Había entrado el mes de junio, en el cual, por uso antiguo de la
provincia, acostumbran bajar de toda la montaña hacia Barcelona
muchos segadores, la mayor parte hombres disolutos y atrevidos que
lo más del año viven desordenadamente, sin casa, oficio o habitación
cierta; causan de ordinario movimientos e inquietud en los lugares
donde los reciben; pero la necesidad precisa de su trato, no
consiente que se les prohiba; temían las personas de buen ánimo su
llegada, juzgando que las materias presentes podrían dar ocasión a su
atrevimiento en perjuicio del sosiego público.
Entraban, comúnmente, los segadores en vísperas del Corpus, y se
habían anticipado aquel año algunos; también su multitud, superior a
los pasados, daba más que pensar a los cuerdos, y con mayor cuidado
por las observaciones que se hacían de sus ruines pensamientos.
El de Santa Coloma, avisado de esta novedad, procuró, previniéndola,
estorbar el daño que ya antevía: comunicólo a la ciudad, diciendo le
parecía conveniente a su devoción y festividad que los segadores
fuesen detenidos, porque con su número no tomase algún mal
propósito el pueblo, que ya andaba inquieto; pero los conselleres
de Barcelona (así llaman los ministros de su magistrado; consta de
cinco personas), que casi se lisonjeaban de la libertad del pueblo,
juzgando de su estruendo habría de ser la voz que más constante
votase el remedio de su república, se excusaron con que los segadores
eran hombres llanos y necesarios al manejo de las cosechas; que el
cerrar las puertas de la ciudad, causaría mayor turbación y tristeza;
que quizá su multitud no se acomodaría a obedecer la simple orden
de un pregón. Intentaban con esto poner espanto al Virey para que
se templase en la dureza con que procedía; por otra parte, deseaban
justificar su intención por cualquier suceso.
Pero el Santa Coloma ya imperiosamente les mostró con claridad la
peligrosa confusión que los aguardaba en recibir tales hombres;
empero volvió el magistrado por segunda respuesta que ellos no se
atrevían a mostrar a sus naturales tal desconfianza; que reconocían
parte de los efectos de aquel recelo; que mandaban armar algunas
compañías de la ciudad para tenerla sosegada; que donde su flaqueza
no alcanzase, supliese la gran autoridad de su oficio, pues a su
poder tocaba hacer ejecutar los remedios que ellos sólo podían
pensar y ofrecer. Estas razones detuvieron al conde, no juzgando por
conveniente rogarles con lo que no podía hacerles obedecer, o también
porque ellos no entendiesen eran tan poderosos, que su peligro o su
remedio podía estar en sus manos.
Amaneció el día en que la Iglesia católica celebra la institución
del Santísimo Sacramento del altar; fué aquel año el 7 de junio;
continuóse por toda la mañana la temida entrada de los segadores.
Afirman que hasta dos mil, que con los anticipados hacían más de dos
mil y quinientos hombres, algunos de conocido escándalo; dícese que
muchos, a la prevención y armas ordinarias, añadieron aquella vez
otras, como que advertidamente fuesen venidos para algún hecho grande.
Entraban y discurrían por la ciudad; no había por todas sus calles
y plazas sino corrillos y conversaciones de vecinos y segadores; en
todos se discurría sobre los negocios entre el rey y la provincia,
sobre la violencia del Virey, sobre la prisión del diputado y
concejeros, sobre los intentos de Castilla y, últimamente, sobre
la libertad de los soldados; después, ya encendidos de su enojo
paseaban llenos de silencio por las plazas, y el furor oprimido de
la duda forcejaba por salir, asomándose a los efectos, que todos
se reconocían rabiosos e impacientes; si topaban algún castellano,
sin respetar su hábito o puesto, lo miraban con mofa y descortesía,
deseando incitarlos al ruido; no había demostración que no prometiese
un miserable suceso...
Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre
facineroso y terrible, al cual queriendo prender, por haberle
conocido, un ministro inferior de la justicia, hechura y oficial del
Monredón (de quien hemos dicho), resultó desta contienda ruido entre
los dos; quedó herido el segador, a quien ya socorría gran parte de
los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre
ventajoso el de los segadores. Entonces algunos de los soldados
de milicia que guardaban el palacio del Virey, tiraron hacia el
tumulto, dando a todos más ocasión de remedio. A este tiempo rompían
furiosamente en gritos: unos pedían venganzas; otros, más ambiciosos,
apellidaban la libertad de la patria; aquí se oía: «¡Viva Cataluña
y los catalanes!» Allí otros clamaban: «¡Muera el mal gobierno de
Felipe!» Formidables resonaron la primera vez estas cláusulas en
los recatados oídos de los prudentes; casi todos los que no las
ministraban las oían con temor, y los más no quisieran haberlas oído.
La duda, el espanto, el peligro, la confusión, todo era uno; para
todo había su acción, y en cada cual cabían tan diferentes efectos;
sólo los ministros reales y los de la guerra lo esperaban, iguales en
el celo. Todos aguardaban por instantes la muerte (el vulgo furioso,
pocas veces para sino en sangre); muchos, sin contener su enojo,
servían de pregón al furor de otros; éste gritaba cuando aquél hería,
y éste, con las voces de aquél, se enfurecía de nuevo. Infamaban los
españoles con enormísimos nombres; buscábanlos con ansia y cuidado,
y el que descubría y mataba, ese era tenido por valiente, fiel y
dichoso.
Las milicias armadas, con pretexto de sosiego, o fuese orden del
conde o sólo de la ciudad, siempre encaminada a la quietud, los
mismos que en ellas debían servir a la paz, ministraban el tumulto.
Porfiaban otras bandas de segadores, esforzados ya de muchos
naturales, en ceñir la casa del Santa Coloma; entonces los diputados
de la General, con los conselleres de la ciudad, acudieron a su
palacio; diligencia que más ayudó la confusión del conde, de lo que
pudo socorrérsela; allí se puso en plática saliese de Barcelona
con toda brevedad, porque las cosas no estaban ya de suerte que
accidentalmente pudiesen remediarse; facilitábanle con el ejemplo de
don Hugo de Moncada, en Palermo, que, por no perder la ciudad, la
dejó, pasándose a Mesina. Dos galeras genovesas en el muelle, daban
todavía esperanza de salvación. Escuchábalo Santa Coloma, pero con
ánimo tan turbado, que el juicio ya no alcanzaba a distinguir el
yerro del acierto. Cobróse y resolvió despedir de su presencia casi
todos los que le acompañaban, o fuese que no se atrevió a decirles
de otra suerte que escapasen las vidas, o que no quiso hallarse con
tantos testigos a la ejecución de su retirada. En fin, se excusó a
los que le aconsejaban su remedio, con peligro, no sólo de Barcelona,
sino de toda la provincia; juzgaba la partida indecente a su
dignidad; ofrecía en su corazón la vida por el real decoro; de esta
suerte, firme en no desamparar su mando, se dispuso a aguardar todos
los trances de su fortuna.
Del ánimo del magistrado no haremos discurso en esta acción, porque
ahora el temor, ahora el artificio, le hacían que ya obrase conforme
a la razón, ya que disimulase, según la conveniencia. Afírmase por
sin duda que ellos jamás llegaron a pensar tanto del vulgo, habiendo
mirado apaciblemente sus primeras demostraciones.
No cesaba el miserable Virey en su oficio, como el que con el remo en
la mano piensa que por su trabajo ha de llegar al puerto; miraba y
revolvía en su imaginación los daños, y procuraba su remedio; aquel
último esfuerzo de su actividad estaba enseñando ser el fin de sus
acciones.
Recogido a su aposento, escribía y ordenaba; pero ni sus papeles ni
sus voces hallaban reconocimiento u obediencia. Los ministros reales
deseaban que su nombre fuese olvidado de todos; no podían servir en
nada; los provinciales ni querían mandar, menos obedecer.
Intentó por última diligencia satisfacer su queja al pueblo,
dejando en su mano el remedio de las cosas públicas, que ellos ya
no agradecían, porque ninguno se obliga ni quiere deber a otro lo
que se puede obrar por sí mismo; empero ni para justificarse pudo
hallar forma de hacer notoria su voluntad a los inquietos, porque las
revoluciones interiores, a imitación del cuerpo humano, habían de
tal suerte desconcertado los órganos de la república, que ya ningún
miembro de ella acudía a su movimiento y oficio.
A vista de este desengaño se dejó vencer de la consideración y deseo
de salvar la vida, reconociendo últimamente lo poco que podía servir
a la ciudad su asistencia, pues antes el dejarla se encaminaba a la
lisonja o a remedio acomodado a su furor. Intentólo, pero ya no le
fué posible, porque los que ocupaban la tarazana y baluarte del mar,
a cañonazos habían hecho apartar la una galera, y no menos porque
para salir a buscarla a la marina era fuerza pasar descubierto a las
bocas de sus arcabuces. Volvióse, seguido ya de pocos, a tiempo que
los sediciosos a fuerza de armas atropellaban las puertas; los que
las defendían, entendiendo la causa del tumulto, unos les seguían,
otros no lo estorbaban.
A este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas
y voces; cada casa representaba un espectáculo; muchas se ardían,
muchas se arruinaban, a todas se perdía el respeto y se atrevía a la
furia; olvidábase el sagrado de los templos; la clausura e inmunidad
de las religiones fué patente al atrevimiento de los homicidas;
hallábanse hombres despedazados sin examinar otra culpa que su
nación; aun los naturales eran oprimidos por crimen de traidores:
así infamaban aquel día a la piedad, si alguno abría sus puertas
al afligido o las cerraba al furioso. Fueron rotas las cárceles,
cobrando no sólo la libertad, mas autoridad los delincuentes.
Había el Conde ya reconocido su postrer riesgo, oyendo las voces
de los que le buscaban pidiendo su vida; y depuestas entonces las
obligaciones de grande, se dejó llevar fácilmente de los afectos de
hombre; procuró todos los medios de salvación, y volvió a proseguir
en el primer intento de embarcarse; salió segunda vez a la lengua
del agua, empero como el aprieto fuese grande y mayor el peso de las
aflicciones, mandó se adelantase su hijo con pocos que le seguían,
porque llegando al esquife de la galera, que no sin gran peligro los
aguardaba, hiciese como lo esperase también; no quiso aventurar la
vida del hijo, porque no confiaba tanto de su fortuna. Adelantóse
el mozo, y alcanzando la embarcación, no le fué posible detenerla
(tanta era la furia con que procuraban desde la ciudad su ruina);
navegó la galera, que le aguardaba fuera de la batería. Quedóse el
Conde mirándola con lágrimas, disculpables en un hombre que se veía
desamparado a un tiempo del hijo y de las esperanzas; pero ya cierto
de su perdición, volvió con vagorosos pasos por la orilla opuesta a
las peñas que llaman de San Beltrán, camino de Monjuich.
A esta sazón, entrada su casa y pública su ausencia, le buscaban
rabiosamente por todas partes, como si su muerte fuese la corona de
aquella victoria; todos sus pasos reconocían los de la tarazana: los
muchos ojos que lo miraban caminando como verdaderamente a la muerte,
hicieron que no pudiese ocultarse a los que le seguían. Era grande
la calor del día, superior la congoja, seguro el peligro, viva la
imaginación de su afrenta; estaba sobre todo firmada la sentencia en
el tribunal infalible; cayó en tierra cubierto de un mortal desmayo,
donde siendo hallado por algunos de los que furiosamente le buscaban,
fué muerto de cinco heridas en el pecho.
Así acabó su vida don Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, dando
famoso desengaño a la ambición y soberbia de los humanos, pues aquel
mismo hombre, en aquella región misma, casi en un tiempo propio, una
vez sirvió de envidia, otra de lástima. ¡Oh grandes, que os parece
nacisteis naturales al imperio! ¿Qué importa, si no dura más de la
vida, y siempre la violencia del mando os arrastra tempranamente al
precipicio?