UN PLAN DESESPERADO

Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y hablé en

público con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto

de enfermedad. El efecto de mi presencia se notó desde luego en la

guarnición de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la

población y sus cercanías para encerrarse en el castillo, donde reinaba

la más perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus

exploraciones. No veía medio practicable de socorrer al Rey y a la

señora de Maubán. El Duque me retaba sin disimulo. Se había mostrado

fuera del castillo, no tomándose siquiera la molestia de explicar o

excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban

los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la

desaparición de Raséndil; y por otra, sabía que mi ausencia de la

capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido éste sin la

presencia de Flavia a mi lado y sólo por esta razón le permitía yo

seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la

pasión que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros,

el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instándome

a que designase día para la solemnización de mis esponsales, ceremonia

que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio

mismo. Tuve que hacer lo que me pedían, con Flavia sentada a mi lado

oyéndolo todo, y les anuncié que el acto se celebraría quince días

después, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con

extraordinarias manifestaciones de aprobación y alegría en todo el

Reino, y supongo que sólo dos hombres la deploraron: el Duque y yo.

Cuanto al Rey, lo único que me atreví a esperar fue que no llegase a sus

oídos.

Juan volvió a salir ocultamente del castillo tres días después, a riesgo

de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque

supo la noticia de la próxima ceremonia se puso furioso; que su

exasperación aumentó al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme

con la Princesa y que así lo haría indudablemente; y que Ruperto acabó

felicitando a la señora de Maubán, allí presente, porque pronto se

vería libre de Flavia, su rival. El Duque echó mano a la espada, sin que

al joven noble pareciese importarle un bledo la cólera de su señor, a

quien felicitó también por haber proporcionado a Ruritania un Rey como

no lo había tenido en muchos años. «Y lo que es la Princesa, terminó

diciendo Henzar (según el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque

el diablo le manda novio más galán que el que le había deparado el

Cielo.» El Duque le mandó retirarse de su presencia, pero Henzar no

obedeció hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano,

como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.

Noticia de más importancia para mí fue la que también nos dio Juan sobre

la grave enfermedad del Rey. Juan le había visto, demacrado y débil; su

estado llegó a ser tan alarmante que el Duque llamó al castillo a un

médico de Estrelsau, el cual examinó al Rey, salió del calabozo pálido y

temblando y rogó a Miguel que le permitiese volver a la capital y no

mezclarse más en el asunto; pero Miguel se lo prohibió, anunciándole que

quedaba preso con el Rey y que respondía de la vida de éste hasta el día

en que el Duque quisiera quitársela. A instancias del médico permitió

que la señora de Maubán visitase al Rey, a quien prestó solícitos

cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a

la vez que yo seguía sano y vigoroso; contraste que exasperó a los

moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Sólo

Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y según decía Juan,

riéndose a carcajadas porque el Duque ponía siempre de guardia a Dechard

cuando la señora de Maubán se hallaba en la celda del Rey; precaución no

del todo inútil por parte de mi prudente hermano.

Tal fue el relato de Juan, que le valió buena recompensa; y aunque me

pidió que le permitiese quedarse en Tarlein, conseguí que regresase al

castillo, donde lo necesitaba mucho más, encargándole anunciase a la

señora de Maubán que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al

Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.

--¿Cómo vigilan ahora al Rey?--pregunté, recordando que dos de los Seis

habían muerto y que igual suerte había cabido a Máximo Holf.

--Dechard y Bersonín están de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De

Gautet, de día--contestó Juan.

--¿No más que dos a la vez?

--Pero el resto de la guardia está en el primer piso, precisamente

sobre la prisión del Rey, y allí puede oírse todo grito o señal dados

desde abajo.

--¿Sobre la prisión del Rey? No sabía yo eso. ¿Existe alguna

comunicación directa entre el calabozo y la sala de guardia?

--No, señor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo

y desde allí bajar al encierro del Rey.

--¿Está cerrada la puerta que lleva al puente?

--Sólo los cuatro caballeros tienen la llave.

--¿Y también la de la reja de entrada a la prisión?--pregunté

acercándome a Juan.

--Creo que esa únicamente la tienen Dechard y Henzar.

--¿Dónde habita el Duque?

--En la parte nueva del castillo, en el primer piso. Sus habitaciones

quedan a la derecha del puente levadizo.

--¿Y la señora de Maubán?

--A la izquierda. Pero cuando se retira cierran la puerta por fuera.

--¿Para impedir que huya?

--Sin duda, señor.

--¿Y quizás también por otra razón?

--Es posible.

--¿Supongo que el Duque se reserva esa llave?

--Sí, señor. Y también la del puente, después de alzarlo, y nadie puede

cruzar el foso por él sin que lo sepa y lo permita el Duque.

--¿Y tú, dónde duermes?

--En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco

criados.

--¿Armados?

--Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.

Aquellos informes me decidieron por fin y formé resueltamente un nuevo

plan de ataque. Había fracasado cuando lo emprendí por la «Escala de

Jacob,» y me dije que fracasaría también intentándolo contra el cuerpo

de guardia. Resolví, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del

castillo.

--Te he prometido diez mil pesos--dije a Juan.--Te daré veinticinco mil

si mañana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo ¿saben

esos criados quién es el prisionero?

--No, señor; creen que es un caballero enemigo del Duque.

--¿Y no dudarán que yo soy el Rey?

--¿Cómo han de dudarlo, señor?

--Pues escucha, Juan: mañana, a las dos en punto de la madrugada, abre

de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al

frente ¿entiendes bien?

--¿Estará usted allí, señor?

--Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir

de tu cuarto. Nada más exijo de ti.

--Y una vez abierta la puerta ¿puedo escaparme por ella?

--Sí, a todo correr. Toma esta esquela, que entregarás a la señora de

Maubán. La he escrito en francés a propósito para que no puedas

enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos

nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.

Juan temblaba al oírme, pero no me quedaba elección posible y tuve que

fiar en él. No me atreví a esperar más porque temí que el Rey muriese en

su prisión.

Despedí a Juan y sólo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto.

Este último manifestó su desaprobación desde luego.

--¿Por qué no espera usted?--me preguntó.

--Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el día de los

esponsales.

Sarto se mordió el blanco bigote, y Tarlein, poniéndome la mano sobre el

hombro, exclamó:

--Dice usted bien. ¡Probemos!

--Con usted cuento, Tarlein--le dije.

--Corriente--contestó.--Pero lo que es usted, Raséndil, se queda aquí

cuidando a la Princesa.

Los ojos de Sarto brillaron.

--¡Eso es, eso es!--exclamó.--Así burlaríamos los designios de Miguel

cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si

usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como matarían también al

Rey ¿qué sería de todos nosotros?

--Servirían ustedes a la reina Flavia--repliqué,--y ojalá pudiese yo

hacer otro tanto.

Siguió una pausa y después dijo el viejo Sarto, con expresión tan

cómica, que Tarlein y yo nos echamos a reír:

--¿Por qué no se casaría el finado rey Rodolfo III con la bisabuela

aquella de usted, Raséndil?

--Al grano, al grano--le dije.--Se trata del Rey actual.

--Es verdad--asintió Tarlein.

--Además--continué,--si he consentido ser impostor en beneficio del Rey,

jamás lo seré en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su

trono antes del día fijado para la celebración de los esponsales,

confesaré y proclamaré la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.

--Irá usted con nosotros al ataque del castillo--dijo Sarto.

He aquí mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigiría

sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese

descubierta, la consigna sería matar a cuantos hallasen a su paso,

empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstáculo

imprevisto, Sarto y su gente se hallarían a la puerta al abrirla Juan.

Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para

someter a los servidores del castillo, habría que apoderarse de ellos a

la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependía principalmente el buen

éxito de mi plan) Antonieta de Maubán prorrumpiría en agudos gritos,

pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de éste el de

Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso

de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y

cayese vivo en manos de Sarto. Continuarían los gritos, mi gente bajaría

el puente levadizo y extraño sería que Ruperto, al oír su nombre a voces

en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el

puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependía del azar.

Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezaría mi papel.

Contaba yo tomar otro baño en el foso, llevando conmigo una pequeña

escala que me serviría en primer lugar para esperar con relativa

comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y

pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subiría por la

escala al puente y de mí dependería que ni Henzar ni De Gautet lo

cruzasen con vida. Muertos éstos quedarían tan sólo dos de los Seis, con

los cuales esperaba acabar también a favor de la confusión y de una

violenta acometida. Si ambos obedeciesen las órdenes recibidas del

Duque, la vida del Rey dependería de la rapidez con que pudiésemos

forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no

Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard

tenía serenidad y valor, carecía del ímpetu y la osadía increíble de

Henzar. También contaba yo con que, siendo Dechard el único entre ellos

verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonín guardando al Rey

y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado

opuesto.

Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engañar al enemigo

dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de

mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al

efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la música tocase toda

la noche. Estrakenz era uno de los que debían de hallarse allí, con

encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi

partida. Le ordené que si a la mañana siguiente no estuviésemos de

regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y

exigiese públicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no

estuviese allí, el General llevaría a la Princesa a Estrelsau, para

proclamar la traición de Miguel y la muerte probable del Rey,

congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A

decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedería.

En mi opinión, ni al Rey, ni a Miguel ni a mí nos quedaba más que un día

de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo moría también

Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto

Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.

Nuestra conferencia terminó bastante tarde y pasé a las habitaciones de

la Princesa. Se mostró algo pensativa, pero al despedirnos me abrazó

cariñosamente, a la vez que deslizó una sortija en mi dedo. Usaba yo el

anillo del Rey, pero tenía puesto también uno más pequeño, de oro liso,

con la leyenda de las armas de mi familia: _Nil Quæ Feci_. Me lo quité y

poniéndolo en el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que me

permitiese retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con los

ojos llenos de lágrimas.

--Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina--le dije.

--Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después de

muerta--dijo besándolo.

El prisionero de Zenda · 第 35 / 47 题