III.

Todo lo bueno es poético y bello, y la mujer ha recibido de la

naturaleza la mision de sembrar con flores los eriales de la vida; mas

para que la cumpla es preciso que desde muy temprano se procure elevar

su entendimiento, y se la enseñe el amor de lo bello en lo moral, en lo

intelectual y hasta en lo físico.

Se ve muchas veces á una jóven dulce, poética, elegante, casi ideal

ántes de casarse, convertirse despues de casada en una mujer colérica,

prosaica y vulgar, y no hace mucho tiempo que sostuve yo con una amiga

mia el diálogo siguiente:

--¡No te conozco! ¿Qué genio maléfico te ha vuelto tan descuidada, no

sólo para tu casa, sino tambien para tu persona? ¿Quién te ha cambiado

así?

--¡El fastidio!

--¿Te aburres?

--¡Mortalmente! ¿Para qué violentarme ya? Mi marido sólo está en casa á

las horas de comer y dormir, y no repara en que la casa esté peor ó

mejor arreglada; la he dejado al cuidado de los criados.

--¡Yo sé que ántes él enseñaba su casa con cierto orgullo á sus amigos!

--No merece la satisfaccion de ese orgullo el que yo me moleste

cuidando de mil detalles fastidiosos.

--Y sin embargo, querida Julia, esos detalles son los que, á semejanza

de las ligaduras invisibles de Gulliver, sujetan á los hombres á su

hogar.

--No lo creas; no reparan en esas pequeñeces.

--Quizá te engañes... pero ¿y tu persona?

--¿Para qué cansarme en un peinado esmerado y en cambiar cada dia de

traje?

--¡Tu elegancia era lo que más agradaba á tu marido! ¿No te acuerdas?

--Para un marido nunca es elegante su mujer, y las admiraciones de

novio de mi esposo, cesaron el dia en que se casó conmigo.

--¿Quién te ha dicho eso? ¿Piensas que los gustos y hasta las ideas de

un hombre varian en un dia? ¿No temes que se halle mejor que en su

desordenada casa, en otra mejor cuidada y más elegante? ¿No temes que

alguna coqueta le prenda en sus redes?

--Yo no tengo tiempo de pensar en esas cosas, contestó Julia, herida

por mis observaciones; mis hijos me ocupan mucho: una esposa, una

madre, debe cuidarse ante todo de sus deberes.

--Uno de sus primeros deberes es agradar á su marido; no le basta con

ser virtuosa, aburriéndose: debe ser bella y feliz.

La pobre Julia no tuvo la fortaleza de violentarse un poco, y todas sus

buenas prendas de madre excelente y de ama de casa, no evitaron que mis

temores se realizasen.

El hogar doméstico sin poesía es para el espíritu fuerte del hombre una

cárcel mezquina y helada: si la mujer sabe embellecerlo, es el oásis

donde crecen palmas y flores, donde el agua murmura dulcemente, donde

el alma reposa de las luchas y de los dolores de la vida.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 13 / 399 题