DEL MISMO AL MISMO.

Noviembre.

No he contestado á tus últimas y cariñosas epístolas, porque sólo tuve

ánimo para poner dos renglones á mamá, redimiéndola de la mortal

inquietud en que viviría si no viese mi letra. Es el caso que he

recaído: ¡silencio por Dios, y no se te escape la noticia ni con

Matilde! Por otra parte, imagino que lo peor ya pasó, y que vuelvo á

encontrarme fuerte. Merece contarse la historia de mi recaída y de las

calaveradas que la originaron.

Á fines de Octubre y principios de Noviembre hizo un tiempo delicioso:

ni en Niza, ni en región alguna del mundo se podía apetecer cosa más

grata que esta despedida del otoño que llaman _veranillo de San Martín_.

El día de Difuntos--tan triste en otras partes--daba aquí ganas, más

bien que de llorar y morirse, de resucitar brincando; y cuando salimos

para el soto el notario, el señorito de Limioso, el cura de Naya y yo,

íbamos tan contentos y me sentía tan bien, que creí vencida del todo mi

enfermedad. Convinimos en que haríamos el _magosto_ nosotros mismos, y

en que Maripepa nos traería la comida al soto. Apenas llegados á él, mis

compañeros, que según costumbre llevaban escopeta, aseguraron que se oía

el reclamo de la codorniz, _chau, chau_, en unas viñas próximas, y ya no

hubo quien los contuviese. Quedéme solo, sentado en el cepo de un

castaño que abatió el hacha, con el volumen de Becquer abierto en las

manos, pero con gran pereza de leer.

Me distrajo ver cómo hacía Maripepa los preparativos del _magosto_,

juntando ramas y hojas muy secas y reuniéndolas en montón en un claro

del soto, donde el sol había requemado y dorado la yerba y el musgo.

Preparada la hoguera, dedicóse la muchacha á recoger erizos y extraerles

la fruta. ¿Con qué dirás, Camilo, que abría los erizos Maripepa? ¡Con

los piés!! Juntándolos mucho, sirviéndose de ellos como de unas manos,

manejando diestramente el pulgar, la planta y el talón, hacía estallar

la cápsula y saltar la castaña fuera. No comprendo por qué milagro las

púas del erizo no se le clavaban en la carne; es verdad que antes de

abrirlo lo prensaba y estrujaba con un valiente talonazo. Reíme de tan

peregrina faena, y la chica se rió también, enseñando entre sus labios

gruesos unos dientes para dar envidia á los que padecemos del estómago.

Intenté sepultarme en la lectura de Becquer, pero á poco, incitado por

la quietud rumorosa del bosque, el sereno regocijo del cielo y las idas

y venidas de Maripepa, tiré el libro y me consagré á ayudarla, haciendo

torpemente con las suelas de las botas lo que ella á maravilla con la

recia planta del pié. Compadecida de mi ineptitud, me dijo que en vez de

abrir erizos recogiese castañas de los ya abiertos, quedándome sólo con

la gorda del centro y desechando las dos mezquinas que suelen

flanquearla. Y aquí me tienes de bruces, cogiendo castañas, limpiándolas

con la manga y echándoselas á Maripepa en el delantal.

En semejante actitud me encontraron mis compañeros, que volvían locos de

gozo con una codorniz y dos ó tres pajarillos asesinados. Soltaron la

carcajada al verme, y me levanté algo confuso, alegando el aburrimiento

y la soledad en que me dejaban. Cruzaron entonces miradas maliciosas: el

notario guiñó el ojo izquierdo hacia Maripepa, dando un codazo al cura;

el cura hizo ademán de tocar las castañuelas, y el señorito contempló de

reojo, sonriendo, sus desmayados bigotes.

¡Búrlate de mí! Me puse frenético. ¿De manera que no sólo tú, sino

también estos majaderos, me juzgan capaz de abrasarme en la hoguera del

_magosto_? Porque te juro, Camilo, que las miradas, el guiño, el codazo,

la pantomima y la sonrisa fueron, en su género, de lo más crudo y franco

posible. No necesitaban traducción ni comentarios.

Como Maripepa se había marchado á buscar la comida, aproveché la ocasión

para desahogarme, y con gran sorpresa mía, sólo conseguí aumentar la

broma y las risotadas. No les pude hacer comprender que la honra de una

chica que lleva á pastar las vacas y abre erizos con los piés, vale

tanto como la de una emperatriz, y que la perla de la virginidad no

pierde su hermosura por abrigarse en la concha de una cuba vacía, entre

las telarañas de una bodega. ¡Sin embargo, es cosa bien clara á mis

ojos! Hasta el cura me daba la razón á medias, sólo en el terreno

especulativo: ante Dios todas las almas son iguales, y no hay distinción

de categorías--decíame festivamente;--pero en la práctica vemos que la

educación, lo que se aprende desde la niñez, la costumbre, influyen de

un modo notable en la conducta y en el aprecio que el mundo nos otorga.

Parecióme de _componenda_ la teoría, y protesté algo enojado. La llegada

de los manjares me forzó á desarrugar el entrecejo y atender á mis

deberes de anfitrión.

¡Qué gustosa es una empanada de Cebre, fría, comida sin mantel ni

trinchante! ¡Pues y las patatas cocidas, escarchadas en una corriente de

aire, sobre un cesto de mimbres! El notario había traído su _morena_,

bota capaz de doce ó quince cuartillos, y la empinábamos por turno,

rociando el banquete con tragos de vino del Avieiro, muy análogo al

Burdeos común. Entre tanto, Maripepa, arrodillada, activaba la hoguera

del _magosto_, soplando con toda la fuerza de sus carrillos, mientras el

notario, echando cerillas, las aplicaba á las hojas secas, que ardían

chisporroteadoras. Así que el fuego se apoderó de las ramas y éstas se

convirtieron en brasa encendida, las castañas comenzaron á estallar, y

Maripepa á meter intrépidamente los dedos en la lumbre, sacándolas una

por una y ofreciéndomelas después de limpiarlas á su justillo.

Empezó el mosto agrio á correr, y sus efectos hilarantes á percibirse.

Hasta se le desató la lengua al señorito de Limioso con tan alegre

vinillo, y azuzado por el notario armó discusión con el cura sobre

política. Yo pensaba que los dos andarían conformes: ¡que si quieres! el

señorito recibe _El Siglo Futuro_, el cura está suscrito á _La Fe_, y

entre _mestizo_ y _nocedalino_, _pidalero_ y _cesarista_, se pusieron de

oro y azul. Al cura se le sofocó y arrebató hasta la piel de la corona;

al señorito parecía que se le enderezaban los bigotes, á guisa de

espolones de gallo de combate. Lo gracioso fué que ambos apelaron á mí

para dirimir la contienda, y yo no sabía qué decirles ni ellos me

dejaban hablar; tales estaban de acalorados.

Mientras duró esta escaramuza, el notario, á pretexto de velar por el

_magosto_, se había arrimado á Maripepa disimuladamente, y oí un

chillido de dolor, á que él contestó con una carcajada sonora y

larguísima. Me levanté furioso para contener á aquel mozo

desvergonzado, y ví á Maripepa de pié, con una manga de la camisa

remangada hasta el hombro, mirando tristemente la señal roja del bárbaro

pellizco, en actitud algo parecida á la de un perro á quien pegó su amo.

Por señas que es admirable que Maripepa tenga los brazos blanquísimos,

teniendo la mano tan oscura.

No sé qué le dije al notario, sin descomponerme, pero con gran energía,

que vino con las orejas gachas á sentarse en un tronco y á comer

castañas por vía de consuelo. Yo también me harté de tan indigesta

fruta, y mi estómago quedó fatigado y embutido. No obstante, atribuyo la

recaída, más que al _magosto_, á la cazata de pocos días después.

Quedamos en que ellos pondrían los perros, el vino, las municiones, la

caza, y yo la comida solamente. Ya el día empezó mal para mí, pues me

hicieron madrugar; era noche cerrada cuando alborotaron el patio los

ladridos del _Chonito_, del _Pistón_ y de la _Gineta_, y apenas

blanqueaba la aurora cuando bajé vestido, y temblando de frío, á recibir

á mis huéspedes. Parecían tres facinerosos, con el sombrerón de anchas

alas, la canana, el morral y la escopeta. Eché á andar en su compañía, y

caminamos por la margen del Avieiro hasta mucho más allá del soto, desde

donde tomamos monte arriba. ¡Ay, Camilo, qué piernas requiere el oficio

de cazador! ¡Esto de que un sér racional ha de seguir el rumbo que le

señala un bando de perdices, es mucha cosa! Que las perdices están

allí... que no, que se corrieron á media legua, á la parte de Boan... Y

salte Vd. portillos, cruce bosques, y vadee arroyos, y pise tojo, y suba

cuestas ásperas para luégo bajar otra vez, por despeñaderos, á la cuenca

del río.

[Imagen]

Me sentía rendidísimo y no quise confesarlo, porque me avergonzaba de mi

poco vigor ante la robustez del notario, la agilidad galguesca del

señorito y la jovial ligereza del cura. Hasta los perros volaban

delante, gozosos, en su elemento, volviendo de cuando en cuando sus

cabezas inteligentes á ver si los seguíamos. De pronto el _Pistón_ y la

_Gineta_ se pararon, con las patas de delante inmóviles y un leve y

nervioso meneo de cola. Su piel se estremecía de impaciencia y de

entusiasmo. ¡Entra, _Pistón_! ¡Entra, _Gineta_! ¡Ahí, _Chonito_!

Entraron impetuosamente en el brezal, y salió la bandada con formidables

aleteos; sonaron tres tiros, y luégo otros tres; por último salió

rezagado el mío, y se perdió inofensivo en el aire, haciendo reir á mi

costa. Los canes _portaban_ las víctimas, desviando delicadamente sus

dientes blancos para no deshacerlas, y aquí de las exclamaciones: «¡Un

pollo! ¡ Un pollo! ¡Esta es _una vieja_, un macho viejo!» Y los

cazadores apartaban con los dedos la abigarrada pluma, palpando la carne

gruesa, tibia aún con un resto de calor vital.

¡Gracias á Dios! murmuré para mi sayo cuando nos recogimos á una robleda

donde nos aguardaba la comida, y, sobre todo, el reposo. Maripepa y

Manuel, el mozo de granja, nos esperaban allí; entregamos á Manuel la

caza por aligerar los morrales, y él nos mostró con aire de triunfo un

objeto que pendía de sus tres dedos sanos, y que al pronto me pareció un

haz de helechos, hasta que ví entre las dentadas hojas verdes asomar

unos cuerpos de pez argentados y húmedos. ¡Truchas soberbias, truchas de

las famosas del Avieiro!

Manuel explicó que las había cogido tempranito, al rayar la aurora, por

medio de la _nasa_, especie de cesto muy hondo. Con la alegría de verlas

se me quitó el cansancio, y ordené á Manuel que fuese por unas parrillas

á la rectoral de Naya, que estaba á un tiro de fusil; al oirme hablar de

parrillas, Manuel se encogió de hombros, se eclipsó, y volvió á poco

rato trayendo una ancha losa de pizarra que tendió en el suelo, y al

rededor de la cual puso rama de pino, mucha rama, prendiéndole fuego

después. Así que la rama ardió y se hizo brasa, colocó encima de la

candente pizarra las truchas, que empezaron á asarse lentamente,

soltando su grasa finísima. ¡Qué buenas estaban! El más exigente

gastrónomo se chuparía los dedos.

Con la golosina de las truchas comí bien, y al volver á ponernos en

marcha para buscar otro bando de perdices que debía encontrarse, según

noticias, en un escarpadísimo barranco, cátate que empieza á caer

llovizna menuda y á cerrarse la tarde en niebla, y yo, bastante

desabrigado, á experimentar la penosa sensación del frío sordo y

penetrante, que se nos cuela hasta los huesos. La terca lluvia no

cesaba, y estábamos á legua y media de Fontela, y no me defendía, como á

mis compañeros, una especie de coleto de badana, ni unas polainas de

cuero. Llegué tiritando á casa y me acosté yerto; á poco se declaró la

calentura, y aun creo que el delirio; por lo menos la incoherencia en el

hablar. Yo me agitaba, quería destaparme, y después me quedaba postrado.

Así corrieron dos semanas.

He conocido en esta ocasión que aquí es la gente muy buena y cariñosa;

no sabes la compañía que me hicieron por turno el notario, el señorito y

el cura; me trajeron al médico de Cebre, viejo practicón que me recetó

friegas y sudoríficos (¡qué diría Sánchez del Abrojo si tal supiese!), y

trabajo me costó impedir que el notario, á puros refregones, me

arrancase la piel. Á falta de los amigos, Maripepa me asistía, velaba y

daba bebistrajos y medicamentos ridículos: un huevo muy batido con

azúcar y disuelto en leche, agua hervida con miel, mil porquerías.

Me acostumbraron mis enfermeros á jugar una partida de tresillo para

entretener el forzoso encierro de la convalecencia, y todas las tardes

lo jugamos en la mesa de la cocina, cerca del fuego del hogar,

escuchando el ruido pausado de la lluvia y el medroso silbido del

viento, pues ya el _veranillo_ pasó y reina la invernada más húmeda y

nebulosa que imaginarte puedas. Por no interrumpir la animada partida,

sacamos el caldo del pote con nuestras propias manos, y cenamos al amor

de la lumbre sin dejar de jugar. ¿De qué se habla? Generalmente, del

codillo ¡de solo! que se mamó el cura, ó de la bola que le cortaron al

señorito con el caballo de bastos. Á veces, de perdices, de codornices,

de ferias ó de política; el notario es sagastino, porque tiene un tío

que recibe de Sagasta instrucciones electorales; el señorito y el cura

ya sabes de qué pié cojean; yo, que aspiro sólo al progreso y bienestar

de España, les sermoneo á todos, y todos se ríen de mis utopias.

Te diré con franqueza que si por algo me desagrada esta tertulia

campestre, es por ciertos desmanes del notario con Maripepa. No puede la

pobre muchacha entrar en la cocina sin que la hostigue, la arrincone y

la persiga de mil maneras indecorosas. Si los deberes de la hospitalidad

y la gratitud que en el fondo me merece este gaznápiro no me atasen las

manos, le daría una lección de la cual le quedase memoria. ¿Cómo he de

consentir que á mi vista ofendan á una mujer, siquiera sea á la más

humilde? Con la lengua defiendo á Maripepa calurosamente, reprendiendo

las feas acciones del notario; mas es predicar en desierto, porque la

idea de que en Maripepa hay algo acreedor á respeto no arraiga en el

obtuso magín de este _Don Juan_ de aldea.

Puede que tú también te rías viéndome metido á redentor; considera,

antes de mofarte de mí, que aparte de mis principios humanitarios, le

tengo ya á Maripepa cierto cariño desde que me asistió tan asidua. Por

señas, ya que de esto se trata, que me sorprendió mucho la indiferente

familiaridad con que me prestó toda clase de servicios. Yo bajaba la

vista por instinto cuando me mudaba las sábanas, ó las estiraba, ó me

arreglaba el colchón... y ella tan tranquila, sin entornar siquiera sus

pupilas verdosas. ¿Será verdad que el pudor es relativo y depende de la

posición social que ocupamos y de la educación que nos dieron?

Me inclino á pensarlo, porque esta chica me trató con más desahogo

durante mi mal, me cuidó con menos escrúpulos que mi hermana ó mi propia

madre. Y sin embargo, al través de su tosquedad, parece inocente y mansa

como el ternerillo que zagalea.

Noticia á todos que estoy mejor, es decir, bien, y que mañana ó pasado

les escribiré largo y tendido.

La dama joven · 第 27 / 52 题