«Danzar sobre un volcan.»
A la siete de la noche fueron llegando los convidados: primero,
las divinidades menores, pequeños empleados, gefes de negociado,
comerciantes, etc, con los saludos más ceremoniosos y los aires más
graves, al principio, como si fueran recien aprendidos: tanta luz,
tanta cortina y tanto cristal imponían algo. Despues se familiarizaban
y se daban disimulados puñetazos, palmaditas en el vientre y
algunos hasta se administraron familiares pescozones. Algunos,
es verdad, adoptaban cierta actitud desdeñosa para hacer ver que
estaban acostumbrados á cosas mejores, ¡vaya, si lo estaban! Diosa
hubo que bostezó encontrando todo cursi y diciendo que tenía gazuza;
otra que riñó con su dios, haciendo un gesto con el brazo para darle
una manotada. Don Timoteo saludaba por aquí, por allá; enviaba una
sonrisita, hacía un movimiento de cintura, un retroceso, media vuelta,
vuelta entera, etc., tanto que otra diosa no pudo menos de decir á
su vecina, al amparo del abanico:
--¡Chica, que filadelfio está el tío! ¡Mia que paese un fantoche!
Despues, llegaron los novios, acompañados de doña Victorina y toda la
comitiva. Felicitaciones, apretones de manos, palmaditas protectoras
al novio, miradas insistentes, lascivas, anatómicas para la novia, por
parte de ellos; por parte de ellas, análisis del traje, del aderezo,
cálculo del vigor, de la salud, etc.
--¡Psíquis y Cupido presentándose en el Olimpo! pensó Ben Zayb y se
grabó la comparacion en la mente para soltarla en mejor ocasion.
El novio tenía en efecto la fisonomía truhanesca del dios del amor,
y con un poco de buena voluntad se podía tomar por aljaba la joroba
en su máximum, que la severidad del frac no llegaba á ocultar.
Don Timoteo empezaba á sentir dolores de cintura, los callos de sus
piés se irritaban poco á poco, su cuello se cansaba y ¡faltaba aun
el Cpn. General! Los grandes dioses, entre ellos el P. Irene y el
P. Salví, habían llegado ya, es verdad, pero aun faltaba el trueno
gordo. Estaba inquieto, nervioso; su corazon latía violentamente,
tenía ganas de desahogar una necesidad, pero había primero que saludar,
sonreir, y despues iba y no podía, se sentaba, se levantaba, no oía
lo que le decían, no decía lo que se le ocurría. Y mientras tanto,
un dios aficionado le hacía observaciones sobre sus cromos, se los
criticaba asegurándole que manchaban las paredes.
--¡Manchaban las paredes! repetía don Timoteo sonriendo con ganas de
arañarle; ¡pero si están hechos en Europa y son los más caros que me
he podido procurar en Manila! ¡Manchaban las paredes!
Y don Timoteo se juraba cobrar al día siguiente todos los vales que
del crítico tenía en su almacen.
Se oyeron pitadas, galopar de caballos, ¡al fin!
--¡El General!--¡El Capitan General!
Pálido de emocion, se levantó don Timoteo disimulando el dolor de
sus callos, y acompañado de su hijo y de algunos dioses mayores,
bajó á recibir al Magnum Jovem. Se le fué el dolor de cintura ante
las dudas que en el momento le asaltaron: ¿debía modelar una sonrisa
ó afectar gravedad? ¿debía alargar la mano ó esperar á que el General
le ofrezca la suya? ¡Carambas! ¿cómo no se le había ocurrido nada
del asunto para consultar con su gran amigo Simoun? Para ocultar su
emocion preguntó en voz baja, muy quebrada á su hijo:
--¿Has preparado algun discurso?
--Ya no se estilan discursos, papá, ¡y con éste menos!
Llegó Júpiter en compañía de Juno, convertida en un castillo de
fuegos artificiales: brillantes en el tocado, brillantes al cuello,
en los brazos, en los hombros, ¡en todas partes! Lucía un magnífico
traje de seda, con larga cola, bordada de flores de realce.
S. E. tomó realmente posesion de la casa, como se lo suplicó
balbuceando don Timoteo. La orquesta tocó la marcha real, y la divina
pareja subió majestuosamente la alfombrada escalera.
La gravedad de S. E. no era afectada; acaso por primera vez, desde
que llegó á las Islas, se sentía triste; algo de melancolía velaba
sus pensamientos. Aquel era el último triunfo de sus tres años de
soberano, y dentro de dos días, para siempre iba descender de tan
elevada altura. ¿Qué dejaba detrás de sí? S. E. no volvía la cabeza
y prefería mirar hácia delante, ¡hácia el porvenir! Se llevaba una
fortuna consigo, grandes cantidades depositadas en los Bancos de
Europa le esperaban, tenía hoteles, pero había lastimado á muchos,
tenía muchos enemigos en la Corte, ¡el alto empleado le esperaba
allá! Otros generales se enriquecieron como él rápidamente, y ahora
estaban arruinados. ¿Por qué no se quedaba más tiempo como se lo
aconsejaba Simoun? No, la delicadeza ante todo. Los saludos, ademas,
no eran ya profundos como antes; notaba miradas insistentes, y hasta
displicencia; y él contestaba con afabilidad y hasta ensayaba sonrisas.
--¡Se conoce que el sol está en su ocaso! observó el P. Irene al oido
de Ben Zayb; ¡muchos le miran ya frente á frente!
¡Carambas con el cura! precisamente iba él á decir eso.
--Chica, murmuró al oido de su vecina la que llamó fantoche á don
Timoteo, ¿has visto qué falda?
--¡Uy! ¡las cortinas del Palacio!
--¡Calla! ¡y es verdad! Pues se llevan todo. ¡Verás como se hace un
abrigo con las alfombras!
--¡Eso no prueba más sino que tiene ingenio y gusto! observó el
marido, reprendiendo á su esposa con una mirada; ¡las mujeres deben
ser económicas!
Todavía le dolía al pobre dios la cuenta de la modista.
--¡Hijo! dame cortinas de á doce pesos la vara y ¡verás si me pongo
estos trapos! replicó picada la diosa; ¡Jesus! ¡hablarás cuando tengas
tan espléndidos predecesores!
Entretanto Basilio, delante de la casa, confundido entre la turba
de curiosos, contaba las personas que bajaban de los coches. Cuando
vió tanta gente alegre, confiada; cuando vió al novio y á la novia,
seguida de su cortejo de jovencitas inocentes y candorosas, y pensó
que iban á encontrar allí una muerte horrible, tuvo lástima y sintió
que se amortiguaba su odio.
Tuvo deseos de salvar á tantos inocentes, pensó escribir y dar parte á
la justicia; pero un coche vino y bajaron el P. Salví y el P. Irene,
ambos muy contentos, y como nube pasagera, se desvanecieron sus
buenos propósitos.
--¡Qué me importa? se dijo ¡que paguen los justos con los pecadores!
Y luego añadió para tranquilizar sus escrúpulos:
--Yo no soy delator, yo no debo abusar de la confianza que en mí ha
depositado. Yo le debo á él más que á todos ésos; él cavó la tumba de
mi madre; ¡esos la mataron! ¿Qué tengo que ver con ellos? Hice todo
lo posible para ser bueno, útil; he procurado olvidar y perdonar;
¡sufrí toda imposicion y solo pedía me dejasen en paz! Yo no estorbaba
á nadie... ¿Qué han hecho de mí? ¡Que vuelen sus miembros destrozados
por el aire! ¡Bastante hemos sufrido!
Despues vió bajar á Simoun llevando en brazos la terrible lámpara,
le vió atravesar el zaguan lentamente, con la cabeza baja y como
reflexionando. Basilio sintió que su corazon latía debilmente,
que sus piés y manos se enfriaban y que la negra silueta del joyero
adquiría contornos fantásticos, circundados de llamas. Allá se detenía
Simoun al pié de la escalera y como dudando; Basilio no respiraba. La
vacilacion duró poco: Simoun levantó la cabeza, subió resueltamente
las escaleras y desapareció.
Parecióle entonces al estudiante que la casa iba á estallar de un
momento á otro y que paredes, lámparas, convidados, tejado, ventanas,
orquesta, volaban lanzados por los aires como un puñado de brasas
en medio de una detonacion infernal; miró en torno suyo y creyó ver
cadáveres en lugar de curiosos; los veía mutilados, le pareció que
el aire se llenaba de llamas, pero la serenidad de su juicio triunfó
de aquella alucinacion pasagera que el hambre favorecía y se dijo:
--Mientras no baje, no hay peligro. ¡Aun no ha llegado el Capitan
General!
Y procuró aparecer sereno dominando el temblor convulsivo de sus
piernas, y trató de distraerse pensando en otras cosas. Alguien se
burlaba de él en su interior y le decía:
--Si tiemblas ahora, antes de los momentos supremos, ¿cómo te portarás
cuando veas correr sangre, arder las casas y silbar las balas?
Llegó S. E., pero el joven no se fijó en él: observaba la cara de
Simoun que era uno de los que habían bajado para recibirle, y leyó
en la implacable fisonomía la sentencia de muerte de todos aquellos
hombres, y entonces nuevo terror se apoderó de él. Tuvo frío, se
apoyó contra el muro de la casa y, fijos los ojos en las ventanas
y atentos los oidos, quiso adivinar lo que podía pasar. Vió en la
sala la multitud rodeando á Simoun, y contemplando la lámpara; oyó
varias felicitaciones, exclamaciones de admiracion; las palabras
«comedor, estreno» se repitieron varias veces; vió al General
sonreirse y conjeturó que se estrenaría aquella misma noche segun la
prevision del joyero y, por cierto, en la mesa donde iba á cenar Su
Excelencia. Simoun desapareció, seguido de una multitud de admiradores.
En aquel momento supremo su buen corazon triunfó, olvidó sus odios,
olvidóse de Julî, quiso salvar á los inocentes y decidido, suceda
lo que suceda, atravesó la calle y quiso entrar. Pero Basilio había
olvidado que iba miserablemente vestido; el portero le detuvo,
le interpeló groseramente, y al ver su insistencia, le amenazó con
llamar á una pareja de la Veterana.
En aquel momento bajaba Simoun ligeramente pálido. El portero dejó
á Basilio para saludar al joyero como si pasase un santo. Basilio
comprendió en la espresion de la cara que dejaba para siempre la casa
fatal y que la lámpara ya estaba encendida. Alea jacta est. Presa
del instinto de conservacion, pensó entonces en salvarse. Podía
ocurrírsele á cualquiera por curiosidad mover el aparato, sacar la
mecha y entonces, estallaría y todo sería sepultado. Todavía oyó á
Simoun que decía al cochero:
--¡Escolta, pica!
Azorado y temiendo oir de un momento á otro la terrible esplosion,
Basilio se dió toda la prisa que podía para alejarse del maldito sitio:
sus piernas le parecían que no tenían la agilidad necesaria, sus
piés resbalaban contra la acera como si anduviesen y no se moviesen,
la gente que encontraba le cerraba el camino y antes de dar veinte
pasos creía que habían pasado lo menos cinco minutos. A cierta
distancia tropezó con un joven que de pié, con la cabeza levantada,
miraba fijamente hácia la casa. Basilio reconoció á Isagani.
--¿Qué haces aquí? preguntóle. ¡Ven!
Isagani le miró vagamente, se sonrió con tristeza y volvió á mirar
hácia los balcones abiertos, al través de los cuales se veía la
vaporosa silueta de la novia, cogida del brazo del novio, alejándose
lánguidamente.
--¡Ven, Isagani! ¡Alejémonos de esa casa, ven! decía en voz ronca
Basilio cogiéndole del brazo.
Isagani le apartaba dulcemente ¡y seguía mirando con la misma dolorosa
sonrisa en los labios!
--¡Por Dios, alejémonos!
--¿Por qué alejarme? ¡Mañana ya no será ella!
Había tanto dolor en aquellas palabras que Basilio se olvidó por un
segundo de su terror.
--¿Quieres morir? preguntó.
Isagani se encogió de hombros y siguió mirando.
Basilio trató de arrastrarle de nuevo.
--¡Isagani, Isagani, óyeme, no perdamos tiempo! Esa casa está
minada, va á saltar de un momento á otro, por una imprudencia, una
curiosidad... ¡Isagani, todo perecerá bajo sus ruinas!
--¿Bajo sus ruinas? repitió Isagani como tratando de comprender sin
dejar de mirar á la ventana.
--¡Sí, bajo sus ruinas, sí, Isagani! ¡por Dios, ven! ¡te lo explicaré
despues, ven! otro que ha sido más desgraciado que tú y que yo,
los ha condenado... ¿Ves esa luz blanca, clara, como luz eléctrica,
que parte de la azotea? ¡Es la luz de la muerte! Una lámpara cargada
de dinamita, en un comedor minado... ¡estallará y ni una rata se
escapará con vida, ven!
--¡No! contestó Isagani moviendo tristemente la cabeza; quiero quedarme
aquí, quiero verla por última vez... ¡mañana ya será otra cosa!
--¡Cúmplase el destino! exclamó entonces Basilio alejándose á toda
prisa.
Isagani vió que su amigo se alejaba con la precipitacion que denotaba
un verdadero terror y siguió mirando hácia la fascinadora ventana,
como el caballero de Toggenburg esperando que se asome la amada,
de que nos habla Schiller. En aquel momento la sala estaba desierta;
todos se habían ido á los comedores. A Isagani se le ocurrió que los
terrores de Basilio podían ser fundados. Recordó su cara aterrada,
él que en todo conservaba su sangre fría y empezó á reflexionar. Una
idea apareció clara á su imaginacion: la casa iba á volar y Paulita
estaba allí, Paulita iba á morir de una muerte espantosa...
Ante esta idea todo lo olvidó: celos, sufrimientos, torturas morales;
el generoso joven solo se acordó de su amor. Sin pensar en sí, sin
detenerse, dirigióse á la casa y gracias á su traje elegante y á su
aire decidido, pudo franquear facilmente la puerta.
Mientras estas cortas escenas pasaban en la calle, en el comedor de
los dioses mayores, circulaba de mano en mano un pedazo de pergamino
donde se leían escritas en tinta roja estas fatídicas palabras:
Mane Thecel Phares.
Juan Crisóstomo Ibarra
--¿Juan Crisóstomo Ibarra? ¿quién es ése? preguntó S. E. pasando el
papel al vecino.
--¡Vaya una broma de mal gusto! repuso don Custodio: ¡firmar el papel
con el nombre de un filibusterillo, muerto hace más de diez años!
--¡¡Filibusterillo!!
--¡Es una broma sediciosa!
--Habiendo señoras...
El P. Irene buscaba al bromista y vió al P. Salví, que estaba sentado
á la derecha de la condesa, ponerse pálido como su servilleta mientras
con los ojos desencajados contemplaba las misteriosas palabras. ¡La
escena de la esfinge se le presentó en la memoria!
--¿Qué hay, P. Salví? preguntó; ¿está usted reconociendo la firma de
su amigo?
El P. Salví no contestó; hizo ademan de hablar y sin apercibirse de
lo que hacía, se pasó por la frente la servilleta.
--¿Qué le pasa á V. R.?
--¡Es su misma escritura! contestó en voz baja, apenas inteligible;
¡es la misma escritura de Ibarra!
Y recostándose contra el respaldo de su silla, dejó caer los brazos
como si le faltasen las fuerzas.
La inquietud convirtióse en terror; se miraron unos á otros sin
decirse una sola palabra. S. E. quiso levantarse, pero temiendo lo
atribuyeran á miedo, se dominó y miró en torno suyo. No había soldados:
los criados que servían le eran desconocidos.
--Sigamos comiendo, señores, repuso, ¡y no demos importancia á
una broma!
Pero su voz, en vez de tranquilizar, aumentó la inquietud; la voz
temblaba.
--Supongo que ese Mane thecel phares, ¿no querrá decir que seremos
asesinados esta noche? dijo don Custodio.
Todos se quedaron inmóviles.
--Pero pueden envenenarnos...
Soltaron los cubiertos.
La luz en tanto principió á oscurecerse poco á poco.
--La lámpara se apaga, observó el General inquieto; ¿quiere usted
subir la mecha, P. Irene?
En aquel momento, con la rapidez del rayo, entró una figura derribando
una silla y atropellando un criado y, en medio de la sorpresa general,
se apoderó de la lámpara, corrió á la azotea y la arrojó al río. Todo
pasó en un segundo: el comedor se quedó á oscuras.
La lámpara ya había caido en el agua cuando los criados pudieron
gritar:--¡Ladron, ladron! precipitándose tambien á la azotea.
--¡Un revólver! gritó uno; ¡pronto un revólver!¡ Al ladron!
Pero la sombra, más ágil aun, ya había montado sobre la balaustrada
de ladrillo y antes que pudiesen traer una luz se precipitaba al río,
dejando oir un ruido quebrado al caer en el agua.