A MEDIA NOCHE

Llegó la noche hermosa y clara, aunque yo la hubiera preferido tan

obscura y tormentosa como la que protegió mi primera expedición, pero la

fortuna no quiso mostrárseme favorable. No obstante, contaba deslizarme

lo más cerca posible al muro, para no ser visto desde las ventanas del

castillo nuevo que daban a la parte del foso por donde me proponía

escalar el puente. Por Juan supe que habían fijado sólidamente al muro

la «Escala de Jacob,» de tal suerte, que sólo empleando substancias

explosivas o atacándola a golpes de pico hubiera sido posible moverla de

su sitio y el estrépito producido por tales medios hubiera advertido en

seguida a los del castillo. Pero esa nueva precaución había de serme

favorable, porque confiados en ella no vigilarían tanto el foso. Aun

suponiendo que Juan me hiciese traición, ignoraba aquella parte de mi

plan y sin duda esperaba verme atacar la puerta principal a la cabeza de

mi gente. Allí--como le dije a Sarto,--estaba el verdadero peligro.

--Y allí--agregué,--se hallará usted. ¿Todavía no está usted satisfecho?

No, no lo estaba. Lo que él quería era acompañarme, a lo cual me negué

terminantemente. Un hombre solo podía acercarse sin ser visto; con dos

el riesgo hubiera sido mucho mayor, y cuando me dijo que mi vida era

demasiado preciosa para arriesgarla solo, le mandé guardar silencio,

asegurándole que si el Rey no escapase con vida aquella noche tampoco

viviría yo.

La columna mandada por Sarto salió de Tarlein a media noche y tomó por

la derecha un camino poco frecuentado que no pasaba por el pueblo de

Zenda. Si no ocurría tropiezo alguno, la columna debía de hallarse

frente al castillo a las dos menos cuarto, y tenía orden de dejar los

caballos a buena distancia de la fortaleza, en un punto convenido de

antemano, acercarse después cautelosamente a la entrada y esperar que

Juan abriese la puerta. Si a las dos permaneciese cerrada, Sarto

mandaría a Tarlein a reunirse conmigo al otro lado del castillo, y

suponiendo que yo viviese todavía, decidiríamos entonces si convenía o

no intentar un asalto decisivo. Si Tarlein no me hallase, él y Sarto

deberían de regresar con su gente a Tarlein a toda prisa, llamar al

General y con éste y todas las fuerzas disponibles atacar abiertamente

el castillo. Mi ausencia significaría que yo había muerto y sabía que en

tal caso el Rey no me sobreviviría cinco minutos.

Dejando por el momento a Sarto y su gente, referiré lo que hice por mi

parte aquella memorable noche. Salí del palacio de Tarlein montando el

mismo vigoroso caballo en que regresé del pabellón de caza a Estrelsau

el día de la coronación. Iba armado con revólver y espada y envuelto en

amplia capa, bajo la cual llevaba ceñido y abrigado traje de lana,

gruesas medias y ligero calzado de lona, como lo requería mi plan. Había

tomado la precaución de frotarme bien todo el cuerpo con aceite y de

llevar conmigo un frasco de licor, para contrarrestar en lo posible los

efectos de mi prolongada inmersión. También me enrollé a la cintura una

cuerda delgada y sólida y no olvidé la escala. Salí después de Sarto y

tomé el camino más corto de la izquierda, que a las doce y media me

llevó al lindero del bosque. Até mi caballo en el centro de espeso grupo

de árboles, dejando mi revólver en la pistolera porque me hubiera sido

inútil, y escala en mano me dirigí a la orilla del foso, donde até

sólidamente la cuerda a un árbol cercano y asiéndola me deslicé en el

agua. El reloj de la torre dio la una cuando empecé a nadar lo más cerca

posible al muro del castillo y empujando ante mí la escala. Llegado al

cilindro por donde pensaban arrojar el cadáver del Rey, sentí bajo mis

pies el reborde que allí formaban los cimientos; y haciendo pie me

incliné bajo el enorme tubo, traté en vano de moverlo y esperé. Recuerdo

que en aquellos momentos pareció disiparse toda mi ansiedad por el Rey y

aun mi amor a Flavia, para no pensar más que en una cosa: el deseo

vivísimo de fumar. Deseo que, como se comprenderá, me fue imposible

satisfacer.

Apoyado de espaldas en el muro de la prisión del Rey, divisaba en lo

alto a unas diez varas a mi derecha la armazón elegante y ligera del

puente levadizo. Dos varas más acá y casi al mismo nivel del puente vi

una ventana que, según los informes de Juan, pertenecía a la habitación

del Duque. La ventana correspondiente al otro lado, era sin duda la de

Antonieta. Temía vivamente que ésta olvidase mis instrucciones y el

ataque nocturno de que debía de fingirse víctima a las dos en punto. Me

reía al pensar en el papel que había destinado a Ruperto Henzar, pero

tenía con éste una cuenta pendiente y todavía me dolía la puñalada que

me había dado en el hombro a traición y con sin igual audacia, en

presencia de todos mis amigos, en la terraza del palacio de Tarlein.

De repente se iluminó la habitación del Duque, cuyas mal cerradas

persianas me permitieron ver en parte el interior de la misma,

poniéndome de puntillas sobre la sumergida roca. Luego se abrieron las

persianas por completo y distinguí el gracioso contorno de Antonieta de

Maubán, destacándose con toda precisión en la viva luz del cuarto.

Anhelaba decirle muy quedo: «¡Acuérdese usted!» pero no me atreví, y fue

fortuna, porque muy pronto apareció a su lado un hombre, que trató de

enlazar con su brazo el talle de la dama. Apartóse ésta rápidamente y oí

la risa burlona de su compañero. Era Ruperto, que inclinándose hacia

ella murmuró algunas palabras. Antonieta extendió la mano hacia el foso

y dijo, con voz resuelta:

--¡Antes me arrojaría por esta ventana!

Ruperto se asomó y volviéndose después hacia ella, dijo:

--¡Vamos, Antonieta, usted se chancea! ¿Es posible? ¡Por Dios, qué dice

usted!

No obtuvo respuesta, o por lo menos nada oí; Ruperto golpeó varias veces

el repecho de la ventana y continuó:

--¡El diablo cargue con el Duque! ¿No le basta la Princesa? Y usted

misma ¿qué atractivos halla en él?

--Si yo le repitiera lo que usted dice...

--Repítaselo usted en buena hora--dijo Ruperto con la mayor

indiferencia;--y viendola desprevenida, se le acercó de un salto y la

besó, echándose después a reír y exclamando:

--¡Ahora tiene usted algo más que contarle!

De haber tenido mi revólver, la tentación hubiera sido quizás demasiado

fuerte, pero desarmado como estaba, agregué aquel nuevo desmán a la

cuenta que tenía pendiente con Ruperto.

--Y eso que al Duque--continuó,--maldito lo que se le importa. Está loco

por la Princesa y no habla más que de cortarle el pescuezo al coquillo.

Bueno era saberlo.

--Y si yo le hago ese servicio ¿sabe usted lo que me ofrece?

La pobre mujer elevó ambas manos sobre su cabeza, no sé si suplicante o

desesperada.

--Pero no me gusta esperar--dijo Ruperto; y comprendí que iba a poner de

nuevo sus manos sobre Antonieta, cuando oí el ruido que hacía una puerta

al abrirse dentro de la habitación, y una voz que decía ásperamente:

--¿Qué hace usted aquí, señor mío?

Ruperto volvió la espalda a la ventana, saludó y dijo con su voz fuerte

y alegre de siempre:

--Pues estoy tratando de excusar la ausencia de Vuestra Alteza. ¿Podía

dejar sola a esta señora?

El Duque se adelantó, asió a Ruperto por el brazo y señalando la

ventana, exclamó:

--¡En el foso hay lugar para otros además del Rey!

--¿Me amenaza Vuestra Alteza?--preguntó el joven.

--Una amenaza es más de lo que muchos obtienen de mí--replicó Miguel.

--Lo cual no impide que Raséndil, a pesar de tantas amenazas, siga vivo.

--¿Soy yo acaso responsable de las torpezas de los que me sirven?

--En cambio Vuestra Alteza no corre el riesgo de cometer

torpezas--replicó Ruperto con sorna.

No podía decírsele más claro a Miguel que evitaba el peligro. Gran

dominio debía de tener sobre sí mismo, porque le oí contestar con calma:

--¡Basta ya! No disputemos, Ruperto. ¿Están en sus puestos Dechard y

Bersonín?

--Sí, señor.

--No le necesito a usted por ahora.

--No estoy fatigado...

--Sírvase usted dejarnos--ordenó impaciete Miguel.--Dentro de diez

minutos quedará retirado el puente levadizo y supongo que no querrá

usted regresar a nado a su cuarto.

Desapareció la silueta de Henzar y oí la puerta que se cerraba tras él.

Antonieta y Miguel quedaron solos y noté con pesar que el último cerraba

la ventana. Todavía los vi hablar unos momentos, Antonieta movió la

cabeza negativamente y el Duque se apartó de ella con ademán impaciente.

Perdí de vista a la dama, volví a oír la puerta que le daba paso y el

Duque cerró las persianas.

--¡De Gautet! ¡Eh, De Gautet!--llamó una voz desde el

puente.--¡Despacha, hombre, si no quieres tomar un baño antes de meterte

en cama!

Era la voz de Ruperto y momentos después él y De Gautet dándose el brazo

cruzaban el puente. Llegados al centro de éste, Ruperto detuvo a su

compañero, se inclinó, mirando hacía el foso, y yo me oculté prontamente

tras la «Escala de Jacob.»

Entonces Henzar se divirtió a su modo. Tomó de manos de su amigo una

botella que éste llevaba, la aplicó a sus labios y arrojándola furioso

al agua exclamó:

--¡Apenas una gota!

A juzgar por el sonido y por los círculos trazados en el agua, la

botella cayó muy cerca del tubo que me ocultaba a menos de una vara. Y

Ruperto, sacando el revólver, la convirtió en blanco de sus disparos.

Los dos primeros no le acertaron, pero dieron en el tubo, y el tercero

rompió la botella en mil pedazos. Supuse que con aquello se daría por

satisfecho, pero siguió disparando contra el tubo hasta vaciar su arma,

el último de cuyos proyectiles me rozó los cabellos.

--¡Ah del puente!--gritó una voz con gran regocijo mío.

--¡Un momento!--exclamaron Ruperto y De Gautet, echando a correr.

Retirado el puente, todo quedó tranquilo. El reloj dio la una y cuarto,

y yo me desperecé, bostezando.

Habían transcurrido diez minutos, cuando oí un ligero ruido a mi

derecha. Miré por encima del tubo y vi una sombra, la vaga silueta de un

hombre, en la puerta que daba al puente. Reconocí la gallarda apostura

de Ruperto. Tenía una espada en la mano y permaneció inmóvil algunos

momentos. Me pregunté alarmado qué nueva maldad meditaba aquel bribón.

Le oí reírse con sorna, como solía, y le vi volver de cara al muro, dar

un paso hacia mí, y luego, con gran sorpresa por mi parte, empezó a

bajar por al muro mismo. Comprendí que en éste había peldaños, ya

cortados en la piedra, ya clavados de trecho en trecho entre los

sillares. Ruperto, llegó por fin al último y poniendo su espada entre

los dientes se deslizó en el agua sin hacer el menor ruido. Tratándose

sólo de exponer mi vida, le hubiera salido al encuentro sin vacilación

alguna; con verdadero placer hubiera saldado allí nuestras cuentas, cara

a cara y espada en mano, sin testigos, en la soledad de aquella hermosa

noche. Pero ¿qué sería entonces del Rey? Me dominé y seguí espiando sus

movimientos con creciente interés.

Nadó pausadamente hasta llegar al lado opuesto; el muro tenía también

allí peldaños, por los cuales subió hasta verse en la otra parte que

también daba al puente, la cual abrió con una llave que le vi sacar del

bolsillo. Después desapareció sin que la entornada o cerrada puerta

hiciera el más pequeño ruido.

Abandonando mi escala, pues era evidente que ya no la necesitaba, nade

hacia el puente, escalé la mitad del muro y allí me detuve, espada en

mano, escuchando atentamente. La ventana del Duque estaba cerrada, y la

habitación, al parecer en profunda obscuridad. En la de Antonieta había

luz. Nada interrumpió el silencio de la noche, hasta que dio la una y

media en el gran reloj de la torre.

Evidentemente no era yo el único que conspiraba aquella noche en el

castillo.

El prisionero de Zenda · 第 37 / 47 题