Voy á dedicar á mis amables y benévolas lectoras una noticia de las
necesidades del dia.
Estamos atacados de una enfermedad mortal: del amor al lujo
desenfrenado; nos importa ménos ser que parecer; la vanidad nos mata;
el mal ha llegado á las mujeres, y éstas están más profundamente
heridas que los hombres.
La mujer no vive hoy por el corazon, vive por el cerebro: casi todas
anhelan ese ruido que se llama _celebridad_; nuestras madres cifraban
su gloria en el silencio en que se dejaba su nombre, y el elogio que
más deseaban era que no se hablase de ellas ni bien ni mal: hoy las
mujeres quieren ser citadas por su belleza y su elegancia en los
periódicos de _sport_ y de _high-life_; esto constituye su alegría y la
gloria de su familia.
Nunca la acre sed de goces ha abrasado con un fuego más devorador las
entrañas de la humanidad; nunca las tendencias materialistas se han
dibujado tan claramente como en nuestros dias, y como no hay hecho
aislado en el mundo, todo se encadena y todo se deduce con una lógica
inflexible y despiadada.
Lo caro de las habitaciones y su suntuosidad (algunas veces vulgar)
trae el lujo exagerado del mobiliario; nadie se atreveria á poner una
sillería de reps de lana en un salon deslumbrante de dorados.
Son precisos el damasco y el brocado esmaltado de flores que se inventó
para Mad. de Pompadour.
¿Y qué contraste haria un traje sencillo con estas suntuosidades, con
esas espléndidas colgaduras?
Las fábricas de Lyon no saben ya tejer raso, gro y terciopelo que sean
bastante ricos, y estos trajes exigen como complemento indispensable
las joyas; los diamantes juegan sus luces en torno del cuello, y las
perlas del más grande tamaño lucen, en los pendientes y en los
brazaletes, su deslumbradora blancura.
El traje de los señores se refleja fatalmente en la librea de los
criados; los lacayos se doran á fuego en todas las costuras; y no
siendo posible usar tanta esplendidez en un coche de alquiler, la
señora tiene sus caballos y su carruaje; el gran cupé para salidas de
noche; para el paseo la carretela de ocho resortes.
¿Y quién paga? El marido sin duda, á ménos que le sea imposible
soportar ese lujo... porque, en fin, lo imposible nadie puede
hacerlo... pasemos... alejémonos pronto... nos hallamos al borde del
abismo.