Mi tío Guillermo solía decir, y lo sentaba como máxima invariable, que
nadie debe pasar por París sin detenerse allí veinticuatro horas. Y yo,
con el respeto debido a la madura experiencia de mi tío, me instalé en
el Hotel Continental de aquella ciudad, resuelto a pasar allí un día y
una noche, camino del... Tirol. Fui a ver a Jorge Federly en la
embajada, comimos juntos en Durand y después nos fuimos a la Opera; tras
una ligera cena nos presentamos en casa de Beltrán, poeta de alguna
reputación y corresponsal de _La Crítica_, de Londres. Ocupaba un piso
muy cómodo, y hallamos allí algunos amigos suyos, personas muy
simpáticas todas, con quienes pasamos el rato agradablemente, fumando y
conversando. Sin embargo, noté que el dueño de la casa estaba preocupado
y silencioso, y cuando se hubieron despedido todos los demás y
quedádonos solos con él Federly y yo, empecé a bromear a Beltrán, hasta
que exclamó, dejándose caer en el sofá:
--¡Pues nada, que tienes tú razón y estoy enamorado, perdidamente
enamorado!
--Así escribirás mejores versos--le dije por vía de consuelo.
Se limitó a fumar furiosamente sin decir palabra, en tanto que Federly,
de espaldas a la chimenea, lo contemplaba con cruel sonrisa.
--Es lo de siempre, y lo mejor que puedes hacer es cantar de plano,
Beltranillo--dijo Federly.--La novia se te va de París mañana.
--Ya lo sé--repuso Beltrán furioso.
--Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. ¡La dama pica muy alto
para ti, poeta!
--¿Y a mí qué?
--Vuestra conversación me interesaría muchísimo más--observé,--si
supiera de quién estáis hablando.
--Antonieta Maubán--dijo Federly.
--De Maubán--gruñó Beltrán.
--¡Hola!--exclamé.--¡Conque esas tenemos, mocito!
--¿Me haces el favor de dejarme en paz?
--¿Y adónde va?--pregunté, porque la dama gozaba de cierta celebridad y
su nombre no me era desconocido.
Jorge hizo sonar las monedas que tenía en el bolsillo, miró a Beltrán
dirigiéndole su más despiadada sonrisa y replicó:
--Nadie lo sabe. Y a propósito, Beltrán; la otra noche vi en su casa a
todo un personaje, el duque de Estrelsau. ¿Le conoces?
--Sí, ¿y qué?
--Muy cumplido caballero, a fe mía.
Era evidente que las alusiones de Jorge al Duque tenían por objeto
aumentar las penas del pobre Beltrán, de donde inferí que el Duque había
distinguido a la señora de Maubán con sus atenciones. Era ella viuda,
hermosa, rica, y la voz pública decíala ambiciosa. Nada tenía de extraño
que procurase, como lo había insinuado Jorge, conquistar a un personaje
que ocupaba en su país lugar inmediato al del Rey; porque el Duque era
hijo del finado rey de Ruritania y de su segunda y morganática esposa y,
por consiguiente, hermano paterno del nuevo Rey. Había sido el favorito
de su padre, quien fue objeto de muy desfavorables comentarios al
crearlo Duque y dar por nombre a su ducado el de la capital del Reino.
Su madre había sido de buena familia pero no de alta nobleza.
--¿Sigue en París el Duque?--pregunté.
--¡Oh, no! Se ha ido porque tiene que asistir a la coronación; ceremonia
que de seguro no le hará mucha gracia. ¡Pero no desesperes, Beltrán! Con
la bella Antonieta no se ha de casar, por lo menos mientras no fracase
otro plan. Sin embargo, quizás ella...--Hizo una pausa y dijo,
riéndose:--No es fácil resistir las atenciones de un príncipe real, ¿no
es así, Rodolfo?
--¿Te callarás?--le dije, y levantándome, dejé a Beltrán en las garras
de Jorge y me fui al hotel.
Al siguiente día Jorge Federly me acompañó a la estación, donde tomé un
billete para Dresde.
--¿Vas a contemplar las pinturas?--preguntó Jorge guiñándome el ojo.
Jorge es un murmurador incorregible, y si hubiese sabido que yo iba a
Ruritania, la noticia hubiera llegado a Londres en tres días. Iba, pues,
a darle una respuesta evasiva cuando le vi dirigirse apresuradamente al
otro extremo del andén y saludar a una joven bonita y muy elegantemente
vestida, que acababa de dejar la sala de espera. Podría tener unos
treinta o treinta y dos años y era alta, morena y algo gruesa. Mientras
hablaba con Jorge noté que me miraba, con gran disgusto mío, porque no
me consideraba muy presentable con el largo gabán ruso que me envolvía
para preservarme del frío en aquella destemplada mañana de abril, sin
contar la bufanda que llevaba al cuello y el sombrero de fieltro calado
hasta las orejas.
--Tienes una encantadora compañera de viaje--me dijo Federly al
reunírseme.--Esa es la diosa adorada de Beltrán, la bella Antonieta,
que va, como tú, a Dresde... a ver pinturas también, probablemente. Sin
embargo, me extraña que precisamente ahora no desee tener el honor de
conocerte.
--No he podido serle presentado--dije un tanto mohino.
--Pero yo me ofrecí a presentarte y me contestó que otra vez sería. No
importa, chico; quizás haya un descarrilamiento o un choque durante el
viaje y tengas oportunidad de dejar plantado al duque de Estrelsau.
Pero ni la señora de Maubán ni yo tuvimos el menor desastre, y bien
puedo afirmarlo de ella con tanta seguridad como de mí, porque tras una
noche de descanso en Dresde, al continuar mi jornada, la vi subir a un
coche del mismo tren que yo había tomado. Comprendiendo que deseaba
hallarse sola, evité cuidadosamente acercármele; pero vi que llevaba el
mismo punto de destino que yo y no dejé de observarla atentamente sin
que ella lo notase.
Tan luego llegamos a la frontera de Ruritania (y por cierto que el viejo
administrador de la aduana se quedó mirándome con tal fijeza que me hizo
recordar más que nunca mi parentesco con los Elsberg), compré unos
periódicos y me hallé con noticias que modificaron mi itinerario. Por
motivos no muy claramente explicados, se había anticipado repentinamente
la fecha de la coronación, fijándola para dos días después. En todo el
país se hablaba de la solemne ceremonia y era evidente que Estrelsau, la
capital, estaba atestada de forasteros. Las habitaciones disponibles
alquiladas todas, los hoteles llenos, iba a serme muy difícil obtener
hospedaje, y dado que lo consiguiera tendría que pagarlo a precio
exorbitante. Resolví, pues, detenerme en Zenda, pequeña población a
quince leguas de la capital y a cinco de la frontera. El tren en que yo
iba, llegaba a Zenda aquella noche; podría pasar el día siguiente,
martes, recorriendo las cercanías, que tenían fama de muy pintorescas,
dando una ojeada al famoso castillo e ir por tren a Estrelsau el
miércoles, para volver aquella misma noche a dormir a Zenda.
Dicho y hecho. Me quedé en Zenda y desde el andén vi a la señora de
Maubán, que evidentemente iba sin detenerse hasta Estrelsau, donde por
lo visto contaba o esperaba conseguir el alojamiento que yo no había
tenido la previsión de procurarme de antemano. Me sonreí al pensar en la
sorpresa de Jorge Federly si hubiera llegado a saber que ella y yo
habíamos viajado tanto tiempo en buena compañía.
Me recibieron muy bien en el hotel, que no pasaba de ser una posada,
presidida por una corpulenta matrona y sus dos hijas; gente bonachona y
tranquila, que parecía cuidarse muy poco de lo que sucedía en la
capital. El preferido de la buena señora era el Duque, porque el
testamento del difunto Rey lo había hecho dueño y señor de las
posesiones reales en Zenda y del castillo, que se elevaba
majestuosamente sobre escarpada colina al extremo del valle, a media
legua escasa del hotel. Mi huéspeda no vacilaba en decir que sentía no
ver al Duque en el trono, en lugar de su hermano.
--¡Por lo menos al duque Miguel lo conocemos!--exclamaba.--Ha vivido
siempre entre nosotros y no hay ruritano que no sepa de él. Pero el Rey
es casi un extraño; ha residido tanto tiempo fuera del país, que apenas
si de cada diez hay uno que lo haya visto.
--Y ahora--apoyó una de las muchachas,--dicen que se ha afeitado la
barba y que no hay quien lo conozca.
--¡Que se ha quitado la barba!--exclamó la madre.--¿Quién te lo ha
dicho?
--Juan, el guardabosque del Duque, que ha visto al Rey.
--¡Ah, sí! El Rey, señor mío, está de cacería en una posesión que tiene
el Duque, ahí en el bosque; de Zenda irá a Estrelsau para la coronación
el miércoles por la mañana.
Me interesó la noticia y resolví dirigir al día siguiente mis pasos
hacia la casa del guarda, con la esperanza de ver al Rey.
--¡Ojalá se quedase cazando toda la vida!--me decía mi
huéspeda.--Cuentan que la caza, el vino y otra cosa que me callo, es lo
único que le gusta o le importa. Pues que coronen al Duque; eso es lo
que yo quisiera, y no me importa que me oigan.
--¡Cállese usted, madre!--dijeron ambas mozas.
--¡Oh, son muchos los que piensan como yo!--insistió la vieja.
Reclinado en cómodo sillón, de brazos, me reía al oírlas.
--Lo que es yo--declaró la menor de las hijas, una rubia regordeta y
sonriente,--aborrezco a Miguel el Negro. ¡A mí déme usted un Elsberg
rojo, madre! Del Rey dicen que es tan rojo como... como...
Me miró maliciosamente y lanzó una carcajada, sin hacer caso de la cara
hosca que ponía su hermana.
--Pues mira que muchos han maldecido antes de ahora a esos Elsberg
pelirrojos--refunfuñó la buena mujer; y yo me acordé en seguida de
Jaime, cuarto conde de Burlesdón.
--¡Pero nunca los ha maldecido una mujer!--exclamó la moza.
--También, y más de una, cuando ya era tarde--fue la severa respuesta,
que dejó a la doncella callada y confusa.
--¿Cómo es que el Rey se halla aquí, en tierras del Duque?--pregunté
para romper el embarazoso silencio.
--El Duque lo invitó, mi buen señor, a que descansase aquí hasta el
miércoles, mientras él preparaba la recepción del Rey en Estrelsau.
--¿Es decir que son buenos amigos?
--Los mejores del mundo.
Pero la linda rubia no era de las que se callan por largo tiempo, y
exclamó:
--¡Sí, se quieren tanto como pueden quererse dos hombres que ambicionan
el mismo trono y la misma mujer!
Su madre le dirigió una mirada furibunda, pero aquellas palabras habían
picado mi curiosidad; y antes de que la vieja pudiera reñirla, le
pregunté:
--¿Cómo es eso? ¿La misma mujer?
--Todo el mundo sabe que Miguel el Negro--bueno, madre, el duque
Miguel,--daría su alma por casarse con su prima, la princesa Favia, que
está destinada al Rey.
--¡Pobre Duque!--repuse.--Declaro que empiezo a compadecerlo. Pero el
segundón tiene que contentarse con lo que el mayor le deje, y aun dar
gracias a Dios de que algo le toque.--Y pensando en lo que a mí mismo me
sucedía, me encogí de hombros y me eché a reír. También recordé entonces
a Antonieta de Maubán y su viaje a Estrelsau.
--Lo que es Miguel el Negro...--continuó la muchacha arrostrando la
indignación de su madre; pero en aquel momento se oyeron unos pesados
pasos y una voz brusca preguntó, con acento amenazador:
--¿Quién habla del duque Miguel con tan poco respeto y en sus propias
tierras?
La muchacha dio un ligero grito, entre atemorizada y risueña.
--¿No me acusarás a tu amo, Juan?--preguntó.
--Ahí tienes lo que nos traes con tu charla--dijo la madre.
El hombre que había hablado entró en la habitación.
--Tenemos un huésped, Juan--dijo la posadera al recién llegado, que
inmediatamente se quitó la gorra. Pero al verme retrocedió un paso,
como ante una aparición.
--¿Qué tienes, Juan?--preguntó la mayor de las jóvenes.--Este señor es
un viajero, que viene a ver la coronación.
El guardabosque se había repuesto de su sorpresa, pero seguía mirándome
fijamente, con expresión de intensa curiosidad no exenta de amenaza.
--Buenas noches--le dije.
--Buenas noches, señor--murmuró, observándome sin cesar, hasta que la
rubia exclamó con gran risa:
--¡Sí, míralo bien, Juan; es tu color favorito! Lo ha sorprendido el
color de su cabello, señor viajero; color que no es el que más vemos
aquí en Zenda.
--Dispense el señor--balbuceó el mozo, todavía sorprendido.--No creí
encontrar aquí más que a los de casa.
--Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud. Buenas
noches a todos, y gracias, señoras mías, por su bondad y su grata
conversación.
Me levante, e inclinándome ligeramente me dirigí hacia la puerta. La
alegre muchacha corrió a alumbrar el camino y el joven retrocedió un
paso, fijos los ojos en mí. Al llegar a su lado me dijo:
--Con perdón, señor: ¿conoce usted al Rey?
--Jamás lo he visto, pero espero conocerlo el miércoles.
Nada más dijo, pero presentí que sus ojos siguieron clavados en mí hasta
que se cerró la puerta. Mi picaresca conductora iba delante y al subir
la escalera me dijo:
--No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le gusta a
Juan.
--¿Prefiere quizás el tuyo, eh?
--¡Oh! quiero decir en un hombre--replicó coquetonamente.
--Vamos a ver--dije asiendo el candelero que tenía ella en la
mano;--¿qué importa que un hombre tenga el pelo de tal o cual color?
--Lo que sé es que a mí me gusta el de usted; es el rojo de los Elsberg.
--Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslería. Como ésta;
toma.--Y le di algunas monedas.
--¡Cielo santo!--exclamó.--Lo que es esta noche voy a cerrar la puerta
de la cocina, por si acaso.
De entonces acá he aprendido que el color del pelo es en ocasiones
detalle de la más alta importancia para un hombre.