A raiz de los acontecimientos narrados, muchas madres llamaron á sus
hijos para que inmediatamente dejasen los estudios y se dedicasen á
la holganza ó á la agricultura.
Cuando llegaron los exámenes, abundaron los suspensos y raro fué el
que aprobó el curso, habiendo pertenecido á la famosa asociacion de la
que nadie se volvió á ocupar. Pecson, Tadeo y Juanito Pelaez fueron
igualmente suspendidos; el primero recibió las calabazas con su risa
de bobo y prometió entrar de oficial en un juzgado cualquiera; Tadeo,
con la cuacha eterna al fin, se pagó una iluminacion encendiendo una
hoguera con sus libros; los demás tampoco salieron bien librados y al
fin tuvieron que dejar sus estudios, con gran contento de las madres
que siempre se imaginan á sus hijos ahorcados si llegan á enterarse
de lo que dicen los libros. Solo Juanito Pelaez soportó mal el golpe,
teniendo que dejar para siempre las aulas por el almacen de su padre,
que en adelante le asociaba á su comercio: el truhan encontraba la
tienda menos divertida, pero sus amigos, al cabo de algun tiempo,
le vieron otra vez con la redonda joroba, lo cual era síntoma de
que renacía su buen humor. El rico Makaraig, ante la hecatombe,
se guardó muy bien de esponerse y, habiendo conseguido pasaporte
á fuerza de dinero, se embarcó corriendo para Europa: decíase que
S. E. el Capitan General, en su deseo de hacer el bien por el bien
y cuidadoso de la comodidad de los filipinos, dificultaba la marcha
á todo aquel que no probase antes materialmente que puede gastar
y vivir con holgura en medio de las ciudades europeas. De nuestros
conocidos, los que salieron mejor librados fueron Isagani y Sandoval:
el primero aprobó la asignatura que cursaba bajo el P. Fernandez y
fué suspendido en las otras, y el segundo pudo marear al tribunal á
fuerza de discursos. Basilio fué el único que ni aprobó asignaturas,
ni fué suspendido, ni se marchó á Europa: continuó en la carcel de
Bilibid, sometido cada tres días á interrogatorios, los mismos casi del
principio, sin más novedad que la del cambio de jueces instructores,
pues parecía que delante de tanta culpabilidad todos sucumbían ó
huían horrorizados.
Y mientras dormían y se arrastraban los espedientes, mientras los
papeles sellados menudeaban como cataplasmas de médico ignorante
por el cuerpo de un hipocondríaco, Basilio se enteraba en todos sus
detalles de cuanto había ocurrido en Tianì, de la muerte de Julî
y la desaparicion de Tandang Selo. Sinong, el apaleado cochero que
le había conducido á San Diego, se encontraba entonces en Manila,
le visitaba y le ponía al corriente de todo.
Entretanto Simoun había recobrado su salud, al menos así lo dijeron
los periódicos. Ben Zayb dió gracias al «Omnipotente que vela por
tan preciosa vida» y ha manifestado la esperanza de que el Altísimo
hará que un día se descubra al criminal, cuyo delito permanece
impune gracias á la caridad de la víctima, que observa demasiado
las palabras del Gran Mártir: ¡Padre, perdónalos que no saben lo que
hacen!» Estas y otras cosas más decía Ben Zayb en impreso, mientras
que de boca indagaba si era cierto el rumor de que el opulento joyero
iba á dar una gran fiesta, un banquete como jamás se ha visto otro,
parte como celebrando su curacion, parte como una despedida al país en
donde había aumentado su fortuna. Se susurraba, es cierto, que Simoun,
debiendo marcharse con el Capitan General cuyo mando expiraba el Mayo,
hacía todos los esfuerzos para conseguir en Madrid una prórroga y
aconsejaba á S. E. enprendiese una campaña para tener motivos de
quedarse, pero se decía tambien que Su Excelencia, por primera vez,
desoía los consejos de su favorito, tomando como cuestion de honor no
retener ni por un solo día de más el poder que le habían concedido,
rumor que hacía creer que la anunciada fiesta iba á tener lugar
dentro de muy poco. Simoun, por lo demás, permanecía impenetrable;
se había vuelto menos comunicativo aun, se dejaba ver poco, y sonreía
misteriosamente cuando le hablaban de la anunciada fiesta.
--Vamos, señor Simbad, le había dicho una vez Ben Zayb; ¡deslúmbrenos
usted con algo yankee! Ea, que algo le debe á este país.
--¡Sin duda alguna! respondía con su seca sonrisa.
--Echará usted la casa por la ventana, ¿eh?
--Es posible, solo que como no tengo casa...
--¡Haber comprado la de Capitan Tiago que consiguió por nada el
señor Pelaez!
Simoun se había callado y desde entonces le vieron á menudo en
el almacen de don Timoteo Pelaez, con quien se dijo que se había
asociado. Semanas despues, por el mes de Abril, corría la voz de que
Juanito Pelaez, el hijo de don Timoteo, se iba á casar con Paulita
Gomez, la joven, codiciada por nacionales y estrangeros.
--¡Hay hombres afortunados! decían otros comerciantes envidiosos;
comprar una casa por nada, vender bien su partida de zinc, asociarse
con un Simoun y casar á su hijo con una rica heredera, ¡diga usted
que son gollerías que no las tienen todos los hombres honrados!
--¡Si supieran ustedes de dónde le viene al señor Pelaez esa gollería!
Y con el tono de voz se indicaba á sí mismo.
--Y tambien les aseguro que habrá fiesta y en grande, añadía con
misterio.
Era cierto, en efecto, que Paulita se casaba con Juanito Pelaez. Sus
amores con Isagani se habían desvanecido como todos los primeros
amores, basados en la poesía, en el sentimiento. Los sucesos de
la pasquinada y la prision habían despojado al joven de todos sus
atractivos. ¿A quién se le ocurre buscar el peligro, desear participar
de la suerte de sus compañeros, presentarse, cuando todo el mundo se
escondía y rechazaba toda complicidad? Era un quijotismo, una locura,
que ninguna persona sensata en Manila se lo podía perdonar y tenía
mucha razon Juanito en ponerle en ridículo, representándole en el
momento en que se iba al Gobierno Civil. Naturalmente, la brillante
Paulita ya no podía amar á un joven que tan erradamente comprendía la
sociedad y que todos condenaban. Ella empezó á reflexionar. Juanito
era listo, hábil, alegre, pillo, hijo de un rico comerciante de Manila
y mestizo español por añadidura, ó si se ha de creer á don Timoteo,
español de pura sangre; en cambio, Isagani era un indio provinciano
que soñaba en sus bosques llenos de sanguijuelas, de familia dudosa,
con un tío clérigo que quizás será enemigo del lujo y de bailes, á
que ella era muy aficionada. Una hermosa mañana cayó pues en la cuenta
de que había sido una solemne tonta en preferirle á su rival y desde
entonces se notó el aumento de la joroba de Pelaez. La ley descubierta
por Darwin la cumplía Paulita inconsciente pero rigurosamente: la
hembra se entrega al macho más habil, al que sabe adaptarse al medio
en que se vive, y para vivir en Manila no había otro como Pelaez,
que desde pequeño sabía al dedillo la gramática parda.
La cuaresma pasó con su semana santa, con su cortejo de procesiones y
ceremonias, sin más novedad que un misterioso motin de los artilleros,
cuya causa jamás se llegó á divulgar. Se derribaron las casas de
materiales ligeros, mediante el concurso de un cuerpo de caballería
para cargar sobre los dueños en el caso de que se sublevasen: hubo
muchos llantos y muchas lamentaciones pero la cosa no pasó de allí. Los
curiosos, entre ellos Simoun, fueron á ver á los que se quedaban sin
hogar, paseándose indiferentes y se dijeron que en adelante podían
dormir tranquilos.
A fines de Abril, olvidados ya todos los temores, Manila solo se
ocupaba de un acontecimiento. Era la fiesta que don Timoteo Pelaez
iba á dar en las bodas de su hijo, de quien el General, gracioso
y condescendiente, se prestaba á ser el padrino. Decíase que Simoun
había arreglado el asunto. El casamiento se celebraría dos días antes
de la marcha de su Excelencia; ésta honraría la casa y haría un regalo
al novio. Susurrábase que el joyero derramaría cascadas de brillantes,
arrojaría á puñados perlas, en obsequio al hijo de su asociado y que,
no pudiendo dar ninguna fiesta en su casa por no tener una propia y
por ser solteron, aprovecharía la ocasion para sorprender al pueblo
filipino con una sentida despedida. Toda Manila se preparaba para ser
invitada; nunca la inquietud se apoderó con más vigor de los ánimos
como ante el pensamiento de no ser de los convidados. Se disputaban la
buena amistad de Simoun, y muchos maridos, obligados por sus esposas,
compraron barras de hierro y piezas de zinc para hacerse amigos de
don Timoteo Pelaez.