Viajes por Filipinas
De Manila á Tayabas
Por
Don Juan Álvarez Guerra
(Segunda Edición)
Madrid
Imprenta de Fortanet
Calle de la Libertad, Núm. 29
1887
Al Sr. D. Cristino Martos
_Usted, mi buen amigo, me animó para que volviese á Filipinas, y á
V. le debo los tres años que pasé en Tayabas. Las páginas de este
libro, allí están escritas, y si algo bueno tienen, es la veracidad
de lo que en ellas se consigna. Acójalas con cariño, y no se olvide
que_ «mas allá de los mares», _como decía al hablar de este país un
profundo orador, tiene un verdadero amigo en_
Juan Álvarez Guerra.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS.
CAPÍTULO I.
Adiós á Manila.--_El Batea_.--El puente de la
Convalecencia.--El Pasig.--El recodo de las Beatas.--Santa
Ana.--Paco.--Ruinas de San Nicolás.--Canteras de Guadalupe.--El
Santuario.--Herrera.--Malapadnabató.--Cueva de Doña Jerónima.--Pueblo
de Pasig.--Pateros.--Sarambaos.--Río de Antipolo.--Las orillas del
Pasig.--Sus recuerdos.--Sus fiestas.--Antaño y hogaño.--M. Le-Gentil
y otros autores. _Conocimientos_ del país.--Barra de Napindan.--El
capitán del _Batea_.--Almuerzo en el vapor.--Bertita.--Locuacidad
y mutismo.--Alhajeros ambulantes.--Laguna de Bay.--Unión de dos
mares.--El pantalán de Santa Cruz.--Mi amigo Junquitu.--Madrugada
del 1.° de Julio.--Carromatas.--Palos y atasques.--De Magdalena á
Majayjay.--El río Olla.--Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.--Una noche
en Suiza.--Proyectos
CAPÍTULO II.
Lucban.--Su origen.--Situación.--Mr. Jagor y Sir John Bowring en
camino.--Alturas inexploradas.--Arroyos y torrentes.--Amazonas
tagalas.--Datos estadísticos.--Fechas imperecederas.--La
iglesia, el convento y el tribunal.--Dos cuadros.--Un cocinero
municipal y una mestiza tendera.--Aguas constantes.--Higrómetros
y termómetros.--Frío.--Las frondas del gran Banajao.--Artes y
oficios.--La niña, la hermana y la madre.--Tejedoras.--Petacas y
sombreros.--Música _fuerte_ y música _débil_.--Fray Samuel Mena.--El
pretil del convento.--La campana de las ánimas.--Cofradías.--La
guardia de honor de María.--El Calvario.--El novenario de las
flores.--Las dalagas de Lucban.--La _tagabayan_, la _tagatabi_
y la _tagalinang_.--El feudo y el terruño.--La sangre celeste y la
plebe.--La capitana Babae.--La melodía del Fausto.--Cumplimiento de
una oferta.--El autógrafo
CAPÍTULO III.
Horizontes intertropicales.--Suelo y cielo de Filipinas.--Panoramas
indescriptibles.--La cascada del Botocan.--La grandiosidad ante
los ojos del alma.--Evocaciones y recuerdos.--Un ateo.--El camarín
del Botocan.--Almuerzo al borde del abismo.--Chismografía al
por menor.--Cuentos y anécdotas.--Las mujeres filipinas.--Tipos y
registros.--Opiniones.--Amor desgraciado.--Leyenda y autógrafo.--Camino
de Tayabas.--Llegada á Lucban
CAPÍTULO IV.
El puente del suspiro
CAPÍTULO V.
Despedida de Lucban.--Arroyos que se convierten en torrentes.--Huellas
de un baguio.--Puentes derruídos.--Troncos de cocos.--La sampaca y el
jazmín silvestre.--Pedregales, hondonadas y pendientes.--Relente de
la tarde.--Aguas sulfurosas.--El puente de la Princesa.--Belleza del
paisaje.--Bravía y salvaje naturaleza tropical.--Melancolía.--Una
caña acueducto.--El camarín de Alaminos.--Cuatrocientas dalagas
á caballo.--Tubiganes.--Garzas blancas.--Cuesta y puente de las
Despedidas.--Bulliciosa cabalgata.--Cocales.--El puente de la
Ese.--Vista de Tayabas.--El kilómetro 146.
CAPÍTULO VI.
Tayabas.--Su antigüedad.--Situación.--Estadística.--Pureza de
raza.--El bambán grande.--Fiebres palúdicas.--Su remedio.--Casa
real, tribunal, iglesia y convento.--Una Semana Santa en
Tayabas.--Riqueza de ornamentación.--Correría histórica
alrededor de un escribano de Pilatos.--Fisonomías da los
pueblos.--Comparaciones.--Indolencia.--Supersticiones.
CAPÍTULO VII.
Costumbres.--Poesía popular indígena.--La tradición y el
manuscrito.--_El cumintán_.--¿Qué es el _cumintán_.?--Reminiscencias
moriscas.--El _cariquitdiquitán_.--Pensamientos tomados al oído.--El
indio.--¿Es ó no definible?--El libro en blanco.--Identificación del
indio.--Condiciones para conocerlo.--Fenómenos psicológicos.--Un
regimiento europeo y un regimiento indígena.--Ingratitud y
agradecimiento.--La india amiga y la india amante.--El portalón del
Gloria.--_Titay_.--Una fortuna á la mar.--La Revista Europea viajando
por el reino de Aracan.--Conocimientos de los escritores de allá y
algunos de los de acá.--El cómo se escribe la historia.--Apreciaciones
diversas
CAPÍTULO VIII.
Costumbres.--Casamientos.--Código amoroso indio.--Prólogo al
libro.--Bindoy.--Cabezang Juan y cabezang María.--Los faldones del
munícipe.--Elocuencia de las uñas.--El Eureka tagalo.--El pretendiente
y la pretendida.--_El pamimianan_.--El _amang-cruz_.--Una casa vacía y
una casa provista.--El _habiling_.--Calabazas en redondo.--Influencia
de los mayores.--Rencor indio.--Los picos quemados de una carta.--La
_gayuma_ y _jonjon_.--Aceptación del habiling.--De novio á marido.--El
_pag-haharap_.--Ceremoniales.--La vuelta á la casa.--Novenario.
CAPÍTULO IX.
¿Es ó no feliz Ambrosio?
CAPÍTULO X.
Paseo á caballo.--El cocal de las _Angustias_.--La ermita.--La
esquila del santuario.--Una alborada en los trópicos.--La niña, el
árbol y el crepúsculo.--Una misa en la ermita.--Oración que implora
y curiosidad que investiga.--La madre del dolor.--Una cifra y una
fecha.--Averiguaciones inútiles.--El matandá de la ermita.--La Casa
Real de Cotta.--Las ruinas y la recámara de la muerte.--Estancia
en el barrio de Cotta.--Tamayo y Belloc.--Recuerdos.--Horas
felices.--Salubridad y riqueza.
CAPÍTULO XI.
Costumbres.--Enfermedades y entierros.--El _orimon_.--Creencias
del indio.--El mediquillo.--Confección de una receta.--El
_constructor_ de cigarrillos.--_Dos respiraciones_.--El frío y
el calor.--Muerte de cabezang Pedro.--Al hoyo y ... _talagá nang
Dios_.--La casa por concluir.--Dolor de embarazo--Las plegarias y
la Orden tercera.--Las listas del presente.--_El panalañgin_.--El
sentimiento y el estómago.--_Inoac y sayos_.--El sentimiento y el
indio.--Filosofía del _icao ang bahala_, y el _talagá nang Dios_.--El
cementerio de Tayabas.--La vida y la muerte.--¡Eterno olvido!--El
_dasalan_.--Creencias.--El _lungcasan_.--Último recuerdo del vivo
al muerto.
CAPÍTULO XII.
Estancia en Tayabas.--El archivo del Gobierno.--Trabajos preparatorios
para girar una visita á la provincia.--Preliminares de quintas y
elecciones.--Andoy.--Laboriosidad y mutismo.--El 1.° de Abril.--Salida
de Tayabas.--El río Ali tao.--Barrio de _Muntingbayan_.--Camino de
Tayabas á Sariaya.--El gobernador D. José María de la O.
CAPÍTULO XIII.
Sariaya.--Su situación, límites, historia, productos y estadística.--La
iglesia y el convento.--Una modesta catedral del saber convertida
en un bullicioso templo de Tersípcore.--La mujer de Sariaya.--La
_dalaga_.--El bosquejo, la caricatura y la fotografía.--Más sobre las
hijas del país.--Sistema de gobierno femenino.--¿Manda, ú obedece?--La
india casada con europeo.--El _castila_ y el marido.--Valor de un
calificativo.--Los saludos y el alma de _Garibay_.--Episodio histórico.
CAPÍTULO XIV.
Quintas y elecciones en Sariaya.--Adorno del salón.--Las
_bungas_.--Los capitanes pasados, los cabezas reformados y los
cabezas en ejercicio.--Escrutinio de _canutos_.--Preparación de una
elección.--Los muñidores de allá y los _camisas por fuera_ de por
acá.--Engranaje municipal.--El Gobernadorcillo, el Teniente mayor
y el Juez mayor.--Zambalinas y bastidores.--Votación.--Forma de
hacerse.--Ternas.--Constitución del municipio.--Las _principalas_
de oficio.--El sorteo.--Manera de verificarse.--Fisonomía de un
día de quintas en Filipinas.--Los alrededores de un tribunal y el
interior de un hogar.--Deducciones y apreciaciones.--Lógica pura.--La
cena.--Despedida de Sariaya.--Un santo y un hombre honrado.
CAPÍTULO XV.
De Sariaya á Tiaong,--Monotonía del camino.--Diversidad del resto de la
provincia.--Panoramas.--El _Lagnas_.--Aguas minerales.--El río Quiapo
y el Maasim.--Barrio de Maasim.--Su riqueza y necesidades.--Un indio
rico.--Apunte de una idea financiera.--Cambio de caballos.--Vista
de Tiaong.--Su situación, límites, historia, salubridad,
productos y estadística.--Aspecto del pueblo.--Inclinaciones de sus
habitantes.--La resistencia pasiva.--Falta de edificios.--El consabido
baile.--Brillantes y sayas.--Paredes aprovechadas.--Camino de Tiaong
á Dolores.--Dolores.--Su historia.--Bellos paisajes y riquísimas
aguas.--Regreso á Tayabas en posta.
CAPÍTULO XVI.
De Tayabas á Pagbilao.--El _bantayan_.--Riqueza
de cocales.--Alambiques.--Aguardiente de coco.--Su
fabricación.--_El mananguitero_.--El coco _mura_ y el
_macapunó_.--Crecientes y menguantes de la luna.--Aceite
de coco.--Forma de extraerlo.--Tubiganes.--Quebrada del
Maragoldon.--El Dumaca.--Puente.--Sistema para resguardar
los puentes de madera.--Pagbilao.--Su fundación, límites,
situación, riqueza y estadística.--El convento, la iglesia y las
escuelas.--Fray Manuel Rodríguez.--Importancia que tiene Pagbilao
y la que debía tener.--Conducción de efectos.--Centralización de
poderes.--Observaciones y lógica de los números.--Paráfrasis de un
dicho de Montes.
CAPÍTULO XVII.
Las mareas.--El río de Pagbilao.--El castellano
de _Tabangay_.--Islita de Patayan.--Simón el
lazarino.--Capuluan.--Bajo Talusan.--Antiguas ruinas.--Las rocas
Bagobinas.--Laguimanoc.--Almuerzo.--Un astillero.--Ensenada de
Talusan.--Caserío y bajo de Calutan.--Calilayan, barrio y Unisan,
pueblo.--Historia.--Ladia.--Castillo de Calilayan.--Síntesis de
dos civilizaciones.--D. José Barco.--¡Rumbo á Pitogo!--Bajo
Salincapo.--Cabulijan.--Pitogo.--Cacería de caimanes.--Un
bailujan, un collar de coral y una pregunta.--¡A los
botes!--Macalelong.--Su estadística.--Catanauan.--Su presente y
su porvenir.--Mulanay.--Pastos y cogonales.--Monte Dumalong.--San
Narciso.--Seno de Ragay.--Guinayangan.--Unión de los mares.--El
Cabibijan.--Alunero.--Río y pueblo de Calauag.--López.--Su fundación,
su estadística.--Alto en Gumaca.
CAPÍTULO XVIII.
Gumaca.--Su antigüedad.--Su situación.--Águilas
imperiales.--Castillos de Santa María, San Diego, San Sebastián
y San Miguel.--Estadística.--Saqueo, incendio y peste.--Libros
canónicos.--Reminiscencias valencianas.--Una velada en las
ruinas.--Recuerdo glorioso.--Productos.--De Gumaca á Atimonan.--Una
madera incorruptible y un hongo fosforescente.--Kiosco en el
camino.--Grupos fantásticos.--Compañía no buscada.--Ninay.--Una
presentación por medio de un cigarro.--El _Moro_ y el
Rosillo.--Atimonan.--Su historia, sus productos y su estadística.--Un
bailujan, un regalo y una promesa.--El correo.
CAPÍTULO XIX.
Navegación en _baroto_.--Escasez de luz y abundancia de mosquitos.--Los
principios y los medios.--Horas interminables.--_Malayo
po_.--El monte Soledad.--Vista de Mauban.--Su historia,
estadística y productos.--Episodio glorioso.--Don Simón de Anda
y los franciscanos.--Documento notable.--Setecientos quintales
de plata.--De Mauban á Lucban.--Caminos que hace el hombre y
arreglos que hacen las aguas. Vadeos, precipicios, quebradas y
desmontes.--El Balete.--Barrio de Sampaloc.--La hamaca.--Lúgubres
semejanzas.--Descanso en Lucban.--Vuelta á Tayabas.
CAPÍTULO XX.
Costumbres.--Aprobación de actas.--Un Gobernadorcillo electo
paseando por Manila.--El sastre municipal.--Los faldones del frac,
el sombrero de copa, la camisa de chorreras y el bastón.--Vajilla,
lámparas y rancho.--Diez varas de glasé y diez de gró.--Los
caballeros _utraques_.--Un lío, otro lío y un liito.--El campanario
del pueblo.--Vuelta al hogar.--Exhibición de compras.--La saya de
la capitana.--La pagoda.--El 1.° de Julio.--Juramento.--Misa de
vara.--Recuerdos de las bodas de Camacho.--Un chocolate serio y un
descarnado hueso.--La tenientela mayora y las juezas.--Amontonamiento
de alhajas.--Lectura del _Tadhana_.--La coronación.--El rigodón
oficial.--Un borracho ante un apellido vascuence--Fin de la fiesta
_aniyaya nang bayan_.
CAPÍTULO XXI.
Costumbres.--Fiestas.--El _bínyagan_.--El _unang pag paligo_.--El
_diariuhan_.--El _labac, el puong y la aniyaya_.--El _suizan_.--El
tañido del _tambulic_.--Inspección del barrio.--La cama del Juez
mayor.--Cincuenta y dos días de bailujan.--El _buisan._--Los
_pintacasis_.--Juntas y cabildeos.--Triunfó de la Liceria y de la
Chananay.--Aliño de un teatro en Tayabas.--El cómico de la legua.--¡Ojo
con los empresarios!--Un día de buen comer.--Preparativos de
cuaresma.--_Lapasan_.--El vino en vaso y el coquillo en tabo.--El
_tapatan mang pasión._--_Moros_ y cristianos.--El sábado de
gloria.--El canto del gallo.--_Pascuhan_.--El _hatiran_.--Recuerdo
de una pregunta.
CAPÍTULO XXII.
La provincia de Tayabas á principios del presente siglo.
CAPÍTULO XXIII.
La provincia de Tayabas en general.--Su descubrimiento.--Su
situación.--Creación del obispado de Nueva Cáceres,--Un obispo en
el año 1600 y otro en el 1875.--Fray Francisco Gainza.--D. Simón
Álvarez.--Padrones de 1754, 1831, 1836 y 1875.--Aumento de población
y de riqueza.--Montes y vegas--Aceite de coco.--Caza mayor y
menor.--El _tabon_.--Hierbas y flores olorosas.--Frutos, hortalizas,
granos, resinas y caldos.--Minas.--El tayabense psicológicamente
considerado.--Costumbres antiguas de los tagalos.--La última
cuartilla.--Adiós á Tayabas.--Últimos contornos del Banajao.--La cuna
de un hijo.--Confianza en la caridad de Filipinas.
CHAPTER I
CAPÍTULO I.
Adiós á Manila.--_El Batea_.--El puente de la
Convalecencia.--El Pasig.--El recodo de las Beatas.--Santa
Ana.--Paco.--Ruinas de San Nicolás.--Canteras de Guadalupe--El
Santuario.--Herrera.--Malapadnabató.--Cueva de Doña Jerónima.--Pueblo
de Pasig.--Pateros.--Sarambaos.--Río de Antipolo.--Las orillas del
Pasig.--Sus recuerdos.--Sus fiestas.--Antaño y hogaño.--M. Le-Gentil
y otros autores. _Conocimientos_ del país.--Barra de Napindan.--El
capitán del _Batea_.--Almuerzo en el vapor.--Bertita.--Locuacidad
y mutismo.--Alhajeros ambulantes.--Laguna de Bay.--Unión de dos
mares.--El pantalán de Santa Cruz.--Mi amigo Junquitu.--Madrugada
del 1.° de Julio.--Carromatas.--Palos y atasques.--De Magdalena á
Majayjay.--El río Olla.--Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.--Una noche
en Suiza.--Proyectos.
En la madrugada del 30 de Junio de 187..., dejé los incómodos asientos
de un desvencijado _sipan_, tomando el que dicen camino--por más
que no sea ni aun vereda,--que dirige al modesto embarcadero que en
la margen del Pasig, y al pié del magnífico puente colgante, tienen
los vaporcitos que hacen la carrera entre Manila y la provincia de
la Laguna.
Instalado en la cámara de popa, mediante cuatro pesos, que fueron
canjeados por un tarjetoncito amarillo y grasiento por el uso,
principió la maniobra de largar. Silbó el vapor, desatracamos, y
sorteando numerosas bancas zacateras, pusimos rumbo contra corriente,
á la laguna de Bay.
Las palas del vaporcito, pesadamente batían las aguas del Pasig,
evitando el timonel con una lenta marcha, el choque con alguna de
las muchas pequeñas embarcaciones que afluyen en aquellas horas á
las cercanías del puente colgante, cargadas unas de cocos, verduras,
leña, piedras, ladrillos y tejas, y conduciendo otras gran número de
alegres cigarreras que tienen su trabajo en la fábrica de Arroceros, y
su domicilio en alguna de las poéticas casitas que bordan las orillas
del río, y forman parte de los pueblos que hemos de ver desde las
bandas del vapor.
A las pocas orzadas, dejamos por la proa los descarnados pilares
de madera que serán en su día la sustentación del puente de la
Convalecencia, así llamado,--se entiende cuando esté concluído [1]
porque pondrá en comunicación las dos orillas del Pasig, siendo
la principal base y en la que descansará aquel, la pequeña isla de
Convalecencia, en la que vimos destacarse un amplio edificio, que
nos dijeron ser el Hospicio.
Doblado el recodo que forma la islita, pudimos apreciar las
esbeltas y elegantes construcciones de la calzada de San Miguel;
construcciones, que de día en día, van perfeccionando, hasta el punto,
que vimos una, constituyendo un verdadero palacio á la moderna. Dicho
palacio es de hierro en su mayor parte; en sus jardines, cortados
á la inglesa, se encuentran estatuas en gran profusión, y por las
entreabiertas ventanas de los muros--cuyas líneas son una reminiscencia
morisca--indiscretamente se asoma el sibaritismo oriental, por mas
que trate de ocultarse entre cortinajes, importados de los ricos
telares del viejo mundo.
Siguiendo la línea de construcciones, dejamos á la proa, Malacañang,
residencia de nuestra primera Autoridad, y bien modesta por cierto,
para la jerarquía del alto Jefe que la habita. Á continuación de
Malacañang--palabra tagala que quiere decir casa del pescador,--quedó
el barrio de Nagtajan, desde el cual las orillas del río principian
á tomar otro carácter. La piedra, el hierro y el ladrillo, son
sustituidos por la caña, la nipa, y la palma brava, los cuidados
jardines, por las revueltas y compactas agrupaciones de plátanos,
bongas y cañas; mezclándose las mansiones de recreo, con centros
manufactureros, en los que predominan las alfarerías, las canteras y
las cordelerías. En alguna de estas últimas, la alta chimenea indicaba,
que bajo su negro tubo se aprisionaban las múltiples fuerzas del vapor.
Distraídos en la contemplación de la ribera que teníamos á babor,
dejamos el poético pueblecito de Pandacan, doblamos el recodo de las
Beatas--así llamado, por haber existido en aquel lugar, un piadoso
establecimiento de monjas,--y no sin trabajos, en los que hubo que
emplear el _tiguin_ para evitar los cientos de salientes que forman
las revueltas del Pasig, nos pusimos á la altura de la sólida iglesia
del pueblo de Santa Ana, teniendo también dentro de nuestro horizonte
visible, el remate del torreón de la de Paco.
Tras la bullente estela de _El Batea_, fueron quedando, el rústico
embarcadero de Lamayan, la sólida iglesia de Mandaloyo--por cuya cima
se destacaban los picachos de los montes de Mariquina--los pueblos
de San Pedro Macati y Guadalupe, el vadeo de San Pedrillo,--que
pone en comunicación el barrio de ese nombre con aquel pueblo,--y
las ruinas de San Nicolás, con su histórica peña, en que dice la
tradición se convirtió un caimán, á la invocación que hizo un chino
en aquel sitio, á dicho Santo, estando próximo á ser devorado por el
carnicero _saurio_.
El santuario de Guadalupe fué el primer templo de Filipinas en que
se empleó el ladrillo y piedra para bóveda. Fué construido por un
fraile agustino, pariente del inmortal Herrera, á quien se debe el
Monasterio del Escorial. El que dirigió el alegre santuario, dió más
tarde ancho campo á la valentía de sus concepciones, en las magníficas
obras de San Agustín de Manila, cuyo templo forma una hoja de laurel
con el ilustre apellido de Herrera.
El pueblo de San Pedro Macati, perteneció á los padres jesuítas;
á la salida de estos, fueron comprados sus terrenos y hacienda por
el marquesado de Villamediana.
Pasado el sitio donde se dice se operó el milagro, y al que van en
romería, y con toda la devoción de que son susceptibles los chinos,
se principian á ver en ambas orillas del río grandes depósitos de
piedras toscamente labradas, procedentes de las canteras de Guadalupe,
las que suministran y llenan en gran parte las necesidades de Manila
y sus arrabales. Dichas piedras, aunque muy porosas, y por lo tanto
de fácil desmoronamiento, son apreciadas, y su transporte se hace en
grandes bancas, que son vaciadas al pié del puente colgante, ó á las
márgenes de los muchos esteros que afluyen al Pasig.
Las precauciones tomadas por el capitán, colocando á toda la gente de á
bordo con _tiquines_, á la banda de estribor, nos hicieron comprender
las dificultades que para doblarla presentaba la acantilada roca de
_Malapadnabató,_--palabra tagala, que quiere decir, piedra ancha.--Los
bellísimos helechos que tapizan el estrecho paso que abre en la peña
el camino qué dirige al pueblo de Pateros, es altamente bello, y el
naturalista tiene en aquellas graníticas paredes preciosos ejemplares
de gigantescos musgos. Casi frente á la peña de _Malapadnabató_ se
halla el vadeo de aquel nombre, en el que, una rústica garita, y uno
menos rústico camarín, señalan un puesto de carabineros, llamados á
vigilar las importaciones que lleva á Manila el Pasig. En las cercanías
de la garita, y visible perfectamente desde el vapor, se destaca la
entrada de la cueva de _Doña Jerónima,_, de cuya cueva--que dicen
se comunica con la de San Mateo,--cuentan los indios terroríficas
historias de aparecidos, duendes, y sobre todo de tulisanes. Se
afirma que el nombre que lleva es debido á que en su cavidad hizo
vida cenobítica una pecadora arrepentida llamada Doña Jerónima;
habiendo quien asegura, por el contrario, que aquella cavidad fué
hecha para baño de una sibarita y opulenta señora.
Á un tiro de bala de la cueva se levanta la iglesia del rico pueblo
de Pasig. Aquí, el horizonte se ensancha y se aprecian distintamente
las desigualdades de los escabrosos y agrestes montes de San Mateo.
Las orillas de esta parte del río están llenas de cascos y bancas. Los
indios de Pasig son tenidos por los mejores bogadores de la provincia
de Manila. Son, en efecto, muy fuertes, y manejan con destreza y
vigor la ancha y corta pala que les sirve de remo, al par que de timón.
Hubiéramos querido visitar de noche el pueblo de Pasig para _ver_
el uniforme que usan los serenos, de que nos habla Mr. Jagor, en sus
_Viajes por Filipinas_.
No bien concluímos de oir el desagradable graznido de los miles de
patos que rodean las cercanías del vadeo de Pasig, cuando el panorama
varía por completo. Dilatados campos sembrados de palay, se muestran
por doquier. Las riberas se despojan de las verdes y poéticas bóvedas,
viéndose al carabao arador que pesadamente abre el surco en que ha de
fructificar el arroz. En este dilatado trayecto va ensanchándose el
cauce, contándose en él gran número de _sarambaos_, en cuya plataforma
no solamente se alzan los cruzados brazos de caña que sostienen la
red, sino que también un cobacho de nipa, en el que vive toda una
familia, cuyos individuos, durante las horas de trabajo, tienen su
puesto y su lugar de maniobra en aquel rústico aparato flotante,
cuyo mecanismo se reduce á una red tejida de cabo negro pendiente en
sus cuatro extremos de unas cañas, que á su vez las sujeta un mástil,
dispuesto de forma, que un contrapeso graduado sumerge y hace subir
la bolsa que forma la red.
Tras consagrar un piadoso recuerdo á la milagrosa imagen de Antipolo,
á la vista del río, cuyo cauce siguen la mayor parte de los miles
de romeros que visitan el santuario, y después de una corta marcha,
franca y desembarazada, entramos en la barra de _Napindan,_ que abre
la gran _Laguna de Bay_.
Las riberas del Pasig han sido objeto de rimas y trovas, y sus
aguas cantadas por _melancólicos_ amantes y por músicos más ó
menos inspirados. El día de San Juan y los tres de carnestolendas
constituían cuatro fiestas fluviales, en las que los remojones,
las regatas y las _enfrentadas_ en banca, figuraban en primer
término. La libertad que reinaba en estas diversiones, la convierte en
libertinaje _M. Le-Gentil_ en las descripciones que de ellas hace en
sus _Viajes_. Dicho francés, que dignamente precedió en _exactitud_
en la manera de narrar costumbres á otros compatriotas suyos, vino
á estas islas el año 1767, por orden de su rey á estudiar el paso
de Venus por el disco del sol; y si observó el cielo, de la forma
que lo hizo del suelo, no hay duda que el monarca francés quedaría
completamente enterado de el _paseito_ de Venus. Como _M. Le-Gentil_
vino á observar los astros, nada tiene de extraño que al escribir
costumbres filipinas en Francia, se acordara de el tan sabido cantar
«_de el mentir de las estrellas_».
En honor á la verdad, no nos debe tampoco extrañar esto en extranjeros,
cuanto que ahora bien recientito [2] se ha publicado en Madrid
un libro titulado _Recuerdos de Filipinas_, y una _Memoria_ en
Barcelona, sobre colonización de estas islas, que dan gozo leer. Si los
recuerdos del autor del primero tienen el valor que los de su libro,
no me extrañaría se le olvidara _hasta_ el saber escribir, lo que es
difícil, pues literariamente hablando el libro es bueno. En cuanto
al autor de la _Memoria_, solo diremos que muy formalmente afirma en
el prólogo llevar estudiando diez años de colonización filipina, y en
efecto ... , á las cuatro páginas dice, que los principales productos
de exportación de este país, los constituyen entre otras cosas--en
que por cierto no cita el abacá--los _mongoz_ (?), las _naranjas_
y _los cortes de pantalón _... ¡Bien! ¡muy retebién, por los _cortes
de pantalón, los mongoz_ y los _diez años_ de colonización!
Á las once de la mañana, navegando en plena laguna, se sirvió el
almuerzo, sentándose á la mesa el capitán, antiguo lobo marino
de la carrera del _Cabo_, que le ahogaba el calor de la caldera,
la estrechez del barco, lo limitado del horizonte, y más que todo,
el agua dulce, que en tres palmos de fondo batían las palas de las
ruedas. Se comprende el mal humor que habitualmente dominaba al capitán
del _Batea_, acostumbrado á recorrer la grandiosidad de los inmensos
desiertos del Océano.
La vida del agua dulce, la monotonía de una ribera siempre la misma,
la precisión de las llegadas, las inofensivas y uniformes varadas,
la etiqueta de la cámara, el tiquin, la falta de olas, de horizonte,
de grandiosidad, de espacio y de luz, traían al bueno del capitán de
un humor que había ratos en ni él mismo se podía sufrir. El hombre
de mar metido entre las cuatro tablas de un vaporcito ribereño, es
como el milano de las regiones australes, que se le encerrara en un
jaulón de gallinas.
--¡Capitán! ¿cómo se llama ese aparato de pesca?--le dije señalándole
una balsa que se veía en la orilla.
--No sé--me contestó con marcada aspereza.--No conozco--añadió--más
aparatos de pesca, que los arpones balleneros y los dobles aparejos
para izar las _tintoreras_ de los trópicos.
--Pescas que deben ser muy peligrosas, capitán.
--¡Capitán! ¡capitán!--repitió con acentuado desprecio.--¿Capitán de
qué? ¿de este cajón con ruedas? ¡Mil rayos y bombas! ¡Capitán de río,
sin rol, sextante, ni brújula, con cuatro rajas de leña en la bodega,
una derrota de diez horas, un buque en miniatura y un _tiquín_ por
timón! ¡Vaya un capitán!
El sarcasmo y la rudeza de las palabras del antiguo marino,
involuntariamente me hicieron recordar al célebre personaje de la
_Agonía_, drama en que Larra dice por boca de un viejo contramaestre
de los que acompañaron á Colón, «que las tormentas en tierra, son
truenos que apenas se oyen y gotas de agua que ensucian». El capitán
del _Batea_ era un retrato del viejo _lobo_ de la _Niña_.
Ya que hemos principiado á bosquejar tipos, vamos á trazar cuatro
brochazos--por más que sea á la ligera--en los bocetos de los
personajes que ocupaban la mesa. A la derecha del capitán, que sudaba,
no tinta, sino brea, embutido en un corbatín y una americana negra, se
encontraba sentada una _empleada_ que respondía al nombre de Bertita:
ojos melados, negros, grandes, y velados de largas pestañas; pelo
fino, lustroso, abundante, negro como sus ojos; nariz pequeña y un
tanto arremangada, símbolo de burla; labios finos; dientes, aunque
de mortales huesos, y no de perlas, compactos, blancos é iguales;
tez morena; seno alto y exuberante; manos redondas y pequeñas, y
sonrisa marcadamente picaresca, constituían el distinguido conjunto de
Bertita, que vestía ligera y limpia bata de viaje, recogido sombrero
de terciopelo con pluma, cuello y puños á la marinera, cinturón de
piel de Rusia, y diminutas botitas color café.--¿Les gusta á ustedes
el tipo?--Sí.--Pues á mí también. El capitán, de cuando en cuando,
la miraba de reojo, y hasta creo que el buen hombre se olvidaba
de todos los horizontes de los trópicos, por el pequeño cielo que
constituía la risueña cara de Bertita, en la que no había mas nubes
que un picaresco lunar puesto en el labio superior con más malicia
que queso en ratonera. A la mitad del almuerzo, ya nos había contado
quién era, adonde iba, porqué había venido, quién era su padre,
su abuelo y hasta un primito á cuyo solo nombre, largó un bufido muy
pronunciado un respetable y obeso señor que estaba sentado á su lado,
y que á grandes rodeos--pues en esto, era lo único en que enmudecía
Bertita--supimos era su esposo. _Este_, como le llamaba _aquella_,
tenía una _cara_ de todo un buen hombre; el _género_ paciente y la
_clase_ resignada, se definían perfectamente en aquel armazón de
carne, en la que brillaban dos ojillos azules, unas narices abultadas
y granugientas, y una calva cercada de algunos mechones blancos,
compañeros de un enmarañado y desigual bigote. Toda la locuacidad
de Bertita, era mutismo en el señor D. Paco, quien se limitaba á
aprobar con monosílabos los largos períodos que salían de la fresca
y sonrosada boca de su esposa.
Ocupaba la izquierda del capitán, uno de esos misteriosos seres que
de cuando en cuando aparecen por las provincias del Archipiélago,
llamándose unas veces alhajeros y otras naturalistas, por más que en
la generalidad de los casos, sean verdaderos caballeros de industria,
que á la sombra de cuatro maletas llenas de abalorios y hoja de
lata, engañan la credulidad de los indios; sirviéndoles otras veces
de pretexto, media docena de plantas parásitas, que ni entienden,
estudian ni clasifican. Al lado de estos últimos, los hay--y yo me
honro con la amistad de algunos--que recorren los bosques de este
país con el afán de enriquecer la ciencia, sufriendo toda clase de
privaciones, ante la satisfacción de aumentar sus herbarios. El tipo
que nos ocupa, no puedo definir á qué clase pertenece. Habla poco y su
acentuación señala al gascón, por más que dice es alemán; come bien,
y sobre todo bebe mejor. Completaban los comensales, una pálida,
mestiza china, más difícil de bosquejar que el anterior.
Al lado de la mestiza, observaba y comía el autor de estas líneas.
--¡Jesús, que café, capitán!--dijo Bertita, haciendo un gracioso
mohín de desagrado al saborear el negro líquido que humeaba en la
taza:--nunca podré acostumbrarme á estos brebajes recordando el
Moka que se tomaba en casa del Ministro, el primo de _este_. Pues
no digo á ustedes nada, del que se servía en la embajada de Rusia,
ni el que se daba en las _soirées_ de la Baronesa: ¡Jesús, Jesús,
qué país! Veinte días hace que desembarcamos, y lo que es así pronto
me vuelvo á mi Cádiz.
Ya pareció aquello, dije para mis adentros, andalucita tenemos.
--Pues no crea V. que esto es tan malo--la dije--cuando V. se instale,
y lleve algún tiempo de país, le parecerá muy bueno.
Él silbido del vapor cortó nuestra conversación, al par que nos
anunciaba la llegada á Biñan. El bretón se quedó en aquel pueblo.
Nuevamente en marcha, cada cual procuró colocarse lo mejor que pudo,
tanto en la cámara como sobre cubierta.
El vapor navegaba por la extensa laguna de Bay, madre del Pasig. Las
aguas de aquella en los fuertes _Sures y Nordestes_, toman gran
movilidad, haciéndose un tanto peligrosa la navegación en pequeñas
embarcaciones. Varios naufragios registra la crónica de la laguna de
Bay, y según algunos pesimistas, aquella es una constante amenaza para
Manila. No conozco el desnivel que existe entre la laguna y Manila,
si bien debe ser mucho, dada la situación que aquella ocupa y lo
rápido de la corriente del Pasig.
La laguna de Bay--que no sabemos qué razón hay para no darle el
nombre de lago, pues aun de estos habrá pocos en el mundo que midan
las grandiosas proporciones de aquella--tiene un circuito que se
hace subir por unos á 35 leguas y por otros á 30. Esta laguna tiene
islas, penínsulas, cabos y ensenadas, y en sus orillas, se asientan
ricos y bellísimos pueblos, contándose entre ellos, el de Santa Cruz,
cabecera de la provincia. La península que forman los ricos terrenos
de Jalajala, y los poéticos sitios que rodean á Los Baños--pueblecito
así llamado por tener unas termas de reconocidas propiedades
medicinales,--son lugares que encontramos en los itinerarios de la
mayor parte de los _turistas_. Las playas de aquel pequeño mar--pues
no otro nombre debe dársele--están salpicadas de bonitos pueblos,
los cuales de día en día, ven con creciente temor que las aguas van
invadiendo sus territorios, fenómeno fácil de explicar, si se tiene en
cuenta la cantidad de agua y arenas que arrastran las treinta y tres
vías que alimentan la laguna, con la desproporción de su desagüe,
que se opera por una sola, que es la del Pasig. La aglomeración de
arenas, va haciendo difícil la navegación por muchos sitios, y si
en un plazo corto no se establecen servicios de dragas, la barra de
Napindan opondrá un poderoso obstáculo á los más reducidos calados
al par que las aguas irán absorbiendo territorio. La cordillera
del Bay-bay limita uno de los horizontes de la laguna, la que podría
unirse con el mar Pacífico, de abrirse un canal en aquella cordillera,
única barrera que se interpone entre ambas aguas.
Á las cuatro de la tarde, después de no pocas varadas, atracamos al
_pantalán_ de Santa. Cruz.
Hechos los ofrecimientos y despedidas de ordenanza, vino un fuerte
abrazo, dado por mi querido amigo D. Manuel Junquitu, quien me esperaba
en el desembarcadero.
El resto de la tarde lo pasamos en visitar el pueblo, el cual me
pareció sucio y triste. Está dividido por un río, sobre el cual se
levanta un magnífico puente, construido en estos últimos años. La
cárcel, hecha en pequeño bajo el modelo de la de Bilibid, de Manila;
la iglesia, convento, y Casa Real, [3] son los únicos edificios
notables que tiene Santa Cruz.
Por la noche después de la cena, nos obsequió el bondadoso Alcalde
D. Antonio del Rosario con una serenata que oímos desde los balcones
de la Casa Real.
Á las once, habiendo dejado todo dispuesto para seguir mi viaje,
me acosté.
Muy de madrugada fuí despertado, tomando después del indispensable
chocolate, los duros asientos de una carromata tirada por dos
_pencos_. Palo aquí y atasques allá, llegamos al cabo de hora y media
á Magdalena, en donde mudamos de caballos, continuando hasta Majayjay,
pueblo muy nombrado y conocido por tener en su jurisdicción la célebre
cascada del _Botocan_.
De Magdalena á Majayjay puede hacerse el camino en tiempo de secas
en carruaje, empleando dos horas, siendo expuesta esta forma de
locomoción cuando reinan las aguas, en cuya época, lo accidentado del
terreno y los aguaceros torrenciales que manda el _Banajao_, ponen
el camino intransitable. En dicho camino es notable un puente que se
eleva sobre el río Olla, dedicado á Nuestra Señora de la Sacristía,
según leímos en la piedra.
En Majayjay, fuí á parar á la casa del suizo D. Gustavo Tóbler,
excelente naturalista, radicado y casado en el país. Jamás olvidaré
las horas que pasé al lado de aquella inteligencia verdaderamente
cosmopolita, y de aquella actividad incansable. Interpretaba al piano
con envidiable maestría las más delicadas melodías de Beethoven, y
fotografiaba con su cáustico lápiz, ó su correcta pluma, las costumbres
filipinas. El tiempo que le dejaba libre el cuidado de un magnífico
cafetal, lo repartía entre el amor de su esposa, el cariño de sus
hijos, el estudio, y el preparado y conservación de sus colecciones.
Amante, hasta el delirio, de su país, vivía feliz entre las agrestes
fragosidades que rodean á Majayjay, las cuales le recordaban las
pintorescas montañas de Suiza. Efecto de su laboriosidad contrajo una
afección al hígado, que le condujo al sepulcro siendo aún joven. Murió
en Hong-kong, dejando algunos trabajos inéditos, que el autor de
estas líneas le vió escribir en una temporada que vivieron juntos.
La tarde que llegué á Majayjay y en la que por primera vez hablé al
Sr. Tóbler, se concertó que á la madrugada siguiente visitaríamos
la _cascada_. El resto de tarde y noche hasta que nos acostamos, la
ocupamos en recorrer y examinar el pequeño museo que constituía la
casa del Sr. Tóbler, quien con su acostumbrada amabilidad explicaba
objeto por objeto. Pájaros, mariposas, reptiles, herbarios y parásitas,
había por doquier. Al lado de Linneo y Cuvier, se veía á Goethe y
Cervántes, confundidos con espátulas y bisturís, lápices y pinceles,
mezclándose en este conjunto los tarros de jabones arsenicales,
con los tubos de colores. Lo artificial, juntamente con lo natural,
las obras del hombre, con las obras de Dios.
En la época á que me refiero, concluía el Sr. Tóbler un precioso álbum
de costumbres filipinas, que más tarde mandó litografiar á Alemania,
formando un curiosísimo tomo, del cual conservo un ejemplar que
me regaló.
Ya era bien entrada la noche, cuando dejamos la conversación, yendo
en busca del lecho, en el que no tardé en quedarme dormido al arrullo
de un riachuelo que corre cerca de la casa.
CHAPTER II
CAPÍTULO II.
Horizontes intertropicales.--Suelo y cielo de Filipinas.--Panoramas
indescriptibles.--La cascada del Botocan.--La grandiosidad ante
los ojos del alma.--Evocaciones y recuerdos.--Un ateo.--El camarín
del Botocan.--Almuerzo al borde del abismo.--Chismografía al
por menor.--Cuentos y anécdotas.--Las mujeres filipinas.--Tipos y
registros.--Opiniones.--Amor desgraciado.--Leyenda y autógrafo.--Camino
de Tayabas.--Llegada á Lucban.
Hay panoramas en este país imposibles de describir ni pintar. La más
fácil pluma y el más valiente pincel vacilan en la cuartilla y en la
paleta; ni en la primera se pueden coordinar ideas, ni en la segunda
combinar colores que remotamente se aproximen á la realidad. Me decía
un pintor en una ocasión que presenciábamos la puesta del sol:--Vea
usted ese horizonte desconocido completamente fuera de las regiones
intertropicales, y dígame si habrá quien pueda soñar esa clase de
tintas.--Aquel artista tenía muchísima razón. El pincel es impotente
ante la insondable bóveda de los trópicos.
Si imposible es pintar el cielo de este país, tanto lo es el describir
algunos panoramas de su suelo. Muchas y magistrales descripciones de
la cascada del Botocan conozco; respetables firmas suscriben aquellas;
eminencias en la república de las letras la han admirado; buenos
poetas le han consagrado sus inspiraciones, y hasta extraviados amantes
la han popularizado haciendo á sus hirvientes espumas, cómplices de
amargos desengaños; mas soy franco, ni la tradicional leyenda, ni el
fugaz artículo, ni el profundo libro, ni el cuadro, ni la narración,
ni nada de lo que hasta entonces había leído, visto ú oído referente
á la cascada, se evocó á mi memoria cuando llegamos al borde del
grandioso precipicio. La emoción y la sorpresa son instantáneas,
pues la situación y configuración del terreno donde la masa de
agua se precipita, tiene una depresión particular que no permite
al viajero apreciar detalle alguno, sino todo el conjunto. Una sola
visual descorre el grandioso cuadro, y el estupor invade la materia,
concentrando la admiración en el espíritu.
El vértigo, la grandiosidad, lo insondable, lo indefinido; masas de
agua que se coloran, que chocan, que ensordecen; abismo que atrae y que
fascina; transparentes trombas que se cristalizan, se retuercen, y por
último se esparcen en gigantescas cabelleras, cuyos hilos de plata al
rozar en la roca se descomponen y se elevan en tenues vapores; millones
de preciosos cambiantes con los que se ilumina la granítica cárcel,
en la que el Sumo Hacedor guarda una de sus más bellas creaciones;
sombras queridas que forja la fantasía envueltas en transparentes
encajes de espuma; tiernas evocaciones de otras edades y otros tiempos;
gratas reminiscencias de seres amados; consoladoras fantasmas surgidas
de las compactas brumas; misteriosos ruidos que suplican, amenazan,
suspiran ó maldicen, es lo que instantáneamente se agolpa y embarga
nuestros sentidos al llegar al borde de aquel abismo, en cuyo negro
fondo truena la grandeza del Dios del _Sinaí_, recordando á los
mortales el terrible _Dios ira_ de los inmutables y eternos fallos.
Todo lo grande despierta en el alma cuantos sublimes ensueños se
elaboran en los misterios de la admiración. El espectador se encarna
con el cuadro que presencia, se paralizan sus sentidos y el éxtasis
alienta las más tiernas creaciones. Un poeta ante la cascada del
Botocan, resucita todos los colosos del sentimiento, y al murmurio
de las ondas, recuerda sus inmortales producciones.
El artista aprecia con los ojos del alma las más sublimes imágenes
y sueña con la realización de su ideal, viendo surgir de las
tornasoladas espumas los rayos de luz que iluminaron la mente de
Murillo y Rafael; las columnas monolíticas, imperecederas memorias de
edades prehistóricas; las atrevidas afiligranadas ojivas moriscas,
síntesis de la mas grande de las epopeyas; las medrosas siluetas
de las esfinges faraónicas con sus impenetrables jeroglíficos; los
derruídos circos romanos, compendio de la salvaje barbarie, al par
que del sibaritismo de los antiguos imperios; los truncados altares
druídicos con los tiernos recuerdos de sus _vestales_, y lo horrible
de sus sacrificios; los almenados cubos de las feudales torres,
con sus severas damas, sus tiernos trovadores, sus rientes bufones,
sus turbulentos caballeros; la estalactítica gruta, débil remedo
del sumo poder; el triunfo, el genio, la gloria, las aspiraciones,
la esperanza, el amor, las titánicas empresas; todo, todo cuanto
embellece la vida desfila ante el letárgico estupor á que predispone
la contemplación de todo lo grande..
* * * * *
El plano por el que se precipitan las aguas del Botocan, no tiene
rampa, siendo perfectamente perpendicular.
Las paredes que forman el abismo, tienen casi la misma altura,
y en cuanto á su circunferencia es muy limitada, tanto, que cuando
las aguas son caudalosas, rompen en el muro paralelo al en que se
precipitan, cubriéndose de vapores, tanto el total del fondo como la
boca de la sima.
Hecha esta pequeña explicación, se comprende que no hay preparación
alguna para el espectáculo; á cinco pasos del borde solo se ve un
bello paisaje y un raquítico río, con un puente de bongas y cañas;
percibiendo el oído el ruido repercutido, que llega muy amortiguado
al romper las ondas en las encadenadas rocas.
Muchas veces he admirado la cascada, y siempre su espectáculo me
parece nuevo. Al borde de aquel precipicio, he pasado muchas horas de
contemplación. Allí, por un poder misterioso y consolador, me creía
más cerca de Dios, y de los seres que sintetizan y compendian mi fe,
mis esperanzas y mis amores. No pocas veces el ruido atronador de las
aguas se ha mezclado con una oración murmurada por mis labios y un
profundo suspiro arrancado de mi alma, dirigiendo la primera al cielo,
y el segundo al tranquilo y lejano hogar que guarda mi cuna. Una de las
veces que visité el Botocan, fuí acompañado de un amigo que tiene sus
_ribetes_ de ateo. Observé cuidadosamente las impresiones que reflejaba
su cara á la vista de aquel cuadro, cuando de pronto se volvió á mí,
diciéndome con una verdadera emoción:--«Hay misteriosos templos,
fabricados en la insondable noche de los tiempos, ante los cuales la
rodilla se dobla, el espíritu se fortalece y el alma busca tras lo
desconocido á quien los crea y alienta.»--La espontánea confesión de
mi amigo, resume la mejor definición de la cascada del Botocan.
Como todo tiene su término, también lo tuvo en la mañana á que me
refiero la admiración de que estábamos poseídos, esparciéndose unos
por aquí, y otros por allá, buscando los más la sombra de un rústico
camarín levantado en uno de los bordes más altos de la roca. Allí se
sirvió el almuerzo, encontrándonos envueltos en los frescos efluvios,
pudiendo jurar á mis lectores, que pocos recuerdo como aquel. El
Burdeos y el Champagne concluyeron de disipar las últimas nubes de
emoción, sustituyéndolas por risueños horizontes de color de rosa.
Á los postres _acudieron_ las anécdotas, los sucedidos, los
apropósitos, la chismografía de buen género y todo el vocabulario
de gente joven y de buen humor. Con las superfluidades y dicharachos
del momento vino el picaresco cuento con sus indispensables gallegos
y andaluces, y tras la facundia de estos y el engaño de aquellos, se
recordaron escenas amorosas. De relato en relato, de idilio en idilio
y de desengaño en desengaño, vinimos á parar á las mujeres del país,
y cada cual opinó á su manera. Unos decían que la india ama, que la
mestiza española es indiferente y la china fría y calculadora; otros,
que las mujeres en todas partes son lo mismo, y por último, después
de barajarse la conversación por todos los tonos, tipos y registros,
dijo uno en son profético y concluyente:
--Nada, caballeros, hay que desengañarse, en este país, ni las mujeres
aman, ni los pájaros cantan, ni las flores huelen.
--¡Eh!--murmuró uno con la misma viveza que si le hubiera picado una
culebra.--¡Qué blasfemia ha dicho usted! En esa especie de aforismo,
solo se compendia una de las muchas vulgaridades que se repiten en
este país, por quien no lo conoce.
--Que pruebe que las mujeres aman--dijo uno.--Que nos demuestre que
los pájaros cantan--gritó otro.
--Pues que justifique que las flores huelen--balbuceó un tercero.
--Que sí, que sí, que lo pruebe, que lo pruebe, que lo
_pruebe_,--gritamos todos.
--Corriente, señores, dijo con gran calma el interpelado.--Allá
va, no una leyenda, sino un verídico suceso: testigo de él nuestro
amigo Tóbler.
Hace unos cuantos años, bajamos el Sr. Tóbler y yo al fondo de ese
abismo; y ¿saben ustedes á qué? Pues á recoger los últimos restos
de una pobre mujer que buscó en el suicidio el olvido á un amor
desgraciado.
--No sería del país,--replicó uno.
--Del país, y muy del país; tanto que no cuento detalles, porque no
lejos de aquí viven parientes muy allegados de aquella desgraciada
joven.
--¡Vaya unas pruebas!--añadió un tercero.
--¿No ha satisfecho? ¿No? pues escuchen.
Tras estas palabras, _tomó plaza_, en boca de mi amigo, una poética
leyenda que hacía referencia á los sitios que pisábamos, á la cascada,
á un grandioso puente sin concluir que se encuentra no lejos de aquel
lugar, y sobre todo á demostrar que en Filipinas las mujeres aman,
los pájaros cantan y las flores huelen.
--La leyenda que concluyo de contar,--dijo mi buen amigo, una vez que
terminó aquella,--no crean ustedes es de mi invención y prueba de ello
que conservo el autógrafo de su autor, el cual me lo dejó como prenda
de amistad.--Oídos que tal oyen,--dije en mi interior.--Puesto que
existe autógrafo, y el tenedor de él es amigo, renuncio á repetir
la leyenda, reservándome pedir el original y transcribirlo punto
por punto.
El sol marchaba á su ocaso, y aprovechando los compactos nubarrones
que nos preservaban de sus rayos, montamos á caballo, dirigiéndonos
á Lucban, primer pueblo de la provincia de Tayabas.
Á las seis de la tarde entramos en aquel pueblo por la calle de
Majayjay, nombre que leímos en un tarjetón de madera clavado en la
primera casa. Á los pocos minutos parábamos ante la maciza y claveteada
puerta del convento.
CHAPTER III
CAPÍTULO III.
Lucban.--Su origen.--Situación.--Mr. Jagor y Sir John Bowring en
camino.--Alturas inexploradas.--Arroyos y torrentes.--Amazonas
tagalas.--Datos estadísticos.--Fechas imperecederas.--La
iglesia, el convento y el tribunal.--Dos cuadros.--Un cocinero
municipal y una mestiza tendera.--Aguas constantes.--Higrómetros
y termómetros.--Frío.--Las frondas del gran Banajao.--Artes y
oficios.--La niña, la hermana y la madre.--Tejedoras.--Petacas y
sombreros.--Música _fuerte_ y música _débil_.--Fray Samuel Mena.--El
pretil del convento.--La campana de las ánimas.--Cofradías.--La
guardia de honor de María.--El Calvario.--El novenario de las
flores.--Las dalagas de Lucban.--La _tagabayan_, la _tagalabi_ y
la _tagalinang_.--El feudo y el terruño.--La sangre _celeste_ y la
plebe.--La capitana _Babae_.--La melodía del Fausto.--Cumplimiento
de una oferta.--El autógrafo.
Lucban--como ya dejo dicho--es el primer pueblo de la provincia
de Tayabas, viniendo de la Laguna. Se encuentra en una bellísima
situación, á la falda del Banajao, coloso que domina un extenso
horizonte. Lucban es un pueblo de gran antigüedad, y su nombre,
que en tagalo significa naranja, se debe, sin duda, á que en su
jurisdicción se criaron gran número de dichos frutales. Confina con
Tayabas, Majayjay y Mauban, de los cuales el pueblo de Mauban es el
más lejano, que dista unas cinco horas de camino, sumamente montuoso
y accidentado.
Los alrededores de Lucban presentan panoramas de los más bellos y
agrestes que puede soñar la fantasía. El camino que dirige á Majayjay
es indescriptible, y esto no somos nosotros solo quien lo decimos,
sino que así lo asegura Mr. Jagor en sus _Viajes por Filipinas_, en
los que, hablando del trayecto de Majayjay á Lucban, dice: «El camino
va siguiendo hondos barrancos de bloques basálticos por la falda del
Banajao. La vegetación ofrece una magnificencia indescriptible. A las
tres horas de marcha se llega á Lucban, rico pueblo situado al NE. de
Majayjay. La agricultura, á causa de lo accidentado del terreno, no
es de gran consideración, pero hay bastante industria. Los habitantes
tejen sombreros y petacas con tiras de hojas de una palma llamada
burí. El agua corre en abundancia por los lados de la calle, abiertos
como canales; todas están empedradas con una especie de _macadán._»
Sir John Bowring, al ocuparse del mismo camino y de Lucban, dice:
«El Alcalde de Tayabas vino á Majayjay para invitarnos á que pasáramos
á su provincia, en donde, según nos dijo, el pueblo nos esperaba con
afán, y se habían hecho varios preparativos para nuestra recepción,
y quedaría muy descontento si no visitábamos Lucban. No perdimos la
amable invitación, y nos metimos en los palanquines que para ello
prepararon, y en verdad fuimos bien recompensados. Los caminos son
torrentes muy á menudo impracticables, por las muchas rocas que
arrastran las aguas; algunas veces nos vimos obligados á dejar el
camino para coger otro paso peor. En algunos lugares, el barro era
tan profundo, que nuestros sostenedores se metían hasta las rodillas,
y solo la larga práctica y la asistencia de sus compañeros pudieron
sacarles del mal paso. Pero toda dificultad se vencía con aclamaciones,
con espíritu alegre y festivo, risa estrepitosa, y por una espontánea
y fraternal cooperación. A nuestro alrededor todo era soledad,
silencio interrumpido solo por el zumbido de la abeja y el canto
de los pájaros; profundos barrancos cubiertos de árboles que nunca
hacha alguna ha tocado; alturas todavía de más difícil exploración,
coronadas de árboles; arroyos y torrentes que forman precipicios y
caídas de agua, dirigiéndose hacia el gran receptáculo del Océano.
«Por fin llegamos á una planicie, en la cima de una montaña, en
donde dos grandes literas adornadas aguardaban, y fuimos saludados
por una multitud de lindas jóvenes, montadas en caballitos que
manejaban con admirable agilidad. Se hallaban vestidas con los
más pintorescos trajes. El Alcalde las llamaba sus amazonas, y una
hermosa intérprete nos informó, en buen castellano, que habían venido
á escoltarnos hasta Lucban, que se hallaba próximamente á una legua de
distancia. La presencia de ellas era tan inesperada, como agradable
y sorprendente. Noté que las tagalas montaban indistintamente, á
uno ú otro lado del caballo. Eran excelentes jinetes, y galopaban y
caracoleaban á uno y otro lado, chasqueando sus bonitos látigos. Una
banda de música nos precedía, y las casas indias que pasábamos
presentaban sus acostumbradas demostraciones de bienvenida. Los caminos
tenían mayor número de adornos y arcos de bambúes en ambos lados. Los
morteros haciendo fuego anunciaban nuestra llegada. Las amazonas usaban
unos sombreros adornados con cintas y flores; todas llevaban pañuelos
de piña en sus hombros, é iban vestidas con telas de fuertes colores,
fabricadas en el país que aumentaban el efecto del cuadro. Tan pronto
estaban delante como detrás, siendo perfectamente naturales todos
los movimientos. El convento, como siempre, fué nuestro destino.»
Hemos hecho mención de los anteriores párrafos por dos razones: la
primera, porque hay gran exactitud en ellos, y la segunda, porque es
de lo poquito que hay escrito respecto de la provincia de Tayabas.
Tiene Lucban [4] 12.247 almas, de las que tributan 6.456,
correspondiendo á 66 cabecerías. Dista de Tayabas, la cabecera,
algo más de 12 kilómetros, siendo paso de la línea telegráfica que
hoy concluye en Tayabas, pero que seguirá en breve hasta Albay.
De los datos que he podido adquirir resulta, que durante el año 1875
hubo 419 bautizos, 102 casamientos y 471 defunciones; fueron sorteados
para el servicio de las armas 667 mozos, de los cuales se sacaron 12
soldados. Se vacunaron 386 niños y asistieron á las escuelas durante
el año 2.002 de ambos sexos. Su jurisdicción comprende 152 barrios,
bajo la vigilancia de otros tantos caudillos ó _matandáng sa-nayos._
La fuerza de cuadrilleros la forman 74 hombres, y por último, como dato
estadístico consignaremos que en el juzgado se sustanciaron 18 causas
de otros tantos delitos cometidos dentro de la demarcación de dicho
pueblo. Tiene destacamento de guardia civil, á cargo de un oficial
de ejército; fuerza de carabineros y Administración de Hacienda. El
ministerio parroquial está á cargo de la orden de San Francisco.
Lucban ha pasado en estos últimos años por un sin número de
vicisitudes. La noche del 18 de Agosto de 1860 y la madrugada del
25 de Octubre de 1873, son dos fechas imperecederas que recordará
Lucban mientras exista. En la primera fué reducido casi por completo
á cenizas y en la segunda el vórtice de un tifón derrumbó la mayoría
de sus edificios. Entre los que quedaron en pié--si bien con grandes
deterioros--son dignos de citarse la iglesia, el convento y el
tribunal. Aquel es de sólida fábrica, estando sus muros reforzados
con grandes machones de piedra y ladrillo. La iglesia, lo mismo que
el pueblo, está bajo la advocación de San Luís obispo, cuya fiesta
se celebra con gran solemnidad el 19 de Agosto. El templo es muy
espacioso; lo forma una extensa nave, un proporcionado crucero y un
amplio y hermoso presbiterio. En dicho templo hay un cuadro muy digno
de llamar la atención, no por su mérito artístico, que es completamente
nulo, sino por la fuerza terrorífica de inventiva de su autor. El
asunto está muy traído y manoseado en el arte pictórico indígena,
y sin embargo de esto--y en ello está precisamente el mérito--el
_artista_ ha sabido dar alguna novedad al cuadro, que es, ni más ni
menos, el infierno ¡pero qué infierno! Todos los dibujos, pinturas y
grabados que hemos visto--que en verdad no son pocos--representando la
muerte del pecador, asunto muy rebuscado por los indios, se quedan muy
_chiquitos_ al lado del que hemos convenido en llamar cuadro, más bien
por el marco que tiene que por el fondo, fondo que lo constituye unas
cuantas libras de almazarrón, delineando la más completa colección de
pinchos, ruedas y garfios que hasta entonces habíamos visto. Sentimos
no poder revelar el nombre del autor de aquella _tienda_ de pimentón,
pues no lo sabemos. Entre los _méritos_ que tiene, es el ser anónimo.
En cambio del anterior, recomiendo á los aficionados á la pintura que
pasen por Lucban, una Purísima que el Padre Mena tiene en el salón
del convento, sacada de entre el polvo y las telarañas que ha muchos
años ocultaban su mérito en la húmeda meseta de la escalera.
Según las crónicas de la orden de San Francisco, la iglesia y convento
que hoy existen fueron concluidos el año 1738. El primer templo que
se levantó en Lucban, según las expresadas crónicas, fué en el año
1595 por Fr. Miguel de Talavera.
Dicho templo fué arruinado en 1629, construyéndose otro más sólido,
que á su vez fué presa de las llamas, consumiéndose hasta el punto que
no pudo salvar el párroco más que el copón y una Purísima. ¿Sería esta
imagen la misma que hoy se admira en el salón del convento? Pregunta
es esta á que no han podido dar contestación las muchas horas que he
dedicado á buscar la historia del cuadro.
El templo, como el convento, reclamaban en la fecha en que escribo
estas líneas, una pronta reparación en el maderamen, tanto que ambos
edificios estaban hechos una completa gotera.
Á más de las anteriores construcciones, es digno de citarse el
tribunal, que puede competir con los mejores de su clase, y en el
que el transeunte encuentra todo género de auxilios, que proporciona
un mayordomo mediante los precios de tarifa que están expuestos al
público. El viajero que llega á Lucban no debe preocuparse por nada
teniendo dinero, pues en el tribunal halla buenas y limpias camas,
magnífico servicio de mesa, elegante vajilla, fina cristalería y un
cocinero _municipal_ bastante aceptable, que cuenta no solo con los
recursos de sus conocimientos culinarios, si que también con los
abundantes y escogidos surtidos de Europa que guardan los escaparates
de dos establecimientos. Uno de estos pertenece á una simpática é
inteligente mestiza, cuya afabilidad lleva á su tienda gran número
de consumidores.
La escuela es muy espaciosa, siendo de piedra su construcción. El
resto de los edificios de Lucban no presentan nada de particular,
viéndose algunas casas con teja y zinc, si bien la generalidad son
de tabla con cubiertas de cabo negro. Por todas partes se conservan
las huellas del terrible tifón del 25 de Octubre.
La proximidad á los altos picachos del Banajao y los vecinos bosques,
hacen que raro sea el día que no llueva. En cuanto á su humedad, es
tan constante, que estoy seguro pocos sitios habitados habrá en el
mundo que acusen en los higrómetros una intensidad mayor; á pesar de
esto, Lucban no es malsano, teniendo la precaución de resguardarse
de el relente de la tarde, y sobre todo, dormir entre lana, con el
vientre fajado, cosa que en nada atormenta, pues aun prescindiendo de
la ciencia higiénica, las necesidades de la materia hacen que los que
duermen en aquel pueblo busquen la manta, y no diré las mantas porque
no se me tache de exagerado, por más que las he usado en los meses de
Diciembre y Enero, en los que tenía mi cama con todo el servicio de
las de Europa. Tuve ocasión de observar los termómetros, señalando
12° centígrados en algunas madrugadas. En Manila la temperatura
fluctúa en todo el año, entre los 22° á 33°. Estas cifras señalan una
grandísima desproporción, tanto más de notar, cuanto que de un punto
á otro solo hay unas 22 leguas. Semejante desnivel de temperatura
en tan corto espacio, solo se explica por la grandísima altura que
tiene Lucban con relación á Manila y por las continuas lluvias que
mantienen una latente humedad en la atmósfera, refrescada por los
Nortes y purificada por las azoadas emanaciones que recogen aquellos
al recorrer las elevadas y espesas frondas del Banajao. Sin embargo
de tales condiciones climatológicas, altamente beneficiosas para el
cultivo del campo, en dicho pueblo se dedican poco á la agricultura,
verdad es, que su jurisdicción es escasa, y á más de escasa, difícil
de ponerla en situación de beneficio por lo quebrado del terreno y los
árboles y malezas que lo pueblan. No es agricultor, pero en cambio es
artista como pueblo alguno de Filipinas. En esta ocasión, como en otras
muchas de este libro, advierto á mis lectores escribo muy en serio,
llevando por norma la pura verdad. Hago esta salvedad, por juzgarla
muy oportuna antes de decir lo que conservo en mi memoria y en las
notas de mi cartera. Lucban tiene 12.247 habitantes, que son otros
tantos artistas. El oro, la plata, el acero y el hierro los manejan
á la perfección. La fragua, el yunque, la lima y el cincel producen
preciosas obras de joyería, útiles maquinarias, variados artefactos
y primorosos objetos de colección y adorno. Incrustaciones en el
hierro y el acero he visto, que francamente, hasta mis ojos dudaban
que tales hombres, y sobre todo con las herramientas que empleaban,
pudieran hacerlas. Los cuchillos cortos de hoja ancha, que el natural
llama _bolos,_ no tienen rival con los que se fabrican en Lucban. [5]
Con la varilla de un paraguas viejo, hacen un buril, y con este y un
mal cortaplumas, tallan todo lo tallable, luciendo principalmente
su habilidad en el cuerno del carabao cimarrón, haciendo objetos
primorosos. Puños de armas, de bastones, de cuchillos; cajas,
salacots, cucharas, tapas de libros, pequeñas estatuas, estuches,
petacas y otros cientos de objetos, hacen del cuerno del carabao,
que ha de ser _cimarrón_ y no doméstico, porque la fibra del primero
es más compacta que la del segundo; circunstancia fácil de explicar
al tener en cuenta el constante uso que hace el carabao montaraz de
sus cuernos y el poco que hace el doméstico.
A más de los anteriores trabajos, son dignas de citar, y muy en
primer término, las obras femeniles. En Lucban, las niñas no juegan,
pues todas trabajan: la niña limpia, estira y prepara las fibras del
_burí,_ el _cabo-negro_ y el _buntan,_ con las que la hermana arma,
y la madre teje finísimos sombreros, petacas, _salacots_, guardavasos,
petates, _tampipis,_ y hasta unos pantalones, si le dan horma, tiempo
y dinero, y digo esto, porque ya se ha hecho un chaleco, tejido con
la fibra del _burí._
Las petacas y sombreros de Lucban constituyen una industria bien
conocida en Manila, y aun en España y en el extranjero. En los mismos
momentos en que escribo estas líneas, tiene hecha la casa de Guichard
y Compañía con un amigo mío, una gran contrata de sombreros para la
exportación. A la Exposición de Filadelfia se mandaron varias clases
de tejidos de fibras de diversas palmas, que de seguro llamarían
la atención. La mujer que no teje, borda en oro, ó hace trabajos de
abalorios, sedas, ó escamas de pescado. De estas últimas, adornadas
de oro, regaló el pueblo de Lucban al general Alaminos en su visita
del año de 1874, una preciosísima corona. Si queréis un retrato al
pasar por Lucban, no tengáis cuidado, que lo tendréis; hay allí indios
que, con solo veros una vez, os trasladarán al lienzo. Con una mala
fotografía de D. Alfonso XII se ha hecho el retrato de cuerpo entero
que ostenta el tribunal de Mauban.
En cuanto á la música, nada tengo que decir á mis lectores, pues en
muchas provincias, incluso en Manila, conocen la de Lucban, la cual
tendrá muy pocas en todo Filipinas que puedan rivalizar con ella,
A más de la música _fuerte_, había,--pues hoy ya no existe--una
orquesta del _sexo débil,_ que concluyó por casarse la mayor parte
de las artistas. En conclusión, para que todos sean artistas en
Lucban diré á ustedes que mi querido amigo Fr. Samuel Mena, su cura
párroco, es entre otras cosas buenas, un excelente músico, y vean mis
lectores cómo rodando rodando, hemos vuelto adonde partimos. Llegamos
al convento, y ahora tropezamos con el párroco, quien nos brindó con
una franca y cordial hospitalidad, que aceptamos gustosos, alojándonos
en una espaciosa habitación con vistas al Banajao.
El convento, enclavado en uno de los extremos del pueblo, presenta en
su maciza y negruzca fábrica, un aspecto triste y sombrío. La piedra
tapizada de musgo y cubierta con la viscosidad que forma el continuo
azotar de las aguas, le dan un todo imponente y majestuoso, que hace
recordar los viejos sillares de los antiguos castillos descritos en
legendarios romances.
El que cruza de noche el amplio pretil que se extiende frente á la
puerta del convento, insensiblemente acelera el paso. La masa negra que
forma el frontispicio de la iglesia, destacándose bajo un cielo siempre
cubierto de nubes; la opaca lamparilla que perezosamente chisporrotea
en el hueco del muro, alumbrando, ó mejor dicho, queriendo alumbrar,
la imagen de San Luís, patrón del pueblo, y más que todo el monótono
y pertinaz llover, forman un cuadro altamente medroso. La campana que
á las ocho nos recuerda á los que _fueron_, tiene un eco tristísimo,
efecto sin duda de alguna rotura en el bronce.
Todo el silencio que rodea al templo durante las horas de las sombras,
se convierte en alegre bullicio tan luego aquellas desaparecen. Pocos
pueblos del mundo habrá que tengan tantas cofradías, hermandades
y archicofradías religiosas, así que la iglesia es constantemente
visitada por gran número de fieles de ambos sexos, que preparan y
disponen las fiestas que unas á otras se suceden durante todo el año,
siendo entre todas de notar, la que celebran las dalagas en el mes
de Mayo. Las combinaciones de flores con que adornan el altar, la
precisión de detalles, la potente facultad inventiva para sustituir
y apropiar cuanto hace falta, es admirable. Del tronco del plátano
construyen ingeniosas armaduras para gigantescos candelabros, que
primorosamente revisten de follaje, haciendo con las hojas de la
sampaguita, el ilang-ilang, la sampaca y las doradas campanillas,
artísticas combinaciones. La fiesta de las _flores_ corre á cargo de
la cofradía titulada _La guarda de honor de María,_ formada por el
sexo femenino, sin exclusión de estados ni edades. Como distintivo,
llevan las cofrades una medalla de plata pendiente de una cinta
azul. La guarda de María está perfectamente organizada, constituyendo
la base de la asociación, la adoración perpetua á la Virgen, para lo
que la hermana mayor distribuye las horas del día y de la noche de
tal forma y con tal precisión, que constantemente hay tres hermanas
en oración. Los rezos se verifican en las casas, á cuyo efecto con
la debida anticipación se señala el día y hora en que cada hermana
debe hacerlos. Como esta asociación no obedece á presión alguna,
y si solo á un acto puramente espontáneo, excuso decir á mis lectores
que todas las hermanas sin excepción de clases, cumplen al pie de la
letra su misión.
La guarda de María, durante algunos días de la cuaresma y Semana Santa,
acude en romería á una pintoresca montaña llamada el _Calvario_,
en la que se alza una tosca cruz de madera. La ofrenda á María que
hacen las _dalaguitas_ al terminarse el último novenario del mes
de Mayo, es digna de verse por todos conceptos. En aquel día se
recarga el templo de flores y follaje, suspendiéndose de la bóveda
un colosal rosario de verdura, el cual baja desde el centro de la
nave formando pabellones y rematando en el comedio del presbiterio,
con una gran cruz de flores. Termina la fiesta por ofrecer y depositar
las _dalagas_ á los pies de la Virgen las blancas coronas con que van
engalanadas. He visto más de una _dalaga_ en ese día, vestida de una
forma irreprochable, y en cuyo conjunto nada tendría que recusar la
más puritana de las modistas. El traje que se usa para la ofrenda
es el de la desposada, viéndose en ellas desde la primorosa botita
de raso blanco llevada del _Bazar Oriental_, á el más transparente
encaje de casa de _Los Catalanes_.
Las _dalagas_ de Lucban imprimen un sello especial y _sui generis_
á todas sus fiestas, bien sean de carácter religioso, bien puramente
mundano. La lucbanense no prescinde por nada ni por nadie del rango
social que ocupa, pues es de advertir que en dicho pueblo las mujeres
están divididas en tres clases: La primera, ó sea la _taga-bayan,_ la
constituye la sangre _azul_, ó como si dijéramos la aristocracia. A
las _taga-bayan_ las veréis siempre en carácter. Sus distintivos
son: hablar más ó menos el español, calzar botitos en las grandes
solemnidades; medias, con bordadas chinelas en las medias fiestas,
y pié desnudo resguardado por pintado zueco, en lo ordinario; viste
estrecho tapiz, con la abertura atrás, permitiéndose algunas veces,
saya suelta, la que invariablemente es de seda, completando su atavío,
ternos más ó menos costosos _y piñas_ más ó menos bordadas. En la
iglesia se arrodilla siempre próxima al presbiterio, y jamás se ha
visto á una _taga-bayan_ sin su correspondiente devocionario y su
rosario de coral, plata ó nácar. Casi todas han estado en colegio,
saben leer, escribir y bordar, un poquito de música, y hasta algunas
se permiten rimar un _cundiman_, dedicado á alguna amiga, el día de
su santo.
El distintivo culminante en la _taga-bayan_, es el orgullo con que
llevan y mantienen su jerarquía. Una intrusión de una _dalaga_ de
segunda, ó tercera clase, en las fronteras de la sangre _celeste_,
produciría una verdadera revolución femenina.
La segunda jerarquía, la constituye la _taga-tabi,_ la que generalmente
vive por las orillas del pueblo, y se diferencian poco de la primera
clase en cuanto á usos y costumbres. Asiste á las fiestas de aquellas,
si bien sin confundirse con ellas, no habla español, no calza botitos
por más _tieso_ que repiquen, y no conoce el colegio, más que por
las relaciones que oye de la _taga-bayan_ cuando la permite que se
acerque hasta ella. El constante anhelo, el desideratum de los sueños
de una _taga-tabi_, es poder llegar al rango de las _taga-bayan_, á
cuyo deseo, suele sacrificar no pocas veces su felicidad, uniendo su
suerte á la de algún viejo _capitán pasado, ó cabeza reformado_, cuyas
jerarquías dan á sus mujeres un lugar en el suspirado _taga-bayan_.
La verdadera diferencia donde existe, es con la tercera clase llamada
_taga-linang_, ó sea la plebe, mujeres todas de sementera que miran
á una _taga-bayan_ con la misma admiración con que contempla un hijo
del _Corán_ el último rayo del sol poniente.
La _taga-bayan_ tiene el orgullo de la antigua señora feudal, que
desde la alta almena despreciaba á la pobre villana que labraba
la tierra al pié de los fosos del castillo. La primera noche que
estuve en Lucban, fuí presentado en la casa de la _capitana babae_,
ó sea la Reina de las _taga-bayan_, guapa mestiza china, de labios
muy finos, mirada penetrante, conversación amena y sentimientos
fríos y calculadores. La encontramos rodeada de unas cuantas amigas,
y habiéndome llamado la atención la solicitud con que era servida,
no pude menos de observarlo á uno de los que me acompañaban, quien
me explicó las diferencias sociales que dejo hecha mención, y que
más tarde tuve ocasión de comprobar.
--¿Le gusta á V.?--me dijo mi excelente amigo Pardo Pimentel,
comerciante radicado hacía años en Lucban, viendo la profunda
atención con que escuchaba una melodía del Fausto, tocada al piano
por la mestiza.
--No sé qué decir á V.,--contesté--la estatua es correcta; pero el
espíritu que la anima me parece frío cual el mármol.
--Frío, no; dotado de una potente fuerza de disimulo, sí. Esa mujer
hace de su cara lo que quiere, su cabeza manda al corazón, y muy
de tarde en tarde pasa por su negra pupila un vivido relámpago, que
momentáneamente descubre el insondable abismo de su alma. Jamás esa
mujer retrocederá en un propósito, morirá si es preciso en la lucha,
pero créame V., morirá sin ocurrírsele volver la cabeza atrás.
--Y nosotros, amigo Pardo, volvemos con esto al tema de la cascada.
--Y bien, ¿ha quedado V. convencido de la verdad que encierra aquel
tema, ó es de los que creen que las filipinas no aman?
--Creo como V., y en prueba de ello, le ruego que me entregue el
autógrafo de la leyenda que nos contó en la cascada. Sacaré una
copia, y le prometo que en el primer libro que escriba la publicaré,
haciéndome solidario de las ideas que encierra.
Los últimos acordes del Fausto, fueron arrancados al piano, á la sazón
que el toque de las ánimas nos recordó que el Padre cenaba á esa hora,
y por lo tanto nos dirigimos al convento.
La promesa de mi amigo Pardo, no se dejó esperar. Al irme á acostar,
me encontré sobre la mesita de noche el original de la leyenda,
cuya copia literal es objeto del siguiente capítulo.
CHAPTER IV
CAPÍTULO IV.
_El puente del suspiro_.
Las mujeres no aman, los pájaros
no cantan, y las flores no huelen.
(Dicho popular filipino.)
SECTION I
¡Qué triste es un día sin sol!
Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en
que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de
brumas, que forma el insondable manto de los cielos.
¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los
pausados ecos de la oración de la tarde!
La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración
vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma extraña;
tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.
Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral
que el cristianismo creó á la muerte del día.
El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus
bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se
desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el _Ángelus_ que murmura
la lengua y el recuerdo que despierta la mente.
En el misterioso _archivo_ de la memoria recorre el eco de la campana
todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos
llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando
fantasmas para el mañana.
El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo
oírlo por primera vez.
Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética,
creyendo percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer
amada.
Años hace que el ángel de mis sueños oyó, desde el _mundo_ de la luz,
mi triste plegaria y el funeral doblar que escribe en el libro de la
vida la última letra, al confundirse con el ruido de la piqueta que
abre la fosa y el martillazo que cierra el ataúd; últimos _adiós_
que se elevan desde el fondo de la tumba á los que quedan esperando
en el _teatro_ del mundo la realidad de la muerte.
¡Qué triste está hoy el día!
La _madeja rubia_ que reparte la luz á los mundos en sus puras hebras,
perezosamente ha corrido el firmamento envuelta entre pardas nubes. Un
fuerte _Noroeste_ ha hecho gemir á la naturaleza que me rodea.
¡Hoy no hay crepúsculo!
Hoy muere el día sin que el astro que lo alienta y vivifica haya
reanimado mi ser.
¡La noche bate sus negras alas en el cementerio de los vivos...!
Abstraído en mis profundas reflexiones, no he notado que la luz
artificial ha sustituído á la luz del día.
¡Suena la oración!
Recemos por los que fueron...
* * * * *
Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo
puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas
con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» _De cómo no
es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores
no huelen_.
La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer
lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba
la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!--dije por último
tirando la cartera sobre la mesa--sea de ello lo que quiera, es lo
cierto que _Ratelán_, [6] á quien cariñosamente saludo, tiene razón
en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.
--Ratelán tiene razón--dije distraído en voz alta.
La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.--¿Lo poetiza?--¿Sí
ó no?--le dije en tono de buen humor á mi buen _Quico_, antiguo
veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que _Grimeau_ y más
fiel que un perro de Terranova.
Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad
del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último
me dijo--no entiendo, señor.
--Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda
llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en _puro_ querer
á un hombre.
--Puede más, señor.
--¡Caramba! Puede más.
--Seguro, más.
--¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su
blanca faz por allí--y le señalé los picachos del vecino Banajao--que
haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba
le dieran ganas de llorar?
--_Sabe,_ señor.
--¿Si será cierto que la india podrá llegar al paroxismo del amor, á
la idealidad del querer, á la poética fusión de dos almas, á parodiar
á Julieta, á sacrificar su vida, á morir en fin, de amor?
--Muere también--dijo Quico, interrumpiendo mi _crescendo_.
--¡Que muere has dicho!
--Muere, señor--contestó aquel con esa gravedad cómica del
indio.--Pregunte V. á su amiga X ... y ella contará á V. la historia
de _El puente del suspiro_.
Diez minutos después de la anterior conversación, y bajo un cielo
cubierto de pesados nubarrones, cosa habitual en los horizontes
que cierran las elevadas cumbres del Banajao, cabalgaba camino del
pintoresco pueblo de Lucban, donde vive mi amiga, en busca de la
misteriosa historia de _El puente del suspiro_.
SECTION II
El que haya corrido las alturas y hondonadas con que encadenan el
_Malinao_, el _Dalitiuan_ y el _Balete,_ á las provincias de la Laguna
y Tayabas; el que haya contemplado desde la descarnada atalaya del
_San Cristóbal,_ los risueños panoramas de Paquil y Paete; el que
haya palpitado de emoción ante la grandiosidad del _Botocan_; el que
la curiosidad, el estudio, la necesidad, ó la caza le hayan obligado
á pasar el camino de Majayjay, necesariamente le habrá llamado la
atención un puente abandonado, semi-derruído y de lúgubre aspecto que
se eleva á un lado del camino. Su antigua y sólida fábrica ha adquirido
con el tiempo, las aguas, y la viscosidad de los musgos que abrazan
la bóveda que lo forma, un aspecto tan sencillo, al par que severo,
que parece decir al viajero:--«Deten tu marcha; deletrea en mis piedras
con los ojos de la investigación; escucha el gemir de las puras ondas
que en un beso eterno acarician mi vida; contempla el panorama que
rodea mi cuna; oye los alegres cantos y los melancólicos susurros
que adormecen en mi cárcel de granito á los genios de las sombras,
en esas interminables noches en que el aguacero carcome mis entrañas
y el _cierzo_ conmueve mi ser; reúne todo esto en el _laboratorio_
donde se purifican los pensamientos, donde se aquilatan las más
sublimes concepciones, donde se anida el genio, donde mora el alma;
y al leer mi nombre de _El suspiro_ en los viejos sillares que me
sostienen, evocarás la triste historia de la desgraciada Hasay. [7]
¿Quién fué Hasay? ¿Cuál fué su vida? ¿Cuál su historia?
Poco más ó menos, procuraré recordar lo que en lenguaje natural y
verídico me contó mi buena y bellísima amiga.
SECTION III
Hasay, era allá por los años de 1845, una hermosa dalaga que contaba
unos quince, desde que su madre, india en toda su pureza, lanzó el
último aliento al arrancar de sus entrañas un pedazo de su alma en
su hija Hasay.
La primera lágrima de Hasay, cayó sobre los inmóviles restos de
su madre.
Hasay jamás supo quién fué su padre.
¡Infeliz expósita!...
La niñez de la huérfana fué todo lo laboriosa que era consiguiente
á una pobre que no la habían legado más que un padrón de deshonra su
padre, y una ardiente lágrima, que en un beso supremo antes de espirar,
depósito en su frente su desgraciada madre.
Ha dicho no sé quién--creo que Selgas--que se conocen los niños que
se crían sin madre.
¡Qué cierto es esto!
¡Cuántas veces en mi querida España, en las templadas tardes del
Otoño, he admirado en los jardines del _Parterre_, aquellas bandadas
de alegres niños entretenidos en sus juegos! ¡Cuántas otras, al
caer cerca de mí un volante ó llegar rodando un aro, he detenido al
pequeño ser que lo buscaba! Al ver una de aquellas rubias cabecitas
cuidadosamente peinadas, formando bucles; al distinguir entre los
blanquísimos pliegues de la batista una pequeñita Virgen de los
Dolores; al apreciar aquellas ligeras falditas, tan minuciosamente
inspeccionadas, sin faltarles ni una cinta, ni un pliegue, ni el
más ligero detalle, no he podido menos de exclamar. Esa niña tiene
madre. Nadie, nadie más que una madre sabe vestir á su hija.
¡Significa tanto el nombre de madre!
Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz
macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado,
sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la
he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la
anterior no descansaría la pequeña imagen _símbolo del dolor_. Al ver á
estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!
Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor;
encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la
fresca aurora y palidecerá triste y mustia.
Un niño sin madre es cual la flor.
¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que
nos dió el ser!
¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era
la flor de la estufa!
En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la
_sensitiva_ y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor
de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo
mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes
de ser la _Señora_ de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.
Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha
llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado
que inspiró un infanticidio á el autor de _El Rey se divierte_,
al exclamar:
«Amor, contra el honor, te dió la vida.
Honor, contra el amor, te dió la muerte.»
Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo
expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno
no descrito tras el terrible _lasciate_ del Dante, el segundo.
¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus
entrañas!
Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo
olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de
encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló,
al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó
sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra
las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen
para que lo recoja la caridad.
En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón,
tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.
Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos,
llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña
Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que
llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.
La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa,
y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa,
la vió aquella.
Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.
SECTION IV
Doña Luisa, viuda y rica, poseía en su hija Lola la verdadera riqueza
que satisfacía su alma, sin perjuicio que las atesoraba, y muy pingües,
para las necesidades materiales, en las que acaudaló su difunto marido,
probo empleado primero, activo comerciante más tarde, é inteligente
propietario después.
Dos años tenía Lola cuando murió su padre. Doña Luisa, desde que su
marido descendió á la tumba, concentró toda su vida, todo su cariño,
todos sus cuidados en la hija de sus amores.
Hasay pasó á casa de Doña Luisa, teniendo Lola su misma edad.
Los infantiles juegos y las caricias de Doña Luisa desarrollaron la
existencia de sus dos hijas, como ella las llamaba.
El nombre de hija que daba á Hasay, era verdadero; su noble y bello
corazón latía para el amor, y lo que en un principio fué compasión,
poco á poco fué cambiándose en un profundo cariño.
Hasay tenía una segunda madre en su protectora.
Sin conocer su triste historia, y sin que pena alguna amargase la
tierna infancia de la huérfana, cumplió los diez años.
Lola, ya hemos dicho, era de su misma edad.
La noble viuda comprendió debía confiar la educación de su hija á uno
de esos centros en que la vida se auna con el saber, formando de la
niña que juega con la muñeca, la mujer que piensa en las hojas del
libro, ó siente ante el teclado del piano.
De la muñeca al piano, hay la misma distancia que de la crisálida á
la mariposa.
La niña, instintivamente, llega un día en que deja de fijar su mirada
en las inmóviles formas del cartón, lo mismo que la mariposa llega un
momento en que rompe su cárcel de seda y extiende su vuelo revoloteando
donde hay luz y perfumes.
Doña Luisa confió la educación de sus dos hijas al desvelo de las
virtuosas y buenas madres del beaterío de Santa Isabel, no sin antes
tener que vencer algunas dificultades para el ingreso de Hasay,
cuyas facciones acentuaban marcadamente su raza india.
Hasay vivía feliz entre sus amigas, sus juegos y sus estudios.
Una sola frase de una colegiala, vino á verter la primera gota de
hiel en el hermoso vaso que guardaba la existencia de la huérfana.
Sucede--no sabemos cómo, pero es un hecho que sucede,--que tras
las paredes de esas infantiles sociedades que se llaman colegios,
trascienden hechos íntimos que se desarrollan en el hogar de los
pequeños asociados. Lo que todos habían tenido cuidado de ocultar,
lo que la misma Hasay ignoraba, se lo reveló en una sola palabra una
amiga suya.
--¿Qué quiere decir inclusera?--Preguntó un día Hasay á la que llamaba
su hermana.
--No sé, contestó Lola; y, dime: ¿por qué me lo preguntas?
--Porque ayer, sin querer, pisé el vestido á Ángela, y esta al ver
que estaba roto, me dijo:--¡anda, inclusera!
La terrible palabra que descorría en parte el misterio de la vida de
la niña, quedó grabada en su memoria, y poco á poco fué comprendiendo
todo el valor de aquella frase.
SECTION V
La alegría de Hasay fué desapareciendo, sustituyéndola una profunda
tristeza.
A los trece años, la niña era mujer.
La mujer, dejó de jugar y pensó.
Por este tiempo la naturaleza de Lola sostenía una terrible crisis,
luchando con la pobreza de su constitución.
Lola era el melancólico lirio que poco á poco doblega su esbelto talle.
Esa terrible enfermedad de la juventud; ese aterrador despertar de los
más hermosos sueños del amor; ese descarnado fantasma, que inflexible,
rígido, implacable, avanza y avanza siempre cual si lo empujara la
maléfica influencia de la maldición del réprobo; esa enfermedad,
tormento de la ciencia que busca siempre el calor del alma, que
se desarrolla al compás del amante corazón, y que nunca retrocede,
se apoderó de la pobre existencia de Lola.
¡La tisis, es incurable! Ante ella, la ciencia es impotente. El nombre
no puede parar las funciones del organismo. El pulmón obedece al
corazón. Para curar al primero, era preciso dejara de latir el segundo.
No hay ningún engranaje que se componga funcionando la máquina.
Y la humana máquina obedece como las obras del _Divino Artífice_
á inmutables leyes.
¡Inmutable ley es, que el corazón no dejará de latir mientras haya
vida!
¡La tisis ocupará siempre un rincón en las salas de incurables!
SECTION VI
Los médicos que asistían á Lola, comprendieron bien pronto que la
terrible enfermedad se incubaba en su vida.
La ciencia creyó que lo mejor para la enferma sería el campo y las
puras y frescas brisas.
Doña Luisa poseía un magnífico cafetal en las vertientes del Banajao,
y tan luego fué prescrito á la enferma la vida del campo, su solícita
madre dió órdenes para que se alojara y dispusiera la casa que se
alzaba en el centro de la hacienda.
Nada de cuanto constituye lo necesario y representa lo supérfluo
faltaba en la finca. Hábiles tallistas de Paete, inteligentes
artistas de Lucban, y activos personeros de Manila, cambiaron en
pocos días el aspecto de la granja agrícola en mansión señorial. No
se olvidó ni un detalle en el pequeño santuario de la coquetería,
que constituye el tocador de una dama, ni se dejó de indagar hasta
encontrar un excelente piano de _cola_, construcción belga, que con
grandes cuidados, quedó instalado en la casa, pronto á llenar de
armonías las fragosas faldas del Banajao.
A doscientos metros de la casa se destacaba cual centinela avanzado,
el sombrío _Puente del suspiro_, conocido por entonces, por el del
_Capricho_, nombre que tuvo su origen en el informe que se emitió al
ser reconocido y en la extraña y atrevida concepción de su único arco.
Registrando crónicas he podido adquirir algunas curiosas noticias
respecto al puente que nos ocupa.
Un respetable escritor, virtuoso y docto, hijo de la orden de San
Francisco, dice en sus escritos:
«Dicho puente fué construido por el reverendo padre Fr. Victoriano
de Moral. Se halla sobre el río Olla, basado sobre dos montes y cuyo
arco tiene sobre noventa piés de cuerda, sin haber usado más amarras
ni maderas para la formación de la colosal cimbra que bejucos, cañas,
cocos y bongas; entrando en su construcción solo argamasa; su único
ojo mide de luz cincuenta y dos pies de alto por cuarenta y ocho de
ancho, construcción casi milagrosa, por lo cual sin duda alguna el
arquitecto mayor de Filipinas en su informe al Superior Gobierno,
fechado en 7 de Diciembre de 1852 decía entre otras cosas lo que
literalmente copiamos.»
«Si se tratase de un puente levantado con estudio y bajo las reglas
del arte, la prueba hecha con el de Majayjay era ya suficiente para
manifestar su estabilidad. Por desgracia se trata de una obra sin
principios: que los aplicados en su ejecución han sido caprichosos,
y si bien el arco se mantiene sin desprenderse, como no puede hallarse
en la ciencia una regla que manifieste la causa de este procedimiento,
ó mejor diré fenómeno, no es la opinión del que suscribe, sino de toda
la ciencia junta la que lo condena.»--A cuyo informe, donosamente dice
un cronista de la orden del constructor. «Hete aquí un puente, tan asaz
atrevido, que á pesar de estar condenado por toda la ciencia junta,
tiene la desfachatez de mantenerse firme, de sufrir temblores como los
del 16 de Setiembre de 1852 y el 3 de Junio de 1863 sin resentirse;
fuertes avenidas como las que se desprenden del gran monte Banajao,
sin descimbrarse, estando dispuesto y con pensamientos quizás de
decir después de algunos siglos: _yo fuí construido por un fraile
franciscano sin principios. Sabed que los principios aplicados en mi
construcción fueron caprichosos, y más caprichoso aún, el empeño de
construirme sin gastar un solo maravedí y llevar á cabo su empeño._»
Muchos más datos poseemos entre nuestros apuntes tomados unos
del análisis del mismo puente y otros de documentos particulares y
oficiales; pero como nuestra misión ni es arquitectónica, ni histórica,
ni más que ligeramente descriptiva, basta con que nuestros lectores
sepan que dicho puente existe, como existen diferentes _consejas_
que á él se refieren.
SECTION VII
--Decíamos,--que el _Puente del suspiro_, se destacaba cual sombría
atalaya á la vista de la casa de Doña Luisa.
Esta quedó instalada en el cafetal con sus dos hijas, su antiguo y leal
Pedro, criado depositario de la confianza de la familia ya largos años,
su servidumbre, y su fiel León, hermosísimo perro de Terranova.
La joven naturaleza de Lola; las puras emanaciones azoadas del
Banajao; sus frescas y deliciosas brisas, impregnadas de las delicadas
esencias de la _sampaguita_ y del _ilang-ilang;_ la vida del campo,
el constante murmurio de sus bosques, el lenguaje poético y enamorado
de los cientos de arroyos que retratan en sus bulliciosas ondas la
_palma, la bonga y el coco_; la existencia tranquila, la bondad del
clima y los exquisitos cuidados, hicieron crisis en la enfermedad
de Lola. Sus ojos se animaron, adquirieron color sus mejillas, y
la imperceptible y pertinaz tos, terrible alerta de la enfermedad,
dejó su monótona y constante pertinacia.
Todo respiraba alegría.
Hasay únicamente estaba triste.
Lola, entre los puros cristales del rocío de la mañana, buscaba la
brillante rosa.
Hasay, entre las sombras de la noche, arrancaba triste y melancólica
la humilde _siempreviva_, fiel emblema de la amargura.
Cuando los blancos dedos de Lola recorrían el teclado, arrancaban
bulliciosos _allegros_; cuando los de Hasay se posaban en el marfil,
solo producían tiernos _nocturnos_. A la una la animaba el genio de
_Strauss_, á la otra la tierna inspiración de Beethoven.
Aunque distintos tipos, las dos eran hermosas.
Lola era blanca cual los misteriosos genios de las puras nieves:
Hasay morena cual la mas perfecta concepción del sueño de un árabe. La
primera poseía en sus azules ojos toda la ternura de la resignación;
la segunda despedía de su negra y ardiente pupila el rugir de la
pasión. Las rizadas _hebras_ que adornaban á Lola se esparcían sobre su
sonrosado seno, cuya blancura se confundía con las purísimas mallas del
encaje que resguardaba los encantos de la virgen: la suelta cabellera
de Hasay, negra cual el palacio de la noche, destacaba las cobrizas
y mórbidas formas en que descansaba. El conjunto de esta irradiaba
el ardor de la lucha, el de aquella, la paz de la conformidad.
Una mañana, encontrándose toda la familia reunida en la espaciosa
caída, recibió Doña Luisa una carta de un antiguo capitán de la marina
mercante, paisano y amigo de su difunto marido. En dicha carta la
decía tendría sobre anclas el barco hasta _abarrotar_ sus bodegas
y cubierta de madera, y aprovechando la circunstancia de la larga
_estadía,_ y la proximidad del cafetal al fondeadero donde hacía su
carga el velero _Neblí,_ invitaba el capitán á sus antiguas y leales
amigas á pasar unos días á bordo.
La oferta fué aceptada, y se dieron órdenes para emprender la marcha
lo antes posible.
Hasay, de día en día, aumentaba su tristeza, viéndola muchas veces
coger un libro y pasar horas sin volver una hoja, prueba evidente
del ensimismamiento que dominaba su ser.
¿Qué motiva la creciente tristeza de Hasay? ¿Por qué todas las tardes,
cuando el sublime artista combina en los cielos sus más divinas tintas,
va al puente cual si fuera empujada por una invisible fuerza? ¿Por
qué contempla con la inmovilidad de la estatua del dolor, el profundo
abismo? ¿Por qué cuidadosamente limpia de gramas una frondosa planta
de _suspiros_ [8] que crece á la orilla del río? ¿Qué maléfico
genio atormenta su corazón? ¿Qué sueño la adormece? ¿Qué fantasma
la despierta?
¡Solo Dios lo sabe!...
SECTION VIII
Los diamantinos dedos de la aurora perezosamente plegaban los crespones
de las sombras, en el amanecer del día en que Doña Luisa debía llegar
á bordo del _Neblí_.
El gallardo _brik_ denunciaba en su aparejo, en su fino y airoso
casco, en su ligera arboladura, y en lo minucioso de su cordaje, la
construcción americana. El _Neblí_ besó por primera vez las saladas
aguas, en las que acarician las playas de California. En uno de
sus viajes dió fondo en las revueltas ondas de Bilbao, en donde fué
comprado por una casa española, la cual desde aquel momento lo dedicó
á la carrera de Filipinas.
Barco alguno ha rendido viajes tan rápidos como el _Neblí_.
Cuando sobre el _espejo_ de los cielos tendía el _Neblí_ sus blancas
_alas_; cuando la _embergadura_ de sus ligeras _arrastraderas_
reclinaba en sus _tomadores;_ cuando en la fresca _ventolina_
se largaban _gabias y velas altas_, crugiendo _cables, motones y
relingas_; cuando no quedaba _rizo, trapo_, ni _estay_ que al viento
no diera cara, entonces era de ver al _Neblí_ besar con sus finísimos
_tajamares_ el encaje de espuma con que el creador borda el insondable
_manto_ de las ondas.
A bordo del _Neblí_ venía como agregado, un joven que había dejado las
rutinarias y graves carreras universitarias, optando por inscribirse
en Cádiz en la matrícula del colegio naval.
López Ródenas se llamaba el prófugo de la Universidad de Madrid, en
cuyos claustros siempre se había distinguido como calavera, decidor
y camorrista.
Las horas que le dejaban libres el aula y los libros--que eran
casi todas,--las pasaba entre requiebros, cañas y jolgorios. Jamás
estudiante alguno ha corrido la calle de la _Luna_, llevando con más
gracia la recortada _torera_; jamás _pirata_ callejero, ha sabido mejor
poner _facha_ y dar _caza_ á la picaresca y alegre modista; jamás ha
entrado en casa de _Botín_ joven alguno tan rumboso como Ródenas.
En la alegre zambra, el primer duro que se gastaba era el suyo,
y en la contienda, el último que huía era él.
Desde los misteriosos cuartitos de la _Fonda de la Castellana_, nidos
poéticos de las mañanas de Abril y Mayo, hasta los ahumados _chamizos_
de _Maravillas_ y _Tribulete;_ desde la elegante _victoria_ de Muñoz,
hasta la histórica calesa; desde los aristocráticos bastidores del
teatro de Oriente, hasta las desgarradas _bambalinas_ de _Capellanes_;
todo le era familiar, todo conocido. Punteaba unas malagueñas, que
ni el _Tío planeta_; hacia llorar en el _polo_, como _Silverio_,
y era capaz de dar lecciones _gitanas_ al mismo _Antón_ el _pelao_.
Ródenas era todo un buen muchacho, que se dormía con los textos de las
_Pandectas_, que derrochaba la fortuna de sus mayores, que gustaba
de las mujeres, daba jaqueca á los padres y maridos, y de cuando en
cuando los disgustos iban precedidos de alguna que otra de _cuello
vuelto_ que obligaban al paciente á que _Nogués_ le _carenase_ una
muela ó una mandíbula.
Con este género de vida, sucedió lo que debía suceder. Su tutor--pues
era huérfano--le anunció un día, en son fatídico, que todo aquel
caminito de rosas lo llevaban directamente y en tren _expres_ á la
portería de San Bernardino, santo respetable en el _almanaque_,
pero que, inscrito al frente del establecimiento á que se alude,
es capaz de dar un calambre á una pieza de molave.
Ródenas soñó con el beato santo, y ya que no podía echar cuentas
con su tutor, las echó consigo mismo, resolviendo variar de vida,
emprendiendo la carrera de la marina mercante, confiando en que un
lejano pariente armador le daría con el tiempo el mando de alguno de
los barcos de la casa.
Hecho el proyecto, lió los bártulos y se instaló en Cádiz, de donde
salió á los tres años, montando el _Neblí_ como agregado.
SECTION IX
Al llegar aquí, y viendo la precisión con que mi amiga X ... había
descrito la vida del estudiante tronera, no pude menos de interrogarla,
y con cierto disimulo, para que no lo oyera su madre, me dijo no le era
desconocido _Fígaro_ ni _Mesonero Romanos,_ y que casi podría recordar
alguna de las bellísimas redondillas de _El estudiante de Salamanca_.
Con esta explicación me dí por satisfecho, y mi bella narradora,
haciendo un gracioso gesto al ver mi admiración de que á las agrestes
vertientes del Banajao se evocaran sombras tan venerandas como la
del autor de _El día de difuntos_ siguió su relación.
Abordo del _Neblí_ pasaron Doña Luisa y sus dos hijas ocho días,
al cabo de los cuales regresaron á la quinta.
SECTION X
Seis meses han transcurrido desde que Doña Luisa y sus hijas volvieron
del _Neblí_.
Era el mes de Diciembre.
En las faldas del Banajao se respiraba una temperatura semejante á
la del otoño en España.
Los panoramas que rodeaban la quinta de Doña Luisa tenían gran
semejanza con los que retrata el suelo y el cielo de nuestras
provincias meridionales en los meses de Setiembre y Octubre.
El árbol del Banajao pierde su lozanía, la hoja aminora su brillo y
el cielo se cubre de fantásticos nubarrones que velozmente recorren
su bóveda á impulsos de los fuertes _Noroestes_.
En una de esas tardes melancólicas en que todo lo que nos rodea
se impregna de sentimiento y amor, se encontraba Hasay, _cabe_ la
murmurante corriente que se desliza bajo el puente.
Rojos están sus ojos, pálidas sus mejillas, contraídas sus
facciones. Sus labios dibujan ora una sonrisa amarga, ora murmuran
palabras ininteligibles.
¿Reza ó blasfema? ¿Implora ó maldice?
¡Pobre niña!
De pronto se levantó con un movimiento convulsivo: sus ojos adquirieron
una potente fuerza de irradiación, sus facciones se acentuaron y ¡hay
que acabar!--murmuró su lengua, al par que como una corza herida
desapareció por las graníticas quebradas que conducen á la vecina
cascada del _Botocan_.
SECTION XI
Aquella noche, Hasay no pareció por su casa. A la mañana siguiente
se encontró el cadáver de la niña bajo el puente.
Entre las frescas campanillas de los frondosos _suspiros_ descansaba
el cuerpo de Hasay.
¿La mató el rayo del sentimiento que hace estallar el corazón ó la
última resolución del suicida? ¡Dios y la muda y poética naturaleza,
únicos testigos, solo lo saben!
--Y bien--dije á mi amiga,-¿por qué murió Hasay?
--Murió--me dijo muy bajito--de amor; al día siguiente al en que se
encontró el cadáver de Hasay, debía Lola casarse con López Ródenas.
Hasay estaba enamorada de Ródenas.
¡Amaba sin esperanza!...
Mi amiga, al pronunciar la última frase de la leyenda del puente,
cuyo nombre del _suspiro_ se debe sin duda á las flores que crecen á
su alrededor, vertió una lágrima á la memoria de Hasay, lágrima que
se deslizó al blanco teclado del piano, sobre el que maquinalmente
apoyaba sus dedos.
La voz calló, mas el piano fué alentado por el genio de mi buena amiga,
arrancando de sus cuerdas uno de los más sublimes _nocturnos_.
Las últimas notas se confundieron con el gorjeo de un precioso pájaro,
de plumaje tan bello como armonioso era su canto, que alojaba una
dorada jaula pendiente de uno de los huecos de la caída.
--¿Ese pájaro es de China?--dije á mi amiga.
--No, me contestó con la mayor naturalidad--nace allí,--dijo
señalándome las alturas del _Balete,_ y se llama _el pájaro del
sol_. [9]
SECTION XII
La modesta cruz puesta sobre la tumba de Hasay, y los gorjeos del
_pájaro del sol_, son una página que claramente _dice_, que las
mujeres en Filipinas aman, y los pájaros cantan.
Ya escrita la última cuartilla de esta histórica leyenda, recibo el
correo de Europa. Entre las cartas viene una, de la que literalmente
copio un párrafo.
Dice así:
«Adjunto te mando, hijo mío, el diploma del premio que han logrado
en la Exposición de Viena, las esencias de las flores de ese país,
que mandaste en tus colecciones.»
SECTION XIII
¡Hasay!
¡El pájaro del sol!
¡El premio de la Exposición de Viena!
* * * * *
Ratelán, tiene razón.
En Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan, y las flores huelen.
CHAPTER V
CAPÍTULO V.
Despedida de Lucban.--Arroyos que se convierten en torrentes.--Huellas
de un baguio.--Puentes derruídos.--Troncos de cocos.--La sampaca y el
jazmín silvestre.--Pedregales, hondonadas y pendientes.--Relente de
la tarde.--Aguas sulfurosas.--El puente de la Princesa.--Belleza del
paisaje.--Bravía y salvaje naturaleza tropical.--Melancolía.--Una
caña acueducto.--El camarín de Alaminos.--Cuatrocientas dalagas
á caballo.--Tubiganes.--Garzas blancas.--Cuesta y puente de las
Despedidas.--Bulliciosa cabalgata.--Cocales.--El puente de la
Ese.--Vista de Tayabas.--El kilómetro 146.
La buena y franca amistad que encontré en Lucban, detuvo mi viaje
más tiempo del que me había propuesto, decidiéndome por último,
aunque no sin trabajo, á señalar día para seguir á Tayabas; aquel
llegó como todo en la vida, y en una entoldada tarde, me puse en
marcha acompañado de mi inolvidable amigo Pardo.
A los pocos pasos que dieron los caballos, encontramos las huellas del
terrible baguio del año 1873. Dos riachuelos que en tiempo de secas
son completamente inofensivos, pero que en las grandes avenidas hacen
imposible su vadeo, y que corre el primero á la salida del pueblo,
y el segundo á un tiro de fusil de aquel, mostraban al viajero las
ruinas de sus dos puentes, habiéndose establecido sobre las del
último un arriesgado paso, formado de troncos de coco. El día en que
hacíamos este viaje, ambos ríos traían poquísima agua, así que nos
pusieron los caballos al otro lado sin salpicarnos las botas. Pasado
el último, dejamos á la espalda una pequeña eminencia que da entrada
á una bellísima cañada sombreada por miles de cocos, entremezclados
de cañas, baletes y madre-cacao, cuyas verdes cimeras entrelazaban
aquella vegetación virgen con las flexibles lianas, salpicadas de
pálidas campanillas de la sampaca y del jazmín silvestre. En la cañada
retozaban hermosos toretes, cuya lustrosa piel y buen estado de carnes,
bien claramente demostraban la abundancia de agua y de pasto. Un
sostenido galope nos alejó de aquel espacioso trozo de camino,
haciéndose la marcha embarazosa por los pedregales y resbaladizas
pendientes que íbamos encontrando.
El cielo estaba surcado de nubes, cosa muy frecuente en aquellas
alturas; los picachos del Banajao los envolvía la bruma, y la humedad
de que estaba impregnada la atmósfera nos obligó á ponernos los
capotes á fin de preservarnos del desapacible relente de la tarde.
De hondonada en hondonada, y caminando siempre entre una salvaje y
exuberante vegetación, entre la que de trecho en trecho se elevaba
alguna que otra casita, morada de sementereros ó abrigo de viajeros,
llegamos á la altura del puente de la Princesa, en la que un fuerte
olor á huevos podridos nos indicó la presencia en aquellas cercanías
de algún manantial sulfuroso. El olor á medida que avanzábamos era más
acentuado, notando por último en la misma meseta de la prominencia,
ligeros surcos impregnados de los residuos mineralógicos que arrastran
las aguas. En el puente de la Princesa dimos un pequeño descanso á los
caballos, y tuvimos ocasión de examinar la solidez de su fábrica. Una
escalinata hecha en uno de los estribos, nos condujo guardando ciertas
precauciones al lecho del río. El puente lo constituye un solo ojo
de una gran altura fabricado con suma valentía, y cuya consistencia
la probó en el último baguio, el cual arrastró por completo uno de
los estribos, quedando el arco totalmente descarnado por uno de los
lados, sin resentirse gran cosa su bóveda en el año y medio que duró
su reconstrucción. Dicho puente, según las inscripciones que muestran
sus pretiles, fué dedicado á la Princesa de Asturias, y concurrieron
por igual, tanto para los gastos como para los trabajos, los pueblos
de Tayabas y Lucban, constituyendo en la actualidad el comedio de
dicho puente, la línea jurisdiccional entre aquellos.
El paisaje que se admira desde el puente de la Princesa es de lo
más bello que puede crear la naturaleza. El río corre entre dos
eminencias, en las que el Sumo Hacedor ha derramado uno de los más
hermosos destellos de su poder. Todos los matices de la flor, todos
los misterios de la selva y toda la grandiosidad de la vegetación
intertropical, se muestran escalonados en aquellas alturas, en las que
repercutido se deja oir el estridente chillido del mono, el agorero
canto del _calao,_ el triste gemir del _bató-bató_, el monótono piar
del _solitario_ y los alegres gorjeos del _pájaro del sol_. Todo este
conjunto, cerrado casi de continuo por compactas nieblas, predispone
fuertemente á la melancolía. No concibo pueda reírse al pasar el
puente de la Princesa.
Aquel panorama oprime el alma, aquellas alturas concentran en un
círculo de tristeza el espíritu, y las brumas que se corren desde
las quebradas del Banajao, las da vida la fantasía, convirtiéndolas
en sombríos sudarios.
¡Qué triste, qué salvaje, y á la par qué hermoso es todo esto!--dije
á mi buen amigo, al par que ligeramente rozaba con la espuela los
hijares del caballo.
Pasamos un sencillísimo _acueducto_ á los pocos pasos, tan
sencillísimo, que solo lo componía una gruesa caña que comunicaba el
agua de un borde á otro del desmonte que cruzábamos, y que da paso á
una limpia planicie sembrada de caña dulce. Señalándome aquel lugar,
me dijo Pardo se le conocía con el nombre del _camarín_ de Alaminos. Le
interrogué sobre este particular y me contó que allí se había elevado
un precioso _kiosco_ de caña y flores en la visita de aquel general,
al cual, según el testimonio de mi amigo, esperaban en aquel sitio más
de 400 dalagas á caballo adornadas con sus mejores galas y escoltadas
por unos 4.000 jinetes. Me sonreí con cierto aire de incredulidad,
pareciéndome muchos caballos, pero más adelante quedó fijada la
veracidad de la cifra por las notas conservadas por el Alcalde. [10]
Pasado el cañadulzal, empiezan á verse _tubiganes_ ó sean terrenos
regadíos, labrados y escalonados, en los que se siembra el arroz y
en los que vimos grandes bandadas de garzas blancas.
Puestos los caballos al paso y afianzándonos en el borrel de la silla,
bajamos la escabrosa cuesta de las _Despedidas_, á cuya falda se
asienta sobre un riachuelo el puente de aquel nombre, el cual le
fué dado, según he podido averiguar, por ser el lugar señalado por
la costumbre para despedir los de Tayabas á los que se van. ¡Qué
tiernas escenas habrá presenciado! ¡Cuántas lágrimas habrá absorbido
su candente arena! ¡De cuántos juramentos y de cuántas fugaces promesas
habrá sido mudo testigo!....
El camino mejora notablemente desde aquel puente, pudiéndose hacer
uso del carruaje. El bosque y el matorral cesan y solo se extienden
á uno y otro lado, tierras cultivadas, sembradas de palay ó plantadas
de coco. El agua es abundantísima, manteniendo los cuadros del arroz
constantemente anegados.
Al otro lado del puente nos encontramos una alegre caravana, en la
que nos llamó la atención varias dalagas á caballo perfectamente
ataviadas, luciendo caprichosos sombreros con gran profusión de gasas
y flores. Los colores de las faldas y los pañuelos que resguardaban
sus hombros, eran de colores muy fuertes que destacaban el negro del
_tápiz_. La tayabense jamás deja el _tápiz_; monta admirablemente y
cifra su orgullo en su traje de montar y en la riqueza de los atalajes
de su caballo. Todas montan al lado izquierdo y desconocen el uso de la
espuela, sustituyéndola con flexibles latiguillos que suspenden de la
muñeca con una cadenita de plata. La tayabense á caballo, es sumamente
locuaz y decidora, desconoce el peligro, se impacienta á menudo y
pocas veces lleva al paso su cabalgadura. Aquellas dalagas supimos
se dirigían á una de las vecinas sementeras á pasar un día de campo.
Dejando á ambos lados del camino umbrosos cocales recargados de
fruto, pasamos el pequeño puente de la _Ese_--así llamado por su
configuración que lo asemeja á dicha letra--y dimos vistas á Tayabas,
á cuyo _bantayán_ llegamos de una trotada. El poste telegráfico que
se eleva en la afuera del pueblo, marca en una tablilla el km. 146,
cifra que representa la distancia que separa á Tayabas de Manila. De
Lucban á Tayabas hay 12 km. y pico.