De la hermosa, amable é interesante madame de Sevigné es de quien vamos
á tratar en este artículo, como de uno de los modelos de amor maternal
que conocemos.
Infeliz en su enlace, no obstante que estuvo de acuerdo con su corazon,
quedó viuda muy jóven, y en vano fué que se viese rodeada de los más
brillantes partidos; quedáronle dos hijos, y se dedicó sola y
exclusivamente _á ser madre_.
La Marquesa de Sevigné amaba mucho á sus dos hijos, pero el varon no
alcanzó las infinitas pruebas de ternura que dió á su hija Margarita
Francisca, que luégo fué la condesa Grignan.
Á la ternura maternal que la Marquesa profesaba á su hija se debe esa
obra maestra de naturalidad y de gracia, esas _Cartas_, que áun nos
interesan tan vivamente: se admira en ellas el espíritu ingenioso de su
autora y su imaginacion fresca y llena de brillantez; pero se admira
aún más su corazon maternal, en el que habitan como en morada propia,
una ternura y una afeccion inagotables: hay en esas cartas expresiones
mil veces repetidas, pero que parecen siempre interesantes y siempre
nuevas: su elocuencia tierna y sublime es tan natural, tan delicada,
tan persuasiva, tan amorosa, que admira profunda y tiernamente: se ve
en las cartas de esa madre á su hija, pintada la verdadera manera de
amar, que se olvida de sí misma y se ocupa sólo de la dicha del objeto
amado.
La Marquesa, sin embargo, no era pagada por su hija con un amor igual
al que le daba. Margarita era dura, altanera, fria de corazon, y
frecuentemente necesitaba del perdon maternal: la hija era una mujer
irreprensible, y la madre, que tenía todas las amables debilidades de
su sexo, se veia juzgada duramente, y algunas veces reprendida con
severidad por la misma hija á quien adoraba.
Hemos dicho que Margarita, condesa de Grignan, tenía necesidad muchas
veces del perdon de su madre, y en ninguna ocasion resplandecen mejor
la delicadeza y el profundo amor de la Marquesa á su hija, que cuando
tiene que perdonarla.
«Tú me amas, hija mia, le escribia, y me lo dices de un modo que trae á
mis ojos abundantes lágrimas: te complaces pensando en mí, y en hablar
de mí, y dices que nunca eres tan dichosa como cuando me expresas tus
sentimientos; cuando estos sentimientos llegan á mí, son recibidos de
un modo que sólo puede ser comprendido por los que saben amar como yo
te amo; tú eres para mí el mundo entero, y sólo á tí conozco.»
Este sentimiento tan vivo no hizo la dicha de madame de Sevigné: vivió
separada de su hija desde el casamiento de ésta, y no pensó en que
cuanto más elevamos un ídolo, más le separamos de nosotros: en todos
los amores de la tierra la ceguedad, la idolatría, sólo llevan á la
desgracia.
En tanto que no salió del lado de su madre, la jóven Margarita fué el
objeto de los más tiernos cuidados de aquélla: la presentó en la córte,
y la adornaba del modo más á propósito para hacer resaltar su belleza,
que era perfecta; jóven áun la madre, bella y más agradable que la
hija, pues su hermosura era de un carácter infinitamente más dulce que
la de Margarita, apénas pensaba en sí misma, reservando todos sus
cuidados y desvelos para la hija que amaba más que á sí propia.
Luis XIV, prendado de la admirable hermosura de Margarita, cuando ésta
fué presentada en la córte, la distinguió mucho y hubo noche que bailó
con ella cuatro veces seguidas. Margarita no era insensible á los
homenajes de aquel Monarca, hermoso jóven y al que se miraba como á un
semidios: á los diez y seis años no hay bastante fortaleza para
reflexionar, y el alma de aquella niña, bien que oculta tras de un
espeso velo de dureza y de egoismo, era ardiente y ambiciosa.
Madame de Sevigné tuvo mucho que sufrir para combatir las seducciones
del Rey.
No se atrevia á dejar de ir á las recepciones de la córte con su hija,
pues conocia el carácter del Monarca, y temia que la misma privacion de
ver á Margarita le empujase á cometer violencias para llegar hasta ella.
Dióse, pues, prisa á casarla con el conde de Grignan, hombre de edad
madura, sin que llegase á la vejez, padre de dos hijos, pero que amaba
á Margarita con todo el entusiasmo del último amor.
Margarita fué dichosa en aquel enlace, pero no así su madre; habia
deseado ésta ante todo que su hija no se separase de ella, y así se lo
prometió el conde de Grignan; pero en breve, órdenes superiores del
Gobierno, y que él no esperaba, le hicieron salir de París, al cual no
volvió en muchos años.
De aquella separacion nacieron las cartas de madame de Sevigné, cartas
admirables y de las que ya nos hemos ocupado.
La amorosa madre no pudo resistir largo tiempo sin ir á ver á su hija,
y pasó á su lado algunos meses; pero sus ocupaciones y su fortuna la
llamaban de nuevo á París, y los dolores de la ausencia empezaron para
ella con mayor y más profunda intensidad; para que su correspondencia
fuese interesante y no fatigase la atencion de Margarita, madame de
Sevigné se informaba de todas las anécdotas de la córte, de todo lo que
sucedia, y lo referia en sus cartas á su hija, con una gracia y una
viveza encantadoras y teniéndola al corriente de todas las novedades.
El amor de madame de Sevigné llegó para su hija hasta la idolatría: y
nosotros creemos que son preferibles las madres cristianas como Santa
Mónica y como Blanca de Castilla, á las que, como madame de Sevigné,
convierten en una pasion desordenada y ciega el amor maternal, pues
este amor, cuando no es débil, es grande, poderoso, admirable: podria
reformar el mundo si tuviera la conciencia de su mision, si
comprendiera que no se trata solamente de amar al hijo, sino que es
preciso educarle y salvarle de los peligros que le rodean.
Es fácil y cómodo amar el cuerpo de un hijo, embellecerle y adularle;
pero ¡cuánto más hermoso y más grande es pensar en su alma!
El grande honor, cuando una mujer es madre, no es el sacrificio por su
hijo, porque el sacrificio es dulce para la que lo cumple; es el
sacrificar en caso de necesidad la vida misma del hijo, y estimar en
más que esta vida tan cara, la verdad, el honor y la virtud; es querer
más verle muerto que ver marchitas en su alma esas santas y delicadas
flores.
Reconvenian no hace mucho á una madre delante de nosotros, porque en
vez de reprimir la excesiva sensibilidad de su hijo le excitaba con
lecturas tiernas y llevándole á socorrer á los pobres y á los enfermos,
y le acusaban de que le hacía desgraciado.
--Amigo mio, respondió aquella madre: prefiero el que mi hijo sea bueno
á que sea feliz.