LA DAMA JOVEN

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¡Aún ardía el quinqué de petróleo, pero con qué Tufo tan apestoso y

negro! Para alimentar la carbonizada y exprimida mecha, quedaban sólo,

en el fondo del recipiente, unas cuantas gotas de aceite mineral,

envueltas en impurezas y residuos. La torcida, sedienta, se las chupaba

á toda prisa.

Renegando de la luz maldita, subiéndola á cada momento, cual si, á falta

de combustible, pudiese mantenerse del aire, las dos hermanas trabajaban

con ardor. En medio del silencio de las altas horas nocturnas, se oía

distintamente el choque metálico de las tijeras, el rechinar de la aguja

picando la seda y tropezando contra el dedal, el crujido de la tela á

cada movimiento de la mano. ¡Qué lástima que se apagase el quinqué!

Estaban en lo mejor de la faena; mas la luz, que no gastaba miramientos,

parpadeó, y con media docena de bufidos y chisporroteos avisó que no

tardaría en cerrar su turbia pupila. La hermana menor levantó la cabeza,

respirando, y escupiendo para soltar una hebra de seda que tenía

enredada entre los dientes.

--Dolores?

--Qué?--murmuró la mayor, sin interrumpir la costura.

--Que nos quedamos á oscuras, chica.

--Si no me das otra noticia...

--Pero es que yo á oscuras no coso. ¿Hay petróleo?

--Ni miaja.

--¿Cabos de vela?

--Tampoco. ¡Echa cabos!

--Pues entonces, ¿qué haces ahí, tonta? Á dormir. Á mí ya me duele el

cuerpo de estar doblada.

Suspiró Dolores, y el quinqué, suspirando también estertorosamente, dió

principio á su rápida agonía. Apenas tuvieron tiempo las costureras de

echar la labor sobre un sofá inmediato, cubriéndola con un lienzo: tal

fué de pronta la muerte de aquella angustiada luz. Al quedar en

tinieblas, el primer movimiento de las dos muchachas fué soltar la risa.

¿Acertarían con la cama? Á tientas y con las manos extendidas avanzaron

en busca de sus lechos, tropezándose en mitad del camino, lo cual las

puso de mejor humor si cabe.

--Ahora no te equivoques y por acostarte en la cama te acuestes en el

sofá--exclamó Dolores.

--Mujer... lo peor será si cojo la almohada para los piés.

Se percibía ruido de corchetes desabrochados, resbale de sayas, música

de enaguas con almidón: le siguió la estrepitosa caída del calzado, y el

gemido de los jergones bajo el peso del cuerpo. De una de las camas

salió también un rumor confuso, como de voz que mascullaba muy bajito

oraciones diferentes. La otra cama no chistó, dando motivo á una

interpelación de la rezadora.

--Concha?

--Eh?

--¿No rezas hoy, ó qué te pasa?

--Mujer... tengo más gana de dormir que de rezar.

--Vaya que un credo y una salve, no te privarán el sueño.

Concha obedeció, y después del rezo dió varias vueltas en la cama, lo

mismo que si alguna inquietud la desvelase. Volvió su hermana á

interrogarla. ¿Qué tenía?

--No tengo sueño. Me he despabilado.

--Pues mañana ya sabes que hay que madrugar.

--Madrugar! ¿Tú qué hora piensas que es?

--Qué sé yo... ¿Las dos y media?

--Las cuatro, chica. En el reloj de la Intendencia las acabo de oir.

--¡Tú estás loca!

--Sí, sí, descuídate... Las cuatro.

--Ea, pues chitito y á dormir.

Callaron ambas, pero la excitación de la afanosa vigilia producía su

efecto, y aunque rendidas y deseosas de sueño, no podían conciliarlo.

Era el instante en que se piensa en todo, recordando lo pasado, evocando

con terror ó ilusión lo futuro. Mientras los ojos ven en la sombra

abrirse un círculo de lívida luz, una especie de foco trémulo y

oscilante, verde, violado y amarillo, la imaginación exaltada acumula

cuidados y memorias, un tropel de deseos, esperanzas, dolores muertos

que renacen, figuras y escenas ya borradas que vuelven á tomar cuerpo al

calor de leve fiebrecilla.

Dolores, la mayor, cavilaba. Tenía doce años más que su hermana, y

contaba apenas trece cuando quedaron huérfanas. Se veía tan chiquilla

aún, calentando el biberón por la mañanita, antes de salir para el

taller donde trabajaba, y metiendo el pezón artificial, tibio y blando,

en la boca del pobre angelito, para que no llorase. Los domingos era

dichosa, porque podía tener en brazos todo el día á la nené. Por fin, el

rollo de carne con patas echaba á andar, y Dolores, hecha ya una mujer,

un tanto relevada de sus tempranas obligaciones maternales, empezaba á

dejarse tentar, alguna vez qué otra, á ir á los bailes de los Circos. En

Carnaval asistía á tres seguidos, con flores en el pelo y guantes

prestados. Después... un episodio que Dolores no quería recordar, pero

cuyos menores detalles tenía grabados, como en bronce, allá en no sé qué

rincones del cerebro donde habita la memoria de las cosas tristes...

Unos amoríos breves, la seducción, la deshonra, el desengaño... Historia

vulgar y tremenda. La enfermedad trajo de la mano la miseria; el fruto

de las entrañas de Dolores, mal nutrido por una leche escasa y pobre,

languideció y sucumbió pronto, dejando contagiada á la niña de cuatro

años, á Concha, con la horrible tos ferina, tos que arrancaba de sus

tiernos pulmones estrías de sangre. No tuvo Dolores tiempo de llorar á

su hijo: era preciso cuidar á su hermana, hacerla mudar de aires en

seguida... Y no poseía un céntimo, y había empeñado hasta sus botas de

salir á la calle y su único mantón. No olvidaría, no, la tarde en que á

cuerpo, tiritando de frío, entró en la iglesia de San Efrén, á rezar una

salve á la Virgen del Amparo. Al lado del camarín clareaba la reja de un

confesonario: tras de la reja un sacerdote. Arrodillada, con

inexplicable consuelo, refirió todas sus cuitas. Al otro día la

visitaban dos socias de san Vicente de Paul: al final de la semana le

daban bonos de pan, chocolate y carne: de allí á medio mes le colocaban

á Concha en casa de una lechera que vivía á dos leguas, en una aldehuela

alegre y sana: al mes y medio, la niña regresaba robustecida, curada de

su tos y acostumbrada á comerse una libra de pan de maíz en un cuartillo

de leche. Dolores la adoraba: ya no tenía más pensamiento que aquella

criatura. Anhelaba borrar lo pasado y proteger á Concha. Aborrecía á los

hombres: que no la hablasen de bailes ni de jaleos. Confesábase primero

cada mes, luégo cada domingo. Ya no necesitaba el socorro de los

paúles, y se había apresurado á decírselo, redimiéndose, no sin cierto

vanidoso contentamiento, de una protección que el artesano laborioso

juzga siempre humillante, por lo que trasciende á limosna. Mas le

restaba el auxilio moral, la recomendación de las socias, que jamás la

consintió carecer de trabajo. Prefería las casas al taller, porque en

las cocinas le permitían dar de comer á Concha, y aun le rogaban que la

llevase, enamorados de la hermosura y despejo de la rapaza. Así que ésta

fué creciendo y pudo coser también, se hizo preciso mudar de sistema y

volver á los talleres: no era fácil que en las casas facilitasen labor á

dos modistas á un tiempo, y antes se dejaría Dolores cortar una mano,

que apartarse una pulgada de su chiquilla, alta ya y formada, tentadora

como el fruto que empieza á madurar. ¡Eso sí que no! Para desgraciada

bastaba ella: á Concha que no la tocase ni el aire: corría de su cuenta

defenderla con dientes y uñas. Todo cuidado era poco en aquella ciudad

de Marineda, donde chicos del comercio, calaveras y señoritos ociosos no

pensaban más que en seguir la pista á las muchachas guapas. Temía

Dolores, en particular, á los señoritos: ¿por qué no se dedicaban á las

de su clase? ¡Tanta señorita sin novio, y las artesanas obsequiadas,

perseguidas, cazadas como perdices! Mirando lo que sucedía, era cosa de

temblar: ¡cuántas chicas preciosas, que serían buenas si no hubiesen

encontrado con un pícaro, y que se veían perdidas, desgraciadas para

siempre! Unas, teniendo que mantener dos y tres criaturas; otras,

descendiendo poco á poco desde el primer desliz hasta caer en la vida

airada... Daba compasión. ¡Y el lujo! Eso, eso era lo que ponía á

Dolores fuera de sí. ¡Bailes, chaquetas de terciopelo, disfraces en

Carnaval, bolitas de á cuatro duros! ¡Muchachas que ganaban una peseta y

cinco reales diarios, dígame usted por Dios de dónde lo han de sacar! Ya

se sabe: teniendo un oficio de día y otro de noche. ¡Malvadas!

No eran tales soliloquios nuevos en Dolores, sino tan antiguos como las

inquietudes respecto á su hermana; mas lo curioso del caso fué que, sin

que un solo día dejase de hacer semejantes reflexiones, á medida que

Concha se desarrollaba y empezaba á celebrarse su linda presencia,

despertábase en la hermana mayor esa vanidad característica de las

madres, y á costa de privaciones y escaseces la emperejilaba y componía,

para que no quedase por bajo de las demás, y por el delito de mantenerse

honrada, no pareciese la puerca Cenicienta. Con este motivo sufrió

Dolores alguna fuerte reprimenda de su confesor, jesuíta sagaz, que le

decía:--Si tú misma fomentas en la chiquilla la presunción ¿cómo quieres

que no te dé á la hora menos pensada un disgusto? Pónla de hábito, anda.

¿No has aprendido en tu cabeza?

¡De hábito! Dolores lo usaba hacía muchos años, desde su _desgracia_:

pero... cubrir con aquella estameña burda el gentil cuerpo de Concha!

Prefirió confesarse menos, y se retrajo algo de sus devociones, á fin de

no ser reñida por su inocente vanidad maternal. Redobló, eso sí, la

vigilancia, y se hizo centinela asiduo, infatigable, alerta siempre.

Concha era fácil de guardar: no quería salir sola: á los bailes, á los

temibles bailes, prefería el teatro, su única afición. Tomaban dos

entradas de cazuela, y la niña, colgada de la barandilla, gozaba lo

indecible. Al regresar á casa, se sabía de memoria trozos de verso,

fragmentos de escenas. Semejante gusto no parecía peligroso: mas el

diablo la enreda, y he aquí cómo vino á resultar alarmante. Dolores

conservaba una casa, donde cosía desde tiempo inmemorial, y cuya dueña

era cuñada del vice-presidente del Casino de Industriales, la sociedad

más floreciente y numerosa de Marineda. Acababa esta sociedad de

organizar una sección de declamación, dirigida por un ex-actor, y

menudeaban en el teatrillo del Casino funciones de aficionados. La parte

masculina no estaba del todo mal, ni faltaban aprendices; en cambio las

mujeres escaseaban. Al saber las disposiciones dramáticas de Concha,

tramóse en casa del vice-presidente un pequeño complot; comprometieron á

Dolores, que no pudo desenredarse, y su hermana hubo de tomar parte en

algunas piececillas.

Nuevo disgusto con el confesor, que censuró agriamente la debilidad de

Dolores. Esta, bajando la cabeza, reconoció toda su culpa. En efecto,

con el tal teatro se había introducido en la existencia de las dos

hermanas un elemento de desorden: se trasnochaba, se pasaban las horas

muertas discurriendo trajes y adornos: Concha no pensaba más que en

estudiar y ensayar su papel; á los ensayos, por supuesto, la acompañaba

Dolores, cosida á sus enaguas; con todo, era muy arduo vigilar, en la

confusión de entradas y salidas al vestuario y escenario. Prueba de

ello fué que una noche, al regresar á su casa, Concha sacó del bolsillo

un papel blanco dobladito, y echándolo en el regazo de la hermana, le

dijo desenfadadamente:

--Mira eso.

Dolores lo cogió palideciendo, con dedos ávidos. Era una declaración

amorosa, y al través de las frases, tomadas indudablemente de algún

libro de fórmulas epistolario-amatorias, de los _volcanes que ardían en

el corazón_, las _amorosas llamas_ y otras simplezas por el estilo,

percibió Dolores así como un olor de honradez, que se exhalaba de la

gruesa letra, del tosco papel y sobre todo del párrafo final, que

contenía una proposición de casamiento y una afirmación de limpios y

sanos propósitos. Respiró. Al menos, no era un señorito, sino un

artesano, un igual suyo, resuelto á casarse. ¡Casar á Concha, ante el

cura, con un hombre de bien, era el ensueño de Dolores! Creyó no

obstante que su dignidad le imponía el deber de enojarse un poco, y de

exclamar:

--¿Y cuándo te han dado este papelito, vamos á ver?

--Hoy... Cuando pasé al cuarto para vestirme, allí detrás de la

decoración me lo dió.

--¡Valiente papamoscas! ¿Y tú, qué dices?

--Mujer... ¿y qué he de decir? Si me pide que le conteste, le diré que

hable contigo antes.

--Eso es, eso es, las cosas derechitas--murmuró Dolores del todo

satisfecha.

Y así sucedió. Dolores no cabía en sí de júbilo. Fué á contar al

confesor el caso, y le ponderó las prendas del mozo, un chico honrado,

formal, ebanista, que tardaría en casarse lo que tardase en poder

establecer por cuenta propia un almacén de muebles. Nadie le conocía una

querida: ni jugador, ni borracho. Vivía con su madre, muy viejecita. En

fin, sin duda la Virgen del Amparo había oído las oraciones de Dolores.

Otras andaban tras de los señoritos, de los empleaditos, de los

dependientes de comercio: ¿y para qué? Para salir engañadas, como había

salido ella.--Cada oveja con su pareja, hija, confirmó tranquilamente el

Padre.--¿Sólo que... á pesar de todas las bondades del novio... conviene

no descuidarse, eh? Tu obligación es no perderlos de vista, hasta que

tengan encima las bendiciones.

¡Buena falta le hacía á Dolores el encargo! ¡Perderlos de vista! Nunca

estuvo más adherida á su hermana. Los novios se veían al salir del

taller; él las acompañaba hasta su casa. Veíanse también en el Casino,

los días de función ó ensayos, sólo brevísimos instantes, pues Dolores

no quería dar que hablar allí. ¡La gente es tan maliciosa! Dando una

vuelta en su cama, Dolores pensaba en el día de la boda, el día de la

tranquilidad completa, porque desde entonces las dos hermanas coserían

en su propia casa, poniendo un tallercito modesto. ¿Cuándo llegaría tan

apetecido instante?

Mientras la hermana mayor soñaba en bodas agenas, la presunta novia

estaba á dos mil leguas de acordarse de semejante suceso. La juventud

suele vivir sólo en lo presente, ó al menos en lo futuro inmediato.

¡Casarse! ¡Bah! Claro que se casaría: ¿pero qué prisa corría eso? El

caso era lo que se le preparaba para mañana, mejor dicho para hoy, pues

ya no distaba mucho el amanecer. ¡Era fatalidad que, justamente durante

la época más ahogada de costura, cuando se acercaban los carnavales, los

bailes, los trajes, para las mascaradas y comparsas, y no podía ella

faltar del taller donde desempeñaba las importantes funciones de

aparejadora, se le ocurriese al Casino de Industriales dar una gran

función de teatro, para redimir á un socio de la suerte de quinto! Y se

ponía en escena una obra de Ayala, _Consuelo_, muy famosa según decía

don Manuel Gormaz, el director de la sección; y á ella le había tocado

en el reparto el principal papel, cosa que no dejó de lisonjearla,

porque añadía el señor Gormaz, que era obra _de prueba_, digna de una

artista... ¡Artista! ¡qué bien le sonaba á Concha el nombre! Ser

_artista_ era pertenecer á una clase aristocrática, superior á la

humilde condición de costurera... ¡Artista! En los días de beneficio de

las actrices, Concha había leído versos de esos que se arrojan desde las

galerías, impresos en papeluchos azules y amarillos, donde tras del

epígrafe «á la eminente artista Fulana» ó «á la célebre artista Mengana»

venía una serie de calificativos y epítetos, entrelazados como

guirnaldas de flores, y se las llamaba huríes, ruiseñores, ángeles y

otras mil cosas así. ¡Una artista! Concha repetía en voz baja, cuando

estaba sola, la fascinadora palabreja.

¿Cómo saldría ella de aquel apuro? ¿Se cortaría? ¿Se le olvidarían los

versos? Jamás le había sucedido tal cosa; es verdad que al pisar el

escenario le latía el corazón muy de prisa; pero luégo recobraba todo su

aplomo. Sólo que aquella función era diferente de las demás: tratábase

de una comedia en tres actos, y ella nunca pasó de sainetes y

piececillas en uno; además, como el beneficiado era hijo de un portero

de la intendencia, el intendente, persona sociable y bien quista en

Marineda, había repartido las localidades todas entre lo más lucido del

vecindario, y se susurraba que la función estaría brillante: lleno

completo. En fin, un compromiso gravísimo. ¡Y los trajes! Para

_Consuelo_ se precisaban tres diferentes, elegantes todos: el del último

acto, descotado y con cola. ¡Qué de mañas, ardides y cálculos

representaba la conquista de esos trajes! Vamos, á no ser por la

señorita del intendente, tan franca y tan amable, no acertaba Concha

cómo se las habría compuesto. Afortunadamente la señorita fué su

providencia: desde zapatos blancos de raso hasta flores artificiales y

brazaletes, todo se lo prestó. Cierto que eran cosas bastante usadas, y

hubo que refrescar, lavar, planchar, alargar ó encoger... Y aún no

estaba terminada la faena, y quedaba un día solo, y no podía faltar al

taller, ni al ensayo general... ¡Imposible que alcanzase el tiempo para

todo! Si el maldito quinqué no se hubiese apagado, ya tendría listo el

traje! ¡Cuánto iban á apretar las uñas al día siguiente! ¿Amanecería

pronto? Cavilando así, sintió Concha un estremecimiento de frío y se

arropó. Se unieron involuntariamente sus párpados y con indecible

bienestar se quedó dormida.

Apenas comenzaba á saborear el dulce reposo, la sacudieron y zamarrearon

sin misericordia. La fría luz del alba se colaba por las rendijas de los

ventanillos, y Dolores, de bata ya, con una toquilla de estambre muy

enrollada al cuello, se disponía á enristrar la aguja, y tocaba diana

para que la ayudasen. Concha entreabrió los ojos, borracha de sueño, de

ese sueño de la primera mocedad, tan parecido al de la niñez en su

intensidad reparadora. Fué preciso repetir la sacudida: entonces, de no

muy buen talante, echó fuera una pierna para calzarse las babuchas.

Tentadora ocasión de describir, en tan indiscreto minuto, á la futura

_Consuelo_, cuando sus carnes tibias conservan aún la suave morbidez del

sueño, y la breve camisa descubre mucha parte de su gallarda escultura.

Los brazos blancos y puros, los piés rosados por la frialdad del piso,

los senos recogidos y breves como capullos de flor, hacen honesta por

extremo aquella semi-desnudez juvenil, que la claridad del amanecer baña

con delicados matices opalinos. Remata el cuerpo una cara oval,

sanamente pálida, algo pecosa hacia el contorno de las mejillas; el

pelo, rubio como la harina tostada, nace copioso en la nuca y frente, y

desciende en patillas ondeantes hasta cerca del lóbulo de la oreja:

entre los labios gruesos y cortos brilla como un relámpago la nitidez de

la dentadura. Los ojos, aunque hinchados de dormir, no encubren que son

garzos y candorosos todavía.

Para despejarse, necesitó Concha pasar agua fría por la cara. Dolores

entretanto abría las maderas, aseaba un poco el cuartito abohardillado,

y encendía en la cocinilla próxima seis carbones para calentar el

puchero de _cascarilla_ y la correspondiente leche. En un santiamén se

desayunaron. Concha, bien despierta ya, consagraba toda su atención á

los trajes. Al lado de la ventana, sobre el quebrado sofá, lleno de

hernias de crín que se salía, reposaban las galas de la noche. Concha se

acercó á la fiel aliada de la modista, la máquina, que dada de aceite,

limpia, con su carrete enarbolado, con la mesilla reluciente de barniz,

aguardaba lo mismo que un centinela, arma al brazo, las órdenes de su

jefe. Dolores se aproximó también, exclamando:

--Tú á los volantes y yo al cuerpo.

Salió el famoso vestido de baile. Era de seda azul bajo, algo verdoso ya

y por muchas partes salseado; pero merced á la buena idea de Concha, de

velarlo con infinitos volantes de tarlatana del mismo color, parecería

nuevecito de allí á poco. La cadencia de la máquina se interrumpía á

cada volante, y el vestido giraba, giraba, como una peonza, todo hueco,

y cada vez más vaporoso. Al cabo brotó la falda fresquita, soplada como

un buñuelo, y fué á ocupar su puesto en el sofá al lado de otros pingos

también remozados y disfrazados hábilmente, con recogidos, lazos y

encajes. Dolores pegaba al cuerpo el último corchete y orlaba de tul

blanco las cortas manguitas. Terminado lo grueso de la labor, empezaron

mil menudencias, mil accesorios. Pendían de una cuerda, tendida de un

lado á otro de la pared, dos guantes blancos, largos, muy tiesos, con

las puntas de los dedos amarillentas y arrugadas; y mientras Concha los

soplaba con ardor para despegar aquellas malditas puntas, que delataban

el paso ineficaz de la bencina, Dolores, por medio de una plancha

caliente, estiraba varios cintajos lácios como tripas de pollo,

dedicándose después á frotar con miga de pan los zapatos de raso, y á

pegar con goma una varilla del abanico. Las cosas que iban estando

dispuestas, pasaban á una cesta, cuidadosamente colocadas; de pronto

Concha se dió una palmada en la frente.

--¿Qué te pasa?

--¡Las medias! Que se nos olvidaban las medias!

--¿Qué más da? Llévalas blancas.

--¡Mujer... son tan cursis! ¿Tienes agua caliente?

--La pondré á calentar.

--Anda, que se lavan y se secan pronto... á la noche están sequitas.

En tanto que Dolores jabonaba el par de medias azules, Concha, cosiendo

el dedo de un guante, preguntaba á sí misma en voz alta:

--¿Tendrán que hacer esto las cómicas el día que representen?

--No, mujer...--murmuró Dolores.--Esas lo tienen todo arreglado.

--Dichosas ellas. Á mí me venía bien ahora repasar el papel.

--Pues no te descuides, que pasa ya de las ocho y media. ¡Cuándo se

acabarán estos jaleos de teatro! me duele la cabeza ya, de discurrir

para refrescar vejestorios.

Quedábales aún algo por hacer, pero el tiempo urgía, y el taller

aguardaba. Convinieron en que, á la hora en que Concha fuese al ensayo,

Dolores volvería á casa, terminaría todo y llevaría la cesta al Casino,

donde Concha aguardaría ya para vestirse. Por excepción, una vez nada

más: que eso de dejar sola á Concha, no estaba en el programa.

--Mujer, no hay remedio--exclamó Concha.--Desde el taller al Casino, no

me saldrá ningún perro rabioso.

--No me dan á mí cuidado los perros de cuatro patas, sino los de

dos--murmuró Dolores guiñando un ojo.--Con que mucho juicio, ¿eh? Si

sale Ramón á acompañarte, le dices que se vuelva á su casa ó que te

espere en el Casino.

--Bien, bien.

¡Bastante pensaba Concha en Ramón! Todo el día en el taller estuvo

repasando su papel mentalmente. Don Manuel Gormaz le había encargado

tanto que _se fijase_ y que _tuviese alma_ en algunas escenas! Tener

alma... ¿sería gritar mucho? No, porque se reirían de ella... ¿Sería

pronunciar recalcando, como la que hacía de _graciosa_? No, eso

tampoco... Procuraba recordar las inflexiones de la actriz que había

representado _Consuelo_ el año anterior, en el Teatro Grande... Lástima

no acordarse punto por punto! ¡Si ella supiese que, con el tiempo, le

tocaría representar ese papel! Mientras arreglaba los pliegues de una

sobrefalda, ó sacaba un patrón por el figurín, Concha repetía entre

dientes las redondillas de Ayala, bien agenas de ser pronunciadas en

semejante sitio.

Al salir del taller, se separaron las dos hermanas, tomando cada una en

opuesta dirección. Iba Concha distraída, andando rápidamente, cuando

alguien emparejó con ella.

--¡María Santísima... qué susto me has dado!

El novio se sonrió afablemente, no sin mirar á todos lados,

convenciéndose por fin de que Concha iba sola, hecho singular y

extraordinario. Manifestó su admiración, diciendo:

--¿Y Dolores? ¿Qué milagro es éste?

--No pudo hoy acompañarme... Tenía que acabar de alistar unas cosas.

Viene después.

No puso Ramón cara compungida al oir la nueva, y siguió andando al lado

de Concha por la calle Mayor, donde algunos comercios empezaban ya á

encender su alumbrado. Concha se volvió de pronto toda alarmada.

--Mira, vete, vete... No me acordaba ya... No puedes acompañarme hoy.

--¿Por qué, chica?

--Porque voy sola... No me hizo otro encargo Dolores.

--¡Vaya con la ocurrencia!--exclamó él súbitamente enojado, deteniéndose

ante un escaparate en que brillaba ya el gas.--¡Pues me gusta! ¡Sólo eso

faltaba! No seas tonta; yo te acompaño. ¿Qué necesidad hay de que se lo

cuentes á tu hermana?

Concha le miraba con sorpresa, viéndole de levita. Era una levita negra

arrugada y floja en los sobacos, que caía mal, amén de relucir

demasiado, conociéndosele las dobleces de las prendas guardadas mucho

tiempo en cajones; no obstante, la negrura del paño y la blancura de la

pechera limpia realzaban la varonil presencia de Ramón, mocetón

arrogante y guapo, aunque tosco: de ancho pecho, oscura barba, pelo

rizoso y grandes y vigorosas manos. Concha se sonrió.

--¿Por qué vienes tan elegante?

--¿No sabes que tengo que cantar en el Orfeón? Ayer toda la noche hemos

estado ensayando la _Barcarola_ nueva.

Ella bajó la cabeza, dándose por convencida; de repente volvió á

ocurrírsele lo que diría Dolores.

--Anda, lárgate, que no tengo gana de fiestas... No quiero oir sermones

por causa tuya.

--¿Quieres que me vaya? Corriente--pronunció él con despecho--pero

también es mucha ridiculez... Seis meses que somos novios, y aún no

hemos podido hablar en paz y en gracia de Dios un cuarto de hora.

Díjolo con tal rabia, que Concha, cediendo á un movimiento compasivo, le

llamó.

--Bueno, ven... Pero no hay que contarlo ¿eh? Silencio.

Siguieron su camino, él satisfecho ya, ella un tanto envanecida, allá en

el fondo del alma, por llevar de acompañante á su novio, un novio de

levita que podía confundirse con un señorito. Callaban, preocupados por

la misma novedad de la situación, y sin despegar los labios salieron de

la calle Mayor al paseo público, á la sazón desierto. Hacía frío. Los

árboles sin hojas y las farolas apagadas se perfilaban sobre el gris

ceniza del crepúsculo invernal; un pilluelo pasó corriendo, dando un

empujón á Concha, que llamó á su acompañante.

--¡Ramón! ¿tú qué tienes?

En efecto, parecía pensativo. Con voz algo dura, contestó:

--No tengo nada.

--Nada, ¿y vas ahí que pareces un mochuelo? ¿Después de que te dan

gusto, llevas ese gesto?

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--No tengo obligación de estar hoy tan contento como tú.

--¿Y yo por qué he de estar contenta hoy?

--Porque vas á lucirte, á ponerte muy maja y muy bonita para salir á las

tablas.

Echóse á reir la muchacha.

--No te rías--articuló él con acento opaco...--Haz el favor de no

reirte, que yo no hablo de broma.

--Pero hombre... no me he de reir! Te enfadas porque me presentaré en

las tablas muy compuesta... ¿Pues no vas tú también con el fondo del

baúl encima? Vamos--añadió viendo la fisonomía contraída de Ramón--no

seas majadero; ya sabes que trabajo por compromiso con el

Vice-presidente y por complacer al señor de Gormaz... Buenos apuros me

ha costado la tal función: hace tres noches que no duermo casi...

Maldito el chiste que...

--Sí, sí, dices eso, pero otra te queda... Si no te gustase no irías

allí de muestra, no irías.

--¿Tienes gana de armarla hoy? Pues para eso, pude venir sola.

--No--replicó él con más blandura--no te digo nada, Dios me libre, haz

lo que quieras; pero tengo que advertirte una cosita, eso sí: no te

parezca mal.

--Vamos á ver qué sale después de tanto aparato.

--Cuando nos casemos...

--De aquí allá!

--Cuando nos casemos--reiteró con firmeza el mozo--yo no consiento que

vuelvas á representar, aunque se empeñe Dios del cielo... ¿Te has

enterado?

--Bien... De aquí á que suceda eso...

--¿El qué?

--Lo del casamiento.

--Yo me entiendo... Cuando menos se piensa... En fin, vé acostumbrándote

á la idea, por si acaso. No me gusta á mí, ni á ningún hombre blanco,

queriendo á una mujer como te quiero á ti, oir que dicen en las butacas

estupideces y barbaridades... al lado de uno mismo, con la poca crianza

que tienen esos brutos de señoritos, Dios me perdone...

--¿Y qué dicen?--preguntó curiosamente Concha.

--Mil desvergüenzas... Que si tienes buen éste, y buen aquél, y...

Calla, calla, que yo paso las de san Patricio... Un día hago un

disparate.

Concha, muy colorada, bajaba la cabeza; por fin articuló entre enojada y

vergonzosa:

--¿Y á ti qué te importa lo que digan? Déjalos, hombre.

--De otra ya pueden decir pestes... Pero de ti... que te quiero tanto

como á mi madre!

Lo pronunció con tal fuego y sinceridad, que á pesar suyo la modista se

sintió conmovida y le miró dulce y amorosamente. Entraban en el jardín

público, que seguía al paseo, y en el cual la oscuridad era mayor, y

completa la soledad y el silencio, á menos que una ráfaga de vientecillo

marino sacudiese los siempre verdes _egonibus_ haciéndoles murmurar

cosas tristes. Concha se apoyó en el brazo de su novio. Al hacerlo, su

codo tropezó con algo que abultaba debajo de la levita.

--¿Qué llevas aquí?--preguntó.

--Nada.

--¿Cómo nada, y sobresale que parece un mollete de pan?

--Mujer... si no es cosa que te importe.

--Á ver, á ver?

De mala gana se desabrochó él y sacó un objeto elíptico de hojas de

laurel engomadas, muy tiesas, y rematado en unas largas cintas blancas

con flequillo de oro al extremo. Á pesar de la oscuridad, aún quedaba

suficiente crepúsculo para que distinguiese Concha que era una corona.

--¿Y esto?--preguntó afanosamente, entre turbada y alegre.

--Ya lo veo.

--Una corona... ¿Para quién?

--¿Para quién ha de ser?

--¿Para mí? ¡Qué loco! ¿Y no me reñías antes por representar?

--Una cosa es una cosa, y otra es otra... Me dió rabia ver que en el

beneficio del mes pasado le echaron una corona monstruo á esa tonta de

Rosalía Cañales, y á ti porque tenías un papel más corto te conformaron

con un ramito de mala muerte... Y pensé para mí: no, pues como

represente otra vez, no se queda sin corona mi Concha del mar... No me

hace gracia que tú quedes deslucida... Ahí tienes.

--Te lo agradezco... te lo agradezco mucho!--articuló cariñosamente

ella, afirmándose más en el brazo que la sostenía.

Él la contempló con ansia, y después miró alrededor. Ni un alma en el

jardín.

--¿Concha?

--¿Eh?

--¿Me quieres?

--Sí, hombre, sí.

--¿Te enfadas si te pido una cosa?

--¿Qué?

--Dame un beso.

Soltó Concha el brazo y se hizo atrás. Parecíale que el rumorcillo de

los arbustos y el manso gotear de la fuente eran ecos de la voz de

Dolores... Y tapándose la cara con las manos y retrocediendo, gritó

alborotada:

--Eso no... Eso no... Estate quieto.

--No, si no quieres no... No grites, que pensarán que te mato...

Volvió á darle el brazo, en el cual ella se sostuvo con recelo, pero al

verle triste y con la cabeza baja, se aproximó nuevamente. Una

invencible curiosidad de virgen la impulsaba á desear la caricia que

había rehusado. Estaban próximos ya á salir del jardín, y á corta

distancia de él, comos unos cien pasos, resplandecía el iluminado portal

del Casino. Inclinó un poco la frente sobre el hombro de Ramón, y éste,

con arranque súbito y brioso, desprendió el brazo para rodearle la

cintura, y la besó en la mejilla, con toda su fuerza, devorándola el

cutis. Concha sintió una ola de caliente sangre que henchía sus venas, y

percibió al mismo tiempo, con extraña lucidez, un olorcillo á alcanfor y

pimienta, que debía proceder de la levita guardada hacía tiempo.

Apresuradamente salieron del jardín, él radiante, ella aturdida y

cabizbaja. ¡Si Dolores lo supiera! Las manos se le habían puesto frías,

y una conmoción singular le imponía silencio. Su novio le parecía

ahora, sin saber por qué, más amable y á la vez temible. Le miraba á

hurtadillas, cual si no le hubiese visto bien antes. Como se aproximasen

mucho al Casino, Ramón se inclinó hacia ella, y ella retrocedió

instintivamente.

--Mira, Concha, mañana puede que tenga una gran noticia que darte...

--¿Qué?

--No, por ahora nada... Por eso no quería hablar, hasta llegar aquí...

mañana te diré... Oye, antes que se me olvide: ¿dices que tienes que

salir hoy escotada?

--Sí, hombre... En el último acto.

--Pues cuidado cómo te arreglas... El cuerpo altito... no quiero que

nadie se divierta á cuenta mía.

--¡Jesús!--exclamó la modista.

Y diez pasos antes de llegar al portal, soltó el brazo de Ramón y echó á

andar rápidamente, murmurando:

--Hasta luégo.

Penetró en el edificio. El recinto del teatro se hallaba todavía á

oscuras, y en los pasillos, el conserje barría con afán las puntas de

cigarro y los fragmentos de papel. En el escenario ardía un quinqué

puesto sobre una consola, y dos ó tres candilejas, prevenidas para

alumbrar el ensayo. Concha se adelantaba medio á tientas por el final

del corredor, cuando un hombre le salió al encuentro, muy apresurado y

afectuoso, y le dijo cogiéndole ambas manos y estrujándoselas en

expresivo apretón:

--Hola, Conchita, hola... Bien venida, hija mía... ¿Qué tal? ¿Se ha

repasado? ¿Hemos olvidado el papel? Por aquí, no tropiece Vd... Eso

es... Ya estamos.

--El papel me parece que lo he de saber, señor de Gormaz--afirmó Concha,

quitándose el mantón y el manto al entrar en el escenario. Hola,

chicas--añadió saludando á dos mujeres que, sentadas en un sofá,

repasaban en voz baja, con un rollo de papeles en la mano.

--Abur--le contestaron no muy cordialmente las interpeladas.

Gormaz, previa una fricción que hizo chascar sus palmas, se dirigió á

las repantigadas actrices:

--Repasen, eso es, un poquito, mientras no vienen los caballeros...

Siempre son los últimos.

Y llamando aparte á Concha, arrimándola á un bastidor donde no alcanzaba

la luz de las candilejas, cuchicheó con misterio:

--¡Hoy hay que esmerarse, Conchita! ¡que esmerarse mucho! ¿No sabe Vd.

lo que pasa?

--¿Que va á venir mucha gente?

--La gente... ¡bah! No; es que en cuanto ha sabido Juanito Estrella que

dirijo yo esta función, como hoy no la tienen en el teatro, á pesar de

que también ensayan, me ha escrito que vendría y... ¡ya ve Vd.! ¡Va

usted á representar delante de un gran actor, una gloria nacional!

¡émulo de Romea y de Latorre!

Concha sintió un poco de recelo al oirlo, y al mismo tiempo, sin darse

cuenta del por qué, la noticia le fué grata. Conocía de vista á

Estrella, al director de la compañía que actuaba en el Teatro Grande;

había oído mil veces hablar de su fama: lo cierto es que tenía un modo

de representar que á ella, sin entender gran cosa, le parecía

prodigioso: ¡qué bien sabía hacer que lloraba! ¡qué divinamente se

fingía moribundo y muerto! ¡qué expresión en aquella cara! Representar

delante de él... ¡Qué vergüenza!

Esto último fué lo que manifestó en alta voz. Gormaz la riñó, tosiendo

como siempre que se acaloraba.

--No se me vaya Vd. á cortar, hija... Por lo mismo que Estrella es

inteligente, es indulgente: él también empezó así, de aficionado, en

teatrillos y en liceos, cuando era estudiante, hasta que se aficionó y

dejó la carrera para dedicarse á la profesión artística... ¡Ejeeem! Con

que ya ve Vd... Ea, que ya llegan: á ver cómo salimos del ensayo.

Arrastró casi á Concha al lado de la consola y del quinqué: en efecto,

ya se agitaban allí dos ó tres sombras masculinas, charlando con las

desdeñosas actrices Rosalía Cañales y Julia Marqué. Al ver á Concha, los

hombres la saludaron galantemente, en especial el beneficiado, encargado

del papel de _Fernando_, y que se creía comprometido por el texto del

drama á mostrarse insinuante y tierno con ella. Todo el grupo rodeó

apresuradamente á Gormaz, el cual extendiendo las manos á un lado y á

otro trataba de restablecer el orden.

--¿Don Manolo, empezamos?

--¿Don Manolo, qué se hace?

--¡Ensayar, señores... bruuum!... si Vds. quieren: y ya saben lo que les

he advertido: en los ensayos no hay que derrochar voz. Piano, pianísimo.

El apuntador comenzó á decir, sin entonación ni transiciones, el papel

de cada uno, que los actores repetían paseándose con las manos en los

bolsillos ó columpiándose en la silla. Las actrices, más cohibidas, no

se atrevían, al recitar, á moverse del sofá, ni á descoser los brazos

del cuerpo. Gormaz las tomó de la mano, suavemente.

--Hijas, accionen Vds. un poco...

--¿Lo mismo que después? ¿Como si ya fuese la representación?

--No tanto, no tanto! Un poco: si la escena ha de ser de pié, no se

dejen Vds. ahí quietas... Y Vds., caballeros, no alcen tanto la voz; si

ahora no hay público que atienda! Eso... á ese diapasón. Ya verán Vds.

cómo después hay que decirles que se esfuercen, porque no les oirá ni el

cuello de la camisa... Ejeemm! Háganse cargo de que ahora no deben

malgastar sus fuerzas: matizar, pero bajito... Eh... chss! caballero

López, ¿á quién le cuenta Vd. eso? ¿á la puerta ó á esta señorita?

Todo el mundo se rió. Gormaz en los ensayos se ponía nervioso, sudando,

tosiendo de fatiga, pasándose á cada rato el pañuelo por la calva frente

y por los turbios ojos. Quisiera él calentar aquellos cuerpos inertes,

sutilizar aquellas mentes torpes, encender aquellas tardas y perezosas

sangres con el fuego y la lumbre del entusiasmo artístico. Sólo que á la

media hora de predicar, de espolear, de comunicar impulso, de serlo todo

á un tiempo, galán, dama, barba y gracioso, de dar á éste el modelo de

la expresión patética y al otro el de la indignación y al de acá el de

la ironía y al de acullá el del desdén, su rostro se amorataba, el asma

le subía en ronquidos y borborigmos á la laringe, se inyectaban sus

pupilas, y, medio muerto, se dejaba caer en una butaca, diciendo:

«Bruumm... Sigan Vds... sigan.» Cada cual seguía entonces yéndose por

dónde le daba la gana.

Frisaba Gormaz en los sesenta; era coetáneo de Romea, pero más joven, y

pertenecía á aquella falange de actores, ya casi extinguida, que amaba

el arte y se preciaba de entender de letras; que se asociaba á la gloria

de Hartzembusch y Zorrilla por la interpretación entusiasta de sus

dramas, y que tras de cantar todo el verano, como la cigarra, ha

concluído como ella, muriéndose de hambre y frío, porque la vejez del

actor español es penosa cuanto alegre su vagabunda mocedad. La última

etapa de Gormaz, inservible ya para las tablas, fué organizar aquella

sección en el Casino de Industriales. Todo el mundo le quería bien allí,

por su afable carácter y su vida arreglada y modesta, pues Gormaz no

tenía nada de bohemio y sus costumbres podían pasar al través del más

delgado tamiz de censura.

Lo que es la noche del ensayo de _Consuelo_, á Gormás debía sucederle

algo raro. Estaba como vuelto al revés. Él, tan atento, tan deferente

con todos los individuos de la sección, sin distinción de sexos ni

categorías, apenas contestaba y sólo se dedicaba á ensayarle bien el

papel á Concha. Las otras mujeres que tomaban parte en la representación

no tardaron en notarlo, y en amostazarse. La encargada del papel de

_Antonia_, Julia Marqué, catalana ingerta en gallega, hija de un

almacenista, era una morena hombruna, con gruesa voz y no leve bozo, muy

aplaudida por lo campanudo de su órgano, que daba tono profético y

sentencioso á sus menores palabras; la que había de hacer la criada

andaluza, Rosalía Cañales, era una estanquerilla redicha, delgada y

chatuela, que giraba los ojos, apretaba la boca y manejaba mucho el

abanico; teníanse ambas por dechados respectivamente del género trágico

y cómico, y en los ensayos se apoderaban del director, crucificándole á

preguntas y no dejándole respirar. Viendo que no les hacía caso,

cuchichearon en voz baja y señalaron á Concha. ¡Qué tonta y qué

presumida! Porque había atrapado el papel principal, estaba dándose una

importancia! Mucho de salir hoy elegante y de cola, y mañana se casaría

con un ebanista miserable, y calentaría las sopas en la trastienda sin

más cola que la de pegar madera! Y ambas hacían un gesto desdeñoso,

indicando que ellas no aceptarían seguramente por marido á hombre de tan

poco fuste.

--Aún sabe Dios si se casará--silabeó en voz baja la estanquera.

--Pero mira don Manolo... No hace sino enseñarle, como si fuese á sacar

de ahí una cosa que asombre á todo el mundo.

En efecto, á Gormaz todo se le volvía: «Conchita, ese brazo. Hija,

repita Vd. esa frase. No, así no: un poquito de energía, ¿está Vd.? Esa

escena hay que moverla... debe Vd. levantarse, volverse á sentar,

mostrándose dudosa. ¿Á ver cómo escribe Vd. esa carta?... Bien, bien...

así debe Vd. hacerlo después; no hay que olvidarse.

Concha, sorprendida también de aquel interés exclusivo, sentía que poco

á poco se le comunicaba el entusiasmo de Gormaz, contribuyendo á su

excitación el instinto femenino, el espectáculo de las dos rivales

acurrucadas en el sofá, nerviosas como dos gatas que se disponen á sacar

las uñas, y mirándola de reojo con pupila fosforescente. Un sutil calor

empezó á difundirse por su alma, transformándole la voz, que con

sorpresa de ella misma se timbró en notas penetrantes y apasionadas.

Gormaz, observando esta favorable metamórfosis, aplicaba leña á la

hoguera.

--Ya ve Vd. que en este acto está Vd. celosa... Hay que revelar esos

celos en el acento, en la fisonomía... Su marido de Vd. la está

engañando; Vd. no se ha de quedar tan fresca!

Á veces Concha, cuando decía una frase con vehemencia, avergonzábase un

poco y soltaba la risa.

--Ay, Dios mío... Don Manolo, estoy exagerando, ¿verdad?

--No, hija, no... En esa situación hay que poseerse, así como en el

primer acto debe Vd. más bien aparecer fría y coqueta... Bien dicho,

bien! Ánimo... á la escena con la criada... Rosalía, hija, ¿me hace Vd.

el favor?

--¿Eh?--murmuró Rosalía con displicencia.

--Pues ahora es la escenita de Vd... La carta.

--Ay... Vd. dispense... Como no se ha fijado usted nada en lo que dije

antes, creí que...

Encogióse Gormaz levemente de hombros, y resignándose, prestó alguna

atención al dejo sevillano contrahecho de la estanquera. Era preciso

activar porque la hora de la función se aproximaba, y ya dos ó tres

músicos, con sus instrumentos muy enfundados en bayeta verde debajo del

brazo, se asomaban por la puerta de entrada, retirándose después de

escuchar algunos minutos curiosamente. El último acto se atropelló un

poco, pero Concha sabía al dedillo el papel y Gormaz, como de paso, pudo

aún indicarle algunos toques maestros. Al final le apretó

misteriosamente la mano.

--Hasta luégo... y á ver cómo nos lucimos!

Concha se dirigió al tocador, donde la esperaba su hermana vigilando la

cesta de los trajes, mientras Rosalía y Julia, ocupando todo el hueco

del espejo, se daban polvos de arroz por quintales, limpiándose después

cejas y pestañas con la tohalla húmeda. Como no tenían trazas de hacer

sitio, Dolores gritó á Concha en voz alta:

--Hija, arrímate al espejo... Estás sin peinar aún, acuérdate...

Las dos usurpadoras del tocador se desviaron con majestuoso paso de

reinas ofendidas, y empezaron á calzarse en un rincón, secreteando y sin

dejar su actitud hostil. El tocado de Concha fué corto; su juventud y su

fresca tez no requerían gran afeite. Sus ojos brillaban y sus mejillas

estaban algo sonrosadas. Al remangarse el pelo con unas agujas de

azabache, recordó el beso de Ramón, y se enrojeció hasta la frente.

¡Qué poco había durado! ¿Lo sabría Dolores? ¡Bah! ¿Cómo lo había de

saber? Esforzóse en desechar aquel orden de ideas, recordando que era

preciso hacer un esfuerzo para representar bien y que don Manolo no se

quejase de ella.

[Imagen]

Cuando puso los piés en la escena, el corazón le latió, según costumbre,

un poquillo, al ver el aspecto imponente del teatro. Sin que pudiese

precisar quiénes eran los espectadores que llenaban las butacas,

atestaban los palcos y se apiñaban en la galería, bien comprendió que

estaba allí todo Marineda, la gente fina, el _señorío_; público

inusitado en aquel local, donde por lo regular el elemento dominante

eran los socios y sus familias. Veía vagamente, sobre el fondo granate

del papel que reviste el teatro, agitarse una triple hilera de cabezas

femeniles, adornadas con flores; los colores claros y ricos de los

trajes hacían una decoración abigarrada; y de las butacas, subía hacia

Concha, como una ola de curiosidad, el reflejo de los cristales de los

gemelos instantáneamente clavados en ella, y el susurro de voces que muy

quedito pronunciaban ó preguntaban su nombre. Zumbáronle algo los oídos,

y se le apretó la garganta al articular las primeras frases del papel;

pero recordando de pronto un consejo de Gormaz, alzó los ojos y fijó en

el auditorio una mirada tranquila. Distinguió entonces con más claridad

la concurrencia, y respiró. De pronto volvió á alterar su serenidad la

cara de Ramón, que desde las primeras filas de butacas, acechaba una

ojeada de su novia. Apartó la vista y se dedicó á recitar lo mejor

posible el papel. Gormaz, asomando de tiempo en tiempo entre bastidores

su cabeza sudorosa, recorría el teatro, fijándose en un palco

entresuelo, el único vacío que quedaba ya; después hacía una señal de

inteligencia á Concha, aprobando y animando.

El público, sin embargo, no daba más indicio de agradecer los esfuerzos

de Concha que, por parte de los hombres, no quitarle los gemelos de

encima. En conjunto se veía que la representación hacía reir

disimuladamente á los que no fastidiaba. Dos ó tres carcajadas sofocadas

habían resonado ya, una aguda y aflautadilla en un palco, otras más

sonoras en las butacas. Por mucho que las señoras procurasen aparentar

que se divertían y prestaban atención, notábanse los bostezos de á

cuarta, mal encubiertos por el abanico. _Sotto voce_, los espectadores

se comunicaban sus impresiones de aburrimiento. ¡Las tales funciones de

aficionados! ¡Venir á ver lo mismo que se ve en el Teatro todos los

días, sólo que echado á perder! Luégo, ¡qué programa tan largo, santo

Dios! ¡Tres actos de _Consuelo_, el Orfeón, lectura de poesías y un

sainete! No se salía de allí menos de la una. Y el caso es que no cabía

marcharse dejándolos con la palabra en la boca, por compromiso con el

Intendente, que se picaría, de seguro, si se le hiciese un desaire á su

protegido... ¡Buen tipo tenía el protegido! ¡Vaya un galán para el papel

de _Fernando_! Las patillas postizas se le estaban cayendo: por no saber

en qué ocupar las manos, no cesaba de dar vueltas á la cadena del

reloj... ¡Pues y las mujeres! ¡Qué modo de vestirse! Aparte de que no se

les oía una palabra, y como estaban aguardando lo que dijese el

apuntador para hablar, resultaba que el acto no concluía nunca... ¡Y qué

acción! Lo mismo que esas muñecas, á las cuales se les tira de un

cordelito y levantan los brazos... La _Consuelo_ pronunciaba más claro;

á esa al menos se le entendía bien: ¡pero qué trazas de descarada y

pizpireta!...

En las butacas también se comentaba lo indigesto de la función, con otra

salsa más picante, y sobre todo con tan unánimes elogios á la buena cara

y simpática voz de Concha, que Ramón se volvió dos ó tres veces

impaciente y sobresaltado, como si algún bicho le picase en la nuca.

Sólo respiró el pobre novio, al caer con pausa el telón, tras la fuga

de _Consuelo_.

Concha atravesaba los bastidores con su hermana para regresar al tocador

y vestirse de nuevo, cuando su novio le cerró el paso. Llamóle la

atención verle tan fosco y cariacontecido, y con la mayor inquietud le

preguntó:

--¿Qué hay de nuevo?

--Nada--murmuró él repentinamente avergonzado, al ver á Dolores allí, de

las ideas tontas que venían ocurriéndosele.--¿Vas á vestirte?

--Sí... abur, que después me cogen el sitio las otras.

Gormaz, que vagaba por allí como alma en pena, la empujó, dándole prisa:

--¡Vamos, hija... vamos!

Sacó después el ex-actor un cigarrillo y lo encendió, paseándose

inquieto y con taconeo nervioso por la solitaria escena. De rato en rato

pegaba el ojo izquierdo á un agujerillo del telón, y siempre veía, en el

lleno completo y brillante de la sala, el hueco del palco vacío, como

una mella en una hermosa dentadura. Al fin hizo un ademán de contento:

la puerta del palco se abría, entrando por ella dos hombres, el uno de

mediana edad, grueso, lampiño, de pelo negro y liso como el hule,

fisonomía entre clerical y chulesca, que Gormaz reconoció por el

_gracioso_ ó primer actor cómico de la compañía: el otro viejo, de

borbónico perfil, con una de esas caras inteligentes y castizas de

pelucona rancia, que aún hoy se ven en aldeanos del centro de Castilla y

en algún torero. Era un rostro movible, donde a intervalos se

transparenta ya la ironía indulgente, ya la enérgica voluntad vencedora

de los muchos años. La nariz y la barba, en demasía aficionadas á gastar

conversación, se combinaban bien con el mondo cráneo, lleno de

protuberancias color marfil. La apostura era mucho más firme y

desembarazada de lo que la edad pedía, y el traje, severo y correcto.

Así que Gormaz reconoció á Estrella, de algunos brincos estuvo en su

palco.

--¡Manolillo!

--¡Juanito! ¡Ejeem! Se agradece, hombre, se agradece la venida. Á la

verdad, tenía gusto en que hoy te dejases ver por aquí. Adiós, Gálvez.

--Pues no faltaba más. Aquí me tienes. Y le daré un aplausillo á tu

gente, para que no se te desanime. ¿Eh? Ya nos entendemos.

Estrella sonreía: Gormaz le miró de un modo singular, y aquella ojeada

que se cruzó entre los dos actores acostumbrados á declarar con la

expresión tantas cosas, para Estrella fué equivalente á un discurso. Sin

embargo, adivinó á medias.

--¿Qué?--pronunció.--¿Que hay algo bueno que ver, eh? ¿Una chica guapa?

¡Ay Manolo de mi vida! Si yo ya no sirvo de nada, hijo. Estoy para que

me saquen en un cesto al sol.

Protestó Gormaz, no sin melancolía.

--¡Pues si tú dices eso! ¡Tú, que con doce añitos más que yo, te atreves

con _La Aldea de San Lorenzo_ y el repertorio de Cano y Echegaray! ¡Tú!

¡Pues si tú... eres un roble!

--Psh... Los pulmones y la garganta no andan aún del todo mal; pero,

hijo mío, el resto... ¿Con que una chica guapa? Pues haz cuenta que

yo... como si tal cosa.

--No le crea Vd., intervino Gálvez, que hasta entonces se había

contentado con reir maliciosamente. Diga usted que no. Es muy taimado y

nos engaña. Más travesuras es él capaz de hacer, que Vd. y yo juntos.

--Hombre, fíate en mí. Díle á esa damisela que llame á otra puerta... ó

que se entienda con Gálvez.

--Yo no te revelo nada por ahora... Ya volveré en el entreacto, que van

á subir la cortina.

Á pesar de todas sus protestas, por aquello de que los ojos nunca

envejecen, apenas subió el minúsculo telón, Estrella sacó del bolsillo

trasero de la levita sus gemelos, cuyos cristales limpió primorosamente,

asestándolos después á la escena. La mujer que entonces se hallaba en

ella, Rosalía Cañales, no le pareció tan bien como esperaba, ni siquiera

la mitad; y con un fruncimiento expresivo de cejas, casi anudadas sobre

su enérgica nariz, bajó los gemelos, limitándose á asistir á la función

resignadamente, como persona fina convidada á un espectáculo que nada le

importa. Familiarizado con torpezas y gazapos de principiantes, durante

su larga carrera de actor y director de compañía, no alteraban su

plácido reposo ni las salidas y entradas á destiempo, ni el modo de

recitar, monótono como salmodia de breviario ó desmenuzado como

picadillo, ni el acento duro, ni los brazos cosidos al cuerpo, ni las

caras paradas, como hechas de cartón. Gálvez le pisó disimuladamente el

pié, dos ó tres veces, por supuesto, con blandura. No dió señales de

vida. Tal era su actitud cuando salió Concha.

Al verla, Estrella dijo con indiferencia indulgente:--Es bonita, hombre;

cierto que sí.--Pero apenas hubo pronunciado algunos versos, cuando

volvió á limpiar con rapidez los gemelos y á pegarlos á los párpados,

enderezándose en la silla para mejor atender. De la atención pasó en

breve al interés subido: sacó el cuerpo fuera, y en los palcos

proscénicos empezaron á mirarle con sorpresa, mientras en las butacas se

levantaban dos ó tres cabezas, que pronto, por comunicación eléctrica,

hicieron erguirse otras muchas. Poco á poco todo el teatro se fijó en

los movimientos de Estrella, y la gente aburrida, que no acertaba á

entretener aquellos actos interminables, se dedicó á observar,

pacientemente, como se observa en provincia,--donde la telaraña de la

curiosidad se teje y se desteje cada día con las mismas mallas

menudas--la cara del eminente actor. No cabía duda: lo que le llamaba la

atención en la escena era la chica encargada del papel principal: bien:

Y por qué? Por lo guapa? Estrella había sido un gran conquistador en

otro tiempo: puede que aún le durase el humor... Tan viejo? ¡Quién sabe!

Sin embargo, los gestos aprobadores de Estrella desmentían la presunción

de un flechazo súbito. Más bien parecía--cosa inverosímil--que le

agradaba el modo de representar de la chica. ¡Bah! Imposible. ¡Gustarle

á un actor de tanto mérito una aficionadilla de tres al cuarto! Y con

todo... La verdad es que la muchacha poseía una voz tan fresca, tan

clara, de un timbre tan grato... El caso es que lo hacía mejor que las

otras: á ella se le oía y entendía todo... Y no decía mal, no señor...

Así, favorablemente prevenido, pudo ya el público interpretar con

exactitud el pensamiento de Estrella; y todas las dudas se disiparon

cuando, al decir _Consuelo_ aquella frase fatal que trastorna la cabeza

á _Fernando_, aquel femenil y pérfido _no seas ingrato_, el actor,

ahogando un _bravo!_ entre dientes, aplaudió con brío. La concurrencia

vaciló un segundo, y por fin, subyugada y convencida, hizo coro al

aplauso, y sordos rumores de aprobación corrieron por las butacas. Se

daban unos á otros la noticia:

--¿Ha visto Vd.?

--Promete mucho esa niña, vaya!

--Cuando Estrella se entusiasma... eh? ¿Si habrá conocido actrices

Estrella?

--Yo ya lo decía en el primer acto, esa chica vale... No sé cómo no se

hicieron Vds. cargo desde el principio...

--Hombre, no nos jeringue Vd.! Vd. no dijo palabra; váyase Vd. al

canario.

--Ta, ta, ta, yo no lo dije, porque me hubiesen ustedes comido; aquí

todos Vds. son partidarios de la Julia Marqué y de la otra...

--Bah, bah! Lo cierto es que no nos habíamos fijado, ni Vd. ni nadie...

¿Y quién es ella? ¿Una modista?

--Sí; mis primas la conocen... Una modistilla, dicen que de buena

conducta.

--Eso ya... averígüelo Vargas.

Ramón subió entre bastidores enojado y sombrío. Todo el teatro haciendo

conversación de su novia! Aquella inesperada ovación le daba á él qué

pensar. Que en Concha pudiese haber facultades artísticas suficientes

para explicar el fenómeno, no se le ocurrió un instante: creyó

sencillamente que Concha era bonita y los espectadores unos truhanes de

marca. Encapotado y ceñudo llegó á donde estaba Concha recibiendo la

felicitación calurosísima de Gormaz: el rostro de éste, sofocado por la

asmática tos y dilatado por el placer, parecía un queso de bola de los

más teñidos. Al ver á Ramón, aprovechó la coyuntura para escaparse al

palco de Estrella, á quien halló en el corredor fumando y charlando

animadamente con Gálvez.

--¿Qué me dices, Juanillo?

--¿Chico, de dónde ha salido eso?

--De un taller de modista. Y habrás notado que está enteramente por

hacer. Diamante en bruto.

--Ssss! Ya se sabe: pero la madera...

--Soberbia. De patente. Hoy es el primer día que trabaja en tres actos.

Nunca ha pasado de piececillas.

--Y dí, hombre: ¿hace tiempo que la enseñas?

--Medio año ó poco más; pero... Ejeem!

Aquí Gormaz entornó los ojos.

--Pero puede decirse que no la he enseñado nada... En el ensayo de hoy

me he tomado algún trabajo, porque venías tú... Nada más, hijo...

--¿Pues cómo es eso?

--Te diré... Es que...--y bajó la voz, mientras jugaba con la cadenilla

de oro de Estrella.--Es que aquí... mi posición... ya ves tú... tiene

sus compromisillos, eh? Aquí todas aspiran á oirse llamar artistas, y á

leerlo en los periódicos... Si distinguiese á esa y me parase más en

darle lecciones... se me pondrían las demás como avispas... Una

diablura... Que no se puede. Las otras tienen más amigos en la sociedad

y en la Junta directiva: hay una que es cuñada del secretario; otra que

es hija del contador... Ya hoy las tengo hechas un vinagre conmigo, por

lo poco que me dediqué ayer á sacar partido de esa... Para darle el

papel principal he tenido que urdir mil enredos, diciendo que el de

_Consuelo_ es insignificante, y que los verdaderos papeles trágico y

cómico de la obra, son el de la madre y la criada... En fin, ya ves que

si he de sostenerme en mi puesto, me conviene alguna prudencia...

--Ya estoy... Pero á mí en tu caso, me sería difícil... ¡Ay chico! En

los tiempos que corremos, cuando se ve algo que promete valer alguna

cosa... Porque la verdad es que no hay ni esto... Qué decadencia!

--Permita Vd., señor de Estrella... con todo el respeto que Vd. me

merece...--articuló Gálvez, metiendo su cucharada.

--No hay respeto que valga...--exclamó Estrella relampagueándole los

ojos y dilatadas las ventanillas de su borbónica nariz.--No hay hoy

nada, nada, nada, y tres veces nada... Hay un par de galanes

regulares... pero lo que se llama un actor de facultades y fuerza, un

Carlos Latorre, un Julián Romea... ¿á ver, va Vd. á hacerme el obsequio

de decirme dónde está? Un actor de corazón, de esos que crean papeles de

tal manera que ya nadie puede hacerlos después, como el _Sullivan_ de

Romea por ejemplo? ¿Pues y las mujeres?... Ahí, ahí quiero yo que Vd. me

replique... ¿Qué hay en mujeres, qué hay? Cuatro gatitas, que sueltan

unos mayidos, que sacan unas colas de raso y están pensando en ellas

toda la noche... ¡Ah! Los que hemos alcanzado á Bárbara y Teodora

Lamadrid y á la pobre Matilde, con aquella gracia suya, y sobre todo á

la Concepción Rodríguez, la sublime trágica... ¿Te acuerdas tú de

Concepción Rodríguez?

--¡Que si me acuerdo!--exclamó Gormaz electrizado á su vez.--Aún me

parece que la estoy viendo y oyendo, con su voz que llegaba al alma...

Dí: ¿y no te parece á ti que esta chica tiene un metal de voz, que así

que lo trabaje, podrá asemejarse algo al de Concepción Rodríguez?

--Estaba pensando en decírtelo... La voz de esta chica es un tesoro,

cuando lo pueda explotar bien... Además, su figura es sumamente bella.

--Por ahí le duele á don Juan--exclamó Gálvez dándole una palmadita en

el hombro.

--Quiá! hombre. Si á mí no me queda ya sino lo que les queda á los

toreros viejos: el sentido. Una chica guapa... ps... por el hecho de

serlo, si uno fuese muchacho, se le podrían decir cuatro cosas... Pero

para el arte, qué tiene que ver la belleza... La fealdad puede vencerse:

y sinó, diga Vd.: ¿le parezco yo á usted, bonito?

Echáronse á reir Gálvez y Gormaz, y el primero dijo llanamente:

--Lo que es bonito, señor don Juan...

--Pues nunca fuí mejor mozo, y aquí donde Vd. me ve, aún he conseguido y

consigo á veces que el público llore, ó se ría... De eso se trata. No

obstante, á esa chica no le estorbará su buen físico para los primeros

tiempos de la carrera... Además, parece muy niña...

--De diez y ocho á diez y nueve años.

--Pues antes de que sea una gran actriz, por de pronto, será la primer

_dama joven_ de España... Que sí, hombre... La Boldún no fué nunca otra

cosa sino una _dama joven_ muy simpática y laboriosa... Esta será

encantadora: se escribirán papeles para ella. Esa juventud, ese aire de

candor, esa frescura, unidos al talento, ya verá Vd. lo que dan de sí.

Gálvez se sonreía, declarando no haber conocido nunca á don Juan tan

entusiasmado, sin poder desechar la idea de que le agradaba la chica

como mujer. En cambio Gormaz, cuya vista penetrante de actor machucho

distinguía mejor de colores, estaba muy hueco, lo mismo que si le tocase

alguna parte en el milagro. Corrió á participar á Concha la opinión de

Estrella, y encontró á la modista muy alterada. Al principio del

entreacto, había reñido con Ramón. ¿Pues no tenía éste la peregrina

ocurrencia de exigir ahora, á la hora crítica, que no se presentase

escotada, que se pusiese un cuerpo alto? Por más que le hizo mil

observaciones, advirtiéndole que, según decía la comedia, el escote en

aquel acto era de rigor, que además no tenía otra cosa que poner, que

era ya imposible discurrir un traje diferente, él, con obstinación de

mula manchega, con la cabeza baja y el gesto torvo, insistió en que, si

salía escotada, romperían para siempre. Así es que cuando Concha entró

en el tocador vestuario, llevaba los ojos preñados de lágrimas. Dolores

la interrogó, y ella contó todo en voz baja, rabiosa, prendiéndose con

mano febril un grupo de camelias en el pelo y dándose polvos á puñados,

sin saber lo que hacía, temblando toda de despecho. Era la primera vez

que disputaban Ramón y ella ¡y en qué ocasión! Dolores trató de

conciliar, de sosegar la tormenta.

--Mujer, puedes echarte por los hombros una toquilla de encaje, la que

sacó Rosalía en el primer acto... Yo se la pediré prestada... Á los

hombres no les gustan estas escotaduras, y tienen razón: ¡moda más

indecente!

--Déjate de cuentos--articuló furiosa Concha...--Es un tonto; bien sabía

lo del escote, y no tenía para qué darme ahora este mal rato... Pues no

señor, que he de ir lo mismo que pensaba. ¡Mire Vd....!

Y con un dedo impaciente, bajó el tul que rodeaba la línea del escote,

como si quisiese aumentar el crimen. Salió á las tablas sofocada aún de

haber llorado, con los ojos brillantes y las facciones animadas bajo la

capa de polvos que las cubría, colérica, nerviosa, admirable en suma

para aquel papel de _Consuelo_ en el último acto, que es todo de celos y

furia, primero sorda y luégo desatada. El público, advertido ya, la

saludó á su entrada con un aplauso, y Estrella enarboló los gemelos.

Ramón, deslumbrado por aquella aparición blanca y rubia envuelta en

tarlatana azul, cegado por el brillo alabastrino de los hermosos brazos

y desnudos hombros, espectáculo que hacía latir dolorosamente las

arterias de sus sienes, azuzado por el rumor lisonjero que acogió la

entrada de su novia, se levantó de la butaca tambaleándose y por la

puerta más inmediata lanzóse al corredor. Iba tan ciego, que no vió á un

caballero gordo, con melenas, que le detuvo.

--¿Eh... amigo, á dónde va Vd.?

--Ahí fuera... Vuelvo en seguida--contestó el ebanista reconociendo al

director del Orfeón.

--No olvidarse... Mire Vd. que la _Barcarola_ se canta en el otro

intervalo.

Ramón salió del edificio como un loco. Al verse fuera, se paró un

minuto. La corona le estorbaba allí, debajo de la levita, en el pecho.

La cogió y la despidió, balanceándola por las cintas, á no sé cuantos

metros de distancia. ¿Volver al teatro? ¿Oir de nuevo las voces que

penetraban como lancetas en todo lo que él más quería, en la reputación,

en la garganta, en la carne de Concha? Jamás. Y silbando, de puro

desesperado, la _Barcarola_, desapareció.

Mientras tanto Concha experimentaba una sensación muy extraña. Aquel

público, aburrido en el primer acto, vacilante en el segundo, ahora se

volvía todo ojos y entusiasmo para la joven aficionada. Sólo el que lo

ha presenciado puede darse cuenta de cómo se transmiten,--mucho más

rápidamente que por el telégrafo,--las nuevas, en un teatro, paseo ó

reunión de provincia. La muerte ó enfermedad repentina; la llegada del

personaje notable; la disputa acalorada que puede parar en lance de

honor; y hasta la plática amorosa, que naturalmente pasa sólo entre los

dos interesados, todo corre y se sabe á los pocos minutos y es asunto de

comentarios y aun suele publicarlo la prensa en velados sueltos. En el

recinto donde Concha trabajaba, durante el corto espacio de un acto á un

entreacto, había cundido como mancha de aceite la noticia del efecto

producido en el célebre actor Estrella por la modista-actriz, y lo que

decía de sus facultades; sólo que, como pasa á menudo en casos análogos,

el cuento, al correr, engrosaba, engrosaba, se ponía hidrópico. Ya

aseguraban sin rebozo que Estrella quería contratar á la chica, y que le

ofrecía cantidades fabulosas. Y estas voces, circulando de un extremo á

otro del teatrillo, picaban la curiosidad y hacían que el público,

interesado en la representación, no se aburriese ya mucho ni poco. Aquel

hervor, aquella vida psíquica, por decirlo así, del público, cuyo foco

era Concha, se reflejaban en ella comunicándole no sé qué misteriosa

animación, no sé qué hormigueo de fluido vital. Lejos de estorbarla, la

atención de la concurrencia la estimulaba hasta el punto de que,

excitándose al sonido de su propia voz, y al eco de los aplausos que ya

fácilmente arrancaba, había olvidado por completo la riña con su novio,

y embriagada y penetrada hasta lo más íntimo de su sér, sentía esas

cosquillas indefinibles, esa corriente magnética que pone en

comunicación, por un instante, el alma de un artista con muchos miles de

almas; singular amor colectivo--pues no es posible darle otro

nombre--que une al individuo con la multitud.

Entre bastidores estaba la serpiente del florido ramo que con tanto

deleite respiraba Concha. Sus dos eclipsadas rivales, que en el tercer

acto apenas tenían que salir á la escena, desquitábanse hablando fuera

de ella á su sabor. En el corrillo inevitable que se forma en semejantes

sitios, estaban los amigotes y los parientes de las desdeñadas: ¡y cómo

se esgrimían allí las lenguas! Todo salía en la colada, la actitud de

Estrella, la petulancia de la chica, la precipitada fuga de Ramón

avergonzado de las cosas que oía en las butacas á causa del

inconveniente escote de su novia, la disputa en el entreacto... Gormaz,

arrimado á no sé qué accesorio, se roía las uñas, deseoso de intervenir

en la conversación; pero impedíale hacerlo el temor de recibir alguna

rociada, acusándole de haberlas deslucido, á ellas, Rosalía y Julia,

poniendo todo su conato en ensayar á Concha solamente.

Hubo un momento en que el formidable corro calló de golpe: era que

Dolores, deseosa de echar un ojo á la escena, rondaba por allí. Y

entonces menudearon los codazos y los chsss! significativos. Resonó en

el teatro una nueva salva de aplausos y su ruido dió al traste con la

prudencia de las dos artistas postergadas. Dolores, haciéndose la

distraída, lo oyó todo.

Al salir Concha de la escena, contrastaba el semblante de las dos

hermanas, vertiendo satisfacción el de la menor, ceñudo el de la mayor.

Concha, sin repararlo, se echó casi en brazos de Dolores, con alegría de

chiquilla.

--¿Has visto cómo me aplaudieron? has visto?

--Anda, anda, ven á desnudarte--murmuró la hermana extendiéndole por los

hombros una toquilla y empujándola al tocador.

Apenas estuvieron en él, al desabrocharle el cuerpo, le dijo en voz

baja:

--¿Y Ramón? ¿Es verdad que no está en el teatro?

--Jesús, mujer... ¿qué sé yo? Aguarda... Sí, me parece que salió...

--¿Que salió? ¿Á dónde? ¿Cómo es eso?

--Siendo!! También es fuerte cosa que yo te lo he de decir!

--Concha, Concha! No te andes con guasas... Los hombres tienen poco

aguante, y se cansan pronto de ciertas cosas... Hoy has llamado la

atención de todo el mundo. ¡Dicen de ti primores!... ¿Qué tienes aquí?

--Un alfiler... Uy! Me has pinchado... No, lo que es hoy, entre el otro

y tú...

Pronunció esto la niña medio llorando, impresionada, con esa facilidad

con que las personas nerviosas pasan de la expansión del placer á la del

dolor. Y casi en voz alta, á pesar de que Rosalía Cañales se desnudaba

allí á dos pasos con el oído en acecho, afirmó que ya la incomodaban

tales majaderías, que ella no había hecho nada de malo, y si Ramón no lo

quería así, que lo dejase. También era tontería de Dolores disgustarse

por eso: probablemente Ramón ya estaría de vuelta para cantar... Y sino,

buen viaje... Así que se hubo desnudado, salió aprisa, y al amparo de un

bastidor miró hacia la escena.

El Orfeón se alineaba ya en semicírculo al rededor del foso, ostentando

en el centro su charro estandarte azul bordado de plata, sobre el cual

se agrupaban coronas y premios ganados en certámenes, una lira de oro,

una flor del mismo metal: el director, grave y solícito, recorría las

filas, colocando bien á cada orfeonista: el aspecto era muy

satisfactorio: casi todos vestían, con la desmaña peculiar del obrero,

levitas negras y calzaban guantes blancos; no sabiendo cómo colocar los

brazos, dejábanlos caer á lo largo del cuerpo, buscando por instinto un

punto de apoyo en la decoración. El telón subió, y á la clara luz de las

candilejas y del gas, vió Concha que su novio no estaba allí. ¡Valiente

caprichoso! ¿Dónde se habría metido? Mientras ella cavilaba sobre el

asunto, el Orfeón preludiaba la _Barcarola_ con un suave mosconeo hecho

sin abrir la boca, que remedaba el silbo del viento y el murmullo del

oleaje. ¡Ya se lo diría de misas mañana! ¡Largarse así, dejándola en una

vergüenza delante de todo el mundo, para que aquellas mal intencionadas

se riesen de ella! No echarle siquiera la corona!

Entre tanto el Orfeón, sin interrumpir el acompañamiento imitativo,

rompía en una melodiosa estrofa, que hablaba de la luna, las bateleras,

de bogar, del barquichuelo; Concha oía maquinalmente; sus nervios se

templaban y á la rabieta sucedía una tristeza vaga, un deseo de amor.

¡Pasarle hoy tales cosas! ¡Hoy precisamente, cuando debía su novio

estarle tan agradecido! Columpiada por la música, el recuerdo del jardín

acudía, dulce, embellecido por la memoria y poetizado por el

acompañamiento de la barcarola soñolienta... La sacaron de su

distracción dos ó tres socios que venían á felicitarla por su brillante

triunfo, y el director de un periódico local, que le decía con aire de

suficiencia:

--Ya sabemos, ya sabemos que tenemos aquí una insigne artista, llamada á

dar días de gloria á la patria...

Estrella se había retirado de su palco, después de hablar breves

instantes con Gormaz. Alguna gente de las plateas, alarmada por el

anuncio de la lectura de poesías, desfilaba también, consultando el

reloj y haciendo el menos ruido posible. En las butacas se abrían

bastantes claros. Dolores y Concha, habiendo confiado la cesta al

conserje, se escabulleron, arrebujadas en sus mantones. Encontrábanse

cansadas, como gente que ha dormido en varias noches y ha trabajado

siempre. Ambas guardaban silencio, porque tenían en qué pensar y sus

pensamientos no iban acordes. Al recogerse, no hubo conversación de cama

á cama.

Cualquier bicho extraño, cualquier alimaña inverosimil que viesen entrar

por la ventana del tejado el día siguiente á eso de las ocho, les

causaría menos sorpresa que la aparición repentina de Gormaz, previos

dos golpecitos muy discretos á la puerta y un--¿dan ustedes su

permiso?--de lo más respetuoso. Venía el pobrecillo ahogándose con el

asma, por la subida á aquel cuarto abohardillado, no muy distante del

cielo. Brindáronle atentamente el asiento de preferencia en el quebrado

sofá, pero él, á fuer de cumplido caballero,

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lo rehusó, contentándose con una silla de rejilla bastante desvencijada.

Su arenga salió entre toses, gargajeos sofocados, y angustiosos anhelos

de la respiración. ¿Cómo no habían adivinado á qué venía? Pues era bien

fácil de adivinar, conocidas las buenas disposiciones de Conchita, que

no permitían ni por un momento dudar que Dios la había destinado á la

gloria escénica. Él, sin embargo, retirado ya y fuera del movimiento

teatral hacía tiempo, nunca se hubiese atrevido á tomar sobre sí la

responsabilidad de darle tal consejo, ni de dirigirle semejante

proposición; pero ahora que el eminente Estrella le daba el encargo...

Estrella, sí señor, Estrella le ofrecía el ajuste de un año de

aprendizaje con corto sueldo, comprometiéndose, al cabo del año, á

contratarla con decentes honorarios, en calidad de _dama joven_...

Concha escuchaba, con sus breves labios entreabiertos, fijos los

brillantes ojos en su interlocutor. Aún no había terminado Gormaz su

discurso, cuando Dolores, alzándose del sofá tan impetuosamente que lo

hizo crugir, se encaró de pronto con el mensajero, exclamando:

--Me extraña muchísimo, señor de Gormaz, que nos venga Vd. con esas

proposiciones, Vd., que nos conoce y sabe que mi hermana es una chica

honrada. Aquí no entendemos de eso... Mi hermana no ha nacido para

cómica, no señor.

Una tos horrible, una tos de tercer grado impidió á Gormaz responder al

punto. Sacó la lengua, y se le amorató desde el colodrillo hasta la

nuez. Cuando al fin pudo respirar, con voz todavía estrangulada,

declamó:

--Porque considero que Vd. no sabe lo que se dice, no la contesto aquí

todo lo que pudiera, Dolores; con todo, entienda Vd. que eso que Vd.

acaba de pronunciar es... ¡ejeeeem! un solemnísimo disparate... no sólo

esta señorita, que vive de su trabajo (y hace muy bien y lo apruebo),

sino las personas más elevadas, ejem, sí señor, más elevadas, se

considerarían honradísimas con alcanzar la gloria escénica, ¿está Vd.?

Ejemm! bruuum! ¿Vd. considera lo que es una artista? ¿Cree usted que hay

profesión no digo yo más decente, sino más noble, ejeeem, más noble?

¡Que no ha nacido su hermana de Vd. para _cómica_! Vaya, vaya! Bruuum!

¡Qué cosas oye uno al cabo de sus años!

Dolores, avergonzada, comprendió que había cometido un yerro de monta.

Trató de disculparse.

--Por Dios, señor de Gormaz, que no era mi ánimo ofender á Vd...

Solamente quise decir que esa carrera (Vd. bien se hace cargo), las

muchachas se exponen á... á...

--¿Á qué, á qué se exponen?--articuló Gormaz hecho un león.

--Á... nada--balbuceó Dolores recordando con rubor que ella no había

sido actriz nunca.--Pero el caso es que mi hermana... tiene arreglada...

una boda, con un chico de aquí...

--Lo que hay--recalcó Gormaz--es que ni Vd. ni yo somos quién para

decidir este asunto... Su hermanita de Vd. se calla... Pues ella es la

que debe hablar; está usted? Lo que ella quiera, ¡bruum! al fin se trata

de su porvenir.

--Yo supongo que oirá consejos de su hermana--advirtió Dolores.

--¿Usted qué dice, Conchita?

Concha bajó los ojos y murmuró con voz trémula:

--Yo, qué quiere Vd.... así de pronto... Estas cosas hay que

pensarlas... No sé; me ha cogido tan de susto...

--Ahora sí que ha hablado Vd. como un libro--dijo Gormaz

levantándose.--No es puñalada de pícaro. Piénselo Vd., hija mía,

piénselo Vd. todo el día de hoy. Esta noche á las ocho, que ya habrán

Vds. salido del taller, vuelvo á saber la contestación; porque

Estrella, que acaba muy pronto su compromiso aquí y se marcha á

Zaragoza, necesita conocer lo más pronto posible su resolución de usted.

¡Con que hasta luégo, eh?

¡Y desapareció entre varios ejemm! ¡y no pocos bruuum!

Solas ya las dos hermanas, Dolores se cruzó de brazos, y con expresivo

meneo de cabeza, se plantó delante de Concha, sin pronunciar palabra.

Bien entendió Concha el sentido de la mímica, pero á su vez guardó

silencio, un silencio que irritó más á Dolores si cabe, pues veía en él

propósito de reservarse su opinión y aun de no consultarla con nadie.

¡Miren Vds. la chicuela! Dolores sentía fermentar en su alma una cólera

reprimida, inmensa, la cólera de los que ven de repente al niño que han

criado, educado, dirigido siempre, manifestar voluntad independiente,

intentar trazarse á sí propio su destino. Para Dolores, Concha era aún

la niña, más bien hija que hermana menor; una hija á quien había

consagrado su juventud, su celibato, su trabajo todo. ¡Y ahora la

chiquilla quería sublevarse, quería disponer de su persona, echarse á

perder, ir á correr el mundo en busca de aventuras, con una compañía de

cómicos! ¡Vamos, era para desesperarse aquello! Rompió á hablar por fin,

en voz irritada:

--¿Qué haces ahí callando, como una tonta? ¿No tienes lengua?

Concha, como si no oyese nada, se levantó, tomó de encima de una silla

su manto y empezó á prendérselo delante del espejo, preparándose á

salir para el taller. Dolores se le atravesó delante nuevamente.

--¿No contestas? ¿tienes gana de broma?

--¿Pero qué quieres, mujer?--exclamó Concha con acento cansado,

interrumpiendo su ocupación.

--Que digas lo que le vas á responder á ese... cómico--murmuró con

afectado desdén.

--¡Mujer... caramba contigo! ¿qué sé yo lo que le contestaré? Tenemos

todo el día para pensarlo, gracias á Dios, añadió con tranquilidad.

--¿Y aún estamos en eso? ¿Cabe duda siquiera? ¿Se te ocurre irte de mona

sabia por esos teatros?

--¡No me marees!--murmuró Concha con sus bermejos labios muy

contraídos.--Tenemos todo el día por delante; déjame en paz hasta la

noche.

Las facciones de Dolores se descompusieron: reapareció en ella, bajo la

devota sometida por catorce años de piedad, la hija del pueblo, con sus

iras indisciplinadas y sus groseros arrebatos. Cogió á Concha por las

muñecas, y zarandeándola rudamente gritó:

--¡Mira... no te doy un bofetón no sé por qué, desvergonzada!

Entornó Concha los párpados, apagando así dos chispas que brillaron en

ellos: palideció su tez ya tan mate, y sin decir palabra, sacudió un

poco las manos y siguió colocándose el manto. Cuando estuvo pronta, hizo

ademán de salir, y Dolores, al verlo, prendióse el manto á su vez y la

acompañó.

Silenciosas, con armado silencio, anduvieron el camino, y ya en el

taller, las pocas palabras que cruzaron

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fueron de terca contradicción por parte de Dolores. Aquella manga no

podía pegarse así, la costura estaba torcida; aquella espalda no

ajustaba bien, era menester volverla á preparar... Lo que más la

irritaba era el gorjeo de las modistas, que sin dar paz á la aguja

charlaban de los sucesos de la víspera y embromaban á Concha, acerca de

sus triunfos artísticos y de la rabieta que pasarían las otras dos, la

estanquera y la del almacenista... Era casi una gloria para el taller

haber derrotado, por medio de uno de sus individuos, á las

representantes de otra clase social que acaso las desdeñaba. Concha,

atenta á su trabajo, apenas contestaba más que con leves sonrisas,

empuñando su tijera de pié y con el pecho todo claveteado de alfileres

para sacar un patrón. Allá para sus adentros discurría, discurría... En

medio de todos los elogios que había oído la víspera, á ella jamás se

le pasaría por las mientes ser actriz _de veras_. Entre ambas

categorías, la de aficionada y la de actriz de profesión, juzgaba ella

que existía un abismo infranqueable, como si las tablas del teatro

público fuesen de otra madera enteramente distinta de las del Casino.

Desde la proposición de Gormaz, la valla ideal se borraba. ¿Y por qué

no? Ella podía ser actriz... es decir, dominar aquel arte apenas

entrevisto, ponerse en comunicación todas las noches con el público,

volver á escuchar aquellos embriagadores aplausos, viajar á ciudades

grandes, para ella nunca vistas... Un destino ancho, grande, hermoso...

¿Y por qué no quería Dolores? ¿ Por qué miedo de dejarla? ¡Bah!... Se la

llevaría consigo... ¿Por temor de que se perdiese? ¡No parece sino que

en Marineda no se perdían á cada paso cientos de muchachas, de allí, del

mismo taller, sin necesidad de salir á las tablas á representar!

Echaba estas cuentas hincando alfileres y más alfileres, en la chillona

percalina. El ruido claro y metálico de la tijera la traía á otro orden

de ideas. Aquel destino desconocido le infundía, á la verdad, algún

pavor. Hasta el día de hoy, gracias á Dios, aunque pobres, no les faltó

nunca el pan: ella había oído decir que los cómicos, a veces, pasan

hambre, que tienen días de apuro terrible; que salen á la escena muy

majos, con mucho vestido de seda y coronas de reyes, y á lo mejor sin

camisa... Sin ir más lejos, en Marineda se contaba que á Estrella le

corrían mal los negocios, que le costaba trabajo pagar a su compañía,

que en la fonda estaban algo recelosos... Una noche, recordaba haber

encontrado á las cómicas y cómicos que salían del ensayo: ellas iban

hechas unas brujas, envueltas en nubes de lana, con impermeables viejos,

y todos mezclados, hombres y mujeres... ¿Si tendría razón Dolores?...

El taller, á la sazón, funcionaba activamente: Concha podía absorberse

en sus meditaciones. Un pilluelo pasó por la calle, tarareando la

_Barcarola_ del Orfeón. Entonces Concha se acordó de su novio. ¿Qué

diría su novio si ella se hiciese cómica? ¡Bah! ¿Y qué había de decir,

después de su comportamiento de ayer? ¿No la había puesto allí en

ridículo, delante de todo el mundo, dándola el desaire de marcharse y de

no echarle la corona, precisamente el día que?... Por un momento

interrumpió la clavadura de alfileres, conmovida á pesar suyo con el

recuerdo del jardín. ¡Vaya un agradecimiento! ¡Sólo por eso se alegraba

ella de que viese aquel majadero que no le necesitaba y que podía

arreglarse de otro modo y buscarse otra vida! ¡Que rabiase Ramón!

¡Cuidado con el día que había escogido para darle un disgusto!

Dolores cosía con furor mientras su hermana preparaba. Sus dedos flacos

volaban sobre la tela. Pero á eso de las cuatro, levantóse, dobló la

labor, y se preparó á salir. Concha, viéndola descolorida, se le

aproximó, preguntándole si estaba enferma. Dolores la rechazó con

sequedad.

--No voy á casa, no... No tengo nada: ¡Jesús, qué cuidado te tomas!

Déjame, déjame... voy á donde tengo que ir: yo volveré á buscarte al

acabarse la costura... Y si por casualidad no vengo, sal y espérame en

casa.

No paró Dolores hasta San Efrén. Al entrar en la iglesia, casi desierta

á aquellas horas, y bastante oscura, experimentó algún alivio y su

cólera amainó instantáneamente. Ya le pesaban los arrebatos de la

mañana... No hay cosa más calmante que la reposada y aromática atmósfera

de los templos. El agua bendita que Dolores tomó al entrar, le refrescó

la frente y le sosegó las hirvientes ideas. Dirigióse á la izquierda,

hacia la capilla de la Virgen del Amparo, cuya devota imagen, alumbrada

por una lámpara sola, se destacaba misteriosa y galoneada de oro en el

sombrío hueco del camarín. En un ángulo, al lado del confesonario, se

acurrucaban dos seres vivientes, dos viejas, la una arrodillada,

confesándose con voz sibilante, la otra sentada en un banquillo,

aguardando su turno. Dolores se determinó á tener paciencia, é hincando

á su vez la rodilla ante el camarín, ensartó algunas salves y

ave-marías, para entretener el tiempo. Cuando las dos viejas salieron

arrastrando los piés, apresuróse á tomar sitio al pié de la reja. El

confesor se inclinó hacia la penitente: sólo se columbraba de él, al

través de la apretada celosía, una punta de nariz afilada y ascética, y

el cóncavo de una oreja inteligente, abierta para escuchar y entenderlo

todo. Hablaba bajito, pero muy distintamente.

--Te he visto entrar... me ha parecido que venías de prisa, y he

procurado despachar luégo á las que estaban...

Dolores tendió el manto para formar una especie de embudo que la

protegiese contra toda indiscreción, y empezó el relato de los sucesos,

los episodios de la víspera, la proposición de Gormaz, la actitud de su

hermana, todo. Á medida que hablaba, su corazón se ablandaba como la

esponja al humedecerla, y poco á poco las lágrimas, suaves como el flujo

del mar, subieron á los ojos y resbalaron por las mejillas. La voz del

confesor las detuvo.

--No hay que afligirse... ¡Pues apenas te apuras! Yo no veo ahí sino

imprudencias tuyas y chiquilladas de ella. Bien te advertí que esas

funciones y esos teatros eran peligrosos... hasta creo que te había

aconsejado formalmente cortar de raíz todo eso... La mayor parte de

culpa la tienes tú. Ya ves cómo existe el riesgo donde menos se piensa.

--Sí, sí señor, es muy cierto, pero qué quiere usted... Los malditos

compromisos... ¡Quién había de pensar también que iban á buscar á mi

hermana para cómica! El demonio sólo puede enredar una cosa así.

--¿Vamos, qué haces ahora con llorar? Cálmate, hija.

--Es que veo su perdición segura... La chica es bonita, y yo... en

fin... es un mal pensamiento... Dios me perdone.

--Dí: ¿qué has pensado?

--Á mí nadie me quita de la cabeza que aquel maldito vejete del cómico

lo que busca en mi hermana es una muchacha guapa, sana é inocente...

Señor, en el teatro se la comía con los ojos... Yo no quiero, no quiero

que mi hermana se pierda: para perdida,... basto yo.

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--Eso que piensas--murmuró el confesor sonándose como si quisiese dejar

expedita la nariz y el entendimiento--podrá ser un juicio temerario: lo

cierto es que esa profesión es sumamente arriesgada, y sólo por favor

especial de Dios... No, yo no diré que sea imposible vivir honestamente

una actriz... Pero al cabo, el que anda con fuego...

--Se quema, sí señor, se quema: es mi matanza:--aseveró Dolores.

Transcurrieron breves minutos de silencio, durante los cuales sólo se

oyó la respiración algo agitada de la modista. Por fin el confesor

habló.

--Mándamela aquí--dijo.--Yo le haré ver...

--No quiere, señor, no quiere. Dice que la cartilla sólo manda

confesarse una vez al año, y que ella se confiesa tres ó cuatro y que le

basta bien... Que no peca tanto para tener que confesarse á cada hora...

Que ni por tanta confesión es uno bueno... ¡Las muchachas de hoy en día

tienen poca religión! Y como oyen mil disparates en los mismos talleres

y los leen en los periódicos...

La punta de la nariz que Dolores veía al través de la reja se contrajo

con severidad; pero dilatóse al punto, como si la llenase el aura de una

idea bienhechora.

--¿Por qué no le encargas al novio que se lo quite de la cabeza? Á él de

seguro le hará más caso que á ti.

--Señor, por desgracia, desde ayer están reñidos. Él se marchó del

teatro furioso, porque ella salía escotada en el último acto.

--Bah... riñas de enamorados, y así por celillos, y niñerías, poco

suelen durar. En fin... ¿Tú dices que ese chico es hombre de bien?

--¡Jesús! Pongo por él la mano en el fuego.

--¿Quiere á tu hermana mucho?

--Se le cae la baba con ella.

--¿Y... crees que se casará?

--Sólo aguarda por fondos con que poner establecimiento por su cuenta; y

estos días le oí decir que le habían hablado de un comerciante que los

facilitará, con no sé qué fianza ó qué garantía de una firma... Lo que

es casarse,... no desea él otra cosa!

--¿Y... tu hermana... le profesa grande afecto...?

--Señor... yo qué sé... Estas chiquillas no conocen su bien... Quererle,

sí, pero... no es allá una cosa extraordinaria.

--¿Ellos... se hablan así... con alguna libertad... eh?

--¡Quiá! En esa parte tengo la conciencia muy tranquila, señor... No me

he desviado de ella un minuto nunca... Cuando él nos acompaña á la

vuelta del taller, yo me coloco en medio, y ellos van como dos viejos,

formalitos... no se han hablado bajo tres palabras.

--¡Mujer... bien hecho, bien hecho...! pero hasta en lo bien hecho cabe

un poco de exageración... Se me figura que tú has exagerado algo, eh?...

todo quiere su límite...

--Como Vd. me encargó tanto que la guardase...

La nariz se aguzó, y su fina punta pareció recalcar una suave ironía.

--Guárdala, sí, muy bien; sólo que ya tanto rigor... Para que el corazón

se apegue, hay que consentir cierta honrada y lícita franqueza... Si

ella estuviese más encariñada con su novio, ahora no la tentaría Satanás

por el lado de las tablas.

Dolores miraba atónita aquella nariz severa por costumbre, y la

desconocía viéndola tan tolerante, tan benignamente entreabierta. Sin

embargo, no dudó: no había recibido allí jamás consejo alguno que no le

probase bien seguir.

--Mi parecer es este, hija... No contraríes de frente á la muchacha...

Si puedes, gana tiempo... Y que el novio procure disuadirla...

hablándola... á... solas... es decir,... ¿con cierta libertad, eh? Y no

te apures... ánimo.

Dolores se alzó como suele alzarse quien se postra al pié de un

confesonario, confiada y serena. Aunque le extrañaba algo el consejo,

fuerza es decirlo, su espíritu acostumbrado á ser allí dócil como el de

un niño, reposaba en la opinión agena. Tomó en derechura el camino del

taller, porque ya anochecía y el farolero, dejando un rastro de luz,

corría por las calles enlodadas con la lluvia menuda. Acercóse á la

puerta, y tropezó en ella con un bulto que interceptaba el paso, en las

tinieblas del portal. Retrocedió asustada, mas la voz la tranquilizó.

--Soy yo, no hay miedo--dijo con alegre entonación el que era.

--¡Calla! ¡Ramón! ¿Está Vd. aguardando por Concha?

--Justamente... y por Vd. también... Porque tengo una noticia, una gran

noticia que darles.

--¡Alabado sea Dios! ¿Con que ya le pasó á Vd. la ventolera de ayer?

¡Qué hombres! ¡Parecen locos, así Dios me salve!

Ramón bajaba la cabeza confuso, según pudo ver Dolores á la luz del

farol que encendían enfrente.

--Y qué quiere Vd... No, yo conozco que tiene usted razón; hice bastante

mal y estuve un poco acalorado y un poco imprudente. No tiene uno en su

mano ciertos prontos, y Vd. bien conoce que cuando se harta uno de oir

alrededor disparates, parece que le dan ganas de romperse, si pudiese,

la cabeza contra la pared.

--Vaya, vaya, pues esas furias hay que moderarlas... Concha se disgustó

bastante. Y luégo la gente, las envidiosas que están rabiando por coger

tanto así donde clavar el diente...

--Pues, gracias á Dios--exclamó radiante de júbilo el mozo--ya no habrá

por qué mordernos y se acabarán todos esos disgustos. Aquí donde Vd. me

ve, ya tengo los cuartos para el establecimiento, y nos podemos casar,

si Concha quiere, en Carnavales, y sino en Pascua... Por mí, cuanto más

pronto...

Dolores, entre contenta y recelosa, le miraba fijamente. Un trabajo de

reflexión muy activo se verificaba en su cerebro, estrecho y femenino,

pero tenaz y aferrado á las pocas ideas que, nacidas allí, ó sugeridas,

se aposentaban en él. Las palabras del confesor no se borraban de su

memoria. Ganar tiempo... no contrariar de frente á la muchacha... que el

novio procure disuadirla... Si ahora ella daba la fatal noticia al

enamorado Ramón; si cuando venía á hablar de proyectos matrimoniales le

participaba que se había perdido toda esperanza y que su novia se

disponía á levantar el vuelo hacia regiones muy distintas de aquellas en

que el humilde ebanista moraba, era fácil que éste, de desesperado ó de

indignado, armase á Concha un escándalo tal, que el carácter vivo y

entero de la niña se manifestase con nueva energía, afirmándose en su

resolución. Dolores temía á la poca habilidad del novio. Además, era

difícil decirle aquello al pobre hombre, cuando se mostraba tan contento

con sus fondos y su próxima boda.

--Que se lo diga ella como pueda--pensó.--Quizás por no decírselo...

Y con determinación repentina, poniendo familiarmente la mano en el

hombro del ebanista, exclamó:

--Bueno, pues me viene de perillas encontrarle, porque tenía justamente

que hacer unas compras bastante lejos, y como Concha no vendrá de buena

gana, voy yo sola, y Vd. la lleva á casa ¿eh?

Abrió el novio la boca, asombrado de tanta magnanimidad en la rígida

cuñada que, cosida á las enaguas de Concha, había sido hasta entonces un

perro de presa; y Dolores, que advirtió su asombro, se dió prisa á

añadir en són de broma:

--Ya que trae tan buenas noticias, déselas Vd. mismo; no le quiero

quitar ese gusto. Hágame el favor de llevarla... y espérenme los dos en

casa, un momentito.

Aquí la sorpresa de Ramón se convirtió en pasmo. ¡Dolores encargaba que

le esperasen _los dos_ en casa! ¡Le permitía subir al cuarto de Concha,

ella que jamás le consintió pasar del primer tramo de la escalera! Como

el permiso era grato y cuadraba de todo en todo con los deseos de Ramón,

guardóse bien de protestar, y murmuró haciéndose el resignado:

--Corriente.

Dolores se remangó el traje, apretó el manto y salió del portal. Al

poner el pié en la calle, sintió un escrúpulo de devota, y medio

volviendo la cabeza, dijo al novio:

--¡Que haya juicio! Vuelvo en seguida.

Echó á correr, lo mismo que si alguien la apremiase. Tomó por una calle

retirada, la estrecha de San Efrén, y para entretener el tiempo y

divertir la impaciencia, metióse en una tienda de zarazas y pañolería, é

hizo que le enseñasen todas las variedades de _madapolán_, _llagostera_

y _grano de oro_, distintas encarnaciones de un solo algodón verdadero.

Frotó las telas á ver si tenían poca ó mucha cal; revolvió también las

percalinas para forros, y escogió entre varias docenas de carretes, de

hilo, todos del mismo número, uno que era idéntico á los restantes.

Molió á la tendera pidiéndole agujas de las más finas, y retractándose

después, eligió unas medianas. Se quejó del lodo y del agua, y acarició

á un chiquillo sucio y mocoso que criaba la tendera. En todas estas

ocupaciones no pudo invertir más de un cuarto de hora á lo sumo, y le

parecía _poco tiempo_. ¿Para qué? Ni ella misma lo sabía. Otras veces se

le figuraba, al contrario, que había transcurrido _mucho_. ¿Mucho? ¿Y

porqué? No se lo explicaba tampoco. Sin embargo, esta última idea

prevaleció, y envolviendo en un papel sus compras, tomó hacia su casa.

Para llegar á ella tenía que cruzar por delante de la iglesia de San

Efrén: allá en lo alto del pórtico, vió vagamente la figura de piedra

del santo: recordó los consejos del confesor, y, tranquilizada, anduvo

más despacio, y aun se paró en otro tenducho á comprar cera para la

plancha y no sé qué otras fruslerías. Cuando llegó á su lóbrego portal

habría pasado cosa de una hora.

Al empezar á apechugar con la escalera, que ya por costumbre recorría á

oscuras, oyó, un tramo más arriba, el restallido de un fósforo, y le

pareció que delante de ella subían dos personas. Aceleró el paso á fin

de aprovechar la luz, y un ejemm! muy caracterizado le reveló

inmediatamente la presencia de Gormaz, que solícito y quemándose los

dedos, alumbraba aquellas tenebrosidades para que los setenta y pico de

años del insigne Estrella no se estrellasen contra un escalón.

En seguida conoció Gormaz á Dolores, mas no había olvidado el episodio

de la mañana. Dirigióse á la modista con dignidad, y procurando sostener

la cerilla quieta un momento, le preguntó si estaba su hermana, como

dándole á entender que sólo á Concha correspondía el honor de aquella

visita. Fiel á su sistema de diplomacia, Dolores contestó que ya debía

Concha estar de vuelta, porque era muy hora de que hubiese regresado del

taller; y añadió unas cuantas frases de sentimiento por lo oscuro de la

escalera, la molestia que se tomaban, y lo cansado que era subir tanto.

Añadió por vía de consuelo:

--Ya faltan sólo dos pisos.

Subiéronlos como pudieron, á puñados, á fuerza de cerillas y de ejemm!

cada vez más fatigosos por parte de Gormaz: Estrella no revelaba el peso

de la vejez, sino en la resonancia del pié, tardo en volver á alzarse

después de que se sentaba en un peldaño. Á la puerta de las modistas,

Dolores dijo á Gormaz que buscaba la campanilla á tientas:

--No hay necesidad... Aún está puesto el llavín.

[Imagen]

En efecto, la llave olvidada en la cerradura probaba una distracción

notoria en la persona que había entrado primero. Bastó con hacer girar

el picaporte para que pudieran entrar los visitantes, y encontrarse al

punto en el único salón de aquel palacio modistil.

El quinqué, bien despabilado, ardía con clara luz sobre la mesilla de la

máquina: la habitación arregladita, con sus dos camas limpias, revelaba

cierto bienestar humilde; y en el sofá, libre á la sazón de todo estorbo

de trajes, una pareja se hablaba muy de cerca, casi al oído, en esa

estrecha proximidad que sólo origina un estado del alma; actitud

elocuente, que con ninguna otra se confunde. Separáronse y levantáronse

de pronto al ver entrar gente, ella confusa, encendida y casi sin habla,

él serio y sorprendido. No era Gormaz hombre de pararse en tales

fruslerías, ni menos Estrella; y ambos, en su agitada vida de

comediantes, habían visto hartas cosas, para que les asustase un

coloquio amoroso, así es que Gormaz, haciendo caso omiso de Ramón, se

adelantó hacia la chica, y sin preámbulos.

--Conchita--dijo--aquí está el señor Estrella en persona, y viene á

saber la respuesta de lo que hablamos esta mañana.

No sabía Concha qué cara poner, y se desvivía ofreciendo á los dos

actores sitio en el sofá, y balbuciendo mil disculpas por recibirlos de

aquel modo, como si ella pudiese recibirlos de otro. Gormaz cortó el

hilo de sus cumplimientos, repitiendo:

--No se moleste Vd., hija... Estamos perfectamente... Sólo queremos

saber la contestación, nada más.

--Eso es--añadió Estrella con su campechana cortesía...--Hable Vd.,

hija, porque sentiríamos mucho molestarla.

Concha lanzó á Dolores una mirada oblicua, implorando socorro: pero

Dolores, firme en la senda emprendida, no pestañeó.

--Qué sé yo...--murmuró la niña.--Lo que quiera mi hermana.

Ramón, de pié, presenciaba la escena sin comprenderla.

--Tome Vd. asiento, joven--indicó Gormaz.

--Mil gracias, estoy bien.

Dolores, haciéndose la desentendida, contestó apaciblemente:

--No, hija, quien debe decidir eres tú... Yo no tengo vela en este

entierro. Al fin se trata de una cosa para toda la vida... Me lavo las

manos.

--Su hermanita de Vd. piensa muy acertadamente--afirmó Gormaz...--Con

que Vd., Conchita, Vd. ha de resolver... Sea Vd. franca.

Concha miró al suelo, retorció la mano izquierda con la derecha, exhaló

un leve suspiro, y al fin declaró:

--Pues yo... á la verdad... confieso que... que no me gusta, vamos, que

no pienso... trabajar... para el teatro. No señor, he reflexionado, y no

me resuelvo á eso.

Estrella y Gormaz se levantaron, á un tiempo, algo mohínos. Los dos

comprendían que era ocioso y desairado insistir. Pidieron mil disculpas,

como gente cortés que eran, y no tardaron en bajar la escalera que tan

trabajosamente habían subido, alumbrándoles esta vez, con un encendido

cabo de vela, Dolores, que no los soltó hasta verlos en el portal.

Cuando ambos actores salieron á la calle, la hermana mayor, que acababa

de murmurar un «vayan Vds. con Dios» muy melifluo, alzó la mano y les

hizo enérgicamente la cruz, diciendo entre dientes:

--Y que nunca más parezcáis por aquí, amén.

Gormaz y Estrella caminaron silenciosos breves instantes: de pronto,

volviéndose, se encararon el uno con el otro, seguros de expresar un

mismo pensamiento. Gormaz meneó la cabeza:

--Con el novio hemos tropezado, Juanillo.

--No hay peor tropiezo--afirmó Estrella sacando la petaca...--¡Y qué

lástima de chica! Decir que tiene la voz de Concepción Rodríguez! Voto á

sanes! no se vería dentro de un año otra _dama joven_ como ella! Juraría

que se le pasaban ganas de venirse... Ahí se queda para siempre,

sepultada, oscurecida...

--Bah!--murmuró Gormaz.--¡Y quién sabe si la acierta, hijo! Á veces en

la oscuridad se vive más sosegado... Acaso ese novio, que parece un buen

muchacho, le dará una felicidad que la gloria no le daría.

--Ese?--exclamó Estrella cortando con los dientes la punta del puro.--Lo

que le dará ese bárbaro será un chiquillo por año... y si se descuida,

un pié de paliza.

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La dama joven · 第 21 / 52 题