[Nota del Transcriptor: Este texto digital ha conservado las
irregularidades en puntuación, acentuación y ortografía del libro original.]
ZALACAÍN EL AVENTURERO
PÍO BAROJA
ZALACAÍN EL AVENTURERO
(Historia de las buenas andanzas y fortunas de
Martín Zalacaín el Aventurero)
MADRID.--1919.
PRÓLOGO
CÓMO ERA LA VILLA DE URBIA EN EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX
Una muralla de piedra, negruzca y alta rodea a Urbia. Esta muralla sigue
a lo largo del camino real, limita el pueblo por el Norte y al llegar al
río se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del
ábside fuera de su recinto, y después escala una altura y envuelve la
ciudad por el Sur.
Hay todavía, en los fosos, terrenos encharcados con hierbajos y
espadañas, poternas llenas de hierros, garitas desmochadas, escalerillas
musgosas, y alrededor, en los glacis, altas y románticas arboledas,
malezas y boscajes y verdes praderas salpicadas de florecillas. Cerca,
en la aguda colina a cuyo pie se sienta el pueblo, un castillo sombrío
se oculta entre gigantescos olmos.
Desde el camino real, Urbia aparece como una agrupación de casas
decrépitas, leprosas, inclinadas, con balcones corridos de madera y
miradores que asoman por encima de la negra pared de piedra que las
circunda.
Tiene Urbia una barriada vieja y otra nueva. La barriada vieja, la
_calle_, como se le llama por antonomasia en vascuence, está formada,
principalmente, por dos callejuelas estrechas, sinuosas y en cuesta que
se unen en la plaza.
El pueblo viejo, desde la carretera, traza una línea quebrada de tejados
torcidos y mugrientos, que va descendiendo desde el Castillo hasta el
río. Las casas, encaramadas en la cintura de piedra de la ciudad, parece
a primera vista que se encuentran en una posición estrecha é incómoda,
pero no es así, sino todo lo contrario, porque, entre el pie de las
casas y los muros fortificados, existe un gran espacio ocupado por una
serie de magníficas huertas. Tales huertas, protegidas de los vientos
fríos, son excelentes. En ellas se pueden cultivar plantas de zona
cálida como naranjos y limoneros.
La muralla, por la parte interior que da a las huertas, tiene un camino
formado por grandes losas, especie de acera de un metro de ancho con su
barandado de hierro.
En los intersticios de estas losas viejas, y desgastadas por las
lluvias, crecen la venenosa cicuta y el beleño; junto a las paredes
brillan, en la primavera, las flores amarillentas del diente del león y
del verbasco, los gladiolos de hermoso color carmesí y las digitales
purpúreas. Otros muchos hierbajos, mezclados con ortigas y amapolas, se
extienden por la muralla y adornan con su verdura y con sus
constelaciones de flores pequeñas y simples las almenas, las aspilleras
y los matacanes.
Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad,
con traje de casa y zapatillas, pasean por la cornisa, y al llegar Marzo
o Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y melocotoneros
de las huertas.
Observan también, disimuladamente, por las aspilleras, si viene algún
coche o carro al pueblo, si hay novedades en las casas de la barriada
nueva, no sin cierta hostilidad, porque todos los habitantes del
interior sienten una obscura y mal explicada antipatía por sus
convecinos de extra-muros.
La cintura de piedra del pueblo viejo se abre en unos sitios por puertas
ojivales; en otros se rompe irregularmente, dejando un boquete que por
días se ve agrandarse.
En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizo
posteriormente, no se sabe con qué objeto, un arco de medio punto.
En las piedras de las jambas quedan empotrados hierros que sirvieron
para las poternas. Los puentes levadizos están substituídos por montones
de tierra que rellenan el foso hasta la necesaria altura.
Urbia ofrece aspectos varios según el sitio de donde se le contemple;
desde lejos y viniendo desde la carretera, sobre todo al anochecer,
tiene la apariencia de un castillo feudal; la ciudadela sombría,
envuelta entre grandes árboles, prolongada después por el pueblo con sus
muros fortificados que chorrean agua, presentan un aspecto grave y
guerrero; en cambio, desde el puente y un día de sol, Urbia no da
ninguna impresión fosca, por el contrario, parece una diminuta
Florencia, asentada en las orillas de un riachuelo claro, pedregoso,
murmurador y de rápida corriente.
Las dos filas de casas bañadas por el río son casas viejas con galerías
y miradores negruzcos, en los cuales cuelgan ropas puestas a secar,
ristras de ajos y de pimientos. Estas galerías tienen en un extremo una
polea y un cubo para subir agua. Al finalizar las casas, siguiendo las
orillas del río, hay algunos huertos, por cuyas tapias verdosas surgen
cipreses altos, delgados y espirituales, lo que da a este rincón un
mayor aspecto florentino.
Urbia intra-muros se acaba pronto; fuera de las dos calles largas, solo
tiene callejones húmedos y estrechos y la plaza. Esta es una encrucijada
lóbrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejas
tapiadas, por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y su
gran portón coronado por el escudo de la villa, y por un caserón enorme
en cuyo bajo se halla instalado el almacén de Azpillaga.
El almacén de Azpillaga, donde se encuentra de todo, debe dar a los
aldeanos la impresión de una caja de Pandora, de un mundo inexplorado y
lleno de maravillas. A la puerta de casa de Azpillaga, colgando de las
negras paredes, suelen verse chisteras para jugar a la pelota, albardas,
jáquimas, monturas de estilo andaluz; y en las ventanas, que hacen de
escaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados de
pesca, con su corcho rojo y sus cañas, redes sujetas a un mango, marcos
de hojadelata, santos de yeso y de latón y estampas viejas, sucias por
las moscas.
En el interior hay ropas, mantas, lanas, jamón, botellas de Chartreuse
falsificado, loza fina... El Museo Británico no es nada, en variedad, al
lado de este almacén.
A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aire
clerical, unas mangas azules y su boina. Las dos calles principales de
Urbia son estrechas, tortuosas y en cuesta. La mayoría de los vecinos de
esas dos calles son labradores, alpargateros y carpinteros de carros.
Los labradores, por la mañana, salen al campo con sus yuntas. Al
despertar el pueblo, al amanecer, se oyen los mugidos de los bueyes;
luego, los alpargateros sacan su banco a la acera, y los carpinteros
trabajan en medio de la calle en compañía de los chiquillos, de las
gallinas y de los perros.
Algunas de las casas de las dos calles principales muestran su escudo,
otras, sentencias escritas en latín, y la generalidad, un número, la
fecha en que se hicieron y el nombre del matrimonio que las mandó
construir...
Hoy, el pueblo lo forma casi exclusivamente la parte nueva, limpia,
coquetona, un poco presuntuosa. El verano cruzan la carretera un sin fin
de automóviles y casi todos se paran un momento en la casa de Ohando,
convertido en Gran Hotel de Urbia. Algunas señoritas, apasionadas por lo
pintoresco, mientras el grueso papá escribe postales en el hotel, suben
las escaleras del portal de la Antigua, recorren las dos calles
principales de la ciudad y sacan fotografías de los rincones que les
parecen románticos y de los grupos de alpargateros que se dejan retratar
sonriendo burlonamente.
Hace cuarenta años la vida en Urbia era pacífica y sencilla; los
domingos había el acontecimiento de la misa mayor, y por la tarde el
acontecimiento de las vísperas. Después, en un prado anejo a la
Ciudadela y del cual se había apoderado la villa, iba el tamborilero y
la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que
el toque del Ángelus terminaba con la zambra y los campesinos volvían a
sus casas después de hacer una estación en la taberna.
LIBRO PRIMERO
La infancia de Zalacaín
CAPÍTULO PRIMERO
CÓMO VIVIÓ Y SE EDUCÓ MARTÍN ZALACAÍN
Un camino en cuesta baja de la Ciudadela pasa por encima del cementerio
y atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene a
los lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita y por la
parte baja, después de entrar en la ciudad, se convierte en calle. A la
izquierda del camino, antes de la muralla, había hace años un caserío
viejo, medio derruído, con el tejado terrero lleno de pedruscos y la
piedra arenisca de sus paredes desgastada por la acción de la humedad y
del aire. En el frente de la decrépita y pobre casa, un agujero indicaba
dónde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de él se adivinaban, más
bien que se leían, varias letras que componían una frase latina: _Post
funera virtus vivit_.
En este caserío nació y pasó los primeros años de su infancia Martín
Zalacaín de Urbia, el que, más tarde, había de ser llamado Zalacaín el
Aventurero; en este caserío soñó sus primeras aventuras y rompió los
primeros pantalones.
Los Zalacaín vivían a pocos pasos de Urbia, pero ni Martín ni su familia
eran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de la
villa.
El padre de Martín fué labrador, un hombre obscuro y poco comunicativo,
muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martín tampoco era mujer
de carácter; vivió en esa obscuridad psicológica normal entre la gente
del campo, y pasó de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta
inconsciencia. Al morir su marido, quedó con dos hijos Martín y una niña
menor, llamada Ignacia.
El caserío donde habitaban los Zalacaín pertenecía a la familia de
Ohando, familia la más antigua aristocrática y rica de Urbia.
Vivía la madre de Martín casi de la misericordia de los Ohandos.
En tales condiciones de pobreza y de miseria, parecía lógico que, por
herencia y por la acción del ambiente, Martín fuese como su padre y su
madre, obscuro, tímido y apocado; pero el muchacho resultó decidido,
temerario y audaz.
En esta época, los chicos no iban tanto a la escuela como ahora, y
Martín pasó mucho tiempo sin sentarse en sus bancos. No sabía de ella
más si no que era un sitio obscuro, con unos cartelones blancos en las
paredes, lo cual no le animaba a entrar. Le alejaba también de aquel
modesto centro de enseñanza el ver que los chicos de la calle no le
consideraban como uno de los suyos, a causa de vivir fuera del pueblo y
de andar siempre hecho un andrajoso.
Por este motivo les tenía algún odio; así que cuando algunos chiquillos
de los caseríos de extramuros entraban en la calle y comenzaban a
pedradas con los ciudadanos, Martín era de los más encarnizados en el
combate; capitaneaba las hordas bárbaras, las dirigía y hasta las
dominaba.
Tenía entre los demás chicos el ascendiente de su audacia y de su
temeridad. No había rincón del pueblo que Martín no conociera. Para él,
Urbia era la reunión de todas las bellezas, el compendio de todos los
intereses y magnificencias.
Nadie se ocupaba de él, no compartía con los demás chicos la escuela y
huroneaba por todas partes. Su abandono le obligaba a formarse sus ideas
espontáneamente y a templar la osadía con la prudencia.
Mientras los niños de su edad aprendían a leer, él daba la vuelta a la
muralla, sin que le asustasen las piedras derrumbadas, ni las zarzas que
cerraban el paso.
Sabía dónde había palomas torcaces é intentaba coger sus nidos, robaba
fruta y cogía moras y fresas silvestres.
A los ocho años, Martín gozaba de una mala fama digna ya de un hombre.
Un día, al salir de la escuela, Carlos Ohando, el hijo de la familia
rica que dejaba por limosna el caserío a la madre de Martín, señalándole
con el dedo, gritó:
--¡Ese! Ese es un ladrón.
--¡Yo!--exclamó Martín.
--Tú, sí. El otro día te vi que estabas robando peras en mi casa. Toda
tu familia es de ladrones.
Martín, aunque respecto a él no podía negar la exactitud del cargo,
creyó no debía permitir este ultraje dirigido a los Zalacaín y,
abalanzándose sobre el joven Ohando, le dió una bofetada morrocotuda.
Ohando contestó con un puñetazo, se agarraron los dos y cayeron al
suelo, se dieron de trompicones, pero Martín, más fuerte, tumbaba
siempre al contrario. Un alpargatero tuvo que intervenir en la contienda
y, a puntapiés y a empujones, separó a los dos adversarios. Martín se
separó triunfante y el joven Ohando, magullado y maltrecho, se fué a su
casa.
La madre de Martín, al saber el suceso, quiso obligar a su hijo a
presentarse en casa de Ohando y a pedir perdón a Carlos, pero Martín
afirmó que antes lo matarían. Ella tuvo que encargarse de dar toda clase
de excusas y explicaciones a la poderosa familia.
Desde entonces, la madre miraba a su hijo como a un réprobo.
--¡De dónde ha salido este chico así!--decía, y experimentaba al pensar
en él un sentimiento confuso de amor y de pena, solo comparable con el
asombro y la desesperación de la gallina, cuando empolla huevos de pato
y ve que sus hijos se zambullen en el agua sin miedo y van nadando
valientemente.
CAPÍTULO II
DONDE SE HABLA DEL VIEJO CÍNICO MIGUEL DE TELLAGORRI
Algunas veces, cuando su madre enviaba por vino o por sidra a la taberna
de Arcale a su hijo Martín, le solía decir:
--Y si le encuentras, al viejo Tellagorri, no le hables, y si te dice
algo, respóndele a todo que no.
Tellagorri, tío-abuelo de Martín, hermano de la madre de su padre, era
un hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y
la pipa de barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna de
Arcale, tenía allí su centro de operaciones, allí peroraba, discutía y
mantenía vivo el odio latente que hay entre los campesinos por el
propietario.
Vivía el viejo Tellagorri de una porción de pequeños recursos que él se
agenciaba, y tenía mala fama entre las personas pudientes del pueblo.
Era, en el fondo, un hombre de rapiña, alegre y jovial, buen bebedor,
buen amigo y en el interior de su alma bastante violento para pegarle un
tiro a uno o para incendiar el pueblo entero.
La madre de Martín presintió que, dado el carácter de su hijo,
terminaría haciéndose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba como
un hombre siniestro. Efectivamente, así fué; el mismo día en que el
viejo supo la paliza que su sobrino había adjudicado al joven Ohando, le
tomó bajo su protección y comenzó a iniciarle en su vida.
El mismo señalado día en que Martín disfrutó de la amistad de
Tellagorri, obtuvo también la benevolencia de _Marqués. Marqués_ era el
perro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto
con las ideas, preocupaciones y mañas de su amo, que era como él;
ladrón, astuto, vagabundo, viejo, cínico, insociable é independiente.
Además, participaba del odio de Tellagorri por los ricos, cosa rara en
un perro. Si _Marqués_ entraba alguna vez en la iglesia, era para ver si
los chicos habían dejado en el suelo de los bancos donde se sentaban
algún mendrugo de pan, no por otra cosa. No tenía veleidades místicas. A
pesar de su título aristocrático, _Marqués_, no simpatizaba ni con el
clero ni con la nobleza. Tellagorri le llamaba siempre _Marquesch_,
alteración que en vasco parece más cariñosa.
Tellagorri poseía un huertecillo que no valía nada, según los
inteligentes, en el extremo opuesto de su casa, y para ir a él le era
indispensable recorrer todo el balcón de la muralla. Muchas veces le
propusieron comprarle el huerto, pero él decía que le venía de familia y
que los higos de sus higueras eran tan excelentes, que por nada del
mundo vendería aquel pedazo de tierra.
Todo el mundo creía que conservaba el huertecillo para tener derecho de
pasar por la muralla y robar, y esta opinión no se hallaba, ni mucho
menos, alejada de la realidad.
Tellagorri era de la familia de los Galchagorris, la familia de los
pantalones colorados, y este consonante, entre el mote de su familia y
su nombre había servido al padre de la sacristana, viejo chusco que
odiaba a Tellagorri, de motivo a una canción que hasta los chicos la
sabían y que mortificaba profundamente a Tellagorri.
La canción decía así:
Tellagorri
Galchagorri
Ongui etorri
Onera.
Ostutzale
Erantzale
Nescatzale
Zu cerá.
(Tellagorri, Galchagorri, bien venido seas aquí. Aficionado a robar,
aficionado a beber aficionado a las muchachas, eres tú.)
Tellagorri, al oir la canción, fruncía el entrecejo y se ponía serio.
Tellagorri era un individualista convencido, tenía el individualismo del
vasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorris.
--Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda--decía.
Ésta era la más social de sus teorías, las más insociables se las
callaba.
Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. Él se hacía la ropa, él se
afeitaba y se cortaba el pelo, se fabrica las abarcas, y no necesitaba
de nadie, ni de mujer ni de hombre. Así al menos lo aseguraba él.
Tellagorri, cuando le tomó por su cuenta a Martín, le enseñó toda su
ciencia. Le explicó la manera de acogotar una gallina sin que
alborotase, le mostró la manera de coger los higos y las ciruelas de las
huertas sin peligro de ser visto, y le enseñó a conocer las setas buenas
de las venenosas por el color de la hierba en donde se crían.
Esta cosecha de setas y la caza de caracoles constituía un ingreso para
Tellagorri, pero el mayor era otro.
Había en la Ciudadela, en uno de los lienzos de la muralla, un rellano
formado por tierra, al cual parecía tan imposible llegar subiendo como
bajando. Sin embargo, Tellagorri dió con la vereda para escalar aquel
rincón y, en este sitio recóndito y soleado, puso una verdadera
plantación de tabaco, cuyas hojas secas vendía al tabernero Arcale.
El camino que llevaba a la plantación de tabaco del viejo, partía de una
heredad de los Ohandos y pasaba por un foso de la Ciudadela. Abriendo
una puerta vieja y carcomida que había en este foso, por unos escalones
cubiertos de musgo, se llegaba al rincón de Tellagorri.
Este camino subía apoyándose en las gruesas raíces de los árboles,
constituyendo una escalera de desiguales tramos, metida en un túnel de
ramaje.
En verano, las hojas lo cubrían por completo. En los días calurosos de
Agosto se podía dormir allí a la sombra, arrullado por el piar de los
pájaros y el rezongar de los moscones.
El foso era lugar también interesante para Martín; las paredes estaban
cubiertas de musgos rojos, amarillos y verdes; entre las piedras nacían
la lechetrezna, el beleño y el yezgo, y los grandes lagartos
tornasolados se tostaban al sol. En los huecos de la muralla tenían sus
nidos las lechuzas y los mochuelos.
Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martín.
Tellagorri era un sabio, nadie conocía la comarca como él, nadie
dominaba la geografía del río Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas
y de sus aguas como este viejo cínico.
Guardaba, en los agujeros del puente romano, su aparejo y su red para
cuando la veda; sabía pescar al martillo, procedimiento que se reduce a
golpear algunas losas del fondo del río y luego a levantarlas, con lo
que quedan las truchas que han estado debajo inmóviles y aletargadas.
Sabía cazar los peces a tiros; ponía lazos a las nutrias en la cueva de
Amaviturrieta, que se hunde en el suelo y está a medias llena de agua;
echaba las redes en Ocin beltz, el agujero negro en donde el río se
embalsa; pero no empleaba nunca la dinamita porque, aunque vagamente,
Tellagorri amaba la Naturaleza y no quería empobrecerla.
Le gustaba también a este viejo embromar a la gente: decía que nada
gustaba tanto a las nutrias como un periódico con buenas noticias, y
aseguraba que si se dejaba un papel a la orilla del río, estos animales
salen a leerlo; contaba historias extraordinarias de la inteligencia de
los salmones y de otros peces. Para Tellagorri, los perros si no
hablaban era porque no querían, pero él los consideraba con tanta
inteligencia como una persona. Este entusiasmo por los canes le había
impulsado a pronunciar esta frase irrespetuosa:
--«Yo le saludo con más respeto a un perro de aguas, que al señor
párroco.»
La tal frase escandalizó el pueblo.
Había gente que comenzaba a creer que Tellagorri y Voltaire eran los
causantes de la impiedad moderna.
Cuando no tenían, el viejo y el chico, nada que hacer, iban de caza con
_Marquesch_ al monte. Arcale le prestaba a Tellagorri su escopeta.
Tellagorri, sin motivo conocido, comenzaba a insultar a su perro. Para
esto siempre tenía que emplear el castellano:
--¡Canalla! ¡Granuja!--le decía--. ¡Viejo cochino! ¡Cobarde!
_Marqués_ contestaba a los insultos con un ladrido suave, que parecía
una quejumbrosa protesta, movía la cola como un péndulo y se ponía a
andar en zig-zag, olfateando por todas partes. De pronto veía que
algunas hierbas se movían y se lanzaba a ellas como una flecha.
Martín se divertía muchísimo con estos espectáculos. Tellagorri lo tenía
como acompañante para todo, menos para ir a la taberna; allí no le
quería a Martín. Al anochecer, solía decirle, cuando él iba a perorar al
parlamento de casa de Arcale:
--Anda, vete a mi huerta y coge unas peras de allí, del rincón, y
llévatelas a casa. Mañana me darás la llave.
Y le entregaba un pedazo de hierro que pesaba media tonelada por lo
menos.
Martín recorría el balcón de la muralla. Así sabía que en casa de Tal
habían plantado alcachofas y en la de Cual judías. El ver las huertas y
las casas ajenas desde lo alto de la muralla, y el contemplar los
trabajos de los demás, iba dando a Martín cierta inclinación a la
filosofía y al robo.
Como en el fondo el joven Zalacaín era agradecido y de buena pasta,
sentía por su viejo Mentor un gran entusiasmo y un gran respeto.
Tellagorri lo sabía, aunque daba a entender que lo ignoraba; pero en
buena reciprocidad, todo lo que comprendía que le gustaba al muchacho o
servía para su educación, lo hacía si estaba en su mano.
¡Y qué rincones conocía Tellagorri! Como buen vagabundo era aficionado a
la contemplación de la Naturaleza. El viejo y el muchacho subían a las
alturas de la Ciudadela, y allá, tendidos sobre la hierba y las aliagas,
contemplaban el extenso paisaje. Sobre todo, las tardes de primavera era
una maravilla. El río Ibaya, limpio, claro, cruzaba el valle por entre
heredades verdes, por entre filas de álamos altísimos, ensanchándose y
saltando sobre las piedras, estrechándose después, convirtiéndose en
cascada de perlas al caer por la presa del molino. Cerraban el horizonte
montes ceñudos y en los huertos se veían arboledas y bosquecillos de
frutales.
El sol daba en los grandes olmos de follaje espeso de la Ciudadela y los
enrojecía y los coloreaba con un tono de cobre.
Bajando desde lo alto, por senderos de cabras, se llegaba a un camino
que corría junto a las aguas claras del Ibaya. Cerca del pueblo,
algunos pescadores de caña, se pasaban la tarde sentados en la orilla y
las lavanderas, con las piernas desnudas metidas en el río, sacudían las
ropas y cantaban.
Tellagorri conocía de lejos a los pescadores.--Allí están Tal y Tal,
decía--. Seguramente no han pescado nada. No se reunía con ellos; él
sabía un rincón perfumado por las flores de las acacias y de los espinos
que caía sobre un sitio en donde el río estaba en sombra y a donde
afluían los peces.
Tellagorri le curtía a Martín, le hacía andar, correr, subirse a los
árboles, meterse en los agujeros como un hurón, le educaba a su manera,
por el sistema pedagógico de los Tellagorris que se parecía bastante al
salvajismo.
Mientras los demás chicos estudiaban la doctrina y el catón, él
contemplaba los espectáculos de la Naturaleza, entraba en la cueva de
Erroitza en donde hay salones inmensos llenos de grandes murciélagos que
se cuelgan de las paredes por las uñas de sus alas membranosas, se
bañaba en Ocin beltz, a pesar de que todo el pueblo consideraba este
remanso peligrosísimo, cazaba y daba grandes viajatas.
Tellagorri hacía que su nieto entrara en el río cuando llevaban a bañar
los caballos de la diligencia, montado en uno de ellos.
--¡Más adentro! ¡Más cerca de la presa, Martín!--le decía.
Y Martín, riendo, llevaba los caballos hasta la misma presa.
Algunas noches, Tellagorri, le llevó a Zalacaín al cementerio.
--Espérame aquí un momento--le dijo.
--Bueno.
Al cabo de media hora, al volver por allí le preguntó:
--¿Has tenido miedo, Martín?
--¿Miedo de qué?
--_¡Arrayua!_ Así hay que ser--decía Tellagorri--. Hay que estar firmes,
siempre firmes.
CAPÍTULO III
LA REUNIÓN DE LA POSADA DE ARCALE
La posada de Arcale estaba en la calle del castillo y hacía esquina al
callejón Oquerra. Del callejón se salía al portal de la Antigua;
hendidura estrecha y lóbrega de la muralla que bajaba por una rampa en
zig-zag al camino real. La casa de Arcale era un caserón de piedra hasta
el primer piso, y lo demás de ladrillo, que dejaba ver sus vigas
cruzadas y ennegrecidas por la humedad. Era, al mismo tiempo, posada y
taberna con honores de club, pues allí por la noche se reunían varios
vecinos de la _calle_ y algunos campesinos a hablar y a discutir y los
domingos a emborracharse. El zaguán negro tenía un mostrador y un
armario repleto de vinos y licores; a un lado estaba la taberna, con
mesas de pino largas que podían levantarse y sujetarse a la pared, y en
el fondo la cocina. Arcale era un hombre grueso y activo, excosechero,
extratante de caballos y contrabandista. Tenía cuentas complicadas con
todo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, y
los días de fiesta añadía a sus oficios el de cocinero. Siempre estaba
yendo y viniendo, hablando, gritando, riñendo a su mujer y a su hermano,
a los criados y a los pobres; no paraba nunca de hacer algo.
La tertulia de la noche en la taberna de Arcale la sostenían Tellagorri
y Pichía. Pichía, digno compinche de Tellagorri, le servía de contraste.
Tellagorri era flaco, Pichía gordo; Tellagorri vestía de obscuro,
Pichía, quizá para poner más en evidencia su volumen, de claro;
Tellagorri pasaba por pobre, Pichía era rico; Tellagorri era liberal,
Pichía carlista; Tellagorri no pisaba la iglesia, Pichía estaba siempre
en ella, pero a pesar de tantas divergencias Tellagorri y Pichía se
sentían almas gemelas que fraternizaban ante un vaso de buen vino.
Tenían estos dos oradores de la taberna de Arcale hablando en castellano
un carácter común y era que invariablemente trabucaban las efes y las
pes. No había medio de que las pronunciasen a derechas.
--¿Qué te _farece_ a tí el médico nuevo?--le preguntaba Pichía a
Tellagorri.
--!Psé!--contestaba el otro--. La _frática_ es lo que le _palta_.
--Pues es hombre listo, hombre de alguna _portuna,_ tiene su _fiano_ en
casa.
No había manera de que uno u otro pronunciaran estas letras bien.
Tellagorri se sentía poco aficionado a las cosas de iglesia, tenía poca
_apición_, como hubiera dicho él, y cuando bebía dos copas de más la
primera gente de quien empezaba a hablar mal era de los curas. Pichía
parecía natural que se indignara y no sólo no se indignaba como cerero y
religioso, sino que azuzaba a su amigo para que dijera cosas más fuertes
contra el vicario, los coadjutores, el sacristán o la cerora.
Sin embargo, Tellagorri respetaba al vicario de Arbea, a quien los
clericales acusaban de liberal y de loco. El tal vicario tenía la
costumbre de coger su sueldo, cambiarlo en plata y dejarlo encima de la
mesa formando un montón, no muy grande, porque el sueldo no era mucho,
de duros y de pesetas. Luego, a todo el que iba a pedirle algo, después
de reñirle rudamente y de reprocharle sus vicios y de insultarle a
veces, le daba lo que le parecía, hasta que a mediados del mes se le
acababa el montón de pesetas y entonces daba maíz o habichuelas siempre
refunfuñando é insultando.
Tellagorri decía:--Esos son curas, no como los de aquí, que no quieren
más que vivir bien y buenas _profinas_.
Toda la torpeza de Tellagorri hablando castellano se trocaba en
facilidad, en rapidez y en gracia cuando peroraba en vascuence. Sin
embargo, él prefería hablar en castellano porque le parecía más
elegante.
Cualquier cosa llegaba a ser graciosa en boca de aquel viejo truhán;
cuando pasaba por delante de la taberna alguna chica bonita, Tellagorri
lanzaba un ronquido tan socarrón que todo el mundo reía.
Otro, haciendo lo mismo, hubiese parecido ordinario y grosero; él, no;
Tellagorri tenía una elegancia y una delicadeza innata que le alejaban
de la grosería.
Era también hombre de refranes, y cuando estaba borracho cantaba muy
mal, sin afinación alguna, pero dando a las palabras mucha malicia.
Las dos canciones favoritas suyas eran dos híbridas de vascuence y
castellano; traducidas literalmente no querían decir gran cosa, pero en
sus labios significaban todo. Una, probablemente de su invención, era
así:
Ba dala sargentua
Ba dala quefia.
Erreguiñen bizcarretic
Artzen ditu cafia.
(Ya sea sargento, ya sea jefe, a costa de la reina, toma su café).
Esto, en boca de Tellagori, quiería decir que todo el mundo era un
pillo.
La otra canción la tenía el viejo para los momentos solemnes, y era así:
Manuelacho, escasayozu
Barcasiyua Andresí.
(Manolita, pídele perdón a Andrés).
Y hacía, al decir esto Tellagorri, una reverencia cómica, y continuaa
con voz gangosa:
Beti orrela ibilli gabe
majo sharraren iguesí.
(Sin andar siempre, de esa manera, huyendo de un viejecito tan majo).
Y después, como una consecuencia grave de lo que había dicho antes,
añadía:
Napoleonen pauso gaiztoac
ondó dituzu icasi.
(Los malos pasos de Napoleón, bien los has aprendido).
No era fácil comprender qué malos pasos de Napoleón habría aprendido
Manolita. Probablemente Manolita no tendría ni la más remota idea de la
existencia del héroe de Austerlitz, pero esto no era obstáculo para que
la canción en boca de Tellagorri tuviese muchísima gracia.
Para los momentos en que Tellagorri estaba un tanto excitado o
borracho, tenía otra canción bilingüe, en que se celebraba el abrazo de
Vergara y que concluía así:
¡Viva Espartero! ¡Viva erreguiña!
¡Ojalá de repente ilcobalizaque
Bere ama ciquiña!
(¡Viva Espartero! ¡Viva la reina! Ojalá de repente se muriese su sucia
madre!).
Este adjetivo, dirigido a la madre de Isabel II, indicaba cómo había
llegado el odio por María Cristina hasta los más alejados rincones de
España.
CAPÍTULO IV
QUE SE REFIERE A LA NOBLE CASA DE OHANDO
A la entrada del pueblo nuevo, en la carretera, y por lo tanto, fuera de
las murallas, estaba la casa más antigua y linajuda de Urbia: la casa de
Ohando.
Los Ohandos constituyeron durante mucho tiempo la única aristocracia de
la villa; fueron en tiempo remoto grandes hacendados y fundadores de
capellanías, luego algunos reveses de fortuna y la guerra civil,
amenguaron sus rentas y la llegada de otras familias ricas les quitó la
preponderancia absoluta que habían tenido.
La casa Ohando estaba en la carretera, lo bastante retirada de ella para
dejar sitio a un hermoso jardín, en el cual, como haciendo guardia, se
levantaban seis magníficos tilos. Entre los grandes troncos de estos
árboles crecían viejos rosales que formaban guirnaldas en la primavera
cuajadas de flores.
Otro rosal trepador, de retorcidas ramas y rosas de color de té, subía
por la fachada extendiéndose como una parra y daba al viejo casarón un
tono delicado y aéreo. Tenía además este jardín, en el lado que se unía
con la huerta, un bosquecillo de lilas y saúcos. En los meses de Abril y
Mayo, estos arbustos florecían y mezclaban sus tirsos perfumados, sus
corolas blancas y sus racimillos azules.
En la casa solar, sobre el gran balcón del centro, campeaba el escudo de
los fundadores tallado en arenisca roja; se veían esculpidos en él dos
lobos rampantes con unas manos cortadas en la boca y un roble en el
fondo. En el lenguaje heráldico, el lobo indica encarnizamiento con los
enemigos; el roble, venerable antigüedad.
A juzgar por el blasón de los Ohandos, estos eran de una familia
antigua, feroz con los enemigos. Si había que dar crédito a algunas
viejas historias, el escudo decía únicamente la verdad.
La parte de atrás de la casa de los hidalgos daba a una hondonada; tenía
una gran galería de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramado
negro; enfrente se erguía un monte de dos mil pies, según el mapa de la
provincia, con algunos caseríos en la parte baja, y en la alta, desnudo
de vegetación, y sólo cubierto a trechos por encinas y carrascas.
Por un lado, el jardín se continuaba con una magnífica huerta en
declive, orientada al mediodía.
La familia de los Ohandos se componía de la madre, doña Águeda, y de
sus hijos Carlos y Catalina.
Doña Águeda, mujer débil, fanática y entermiza, de muy poco carácter,
estaba dominada constantemente en las cuestiones de la casa por alguna
criada antigua y en las cuestiones espirituales por el confesor.
En esta época, el confesor era un curita joven llamado don Félix, hombre
de apariencia tranquila y dulce que ocultaba vagas ambiciones de dominio
bajo una capa de mansedumbre evangélica.
Carlos de Ohando el hijo mayor de doña Águeda, era un muchacho cerril,
obscuro, tímido y de pasiones violentas. El odio y la envidia se
convertían en el en verdaderas enfermedades.
A Martín Zalacaín le había odiado desde pequeño cuando Martín le calentó
las costillas al salir de la escuela, el odio de Carlos se convirtió en
furor. Cuando le veía a Martín andar a caballo y entrar en el río, le
deseaba un desliz peligroso.
Le odiaba frenéticamente.
Catalina, en vez de ser obscura y cerril como su hermano Carlos, era
pizpireta, sonriente, alegre y muy bonita. Cuando iba a la escuela con
su carita sonrosada, un traje gris y una boina roja en la cabeza rubia,
todas las mujeres del pueblo la acariciaban, las demás chicas querían
siempre andar con ella y decían que, a pesar de su posición
privilegiada, no era nada orgullosa.
Una de sus amigas era Ignacita, la hermana de Martín.
Catalina y Martín se encontraban muchas veces y se hablaban; él la veía
desde lo alto de la muralla, en el mirador de la casa, sentadita y muy
formal, jugando o aprendiendo a hacer media. Ella siempre estaba oyendo
hablar de las calaveradas de Martín.
--Ya está ese diablo ahí en la muralla--decía doña Águeda--. Se va a
matar el mejor día. ¡Qué demonio de chico! ¡Qué malo es!
Catalina ya sabía que diciendo ese demonio, o ese diablo, se referían a
Martín.
Carlos alguna vez le había dicho a su hermana:
--No hables con ese ladrón.
Pero a Catalina no le parecía ningún crimen que Martín cogiera frutas de
los árboles y se las comiese, ni que corriese por la muralla. A ella se
le antojaban extravagancias, porque desde niña tenía un instinto de
orden y tranquilidad y le parecía mal que Martín fuese tan loco.
Los Ohandos eran dueños de un jardín próximo al río, con grandes
magnolias y tilos y cercado por un seto de zarzas.
Cuando Catalina solía ir allí con la criada a coger flores, Martín las
seguía muchas veces y se quedaba a la entrada del seto.
--Entra si quieres--le decía Catalina.
--Bueno--y Martín entraba y hablaba de sus correrías, de las
barbaridadas que iba a hacer y exponía las opiniones de Tellagorri, que
le parecían artículos de fe.
--¡Más te valía ir a la escuela!--le decía Catalina.
--¡Yo! ¡A la escuela!--exclamaba Martín--. Yo me iré a América o me iré
a la guerra.
Catalina y la criada entraban por un sendero del jardín lleno de rosales
y hacían ramos de flores. Martín las veía y contemplaba la presa, cuyas
aguas brillaban al sol como perlas y se deshacían en espumas
blanquísimas.
--Ya andaría por ahí, si tuviera una lancha--decía Martín.
Catalina protestaba.
--¿No se te van a ocurrir más que tonterías siempre? ¿Por qué no eres
como los demás chicos?
--Yo les pego a todos--contestaba Martín, como si esto fuera una razón.
...En la primavera, el camino próximo al río era una delicia. Las hojas
nuevas de las hayas comenzaban a verdear, el helecho lanzaba al aire sus
enroscados tallos, los manzanos y los perales de las huertas ostentaban
sus copas nevadas por la flor y se oían los cantos de las malvices y de
los ruiseñores en las enramadas. El cielo se mostraba azul, de un azul
suave, un poco pálido y sólo alguna nube blanca, de contornos duros,
como si fuera de mármol, aparecía en el cielo.
Los sábados por la tarde, durante la primavera y el verano, Catalina y
otras chicas del pueblo, en compañía de alguna buena mujer, iban al
campo santo. Llevaba cada una un cestito de flores, hacían una escobilla
con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lápidas en donde
estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con
rosas y con azucenas. Al volver hacia casa todas juntas, veían cómo en
el cielo comenzaban a brillar las estrellas y escuchaban a los sapos,
que lanzaban su misteriosa nota de flauta en el silencio del
crepúsculo...
Muchas veces, en el mes de Mayo, cuando pasaban Tellagorri y Martín por
la orilla del río, al cruzar por detrás de la iglesia, llegaba hasta
ellos las voces de las niñas, que cantaban en el coro las flores de
María.
Emenche gauzcatzu ama
(Aquí nos tienes, madre.)
Escuchaban un momento, y Martín distinguía la voz de Catalina, la chica
de Ohando.
--Es _Cataliñ_, la de Ohando--decía Martín.
--Si no eres tonto tú, te casarás con ella--replicaba Tellagorri.
Y Martín se echaba a reir.
CAPÍTULO V
DE CÓMO MURIÓ MARTÍN LÓPEZ DE ZALACAÍN, EN EL AÑO DE GRACIA
DE MIL CUATROCIENTOS Y DOCE.
Uno de los vecinos que con más frecuencia paseaba por la acera de la
muralla era un señor viejo, llamado don Fermín Soraberri. Durante
muchísimos años, don Fermín desempeñó el cargo de secretario del
Ayuntamiento de Urbia, hasta que se retiró, cuando su hija se casó con
un labrador de buena posición.
El señor don Fermín Soraberri era un hombre alto, grueso, pesado, con
los párpados edematosos y la cara hinchada. Solía llevar una gorrita con
dos cintas colgantes por detrás, una esclavina azul y zapatillas. La
especialidad de don Fermín era la de ser distraído. Se olvidaba de todo.
Sus relaciones estaban cortadas por este patrón:
--Una vez en Oñate... (para el señor Soraberri, Oñate era la Atenas
moderna.--En España hay veinte o treinta Atenas modernas.) Una vez en
Oñate pude presenciar una cosa sumamente interesante. Estábamos reunidos
el señor vicario, un señor profesor de primera enseñanza y...--y el
señor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandes
ojos turbios, y decía:--¿En qué iba?... Pues... se me ha olvidado la
especie.
Al señor Soraberri siempre se le olvidaba la especie. Casi todos los
días el exsecretario se encontraba con Tellagorri y cambiaban un saludo
y algunas palabras acerca del tiempo y de la marcha de los árboles
frutales. Al comenzar a verle acompañado de Martín, el señor Soraberri
se extrañó y miraba al muchacho con su aire de elefante hinchado y
reblandecido.
Pensó en dirigirle alguna pregunta, pero tardó varios días, porque el
señor Soraberri era tardo en todo. Al último le dijo, con su majestuosa
lentitud:
--¿De quién es este niño, amigo Tellagorri?
--¿Este chico? Es un pariente mío.
--¿Algún Tellagorri?
--No; se llama Martín Zalacaín.
--¡Hombre! ¡Hombre! Martín López de Zalacaín.
--No, López no--dijo Tellagorri.
--Yo sé lo que me digo. Este niño se llama realmente Martín López de
Zalacaín y será de ese caserío que está ahí cerca del portal de Francia.
--Sí, señor; de ahí es.
--Pues conozco su historia, y López de Zalacaín ha sido y López de
Zalacaín será, y si quiere usted mañana vaya usted a mi casa y le leeré
a usted un papel que copié del archivo del Ayuntamiento acerca de esa
cuestión.
Tellagorri dijo que iría y, efectivamente, al día siguiente, pensando
que quizá lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, se
presentó con Martín en su casa.
Al señor Soraberri se le había olvidado la especie, pero recordó pronto
de qué se trataba; encargó a su hija que trajese un vaso de vino para
Tellagorri, entró él en su despacho y volvió poco después con unos
papeles viejos en la mano; se puso los anteojos, carraspeó, revolvió sus
notas, y dijo:
--¡Ah! Aquí están. Esto--añadió--es una copia de una narración que hace
el cronista Iñigo Sánchez de Ezpeleta acerca de cómo fué vertida la
primera sangre en la guerra de los linajes, en Urbia, entre el solar de
Ohando y el de Zalacaín, y supone que estas luchas comenzaron en nuestra
villa a fines del siglo XIV o a principios del XV.
--¿Y hace mucho tiempo de eso?--preguntó Tellagorri.
--Cerca de quinientos años.
--¿Y ya existían Zalacaín entonces?
--No sólo existían, sino que eran nobles.
--Oye, oye--dijo Tellagorri dando un codazo a Martín, que se distraía.
--¿Quieren ustedes que lea lo que dice el cronista?
--Sí, sí.
--Bueno. Pues dice así: «Título: De cómo murió Martín López de Zalacaín,
en el año de gracia de mil cuatrocientos y doce.»
Leído esto, Soraberri tosió, escupió y comenzó esta relación con gran
solemnidad:
«Enemistad antigua señalada avya entre el solar d'Ohando, que es del
reino de Navarra, é el de Zalacaín, que es en tierra de la Borte. E
dícese que la causa della foe sobre envidia é a cual valía mas, é
ficieron muchos malheficios é los de Zalacaín quemaron vivo al senyor de
Sant Pedro en una pelea que ovyeron en el llano del Somo é porque no
dexo fijo el dicho senyor de Sant Pedro casaron una su fija con Martín
López de Zalacaín, home muy andariego.
E dicho Martín López seyendo venido a la billa d'Urbia foe desafiado por
Mosen de Sant Pedro, del solar d'Ohando, que era sobrino del otro senyor
de Sant Pedro é que había fecho muchos malheficios, acechanzas é rrobos.
E Martín López contestole a su desafiamiento: Como vos sabedes yo so
contado aquí por el mas esforzado ome y ardite en el fecho de las armas
en toda esta tierra y paresce que los d'Ohando a vos han traído por la
mejor lanza de Navarra por vengar la muertte de mi suegro que foe en la
pelea peleada con lealtad en el Somo é como el cuibdaba matar a mi, yo a
el.
E por ende si a vos pluguiese que nos probemos vos é yo, uno para otro,
fasta que uno de nos o ambos por ventura muramos, a mi plasera mucho é
aquí presto.
E respondiole Mosen de Sant Pedro que le plasia é se citaron en el prado
de Sant Ana. En esta sazon venya dicho Martín López encima de su cavallo
como esforzado cavallero é antes de pelear con Mosen de Sant Pedro foe
ferido de una saeta que le entró por un ojo é cayo muertto del cavallo
en medio del prado. E lo desjarretaron. E preparo la asechanza é armo la
ballestta é la disparo Velche de Micolalde, deudo é amigo de Mosen de
Sant Pedro d'Ohando. E los omes de Martín López como lo veyeron muertto
é eran pocos enfrente de los de Ohando, ovyeron muy grant miedo é
comenzaron todos a fugir.
E cuando lo supo la muger de Martín López fué la triste al prado de Sant
Ana, é cuando vido el cuerpo de su marido, sangriento y mutilado, se
afinojó, prísole en sus brazos é comenzó a llorar, maldiciendo la guerra
é su mala fortuna. E esto pataba en el año de Nuestro Senyor de mil
cuatrociensos y doce.»
Cuando concluyó el señor Soraberri, miro a través de sus anteojos a sus
dos oyentes. Martín no se había enterado de nada; Tellagorri dijo:
--Sí, esos Ohandos es gente _palsa_. Mucho ir a la iglesia, pero luego
matan a traición.
Soraberri recomendó eficazmente a su amigo Tellagorri que no hiciera
nunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenzó a
contar una historia, precisamente ocurrida en Oñate, pero al ir a
especificar los que habían intervenido en su historia, se le olvidó la
especie, y lo sintió, verdaderamente lo sintió, porque, según dijo,
tenía la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, además,
muy digno de mención.
CAPÍTULO VI
DE CÓMO LLEGARON UNOS TITIRITEROS Y DE LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS
Un día de Mayo, al anochecer, se presentaron en el camino real tres
carros, tirados por caballos flacos, llenos de mataduras y de
esparavanes. Cruzaron la parte nueva del pueblo y se detuvieron en lo
alto del prado de Santa Ana.
No podía Tellagorri, gaceta de la taberna de Arcale, quedar sin saber en
seguida de qué se trataba; así que se presentó al momento en el lugar,
seguido de _Marqués_.
Trabó inmediatamente conversación con el jefe de la caravana, y después
de varias preguntas y respuestas y de decir el hombre que era francés y
domador de fieras, Tellagorri se lo llevó a la taberna de Arcale.
Martín se enteró también de la llegada de los domadores con sus fieras
enjauladas, y a la mañana siguiente, al levantarse, lo primero que hizo
fué dirigirse al prado de Santa Ana.
Comenzaba a salir el sol cuando llegó al campamento del domador.
Uno de los carros era la casa de los saltimbanquis. Acababan de salir de
dentro el domador, su mujer, un viejo, un chico y una chica. Sólo una
niña de pocos meses quedó en la carreta-choza jugando con un perro.
El domador no ofrecía ese aire, entre petulante y grotesco, tan común a
los acróbatas de barracas y gentes de feria; era sombrío, joven, con
aspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigote
alargado en las puntas por una especie de patillas pequeñas y la
expresión de maldad siniestra y repulsiva.
El viejo, la mujer y los chicos tenían sólo carácter de pobres, eran de
esos tipos y figuras borrosas que el troquel de la miseria produce a
millares.
El hombre, ayudado por el viejo y por el chico, trazó con una cuerda un
círculo en la tierra y en el centro plantó un palo grande, de cuya punta
partían varias cuerdas que se ataban en estacas clavadas fuertemente en
el suelo.
El domador buscó a Tellagorri para que le proporcionara una escalera; le
indicó éste que había una en la taberna de Arcale, la sacaron de allí y
con ella sujetaron las lonas, hasta que formaron una tienda de campaña
de forma cónica.
Los dos carros con jaulas en donde iban las fieras los colocaron
dejando entre ellos un espacio que servía de puerta al circo, y encima y
a los lados pusieron los saltimbanquis tres carteles pintarrajeados. Uno
representaba varios perros lanzándose sobre un oso, el otro una lucha
entre un león y un búfalo y el tercero unos indios atacando con lanzas a
un tigre que les esperaba en la rama de un árbol como si fuera un
jilguero.
Dieron los hombres la última mano al circo, y el domingo, en el momento
en que la gente salía de vísperas, se presentó el domador seguido del
viejo en la plaza de Urbia, delante de la iglesia. Ante el pueblo
congregado, el domador comenzó a soplar en un cuerno de caza y su
ayudante redobló en el tambor.
Recorrieron los dos hombres las calles del barrio viejo y luego salieron
fuera de puertas, y tomando por el puente, seguidos de una turba de
chicos y chicas llegaron al prado de Santa Ana, se acercaron a la
barraca y se detuvieron ante ella.
A la entrada la mujer tocaba el bombo con la mano derecha y los
platillos con la izquierda, y una chica desmelenada agitaba una
campanilla. Uniéronse a estos sonidos discordantes las notas agudísimas
del cuerno de caza y el redoble del tambor, produciendo entre todo una
algarabía insoportable.
Este ruido cesó a una señal imperiosa del domador, que con su
instrumento de viento en el brazo izquierdo se acercó a una escalera de
mano próxima a la entrada, subió dos o tres peldaños, tomó una varita y
señalando las monstruosas figuras pintarrajeadas en los lienzos, dijo
con voz enfática:
--Aquí verán ustedes los osos, los lobos, el león y otras terribles
fieras. Verán ustedes la lucha del oso de los Pirineos con los perros
que saltan sobre él y acaban por sujetarle. Este es el león del desierto
cuyos rugidos espantan al más bravo de los cazadores. Sólo su voz pone
espanto en el corazón más valiente... ¡Oid!
El domador se detuvo un momento y se oyeron en el interior de la barraca
terribles rugidos, y como contestándolos, el ladrar feroz de una docena
de perros.
El público quedó aterrorizado.
--En el desierto...
El domador iba a seguir, pero viendo que el efecto de curiosidad en el
público estaba conseguido y que la multitud pretendía pasar sin tardanza
al interior del circo, gritó:
--La entrada no cuesta más que un real. ¡Adelante, señores! ¡Adelante!
Y volvió a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras el
viejo ayudante redoblaba en el tambor.
La mujer abrió la lona que cerraba la puerta y se puso a recoger los
cuartos de los que iban pasando.
Martín presenció todas estas maniobras con una curiosidad creciente,
hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenía dinero.
Buscó una rendija entre las lonas para ver algo, pero no la pudo
encontrar; se tendió en el suelo y estaba así con la cara junto a la
tierra cuando se le acercó la chica haraposa del domador que tocaba la
campanilla a la puerta.
--Eh, tú ¿qué haces ahí?
--Mirar--dijo Martín.
--No se puede.
--¿Y por qué no se puede?
--Porque no. Si no quédate ahí, ya verás si te pesca mi amo.
--¿Y quién es tu amo?
--¿Quién ha de ser? El domador.
--¡Ah! ¿Pero tú eres de aquí?
--Sí
--¿Y no sabes pasar?
--Si no dices a nadie nada ya te pasaré.