Al fin llegó el día.
Simoun, desde la mañana, no había salido de su casa, ocupado en
poner en orden sus armas y sus alhajas. Su fabulosa riqueza estaba
ya encerrada en la gran maleta de acero con funda de lona. Quedaban
pocos estuches que contenían brazaletes, alfileres, sin duda regalos
que esperaba hacer. Iba á partir al fin con el Capitan General, que
de ninguna manera quiso prolongar su mando, temeroso del qué dirán
de las gentes. Los maliciosos insinuaban que Simoun no se arriesgaba
á quedarse solo, que, perdido su apoyo, no quería esponerse á las
venganzas de tantos explotados y desgraciados, con tanto más motivo
cuanto que el General que iba á venir, pasaba por ser un modelo de
rectitud y acaso, acaso le haga devolver cuanto había ganado. Los
indios supersticiosos, en cambio, creían que Simoun era el diablo
que no quería separarse de su presa. Los pesimistas hacían un guiño
malicioso y decían:
--Talado el campo, se va á otra parte la langosta.
Solo algunos, muy pocos, sonreían y callaban.
A la tarde, Simoun había dado orden á su criado para que si se
presentaba un joven que se llamaba Basilio, le hiciese entrar
en seguida. Despues encerróse en su aposento y pareció sumido en
profundas reflexiones. Desde su enfermedad, el rostro del joyero se
había vuelto más duro y más sombrío, se había profundizado mucho la
arruga entre ceja y ceja. Parecía algo encorvado; la cabeza ya no se
mantenía erguida, se doblaba. Estaba tan absorto en su meditacion que
no oyó llamar á la puerta. Los golpes tuvieron que repetirse. Simoun
se estremeció:
--¡Adelante! dijo.
Era Basilio, pero, ¡quantum mutatus! Si el cambio operado en
Simoun durante los dos meses era grande, en el joven estudiante
era espantoso. Sus mejillas estaban socavadas, desaliñado el traje,
despeinado. Había desaparecido la dulce melancolía de sus ojos; en
ellos brillaba una llama oscura; diríase que había muerto y su cadaver
resuscitaba horrorizado de lo que había visto en la eternidad. Si
no el crímen, su siniestra sombra se estendía por toda su figura. El
mismo Simoun se espantó y sintió compasion por el desgraciado.
Basilio, sin saludar, avanzó lentamente y en voz que hizo estremecerse
al joyero, dijo:
--Señor Simoun, he sido mal hijo y mal hermano; he olvidado
el asesinato del uno y las torturas de la otra ¡y Dios me ha
castigado! Ahora no me queda más que una voluntad para devolver mal
por mal, crímen por crímen, ¡violencia por violencia!
Simoun le escuchaba silencioso.
--Hace cuatro meses, continuó Basilio, me hablaba usted de
sus proyectos; he rehusado tomar parte, y he hecho mal; usted
ha tenido razon. Hace tres meses y medio la revolucion estaba á
punto de estallar, tampoco he querido tomar parte y el movimiento
ha fracasado. En pago de mi conducta he sido preso y solo debo mi
libertad á las instancias de usted. Usted ha tenido razon y ahora
vengo á decirle: ¡arme mi brazo y que la revolucion estalle! ¡Estoy
dispuesto á servirle con todos los desgraciados!
La nube que oscurecía la frente de Simoun se disipó de repente, un
rayo de triunfo brilló en sus ojos, y cual si hubiese encontrado lo
que buscaba, exclamó:
--¡Tengo razon, sí, tengo razon! el derecho me asiste, la justicia está
de mi parte, porque mi causa es la de los desgraciados... ¡Gracias,
joven, gracias! Usted viene á disipar mis dudas, á combatir mis
vacilaciones...
Simoun se había levantado y su semblante estaba radiante: el ardor
que le animaba cuando, cuatro meses antes, esplicaba á Basilio sus
proyectos en el bosque de sus antepasados, reaparecía en su fisonomía
como un rojo crepúsculo despues de un nublado día.
--Sí, continuó; el movimiento ha fracasado y me han desertado muchos
porque me vieron abatido vacilar en el supremo instante: ¡conservaba
algo en mi corazon, no era dueño de todos mis sentimientos y amaba
todavía!... Ahora todo está muerto en mí, ¡y ya no hay cadáver sagrado
cuyo sueño tenga que respetar! Ya no habrá vacilaciones; ¡usted mismo,
joven ideal, paloma sin hiel, comprende la necesidad, se viene á
mí y me excita á la accion! ¡Algo tarde abre usted sus ojos! Entre
usted y yo hubiéramos combinado y ejecutado planes maravillosos: ¡yo
arriba, en las altas esferas, esparciendo la muerte entre perfumes
y oro, embruteciendo á los viciosos y corrompiendo ó paralizando á
los pocos buenos, y usted abajo, en el pueblo, entre los jóvenes,
evocando la vida entre sangre y lágrimas! Nuestra obra, en vez de
ser sangrienta y bárbara, habría sido piadosa, perfecta, artística
¡y de seguro que el éxito habría coronado nuestros esfuerzos! Pero
ninguna inteligencia me ha querido secundar; miedo ó afeminamiento he
encontrado en las clases ilustradas, egoismo en las ricas, candidez
en la juventud, ¡y solo en las montañas, en los destierros, en la
clase miserable he encontrado á mis hombres! ¡Pero no importa! ¡si
no podemos sacar una acabada estatua, pulida en todos sus detalles,
del bloc grosero que desbastaremos se encargarán los que han de venir!
Y cogiendo del brazo á Basilio que le escuchaba sin comprenderle en
todo, le condujo al laboratorio donde encerraba sus productos químicos.
Sobre una mesa se encontraba una gran caja de chagrin oscuro, parecida
á las que contienen las vajillas de plata que se regalan entre sí los
ricos y los soberanos. Simoun la abrió y descubrió, sobre fondo de raso
rojo, una lámpara de forma muy original. El recipiente lo figuraba una
granada, grande como la cabeza de un hombre, algo rajada, dejando ver
los granos del interior, figurados por enormes cornalinas. La corteza
era de oro oxidado é imitaba perfectamente hasta las rugosidades de
la fruta.
Simoun la sacó con mucho cuidado, y retirando el mechero, descubrió
el interior del depósito: el casco era de acero, grueso como dos
centímetros y podía contener algo más de un litro. Basilio le
interrogaba con la mirada: nada comprendía.
Sin entrar en explicaciones, Simoun sacó cuidadosamente de un armario
un frasco y enseñó al joven la fórmula escrita encima.
--¡Nitro-glicerina! murmuró Basilio, retrocediendo y retirando
instintivamente las manos. ¡Nitro-glicerina! ¡Dinamita!
Y creyendo comprender, se le erizaron los cabellos.
--¡Sí, nitro-glicerina! repitió lentamente Simoun con su sonrisa
fría y contemplando con delicia el frasco de cristal; ¡es algo más
que nitro-glicerina! ¡Son lágrimas concentradas, odios comprimidos,
injusticias y agravios! Es la suprema razon del debil, fuerza contra
fuerza, violencia contra violencia... Hace un momento vacilaba
yo, ¡pero usted ha venido y me ha convencido! ¡Esta noche volarán
pulverizados los tiranos más peligrosos, los tiranos irresponsables,
los que se ocultan detrás de Dios y del Estado, y cuyos abusos
permanecen impunes porque nadie los puede fiscalizar! ¡Esta noche
oirá Filipinas el estallido, que convertirá en escombros el informe
monumento cuya podredumbre he apresurado!
Basilio estaba atontado: sus labios se movían sin producir sonido,
sentía que se le paralizaba la lengua, se le secaba el paladar. Por
primera vez veía el poderoso líquido, de que tanto había oido
hablar, como destilado en sombras por hombres sombríos, en guerra
abierta contra la sociedad. Ahora lo tenía delante, trasparente y
algo amarillento, vertiéndose con infinito cuidado en el seno de la
artística granada. Simoun se le aparecía como el genio de las Mil y una
noches que sale del seno del mar: adquiría proporciones gigantescas,
tocaba el cielo con la cabeza, hacía estallar la casa y sacudía toda
la ciudad con un movimiento de sus espaldas. La granada tomaba las
proporciones de una colosal esfera, y la rajadura, una risa infernal,
por donde se escapaban brasas y llamas. Por primera vez Basilio se
dejaba llevar del espanto y perdía su sangre fría por completo.
Simoun, entretanto, atornillaba sólidamente un curioso y complicado
aparato, ponía el tubo de cristal, la bomba, y coronaba el todo con
una elegantísima pantalla. Despues se alejó á cierta distancia para
contemplar el efecto, inclinando la cabeza ya á un lado ya á otro
para mejor juzgar de su aspecto y magnificencia.
Y viendo que Basilio le miraba con ojos interrogadores á la vez que
recelosos, repuso:
--Esta noche habrá una fiesta y esa lámpara se colocará en medio de
un pequeño kiosko-comedor que he mandado hacer al efecto. La lámpara
dará una luz brillante que bastará ella sola para iluminarlo todo,
mas, al cabo de veinte minutos la luz se oscurecerá, y entonces, cuando
quieran subir la mecha, detonará una cápsula de fulminato de mercurio,
la granada estallará y con ella el comedor, en cuyo techo y en cuyo
suelo he escondido sacos de pólvora para que nadie se pueda salvar...
Hubo un momento de silencio: Simoun contemplaba su aparato y Basilio
apenas respiraba.
--De manera que mi concurso es inútil, observó el joven.
--No, usted tiene otra mision que cumplir, contestó Simoun pensativo;
á las nueve la máquina habrá estallado y la detonacion se habrá oido en
las comarcas próximas, en los montes, en las cavernas. El movimiento
que yo había combinado con los artilleros ha fracasado por falta de
direccion y simultaneidad. Esta vez no será así. Al oirse el estallido,
los miserables, los oprimidos, los que vagan perseguidos por la fuerza
saldrán armados y se reunirán con Cabesang Tales en Santa Mesa para
caer sobre la ciudad; en cambio, los militares á quienes he hecho creer
que el General simula un alzamiento para tener motivos de permanecer,
saldrán de sus cuarteles dispuestos á disparar sobre cualesquiera
que designare. El pueblo entretanto, alebrestado, y creyendo llegada
la hora de su degüello, se levantará dispuesto á morir, y como no
tiene armas ni está organizado, usted con algunos otros se pondrá á
su cabeza y los dirigirá á los almacenes del chino Quiroga en donde
guardo mis fusiles. Cabesang Tales y yo nos reuniremos en la ciudad
y nos apoderaremos de ella, y usted en los arrabales ocupará los
puentes, se hará fuerte, estará dispuesto á venir en nuestra ayuda
y pasará á cuchillo no solo á la contrarevolucion, ¡sino á todos los
varones que se nieguen á seguir con las armas!
--¿A todos? balbuceó Basilio con voz sorda.
--¡A todos! repitió con voz siniestra Simoun, á todos, indios,
mestizos, chinos, españoles, á todos los que se encuentren sin valor,
sin energía... ¡Es menester renovar la raza! ¡Padres cobardes solo
engendrarán hijos esclavos y no vale la pena destruir para volver á
edificar con podridos materiales! ¿Qué? ¿se estremece usted? ¿Tiembla,
teme sembrar la muerte? ¿Qué es la muerte? ¿Qué significa una hecatombe
de veinte mil desgraciados? ¡Veinte mil miserias menos, y millones de
miserables salvados en su orígen! No vacila el más tímido gobernante
en dictar una ley que ha de producir la miseria y la lenta agonía de
miles y miles de súbditos, prósperos, trabajadores, felices tal vez,
para satisfacer un capricho, una ocurrencia, el orgullo, ¿y usted se
estremece porque en una noche han de terminar para siempre las torturas
morales de muchos ilotas, porque un pueblo paralitico y viciado ha de
morir para dar paso á otro nuevo, joven, activo, lleno de energía? ¿Qué
es la muerte? ¡La nada ó un sueño! ¿Serán sus pesadillas comparables
á la realidad de torturas de toda una miserable generacion? ¡Importa
destruir lo malo, matar al dragon para bañar en su sangre al pueblo
nuevo y hacerle robusto é invulnerable! ¿Qué otra cosa es la inexorable
ley de la naturaleza, ley de lucha en que el débil tiene que sucumbir
para que no se perpetúe la viciada especie y la creacion camine al
retroceso? ¡Fuera, pues, femeniles preocupaciones! ¡Cúmplanse las leyes
eternas, ayudémoslas y pues que la tierra es tanto más fecunda cuanto
más se abona con sangre, y los tronos más seguros cuanto más cimentados
en crímenes y cadáveres, no haya vacilacion, no haya duda! ¿Qué es
el dolor de la muerte? La sensacion de un momento, acaso confuso,
acaso agradable como el tránsito de la vigilia al sueño... ¿Qué se
destruye? ¡Un mal, el sufrimiento, yerbas raquíticas para plantar en
su lugar otras lozanas! ¿Llamará usted á eso destruir? Yo lo llamaría
crear, producir, sustentar, vivificar...
Tan sangrientos sofismas, dichos con conviccion y frialdad, anonadaban
al joven, cuya inteligencia debilitada por más de tres meses de
carcel y cegada por la pasion de la venganza, no estaba en disposicion
para analizar el fondo moral de las cosas. En vez de replicar que el
hombre más malo ó pusilánime siempre es algo más que la planta, porque
tiene un alma y una inteligencia que, por viciadas ó embrutecidas que
pudiesen estar, se pueden redimir; en vez de contestar que el hombre
no tiene derecho de disponer de la vida de nadie en provecho de nadie,
y que el derecho á la vida reside en cada individuo como el derecho
á la libertad y á la luz; en vez de replicar que si es abuso en los
gobiernos castigar en el reo las faltas ó crímenes, en que ellos le han
precipitado por incuria ó torpeza, cuanto más lo sería en un hombre,
por grande y por desgraciado que fuere, castigar en el pobre pueblo
las faltas de sus gobiernos y antepasados, en vez de decir que Dios
solo puede tentar tales medios, que Dios puede destruir porque puede
crear, ¡Dios que tiene en su mano la recompensa, la eternidad y el
porvenir para justificar sus actos y el hombre nunca! en vez de estos
raciocinios, Basilio solo opuso una vulgar observacion:
--¡Qué dirá el mundo, á la vista de tanta carnicería?
--¡El mundo aplaudirá como siempre, dando la razon al más fuerte,
al más violento! contestó con su sonrisa cruel Simoun. Europa ha
aplaudido cuando las naciones del occidente sacrificaron en América
millones de indios y no por cierto para fundar naciones mucho más
morales ni más pacíficas; allí está el Norte con su libertad egoista,
su ley de Lynch, sus engaños políticos; ¡allí está el Sur con sus
repúblicas intranquilas, sus revoluciones bárbaras, guerras civiles,
pronunciamientos, como en su madre España! Europa ha aplaudido
cuando la poderosa Portugal despojó á las islas Molucas, aplaude
cuando Inglaterra destruye en el Pacífico las razas primitivas para
implantar la de sus emigrados. Europa aplaudirá como se aplaude al
fin de un drama, al fin de una tragedia: ¡el vulgo se fija poco en el
fondo, solo mira el efecto! Hágase bien el crímen y será admirado y
tendrá más partidarios que los actos virtuosos, llevados á cabo con
modestia y timidez.
--Perfectamente, repuso el joven; ¿qué me importa al fin y al cabo que
aplaudan ó censuren, cuando ese mundo no se cuida de los oprimidos,
de los pobres y de las débiles mujeres? ¿Qué consideraciones he de
guardar con la sociedad cuando ella no ha guardado ninguna conmigo?
--Así me gusta, dijo triunfante el tentador.
Y sacando de un cajon un revólver, se lo entregó diciendo:
--A las diez espéreme frente á la iglesia de S. Sebastian para recibir
mis últimas instrucciones. ¡Ah! A las nueve debe usted encontrarse
lejos, ¡muy lejos de la calle Anloague!
Basilio examinó el arma, la cargó y guardó en el bolsillo interior
de su americana. Se despidió con un seco:--¡Hasta luego!