Al señor don Amadeo.—

Sentiré que le incomode

mi franqueza. Yo le estimo

como a un hermano. Son nobles

sus sentimientos; su trato

el más ameno; es muy dócil,

muy fino, muy consecuente,

y me faltan expresiones

para ensalzar su talento;

mas, por mucho que me honre

con su mano, nuestros gustos,

nuestros genios son discordes.

Él es serio, reflexivo,

taciturno; y yo, señores,

viva, alegre, bulliciosa.

Además, aunque él me adore,

jamás podré conseguir

que a las musas abandone;

y tendré celos de Erato,

de Talía y de Caliope.—

Mas ya que el hado no quiere

que esposo mío le nombre,

más tierna amiga que yo

no ha de hallar en todo el orbe.

AMADEO.

(_Muy exaltado_).

¿Amiga? ¡Qué profieres!

¿Merece mi cariño tanto agravio?

¡Ah! Rompa ya mi labio,

rompa el silencio, pues mi muerte quieres.

¡Oh tú, la más cruel de las mujeres!

¡Oh tú, cuyos hechizos

por mi destino aciago

adoro a mi despecho!

¿Solo me ofreces de mi amor en pago

yerta amistad?—Arráncame del pecho

en donde está grabada,

arráncame primero, ingrata, impía,

tu imagen adorada.

La amistad apacible

tal vez se cambia en amorosa hoguera;

mas ¿dónde el insensible,

dónde está el corazón, cobarde, helado,

que a la amistad desciende

cuando en llama voraz Amor le enciende?

No, no. Sé mi enemiga,

pues no merece el mísero Amadeo

a par de ti ceñirse en los altares

la plácida corona de Himeneo.

En tanto mis pesares,

lejos de ti llorando, en la ribera

del lento Manzanares,

yo, con voz lastimera,

a los vientos daré tristes cantares.

¡Adiós!

MARCELA.

Pero oiga usted...

AMADEO.

No. Ya es en vano.

MARTÍN.

Primo...

TIMOTEO.

¡Raras manías!—

Mire usted, considere, reflexione,

que como no abandone...

AMADEO.

¿Ya va usted a ensartar sus profecías?

Cállese usted, y el diablo se lo lleve.—

¡Adiós, mujer aleve!

¡Adiós por siempre! ¡Adiós! Nuevo Macías,

víctima moriré de tus rigores.

En tiernas elegías

cantad, hijos de Apolo, mis amores,

y mi tumba llorad, llorad, pastores.

ESCENA ÚLTIMA.

MARCELA, DON TIMOTEO, DON MARTÍN y JULIANA.

MARCELA.

¿Don Martín, lloro o me río?

porque a la verdad, yo dudo

lo que debo hacer.

MARTÍN.

Reír

es lo mejor.

TIMOTEO.

¡Qué _ex abrupto_,

qué descarga, qué andanada,

qué tempestad, qué diluvio

de quejas y de clamores,

de lágrimas y de insultos!

MARCELA.

¿Pero habrá perdido el juicio?

MARTÍN.

¿Cómo, si nunca lo tuvo?

Ya ve usted, poeta... Pero

no hay cuidado: ese es un flujo

de palabras. El morirse

de amores ya no está en uso.

TIMOTEO.

Ea, vamos; ya está visto

que es tu novio o tu futuro

don Martín.

JULIANA.

¡Pobre poeta!

TIMOTEO.

Aplaudo, celebro mucho

tu buena elección, tu acierto;

quiero decir, tu buen gusto.

MARTÍN.

Si merezco tanta gloria,

no habrá, señora, en el mundo

quien no envidie...

MARCELA.

Usted perdone,

don Martín, si le interrumpo.—

Confiese usted que no tiene

todavía muy maduros

los cascos para marido.

Aún no está usted muy seguro

de quererme solo a mí.

Aún están muy en tumulto

esas pasiones; y yo,

que no fui con mi difunto

muy dichosa, antes que humille

otra vez mi frente al yugo,

lo miraré muy despacio.

Palabras que como el humo

se disipan, nada prueban,

y a quien cumplió cinco lustros,

don Martín, no se deslumbra

con amorosos arrullos.

Aunque un poco atolondrado,

usted, no lo dificulto,

sería muy buen marido;

mas dice un refrán del vulgo

que lo mejor de los dados

es no jugarlos.

MARTÍN.

¡Me luzco

como hay Dios!

TIMOTEO.

Pero sobrina...

MARTÍN.

¿Conque tampoco hay indulto

para mí?

MARCELA.

Perdone usted.

No es vanidad, no, lo juro,

la causa de este desvío

con que a tres novios renuncio;

pero amo mi libertad

y en ella mi dicha fundo.

No aborrezco yo a los hombres

aunque severa los juzgo.

Confieso que para amigos

son excelentes algunos;

para amantes, casi todos,

para esposos... ¡_abrenuncio_!

Mi sexo me inclina a ellos;

mi razón toma otro rumbo.—

No sé al fin quién vencerá,

porque yo no soy de estuco.

Entre tanto ni desprecio

a los hombres ni los busco.

Buenas palabras a todos,

mi corazón... a ninguno.

MARTÍN.

Esta franqueza me encanta,

y sería un necio, un bruto

si, ya que aspirar no puedo,

aunque de amor me consumo,

a una mano tan preciosa,

no cifrase yo mi orgullo

en elogiar a Marcela

y en llamarme esclavo suyo.

JULIANA.

¿Conque no se casa usted?

TIMOTEO.

He de bajar yo al sepulcro

sin el consuelo, el alivio,

el gusto, el placer...

MARCELA.

Presumo

que así será.

TIMOTEO.

Mas ¿por qué?

¿Por qué, mujer? Yo me aburro.

MARCELA.

Boda quiere la soltera

por gozar de libertad,

y mayor cautividad

con un marido la espera.

En todo estado y esfera

la mujer es desgraciada;

solo es menos desdichada

cuando es viuda independiente,

sin marido ni pariente

a quien viva sojuzgada.

Quiero, pues, mi juventud

libre y tranquila gozar,

pues me quiso el cielo dar

plata, alegría y salud.

Si peligra mi virtud,

venceré mi antipatía,

mas mientras llega este día

¿yo marido? Ni pintado,

porque el gato escarmentado

huye hasta del agua fría.

Los humanos corazones

yo a mi costa conocí.

Pocos me querrán por mí;

cualquiera por mis doblones.—

Celibatos camastrones,

buscad muchachas solteras,

que muchas hay casaderas.

Dejadme a mí con mi luto.

Paguen ellas su tributo:

yo ya lo pagué, y de veras.

No perturbéis mi reposo.

Hombres, yo os amo en extremo,

pero a la verdad, os temo

como la oveja al raposo.

Este es necio; aquel celoso;

avaro y altivo el uno;

otro infiel; otro importuno;

otro...

MARTÍN.

¿Está usted dada al diablo?

MARCELA.

No hay que ofenderse. Yo hablo

con todos y con ninguno.

FIN DE LA COMEDIA.

Marcela, o ¿a cuál de los tres? · 第 3 / 3 段