Estalla la revolución en Barcelona el 7 de junio de 1640

Había entrado el mes de junio, en el cual, por uso antiguo de la

provincia, acostumbran bajar de toda la montaña hacia Barcelona

muchos segadores, la mayor parte hombres disolutos y atrevidos que

lo más del año viven desordenadamente, sin casa, oficio o habitación

cierta; causan de ordinario movimientos e inquietud en los lugares

donde los reciben; pero la necesidad precisa de su trato, no

consiente que se les prohiba; temían las personas de buen ánimo su

llegada, juzgando que las materias presentes podrían dar ocasión a su

atrevimiento en perjuicio del sosiego público.

Entraban, comúnmente, los segadores en vísperas del Corpus, y se

habían anticipado aquel año algunos; también su multitud, superior a

los pasados, daba más que pensar a los cuerdos, y con mayor cuidado

por las observaciones que se hacían de sus ruines pensamientos.

El de Santa Coloma, avisado de esta novedad, procuró, previniéndola,

estorbar el daño que ya antevía: comunicólo a la ciudad, diciendo le

parecía conveniente a su devoción y festividad que los segadores

fuesen detenidos, porque con su número no tomase algún mal

propósito el pueblo, que ya andaba inquieto; pero los conselleres

de Barcelona (así llaman los ministros de su magistrado; consta de

cinco personas), que casi se lisonjeaban de la libertad del pueblo,

juzgando de su estruendo habría de ser la voz que más constante

votase el remedio de su república, se excusaron con que los segadores

eran hombres llanos y necesarios al manejo de las cosechas; que el

cerrar las puertas de la ciudad, causaría mayor turbación y tristeza;

que quizá su multitud no se acomodaría a obedecer la simple orden

de un pregón. Intentaban con esto poner espanto al Virey para que

se templase en la dureza con que procedía; por otra parte, deseaban

justificar su intención por cualquier suceso.

Pero el Santa Coloma ya imperiosamente les mostró con claridad la

peligrosa confusión que los aguardaba en recibir tales hombres;

empero volvió el magistrado por segunda respuesta que ellos no se

atrevían a mostrar a sus naturales tal desconfianza; que reconocían

parte de los efectos de aquel recelo; que mandaban armar algunas

compañías de la ciudad para tenerla sosegada; que donde su flaqueza

no alcanzase, supliese la gran autoridad de su oficio, pues a su

poder tocaba hacer ejecutar los remedios que ellos sólo podían

pensar y ofrecer. Estas razones detuvieron al conde, no juzgando por

conveniente rogarles con lo que no podía hacerles obedecer, o también

porque ellos no entendiesen eran tan poderosos, que su peligro o su

remedio podía estar en sus manos.

Amaneció el día en que la Iglesia católica celebra la institución

del Santísimo Sacramento del altar; fué aquel año el 7 de junio;

continuóse por toda la mañana la temida entrada de los segadores.

Afirman que hasta dos mil, que con los anticipados hacían más de dos

mil y quinientos hombres, algunos de conocido escándalo; dícese que

muchos, a la prevención y armas ordinarias, añadieron aquella vez

otras, como que advertidamente fuesen venidos para algún hecho grande.

Entraban y discurrían por la ciudad; no había por todas sus calles

y plazas sino corrillos y conversaciones de vecinos y segadores; en

todos se discurría sobre los negocios entre el rey y la provincia,

sobre la violencia del Virey, sobre la prisión del diputado y

concejeros, sobre los intentos de Castilla y, últimamente, sobre

la libertad de los soldados; después, ya encendidos de su enojo

paseaban llenos de silencio por las plazas, y el furor oprimido de

la duda forcejaba por salir, asomándose a los efectos, que todos

se reconocían rabiosos e impacientes; si topaban algún castellano,

sin respetar su hábito o puesto, lo miraban con mofa y descortesía,

deseando incitarlos al ruido; no había demostración que no prometiese

un miserable suceso...

Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre

facineroso y terrible, al cual queriendo prender, por haberle

conocido, un ministro inferior de la justicia, hechura y oficial del

Monredón (de quien hemos dicho), resultó desta contienda ruido entre

los dos; quedó herido el segador, a quien ya socorría gran parte de

los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre

ventajoso el de los segadores. Entonces algunos de los soldados

de milicia que guardaban el palacio del Virey, tiraron hacia el

tumulto, dando a todos más ocasión de remedio. A este tiempo rompían

furiosamente en gritos: unos pedían venganzas; otros, más ambiciosos,

apellidaban la libertad de la patria; aquí se oía: «¡Viva Cataluña

y los catalanes!» Allí otros clamaban: «¡Muera el mal gobierno de

Felipe!» Formidables resonaron la primera vez estas cláusulas en

los recatados oídos de los prudentes; casi todos los que no las

ministraban las oían con temor, y los más no quisieran haberlas oído.

La duda, el espanto, el peligro, la confusión, todo era uno; para

todo había su acción, y en cada cual cabían tan diferentes efectos;

sólo los ministros reales y los de la guerra lo esperaban, iguales en

el celo. Todos aguardaban por instantes la muerte (el vulgo furioso,

pocas veces para sino en sangre); muchos, sin contener su enojo,

servían de pregón al furor de otros; éste gritaba cuando aquél hería,

y éste, con las voces de aquél, se enfurecía de nuevo. Infamaban los

españoles con enormísimos nombres; buscábanlos con ansia y cuidado,

y el que descubría y mataba, ese era tenido por valiente, fiel y

dichoso.

Las milicias armadas, con pretexto de sosiego, o fuese orden del

conde o sólo de la ciudad, siempre encaminada a la quietud, los

mismos que en ellas debían servir a la paz, ministraban el tumulto.

Porfiaban otras bandas de segadores, esforzados ya de muchos

naturales, en ceñir la casa del Santa Coloma; entonces los diputados

de la General, con los conselleres de la ciudad, acudieron a su

palacio; diligencia que más ayudó la confusión del conde, de lo que

pudo socorrérsela; allí se puso en plática saliese de Barcelona

con toda brevedad, porque las cosas no estaban ya de suerte que

accidentalmente pudiesen remediarse; facilitábanle con el ejemplo de

don Hugo de Moncada, en Palermo, que, por no perder la ciudad, la

dejó, pasándose a Mesina. Dos galeras genovesas en el muelle, daban

todavía esperanza de salvación. Escuchábalo Santa Coloma, pero con

ánimo tan turbado, que el juicio ya no alcanzaba a distinguir el

yerro del acierto. Cobróse y resolvió despedir de su presencia casi

todos los que le acompañaban, o fuese que no se atrevió a decirles

de otra suerte que escapasen las vidas, o que no quiso hallarse con

tantos testigos a la ejecución de su retirada. En fin, se excusó a

los que le aconsejaban su remedio, con peligro, no sólo de Barcelona,

sino de toda la provincia; juzgaba la partida indecente a su

dignidad; ofrecía en su corazón la vida por el real decoro; de esta

suerte, firme en no desamparar su mando, se dispuso a aguardar todos

los trances de su fortuna.

Del ánimo del magistrado no haremos discurso en esta acción, porque

ahora el temor, ahora el artificio, le hacían que ya obrase conforme

a la razón, ya que disimulase, según la conveniencia. Afírmase por

sin duda que ellos jamás llegaron a pensar tanto del vulgo, habiendo

mirado apaciblemente sus primeras demostraciones.

No cesaba el miserable Virey en su oficio, como el que con el remo en

la mano piensa que por su trabajo ha de llegar al puerto; miraba y

revolvía en su imaginación los daños, y procuraba su remedio; aquel

último esfuerzo de su actividad estaba enseñando ser el fin de sus

acciones.

Recogido a su aposento, escribía y ordenaba; pero ni sus papeles ni

sus voces hallaban reconocimiento u obediencia. Los ministros reales

deseaban que su nombre fuese olvidado de todos; no podían servir en

nada; los provinciales ni querían mandar, menos obedecer.

Intentó por última diligencia satisfacer su queja al pueblo,

dejando en su mano el remedio de las cosas públicas, que ellos ya

no agradecían, porque ninguno se obliga ni quiere deber a otro lo

que se puede obrar por sí mismo; empero ni para justificarse pudo

hallar forma de hacer notoria su voluntad a los inquietos, porque las

revoluciones interiores, a imitación del cuerpo humano, habían de

tal suerte desconcertado los órganos de la república, que ya ningún

miembro de ella acudía a su movimiento y oficio.

A vista de este desengaño se dejó vencer de la consideración y deseo

de salvar la vida, reconociendo últimamente lo poco que podía servir

a la ciudad su asistencia, pues antes el dejarla se encaminaba a la

lisonja o a remedio acomodado a su furor. Intentólo, pero ya no le

fué posible, porque los que ocupaban la tarazana y baluarte del mar,

a cañonazos habían hecho apartar la una galera, y no menos porque

para salir a buscarla a la marina era fuerza pasar descubierto a las

bocas de sus arcabuces. Volvióse, seguido ya de pocos, a tiempo que

los sediciosos a fuerza de armas atropellaban las puertas; los que

las defendían, entendiendo la causa del tumulto, unos les seguían,

otros no lo estorbaban.

A este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas

y voces; cada casa representaba un espectáculo; muchas se ardían,

muchas se arruinaban, a todas se perdía el respeto y se atrevía a la

furia; olvidábase el sagrado de los templos; la clausura e inmunidad

de las religiones fué patente al atrevimiento de los homicidas;

hallábanse hombres despedazados sin examinar otra culpa que su

nación; aun los naturales eran oprimidos por crimen de traidores:

así infamaban aquel día a la piedad, si alguno abría sus puertas

al afligido o las cerraba al furioso. Fueron rotas las cárceles,

cobrando no sólo la libertad, mas autoridad los delincuentes.

Había el Conde ya reconocido su postrer riesgo, oyendo las voces

de los que le buscaban pidiendo su vida; y depuestas entonces las

obligaciones de grande, se dejó llevar fácilmente de los afectos de

hombre; procuró todos los medios de salvación, y volvió a proseguir

en el primer intento de embarcarse; salió segunda vez a la lengua

del agua, empero como el aprieto fuese grande y mayor el peso de las

aflicciones, mandó se adelantase su hijo con pocos que le seguían,

porque llegando al esquife de la galera, que no sin gran peligro los

aguardaba, hiciese como lo esperase también; no quiso aventurar la

vida del hijo, porque no confiaba tanto de su fortuna. Adelantóse

el mozo, y alcanzando la embarcación, no le fué posible detenerla

(tanta era la furia con que procuraban desde la ciudad su ruina);

navegó la galera, que le aguardaba fuera de la batería. Quedóse el

Conde mirándola con lágrimas, disculpables en un hombre que se veía

desamparado a un tiempo del hijo y de las esperanzas; pero ya cierto

de su perdición, volvió con vagorosos pasos por la orilla opuesta a

las peñas que llaman de San Beltrán, camino de Monjuich.

A esta sazón, entrada su casa y pública su ausencia, le buscaban

rabiosamente por todas partes, como si su muerte fuese la corona de

aquella victoria; todos sus pasos reconocían los de la tarazana: los

muchos ojos que lo miraban caminando como verdaderamente a la muerte,

hicieron que no pudiese ocultarse a los que le seguían. Era grande

la calor del día, superior la congoja, seguro el peligro, viva la

imaginación de su afrenta; estaba sobre todo firmada la sentencia en

el tribunal infalible; cayó en tierra cubierto de un mortal desmayo,

donde siendo hallado por algunos de los que furiosamente le buscaban,

fué muerto de cinco heridas en el pecho.

Así acabó su vida don Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, dando

famoso desengaño a la ambición y soberbia de los humanos, pues aquel

mismo hombre, en aquella región misma, casi en un tiempo propio, una

vez sirvió de envidia, otra de lástima. ¡Oh grandes, que os parece

nacisteis naturales al imperio! ¿Qué importa, si no dura más de la

vida, y siempre la violencia del mando os arrastra tempranamente al

precipicio?

Antología de prosistas castellanos · 第 69 / 79 题