Una vez en la calle, Basilio pensó en qué podía ocuparse hasta que
llegase la fatal hora; no eran más que las siete. Era la época de las
vacaciones y todos los estudiantes estaban en sus pueblos. Isagani
era el único que no quiso retirarse, pero había desaparecido desde
aquella mañana y no se sabía su paradero. Esto le habían dicho á
Basilio, cuando al salir de la carcel fué á visitar á su amigo para
pedirle hospitalidad. Basilio no sabía á donde ir, no tenía dinero,
no tenía nada fuera del revólver. El recuerdo de la lámpara ocupaba su
imaginacion; dentro de dos horas tendría lugar la gran catástrofe y,
al pensar en ello, le parecía que los hombres que desfilaban delante
de sus ojos pasaban sin cabeza: tuvo un sentimiento de feroz alegría
al decirse que, hambriento y todo, aquella noche iba él á ser temible,
que de pobre estudiante y criado, acaso el sol le viera terrible y
siniestro, de pié sobre pirámide de cadáveres, dictando leyes á todos
aquellos que pasaban delante en sus magníficos coches. Rióse como
un condenado, y palpó la culata del revólver: las cajas de cartuchos
estaban en sus bolsillos.
Se le ocurrió una pregunta ¿dónde principiaría el drama? En su
aturdimiento, no se le había ocurrido preguntarlo á Simoun, pero
Simoun le había dicho que se alejase de la calle de Anloague.
Entonces tuvo una sospecha; aquella tarde, al salir de la cárcel se
había dirigido á la antigua casa de Cpn. Tiago para buscar sus pocos
efectos, y la había encontrado trasformada y preparada para una fiesta;
¡eran las bodas de Juanito Pelaez! Simoun hablaba de fiesta.
En esto vió pasar delante de sí una larga fila de coches, llenos de
señores y señoras conversando con animacion; creyó distinguir dentro
grandes ramilletes de flores, pero no paró atencion en ello. Los coches
se dirigían hácia la calle del Rosario y, por encontrarse con los
que bajaban del puente de España, tenían que detenerse á menudo é ir
lentamente. En uno vió á Juanito Pelaez al lado de una mujer, vestida
de blanco con un velo transparente: en ella reconoció á Paulita Gómez.
--¡La Paulita! exclamó sorprendido.
Y viendo que en efecto era ella, en traje de novia, con Juanito Pelaez,
como si viniesen de la iglesia,
--¡Pobre Isagani! murmuró ¿qué se habrá hecho de él?
Pensó unos instantes en su amigo, alma grande, generosa, y mentalmente
se preguntó si no sería bueno comunicarle el proyecto, pero mentalmente
se contestó tambien que Isagani nunca querría tomar parte en semejante
carnicería... A Isagani no le habían hecho lo que á él.
Despues pensó en que sin la prision, él sería novio ó marido en
aquellas horas, licenciado en Medicina, viviendo y curando en un rincon
de su provincia. La sombra de Julî, destrozada en su caida, cruzó
por su imaginacion; llamas oscuras de odio encendieron sus pupilas,
y de nuevo acarició la culata del revólver sintiendo no llegase ya la
terrible hora. En esto vió que Simoun salió de la puerta de su casa con
la caja de la lámpara, cuidadosamente envuelta, entró en un coche que
siguió la fila de los que acompañaban á los novios. Basilio, para no
perder de vista á Simoun, quiso fijarse en el cochero, y con asombro
reconoció en él al desgraciado que le había conducido á San Diego,
á Sinong el apaleado de la Guardia Civil, al mismo que le enteraba
en la carcel de cuanto había sucedido en Tianì.
Conjeturando que la calle Anloague iba á ser el teatro, allá se dirigió
el joven, apresurando el paso y adelantándose á los coches. En efecto,
se dirigían todos á la antigua casa de Cpn. Tiago: ¡allí se reunían en
busca de un baile para danzar por el aire! Basilio se rió al ver las
parejas de la Guardia Veterana que hacían el servicio. Por su número
se podía adivinar la importancia de la fiesta y de los invitados. La
casa rebosaba de gente, derramaba torrentes de luz por sus ventanas;
el zaguan estaba alfombrado y lleno de flores; allá arriba, acaso en su
antiguo y solitario aposento, tocaba ahora la orquesta aires alegres,
que no apagaban del todo el confuso tumulto de risas, interpelaciones
y carcajadas.
D. Timoteo Pelaez llegaba al pináculo de la fortuna, y la realidad
sobrejujaba sus ensueños. Casaba, al fin, á su hijo con la riquísima
heredera de los Gomez, y gracias al dinero que Simoun le había
prestado, había alhajado regiamente aquella gran casa, comprada en la
mitad de su valor, daba en ella una espléndida fiesta, y las primeras
divinidades de Olimpo manileño iban á ser sus huéspedes, para dorarle
con la luz de su prestigio. Ocurríansele desde aquella mañana, con la
persistencia de una cantata en boga, unas vagas frases que había leido
en sus comuniones: «¡Ya es llegada la hora dichosa! ¡Ya se acerca el
momento feliz! Pronto se cumplirán en tí las admirables palabras de
Simoun: Vivo yo, mas no yo sino que el Capitan General vive en mí»,
etc. ¡El Capitan General, padrino de su hijo! No asistía en verdad
al casamiento; don Custodio le representaba, pero vendría á cenar,
y traería un regalo de boda, una lámpara que ni la de Aladin...--entre
bastidores--Simoun daba la lámpara. Timoteo, ¿qué quieres más?
La trasformacion que había sufrido la casa de Cpn. Tiago era
considerable; se había empapelado de nuevo ricamente; el humo y el
olor del opio desaparecieron por completo. La inmensa sala, ensanchada
aun por los colosales espejos que multiplicaban al infinito las luces
de las arañas, estaba toda alfombrada: alfombra tenían los salones
de Europa, y aunque el piso era brillantísimo y de anchas tablas,
alfombra debía tener tambien el suyo pues ¡no faltaba más! La rica
sillería de Cpn. Tiago había desaparecido, en su lugar se veía otra,
estilo Luis XV; grandes cortinas de terciopelo rojo, bordadas de oro,
con las iniciales de los novios y sujetas por guirnaldas de azahar
artificiales, pendían de los portiers y barrían el suelo con sus
anchos flecos, de oro igualmente. En los ángulos se veían enormes
vasos de Japon, alternando con otros de Sèvres, de un azul oscuro
purísimo, colocados sobre pedestales cuadrados de madera tallada. Lo
único que no estaba bien eran los cromos chillones con que don
Timoteo había sustituido los antiguos grabados y las litografías
de santos de Cpn. Tiago. Simoun no le pudo disuadir; el comerciante
no quería cuadros al óleo, no vaya alguno á atribuirlos á artistas
filipinos... ¡él, sostener á artistas filipinos, nunca! en ello
le iba la paz y acaso la vida, ¡y él sabía como hay que bogar en
Filipinas! Verdad es que había oido hablar de pintores estrangeros
como Rafael, Murillo, Velazquez, pero no sabía cómo dirigirse á ellos,
y luego puede que salgan algo sediciosos... Con cromos no se arriesgaba
nada, los filipinos no los hacían, le salían más baratos, el efecto
parecía el mismo, si no mejor, ¡los colores más brillantes y muy fina
la ejecucion! ¡Vaya si don Timoteo sabía como arreglarse en Filipinas!
La gran caida, adornada toda de flores, se había convertido en comedor:
una gran mesa en medio para treinta personas, y al rededor, pegadas á
las paredes, otras pequeñitas para dos y tres. Ramilletes de flores,
pirámides de frutas entre cintas y luces, cubrían los centros. El
cubierto del novio estaba señalado por un ramo de rosas, el de la
novia por otro de azahar y azucenas. Ante tanto lujo y tanta flor se
imagina uno que ninfas de ropaje ligero y amorcillos con alas irisadas
iban á servir néctar y ambrosía á huéspedes aéreos, al son de liras
y eolias arpas.
Sin embargo, la mesa para los grandes dioses no estaba allí, estaba
servida allá en medio de la ancha azotea, en un elegantísimo kiosko,
construido espresamente para el acto. Una celosía de madera dorada,
por donde trepan olorosas enredaderas, ocultaba el interior á los ojos
del vulgo sin impedir la libre circulacion del aire, para mantener la
frescura necesaria en aquella estacion. Un elevado entarimado levantaba
la mesa sobre el nivel de las otras en que iban á comer los simples
mortales, y una bóveda, decorada por los mejores artistas, protegería
los augustos cráneos de las miradas envidiosas de las estrellas.
Allí no había más que siete cubiertos; la vagilla era de plata
maciza, mantel y servilletas de finísimo lino, vinos, los más caros
y esquisitos. Don Timoteo buscó lo más raro y costoso y no habría
vacilado ante un crímen si le hubiesen dicho que el Capitan General
gustaba de comer carne humana.