TATAKUT

Ben Zayb tuvo inspiracion de profeta al sostener días pasados en su

periódico que la instruccion era funesta, funestísima para las Islas

Filipinas: ahora en vista de los acontecimientos de aquel viernes de

las pasquinadas, cacareaba el escritor y cantaba su triunfo, dejando

tamañito y confuso á su adversario Horatius, que se había atrevido

á ridiculizarle en la seccion de Pirotecnia de la manera siguiente:

De nuestro colega El Grito:

«La instruccion es funesta, ¡funestísima para las Islas Filipinas!»

Entendido.

Hace tiempo que El Grito cree representar al pueblo filipino;

ergo... como diría Fray Ibañez, si supiese latin.

Pero Fray Ibañez se vuelve musulman cuando escribe, y sabemos

como tratan los musulmanes á la instruccion.

Testiga, como decía un real predicador, ¡la biblioteca de

Alejandría!

Ahora tenía él razon, él, ¡Ben Zayb! ¡Si es el único que piensa en

Filipinas, el único que prevé los acontecimientos!

En efecto, la noticia de haberse encontrado pasquines subversivos en

las puertas de la Universidad, no solo quitó el apetito á muchos y

trastornó la digestion á otros, sino que tambien puso intranquilos á

los flemáticos chinos, que no se atrevieron á sentarse en sus tiendas

con una pierna recogida como de costumbre, por temor de que les faltase

tiempo de estenderla para echarse á correr. A las once de la mañana,

aunque el sol continuaba su curso y su Excelencia, el Capitan General,

no aparecía al frente de sus cohortes victoriosas, sin embargo el

desasosiego había aumentado: los frailes que solían frecuentar el

bazar de Quiroga, no aparecían y este síntoma presagiaba terribles

cataclismos. Si el sol hubiese amanecido cuadrado y los Cristos,

vestidos de pantalones, Quiroga no se habría alarmado tanto: habría

tomado al sol por un liampó y á las sagradas imágenes por jugadores

de chapdiquí que se quedan sin camisa; pero, ¡no venir los frailes

cuando precisamente acaban de llegarle novedades!

Por encargo de un provincial amigo suyo, Quiroga prohibió la

entrada en sus casas de liampó y chapdiquí á todo indio que no

fuese de antiguo conocido; el futuro consul de los chinos temía se

apoderasen de las cantidades que allí los miserables perdían. Despues

de disponer su bazar de manera que se pudiese cerrar rápidamente en

un momento apurado, se hizo acompañar de un guardia veterano para el

corto camino que separaba su casa de la de Simoun. Quiroga encontraba

aquella ocasion la más propicia para emplear los fusiles y cartuchos

que tenía en su almacen, de la manera como el joyero había indicado:

era de esperar que en los días sucesivos se operasen requisas y

entonces ¡cuántos presos, cuanta gente acoquinada no daría todas

sus economías! Era el juego de los antiguos carabineros de deslizar

debajo de las casas tabacos y hojas de contrabando, simular despues una

requisa ¡y obligar al infeliz propietario á sobornos ó multas! ¡Solo

que el arte se perfeccionaba y, desestancado el tabaco, se recurría

ahora á las armas prohibidas!

Pero Simoun no quería ver á nadie é hizo decir al chino Quiroga

que dejase las cosas como estaban, con lo que éste se fué á ver á

don Custodio para preguntarle si debía ó no armar su bazar, pero don

Custodio tampoco recibía: estaba á la sazon estudiando un proyecto de

defensa en el caso de verse sitiado. Acordóse de Ben Zayb para pedirle

noticias, mas, al encontrarle armado hasta los dientes y sirviéndose

de dos revólvers cargados como de pesa-papeles, Quiroga se despidió

lo más pronto que pudo y se metió en su casa, acostándose so pretesto

de que se sentía mal.

A las cuatro de la tarde ya no se hablaba de simples pasquinadas. Se

susurraban rumores de inteligencias entre los estudiantes y los

remontados de San Mateo; se aseguraba que en una pansitería juraron

sorprender la cindad; se habló de barcos alemanes, fuera de la bahía,

para secundar el movimiento, de un grupo de jóvenes que, so capa de

protesta y españolismo, se iban á Malakañang para ponerse á las órdenes

del General, y que fueron presos por descubrirse que iban armados. La

Providencia había salvado á su Excelencia, impidiendole recibir á

aquellos precoces criminales, por estar á la sazon conferenciando

con los Provinciales, el Vice Rector y el P. Irene, comisionado por

el P. Salví. Mucho de verdad había en estos rumores si hemos de creer

al P. Irene, que á la tarde se fué á visitar á Cpn. Tiago. Segun él,

ciertas personas habían aconsejado á S. E. aprovechase la ocasion

para inspirar el terror y dar para siempre una buena leccion á los

filibusterillos.

--Unos cuantos afusilados, había dicho uno, unas dos docenas de

reformistas, enviados al destierro inmediatamente y en medio del

silencio de la noche, ¡apagarían para siempre los humos de los

descontentos!

--No, replicaba otro que tenía buen corazon; basta con que las tropas

recorran las calles, el batallon de caballería por ejemplo, con el

sable desenvainado; basta arrastrar algunos cañones... ¡basta eso! El

pueblo es muy tímido y todos entrarán en sus casas.

--No, no, insinuaba otro; esta es la ocasion de deshacerse del enemigo;

no basta que entren en sus casas, hay que hacerlos salir, como los

malos humores, por medio de sinapismos. Si no se deciden á armar

motines, hay que excitarlos por medio de agentes provocadores... Yo

soy de opinion que las tropas esten sobre las armas y se aparente

abandono é indiferencia, para que se envalentonen y á cualquier

disturbio, allá encima, ¡y energía!

--El fin justifica los medios, decía otro; nuestro fin es nuestra santa

Religion y la integridad de la Patria. Declárese el estado de sitio,

y al más pequeño disturbio, coger á todos los ricos é ilustrados

y... ¡limpiar el país!

--Si no llego á tiempo para aconsejar la moderacion, añadía el

P. Irene, dirigiéndose á Capitan Tiago, de seguro que la sangre corría

ahora por las calles. Yo pensaba en usted, capitan... El partido de

los violentos no pudo conseguir mucho del General, y echaban de menos

á Simoun... ¡Ah! si Simoun no llega á enfermarse...

Con la prision de Basilio y la requisa que se hizo despues entre

sus libros y papeles, Capitan Tiago se había puesto ya bastante

malo. Ahora venía el P. Irene á aumentar su terror con historias

espeluznantes. Apoderóse del infeliz un miedo indecible que se

manifestó primero por ligero temblor, que se fué acentuando rápidamente

hasta no dejarle hablar. Con los ojos abiertos, la frente sudorosa, se

cogió del brazo del P. Irene, trató de incorporarse, pero no pudo y,

lanzando dos ronquidos, cayó pesadamente sobre la almohada. Capitan

Tiago tenía los ojos abiertos y babeaba: estaba muerto. Aterrado el

P. Irene huyó y, como el cadáver se le había agarrado, en su huida

lo arrastró fuera de la cama, dejándolo en medio del aposento.

A la noche el terror llegó á su máximum. Habían tenido lugar varios

hechos que hacían creer á los timoratos en los agentes provocadores.

Con ocasion de un bautismo, arrojáronse algunos cuartos á los chicos y

naturalmente hubo cierto tumulto en la puerta de la iglesia. Acertó

entonces pasar por allí un bravo militar que, algo preocupado,

tomó el barullo por filibusterada, y arremetiendo sable en mano

á los chicos, entra en el templo, y si no se enreda en la cortina

suspendida del coro, no iba á dejar dentro títere con cabeza. Verlo

esto los timoratos y echarse á correr propalando que la revolucion

había comenzado, fué cosa de un segundo. Cerráronse atropelladamente

las pocas tiendas que quedaban abiertas, chinos hubo que se dejaron

fuera piezas de tela, y no pocas mujeres perdieron sus chinelas al

correr por las calles. Afortunadamente no hubo más que un herido y

unos cuantos contusos, entre ellos el mismo militar al caerse luchando

con la cortina, que olía á capa del filibusterismo. Tal proeza le dió

tanto renombre y un renombre tan puro que ¡ojalá todas las famas se

conquistasen de análoga manera! ¡las madres llorarían menos y estaría

más poblada la tierra!

En un arrabal sorprendieron los vecinos á dos individuos que enterraban

armas debajo de una casa de tabla. Alborotóse el barrio; los habitantes

quisieron perseguir á los desconocidos para matarlos y entregarlos á

las autoridades, pero un vecino les calmó diciéndoles que bastaba con

presentar al tribunal el cuerpo del delito. Eran por lo demás viejas

escopetas que de seguro habrían herido al primero que hubiese querido

servirse de ellas.

--¡Bueno! decía un valenton; si quieren que nos alzemos, ¡adelante!

Pero el valenton fué sacudido á golpes y á puñetazos, pellizcado por

las mujeres como si fuese el propietario de las escopetas.

En la Hermita la cosa ya fué más grave si bien metió menos ruido y eso

que hubo tiros. Cierto empleado precavido que se había armado hasta

los dientes, vió, al anochecer, un bulto cerca de su casa, lo tomó

sin más ni más por estudiante y le soltó dos tiros de revólver. El

bulto resultó despues ser un guardia veterano y le enterraron y,

¡pax Christi! ¡Mutis!

En Dulumbayan resonaron tambien varios tiros, de los que resultaron

muertos un pobre viejo sordo, que no había oido el quien vive del

centinela, y un cerdo que lo oyó y no contestó España. Al viejo no

le enterraron facilmente pues no tenía con que pagar las exequias,

y al cerdo se lo comieron.

En Manila, en una dulcería que había cerca de la Universidad,

muy frecuentada por estudiantes, se comentaban las prisiones de

esta manera:

--¿Ya cogí ba con Tadeo? preguntaba la dueña.

--Abá, ñora, contestaba un estudiante que vivía en Parían, ¡pusilau ya!

--¡Pusilau! ¡Nakú! ¡no pa ta pagá conmigo su deuda!

--¡Ay! no jablá vos puelte, ñora, baká pa di quedá vos cómplice. ¡Ya

quemá yo ga el libro que ya dale prestau conmigo! ¡Baká pa di riquisá

y di encontrá! ¡andá vos listo, ñora!

--¿Ta quedá dice preso Isagani?

--¡Loco-loco tambien aquel Isagani, decía el estudiante indignado;

no sana di cogí con ele, ta andá pa presentá! O, bueno ga, ¡que topá

rayo con ele! ¡Siguro pusilau!

La señora se encogió de hombros.

--¡Conmigo no ta debí nada! ¿Y cosa di jasé Paulita?

--No di faltá novio, ñora. Siguro di llorá un poco, ¡luego di casá

con un español!

La noche fué de las más tristes. En las casas se rezaba el rosario

y piadosas mujeres dedicaban sendos padrenuestros y requiems á las

almas de parientes y amigos. A las ocho de la noche apenas se veía un

transeunte: solo de tiempo en tiempo se oía el galopar de un caballo

cuyos flancos golpea escandalosamente un sable, despues pitadas de

guardias, coches que pasan á todo escape como perseguidos por turbas

filibusteras.

Sin embargo no en todas partes reinaba el terror.

En la platería donde se hospedaba Plácido Penitente, se comentaban

tambien los acontecimientos y se discutían con cierta libertad.

--¡Yo no creo en los pasquines! decía un obrero delgaducho y seco á

fuerza de manejar el soplete; ¡para mí es obra del P. Salví!

--¡Ejem, ejem! tosió el maestro platero, hombre muy prudente que,

temiendo pasar por cobarde, no se atrevía á cortar la conversacion. El

buen hombre se contentaba con toser, guiñaba á su oficial y miraba

hácia la calle, como para decirle:--¡Pueden espiarnos!

--¡Por lo de la opereta! continuó el obrero.

--¡Ohó! exclamó uno que tenía cara de simple; ¡ya lo decía yo! Por

eso...

--¡Hm! repuso un escribiente en tono de compasion; lo de los pasquines

es cierto, Chichoy, ¡pero te daré su explicacion!

Y añadió en voz misteriosa:

--¡Es una jugada del chino Quiroga!

--¡Ejem, ejem! volvió á toser el maestro pasando el sapá del buyo de

un carrillo á otro.

--Créeme, Chichoy, ¡del chino Quiroga! ¡Lo he oido en la oficina!

--Nakú, ¡seguro pues! exclamó el simple, creyéndolo ya de antemano.

--Quiroga, continuó el escribiente, tiene cien mil pesos en plata

mejicana en la bahía. ¿Cómo hacerlos entrar? Pues sencillamente;

inventa los pasquines, aprovechándose de la cuestion de los

estudiantes, y mientras todo el mundo está alborotado, ¡pum! ¡unta

á los empleados y pasan las cajas!

--¡Justo, justo! exclamó el crédulo pegando un puñetazo sobre la

mesa. ¡Justo! Por eso palá el chino Quiroga... ¡por eso!

Y tiene que callarse no sabiendo qué decir del chino Quiroga.

--¿Y nosotros pagaremos los platos rotos...? preguntaba Chichoy

indignado.

--¡Ejem, ejem, ejjjem! tosió el platero oyendo acercarse pasos en

la calle.

En efecto los pasos se acercaban, y en la platería todos se callaron.

--San Pascual Bailon es un gran santo, dijo hipócritamente en voz

alta el platero, guiñando á los otros; san Pascual Bailon...

En aquel momento asomó la cara Plácido Penitente, acompañado del

pirotécnico que vimos recibiendo las órdenes de Simoun. Todos rodearon

á los recien llegados preguntando por novedades.

--No he podido hablar con los presos, respondió Plácido; ¡hay unos

treinta!

--¡Estaos alerta! añadió el pirotécnico, cambiando una mirada

de inteligencia con Plácido; dicen que esta noche va á haber un

degüello...

--¿Ja? ¡Rayo! exclamó Chichoy, buscando con los ojos un arma y no

viendo ninguna, cogió su soplete.

El maestro se sentó; le temblaban las piernas. El crédulo ya se veía

degollado y lloraba de antemano por la suerte de su familia.

--¡Ca! dijo el escribiente; ¡degüello no va á haber! El consejero

del--é hizo una seña misteriosa--está por fortuna enfermo.

--¡Simoun!

--¡Ejem, ejem, ejjjem!

Plácido y el pirotécnico se cambiaron otra mirada.

--Si no llega á estar enfermo ese...

--¡Se simula una revolucion! añadió negligentemente el pirotécnico,

encendiendo un cigarillo por encima del tubo del quinqué; y ¿qué

haríamos entonces?

--Pues hacerla ya de véras, porque, ya que nos van á degollar...

La tos violenta que se apoderó del platero impidió que se oyese la

continuacion de la frase. Debía Chichoy decir cosas terribles porque

hacía gestos asesinos con su soplete y ponía cara de tragico japonés.

--¡Digan ustedes que se finge enfermo porque tiene miedo de salir! Como

le vea...

Al maestro le atacó otra violentísima tos y acabó por suplicar á

todos se retirasen.

--Sin embargo, prepararse, prepararse, decía el pirotécnico. Si

quieren forzarnos á matar ó á morir...

Otra tos le volvió á atacar al infeliz patron y los obreros ú

oficiales se retiraron á sus casas, llevándose martillos, sierras y

otros instrumentos más ó menos cortantes, más ó menos contundentes,

disponiéndose á vender caras sus vidas. Plácido y el pirotécnico

volvieron á salir.

--¡Prudencia, prudencia! recomendaba el maestro con voz lacrimosa.

--¡Usté ya no más cuidado con mi viuda y mis huérfanos! suplicaba el

crédulo con voz más lacrimosa todavía.

El infeliz ya se veía acribillado de balas y enterrado.

Aquella noche los guardias de las puertas de la ciudad fueron

sustituidos por artilleros peninsulares y al día siguiente, á los

primeros rayos del sol, Ben Zayb que se aventuró á dar un paseo

matinal para ver el estado de las murallas, encontró en el glacis,

cerca de la Luneta, el cadáver de una jovencita india, medio desnuda y

abandonada. Ben Zayb se horrorizó y despues de tocarla con su baston,

y mirar hácia la direccion de las puertas, continuó su camino, pensando

componer sobre el hecho un cuentecito sentimental. Ninguna alusion,

sin embargo, apareció en los periódicos de los días sucesivos, los

cuales se ocuparon de caidas y resbalones, ocasionados por cáscaras

de plátanos, y, como falto de noticias, el mismo Ben Zayb tuvo que

comentar largamente cierto ciclon que en América destruyó pueblos y

causó la muerte á más de dos mil personas. Entre otras lindezas decía:

«El sentimiento de la caridad MAS LATENTE EN LOS PUEBLOS CATÓLICOS

QUE EN OTRO ALGUNO y el recuerdo de Aquel que á impulsos de la

misma se sacrificó por la humanidad, nos mueve (sic) á compasion

por las desgracias de nuestros semejantes ¡y á hacer votos por

que en este país, tan castigado por los ciclones, no se produzcan

escenas tan desoladoras como las que han debido presenciar los

habitantes de los Estados Unidos!»

Horatius no perdonó la ocasion y, sin hablar tampoco ni de los muertos,

ni de la pobre india asesinada, ni de los atropellos, le contestó en

su Pirotecnia:

«Despues de tanta caridad y tanta humanidad, Fray Ibañez, digo

Ben Zayb, se reduce á pedir para Filipinas.

Pero se comprende.

Porque no es católico y el sentimiento de la caridad es más

latente, etc., etc., etc.

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 59 / 83 题