DEL MISMO AL MISMO.

Febrero.

¿Que estoy enamorado, ciegamente enamorado? No diré tanto, no; pero se

me figura que voy interesándome un poco, justa recompensa de mi

conducta. Si aborreciese á Maripepa, haría lo mismo que pienso hacer, no

lo dudes; sólo que, naturalmente, me costaría más trabajo. La chiquilla

se muestra tan dócil, se me arrima tan cariñosa como un perro manso, me

escucha con tal atención y me obedece con tal pasividad, que mi alma,

que no es de bronce, va ablandándose, y no me ruborizo de quererla.

De noche sabes que la envío á su bodega, pero de día correteamos por el

campo. No le consiento que vaya descalza; le he dado dinero y le han

traído de Cebre zapatos á pares y medias morenas y gordas; empiezo á

civilizarla por los piés, y no es lo menos difícil. Así y todo, cuando

tenemos que atravesar charcos ó trepar por altos, vallados y portillos,

Maripepa da al diablo el calzado y reniega de las medias. En el soto,

ella me busca setas comestibles, me trae plantas que yo diseco para

enviar á Matilde, recoge leña menuda, y así que lía el haz, se viene á

tumbar en la hierba y apoya la cabeza en mis muslos. Le revuelvo el pelo

con los dedos, calculando qué efecto hará esta crin roja cuando Maripepa

se vista de seda negra, modestamente, como conviene á la esposa de un

juez. ¿Llegará Maripepa á ser una mujer medio presentable? Quisiera

comenzar por el principio, enseñarle á leer y escribir; pero, ¿quién

pone escuela en medio del monte? Ella me escucha gustosa cuando le

explico (lo mejor que puedo) algo de los usos y costumbres del mundo que

no conoce; veo, sin embargo, en la tenaz oscilación de su cabeza, en la

dilatación de sus pupilas verdes, un vago asombro incrédulo que no sé

cómo disipar. Maripepa se cree un juguete en mis manos, se presta al

juego, pero no se deja embobar tomándolo por lo serio. Piensa que le

digo todo al revés, que la engaño, que me divierto con ella; no se

enfada, porque juzga que sólo sirve para eso, para entretenerme un rato;

mas ni logro persuadirla ni hacer que se dedique á ningún estudio

formal.

Un día, con un palito aguzado y poniéndole el modelo, le hice trazar

letras sobre una peña entapizada de musgo. Llegó hasta la H, y no hubo

quien la hiciese pasar de ahí. Le chocó la forma de la H, y estuvo

haciendo _haches_ un rato, después de lo cual alegó que no sabía, que no

podía, que se cansaba. Y fué imposible convencerla ni sacarla de su

salvaje obstinación.

Como hay un lenguaje que los dos entendemos, aunque lo hablamos de

distinta manera, se distrae uno en las lecciones y falta la constante

voluntad de aprender en el maestro y en la alumna. Además, la naturaleza

es cómplice de esta falta de energía para el estudio. Nos vamos

acercando á Marzo: días hace que en los linderos embalsaman el aire las

violetas; un hálito templado corre á veces por el bosque; las aguas del

río se estremecen blandamente, y á mí el corazón me da involuntarios

saltos de alegría. Me encuentro tan sano, tan fuerte con esta vida

silvestre y libre; la comida frugal me sienta tan bien; la respiración y

la circulación son tan normales y concurren tanto al bienestar del

cuerpo; la conciencia del deber cumplido me llena de tal modo el alma,

que me entrego sin reparo á una felicidad inexplicable, instintiva, sólo

turbada por el pensamiento de lo que dirán mis padres y la idea de que

tú no acabas de resolverte á indicarles cuánto pasa.

Sólo los días de lluvia me abato un poco. Maripepa me agrada más por los

montes, ágil como una cabra, en contacto con el aire y el sol, que en la

cocina ó en el banco, á mi lado, pero aburrida, sin saber qué hacer de

las manos y acabando por dormirse de bruces sobre la mesa. No hay de qué

tratar, se acaba la conversación y viene el fastidio inevitable. Así es

que procuro aprovechar el buen tiempo y gozar de la primavera cuando

apenas asoma; voy con Maripepa al prado, al pastoreo; la veo amasar el

pan de maíz, coger leña para el horno, y aun cavar la huerta y arrancar

y trasplantar la legumbre. Sólo me opuse á que trajese un haz de tojo.

Verle cortar los espinosos troncos, cogerlos con la horcada, hacerse tal

vez mil heridas, me sublevó. Valiéndome de mi autoridad, dispuse que

Manuel recogiese el tojo.

Aquel día también recuerdo que le pregunté á la chica:

--Maripepa, ¿qué dirías si yo me casase contigo?

Contestóme solamente:

--¡Ay qué señorito!!

Esta sencilla exclamación, y las inflexiones de la voz, acompañadas del

mirar y del reir, me hicieron comprender que Maripepa creerá más

fácilmente que el río Avieiro rueda vino, en vez de agua, que yo sueñe

en darle mi nombre en los altares. Ni se le pasa tal cosa por las

mientes. Para ella todo esto es una diversión, una especie de romería á

que concurre, y en donde baila, sabiendo perfectamente que al otro día

ha de volver á sus duras faenas y á su vida miserable.

Lo que casi me da vergüenza decirte, es que, en mi concepto, el padre se

ha enterado de todo y se hace el desentendido. Apenas le vemos, pues

anda en labores distintas de las de su hija, y va mucho á Cebre á vender

centeno al menudeo y á llevar vino á la taberna; pero cuando por las

tardes nos encuentra regresando de nuestras expediciones, su sonrisa

parece más aguda y socarrona que de costumbre. Además ha venido, en dos

ó tres ocasiones, á pedir rebaja del arriendo, pretextando las malas

cosechas, el cultivo cada día más caro y difícil, el aumento de precio

de los jornales, el coste del azufre que se emplea en sanear las viñas,

etc., etc. Le prometí escribir á papá, y no lo hice; á fin de reparar mi

deslealtad de algún modo, le he prestado treinta duros; un caudal para

mí; con él comprará unos bueyes. ¡Mis ahorros de la temporada! Bien sabe

Dios y sabes tú que en mi casa no se tiran, no se pueden tirar treinta

duros. Ya adivino que no les veré el pelo. Es lo que menos me importa.

He regalado además un vestidito de percal á la niña pequeña, y hasta al

bárbaro de Manuel una navaja. ¡Pobre gente! Quiero tenerlos propicios,

para que no mortifiquen á Maripepa ni vean en mí un señorito tirano, de

los que aún creerían favorecerlos dignándose darles un puntapié.

Hará tres ó cuatro días sucedió un incidente, que al pronto me ha

disgustado. Era por la tarde, hacía un día sereno y hermoso, aunque el

cielo estaba encapotado; Maripepa y yo nos hallábamos en la era, bien

agenos á que nadie viniese á perturbar nuestra soledad. Á un lado de la

era, plazoletilla redonda y rodeada de un seto de zarzas y arbustos, se

levanta el hórreo, sostenido en cuatro pilastras de granito y rematado

por una tosca cruz de madera pintada de rojo. Súbese al hórreo por una

escalerilla de mano, y Maripepa, bajando y subiendo, había sacado de él

buena cantidad de habichuelas, que iba desgranando sobre un paño limpio.

Yo, tendido en el suelo, me divertía en hundir las manos en las

habichuelas, blancas, encarnadas ó caprichosamente pintarrajeadas de

colorines. Después se me ocurrió la sandez de tirárselas á la cara á

Maripepa, y ella, que primero se contentó con sonreir y llevar la mano

al sitio donde el proyectil caía, fué animándose, y en el calor de la

broma me lanzó dos ó tres al cogote, pues yo estaba panza abajo. Medio

me incorporé y le sujeté las muñecas, parando en abrazo lo que empezó

bombardeo. De repente me quedé frío, porque de detrás del hórreo salió

una figura negra, aunque juvenil. ¡El cura!

Le ví de improviso y comprendí que nos había visto también, y que estaba

entre cortado y burlón. Me puse de pié y le hice todo el agasajo

compatible con mi turbación, que era grande. Hallábame realmente mudo y

abochornado: Maripepa no sé, porque se aplicó á sus habichuelas. Me cogí

del brazo del cura para disimular, y él empezó á darme disculpas de no

venir en tanto tiempo á visitarme; había tenido un catarro, había ido á

Pontevedra á buscar un pintor que le pintase el retablo; había hecho una

novena. Yo le oía como en sueños, pensando en lo que pensaría él. Al

fin, con una de esas resoluciones que solemos tener los tímidos, me

lancé y abordé la cuestión de frente, narrándole todo lo sucedido y

participándole mi propósito de reparar la cometida falta. Experimenté

una especie de desahogo al confesarme así. Todo me animaba á ser franco:

la profesión del oyente, su juventud, su carácter alegre y conciliador,

su verdadera bondad infantil.

¡Asómbrate, Camilo! Esperaba del cura, no la absolución, que no iba yo

tras ella, sino una palabra de estímulo, un caluroso apretón de manos,

un «bien, procede Vd. como hombre honrado, así me gusta; si todo el

mundo hiciese lo mismo, no andarían las cosas como andan.» No soy

insensible á la opinión de mis semejantes, y hasta donde cabe busco su

simpatía; además, parece que un sacerdote está obligado á alentar

ciertas resoluciones, cuando no á inspirarlas. ¡Pues asómbrate,

indígnate, mira lo que hacen de la moral de Cristo estos ministros

suyos! Masticó, entre burlas y veras, dos ó tres frases que sonaban más

bien á desagradable sorpresa que á otra cosa; y después, con reposados

meneos de cabeza y muchos golpecitos de la palma de la mano en el

bolsillo del chaleco, me dijo que no me resolviese tan aprisa, que estas

cosas deben mirarse y pensarse despacio, que al fin el casamiento es

para toda la vida, que la prudencia es una excelente compañera, que las

determinaciones precipitadas se lloran después, que ante todo le parecía

regular consultar á mis padres en persona, caso de querer dar un paso

tan decisivo; y por último, que reflexionase.

--¿Hay otro medio de reparar mi falta?--le pregunté.

--Psh...--me replicaba él--falta, falta... eso de falta... Falta, sí...

El diablo lo enreda, Vd. es muchacho, ella rapaza, y el fuego junto á la

estopa... Ya se ve... Pero prudencia, amigo, prudencia, nada de

determinaciones arrebatadas... No le ha de faltar tiempo para realizar

ese acto de honradez que Vd. dice... Poco pierde usted con esperar.

--¿Y su honra comprometida?

--¡Bah! ya sabe Vd. que aquí en las aldeas no es como en los pueblos...

Vd. acompaña á una señorita, pongo por caso, va con ella dos veces al

paseo, la visita tres... cátala ya en lenguas de todos, y perdiendo, si

se ofrece, una buena colocación... Pero estas rapazas, no señor. Lo

mismo se casan teniendo una historia, que no teniéndola. En fin, D.

Joaquín, Vd. no es ningún chiquillo... Piénselo...

El egoísmo, la flaqueza humana, las transacciones hipócritas y cobardes

con el deber hablaron por boca de este hombre, que debiera fortalecerme

y predicarme la moral más austera y pura. Casi llegué ¡qué bochorno! á

sonrojarme de mi leal propósito y á juzgarme un ridículo Quijote.

Afortunadamente, así que el cura se marchó, me rehice y de nuevo templé

el alma para seguir la línea recta. He decidido quitarme á mí propio

todo medio de proceder mal, adelantando la boda. Ea, Camilo, valor, y

anúnciaselo definitivamente y sin rodeos á mis padres, pues es

irrevocable mi determinación ya. Sólo así, de golpe, se realizan ciertas

cosas necesarias.

La dama joven · 第 31 / 52 题