EL FRAILE Y EL FILIPINO

Vox populi, vox Dei.

Hemos dejado á Isagani arengando á sus amigos. En medio de su

entusiasmo, se le acercó un capista para decirle que el P. Fernandez,

uno de los catedráticos de ampliacion, le quería hablar.

Isagani se inmutó. El P. Fernandez era para él persona respetabilísima:

era el uno que él esceptuaba siempre cuando de atacar á los frailes

se trataba.

--Y ¿qué quiere el P. Fernandez? preguntó.

El capista se encogió de hombros; Isagani de mala gana le siguió.

El P. Fernandez, aquel fraile que vimos en Los Baños, esperaba

en su celda grave y triste, fruncidas las cejas como si estuviese

meditando. Levantóse al ver entrar á Isagani, le saludó dándole la

mano, y cerró la puerta; despues se puso á pasear de un estremo á

otro de su aposento. Isagani de pié esperaba á que le hablase.

--Señor Isagani, dijo al fin en voz algo emocionada; desde la ventana

le he oido á usted perorar porque, como tísico que soy, tengo buenos

oidos, y he querido hablar con usted. A mí me han gustado siempre los

jóvenes que se espresan claramente y tienen su manera propia de pensar

y obrar, no me importa que sus ideas difieran de las mías. Ustedes,

por lo que he oido, han tenido anoche una cena, no se escuse usted...

--¡Es que yo no me escuso! interrumpió Isagani.

--Mejor que mejor, eso prueba que usted acepta la consecuencia de sus

actos. Por lo demás, haría usted mal en retractarse, yo no le censuro,

no hago caso de lo que anoche se haya dicho allí, yo no le recrimino,

porque despues de todo, usted es libre de decir de los dominicos lo

que le parezca, usted no es discípulo nuestro; solo este año hemos

tenido el gusto de tenerle y probablemente no le tendremos ya más. No

vaya usted á creer que yo voy á invocar cuestiones de gratitud, no;

no voy á perder mi tiempo en tontas vulgaridades. Le he hecho llamar

á usted, porque he creido que es uno de los pocos estudiantes que

obran por conviccion y como á mí me gustan los hombres convencidos,

me dije, con el señor Isagani me voy á explicar.

El P. Fernandez hizo una pausa y continuó sus paseos con la cabeza

baja, mirando al suelo.

--Usted puede sentarse si gusta, continuó; yo tengo la costumbre de

hablar andando porque así se me vienen mejor las ideas.

Isagani siguió de pié, con la cabeza alta, esperando que el catedrático

abordase el asunto.

--Hace más de ocho años que soy catedrático, continuó el P. Fernandez

paseándose, y he conocido y tratado á más de dos mil y quinientos

jóvenes; les he enseñado, los he procurado educar, les he inculcado

principios de justicia, de dignidad y sin embargo, en estos tiempos

en que tanto se murmura de nosotros, no he visto á ninguno que haya

tenido la audacia de sostener sus acusaciones cuando se ha encontrado

delante de un fraile... ni siquiera en voz alta delante de cierta

multitud... ¡Jóvenes hay que detrás nos calumnian y delante nos besan

la mano y con vil sonrisa mendigan nuestras miradas! ¡Puf! ¿Qué quiere

usted que hagamos nosotros con semejantes criaturas?

--La culpa no es toda de ellos, Padre, contestó Isagani; la culpa está

en los que les han enseñado á ser hipócritas, en los que tiranizan

el pensamiento libre, la palabra libre. Aquí todo pensamiento

independiente, toda palabra que no sea un eco de la voluntad del

poderoso, se califica de filibusterismo y usted sabe muy bien lo que

esto significa. ¡Loco el que por darse gusto de decir en voz alta lo

que piensa, se aventure á sufrir persecuciones!

--¿Qué persecuciones ha tenido usted que sufrir? preguntó el

P. Fernandez levantando la cabeza; ¿no le he dejado á usted espresarse

libremente en mi clase? Y sin embargo, usted es una escepcion que,

á ser cierto lo que dice, yo debía corregir, para universalizar en

lo posible la regla, ¡para evitar que cunda el mal ejemplo!

Isagani se sonrió.

--Le doy á usted las gracias y no discutiré si soy ó no una escepcion;

aceptaré su calificativo para que usted acepte el mío: usted tambien

es una escepcion; y como aquí no vamos á hablar de escepciones, ni

abogar por nuestras personas, al menos pienso por mí, le suplico á

mi catedrático dé otro giro al asunto.

El P. Fernandez, apesar de sus principios liberales, levantó la cabeza

y miró lleno de sorpresa á Isagani. Era aquel joven más independiente

aun de lo que él se creía; aunque le llamaba catedrático, en el fondo

le trataba de igual á igual, puesto que se permitía insinuaciones. Como

buen diplomático, el P. Fernandez no solo aceptó el hecho, sino que

él mismo lo planteó.

--¡Enhorabuena! dijo; pero no vea usted en mí á su catedrático;

yo soy un fraile y usted un estudiante filipino, ¡nada más, nada

menos! y ahora le pregunto á usted ¿qué quieren de nosotros los

estudiantes filipinos?

La pregunta llegaba de sorpresa; Isagani no estaba preparado. Era una

estocada que se desliza de repente mientras hacen el muro, como dicen

en la esgrima. Isagani así sorprendido, respondió por una violenta

parada como un aprendiz que se defiende:

--¡Que ustedes cumplan con su deber! dijo.

Fr. Fernandez se enderezó: la respuesta le sonó á cañonazo.

--¡Que cumplamos con nuestro deber! repitió irguiéndose; pues ¿no

cumplimos con nuestro deber? ¿qué deberes nos asignan ustedes?

--¡Los mismos que ustedes libérrimamente se han impuesto al entrar

en su orden y los que despues, una vez en ella, se han querido

imponer! Pero, como estudiante filipino, no me creo llamado á examinar

su conducta en relacion con sus estatutos, con el catolicismo, con el

gobierno, el pueblo filipino y la humanidad en general: cuestiones son

esas que ustedes tienen que resolver con sus fundadores, con el Papa,

el gobierno, el pueblo en masa ó con Dios; como estudiante filipino,

me limitaré á sus deberes respecto á nosotros. Los frailes, en general,

al ser los inspectores locales de la enseñanza en provincias, y los

dominicos, en particular, al monopolizar en sus manos los estudios

todos de la juventud filipina, han contraido el compromiso, ante los

ocho millones de habitantes, ante España y ante la humanidad, de la

que nosotros formamos parte, de mejorar cada vez la semilla joven,

moral y físicamente, para guiarla á su felicidad, crear un pueblo

honrado, próspero, inteligente, virtuoso, noble y leal. Y ahora

pregunto yo á mi vez, ¿han cumplido los frailes con su compromiso?

--Estamos cumpliendo...

--¡Ah! P. Fernandez, interrumpió Isagani; usted con la mano sobre

su corazon puede decir que está cumpliendo, pero con la mano sobre

el corazon de la orden, sobre el corazon de todas las órdenes, ¡no

lo puede decir sin engañarse! ¡Ah, P. Fernandez! cuando me encuentro

ante una persona que estimo y respeto, prefiero ser el acusado á ser

el acusador, prefiero defenderme á ofender. Pero, ya que hemos entrado

en explicaciones, ¡vamos hasta el fin! ¿Cómo cumplen con su deber los

que en los pueblos inspeccionan la enseñanza? ¡Impidiéndola! Y los que

aquí han monopolizado los estudios, los que quieren modelar la mente

de la juventud, con exclusion de otros cualesquiera, ¿cómo cumplen

con su mision? Escatimando en lo posible los conocimientos, apagando

todo ardor y entusiasmo, ¡rebajando toda dignidad, único resorte

del alma, é inculcando en nosotros viejas ideas, rancias nociones,

falsos principios incompatibles con la vida del progreso! ¡Ah! si,

cuando se trata de alimentar á presos, de proveer á la manutencion

de criminales, el gobierno propone una subasta para hallar al postor

que ofrezca las mejores condiciones de alimentacion, al que menos les

ha de dejar perecer de hambre, cuando se trata de nutrir moralmente

á todo un pueblo, nutrir á la juventud, á la parte más sana, á la

que despues ha de ser el pais y el todo, el gobierno no solo no

propone ninguna subasta, sino que vincula el poder en aquel cuerpo

que precisamente hace alardes de no querer la instruccion, de no

querer ningun adelanto. ¿Qué diríamos nosotros si el abastecedor de

cárceles, despues de haberse apoderado por intrigas de la contrata,

dejase luego languidecer á sus presos en la anemia, dándoles todo lo

rancio y pasado, y se escusase despues diciendo que no conviene que

los presos tengan buena salud, porque la buena salud trae alegres

pensamientos, porque la alegría mejora al hombre, y el hombre no

debe mejorar porque le conviene al abastecedor que haya muchos

criminales? ¿Qué diríamos si despues el gobierno y el abastecedor

se coaligasen porque de los diez ó doce cuartos que percibe por cada

criminal el uno, recibe cinco el otro?

El P. Fernandez se mordía los labios.

--Esas son muy duras acusaciones, dijo, y usted traspasa los límites

de nuestra convencion.

--No, Padre; sigo tratando de la cuestion estudiantil. Los frailes,

y no digo ustedes, porque á usted no le confundo en la masa general,

los frailes de todas las órdenes se han convertido en nuestros

abastecedores intelectuales y dicen y proclaman, sin pudor ninguno,

¡que no conviene que nos ilustremos porque vamos un día á declararnos

libres! Esto es no querer que el preso se nutra para que no se mejore

y salga de la carcel. La libertad es al hombre lo que la instruccion

á la inteligencia, ¡y el no querer los frailes que la tengamos es el

orígen de nuestros descontentos!

--¡La instruccion no se da más que al que se la merece! contestó

secamente el P. Fernandez; dársela á hombres sin caracter y sin

moralidad es prostituirla.

--Y ¿por qué hay hombres sin caracter y sin moralidad?

El dominico se encogió de hombros.

--Defectos que se maman con la leche, que se respiran en el seno de

las familias... ¿que sé yo?

--¡Ah no, P. Fernandez! exclamó impetuosamente el joven; usted no

ha querido profundizar el tema, usted no ha querido mirar al abismo

por temor de encontrarse allí con la sombra de sus hermanos. Lo que

somos, ustedes lo han hecho. Al pueblo que se tiraniza, se le obliga

á ser hipócrita; á aquel á quien se le niega la verdad, se le da la

mentira; el que se hace tirano, engendra esclavos. ¡No hay moralidad,

dice usted, sea! aunque las estadísticas podrían desmentirle porque

aquí no se cometen crímenes como los de muchos pueblos, cegados por

sus humos de moralizadores. Pero, y sin querer ahora analizar qué es

lo que constituye el caracter y por cuanto entra en la moralidad la

educacion recibida, convengo con usted en que somos defectuosos. ¿Quién

tiene la culpa de ello? ¿O ustedes que hace tres siglos y medio tienen

en sus manos nuestra educacion ó nosotros que nos plegamos á todo? si

despues de tres siglos y medio, el escultor no ha podido sacar más

que una caricatura, bien torpe debe ser.

--O bien mala la masa de que se sirve.

--Más torpe entonces aun, porque, sabiendo que es mala, no renuncia á

la masa y continúa perdiendo tiempo... y no solo es torpe, defrauda y

roba, porque conociendo lo inútil de su obra, la continúa para percibir

el salario... y no solo es torpe y ladron, es infame, ¡porque se opone

á que todo otro escultor ensaye su habilidad y vea si puede producir

algo que valga la pena! ¡Celos funestos de la incapacidad!

La réplica era viva y el P. Fernandez se sintió cogido. Miró á Isagani

y le pareció gigantesco, invencible, imponente, y por primera vez en

su vida creyó ser vencido por un estudiante filipino. Se arrepintió

de haber provocado la polémica, pero era tarde. En su aprieto y

encontrándose delante de tan temible adversario, buscó un buen escudo

y echó mano del gobierno.

--Ustedes nos achacan á nosotros todas las faltas porque no ven más que

nosotros que estamos cerca, dijo en acento menos arrogante; es natural,

¡no me estraña! el pueblo odia al soldado ó al alguacil que le prende

y no al juez que dictó la prision. Ustedes y nosotros estamos todos

danzando al compás de una música: si por la misma levantan el pié

al mismo tiempo que nosotros, no nos culpen de ello; es la música

quien dirige nuestros movimientos. ¿Creen ustedes que los frailes

no tenemos conciencia y no queremos el bien? ¿Creen ustedes que no

pensamos en vosotros, que no pensamos en nuestro deber, y que solo

comemos para vivir y vivimos para reinar? ¡Ojalá así fuera! Pero,

como vosotros, seguimos el compás; nos encontramos entre la espada

y la pared: ó ustedes nos echan ó nos echa el gobierno. El gobierno

manda, y quien manda, manda, ¡y cartuchera al cañon!

--De eso se puede inferir, observó Isagani con amarga sonrisa, ¿que

el gobierno quiere nuestra desmoralizacion?

--Oh, no, ¡yo no he querido decir eso! Lo que he querido decir es

que hay creencias, hay teorías y leyes que, dictadas con la mejor

intencion, producen las más deplorables consecuencias. Me explicaré

mejor citándole un ejemplo. Para conjurar un pequeño mal, se dictan

numerosas leyes que causan mayores males todavía: corruptissima in

republica plurimæ leges, dijo Tácito. Para evitar un caso de fraude,

se dictan un millon y medio de disposiciones preventivas é insultantes,

que producen el efecto inmediato de despertar en el público las ganas

de de eludir y burlar tales prevenciones: para hacer criminal á un

pueblo no hay más que dudar de su virtud. Díctese una ley, no ya aquí,

sino en España y verá usted como se estudia el medio de trampearla,

y es que los legisladores han olvidado el hecho de que cuanto más

se esconde un objeto más se le desea ver. ¿Por qué la picardía y la

listura se consideran grandes cualidades en el pueblo español cuando no

hay otro como él tan noble, tan altivo y tan hidalgo? ¡Porque nuestros

legisladores, con la mejor intencion, han dudado de su nobleza, herido

su altivez y desafiado su hidalguía! ¿Quiere usted abrir en España

un camino en medio de rocas? Pues ponga allí un cartel imperioso

prohibiendo el paso, y el pueblo, protestando contra la imposicion,

dejará la carretera para trepar el peñasco. El día que en España un

legislador prohiba la virtud é imponga el vicio, ¡al siguiente todos

serán virtuosos!

El dominico hizo una pausa, y despues continuó:

--Pero, usted dirá que nos apartamos de la cuestion; vuelvo á

ella... Lo que puedo decir para convencerle, es que los vicios de que

ustedes adolecen, no se nos deben achacar ni á nosotros ni al gobierno;

están en la imperfecta organizacion de nuestra sociedad, qui multum

probat, nihil probat, que se pierde por exceso de precaucion, falta

en lo necesario y sobra en lo superfluo.

--Si usted confiesa esos defectos en su sociedad, repuso Isagani,

¿por qué entonces meterse á arreglar sociedades agenas en vez de

ocuparse antes de sí misma?

--Vamos alejándonos de nuestra cuestion, joven; la teoría de los

hechos consumados debe aceptarse...

--¡Sea! la acepto porque es un hecho y sigo preguntando: ¿por qué,

si su organizacion social es defectuosa, no la cambian ó al menos

escuchan la voz de los que salen perjudicados?

--Todavía estamos lejos: hablábamos de lo que quieren los estudiantes

de los frailes...

--Desde el instante en que los frailes se esconden detrás del gobierno,

los estudiantes tienen que dirigirse á éste.

La observacion era justa; por allí no había escapatoria.

--Yo no soy el gobierno y no puedo responder de sus actos. ¿Qué

quieren los estudiantes que hagamos por ellos dentro de los límites

en que estamos encerrados?

--No oponerse á la emancipacion de la enseñanza, sino favorecerla.

El dominico sacudió la cabeza.

--Sin decir mi propia opinion, eso es pedirnos el suicidio, dijo.

--Al contrario, es pedirles paso para no atropellarlos y aplastarlos.

--¡Hm! dijo el P. Fernandez parándose y quedándose pensativo. Empiezen

ustedes por pedir algo que no cueste tanto, algo que cada uno de

nosotros pueda conceder sin menoscabo de su dignidad y privilegios,

porque si podemos entendernos y vivir en paz, ¿á qué los odios,

á qué las desconfianzas?

--Descendemos entonces á detalles...

--Sí, porque si tocamos á los cimientos, echaremos abajo el edificio.

--Vayamos pues á los detalles, dejemos la esfera de los principios,

repuso Isagani sonriendo; y sin decir tambien mi propia opinion--y aquí

acentuó el joven la frase--los estudiantes cesarían en su actitud y

se suavizarían ciertas asperezas si los profesores supiesen tratarlos

mejor de lo que hasta ahora han hecho... Esto está en sus manos.

--¿Qué? preguntó el dominico; ¿tienen los alumnos alguna queja de

mi conducta?

--Padre, nos hemos convenido desde un principio en no hablar ni de

usted ni de mí. Hablamos en general: los estudiantes, tras de no sacar

gran provecho de los años pasados en las clases, suelen muchos dejar

allí girones de su dignidad, si no toda.

El P. Fernandez se mordió los labios.

--Nadie les obliga á estudiar; los campos no están cultivados,

observó secamente.

--Sí, que algo les obliga á estudiar, replicó en el mismo tono Isagani

mirando cara á cara al dominico. Aparte del deber de cada uno de

buscar su perfeccion, hay el deseo inato en el hombre de cultivar

su inteligencia, deseo aquí más poderoso cuanto más reprimido; y

el que da su oro y su vida al Estado, tiene derecho á exigirle que

le dé la luz para ganar mejor su oro y conservar mejor su vida. Sí,

Padre; hay algo que les obliga, y ese algo es el mismo gobierno, son

ustedes mismos que se burlan sin compasion del indio no instruido y

le niegan sus derechos, fundándose en que es ignorante. ¡Ustedes le

desnudan y luego se burlan de sus vergüenzas!

El P. Fernandez no contestó; siguió paseándose pero febrilmente,

como muy excitado.

--¡Usted dice que los campos no están cultivados! continuó Isagani en

otro tono, despues de una breve pausa; no entremos ahora á analizar el

por qué, porque nos iríamos lejos; pero, usted, P. Fernandez, usted,

profesor, usted, hombre de ciencia, usted quiere un pueblo de braceros,

¡de labradores! ¿Es para usted el labrador el estado perfecto á que

puede llegar el hombre en su evolucion? ¿O es que quiere usted la

ciencia para sí y el trabajo para los demás?

--No, yo quiero la ciencia para el que se la merezca, para el que la

sepa guardar, contestó; cuando los estudiantes den pruebas de amarla;

cuando se vean jóvenes convencidos, jóvenes que sepan defender su

dignidad y hacerla respetar, habrá ciencia, ¡habrá entonces profesores

considerados! ¡Si hay profesores que abusan es porque hay alumnos

que condescienden!

--Cuando haya profesores, ¡habrá estudiantes!

--Empiezen ustedes por trasformarse, que son los que tienen necesidad

de cambio, y nosotros seguiremos.

--Sí, dijo Isagani con risa amarga; ¡que empecemos porque por nuestro

lado está la dificultad! Bien sabe usted lo que le espera al alumno

que se pone delante de un profesor: usted mismo, con todo su amor á la

justicia, con todos sus buenos sentimientos, ha estado conteniéndose

á duras penas cuando yo le decía amargas verdades, ¡usted mismo,

P. Fernandez! ¿Qué bienes ha sacado el que entre nosotros quiso

sembrar otras ideas? Y ¿qué males han llovido sobre usted porque

quiso ser bueno y cumplir con su deber?

--Señor Isagani, dijo el dominico, tendiéndole la mano; aunque parezca

que de esta conversacion nada práctico resulta, sin embargo algo se ha

ganado; hablaré á mis hermanos de lo que usted me ha dicho y espero

que algo se podrá hacer. Solo temo que no crean en su existencia

de usted...

--Lo mismo me temo, repuso Isagani, estrechando la mano del dominico;

me temo que mis amigos no crean en su existencia de usted, tal como

hoy se me ha presentado.

Y el joven, dando por terminada la entrevista, se despidió.

El P. Fernandez le abrió la puerta, le siguió con los ojos hasta

que le vió desaparecer al doblar el corredor. Estuvo oyendo mucho

tiempo el ruido de sus pasos, despues entró en su celda y esperó que

apareciera en la calle. Vióle, en efecto, oyó que decía á un compañero

que le preguntaba á donde iba:

--¡Al Gobierno Civil! ¡Voy á ver los pasquines y á reunirme con

los otros!

El compañero, asustado, se quedó mirándole como quien mira á uno que

se suicida y se alejó corriendo.

--¡Pobre joven! murmuró el P. Fernandez, sintiendo que sus ojos se

humedecían; ¡te envidio á los jesuitas que te han educado!

El P. Fernandez se equivocaba de medio en medio; los jesuitas renegaban

de Isagani y cuando á la tarde supieron que había sido preso, dijeron

que les comprometía.

--¡Ese joven se pierde y nos va á hacer daño! ¡Que se sepa que de

aquí no ha aprendido esas ideas!

Los jesuitas no mentían, no: esas ideas solo las da Dios por medio

de la Naturaleza.

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 57 / 83 题