Tres dias despues le participó con blandura que iba á unirse á otro
hombre, asegurándole que jamas le faltaria su ternura.
--Espero, mamá, que me darás tu brazalete de esmeraldas, fué la única
respuesta de Gonzalo.
--El dia de mi casamiento, hijo mio, contestó Elena.
--No, no, ha de ser ahora, mamá; desde el momento en que sé que vas á
tener otro esposo, debe estar en mi poder.
Elena, asustada al ver la lúgubre expresion de las facciones de su
hijo, desabrochó el brazalete de su brazo y se lo dió.
El niño le tomó, dejó caer en él una lágrima y le guardó en su seno.
Llegó por fin el dia de la ceremonia, á la cual no asistió Gonzalo; al
llegar á casa de vuelta de la iglesia Elena fué á buscarle á su cuarto;
la puerta estaba entornada, llamó, y no contestándole entró presurosa.
Gonzalo no estaba allí: entró en la alcoba y quedó petrificada de
horror al verle tendido en su lecho, inmóvil y descolorido.
La desgraciada madre se arrojó sobre él, tocó su corazon y estaba
helado; fué á tomar una de sus manos, y entónces ¡vió que tenía asido
el fatal brazalete de esmeraldas!... Pero ¡cosa extraña! faltaban á la
alhaja todas sus piedras, que habian sido desmontadas.
Elena, siempre silenciosa, revolvió por la alcoba sus secos y
extraviados ojos; entónces vió sobre la mesa de noche un papel, que
tomó y devoró con ánsia.
Decia así:
--«Madre mia: Hoy me he tragado una á una las piedras que componian el
brazalete de esmeraldas que te dió mi padre; no queria ver á otro
hombre ocupando el lugar del que me llamó su hijo, robándome toda tu
ternura.
«No queria tampoco que volvieras á ver esta alhaja, que hubiera sido
para tí un remordimiento perpétuo, ni he podido dejarla abandonada,
porque es para mí una reliquia... He guardado para el instante que dés
el fatal sí la esmeralda mayor, y ella me ahogará, librándome de la
odiosa carga de la vida.
«¡Adios, madre mia! ¡Sé feliz y perdona á tu hijo!--GONZALO.»
¡La desgraciada madre salió demente de aquel cuarto, y un mes despues
se la halló cadáver sobre la tumba de su hijo!