XII.

_Diario de la expedicion, que de órden del Exmo. Señor Virey acabo de

hacer contra los indios bárbaros Peguenches_.

El dia 18 de Febrero de este año, (para el que tenia anteriormente

dispuesta la marcha para campaña) salí de esta ciudad de Mendoza entre

tres y cuatro de la tarde, con un corto número de gente que se juntó,

sin embargo de tener citadas para aquel dia todas las compañías: y

puesto en marcha llegué al ponerse el sol à la barranca del rio, donde

me mantuve aquella noche.

Dia 19. En este dia pasè revista de la gente que tenia, y siendo muy

corto el número, me fué preciso dar parte de ellos al Justicia Mayor de

esta, (que en mi ausencia habia quedado con el mando de las armas) para

que inmediatamente hiciese salir y seguirme todos los que se habian

quedado; y asimismo me mandase la caballada destinada. Y por este motivo

tuve que mantenerme en aquel parage hasta la resulta de mi órden.

Dia 20. Todo este dia estuve esperando la gente y caballos que tenia

pedidos; hasta que viendo no parecia ni lo uno ni lo otro, egecuté lo

que expresa el dia siguiente.

Dia 21. Viendo la total inobediencia de los vecinos y moradores en

concurrir al cumplimiento de su obligacion, mandé á la ciudad al capitan

de infanteria, D. Pedro de Encinas, con dos subalternos y 30 hombres,

con órden de que hiciese salir todas las personas ùtiles, á excepcion de

las empleadas en justicia y rentas, bajo las penas que ya tenia

publicadas por bando.

Dia 22. Como con lo que practicaba ya el capitan Encinas me iba llegando

alguna, aunque poca gente, emplee este dia en alistarla è incorporarla

con la otra, que ya estaba. Pero habiendo observado en toda que muchos

se presentaban de dia, y se desaparecian de noche, regresàndose à sus

casas, tuve que tomar otra resolucion que cortase este inconveniente.

Dia 23. A las doce de él, viendo que aun no parecia el expresado capitan

Encinas, mandè aprontarse à la gente para marchar de aquel parage; á

cuyo tiempo tuve aviso de que ya venia aquel, marchando con la que habia

recogido. Como de facto llegó de allí à poco con solos 53 hombres, entre

patricios, portugueses y santiagueños: y haciéndome presente el capitan

que aquella gente y sus caballos no habian comido en dos dias, les mandé

dar racion, con órden de seguirme luego; pues yo en el instante me puse

en marcha con la que tenia, hácia el Fuerte de San Carlos, y habiendo

llegado al ponerse el sol à la Cañada del Carrizal, (7 leguas de

distancia) hice alto para que cenase la gente: lo que practicado, marché

à las ocho de aquella noche hasta la Estacada, que dista de este último

parage 10 leguas, donde llegamos á las cuatro de la mañana; y á las

nueve y media me alcanzò allí la partida, que se habia quedado atras.

Dia 24. En este parage me detuve hasta la una para las dos de la tarde,

en que marché y llegué al citado Fuerte de San Carlos, distante 12

leguas, à las nueve y media de la noche.

Dia 25, 26 y 27. Estos los empleè en formar y alistar toda la gente; que

hasta entonces mucha parte de ella habia andado desparramada por las

estancias circunvecinas, en recoger ganados y caballos. Arreglè hasta

diez compañías, cada una de á 60 hombres con sus respectivos oficiales:

lo que no me dió poco que hacer, por haberse presentado aquellas tan

escasas de gente, que unas solo tenian 10 hombres, otras 7 y alguna 3.

Hecho el arreglo y repartidas las listas á cada capitan, se dieron estos

y sus subalternos à reconocer á la respectiva gente que debian mandar;

que componia el nùmero de 681, inclusives 10 artilleros que manejaban

cuatro cañones y tres pedreros de bronce.

Dia 28. Este dia me fué preciso detenerme á esperar los víveres que

habia quedado mandarme el Justicia Mayor: de los que por fin llegaron

siete cargas solas, de las veintiuna que debian ser: cuyas raciones

distribuí á los soldados, por ahorrar el costo de las cabalgaduras de su

conduccion, respecto à ser aquellas de bizcocho, tabaco y charque.

Dia 29. A las diez de este dia, sin embargo de no haber llegado lo

restante de los víveres, me puse en marcha, y llegué à las tres y media

de aquella tarde à lo de Alvarado, distante 7 leguas.

Marzo 1.º Al romper el dia me puse en marcha, y á las once de él llegué

à Llaucha, distante 8 leguas.

Dia 2. Salí de este parage, y como a las diez de la mañana llegué á la

Ciénaga de los Papagayos, distante tres leguas, donde hice alto para

esperar el aviso de la partida que anteriormente habia mandado à las

junta de los rios Atuel y Diamante, á bombear el campo del enemigo, por

ser el parage preciso de su establecimiento.

Dia 3. En este dia mandè a las òrdenes del reformado D. Melchor

Sanabria, 12 hombres, al Paso de las Salinas, que llaman _Orillas del

Diamante_, á esperar el correo, llevando órden de mandar los

exploradores de la junta de los rios, acerca de que notasen.

Dia 4. A la una de este, viendo que no habia aviso de uno ni otro de

dicho parage, marchè al Arroyo de las Cortaderas, distante 6 leguas,

donde llegué à las cuatro y media de la tarde; del que despaché á dicho

Sanabria dos hombres al Paso de las Salinas, participándole la nueva

determinacion que habia tomado, y el parage à donde me podia salir à

encontrar.

Dia 5. En el mismo parage me mantuve todo este dia, esperando a ver si

en él venia algun aviso de alguno de los dichos parages.

Dia 6. Como à las doce de este llegò un hombre despachado por Sanabria,

participando no haber novedad alguna hasta el presente, y pidiendo

refresco para su gente, que se le mandó; y previno que al siguiente dia

7 marchaba con el cuerpo para el Arroyo de la Faja. Pero como a las

nueve y media de la noche recibí aviso de Sanabria, participando

habèrsele juntado el capitan D. Mateo Urtubia, que fué reconocer la

junta de los rio Atuel y Diamante, diciendo que en todos aquellos

parages no se notaba rumor ni rastro alguno; y si solo se reconocia la

huella vieja, por donde habia pasado el enemigo el año anterior.

Dia 7. Al salir el sol seguí mi marcha para el Rio Diamante, distante 5

leguas: llegué y acampé en él á las diez y media de aquel; y

distribuyendo racion á la gente, segui para el rio Atuel, distante 16

leguas, que fue forzoso andar de trasnochada, por no haber donde

refrescar la gente, ni pastorear los animales.

Dia 8. A las tres llegué al rio Atuel, donde me detuve todo él; y de

allí despachè una partida de 55 hombres, los 5 para recorrer el campo, y

los otros para sostenerlos en caso necesario.

Dia 9. A las tres de este recibí aviso del capitan D. Jacinto Lemus, en

que me decia haber recibido un correo del capitan de los indios

santiagueños, Mateo Delgado, quien le participaba, que por el parage que

salieron los enemigos con el robo de Chile, se veian cinco rastros, y

que estos habian retrocedido: que aquellos llegaban hasta el parage de

los Chacayes, distante de Atuel 6 leguas. Que en este concepto era de

parecer me mudase al rio de los Sauces, por estar bueno de pastos. Con

este aviso me puse en marcha à las dos de la tarde, y como media legua

antes de llegar á los Chacayes, recibì otro correo del expresado capitan

Lemus, reiterándome pasase à dicho rio de los Sauces, respecto á que los

antedichos cinco rastros se encaminaban al sur, no quedando duda ser de

indios. Con esta noticia aceleré la marcha, y como à las once de la

noche recibì otro correo del mismo, avisàndome hallarse ya en el rio de

los Sauces; pero con bastante cuidado de ser asaltado por el enemigo, y

así me diese prisa en llegar. Como de facto llegué á las dos y media de

la mañana, donde acampé todo aquel dia; mandando 14 hombres á explorar

el campo, respecto à contemplarme ya una jornada del parage donde

podrian estar las tolderias del enemigo; y poco antes de ponerse el sol,

se divisò un humo hecho de aquel. Esta partida me dió aviso à las ocho

de la noche de haberse internado los rastros antecedentes como hácia el

Potrero, que llaman del Rio de San Pedro; y que por la Sierra de la

enderecera del Corral de los Huanacos se observaba otro humo: y que con

esta novedad hacian ánimo de internarse á su reconocimiento; y que en

esta atencion procurase yo avanzarme al Rio de San Pedro para

sostenerlo: lo que egecutè como se verá por el dia siguiente.

Dia 10. Al salir el sol me puse en marcha, y habiendo llegado à dicho

rio á las once y media, que dista del de los Sauces 6 leguas, luego que

aposté, recibí aviso de la dicha partida, previnièndome su oficial no

notarse novedad alguna hasta el Corral de Huanacos, ni por el otro lado.

Que él proseguia su marcha, y que no dejase yo de llegar en toda aquella

tarde al expresado Corral de Huanacos: como de facto lo verifiqué à las

seis de la tarde, distante este parage del antecedente 7 leguas. La

expresada partida llegò á mi campo à las doce de la noche, trayendo dos

cautivas, madre è hija; dejando otra muerta, por haberse querido huir al

pillarla, y parecerle à la gente de lejos ser hombre que pudiese dar

aviso en las tolderias.

Dia 11. Este dia, con la ocasion de haber examinado por el lenguaraz,

Justo Antonio Guajardo, à dichas prisioneras, y haber declarado que los

caciques Guentenau y Troco habitaban 14 leguas de allí, seguí la marcha

con las precauciones que pedian las circunstancias, y en ella volvì à

examinar à aquellas, y preguntàndoles por el cacique Ancan, dijeron que

acababa de llegar de las Pampas de Buenos Aires con bastante hacienda

robada y una cautiva; y que acompañaba al expresado Ancan el cacique

Troco. Y examinadas nuevamente se justificó lo contrario, porque

habiendo hecho la empresa en sus tolderias, y examinàdolas con las demas

cautivas, han declarado que dicho Ancan se hallaba por Buenos Aires, con

la determinacion de asaltar á aquellos pagos, y se ha verificado ser

cierto todo lo dicho respecto que à vuelta de nuestra marcha hemos

encontrado la toldería del referido Ancan vacia, que à la sazon hizo

fugar sus familias, por habernos sentido el dia antecedente.

En este mismo dia llegué à los altos de la Sierra del Rio Grande,

internàndome todo el dia por las laderas y cumbres de aquella, sin

embargo de su aspereza; no obstante de que entre medio de las sierras se

hallan varios valles abundantes de pastos y aguadas. Dista este parage

del antecedente 12 leguas, donde hice alto: pero habiéndose divisado, al

ponerse el sol, hácia su horizonte, una eminencia, en que parecia haber

tolderias, mandè una partida de 25 hombres á su reconocimiento; y

dejando la hacienda y caballada custodiada en aquel parage, marché

luego, siguiendo la ruta de los exploradores, con los que dí à las dos

leguas, y me dijeron no haber novedad alguna, y que lo que nos habia

parecido tolderias no lo eran: con lo que acampè en dicho parage.

Dia 12. Al amanecer de este, marché hasta la orilla del Rio Grande, que

dista dos leguas, donde me detuve hasta las cuatro y media de la tarde,

por no ser sentido del enemigo: en que seguí la marcha por su orilla

hasta la oracion, encontré su vado y lo pasé; no siendo posible por otra

parte, por lo caudaloso de él; pues á la verdad le llaman con razon el

_Rio Grande_ de aquellos parages. Pasado el rio me fuí encaminando por

la misma huella de los animales que hallabamos del enemigo, y siguiendo

siempre la partida avanzada que mandé á cargo del lenguaraz Guajardo.

Dia 13 y 14. A las cuatro de la mañana de este, despues de haber andado

10 leguas en la noche anterior, me dió aviso dicho Guajardo, que

marchase prontamente, por estar ya inmediato una toldería, que era

preciso avanzar antes de amanecer. Con esto, acelerando yo la marcha,

llegué antes de salir el sol á las tolderias, que rodeamos y asaltamos

con la mayor presteza: pero sin embargo, nos habian sentido los indios y

empezaron á querer huir por la barranca del rio, ocultándose entre sus

peñascos; sin dejar muchos de ellos de hacer frente: por lo que fué

preciso hacer fuego, que no fué mi primera intencion, siempre que no

fuese preciso. Lo primero, por ver si los podia tomar á todos vivos; y

lo segundo por no alborotar la comarca y perder el lance con otras

tolderias que pudiese haber inmediatas. Como de facto habia una á

distancia de tres cuartos de legua; de lo que, cerciorado de las

patrullas, mandé 300 hombres á embestirlas, que, aunque puestas en fuga,

se logró matarles 28, y tomarles prisioneros 19.

Entre los muertos de la primera toldería, lo fueron los tres caciques,

Lliguenquen, hermano de Ancan, y el famoso Guentenau, el mas anciano de

esta nacion Peguenche, y el mas terrible ladron de nuestros campos y de

las Pampas; y el tercero, el capitanejo Longopag. Yo sentí mucho la

muerte pronta de estos tres perillanes, pues á haber vivido, hubiera

tenido el gusto de mandarselos á V.E., para que por su edad y proezas

hubiera sabido cosas que la casualidad de su muerte nos ha ocultado.

Estas dos tolderias las hallamos en el parage que llaman el

_Campanario_, (así dicho por un cerro eminente que tiene figura de tal)

en medio de ambas cordilleras, jurisdiccion del Rio de la Plata, y á las

dereceras de Maule, al E de dicho parage; que segun las marchas se

regulan 129 leguas desde Mendoza hasta el expresado Campanario.

Luego de la accion despaché 200 hombres para arrear nuestras caballadas

y ganados, que como he dicho las dejé á 6 leguas de distancia, con la

custodia correspondiente, y me mantuve en el campo de batalla todo aquel

dia, corriendo los cerros inmediatos por ver si se dejaban ver enemigos:

como de facto se logró tomar algunos; y como á las cuatro de la tarde se

descolgó de la serranía una china montada en una yegua, y se nos

entregó, creyendo fuesemos de los suyos, segun despues dijo.

Puestas al anochecer las patrullas avanzadas, que pedian las

circunstancias del tiempo y del terreno, en parage rodeado de enemigos,

segun lo que habian dicho las prisioneras, á breve rato me dió aviso uno

de los oficiales, que respecto de la claridad de la luna habian

divisado 6 indios, que habian bajado del cerro á bombearnos, pero que

inmediatamente se habian desaparecido: y de la otra banda del rio, me

avisó otro oficial de otra patrulla haber divisado algunos enemigos, y

que á las dos de la mañana los habia acometido, sin mas suceso que el

haber disparado á uno, dicho oficial, su carabina y haberle muerto el

caballo, marchándose el ginete, pero herido, segun pensaba, por el

parage donde hirió el caballo; no determinándose el oficial á seguirlos

hasta el dia, por no caer en alguna emboscada. Y llegando despues al

parage donde habia derribado al caballo, lo hallaron muerto, y á su lado

un sombrero de cuero, forrado de alquimia y una lanza, como tambien un

caballo ensillado: por lo que es de creer que muerto el dueño, lo

retiraron sus compañeros.

Con lo ocurrido del dicho tiro, se alborotó nuestra caballada, que no

estaba lejos; de tal suerte que estuvo para llevarnos por delante ó

descomponernos la formacion: y lo hubiera hecho si no hubiera sido por

algunos fusilazos que se le tiró por delante, con lo que mudó su tropel

de rumbo; al que acudiendo yo con 25 hombres los pude contener y

sosegar, no habiendo mas desgracia en toda la accion de nuestra parte,

que un hombre herido, que despues murió, de haberle alcanzado, por

hallarse desviado, uno de los tiros.

De los enemigos murieron 106, en que se deben contar algunas mugeres y

chicos, que en la confusion no se pudo evitar su estrago; y hubiera sido

total, á no contener yo el justo despique de los nuestros: digo justo,

porque algunos llevaban consigo el reciente dolor de la muerte inhumana

de aquellos mismos bárbaros; y lo mas, la total disolucion de sus

haciendas y campos. Se han tomado 123 prisioneros entre mugeres, niñas y

niños de 10 á 11 años para abajo; y de las primeras una nieta del

cacique Guentenau, que ya era reconocida entre ellos por cacica, aunque

soltera, por no haber en su nacion quien pudiese comprarla en 100 pagas,

en que segun su rito estaba avaluada su mano. Se les han tomado 99,

entre caballos y yeguas, 17 vacas lecheras, 1,114 ovejas, 200 cabras,

que unas y otras se les dieron de raciones á nuestra gente. En sus

toldos se encontraron cuatro cotas de malla de acero, 58 lomillos y 131

lanzas; 11 de las que en otras ocasiones les habian tomado á los

nuestros, y las 20 suyas: dos llaves de fusil del Rey, una plancha de

otra, varias menudencias, como algunos frenos chapeados, espuelas de

plata, tembladeras y otros chismes de este uso. A las prisioneras se les

trata con la humanidad con que se me esplicó la prevencion de V.E., no

permitiendo se les llegase á su ropa; conduciéndolas á esta, donde

quedan distribuidas en casas de mi satisfaccion, para su cuidado y

educacion. No se ha traido indio grande alguno porque los que no

pudieron escaparse en la accion (que fueron pocos) quisieron mas bien

morir que entregarse.

Dia 15. Bien queria yo haber proseguido con otras empresas, pero me ví

precisado á no internarme mas: lo primero, por contemplarme muy falto de

caballada, que en una marcha tan larga y de caminos tan fragosos la

miraba muy aniquilada: lo segundo, por estar cerciorado de las

prisioneras, que por todas aquellas serranias eran muchas las tolderias

é indiadas que habia: y lo tercero, el tener presente la proximidad de

las cosechas de este país. Por esto pues, dí la órden de marchar, y

estando ensillando me dieron aviso de que por la orilla opuesta del rio

se divisaban seis indios, con lo que hice salir una partida en su

alcance, mandada por el Comandante del Fuerte de San Carlos, D.

Francisco Esquivel y Aldao, quien por mas que se empeñò no les pudo dar

alcance, pues se habian ya retirado aquellos á los cerros. No obstante,

el expresado Aldao me mandó pedir 50 hombres de fusil para seguirlos, lo

que no tuve por conveniente por la imposibilidad de alcanzarlos, y el

temor de acabar de fatigar nuestros caballos y acaso perder la accion.

Respecto á lo dicho, y á que conceptué que, aunque no se dejaban ver mas

que aquellos pocos enemigos, podria estar oculto entre la aspereza del

cerro algun trozo: como se empezó á conocer despues que, retirándose de

mi órden dicho Aldao, se empezaron á divisar detras de aquellos seis

indios otros, al parecer, como 40, sin poderse acabar de conocer por el

estorbo de las peñas, si eran estos solos ó mucho mayor número, como

verosimilmente podia suceder.

Incorporado conmigo dicho Comandante Aldao, seguí la marcha al parage de

las Arenillas, distancia del Campanario seis leguas, y adonde llegué á

la una del dia, donde dí descanso á la gente. A poco rato me dieron

aviso, de que por la retaguardia nos venian siguiendo 10 indios, y así

mandé 60 hombres que luego volvieron diciendo que con su vista se habian

retirado los enemigos á las alturas. A las tres de la tarde me puse en

marcha, y á poco rato hallándome en la cuesta de los Chacleis, (donde

paré esta noche) y que dista tres leguas de las Arenillas, divisé en la

cumbre del otro lado del Rio Chiquito un humo, que nos hizo este mismo

enemigo que se acababa de retirar, y me presumí que lo harian para

avisar nuestra inmediacion á otras tolderias de indios, para que viesen,

como se verificó al dia siguiente, la ruta de este camino ó cuesta de

los Chacleis. Se determinó internarnos por este camino: lo primero, por

reconocer los valles que entre medio del Rio Grande se ofrecen, con

abundantes pastos y aguas que en ellos se encuentran, y ser aquí la

precisa residencia del cacique Ancan y sus aliados; y por practicar la

diligencia con eficacia, para poderles invadir en caso de encontrarlo, y

por descubrir dichos valles que entre estas serranias se hallan: como de

facto se han verificado, segun y en los mismos términos que se me tenia

informado por el práctico, ó lenguaraz, Joaquin Antonio Guajardo.

Dia 16 y 17. Puesto en marcha al aclarar el dia, dimos á las diez de él

con las tolderias que dijimos el dia antecedente, y en ellas conocimos

hacer poco rato se habian huido sus habitantes, pues encontramos en

ellas varias menudencias, sacos de sal y ponchos á medio tejer: y

habiéndose aprovechado de estos despojos la gente, les hice dar fuego á

aquellas y seguí la marcha hasta el Arroyo Bullinco, que dista cuatro

leguas, y de allí hasta el parage Minchemelinqué, que dista tres leguas:

es de muchas aguas y pastos.

Dia 18. Marchamos y llegamos al valle, ó Cabecera del Yeso, á la una y

media de la tarde; y á las dos continuamos, y llegamos al ponerse el sol

al parage llamado el Rio de Montañez, que dista 4 leguas y 8 del Arroyo

Bullinco.

Dia 19. En este dia pasamos dos veces el Rio Grande, y llegamos á la una

y media de la tarde, á la junta de los rios, que dista 4 leguas; y

caminando despues de comer, llegamos á puestas de sol á las Cuevas, que

distan otras 4 leguas, donde hicimos noche, por ser parage de muchos

pastos, bellas aguas y buena leña.

Dia 20. Salí despues de mediodia, y llegué á las cinco de la tarde al

parage de las Cuevas, que dista tres leguas; y como á las nueve de la

noche me dió parte el capitan Ortubia, que venia cubriendo de

retaguardia, á las órdenes del capitan D. José Garcia, que se divisaban

10 ginetes enemigos que seguian nuestra marcha, y que á su retaguardia

se notaba mucho polvo, como que los seguia mayor número. Con este aviso

mandé acercar á nuestro campo nuestras caballadas, y despaché dos

partidas á reconocer el terreno, quedando yo con la tropa sobre las

armas toda la noche: pero habiendo amanecido y disipada la novedad, di

órden de marchar.

Dia 21. Al amanecer de este dia marché y llegué á las once y media al

Valle Hermoso, en donde hice alto por ser ameno, pues le rodean dos

arroyos, de los rios el Cobre y Santa Helena; y asimismo hay una laguna

de media legua de largo, capaz por su fondo de recibir un barco de los

del Rio de la Plata: y á poca distancia del camino se hallan unas

salinas, y para pasar á las Diaretas, donde hice noche, hay que pasar

una ladera, ó cerro muy encumbrado.

Dia 22. Al aclarar marché, y llegué á las diez y media del dia al parage

del Alberjal. Marché á la una y media de la tarde, y llegué á las cinco

al Valle de las Animas, donde hice noche.

Dia 23. Al tiempo de marchar mandé 50 hombres de fusil y lanza, á las

órdenes del teniente D. Francisco Barros y un práctico, á recojer 36

caballos, que por flacos habiamos dejado hácia el Rio de los Sauces; y á

poca distancia por la costa del rio encontraron un perro de los indios y

varios rastros de caballos. Siguiendo al perro 4 de los nuestros,

hallaron dos indios muertos á balazos, segun las heridas de las cabezas,

y con visos hacía poco los habian muerto: de que inferimos que habrian

estado allí algunos indios á la recogida de la fruta, de que hacen

chicha, y que por alguna altercacion los habrian muerto. Siguiendo yo la

marcha llegué á las Cortaderas, que es el desemboque de la sierra, por

donde se descuelga el Rio Salado, que dista 5 leguas, donde hice alto.

Siguiendo la marcha á la una de la tarde, á las cinco y media de la

tarde llegué al Rio Atuel, donde pasé la noche; y de donde determiné,

como lo hice, mandar tres hombres á dar parte de todo lo hasta allí

acaecido al Corregidor de esta.

Dia 24. A las doce de este dia me puse en marcha, y llegué á las cinco y

media de la tarde al cerro y aguada que llaman de los Buitres, distante

7 leguas; de cuyo parage despaché un oficial con dos hombres, para que

el Comandante del Fuerte de San Carlos me aprontase á mi llegada, en el

Valle de Uco y Potrerillo, 300 caballos, por estar falto de ellos el

ejército.

Dia 25. Al romper el dia marché, y llegué à las cinco de la tarde al Rio

Diamante, é hice alto en una isla que hace el rio mismo, y el cerro que

está al N: cuya situacion tomé, por ser la mas adecuada respecto á ser

ya tarde, para que el cuerpo subiese á la cumbre ó plano de dicho cerro,

que es preciso para tomar camino real. A las diez y media de la noche se

armó una tempestad, que despues de muchos relámpagos y truenos descargó

una copiosa lluvia, de que provino un gran ruido que parecia caer

piedra: hasta que, parando yo mejor el oido, conocí ser una grande

avenida que de facto bajaba por entre dos quebradas de dicho cerro: y

conociendo el peligro en que estabamos en aquel parage, mandé que todos

tomasen á toda priesa las armas y me siguiesen, como lo hicieron; pero

no sin que, para pasar el poco trecho de la cañada por donde venia, nos

diese la agua hasta cerca de la cintura: pero al fin, á la prontitud de

aquella extraordinaria evolucion se debió el que acaso no hubiesen

varias desgracias, (pues el plan de la isla iba como el rio) y cuando

menos el que no pereciesen ó se imposibilitasen todas, ó las mas de las

armas, pertrechos y municiones. Tomada la altura del cerro, mandé hacer

muchas fogatas para que se calentase la gente y enjugasen su ropa: y

luego que aclaró, mandé bajar á que cada uno buscase sus avios y demas,

cuya diligencia duró hasta las nueve de la mañana.

Dia 26. A esta hora me puse en marcha, llegando á las dos leguas al

parage del Carrizalito, donde me detuve á hacer tiempo, para que nuestra

caballada y ganados pasasen la expresada cuesta, tan penosa y dilatada:

lo que verificado, á las dos de la tarde marché, y llegué al ponerse el

sol al Arroyo de la Faja, que dista otras tres leguas, donde hice noche.

Dia 27. Al venir el dia me puse en marcha, sin embargo de la lluvia que

amenazaba, y llegué al ponerse el sol al parage de los Papagayos,

distante 9 leguas; en donde me alcanzó un cabo del Fuerte de San Carlos,

que lo habia despachado su Comandante, con 100 caballos para remonta del

ejército, que en viage tan penoso venian todos, ó los mas de ellos casi

imposibilitados da caminar.

Dia 28. Este dia amaneció lloviendo, y cesando algun tanto el agua, me

puse en marcha, y llegué á las doce de él al Corral del Viejo, de la

estancia de Llaucha, en que me encontró un sargento del mismo Fuerte de

San Carlos, despachado por su Comandante, con otros 130 caballos y

mulas: y para mudarlos, y que descasasen algun tanto los prisioneros que

venian ateridos de frio, me detuve hasta la una y media; en que

proseguí, y llegué á las Piedras Blancas, (distancia 8 leguas) á las

cinco y media de la tarde.

Dia 29. Marché, y como á las once y media del dia, llegué al Fuerte de

San Carlos que dista 7 leguas, en que me detuve el rato preciso para

separar y hacer se quedasen en él aquellos soldados de su guarnicion que

me habian seguido en la expedicion, y á que otros, que habian al paso

tomado armas allí, las entregasen á disposicion del Comandante, como se

hizo: y marché á la estancia de Correa, que dista dos leguas, en que me

detuve hasta el dia siguiente.

Dia 30. Luego que amaneció, hice que se separasen y marchasen á cada

estancia las respectivas caballadas que habian servido, como asimismo se

dejó todo el ganado sobrante, á excepcion de aquel poco que se

necesitaba hasta la ciudad. Y marchando, llegué á las cuatro de la tarde

al parage de la Estacada, que dista 6 leguas: y dando algun descanso á

la tropa, marché de trasnochada, y llegué al salir el sol á la quinta de

D. José Lagos, que dista de la Estacada 16 leguas, y del pueblo tres,

donde me mantuve todo aquel dia.

Dia 31. Luego que amaneció me puse en marcha, y un poco antes de llegar

á la ciudad, me salió á encontrar el Sr. Corregidor, acompañado de los

reformados y demas nobleza del pueblo, tomando cada uno su respectivo

lugar. Continuamos la marcha, entrando en la ciudad entre el inmenso

gentío de todas clases, que con sus incesantes víctores y aclamaciones

de _Viva el Rey_, y continuo disparar de fuegos artificiales, daban bien

á entender su júbilo y alegria por el castigo de su comun enemigo: dando

el último realce á esta general aclamacion el general repique de las

campanas de todas las iglesias y conventos, y el no interrumpido

estruendo de la artillería y fusilería; viéndome precisado á dar vuelta

á la ciudad en esta conformidad, para contentar á un pueblo que acaba de

seguirme con tanto honor en la campaña. De este modo entré en la Plaza

mayor, en cuyo Ayuntamiento me esperaba y recibió su Cabildo, dándonos

mutuos parabienes de la parte que cada uno habia tenido en el buen éxito

de la expedicion. Concluidas estas precisas ceremonias, y entregadas en

su almacen las armas, pertrechos, y municiones, y desfiladas las

compañías, me retiré à mi casa.

La noche del dia 1.º de Pascua, en cuya tarde recibió este Corregidor la

noticia que le despaché desde el Rio Atuel, del buen éxito de la

empresa, mandó poner luminarias en toda la ciudad, y hubo repique

general de campanas: y al dia siguiente se cantó misa de gracias en la

Iglesia Mayor, á que concurrió este Ilmo. Cabildo y todo el pueblo; con

que dicho Señor acreditó, que si durante la expedicion dió las mas

acertadas disposiciones, tanto para el abasto del ejército, como para

mantener el pueblo en la mayor tranquilidad, fué tambien el primero en

las demostraciones nada equívocas por el bien de su república y gloria

de nuestras armas. En cuya empresa se ha esmerado á competencia en la

campaña el honor de los oficiales de estas Milicias, y el amor y

constancia al real servicio de la tropa patricia y extrangera.

_Mendoza, y Abril_ 1.º _de_ 1780.

Colección de viages y expediciónes à los campos de Buenos Aires y a las costas de Patagonia · 第 68 / 94 题