré la llave y la guardé en el bolsillo.
Me hallé en lo alto de una escalera de piedra, alumbrada débilmente por
una lámpara de aceite. Descolgué ésta y permaneciendo inmóvil, escuché.
--¿Qué demonios será?--preguntó una voz al otro lado de la puerta que
quedaba al pie de la escalera.
--¿Te parece que lo matemos?--dijo otra voz.
--Espera un poco; mira que si damos el golpe antes de tiempo tendremos
un disgusto serio,--fue la respuesta de Dechard, que oí con indecible
placer.
Siguió un breve silencio y después oí que descorrían cautelosamente el
cerrojo. Apagué en seguida la lámpara que tenía en la mano y volví a
colgarla del gancho fijo en la pared.
--Está obscuro. Se ha apagado la lámpara. ¿Tienes fósforos?--dijo
Bersonín.
Pero había llegado el momento. Antes de que pudieran hacer luz bajé cuan
aprisa pude los escalones y me lancé contra la puerta, cuyo cerrojo
había descorrido Bersonín y que cedió al golpe. Allí estaba el belga
empuñando la espada y con él Dechard, sentado en un sofá. Bersonín,
sorprendido al verme, retrocedió; Dechard saltó sobre su espada. Ataqué
furiosamente al primero, acosándole hasta la pared. Aunque valiente, no
era esgrimidor de primera fuerza y pronto cayó a mis pies. Me volví
hacia donde estaba Dechard, pero éste había desaparecido; fiel a la
consigna recibida del Duque, en lugar de atacarme había corrido a la
puerta de la otra celda y cerrádola tras sí. ¿Qué sería del Rey en aquel
momento?
No dudo que Dechard le hubiera dado muerte y a mí también, sin la
intervención de un adicto servidor que dio la vida por su soberano.
Forcé la puerta y vi al Rey en un rincón, impotente, debilitado por la
enfermedad, moviendo de un lado a otro sus manos encadenadas, riéndose,
medio loco. Dechard y el médico estaban en el centro del calabozo; el
último se había abrazado al asesino con todas sus fuerzas, impidiéndole
por el momento mover los brazos. Pero Dechard no tardó en desasirse y
en atravesar con su espada al indefenso médico.
Después se volvió hacia mí, gritándome:
--¡Por fin!
Cruzamos los aceros. Por fortuna mía, ni él ni Bersonín tenían a mano
los revólvers al sorprenderlos yo. Los encontré más tarde, cargados, en
la otra habitación, sobre la repisa de la chimenea. Empezamos, pues, el
combate con armas iguales. La lucha fue silenciosa, encarnizada, mortal.
De sus peripecias conservo escaso recuerdo, pero sé que Dechard manejaba
la espada tan bien como yo; mejor aún, porque conocía más tretas y
golpes secretos, que le permitieron acosarme y hacerme retroceder hasta
la reja que guardaba la entrada de la «Escala de Jacob.» Apareció en sus
labios una sonrisa y su espada me atravesó el brazo izquierdo.
No me envanezco de aquel combate. Creo que mi enemigo hubiera acabado
conmigo y asesinado después al Rey, porque era el duelista más hábil que
he conocido; pero cuando me veía en mayor aprieto, se incorporó el Rey
de un salto, cadavérico y fuera de sí, gritando:
--¡Es mi primo Rodolfo! ¡Mi primo Rodolfo! ¡Yo te ayudaré, primo! Y
asiendo su silla, que a duras penas pudo levantar del suelo, se acercó a
nosotros. Era aquel un auxilio inesperado.
--¡Adelante!--le grité.--¡Un golpe con la silla!
Dechard me dirigió una estocada furiosa, que apenas pude parar.
--¡Adelante!--volví a gritar al Rey.--¡Pronto, pronto!
El Rey lanzó una carcajada y se adelantó de nuevo, empujando la silla.
Dechard, blasfemando, saltó hacia atrás, y antes de que pudiera darme
cuenta de lo que iba a hacer, dirigió su arma contra el Rey, que cayó
lanzando un doloroso gemido. El ágil espadachín me hizo frente otra vez,
pero al volverse resbaló en el charco de sangre inmediato al cadáver del
médico, y cayó al suelo. Me lancé sobre él con la rapidez del rayo, y
asiéndole por la garganta lo atravesé de parte a parte. El miserable
cayó sobre el cuerpo de su víctima, lanzándome una maldición.
¿Había muerto el Rey? Mi primer pensamiento fue para él y corrí a su
lado. Parecía cadáver; tenía una enorme herida en la frente y permanecía
inmóvil, tendido en el suelo. Me arrodillé y apliqué el oído a su pecho;
pero antes de que pudiera cerciorarme de su muerte oí el chirrido de las
cadenas del puente al bajarlo, y un momento después descansaba en su
lugar contra el muro, del lado del foso en que yo estaba. Iba, pues, a
verme cogido en una trampa, y el Rey conmigo, si todavía estaba vivo.
Tenía que abandonarlo a su suerte. Torné la espada y volví a la primera
habitación. ¿Quién había echado el puente? ¿Habrían sido mis amigos? En
tal caso todo iría bien. Mi mirada se dirigió a los revólvers y tomando
uno de ellos me dirigí a la puerta de la escalera y escuché. Necesitaba
también unos momentos de descanso. Rasgué la manga de mi camisa y con
ella me vendé el brazo lo mejor posible. Escuché otra, vez; hubiera dado
cuanto poseía por oír la voz de Sarto, porque me sentía débil, casi
exánime y el bribón de Ruperto seguía suelto por el castillo. Pero
comprendiendo que me sería más fácil defender la estrecha puerta situada
en la parte superior de la escalera que la muy ancha que daba entrada a
las celdas, subí los escalones casi arrastrándome y me detuve detrás de
la puerta.
Lo primero que oí fue la risa burlona y altanera de Ruperto, risa
extraña en aquellas circunstancias y en aquel lugar. Desde luego
indicaba que no habían llegado mis amigos, pues de lo contrario hubieran
despachado a Ruperto a tiros. ¡Y el reloj dio las dos y media! ¡Dios
mío! ¿Sería posible que viendo la puerta cerrada y no hallándome a
orillas del foso, hubiesen regresado a Tarlein con la noticia de la
muerte del Rey y la mía? Muertes que por cierto parecían muy próximas,
que ocurrirían probablemente antes de que Sarto y los suyos llegasen a
Tarlein. ¿No lo anunciaba así la risa triunfante de Ruperto?
Permanecí algunos instantes anonadado, apoyándome contra la puerta.
Luego me incorporé vivamente, porque Ruperto gritaba con despreciativo
acento:
--¡Ea, venid! ¡Aquí está el puente! ¡A no ser que Miguel el Negro os lo
prohiba, perros, para convertirse él mismo en campeón de su dama! ¡Vén a
batirte por ella, Miguel!
Si la lucha había de ser entre tres bien podía yo tomar parte en ella,
por malparado que estuviese. Di vuelta a la llave, entreabrí la puerta y
miré.