PRIMA RUBIA Y HERMANO MORENO

La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey

apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día

comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que

tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé

apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey

bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes.

Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a

quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de

perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras

discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me

bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller

atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de

fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me

presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la

ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores

hasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedar

recibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cada

vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llamé

a mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, a

un joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese un

refresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que por

fin me dejasen descansar algo.

--Pero ¡cómo se entiende!--exclamó Federico de Tarlein, que también se

hallaba presente.--¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?

--Poco a poco, caballerito--dijo Sarto frunciendo el ceño.--Sería una

satisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara. ¿Creen ustedes

posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?

--Además--añadí,--¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amado

hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?

--¿Es decir que nada haremos?

--Por lo pronto se trata de no hacer una tontería--gruñó Sarto.

--La situación--dije,--me recuerda la escena dominante de una de

nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se

amenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedo

denunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...

--Y al Rey--interrumpió Sarto.

--Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mí

sin acusarse gravemente.

--Situación llena de interés--comentó el viejo Sarto.

--Si me descubren--proseguí,--lo confesaré todo y me veré cara a cara

con el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.

--Que será matar al Rey--dijo Tarlein.

--Se guardará bien de hacerlo--repuso Sarto.

--Tres de los seis están en Estrelsau--continuó Tarlein.

--¿Tres no más? ¿Está usted seguro?--preguntó el veterano coronel con

vivo interés.

--Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.

--¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo en

su prisión!--exclamó Sarto.

--¡Verdad es!--dijo Tarlein.--Si el Rey hubiera muerto los seis

estarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque ha

regresado, coronel?

--Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!

--A ver, señores míos--dije.--¿Quiénes son esos seis de que tanto

hablan?

--No tardará usted en trabar conocimiento con ellos--contestó

Sarto.--Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que

le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, uno

belga y el otro compatriota de usted.

--Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el

Duque se lo manda.

--Quizás me corten el mío--se me ocurrió decir.

--Es muy posible--asintió Sarto.--¿Quiénes son los que están aquí,

Tarlein?

--De Gautet, Bersonín y Dechard.

--¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los ha

traído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque

quiere comprometer a estos últimos todo lo posible.

--¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en

el pabellón de caza, coronel?--pregunté.

--No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.

Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar

todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Había

tomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor

grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad

alguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios y

conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel

apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un

ser ingrato y descastado.

No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él. En

interés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste no

se descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilación

había de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.

Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la gran

avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor

cortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar flores

a una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendo

atraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar que

me seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio que

habitaba la princesa Flavia, a quien envié a preguntar si se dignaba

recibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado con

aclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no había

vacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a mi

noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería la

satisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del

nuevo soberano. Claro está que el Canciller no tenía idea de los

obstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme,

sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la

aprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta que

descubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palacio

de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus

pensamientos.

La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui

recibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara con

la linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a su

saber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lo

más importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba a

dar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a la

Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía que

mostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor por

cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la más

hermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadora

confusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestra

entrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antes

trazado, se juzgará más adelante.

--Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros--me dijo, dándome

por primera vez aquel alto tratamiento.--Como uno de los príncipes de

Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al

convertirse en Rey.

--Dos cosas te ruego, prima mía--le contesté.--Que, Rey o no, me digas

siempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por mi

nombre.

--Me miró un instante y dijo:

--Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo

en ti parece cambiado, hasta tu rostro.

Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación,

por lo que dije:

--Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.

--Sí, está aquí--repuso frunciendo ligeramente el ceño.

--Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho

tiempo--observé sonriéndome.--Más vale así, y me alegro de verlo aquí.

Cuanto más cerca mejor.

La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:

--¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...

--Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?

--No he dicho tal cosa.

--Pero no falta quien lo diga por ti.

--Nunca faltan personas insolentes--observó con encantadora altivez.

--¿Y quizás sea yo una de ellas?

--Vuestra Majestad no puede serlo nunca--dijo haciéndome cómica

reverencia.--A no ser que quieras decir...

-¿Qué?

--Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otra

parte--añadió picarescamente.

A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.

--¿No te importa que tu primo Miguel?...

--¿Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.

--Y Miguel cuando le hablas.

--Sí, por orden del Rey tu padre.

--Eso es. ¿Y ahora por orden mía?

--Si así me lo mandas.

--Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestro

querido Miguel.

--¿Y supongo que también me ordenas recibir a sus amigos?

--¿Los seis?

--¿Tú también los llamas así?

--Por seguir la moda. Pero no te mando recibir más que a las personas a

quienes tú quieras hacer esa honra.

--¿Excepto a ti?

--Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito a

suplicar.

En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió hacia

uno de los balcones.

--¡Es él!--exclamó.--¡El duque de Estrelsau!

Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento. Permanecimos

breves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímos

rumor de voces y pasos en la antecámara. Empecé a hablar sobre diversos

temas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho del

Duque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto,

cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos y

exclamó con agitada voz:

--¿Te parece bien irritarlo así?

--¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?

--Haciéndolo esperar tanto.

--Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...

--¿Es decir, que puede entrar?

--Sin duda, si tú se lo permites.

Flavia me miró con curiosidad.

--¡Qué cosas tienes!--dijo.--Demasiado sabes que mientras estés conmigo

no pueden anunciarme a nadie.

¡Valiosa prerrogativa regia!

--No hay nada como la etiqueta--dije.--Pero había olvidado esa regla por

completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podrían

anunciarte a ti?

--Lo sabes tan bien como yo--contestó admirada.--Podrían anunciarme,

porque soy princesa de la sangre.

--Jamás pude acordarme de todas esas distinciones--dije, en tanto

interiormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.--Pero

sabré reparar mi falta.

--Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré en

la antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el

semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban

en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillón

galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto,

mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. No

era extraño que éste no le tuviese buena voluntad.

Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo. Después lo

conduje yo mismo a la habitación inmediata.

--Hermano--le dije,--de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba

aquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso

para conducir a Vuestra Alteza a su lado.

Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas

buenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun el

más indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome a

solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que

procuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el

verdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y me

figuraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oírme

hablar de «Miguel» y «Flavia.»

--Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano--observó

con fingido interés.

--Sí, me puse a jugar con un perro faldero--dije, resuelto a burlarme de

él,--y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.

Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.

--¡Pero esas mordeduras son peligrosas!--exclamó alarmada la Princesa.

--Nada temas, prima mía--dije.--Otra cosa sería si yo hubiese permitido

al gozquecillo morderme más profundamente.

--¿Pero, le han dado muerte?

--Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.

--¿Y si lo fuese?--preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.

--Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.

--¿Pero no volverás a jugar con él?--preguntó Flavia.

--Puede que sí.

--¿Y si vuelve a morderte?

--Procurará hacerlo, no lo dudo--contesté sonriéndome.

Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme

ofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y

por la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasé

después a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puesto

a mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque

levantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo,

llegado a la puerta, se detuvo para decir:

--Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a

Vuestra Majestad. Esperan en la antecámara.

Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gesto

avinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos.

Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.

--Estos caballeros--dijo el Duque con la más graciosa y perfecta

cortesía,--son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad,

a la vez que fieles amigos míos.

--Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi

estimación.

Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto

alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga

Bersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no

contaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, de

cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tenía

muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buena

espada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés,

con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que

reprimió en seguida.

--Es decir que el caballero Dechard está en el secreto--pensé.

Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví para

despedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambas

habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:

--Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...

--¿De qué?

--Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y

significa tu vida para...

--¿Para quién?

--Para Ruritania.

¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; ambos

caminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.

--¿Sólo para Ruritania?--le pregunté dulcemente.

Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.

--Y también para tus amigos--dijo.

--¿Amigos?

--Y para tu prima--murmuró por fin;--tu amante prima.

No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.

Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga,

sin cuidarse de los lacayos que le observaban.

--¡Qué diantre!--dijo.--No todo ha de ser conspirar y el amor reclama

también sus derechos.

--Lo mismo digo--contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.

El prisionero de Zenda · 第 20 / 47 题