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sólo un resquicio por donde cupiese el cañón de una escopeta y el ojo
avizor de un hombre. Javier se estremeció al sentir el helado ambiente
nocturno; pero se rehizo presto, pues no pecaba de cobarde, y miró
abajo. Un grupo negro hormigueaba; se oía como una deliberación en voz
misteriosa.
--¡Fuego!--le dijo al oído su tío.
--Son veinte ó más--respondió Javier.
--Y qué!--gruñó el cura al mismo tiempo que apartaba á su sobrino con
impaciente ademán; y apoyando en el alféizar de la ventana el cañón de
la escopeta, disparó.
Hubo un remolino en el grupo, y el cura se frotó las manos.
--¡Uno cayó patas arriba... _quoniam_!--murmuró pronunciando la palabra
latina, con la cual, desde los tiempos del seminario, reemplazaba todas
las interjecciones que abundan en la lengua española.--Ahora tú, rapaz.
Tienen una escala: al primero que suba...
Los dedos de Javier se crispaban sobre su hermosa carabina Lefaucheux,
mas al punto se aflojaron.
--Tío--atrevióse á murmurar--entre esos hay gente conocida; me acuerdo
ahora de que lo decían en la feria. Aseguran que viene el cirujano de
Solás, el cohetero de Gunsende, el hermano del médico de Doas. ¿Quiere
Vd. que les hable? Con un poco de dinero puede que se conformen y nos
dejen en paz, sin tener que matar gente.
--¡Dinero, dinero!--exclamó roncamente el cura.--¿Tú sin duda piensas
que en casa hay millones?
--¿Y los fondos del santuario?
--Son del santuario, _quoniam_, y antes me dejaré tostar los piés como
le hicieron al cura de Solás el año pasado, que darles un ochavo. Pero
mejor será que le agujereen á uno la piel de una vez y no que se la
tuesten. ¡Fuego en ellos! Si tienes miedo, iré yo.
--Miedo no--declaró Javier; y descansó la carabina en el alféizar.
--Lárgales los dos tiros--mandó su tio.
Dos veces apoyó Javier el dedo en el gatillo, y á las dos detonaciones
contestó desde abajo formidable clamoreo: no había tenido tiempo el
mancebo de recoger la mano, cuando se aplastó en las hojas de la ventana
una descarga cerrada, arrancando astillas y destrozándolas: componían su
terrible estrépito estallidos diferentes, seco tronar de pistoletazos,
sonoro retumbo de carabinas y estampido de trabucos y tercerolas. Javier
retrocedió, vacilando; su brazo derecho colgaba; la carabina cayó al
suelo.
--¿Qué tienes, rapaz?
--Deben haberme roto la muñeca--gimió Javier, yendo á sentarse en el
banco casi exánime.
El cura, que cargaba su escopeta, se sintió entonces asido por los
faldones del levitón, y á la dudosa luz del fuego del hogar vió un
espectro pálido que se arrastraba á sus piés. Era la criada, que
silabeaba con voz apenas inteligible:
--Señor... señor amo... ríndase, señor... por el alma de quien lo
parió... señor, que nos matan... que aquí morimos todos...
--¡Suelta, _quoniam_!--profirió el cura lanzándose á la ventana.
Javier, inutilizado, exhalaba ayes, tratando de atarse con la mano
izquierda un pañuelo; la criada no se levantaba, paralizada de terror;
pero el cura, sin hacer caso de aquellos inválidos, abrió rápidamente
las maderas y vió una escala apoyada en el muro, y casi tropezó con las
cabezas de dos hombres que por ella ascendían. Disparó á boca de jarro y
se desprendió el de abajo; alzó luégo la escopeta, la blandió por el
cañón y de un culatazo echó á rodar al de arriba. Sonaron varios
disparos, pero ya el cura estaba retirado adentro, cargando el arma.
Javier, que ya no gemía, se le acercó resuelto.
--Á este paso, tío, no resiste Vd. ni un cuarto de hora. Van á entrar
por ahí ó por el patio. He notado olor á petróleo; quemarán la puerta de
la bodega. Yo no puedo disparar. Quisiera servirle á Vd. de algo.
--Viérteles encima aceite hirviendo con la mano izquierda.
--Voy á sacar la Rabona de la cuadra por el portón, y á echar un galope
hasta Doas.
--¿Al puesto de la Guardia?
--Al puesto de la Guardia.
--No es tiempo ya. Me encontrarás difunto. Rapaz, adiós. Rézame un Padre
nuestro y que me digan misas. ¡Entra, taco, si quieres!
--¡Haga Vd. que se rinde... entreténgalos... Yo iré por el aire!
La silueta negra del mancebo cubrió un instante el fondo rojo de la
pared del hogar, y luégo se hundió en las tinieblas de la solana. El tío
se encogió de hombros, y asomándose, descargó una vez más la escopeta á
bulto. Luégo corrió al lar y descolgó briosamente el pesado pote que
pendiente de larga cadena de hierro hervía sobre las brasas. Abrió de
par en par la ventana, y sin precaverse ya, alzó el pote y lo volcó de
golpe encima de los enemigos. Se oyó un aullido inmenso, y como si aquel
rocío abrasador fuese incentivo de la rabia que les causaba tan heróica
defensa, todos se arrojaron á la escala, trepando unos sobre los hombros
de otros; y á la vez que por las tapias se descolgaban dos ó tres
hombres y luchaban con el gañán, una masa humana cayó sobre el cura, que
aún resistía á culatazos. Cuando el racimo de hombres se desgranó, pudo
verse á la luz del velón que encendieron, al viejo, tendido en el suelo,
maniatado.
Venían los ladrones tiznados de carbón, con barbas postizas, pañuelos
liados á la cabeza, sombrerones de anchas alas y otros arreos que les
prestaban endiablada catadura. Mandábalos un hombre alto, resuelto y
lacónico, que en dos segundos hizo cerrar la puerta y amarrar y poner
mordazas al criado y la criada. Uno de sus compañeros le dijo algo en
voz baja. El jefe se acercó al cura vencido.
--Eh, señor abad... no se haga el muerto... Hay ahí un hombre herido por
Vd. y quiere confesión...
Por la escalera interior de la bodega subían pesadamente conduciendo
algo; así que llegaron á la cocina vióse que eran cuatro hombres que
traían en vilo un cuerpo, dejando en pos charcos de sangre. La cabeza
del herido se balanceaba suavemente; sus ojos, que empezaban á
vidriarse, parecían de porcelana en su rostro tiznado; la boca estaba
entreabierta.
--¡Qué confesión, ni!...--dijo el jefe.--¡Si ya está dando las
boqueadas!
Pero el moribundo, apenas lo sentaron en el banco, sosteniéndole la
cabeza, hizo un movimiento, y su mirada se reanimó.
--¡Confesión!--clamó en voz alta y clara.
Desataron al cura y lo empujaron al pié del banco. Los labios del herido
se movían como recitando el acto de contrición; el cura conoció el
estertor de la muerte y distinguió una espuma color de rosa que asomaba
á los cantos de la boca. Alzó la mano y pronunció _ego te absolvo_ en el
momento en que la cabeza del herido caía por última vez sobre el pecho.
--Llevárselo--ordenó el jefe.--Y ahora diga el señor abad dónde tiene
los cuartos.
--No tengo nada que darles á Vds.--respondió con firmeza el cura.
Sus cejas se fruncían, su tez ya no era rubicunda, sino que mostraba la
palidez biliosa de la cólera, y sus manos, lastimadas, estranguladas por
los cordeles, temblaban con temblequeteo senil.
--Ya dirá Vd. otra cosa dentro de diez minutos... Le vamos á freir á Vd.
los dedos en aceite del que usted nos echó. Le vamos á sentar en las
brasas. Á la una... á las dos...
El cura miró alrededor y vió sobre la mesa donde habían cenado el
cuchillo de partir pan. Con un salto de tigre se lanzó á asir el arma, y
derribando de un puntapié la mesa y el velón, parapetado tras de
aquella barricada, comenzó á defenderse á tientas, á oscuras, sin
sentir los golpes, sin pensar más que en morir noblemente, mientras á
quemarropa le acribillaban á balazos...
El sargento de la Guardia civil de Doas, que llegó al teatro del combate
media hora después, cuando aún los salteadores buscaban inútilmente bajo
las vigas, entre la hoja de maíz del jergón, y hasta en el Breviario,
los cuartos del cura, me aseguró que el cadáver de éste no tenía forma
humana, según quedó de agujereado, magullado y contuso. También me dijo
el mismo sargento que desde la muerte del cura de Boán abundaban las
perdices; y me enseñó en la feria á Javier, que no persigue caza alguna,
porque es manco de la mano derecha.
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