A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el
castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas
laderas cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del conde
Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El
Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a mi
disposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por la
abundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban los
jabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magnífica
residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la
población. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi
servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a
mediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después la
jornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.
Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein,
cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les
dijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mi
vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celo
y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además que
éste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey,
cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo que
la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su
díscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles por
entonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey
manifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buena
voluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.
Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio
de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador al
otro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento en
Flavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi ardua
empresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. La
fuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya un
proyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dada
a mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamente
enterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por un
momento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había que
aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque
tanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible.
Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podía
creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía y
apreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como la
había visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo
que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; pero
no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.
En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido más
de una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviada
por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes
intentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto,
Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes
mocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales,
Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigió
un bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veía
privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner
su residencia a mi disposición, porque así él como varios de sus
servidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, con
sardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón como
bien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muy
principales damas.
--Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar más
parecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color--dije.--¿Sufre
mucho?
--No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.
--Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenos
amigos De Gautet, Bersonín y Dechard--continué.--Del último he oído
decir que está herido.
Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar se
sonrió al decir:
--Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.
Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigo
no había más que un remedio: venganza.
--¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?--pregunté.
El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando que
importantes deberes los llamaban al castillo.
--Pues entonces--dije con un ademán de despedida,--¡hasta nuestra
próxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!
--¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione pronta
oportunidad!--agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto
miró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veterano
apretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.
Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería con
mucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Más
vale ser un bribón con gracia que sin ella.
Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me
habían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito la
despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo
cabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y más
particularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursión
ofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy
concurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Un
lacayo nos seguía a distancia.
--Tarlein--dije al llegar a la población;--en la posada adonde nos
dirigimos hay una muchacha muy linda.
--¿Cómo lo sabe usted?--preguntó.
--Porque he estado en ella.
--¿Desde?...
--No, antes.
--Pero le reconocerán a usted.
--Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos dos
caballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas.
El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, con
una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan
avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie
más, será quien nos sirva a la mesa.
--¿Y si ella se niega a servirnos?
--Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.
Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y
poco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé en
una pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.
--La chica será quien nos sirva--dijo.
--Y de lo contrario--añadí,--hubiera yo dudado mucho del buen gusto de
la condesa Elga.
Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para
evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso,
que me ofreció.
--¿Sufre mucho este caballero?--preguntó la joven.
--Ni más ni menos que la primera vez que te vio--dije desembarazándome.
Dio ella un ligero grito y exclamó:
--¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de
Su Majestad. ¡Oh, señor, perdón!
--No recuerdo tener nada que perdonarte--dije.
--Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...
--¡Oh, te las perdono de todo corazón!
--Voy a decirle a mi madre...
--Ni una palabra--le ordené.--Vé a traer la comida y nada digas a nadie
sobre la presencia del Rey en esta casa.
Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.
--¿Y Juan?--le pregunté, empezando a comer.--¿Qué tal está?
--Apenas le vemos ahora, señor.
--¿Por qué?
--Yo le dije que venía por aquí muy a menudo.
--¿Es decir que está enfadado y se oculta?
--Sí, señor.
--¿Pero tú puedes hacerlo volver por aquí?
--Es muy probable...
--¡Oh, sí! Yo sé lo mucho que tú vales y puedes--le dije, haciéndola
ruborizarse de placer.
--Pero, señor, no sólo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillo
tienen ahora mucho que hacer.
--Pero si el Duque no está de caza...
--No, señor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.
--¿Juan convertido en doncella de servicio?
La muchacha se desvivía por chismear un poco.
--Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo--explicó.--Ni una sola
mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es
falso, sin duda.
--No importa, sepamos lo que dicen.
--Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora. Lo cierto
es que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.
--¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy
seguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú lo
quieres?
--No mucho, señor.
--¿Pero quieres servir al Rey?
--Sí, señor.
--Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedra
que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo,
mañana a las diez de la noche.
--¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?
--Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo
bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda
que nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.
Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir cierto
grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo,
suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente.
Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nos
esperaban los caballos.
No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en las
calles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenos
vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no
era extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda
les parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las
calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan
luego salimos al campo.
--¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?--preguntó Tarlein.
--Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo.
Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. La
precaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no
basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no
haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.
--Conque las haya en Estrelsau me basta--dijo el enamorado Tarlein dando
un suspiro.
Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo
oírse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a
recibirnos.
--¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!--exclamó.--¿No ha
asomado ninguno de ellos por el camino?
--¿De quiénes habla usted, coronel?--pregunté, echando pie a tierra.
Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.
--Joven--dijo,--basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos
alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemos
media docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?
El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogante
mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.
--Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.
--¡Qué me dice usted!
--Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por el
bosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de los
cuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr en
dirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo y
cuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.
Hizo Sarto una pausa y continuó:
--Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.
--Es muy probable--dije.--Primera sangre a favor de Miguel.
--Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña--dijo
Tarlein.
--Sarto--dije a mi vez,--mi salida de esta noche tenía objeto
importante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedo
asegurar una cosa.
--¿Y es?
--Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha
colmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquiera
de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al
país.
Sarto, al oírme, tomó y estrechó mi mano.