L'Espagne et sa vertu, l'Espagne et sa grandeur
Tout s'en va!
(Victor Hugo).
Los periódicos de Manila estaban tan ocupados por la reseña de un
asesinato célebre cometido en Europa, por los panegíricos y bombos á
varios predicadores de la capital, por el éxito cada vez más ruidoso
de la opereta francesa, que apenas podían dedicar alguno que otro
artículo á las fechorías que cometía en provincias una banda de
tulisanes capitaneada por un gefe terrible y feroz que se llamaba
Matangláwin. Sólo, cuando el asaltado era un convento ó un español,
entonces aparecían largos artículos dando pavorosos detalles y
pidiendo el estado de sitio, enérgicas medidas, etc., etc. Así es
que tampoco pudieron ocuparse de lo ocurrido en el pueblo de Tianì,
ni hubo una alusion ni un rumor. En círculos privados se susurraba
algo, pero todo tan confuso, tan incierto, tan poco consistente que
ni siquiera se supo el nombre de la víctima, y los que más interés
manifestaron, lo olvidaron pronto, creyendo en alguna componenda con
la familia ó parientes ofendidos. Lo único que se supo de cierto fué
que el P. Camorra tuvo que dejar el pueblo para trasladarse á otro
ó estar algun tiempo en el convento de Manila.
--¡Pobre P. Camorra! exclamaba Ben Zayb echándoselas de generoso;
¡era tan alegre, tenía tan buen corazon!
Era cierto que los estudiantes habían recobrado su libertad gracias
á las instancias de sus parientes, que no perdonaron gastos, regalos
ni sacrificio alguno. El primero que se vió libre fué, como era de
esperar, Makaraig y el último, Isagani, porque el P. Florentino no
llegó á Manila sino una semana despues de los acontecimientos. Tantos
actos de clemencia le valieron al General el epíteto de clemente y
misericordioso, que Ben Zayb se apresuró á añadir á la larga lista
de sus adjetivos.
El único que no obtuvo la libertad fué el pobre Basilio, acusado ademas
de tener en su poder libros prohibidos. No sabemos si se referirían
al tratado de Medicina Legal y Toxicología del Dr. Mata, ó á los
varios folletos que se le encontraron sobre asuntos de Filipinas
ó á ambas cosas juntas; es el caso que se dijo tambien que vendía
clandestinamente obras prohibidas y sobre el infeliz cayó todo el
rigor de la romana de la justicia.
Contaban que á su Excelencia le habían dicho:
--Es menester que haya alguno para que quede en salvo el prestigio de
la autoridad y no se diga que hemos metido mucho ruido para nada. La
autoridad ante todo. ¡Es menester que se quede alguno!
--Queda uno solo, uno que, segun el P. Irene, fué criado de
Cpn. Tiago... No hay quien le reclama...
--¿Criado y estudiante? preguntó S. E.; ¡pues entonces ése, que se
quede ése!
--Me permitirá V. E., observó el alto empleado que se hallaba presente,
por casualidad; pero me han dicho que ese chico es estudiante de
Medicina, sus profesores hablan bien de él... si continúa preso pierde
un año, y como este año termina...
La intervencion del alto empleado en favor de Basilio, en vez de
hacerle bien, le perjudicó. Hacía tiempo que entre el empleado y
S. E. había cierta tirantez, ciertos disgustos, aumentados por dimes
y diretes. S. E. se sonrió nerviosamente y contestó:
--¿Sí? pues razon de más para que continúe preso; un año más de
carrera, en vez de hacerle daño, le hará bien, á él y á todos
los que despues caigan en sus manos. Por mucha práctica no es
uno mal médico. ¡Razon de más para que se quede! ¡Y luego dirán
los reformistas filibusterillos que nosotros no nos cuidamos del
país! añadió S. E. riendo sarcásticamente.
El alto empleado comprendió su falta y tomó á pecho la causa de
Basilio.
--Pero es que ese joven me parece el más inocente de todos, repuso
con cierta timidez.
--Se le han ocupado libros, contestó el secretario.
--Sí, obras de Medicina y folletos escritos por peninsulares... aun
sin cortar las hojas... y ¿qué quiere eso decir? Ademas, ese joven
no ha estado en el banquete de la pansitería, ni se ha metido en
nada... Como dije, es el más inocente...
--¡Mejor que mejor! exclamó alegremente S. E.; ¡así el castigo resulta
más saludable y ejemplar como que infunde más terror! Gobernar es
obrar así, señor mío; hay que sacrificar muchas veces el bien de
uno por el bien de muchos... Pero yo hago más: del bien de uno,
saco el bien de todos, salvo el principio de autoridad que peligra,
el prestigio se respeta y se mantiene. ¡Con este acto mío corrijo
errores de propios y estraños!
Hizo un esfuerzo para contenerse el alto empleado, y desendiéndose
de las alusiones, quiso apelar á otro medio.
--Pero V. E. no teme... ¿la responsabilidad?
--¿Qué he de temer? interrumpió el General impaciente; ¿no dispongo yo
de poderes discrecionales? ¿no puedo hacer lo que me dé la gana para el
mejor gobierno de estas islas? ¿Qué tengo que temer? ¿Puede acaso un
criado acusarme ante los tribunales y pedirme responsabilidad? ¡Ca! Y
aunque dispusiera de medios, tendría antes que pasar por el Ministerio,
y el Ministro...
Hízo un gesto con la mano y se echó á reir.
--El Ministro que me nombró, sabe el diablo donde está, ¡y se tendrá
por honrado con poderme saludar cuando vuelva! El actual, á ese me le
paso... y tambien se lo llevará pateta... El que le sustituya se verá
tan apurado con su nuevo cargo y no se podrá ocupar de bagatelas. Yo,
señor mío, no tengo más que mi conciencia, obro segun mi conciencia,
mi conciencia está satisfecha, y me importan un comino los juicios
de fulano ó zutano. Mi conciencia, señor mío, ¡mi conciencia!
--Sí, mi General, pero el pais...
--¡Tu tu tu tu! El pais, ¿qué tengo yo que ver con el pais? ¿He
contraido por ventura compromisos con él? ¿Le debo yo mi cargo? ¿Fué
él quien me ha elegido?
Hubo un momento de pausa. El alto empleado tenía la cabeza
baja. Despues, como si tomase una decision, la levantó, miró al General
fijamente y, pálido y algo tembloroso, dijo con energía reprimida:
--¡No importa, mi General, nada importa eso! V. E. no ha sido elegido
por el pueblo filipino sino por España, ¡razon de más para que
V. E. trate bien á los filipinos para que no puedan reprochar nada á
España! ¡Razon de más, mi General! V. E. al venir aquí ha prometido
gobernar con justicia, buscar el bien...
--¿Y no lo estoy haciendo? preguntó exasperado S. E. dando un paso;
¿no le he dicho á usted que saco del bien de uno el bien de todos? ¿Me
va usted ahora á dar lecciones? Si usted no comprende mis actos ¿qué
culpa tengo yo? ¿Le fuerzo acaso á que participe de mi responsabilidad?
--¡Sin duda que no! replicó el alto empleado irguiéndose con
altanería; ¡V. E. no me fuerza, V. E. no me puede forzar á mí,
á mí á que participe de su responsabilidad! La mía la entiendo de
otra manera, y porque la tengo, voy á hablar pues me he callado por
mucho tiempo. ¡Oh, no haga V. E. esos gestos porque el que aquí haya
yo venido con este ó aquel cargo no quiere decir que abdique de mis
derechos y me reduzca al papel de esclavo, sin voz ni dignidad! Yo no
quiero que España pierda este hermoso imperio, esos ocho millones de
súbditos sumisos y pacientes que viven de desengaños y esperanzas;
pero tampoco quiero manchar mis manos en su esplotacion inhumana,
no quiero que se diga jamás que, destruida la trata, España la ha
continuado en grande cubriéndola con su pabellon y perfeccionándola
bajo un lujo de aparatosas instituciones. No, España para ser grande
no tiene necesidad de ser tirana; España se basta á sí misma, ¡España
era más grande cuando solo tenía su territorio, arrancado de las
garras del moro! Yo tambien soy español, pero antes que español
soy hombre y antes que España y sobre España está su honra, estan
los altos principios de moralidad, ¡los eternos principios de la
inmutable justicia! Ah, usted se asombra de que piense así, porque
usted no tiene idea de la grandeza del nombre español, no la tiene
usted, no; usted lo identifica con las personas, con los intereses;
para usted el español puede ser pirata, puede ser asesino, hipócrita,
falso, todo, con tal de conservar lo que tiene; para mí, el español
debe perderlo todo, imperio, poderío, riquezas, todo, ¡todo antes
que el honor! ¡Ah, señor mío! Nosotros protestamos cuando leemos que
la fuerza se antepone al derecho, y aplaudimos cuando en la práctica
la vemos hipócrita no solo torcerlo sino ponerlo á su servicio para
imponerse... Por lo mismo que amo á España, ¡hablo aquí y desafío el
fruncimiento de sus cejas! Yo no quiero que en las edades venideras
sea acusada de madrastra de naciones, vampiro de pueblos, tirana
de pequeñas islas, ¡porque sería horrible escarnio á los nobles
propósitos de nuestros antiguos reyes! ¿Cómo cumplimos con su sagrado
testamento? Prometieron á estas islas amparo y rectitud y jugamos con
las vidas y libertades de sus habitantes; prometieron civilizacion
y se la escatimamos, temiendo que aspiren á más noble existencia;
les prometieron luz, y les cegamos los ojos para que no vean nuestra
bacanal; prometieron enseñarles virtudes y fomentamos sus vicios y,
en vez de la paz, de la riqueza y la justicia, reina la zozobra, el
comercio muere y el escepticismo cunde en las masas. ¡Pongámonos en
lugar de los filipinos y preguntémonos qué haríamos en su caso! ¡Ay! en
su silencio de usted leo su derecho de sublevarse, y si las cosas
no se mejoran se sublevarán un día ¡y á fé que la justicia estará
de su parte y con ella las simpatías de todos los hombres honrados,
de todos los patriotas del mundo! Cuando á un pueblo se le niega la
luz, el hogar, la libertad, la justicia, bienes sin los cuales no es
posible la vida y por lo mismo constituyen el patrimonio del hombre,
ese pueblo tiene derecho para tratar al que así le despoja como al
ladron que nos ataja en el camino: no valen distingos, no valen
escepciones, no hay más que un hecho, una propiedad, un atentado
y todo hombre honrado que no vaya de parte del agredido, se hace
cómplice y mancha su conciencia. Sí, yo no soy militar, y los años
van apagando el poco fuego de mi sangre, pero así como me dejaría
hacer pedazos por defender la integridad de España contra un invasor
etrangero ó contra las veleidades injustificadas de sus provincias,
así tambien le aseguro á usted que me pondría del lado de los filipinos
oprimidos, ¡porque antes prefiero sucumbir por los derechos hollados
de la humanidad que triunfar con los intereses egoistas de una nacion
aun cuando esta nacion se llamase como se llama España!...
--¿Sabe usted cuándo sale el correo? preguntó friamente S. E. cuando
el alto empleado hubo acabado de hablar.
El alto empleado le miró fijamente, despues bajó la cabeza y en
silencio dejó el palacio.
En el jardin encontró su coche que le esperaba.
--Cuando un día os declareis independientes, dijo algo ensimismado al
lacayo indio que le abría la portezuela, ¡acordaos de que en España
no han faltado corazones que han latido por vosotros y han luchado
por vuestros derechos!
--¿Dónde, señor? contestó el lacayo que no le había comprendido y
preguntaba á donde tenían que ir.
Dos horas despues, el alto empleado presentaba su dimision y anunciaba
su vuelta á España por el próximo correo.