Todo lo bueno es poético y bello, y la mujer ha recibido de la
naturaleza la mision de sembrar con flores los eriales de la vida; mas
para que la cumpla es preciso que desde muy temprano se procure elevar
su entendimiento, y se la enseñe el amor de lo bello en lo moral, en lo
intelectual y hasta en lo físico.
Se ve muchas veces á una jóven dulce, poética, elegante, casi ideal
ántes de casarse, convertirse despues de casada en una mujer colérica,
prosaica y vulgar, y no hace mucho tiempo que sostuve yo con una amiga
mia el diálogo siguiente:
--¡No te conozco! ¿Qué genio maléfico te ha vuelto tan descuidada, no
sólo para tu casa, sino tambien para tu persona? ¿Quién te ha cambiado
así?
--¡El fastidio!
--¿Te aburres?
--¡Mortalmente! ¿Para qué violentarme ya? Mi marido sólo está en casa á
las horas de comer y dormir, y no repara en que la casa esté peor ó
mejor arreglada; la he dejado al cuidado de los criados.
--¡Yo sé que ántes él enseñaba su casa con cierto orgullo á sus amigos!
--No merece la satisfaccion de ese orgullo el que yo me moleste
cuidando de mil detalles fastidiosos.
--Y sin embargo, querida Julia, esos detalles son los que, á semejanza
de las ligaduras invisibles de Gulliver, sujetan á los hombres á su
hogar.
--No lo creas; no reparan en esas pequeñeces.
--Quizá te engañes... pero ¿y tu persona?
--¿Para qué cansarme en un peinado esmerado y en cambiar cada dia de
traje?
--¡Tu elegancia era lo que más agradaba á tu marido! ¿No te acuerdas?
--Para un marido nunca es elegante su mujer, y las admiraciones de
novio de mi esposo, cesaron el dia en que se casó conmigo.
--¿Quién te ha dicho eso? ¿Piensas que los gustos y hasta las ideas de
un hombre varian en un dia? ¿No temes que se halle mejor que en su
desordenada casa, en otra mejor cuidada y más elegante? ¿No temes que
alguna coqueta le prenda en sus redes?
--Yo no tengo tiempo de pensar en esas cosas, contestó Julia, herida
por mis observaciones; mis hijos me ocupan mucho: una esposa, una
madre, debe cuidarse ante todo de sus deberes.
--Uno de sus primeros deberes es agradar á su marido; no le basta con
ser virtuosa, aburriéndose: debe ser bella y feliz.
La pobre Julia no tuvo la fortaleza de violentarse un poco, y todas sus
buenas prendas de madre excelente y de ama de casa, no evitaron que mis
temores se realizasen.
El hogar doméstico sin poesía es para el espíritu fuerte del hombre una
cárcel mezquina y helada: si la mujer sabe embellecerlo, es el oásis
donde crecen palmas y flores, donde el agua murmura dulcemente, donde
el alma reposa de las luchas y de los dolores de la vida.