No hay pero que valga.

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

MARCELA

o

¿A CUÁL DE LOS TRES?

COMEDIA ORIGINAL EN TRES ACTOS

POR

DON MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS

Representada por primera vez en el teatro del Príncipe

el día 30 de Diciembre de 1831.

Esta comedia ha sido aprobada para su representación por la Junta

de censura de los teatros del Reino en 8 de Mayo de 1849.

QUINTA EDICIÓN

[Ilustración: M. P. D.]

PRECIO: 8 REALES

MADRID:

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE E. CUESTA,

_Calle de la Cava-alta, núm. 5._

1881.

PERSONAS ACTORES

Marcela DOÑA CONCEPCIÓN RODRÍGUEZ.

Don Timoteo DON ANTONIO DE GUZMÁN.

Don Martín DON CARLOS LATORRE.

Don Amadeo DON PEDRO GONZÁLEZ MATE.

Don Agapito DON JOSÉ VALERO.

Juliana DOÑA RAFAELA GONZÁLEZ.

_La escena es en Madrid, en una sala de la casa de Marcela._

Esta composición pertenece a la Galería Dramática que comprende los

teatros moderno, antiguo, español y extranjero, y es propiedad de su

editor, _don Manuel Pedro Delgado_, quien perseguirá ante la ley, para

que se le apliquen las penas que marca la misma, al que sin su permiso

la reimprima o represente en algún teatro del reino, o en los liceos y

demás sociedades sostenidas por suscripción de los socios, con arreglo

a la ley de propiedad intelectual de 10 de enero de 1879 y publicada en

la _Gaceta_ del 12 del propio mes y año.

ACTO PRIMERO.

ESCENA PRIMERA.

MARCELA, DON TIMOTEO, DON AGAPITO y JULIANA.

Don Timoteo y Juliana aparecen en el fondo disputando: Marcela y don

Agapito más inmediatos al proscenio, sentados, haciendo aquella una

petaca, y este un cordón.

TIMOTEO.

¡Si no quiero! ¿Hay tal porfía?

Mi habitación es sagrada.

JULIANA.

¿No he de dar una escobada

donde hay tanta porquería?

TIMOTEO.

¿Qué importa? No lo consiento,

no lo sufro; y si te atreves...

JULIANA.

Pero...

TIMOTEO.

En tus manos aleves

va a morir mi nacimiento.

A tal ruina, a tal estrago

ya no hay paciencia que baste.

Ayer rompiste o quebraste

mi Baltasar, mi rey mago.

Hoy con los zorros fatales

me has hecho trozos, añicos,

dos pastores con pellicos,

o si se quiere, zagales.

JULIANA.

Pero señor...

AGAPITO.

Lindamente.

Primoroso va el tejido.

TIMOTEO.

Reniego de tu barrido.

JULIANA.

(_Entre dientes_).

¡Vejestorio impertinente!

TIMOTEO.

¿Qué dices de vejestorio?

JULIANA.

Yo...

TIMOTEO.

Mira que si me irrito...

¿Qué hace usted, don Agapito?

(_Se acerca. Juliana arregla los muebles_).

AGAPITO.

Nada: un cordón de abalorio.

MARCELA.

Agapito es muy amable.

AGAPITO.

Sabe usted cuál se desvela

por complacer a Marcela

mi amistad inalterable.

Prosigo pues mi cordón

mientras ella se ejercita

en su petaca de pita.

JULIANA.

(¡Qué enfadoso maricón!)

TIMOTEO.

Según parece, es de moda

esa labor o tarea

entre las damas, o sea...

¿Pero di, no te incomoda

esa mano de mortero

en la tuya delicada?

¡Qué moda tan desairada!

No llega al mes de febrero.

MARCELA.

En algo se ha de pasar

el tiempo.

AGAPITO.

Esa bagatela

es del gusto de Marcela.

MARCELA.

Mejor es eso que holgar.

AGAPITO.

Y yo diré en todas partes

que es obra muy singular,

y que la debe premiar

el Conservatorio de Artes.

MARCELA.

Alabanza lisonjera,

digna de un joven tan fino

como usted.

TIMOTEO.

¡Oh! Mi vecino

sabe muy bien la manera,

el modo y forma de hacer

a una dama cumplimientos:

es decir...

MARCELA.

(_Se levanta y don Agapito también_).

En sus acentos

es muy fácil conocer

su educación esmerada.

TIMOTEO.

¡Oh! Es un joven, un mancebo,

que puede decir, me atrevo

a afirmar... y nunca errada

me salió una profecía,

me atrevo a pronosticar

que le harán mucho lugar

las damas.

MARCELA.

Su bizarría,

su trato afable y cortés,

su gusto para cantar,

su destreza en el bordar,

y la gracia de sus pies

cuando baila un rigodón,

son prendas que sin empeño

bastan para hacerle dueño

del más yerto corazón.

AGAPITO.

¡Oh, señora! ¡Qué rubor!

Me confunde usted. Ya veo...

MARCELA.

Como lo digo lo creo.

AGAPITO.

(Ciega está por mí de amor).

MARCELA.

Su contextura es endeble,

pero...

AGAPITO.

Sí, soy delicado.

MARCELA.

Ya se ve; niño mimado...

JULIANA.

(¡Que no conozca este mueble

que se están mofando de él!)

MARCELA.

Mas la gordura, el color...

son de mal tono. ¡Qué horror!

No es de elegante doncel

presumir de pantorrillas

como un ganapán, un bruto.

¡Qué bello es un rostro enjuto

abismado en las patillas!

Ni sobre cuello macizo

arman bien los corbatines;

ni se pintan figurines

para un mancebo rollizo.

Rostro sano y carrilludo

propio es de gente ordinaria.

¡Qué feo al cantar un _aria_

o lanzando un estornudo!

¡Qué mal sobre alfombra turca

quien tiene recios jamones;

qué mal mueve los talones

para bailar la _mazurca_!

¿Qué vale la corpulencia?

El hombre alto, mocetón,

parece sauce llorón

cuando hace una reverencia.

¡Aunque escritores morales

viendo a un hombre encanijado

clamen: fatal resultado

de las costumbres actuales!

Puesto que el hombre no es bueno,

le prefiero chiquitín;

que en pequeño vaso, al fin,

no cabe mucho veneno.

De gigantesca figura

huye amor como del bu.

Vamos, valen un Perú

los hombres en miniatura.

AGAPITO.

¡Ah, que es celestial consuelo

el gustar a tal belleza!

Tome usted: tanta fineza

bien merece un caramelo.

Ah, también una pastilla

menos dulce que esa boca.

JULIANA.

(¡Tonto! A risa me provoca.)

AGAPITO.

Tiene esencia de vainilla.

(_A don Timoteo y a Juliana_).

Vaya unos caramelitos.

TIMOTEO.

Gracias.

AGAPITO.

Son pura ambrosía.

TIMOTEO.

¿Y de qué confitería?

AGAPITO.

Calle de Majaderitos.

MARCELA.

Como usted... es parroquiano,

le servirán...

AGAPITO.

De rodillas.

Ahí tiene usté; esas pastillas

son las que gasta el _soprano_.

TIMOTEO.

¡Eh! Yo os dejo ventilar,

discutir tan grave asunto.

Por mi parte, he dado punto

y me subo al palomar.

Allí me hechizo, me encanto,

y se me pasan las horas

muertas. ¡Son tan criadoras!...

Quiero decir, ¡ponen tanto!...

Yo no paro, no sosiego

hasta pasar mi revista.

Conque abur, hasta la vista;

hasta después; hasta luego.

ESCENA II.

MARCELA, DON AGAPITO y JULIANA.

AGAPITO.

¿Vuelve usted a su petaca?

MARCELA.

No. La cabeza me duele.

AGAPITO.

Jaqueca. Quitarse suele

con parches de tacamaca.

¿Se los quiere usted poner?

Bueno será. En dos instantes

iré a casa de Collantes...

MARCELA.

¿Para qué? No es menester.

En tomando el aire un poco...

Bajaremos al jardín.

AGAPITO.

(Ya triunfé de don Martín.

Mía es Marcela. ¡Estoy loco!)

El brazo.

(_Se le da Marcela_).

JULIANA.

(Ya está tan hueco.)

AGAPITO.

La sombrilla. ¡Bravo, bravo!

(_La toma de Juliana_).

¿_Allons_? (Mi ventura alabo).

MARCELA.

(Me divierte este muñeco).

ESCENA III.

JULIANA.

JULIANA.

Sola estoy, y esta pereza...

Vamos, el viento del sur

me desalienta. Tenía

que arreglar el _canezú_

de la señorita; pero

para trabajar en tul

no estoy ahora. ¿Y qué haré?

¿Murmurar? El avestruz

de Juanillo no está en casa;

Bonifacio es un gandul;

la cocinera... ¡Ah! Gertrudis,

que ayer vino de Gallur,

y ahí en la casa de al lado

sirve a don Pedro Eguiluz...

Sí, sí. ¡Qué buena muchacha!

Y yo no la he dicho aún...

(_Asomada a una ventana_).

¡Paisana! ¡Gertrudis! ¡Hola!

Ya viene. Tal cual. ¿Y tú?—

(_Se supone que la hablan desde otra ventana_).

Me alegro. ¿Sí? Ganas poco;

yo cuatro duros y algún

regalillo, porque mi ama,

Dios la dé mucha salud,

es generosa y me quiere;

así tengo yo un baúl

que da gozo. Te aseguro

que mi eterna gratitud...

Su tío don Timoteo

es un pedazo de atún.

Cominero, impertinente...

¡Qué lástima de ataúd!

Tan plomo para explicarse,

que cuando dice _según_,

si detrás no va el _conforme_

no está contento. ¡Jesús!

Y luego me da una guerra

con su palomar, con su...

Vamos; bien dijo quien dijo

que el servir es mucha cruz.

Mi ama, como viuda y rica,

goza de su juventud;

¡oh!, pero con juicio, aunque esto

no es hoy día muy común.

No le faltan aspirantes;

pero ella, sea virtud,

sea orgullo, o lo que fuere,

no se ha decidido aún

por ninguno. Hay un poeta

que la mira de trasluz,

suspira, gime, se arroba,

y no pronuncia una Q.

Reverso de su medalla

es un compadre andaluz,

capitán de artillería,

que lo mismo es entrar, ¡prum!,

estalló la bomba. Aquella

no es boca, no, que es obús.

El tercero... ¡y cuál me aburre

su terca solicitud!

Es un fatuo, un botarate,

_post-data_ de hombre; el _non plus_

del lechuguinismo; enclenque,

periquito entre ellas... ¡Puf!

¡Qué peste! Siempre moneando,

siempre cantando el _Mai piú_,

siempre hablando de piruetas,

y del solo, y de la _pul_...

Hombre que iría al Japón

por bailar un _padedú_;

y siempre con golosinas...

¡así esta él que no echa luz!

Y dale con si el peinado

ha de llevar _marabús_,

y si es color más de moda

el de hortensia que el azul:

si el corsé... Mas viene gente.

Ya nos veremos. Abur.

ESCENA IV.

JULIANA y DON AMADEO

AMADEO.

Julianita, Dios te guarde.

JULIANA.

¡Oh, señor don Amadeo!

AMADEO.

¿Y tu ama?

JULIANA.

Salió a paseo.

AMADEO.

¡Que siempre venga yo tarde!

JULIANA.

Ahí está don Timoteo.

AMADEO.

Mi corazón solo anhela

ver a la hermosa Marcela;

y no viéndola mi amor,

ese prosaico señor

me cansa, no me consuela.

JULIANA.

Puede que lejos no esté...

AMADEO.

¿Quién?

JULIANA.

Mi ama.

AMADEO.

Dímelo. Iré...

JULIANA.

En cuatro saltos...

AMADEO.

Al fin,

¿no me dirás dónde fue?

Habla.

JULIANA.

Ha bajado al jardín.

AMADEO.

¿Al jardín? Tú, según creo,

te burlas de un afligido.

No dijiste...

JULIANA.

Que a paseo

salió. ¿Y en esto he mentido

al señor don Amadeo?

AMADEO.

No, mas tu chanza enfadosa

el tiempo me hace perder.

¡Oh, Marcela! ¡Oh, prenda hermosa!

Vuelo al jardín. ¡Oh, placer!

¿Hay suerte más venturosa?

Allí entre el verde arrayán

la diré mi tierno afán,

y que enamorado, muerto...

¿Está sola?

JULIANA.

No por cierto,

que la acompaña un galán.

AMADEO.

¡Ah!

JULIANA.

(Se quedó tamañito).

AMADEO.

¡Ingrata y fatal mujer!

JULIANA.

¡Oh! No es tan grave delito.

AMADEO.

¿Y quién pudo merecer...?

JULIANA.

El señor don Agapito.

AMADEO.

¿Don Agapito? Ese mono...

No le temo; le desprecio;

mas al pesar me abandono

al ver que me estorba un necio

dicha que tanto ambiciono.

JULIANA.

Grande es sin duda el amor

que le inspira a usted mi ama.

AMADEO.

Sí; mas ni un solo favor

paga mi amorosa llama,

y moriré de dolor.

¿Quién al mirarla tan bella,

quién no se abrasa de amores,

quién no delira por ella?

Envidia tengo a las flores

que están besando su huella.

Envidia al aire sutil

que en torno juega, lascivo,

de su cabello gentil,

y al ruiseñor que festivo

la canta diosa de abril;

y a la fuente cristalina

que murmurando la llama,

y en la enramada vecina

envidia tengo a la grama

si en ella, ¡ay Dios!, se reclina.

Envidio al rojo clavel

que la ofrece su carmín;

envidio a todo el vergel...

y a don Agapito, en fin,

porque la acompaña en él.

JULIANA.

¡Qué relación tan discreta,

y cómo huele a azahar,

a tomillo y a violeta!

Para eso de enamorar

no hay hombre como un poeta.

Bien haya su boca, amén,

que con elocuencia tal

pinta el favor y el desdén.

Ellos suelen sentir mal,

¡pero lo dicen tan bien!

AMADEO.

¡Ah!

JULIANA.

Mas mi señora bella,

¿por qué cuando está presente

esos labios siempre sella?

¡Conmigo tan elocuente,

y tan cartujo con ella!

Declare usted su pasión,

porque mentales amores

ya de este siglo no son.

AMADEO.

Yo temo que sus rigores...

JULIANA.

¡Eh! No es tan fiero el león.

Es preciso ser más franco.

Ser cobarde con las damas

es querer quedarse en blanco.

No se ande usted por las ramas.

Herrar o quitar el banco.

AMADEO.

A un desaire, lo confieso,

prefiero una enfermedad,

y aunque la amo con exceso...

JULIANA.

¡Hola! Vence según eso

al amor la vanidad.

AMADEO.

Si Julianita quisiera,

pues tan tímido nací,

y es de mi bien camarera...

JULIANA.

¿Qué?

AMADEO.

Sé tú mi medianera.

JULIANA.

¡Yo!

AMADEO.

Declárate por mí.

Yo te ruego...

JULIANA.

¡Bueno es esto!

Pues qué, ¿no tiene usted lengua?

O por ventura mi gesto...

AMADEO.

¡Oh! No lo tengas a mengua,

que mi amor es puro, honesto.

¡Ah! Si venzo sus desvíos...

JULIANA.

En mi vida me he mezclado

en ajenos amoríos,

porque el tiempo me ha faltado

para ocuparme en los míos.

Pero en fin, por compasión,

aunque repruebo el oficio,

ofrezco mi intercesión.

AMADEO.

¡Oh dicha! A tal beneficio

no hay humano galardón.

Si fueses tú camarera

de las que andan por ahí,

dinero y joyas te diera;

mas veo prendas en ti

superiores a tu esfera.

Tu talento es sin igual,

y mi pluma no profano...

Sí, voy a escribirte ufano

el más lindo madrigal

que se ha escrito en castellano.

JULIANA.

¡Pues! Dádiva de poeta.

¿Y con esa fruslería

me paga usted la estafeta?

AMADEO.

¡Oh! La dulce poesía...

JULIANA.

Buen dinero es la gaceta.

Aunque tenga yo talento

y guste de madrigales,

perdone usted si no miento,

daría por veinte reales,

no un madrigal, sino ciento.

Yo agradeciera, no obstante,

tal honor, fineza tal,

¡oh caballero galante!,

si envuelto en el madrigal

me diera usted un diamante.

AMADEO.

¡Oh Pimpleas! No escuchéis

tan horrorosa blasfemia.

Huid, ¡oh musas!, ¿qué hacéis?,

y hasta Rusia no paréis,

aunque os coja la epidemia.

¡Que tú discreta te llames,

tú que en el alma cobijas

pensamientos tan infames!

JULIANA.

Pues yo...

AMADEO.

Calla no me aflijas.

¡_Oh auri, auri sacra fames_!

(_Da una moneda a Juliana_).

Toma, pues dinero quieres,

y perteneces, mezquina,

al vulgo de las mujeres.

Mayor será la propina

si con celo me sirvieres;

ya que por raro portento,

cuando las musas están

en tan triste abatimiento,

no me pudro en un desván

descamisado y hambriento.

Toma; que la dulce lira

solo consagro a la hermosa

por quien el alma suspira,

no a fámula codiciosa

que solo tedio me inspira.—

¡Ah! Perdona. Loco estoy.

No te enojes.

JULIANA.

Bagatela.

Tan quisquillosa no soy.

AMADEO.

Hazme dueño de Marcela

y cuanto quieras te doy.

JULIANA.

¿No baja usted al jardín?

AMADEO.

No, que me siento con vena,

y quiero a mi serafín

hacer una cantilena.

Ábreme su camarín.

JULIANA.

Vaya usted, que abierto está.

AMADEO.

(_Distraído_).

Voy, voy. La primera estrofa...

(_Se retira gesticulando como quien compone versos_).

JULIANA.

La cabeza perderá,

y luego si una se mofa...

ESCENA V.

JULIANA y DON MARTÍN.

MARTÍN.

¡Oh, Juliana! ¿Cómo va?

JULIANA.

(Otro loco rematado).

Muy bien, señor don Martín.

MARTÍN.

Mucho de verte me agrado.

Desde Cádiz a Pequín

no hay un cuerpo más salado.

JULIANA.

Es favor que...

MARTÍN.

No, mujer.

Y ese color..., ¡cosa rara!

Y el cutis... No hay más que ver.

Hoy has estrenado cara.

JULIANA.

¡Yo!

MARTÍN.

No es esa la de ayer.

A fe mía, Julianita,

si no me hubieran flechado

los ojos de la viudita...

¡Ah! Pero aún no he preguntado

por tu bella señorita.

¿Salió ya del tocador?—

¡Que un hombre de mi calibre

esté perdido de amor!—

Y ella independiente, libre,

fresca, tranquila... ¡Qué horror!—

¿Qué hace el viejo estrafalario?

¿Recompone el nacimiento,

o le echa alpiste al canario?—

Hoy pasó mi regimiento

revista de comisario.

La vida de un militar

es vida perra, Juliana.

Suena el clarín. ¡A montar!,

y por tarde y por mañana...

Es cosa de reventar.

Conque anda; sé diligente.

¿Puedo entrar? Pasa recado.—

El vecino encanijado

ahí estará. ¡Vaya un ente!

Ya me tiene estomagado.—

¿No respondes? Tú estás lela.

JULIANA.

¡Si usted no me deja hablar!

MARTÍN.

Vamos, ¿dónde está Marcela?

JULIANA.

Ha bajado a pasear.

MARTÍN.

¿Al Prado? ¿En la carretela?

JULIANA.

No. Al jardín.

MARTÍN.

¿Con el pelmazo

de su tío?

JULIANA.

No señor.

Bajó...

MARTÍN.

Terrible embarazo

es un viejo... ¡Ah! ven, primor:

te quiero dar un abrazo.

JULIANA.

¡Eh! ¿Qué hace usted?

MARTÍN.

No hay escape.

Vamos, si al fin ha de ser,

¿de qué sirve?... ¡Ay, mona!...

(_Va a abrazarla, y Juliana, encogiendo el cuerpo, se le huye y le deja

con los brazos abiertos_).

JULIANA.

¡Zape!

ESCENA VI.

DON MARTÍN.

MARTÍN.

Se escapó. ¿Cómo ha de ser?

Pero como yo la atrape...

Ea, vamos al jardín...

Mas ¿quién sube? ¡Hola! Es la viuda,

y el enfadoso arlequín

la acompaña; sí, no hay duda.

¡Formidable paladín!

ESCENA VII.

MARCELA, DON MARTÍN y DON AGAPITO.

MARCELA.

¿Usted por aquí, mi amigo?

Muy buenos días.

MARTÍN.

Estoy

a los pies de usted, señora.

AGAPITO.

Saludo a usted...

MARTÍN.

Servidor.

(_Se sienta Marcela, y en seguida don Martín a la derecha y don Agapito

a la izquierda_).

MARCELA.

Hoy hace un día admirable.

AGAPITO.

Casi, casi pica el sol.

MARTÍN.

Se equivoca usted: no pica.

AGAPITO.

A mí sí.

MARTÍN.

Pues a mí no.

AGAPITO.

Eso va en naturalezas.

(_Don Martín habla al oído con Marcela_).

Yo tengo una complexión...

Vaya una pastilla...

(_Se la presenta_).

MARCELA.

(_Aparte con don Martín_).

Usted

se burla. Sé que no soy

ningún monstruo...

AGAPITO.

Una pastilla...

MARCELA.

Pero el cielo no me dio

las gracias que usted pondera.

MARTÍN.

Pues no es exageración.

Esos ojos, esa boca

son obra del mismo amor.

Modestia sin sosería,

gracia sin afectación...

Y luego habrá quien alabe

las bellezas de Moscú,

de París, de Filadelfia,

de Edimburgo, del Japón...

¡Eh! No hay nada comparable

con el gracejo español,

con ese garbo, ese brío...

En la boca de un cañón

me vea yo si... ¿Qué es eso?

(_Tropieza con su brazo en el de don Agapito, que seguía ofreciéndole

su pastilla_).

AGAPITO.

Una pastilla...

MARTÍN.

¡Eh! No soy

amigo de golosinas.

AGAPITO.

Suavizan mucho el pulmón.

MARTÍN.

(_Gritando_).

Si yo lo tengo de hierro,

¿qué diablos?... ¡Pues como soy

que me gusta la fineza!

AGAPITO.

¿Las quiere usted de licor?

(_Don Martín sigue hablando aparte con Marcela_).

Aquí he de tener algunas

de marrasquino, de ron...

MARCELA.

¡Dejaría usted de ser

andaluz! En fin, le doy

mil gracias por la lisonja.

MARTÍN.

Lo digo de corazón.

Si no lo sintiera así,

no dude usted que...

MARCELA.

Mejor.

Así lo agradezco más.

Tengo una satisfacción

en gustar a mis amigos.

Sabe usted cuán franca soy.

No me quiero parecer,

aquí para entre los dos,

a esas que arañan a un hombre

si las dicen una flor;

o bien frunciendo el hocico,

con amerengada voz,

clavando en tierra los ojos,

suelen responder: «Favor

que usted me hace.—¿Sí? ¿De veras?—

Para que lo crea yo.—

¡Eh! No diga usted esas cosas,

que me cubro de rubor.—

¡Oh, qué malos son los hombres!—

Vaya, calle usted por Dios...».

Y nunca saben salir

de este mismo diapasón.

MARTÍN.

Nunca he gustado de tontas.

AGAPITO.

Algunas conozco yo

que, a fe mía...

MARCELA.

El hombre fino,

de mundo, de educación,

es galante con las damas,

y, siempre que su pudor

no ofenda, si las requiebra

cumple con su obligación.

Porque eso de si el _poplín_

es más de moda que el _gro_;

si recibió más aplausos

el contralto que el tenor:

«¿Se divierte usted? ¿Estuvo

muy concurrido el salón?...»,

son estériles recursos,

por más que entre col y col

se suela mezclar un poco

de amable murmuración.

AGAPITO.

Ciertamente...

MARCELA.

Ni a una dama

se la ha de hablar del Mogol,

de la guerra de los rusos,

de si vino el paquebot

de la Habana, de...

MARTÍN.

A las bellas

se les debe hablar de amor.

AGAPITO.

Y cuando más, de algún baile,

de alguna...

MARTÍN.

(_A Marcela_).

Prendado estoy

de ese carácter amable.

AGAPITO.

Marcelita... (Se acabó:

no me deja meter baza.

(_Se levanta_).

¿Hay hombre más hablador?).

ESCENA VIII.

MARCELA, DON MARTÍN, DON AMADEO y DON AGAPITO.

AMADEO.

(¡Eh! Ya acabé mi letrilla.

Jamás Apolo...) Señora...

MARCELA.

Beso a usted la mano.

MARTÍN.

¡Oh, primo!—

Pues señor, vuelvo a mi historia.

(_Habla al oído con Marcela_).

AMADEO.

(¡Ingrata! ¡Apenas me mira;

me saluda desdeñosa,

y habla con otro en secreto!

Yo no sé cómo soporta

tantos ultrajes mi amor).

(_Se pasea. Don Agapito, aburrido, se pone a trabajar en su cordón_).

MARCELA.

¡Que siempre ha de estar de broma

este don Martín!

AGAPITO.

(_A don Amadeo_).

Amigo,

poco favorable sopla

el viento para nosotros.

Don Martín es quien la logra.

Mire usted qué amartelado,

qué ufano está... No me importa.

Yo sé bien que si Marcela

de algún galán se enamora,

será de mí, porque al cabo

y al fin, aunque no me toca

alabarme... ¡Ah, qué ocurrencia!

¿Por qué no hace usté unas coplas

satíricas contra ese hombre

que tanto nos encocora?

AMADEO.

No estoy para coplas.

AGAPITO.

Pero...

AMADEO.

Ni jamás contra personas

determinadas...

AGAPITO.

No le hace.

La venganza es muy sabrosa.

Pero ya se ve, no siempre

las deidades de Helicona...

¿Y que tiene usté entre manos

ahora?

AMADEO.

Nada. (¡Qué mosca

es el hombre!)

AGAPITO.

¿Algún soneto

a los desdenes de Flora?

¿Algún agudo epigrama?

¿O bien algunas estrofas?

AMADEO.

¡Hombre!...

AGAPITO.

¿O quizá algún poema

al céfiro y a la aurora?

AMADEO.

No pienso...

AGAPITO.

¿Alguna elegía?

¿Alguna oda? ¡Oh!, las odas...

AMADEO.

No señor. Voy a escribir,

no con tinta, con ponzoña,

una sátira sangrienta

contra hombrecillos de alcorza,

que solo tienen talento

para bailar la gavota;

que por un yerro de imprenta

son hombres y no son monas;

que huelen a majaderos

al través de tanto aroma;

que si España fuera Egipto,

pudieran pasar por momias;

que con su voz de falsete

los oídos me destrozan;

que con su extraña figura

siempre a risa me provocan;

que con sus gestos me pudren,

me empalagan con sus modas...

y en fin, con necias preguntas,

me fastidian, me sofocan.

AGAPITO.

Ya; pero eso ha de entenderse

con quien...

MARCELA.

Doblemos la hoja,

don Martín, y guarde usted

para quien no le conozca

esas frases de cartilla.

MARTÍN.

¿Y por qué ha de ser lisonja,

y no...?

MARCELA.

¡Por Dios, don Martín!

Mire usted que no soy tonta.

MARTÍN.

(Otra será su respuesta

cuando me declare en forma.)

MARCELA.

Amigo don Amadeo,

¿teme usted que se le coman?

¿Cómo así, tan retirado?

AMADEO.

Quien de prudente blasona,

señorita, se retira

si conoce que incomoda.

MARCELA.

¡A mí incomodarme usted!

Con decirlo me sonroja.

Don Martín me estaba hablando;

y como siempre es chistosa

su conversación...

MARTÍN.

(Yo venzo.)

MARCELA.

Me hacen gracia hasta las bolas

que suele ensartar.

MARTÍN.

¡Marcela!

MARCELA.

Yo le oigo como una boba.

Ni era cosa de dejarle

con la palabra en la boca.

AGAPITO.

¡Sí; fácil es!

MARCELA.

Yo no gusto

de insípidas ceremonias,

y trato con confianza

a mis amigos. Ahora

soy de usted.

AMADEO.

(¡Oh dulces ojos!

¡Oh voz que el alma me roba!)

Marcelita...

MARCELA.

¿Piensa usted

publicar alguna obra

de su ingenio?

MARTÍN.

Mal hará,

si no es alguna espantosa

novela donde haya espectros,

y violencias y mazmorras,

y almas en pena, y suicidios...

y en fin, eso que está en boga.

Sobre todo, gran cartel,

con cada letra tan gorda,

y te haces hombre. Si aspiras

a merecer la corona

de escritor clásico, puro;

si cuidas más de la gloria

que del dinero, ¡ay de ti!,

ningún cristiano te compra.

AMADEO.

No me desvela el afán

de verme impreso. Es tan poca

la confianza que tengo

en mis versos...

MARCELA.

Es muy propia

del verdadero saber

la modestia.

AMADEO.

Usted me honra.

(¡Oh bella!)

MARCELA.

Mas yo, que soy

su amiga y admiradora,

y por usted me intereso

tanto...

AMADEO.

(¡Bien haya tu boca!)

MARCELA.

Siento que versos tan lindos,

y que justamente elogian

sujetos de ciencia y gusto,

el público desconozca,

cuando hace gemir las prensas

tanta fementida copla.

AMADEO.

(¡Ah!...) La aprobación de usted

es mi más satisfactoria

recompensa.

AGAPITO.

(Estoy volado.)

MARTÍN.

¿De qué valen las cien trompas

de la fama? Quien merece

la aprobación de una hermosa...

Cuando voy yo a la cabeza

de mi veterana tropa,

y agitando el abanico

con sonrisa encantadora,

alguna humana deidad

me saluda... vaya; es cosa

de perder el juicio.—Estando

mi escuadrón en Tarragona...

A propósito; hoy me ha escrito

el ayudante Mendoza.

(_Se levanta Marcela y todos, menos don Agapito_).

¡Qué buen muchacho! Se casa

por poderes en Daroca

con una... Don Agapito,

deje usted esa maniobra.

Qué diablo...

AGAPITO.

Sí; ya la dejo,

que no estoy de humor. Las borlas

para mañana.

(_Se levanta_).

ESCENA IX.

MARCELA, DON AMADEO, DON MARTÍN, DON AGAPITO y DON TIMOTEO.

TIMOTEO.

¡Oh, señores!

Tanta dicha, tanta honra...

MARTÍN.

¡Oh, amigo mío!

TIMOTEO.

Yo estaba

arriba con las palomas...

AMADEO.

¡Las tres!

(_Va a tomar el sombrero, y lo mismo don Agapito y don Martín_).

TIMOTEO.

¿Dónde van ustedes?

Alto ahí, que quiero que coman

con nosotros.

AMADEO.

Por mi parte...

TIMOTEO.

¡Cómo! Ninguno se oponga,

se resista a mi convite,

a mi obsequio.

(_A la puerta_).

Juan, la sopa.

MARTÍN.

Pero...

TIMOTEO.

No hay pero que valga.

No somos gente tan sobria,

tan frugal, que nuestra mesa

se asuste por tres personas,

por tres convidados más

o menos.

MARCELA.

Soy muy gustosa

en que ustedes me acompañen.

MARTÍN.

Acepto, pues.

TIMOTEO.

Buena olla,

quiero decir, buen cocido

no ha de faltar; y unas ostras,

que no se comen mejores

en la fonda de Perona.

AMADEO.

Con mucho placer...

AGAPITO.

No es justo

despreciar...

TIMOTEO.

Sin ceremonia;

sin cumplimiento. No gusto

de etiquetas enfadosas.—

Ea; al comedor conmigo.—

¿Qué haces tú que no te apoyas

en un brazo?...

(_Los tres se lo ofrecen, y Marcela toma el de don Agapito, que está

más cerca_).

¡Bravo! Adentro.

(_Se lleva como a remolque a don Martín y a don Amadeo_).

MARTÍN.

Maldito goloso...

ESCENA X.

DON AGAPITO y MARCELA.

AGAPITO.

(¡Hola!

Me prefiere.) Marcelita,

si usted a mal no lo toma,

después de comer, quisiera...

MARCELA.

¿Qué?

AGAPITO.

Hablar con usted a solas.

MARCELA.

Muy bien. (¿Qué querrá decirme?)

AGAPITO.

(¡Qué de finezas me otorga!

Si digo yo que mi amor

navega con viento en popa.)

FIN DEL ACTO PRIMERO.

ACTO SEGUNDO.

ESCENA PRIMERA.

MARCELA y JULIANA.

JULIANA.

Pronto deja usted la mesa.

MARCELA.

Ya han levantado el mantel:

no tienen por qué quejarse.

Les he servido el café,

y huyendo de los cigarros,

que maldiga Dios, amén,

aquí me vengo, Juliana.

JULIANA.

Pero eso es mucha esquivez,

señorita. ¿Qué dirán

viendo que se aleja usted

tan pronto?

MARCELA.

¿Qué han de decir?

Que preciándome de ser

amiga suya, los trato

con franqueza.

JULIANA.

Eso está bien.

El señor don Timoteo,

que habla él solo más que diez,

en punto a conversación

sabrá suplir, bien lo sé,

la falta de su sobrina;

pero, a mi corto entender,

motivos más halagüeños

harán sensible y cruel

esa retirada.

MARCELA.

¡Cómo!

Yo no te entiendo...

JULIANA.

¡Pues qué!

¿Mi señorita no sabe

que el invencible poder

de sus ojos hechiceros

cautivos tiene a los tres?

MARCELA.

¿Qué estás diciendo?

JULIANA.

En verdad,

señora, no es menester

ser profeta para eso.

El amor luego se ve,

y en materias semejantes

es un lince la mujer.

MARCELA.

Pues yo, que tal no he notado,

no lince, topo seré.

JULIANA.

¿Disimula usted conmigo?

Eso, señora, es hacer

agravio a mi discreción.

¿O desea usted tal vez

que la regale el oído?

MARCELA.

No por cierto. Pero ¿quién

te ha contado esas patrañas?

En nuestro trato, ¿qué ves

sino una amistad sencilla?...

JULIANA.

Me gusta la sencillez.

Digo a usted que están prendados

de esos hechizos. Lo sé

de buena tinta.

MARCELA.

Confieso

que muy galantes los tres

me suelen decir lisonjas,

que ni puedo reprender,

porque al fin las alabanzas

nunca se oyen con desdén,

ni les doy otro valor

que el debido al oropel

de cortesanas finezas.

Uno entre ellos suele ser

más pródigo de requiebros.

JULIANA.

Don Martín, sin duda.

MARCELA.

Pues;

pero yo le oigo, Juliana,

como quien oye llover,

porque es aquella cabeza

otra torre de Babel;

y tan pronto me enamora

diciendo que al rosicler

de la aurora dan envidia

mis ojos, y que el clavel

no es más rojo que mis labios,

y cosas de este jaez,

como me habla de un tordillo

que le envían de Jaén,

y del pienso, la parada,

la patrulla y el cuartel.

JULIANA.

Pues crea usted...

MARCELA.

Ahora dime:

¿no sería una sandez

el juzgarme yo querida,

solicitada por él?

Don Agapito me asedia,

y suele decir también

sus piropos; pero un hombre

que gasta todo su haber

en perfumes y en pastillas,

víctima de su corsé,

bailarín afeminado,

¿cómo es capaz de querer?

Resta el poeta, y tú sabes

que es la suma timidez

para con las damas. Puede

que por mí perdido esté

de amor; y aun suele mirarme

con melosa languidez;

pero mientras no se explique

mal le puedo comprender.

En fin, tiempo ha que me tratan

todos ellos. La viudez

me da cierta independencia;

mas, aunque a solas me ven,

de ninguno he recibido

hasta ahora ni papel,

ni declaración verbal

por donde pueda creer

que me aman. Los tres me estiman,

y no fuera yo cortés

si tan finas atenciones

me negase a agradecer.

JULIANA.

Sin embargo, muchas veces,

mientras una no da pie,

callan los hombres, y... Vamos,

ya sabe usted que soy fiel.

Ese cuerpo ha dado a todos

flechazo, sí; yo doy fe.—

¿Cuál de los tres ha logrado

inspirar más interés...?

MARCELA.

Vete, que don Agapito

quiere hablarme a solas.

JULIANA.

¿Eh?

¿Qué tal?

MARCELA.

Y aquí viene.

JULIANA.

Pronto

le verá usted a sus pies,

tierno, rendido...

MARCELA.

¡Bobada!

Algún nuevo _balancé_

querrá enseñarme, o quizá...

JULIANA.

Ello presto se ha de ver.

Yo me voy. (Ya por el pronto

cayó en el anzuelo un pez.)

ESCENA II.

MARCELA y DON AGAPITO.

AGAPITO.

Ahora, bella Marcelita,

que no está aquí el artillero,

y sobre mesa el coplero

no sé si duerme o medita,

pues sola oírme ha querido

colmándome de bondades,

voy a usar de mi licencia.

Prepare usted el oído...

MARCELA.

(Para escuchar necedades.

¡Paciencia!)

AGAPITO.

No es por vanidad; nací,

señora, con tal estrella,

que apenas hay una bella

que no delire por mí.

Yo las dejo suspirar,

y prendido en otra red,

las miro con menosprecio;

que a todas no puedo amar,

y mi alma...

MARCELA.

Prosiga usted.

(¡Qué necio!)

AGAPITO.

Ya prosigo. El alma mía

sola usted ha cautivado,

y a la de usted se ha ligado

por secreta simpatía.

No es dura roca Marcela,

no es insensible diamante

al tierno amor que me inspira.

Sé que por mí se desvela;

me lo prueba a cada instante...

MARCELA.

(Mentira.)

Permita usted...

AGAPITO.

Seré breve.

Pero sus ojos fatales

alientan a mis rivales,

y esta conducta es aleve.

Fijo yo en su corazón,

poco me debe afligir

algún amor transeúnte.

MARCELA.

Pero ¿qué demostración...?

AGAPITO.

Déjeme usted concluir.

MARCELA.

(¡Qué apunte!)

AGAPITO.

Si a solas está conmigo,

su sonrisa encantadora

me prueba... pues, como ahora

(_Se sonríe Marcela_),

que soy su más dulce amigo;

mas si viene el atronado

de don Martín... ¡fuego en él!

o el mustio don Amadeo,

hago yo siempre a su lado

un ridículo papel.

MARCELA.

(Lo creo.)

AGAPITO.

Pretendo, pues, y ya es hora,

que ese labio lisonjero

ponga fin con un _te quiero_

al ansia que me devora.

(_Viene don Amadeo, Marcela le sale al encuentro, y hablan aparte_).

Entonces, si gloria tanta

que mi ventura completa

me disputa un temerario...

¡Calla! ¡Esta es buena! Me planta

para hablar con el poeta.

¡Canario!

ESCENA III.

MARCELA, DON AGAPITO y DON AMADEO.

MARCELA.

(_Aparte con don Amadeo_).

No, no me lo niegue usted:

ocioso es que disimule.

¡Si Juliana me lo ha dicho!

AGAPITO.

(Merece quien esto sufre...

Pero no; estará picada,

y darme celos presume.)

AMADEO.

Estaba solo. Sentía

inspiraciones del numen,

y una letrilla amorosa

por pasatiempo compuse;

pero está tan incorrecta...

AGAPITO.

(Si me ve con pesadumbre,

logra su objeto.)

MARCELA.

¿Qué importa?

No es razón que se sepulte

en el olvido. Veamos.

AMADEO.

Bien: con tal que no la escuche

don Agapito...

MARCELA.

¿Y por qué?

AMADEO.

No temo a una mala nube

tanto como a un necio.

AGAPITO.

(¡Oh! Sí;

aunque se finge voluble,

ella me ama. Lleva a mal

que sin motivo la acuse...

Bien puedo yo ser su amante

sin exigir que renuncie

a tener amigos.)

MARCELA.

Bien:

pues yo haré que desocupe

el puesto.—Don Agapito...

(_Se acerca a él_).

AGAPITO.

(¡Miren qué pronto sucumbe!)

MARCELA.

Quisiera... Perdone usted.

AGAPITO.

(¿No digo?)

MARCELA.

Mandar por dulces...

AGAPITO.

Aún he de tener pastillas

aquí... ¡mas son tan comunes!

¿Usted prefiere bombones,

no es cierto?

MARCELA.

Lo que usted guste.

(Yo no los he de probar.)

AGAPITO.

No sé si en casa de Núñez

los habrá. Si no los tiene,

yo veré en Los Andaluces...

MARCELA.

No; yo mandaré a Juanillo...

AGAPITO.

¡Qué! Si ese hombre es tan inútil...

MARCELA.

Es verdad.—Bien; vaya usted:

mejor será.

AGAPITO.

Me confunde

tanta bondad. Voy volando.—

(Ya no es posible que dude

de su amor. Para que hiciera

tal distinción de ese fútil

poetilla, o del insigne

don Martín.—¡Ah! ¡Cuál me bulle

el corazón de alegría!

¡Digo a ustedes que se lucen,

señores míos!) Supongo

(_A Marcela con misterio, y haciendo el interesante_)

que...

MARCELA.

Ya...

(_Riéndose_).

AGAPITO.

Bien, bien; pero urge...

MARCELA.

Sí...

AGAPITO.

(_Muy satisfecho_).

Basta, basta.—(Lo más

que resiste es hasta el lunes.)

ESCENA IV.

DON AMADEO y MARCELA.

MARCELA.

(¡Habrá títere más...!) Vamos;

ya nadie nos interrumpe.

Lea usted esa letrilla.

AMADEO.

Será fácil que me turbe.—

Léala usted, si merezco

tanta dicha, y me disculpe

la ruego mi libertad.

MARCELA.

(Temblando está.)

AMADEO.

(Amor me ayude.)

MARCELA.

(_Lee_).

«_Letrilla a Laura_».

AMADEO.

(No sangre;

hielo por mis venas cunde.)

MARCELA.

(_Lee_).

«Mis ojos, que admiran

tu talle gentil,

a los tuyos piden

cadena feliz,

y ven en tus labios

las gracias reír,

contino te dicen

que muero por ti.

Si veo a tu mano,

que envidia el marfil,

del arpa divina

las cuerdas herir,

mi dulce embeleso,

mi gozo sin fin

te dicen, oh Laura,

que muero por ti.

Tú ves abrasado

mi pecho latir

desde que Amor me hiere

con dardo sutil.

Mis hondos gemidos,

mi llanto infeliz,

te dicen sin tregua

que muero por ti.

Erato desdeña

mi plectro regir,

si no es que te canto

gloria de Madrid,

y en versos que aspiran

a eterno buril,

oh Laura, te juro

que muero por ti.

Cautivo en tus ojos

me consumo así

cual roto y perdido

capullo de abril.

Tú me ves, oh Laura,

penando morir,

y quizá no sabes

que muero por ti.

Ya es vano el silencio.

Yo te adoro, sí.

Por ti me atormentan

mil penas y mil.

Si airada la tumba

me quieres abrir...

no ignores al menos

que muero por ti».

¡Oh qué preciosa canción!

(¿Seré yo esta Laura bella?)

AMADEO.

Si hay algún mérito en ella

es todo del corazón.

MARCELA.

No se llame sin ventura

quien maneja así la lira;

ni la belleza que inspira

tanto amor, tanta ternura.

AMADEO.

¡Ah! Si...

MARCELA.

Nombre imaginario,

Laura sin duda será,

que los poetas allá

tienen otro calendario.

Y la razón es muy llana:

¿quién en los versos tolera

a una Blasa, a una Sotera,

Jerónima o Sinforiana?

¿Y tanta es la perfección

de esa Laura? ¿Ha sido fiel

el poético pincel?

¿No ha habido exageración?

AMADEO.

(_Con entusiasmo_).

Es de las gracias modelo;

la formaron los amores;

sus ojos encantadores

robaron la luz al cielo;

flores nacen donde pisa...

MARCELA.

(_Remedándole_).

Su dulce voz enajena,

y las almas encadena

con su hechicera sonrisa;

su boca es fragante rosa

de Chipre... o de Jericó.—

¿Piensa usted que no sé yo

cómo se pinta a una hermosa?

AMADEO.

(Se burla. No me declaro.)

MARCELA.

(¿Tendrá Juliana razón?)

¿Pero quién en conclusión

es ese portento raro?

AMADEO.

No seré yo quien le nombre.

MARCELA.

¿Es delito por ventura

el adorarla?

AMADEO.

Es locura.

MARCELA.

¡Locura! ¿Eso dice un hombre?

¿Es de áspera condición?

AMADEO.

No, que su agrado enamora.

MARCELA.

¿Es casada?

AMADEO.

No, señora.

Más honesta es mi pasión.

MARCELA.

(Yo de mi duda saldré.)

¿Es amiga mía?

AMADEO.

Sí.

MARCELA.

¿Vive muy lejos de aquí?

AMADEO.

No.

MARCELA.

¿Quiere a otro?

AMADEO.

No sé.

MARCELA.

¿Hoy la habrá usted visto?

AMADEO.

Ya.

MARCELA.

¿Puso mala cara?

AMADEO.

No.

MARCELA.

¿Le ha dado a usted celos?

AMADEO.

¡Oh!

MARCELA.

¿Le ha hecho a usted preguntas?

AMADEO.

¡Ah!

MARCELA.

¡Qué lacónico es usté!—

Vaya; tome su canción,

y a la primera ocasión...

AMADEO.

¡Ah! Ya es inútil.

MARCELA.

¿Por qué?

AMADEO.

Porque su rigor me hiela.

MARCELA.

Cualquiera de esto se halaga;

y si tanto amor no paga,

lo agradecerá...

AMADEO.

¡Marcela!

MARCELA.

Tome usted sus versos.

AMADEO.

¡Oh!

MARCELA.

¡Dale con tanto gemir!

Acabe usted de decir

que soy esa Laura yo.

AMADEO.

(_Turbado_).

¡Ah! Si... mi... la...

MARCELA.

(_Riéndose_).

Si... mi... la...

¿Me enseña usted el solfeo?

AMADEO.

(Perdido soy. Bien lo veo.)

MARCELA.

(Lástima y risa me da.)

Vaya; hable usted con franqueza,

monosílabo señor.

¿Soy yo causa de su amor?

AMADEO.

¡Oh desventura! ¡Oh flaqueza!

MARCELA.

De nada me maravillo;

y...

AMADEO.

¡Dura fuerza del hado!

MARCELA.

Vaya, hable usted, o me enfado.

AMADEO.

¡Ay, Marcela!

MARCELA.

(¡Ay, tabardillo!)

AMADEO.

¿Conque al fin he de romper

mi silencio?

MARCELA.

Sí; ya es hora.

AMADEO.

Pues la que mi pecho adora...

MARCELA.

Ya no lo quiero saber.

AMADEO.

¡Ah!

(_Se deja caer sobre una silla_).

ESCENA V.

DON AMADEO, MARCELA y DON MARTÍN.

MARTÍN.

Gracias al cielo doy,

que al fin ya libre me veo...

MARCELA.

¿De quién?

MARTÍN.

De don Timoteo.

Bufando de rabia estoy.

MARCELA.

¿Pues cómo?...

MARTÍN.

¡Malditos sean

sus sinónimos eternos!

Hay hombres de los infiernos

que cuando hablan aporrean.

No acabará en quince días,

a no hacerle yo acostar,

y torna a sus profecías;

y retorna al nacimiento...

¡Digo! ¡Pues tenía traza

de dejarme meter baza!

¡Oh, qué hablador tan sangriento!

Aquello era por demás.

¡Hija, qué nube! ¡Qué nube!

Intención mil veces tuve

de enviarle a Satanás.

No lo puedo resistir;

me desesperan, me endiablan

esos que hablan, y hablan, y hablan

sin respirar ni escupir.

Sirve en mi cuerpo un alférez

que es hablador furibundo,

y se llama don Facundo

Valentín Pérez y Pérez.

No hay poder hablar con él.

¡Sí, sí, facilito es eso!

En soltando la sin hueso

a ninguno da cuartel.

Un día se puso a hablar

conmigo: yo le quería

interrumpir. ¡Bobería!

Sintió que iba a estornudar.

En tan crítico momento

¿qué hacer? La boca me tapa,

el estornudo se escapa,

y prosigue con su cuento.

¡Digo! Esto es ser hablador.

Pues con tanta algarabía,

por cartujo pasaría

al lado de ese señor.

Es mucha, mucha crueldad.

¡Válgame Dios, qué carcoma!...

No lo tome usted a broma:

eso es una enfermedad.

Vamos; aún me dan sudores.

¡Qué suplicio! ¡Qué agonía!

¡Jesús! ¡Mala pulmonía

en todos los habladores!

MARCELA.

Cuenta con la maldición.

MARTÍN.

Pues qué, ¿me puede alcanzar?

MARCELA.

No; a usted no, que es para hablar

la suma moderación;

mas, ¡oh prodigio admirable!

En el próximo aposento,

a usted le ha dado tormento

un hablador perdurable.

Pues véame usted; yo sudo

de fatiga y de pesar,

porque acabo de lidiar

con un sempiterno mudo.

MARTÍN.

¡Mudo! ¿Y quién...?

AMADEO.

¡Ábrete, abismo!

MARTÍN.

¡Calla! ¿No es mi primo aquel?—

Diga usted, Marcela: ¿es él

ese mudo?

AMADEO.

¡Ay Dios!

MARCELA.

El mismo.—

Nunca gusté de llorones.

¿Dónde hay cosa más molesta

que oír solo por respuesta

suspiros e interjecciones?

MARTÍN.

¿Pero cuál es tu quebranto?

Amigos somos los dos.

Habla; di...

AMADEO.

¡Pluguiera a Dios

que no hubiese hablado tanto!

MARCELA.

Amor le saca de tino;

mas no sé quién le avasalla.

Si se lo pregunto, calla;

solloza si lo adivino.

Y por cierto que hace mal,

y procede como necio;

que de sensible me precio,

si no de sentimental.

Siento los males ajenos;

soy su amiga verdadera;

y satisfacer debiera

mi curiosidad al menos.

Pero si tanto le halaga

dentro del pecho su pena,

guárdesela enhorabuena,

y buen provecho le haga.

AMADEO.

Yo...

MARTÍN.

¡Quita allá, que eso es mengua!

¡Nada! A salir del barranco.—

A bien que yo soy más franco:

no me morderé la lengua.

Yo no soy nada hablador,

que de prudente me paso;

pero cuando viene al caso

hablo más que un sangrador.

Precisamente deseo

ahora más que nunca hablar:

¡tal dieta me ha hecho pasar

el señor don Timoteo!

Ya que usted me da licencia,

y puesto que el Dios vendado

al más lego, al más callado

da facundia y elocuencia,

basta, basta de tormento;

salga del pecho mi afán,

que estoy hecho un alquitrán,

y si no canto, reviento.

No hay que dudar de mi fe,

porque Dios me hizo soldado,

que Aquiles fue enamorado,

y Marte mismo lo fue.

No sirve contra Cupido

el vestir férrea coraza,

que cual si fuera de estraza

la taladra el fementido.

Harto he mostrado a mi dama

celebrando su belleza,

la intensidad, la fiereza

de esta pasión que me inflama.

Ni Amadís, ni Beltenebros,

ni cuantos de amor bramaron,

a sus bellas regalaron

tantos, tan dulces requiebros;

mas temiendo sus enojos,

admiro mi cobardía,

no la he dicho todavía:

«Muerto me tienen tus ojos».

Mis intenciones son rectas:

bien lo puede conocer;

pero está visto, es mujer

que no entiende de indirectas.

Yo con mi amor no la ultrajo,

porque al fin soy caballero.

Pues pecho al agua. ¿Qué espero?

Echemos por el atajo.

MARCELA.

(¡Oh, qué exordio impertinente!)

MARTÍN.

¿Qué dice usted?

MARCELA.

Nada digo.

Prosiga usted.

AMADEO.

¡Ah!

MARTÍN.

Prosigo,

que ya he soltado el torrente.

Hay mujeres cuyo oficio

es barrenar corazones,

y con dulces ilusiones

sacar a un hombre de quicio.

Mujeres que a su pesar

son imán de los placeres;

y en fin, señora, mujeres

que es forzoso idolatrar.

Graciosas, discretas, bellas,

y apacibles como el cielo,

¿cuál es el hombre de hielo

que no suspira por ellas?

Una entre todas domina,

como suele en los collados

entre tomillos menguados

descollar gigante encina.

Por ella estoy con el Credo

en la boca; y no, no es chanza,

si no cumple mi esperanza

dará conmigo en Toledo.

Si el hombre más insensible

la adora mal de su grado,

¿qué haré yo, desventurado?

¡Yo, que soy tan combustible!

Pues ese dulce martirio;

esa deidad de la tierra,

que me mueve tanta guerra,

que me infunde tal delirio;

ese apetecido bien;

esa suspirada aurora;

ese prodigio...

ESCENA VI.

DON MARTÍN, MARCELA, DON AMADEO y JULIANA que llega corriendo.

JULIANA.

¡Señora!

MARTÍN.

Maldita seas, amén.

JULIANA.

Venga usted, que hay novedad.—

Yo estoy loca.

MARCELA.

¿Qué ha ocurrido?

JULIANA.

Que Clitemnestra ha parido

con toda felicidad.

MARTÍN.

¡Clitemnestra!

JULIANA.

¡Pobrecita!

MARCELA.

¡Oh, qué gozo! ¿Y cuántos?

JULIANA.

Tres.

MARTÍN.

¿Se puede saber quién es?...

JULIANA.

¿Quién ha de ser? La gatita.—

Venga usted: el uno es negro;

otro tiene un collarín...

MARCELA.

Perdone usted, don Martín.—

(_Se va corriendo_).

Vamos, vamos.

ESCENA VII.

DON AMADEO y DON MARTÍN.

MARTÍN.

¡Pues me alegro!

¡Oh, mujer aleve, ingrata!

¡Con la palabra en la boca

me deja como una loca

porque ha parido la gata!

AMADEO.

¡Oh cielo!

MARTÍN.

¡Tratarme así!

¡Si lo veo y no lo creo!—

¿Qué dices de esto, Amadeo?

Responde.

AMADEO.

¡Triste de mí!

MARTÍN.

¡Quedamos lindas figuras

para adornar un retablo!

AMADEO.

¡Ay!

MARTÍN.

Jeremías del diablo,

ya la paciencia me apuras.

¿De qué te quejas, maldito?

AMADEO.

De mi desdicha.

MARTÍN.

Si es tanta,

mala angina en tu garganta,

pon en las nubes el grito;

desahoga el corazón;

truena, y no con esa calma

te estés repudriendo el alma

con tanta lamentación.

En el café mucho hablar.

Vaya; ¿quién te pone tasa?

Y en entrando en esta casa

solo sabes suspirar.

(_Le hace levantar_).

Levanta; deja de hacer

en ese rincón el búho,

y reneguemos a dúo

de esa funesta mujer.

Toma parte en mi rabieta,

y pues tanto me ultrajó,

llámala tú, como yo,

frívola, falsa, veleta.

Por mucho que tú te asombres

de su garbo sin segundo,

di que Dios la ha echado al mundo

para acabar con los hombres.

Di conmigo, pues me mata:

«Mujer inicua y sin fe,

permita Dios que te dé

veinte arañazos la gata».

AMADEO.

No la haré yo tal agravio;

no tomaré tal venganza.

Solo para su alabanza

osaré mover el labio.

Mientras con saña importuna

te quejas de su desvío,

yo la pondré, primo mío,

en los cuernos de la luna.

Diré que eclipsa la gloria

de Cleopatra, de Lucrecia,

y de aquella que en la Grecia

dejó perpetua memoria.

Diré que es, cual otro Edén,

aquel rostro afable, hermoso.

Diré que es grato y sabroso

hasta su mismo desdén.

Con tierna solicitud,

si tanto puede mi acento,

encomiaré su talento,

ensalzaré su virtud.

Diré que es dulce, sencilla,

cuerda, apacible, donosa;

y diré en verso y en prosa

que es la octava maravilla.

MARTÍN.

¡Qué fuego! ¡Qué ponderar!

Estoy de oírte pasmado.

O la viuda te ha flechado,

o yo no sé qué pensar.

AMADEO.

¡Ah! Sí; mi pecho la adora,

y en él su imagen grabada...

MARTÍN.

¡Mire usted con qué embajada

me sale el primito ahora!

Yo bien decía entre mí:

este pisó mala yerba;

pero es tanta tu reserva...

Nunca obsequiarla te vi...

Yo atendía a otro negocio,

y con mi afán no advertía...

Pues escucha: juraría

que tenemos otro socio.

AMADEO.

¡Otro! ¿Y quién?

MARTÍN.

Don Agapito.

AMADEO.

Sí, pero en vano porfía.

MARTÍN.

Querer a ese hombre sería

imperdonable delito;

bien lo conozco. No obstante,

como amor todo es chiripas...

AMADEO.

¡Qué! ¡Si da dolor de tripas

solo el mirar su semblante!

Menospreciarle debemos,

porque a un bicho tan cuitado

le honraría demasiado...

MARTÍN.

Calla, que aquí lo tenemos.

ESCENA VIII.

DON MARTÍN, DON AMADEO y DON AGAPITO con un cucurucho de dulces.

AGAPITO.

Todo Madrid he corrido

por traer de los mejores,

hasta que al fin..., ¡oh, señores!

¿Y Marcela? ¿Dónde ha ido?

(_Don Martín y don Amadeo rodean a don Agapito y le hablan con mucho

misterio_).

MARTÍN.

A una solemne función.

AGAPITO.

¿A estas horas? No sospecho...

AMADEO.

Está postrada en su lecho...

la viuda de Agamenón.

AGAPITO.

¡Eh, señores! Esa chanza...

MARTÍN.

No es ilusión.

AMADEO.

¡Oh maldad!

¡Oh perfidia!

MARTÍN.

¡Oh liviandad,

que está clamando venganza!

AGAPITO.

Vaya, basta de tramoya,

que es para aspar a cualquiera...

MARTÍN.

¡Oh Atrida! ¡Más te valiera

haber fenecido en Troya!

AGAPITO.

Pues digo que es buen humor...

AMADEO.

¡Ay, señor don Agapito.

tres de una vez! ¡Oh delito!

MARTÍN.

¡Y el uno es negro! ¡¡Qué horror!!

AGAPITO.

Véame yo confundido

si entiendo un solo vocablo.

AMADEO.

¡Silencio!

AGAPITO.

Pero ¿qué diablo...?

MARTÍN.

¡Chist!... Clitemnestra ha parido.

AGAPITO.

¿Clitemnestra? Por mi abuela...

MARTÍN.

¿Quiere usted que lo repita?

AGAPITO.

(_Dando palmadas_).

¡Ah! ya entiendo. La gatita,

la gatita de Marcela.

Por vida... Me alegro mucho.

Voy corriendo; Voy a ver...

(_Despidiéndose_).

Señores...

MARTÍN.

¿Puedo saber

qué encierra ese cucurucho?

AGAPITO.

Son bombones, capuchinas,

almendras garapiñadas,

yemas acarameladas

y pastillas superfinas.

¿Gusta usted, don Amadeo?

¿Y usted...?

MARTÍN.

La ventura alabo

de don Agapito. ¡Bravo!

Ya hay dulces para el bateo.

Corra usted...

AMADEO.

Corra usted; sí.

Mi enhorabuena le doy.

MARTÍN.

Cuidarla mucho.

AGAPITO.

Voy, voy.—

El negrito para mí.

ESCENA IX.

DON MARTÍN y DON AMADEO.

MARTÍN.

¿Has visto, primo, en tu vida

más ridículo animal?

AMADEO.

Ya se iba amoscando un poco.

MARTÍN.

¡Oh! Y si él se enoja, es capaz...

de caerse muerto.—Pero

dejémosle acariciar

a su Clitemnestra, y vamos

a otra cosa más formal.

¿Conque amas a la viudita?

AMADEO.

¿Y quién, oh primo, verá

tantas gracias en su rostro

y en su cuerpo celestial

sin sentir dentro del pecho

un amoroso volcán?

MARTÍN.

A mí también me ha gustado

más de lo que es regular;

y, por cierto, no esperaba

que fueses tú mi rival.

Yo creí que satisfecho

con merecer su amistad,

no aspirabas a la dulce

coyunda matrimonial.

AMADEO.

Tampoco yo esperaba

que fueses tú su galán.

MARTÍN.

¡Poeta y amar de veras,

es cosa particular!

AMADEO.

¿Y qué diremos de ti,

andaluz y capitán?

MARTÍN.

Como que iba yo a pedirte

me hicieses un madrigal

para pintar a Marcela

mi dulce cautividad.

AMADEO.

Yo me iba a valer de ti

para decirla mi afán.

MARTÍN.

Pues querernos a los dos

no es posible.

AMADEO.

Claro está.

MARTÍN.

Dejarla es duro; matarnos

sería una necedad.

¿Qué haremos?

AMADEO.

Querido primo,

ya sabes tú cuán fatal

soy en amores. La adoro.

Solo la tumba podrá

de mi triste corazón

la activa llama apagar;

mas sea que no merezco

tan peregrina beldad,

sea que con tantos ayes

la he llegado a fastidiar,

bien conozco que Marcela

no será mía jamás.

Tú sabes mejor que yo

la ciencia de enamorar.

Yo soy tímido en extremo;

tú eres en extremo audaz;

a mí no me da esperanzas;

acaso a ti te las da.—

Yo te cedo su conquista:

sí, Martín; y de este umbral

apartado para siempre,

triste, desvalido, ¡ay!,

lloraré mi desventura

en amarga soledad.

MARTÍN.

¡Ah, ah!... Déjame reír.

AMADEO.

¿Conque estoy para expirar,

y te ríes?

MARTÍN.

No hay cuidado:

pronto te consolarás,

que amores inconsolables

no son fruta de esta edad.

AMADEO.

¡Cómo! ¿Tú dudas, Martín,

de mi amor?...

MARTÍN.

No dudo tal;

pero hablemos con franqueza,

pues nos conocemos ya.

Hoy por Marcela suspiras;

mañana suspirarás

por otra.

AMADEO.

Yo soy sensible;

yo no vivo sin amar.

MARTÍN.

Pues por eso mismo es fácil

que rinda tu voluntad

otra Filis u otra Laura,

amartelado zagal.

Tres damas te he conocido

desde el día de San Juan.

La cuarta es Marcela.—Vamos,

dime ahora la verdad:

¿no te atreves con la quinta?

¿No hay en tu pecho lugar

para hospedarla? ¡Qué diablos!

Aunque sea en el zaguán.

AMADEO.

Aún me harás reír, Martín,

y eso es una iniquidad.

MARTÍN.

Marcela, o ¿a cuál de los tres? · 第 1 / 3 段