Muy de mañana levantóse Basilio para ir al Hospital. Tenía su plan
trazado, visitar á sus enfermos, ir despues á la Universidad para
enterarse algo de su licenciatura, y verse despues con Makaraig para
los gastos que esta le ocasionaría. Había empleado gran parte de sus
economías en rescatar á Julî y procurarle una cabaña donde vivir
con el abuelo, y no se atrevia á acudir á Capitan Tiago, temiendo
no interpretase el paso como un adelanto de la herencia que siempre
le prometía.
Distraido con estas ideas, no se fijó en los grupos de estudiantes que
tan de mañana volvían de la ciudad como si se hubiesen cerrado las
aulas; menos aun pudo notar el aire preocupado que tenían algunos,
las conversaciones en voz baja, la señas misteriosas que entre sí
cambiaban. Así es que cuando, al llegar á San Juan de Dios, sus amigos
le preguntaron acerca de una conspiracion, Basilio pegó un salto
acordándose de la que tramaba Simoun, abortada por el misterioso
accidente del joyero. Lleno de temor y con voz alterada preguntó
tratando de hacerse del ignorante:
--¡Ah! ¿la conspiracion?
--¡Se ha descubierto! repuso otro, y parece que hay muchos complicados.
Basilio procuró dominarse.
--¿Muchos complicados? repitió tratando de leer algo en las miradas
de los demás; y ¿quiénes...?
--¡Estudiantes, la mar de estudiantes!
Basilio no creyó prudente preguntar más temiendo venderse,
y pretestando la visita de sus enfermos, se alejó del grupo. Un
catedrático de clínica le salió al paso y poniéndole misteriosamente
la mano sobre el hombro--el catedrático era su amigo--le preguntó en
voz baja:
--¿Estuvo usted en la cena de anoche?
Basilio, en el estado de ánimo en que se encontraba, creyó oir
anteanoche. Anteanoche fué la conferencia con Simoun. Quiso explicarse.
--Le diré á usted, balbuceó, como Capitan Tiago estaba malo y ademas
tenía que concluir con el Mata...
--Hizo usted bien en no ir, dijo el profesor; pero ¿usted forma parte
de la asociacion de estudiantes?
--Doy mi cuota...
--Pues entonces, un consejo: retírese ahora mismo y destruya cuantos
papeles tenga que le puedan comprometer.
Basilio se encogió de hombros. Papeles no tenía ninguno, tenía apuntes
clínicos, nada más.
--¿Es que el señor Simoun...?
--Simoun nada tiene que ver en el asunto, ¡gracias á Dios! añadió el
médico; ha sido oportunamente herido por mano misteriosa y está en
cama. No, aquí andan otras manos, pero no menos terribles.
Basilio respiró. Simoun era el único que le podía comprometer. Sin
embargo pensó en Cabesang Tales.
--¿Hay tulisanes...?
--Nada, hombre, nada más que estudiantes.
Basilio recobró su serenidad.
--¿Qué ha pasado, pues? se atrevió á preguntar.
--Se han encontrado pasquines subversivos, ¿no lo sabía usted?
--¿Dónde?
--¡C--! en la Universidad.
--¿Nada más que eso?
--¡P--! ¿qué más quiere usted? preguntó el catedrático casi furioso;
los pasquines se atribuyen á los estudiantes asociados, pero,
¡silencio!
Venía el catedrático de Patología, un señor que tenía más cara de
sacristan que de médico. Nombrado por la poderosísima voluntad del
Vice Rector sin exigirle más méritos ni más títulos que la adhesion
incondicional á la corporacion, pasaba por ser un espía y un soplon
á los ojos de los otros catedráticos de la Facultad.
El primer catedrático le devolvió el saludo friamente y guiñando á
Basilio, le dijo en voz alta:
--Ya sé que Cpn. Tiago huele á cadáver; los cuervos y los buitres le
han visitado.
Y entró en la sala de los profesores.
Algo más tranquilo, Basilio se aventuró á averiguar más
promenores. Todo lo que pudo saber era que se encontraron pasquines
en las puertas de la Universidad, pasquines que el Vice Rector mandó
arrancar para enviarlos al Gobierno Civil. Decían que estaban llenos
de amenazas, degüello, invasion y otras bravatas.
Sobre este hecho hacían los estudiantes sus comentarios. Las noticias
venían del conserje, éste las tenía de un criado de Sto. Tomás, quien
á su vez las supo de un capista. Pronosticaban futuros suspensos,
prisiones, etc. y se designaban los que iban á ser víctimas,
naturalmente los de la Asociacion.
Basilio recordó entonces las palabras de Simoun: El día en que puedan
deshacerse de usted... Usted no terminará su carrera...
--¿Si sabrá algo? se preguntó; veremos quien puede más.
Y recobrando su sangre fría, para saber á qué atenerse y á la vez para
gestionar su licenciatura, Basilio se encaminó á la Universidad. Tomó
por la calle de Legazpi, siguió la del Beaterio y al llegar al ángulo
que forma ésta con la calle de la Solana, observó que efectivamente
algo importante debía haber ocurrido.
En vez de los grupos alegres y bulliciosos de antes, en las aceras
se veían parejas de la Guardia Veterana haciendo circular á los
estudiantes, que salían de la Universidad silenciosos unos, taciturnos,
irritados otros, estacionaban á cierta distancia ó se volvían á sus
casas. El primero con quien se encontró fué Sandoval. En vano le
llamó Basilio; parecía que se había vuelto sordo.
--¡Efectos del temor en los jugos gastro-intestinales! pensó Basilio.
Despues se encontró con Tadeo que tenía cara de Pascuas. Al fin la
cuacha eterna parecía realizarse.
--¿Qué hay, Tadeo?
--¡Que no tendremos clase, lo menos por una semana,
chico! ¡sublime! ¡magnífico!
Y se frotaba las manos de contento.
--Pero ¿qué ha pasado?
--¡Nos van á meter presos á los de la Asociacion!
--¿Y estás alegre?
--¡No hay clase, no hay clase! y se alejó no cabiendo en sí de alegría.
Vió venir á Juanito Pelaez pálido y receloso; aquella vez su joroba
alcanzaba el máximum, tanta prisa se daba en huir. Había sido de uno
de los más activos promovedores de la asociacion mientras las cosas
se presentaban bien.
--¿Eh, Pelaez, qué ha pasado?
--¡Nada, no sé nada! Yo nada tengo que ver, contestaba nerviosamente;
yo les estuve diciendo: esas son quijoterías... ¿Verdad, tú, que lo
he dicho?
Basilio no sabía si lo había dicho ó no, pero por complacerle contestó:
--¡Sí, hombre! pero ¿qué sucede?
--¿Verdad que sí? Mira, tú eres testigo: yo siempre he sido
opuesto... tú eres testigo, mira, ¡no te olvides!
--Sí, hombre, sí, pero ¿qué pasa?
--Oye, ¡tú eres testigo! Yo no me he metido jamás con los de
la asociacion, ¡sino para aconsejarles!... ¡no vayas á negarlo
despues! Ten cuidado, ¿sabes?
--No, no lo negaré, pero ¿qué ha pasado, hombre de Dios?
Juanito ya estaba lejos; había visto que se acercaba un guardia y
temió que le prendiera.
Basilio se dirigió entonces á la Universidad para ver si acaso la
secretaría estaba abierta y para recoger noticias. La secretaría estaba
cerrada, y en el edificio había extraordinario movimiento. Subían
y bajaban las escaleras frailes, militares, particulares, antiguos
abogados y médicos, acaso para ofrecer sus servicios á la causa
que peligraba.
Divisó de lejos á su amigo Isagani que, pálido y emocionado, radiante
de belleza juvenil, arengaba á unos cuantos condiscípulos levantando
la voz como si le importase poco el ser oido de todo el mundo.
--¡Parece mentira, señores, parece mentira que un acontecimiento tan
insignificante nos ponga en desbandada y huyamos como gorriones porque
se agita el espantajo! ¿Es la primera vez acaso que los jóvenes entran
en la cárcel por la causa de la libertad? ¿Dónde están los muertos,
dónde los afusilados? ¿Por qué apostatar ahora?
--Pero ¿quién será el tonto que ha escrito semejantes
pasquines? preguntaba uno indignado.
--¿Qué nos importa? contestaba Isagani; nosotros no tenemos por
qué averiguarlo, ¡que lo averigüen ellos! Antes de saber cómo están
redactados, nosotros no tenemos necesidad de hacer alardes de adhesion
en los momentos como éste. Allí donde hay peligro, ¡allí debemos
acudir porque allí está el honor! Si lo que dicen los pasquines está
en armonía con nuestra dignidad y nuestros sentimientos, quien quiera
que los haya escrito, ha obrado bien, ¡debemos darle las gracias y
apresurarnos á unir á la suya nuestras firmas! Si son indignos de
nosotros, nuestra conducta y nuestra conciencia protestan por sí
solas y nos defienden de toda acusacion...
Basilio al oir semejante lenguaje, aunque quería mucho á Isagani, dió
media vuelta y salió. Tenía que ir á casa de Makaraig para hablarle
del préstamo.
Cerca de la casa del rico estudiante, notó cuchicheos y señas
misteriosas entre los vecinos. El joven, no sabiendo de que se trataba,
continuó tranquilamente su camino y entró en el portal. Dos guardias
de la Veterana se le adelantaron preguntándole qué quería. Basilio
comprendió que había obrado de ligero, pero ya no podía retroceder.
--Vengo á ver á mi amigo Makaraig, contestó tranquilamente.
Los guardias se miraron.
--Espérese usted aquí, díjole uno; espere usted á que baje el cabo.
Basilio se mordió los labios, y las palabras de Simoun resonaron
otra vez en sus oidos... ¿Habrán venido á prender á Makaraig? pensó,
pero no se atrevió á preguntarlo.
No esperó mucho tiempo; en aquel momento bajaba Makaraig hablando
alegremente con el cabo, precedidos ambos de un alguacil.
--¿Cómo? ¿usted tambien, Basilio? preguntó.
--Venía á verle...
--¡Noble conducta! dijo Makaraig riendo; en los tiempos de calma,
usted nos evita...
El cabo preguntó á Basilio por su nombre, y hojeó una lista.
--¿Estudiante de Medicina, calle de Anloague? preguntó el cabo.
Basilio se mordió los labios.
--Usted nos ahorra un viaje, añadió el cabo, poniéndole la mano sobre
el hombro; ¡dése usted preso!
--¿Cómo, yo tambien?
Makaraig soltó una carcajada.
--No se apure usted, amigo; vamos en coche, y así le contaré la cena
de anoche.
Y con un gesto muy gracioso, como si estuviese en su casa, invitó al
ausiliante y al cabo á que subiesen en el coche que les esperaba en
la puerta.
--¡Al Gobierno Civil! dijo al cochero.
Basilio que ya se había recobrado, contaba á Makaraig el objeto de su
visita. El rico estudiante no le dejó terminar y le estrechó la mano.
--Cuente usted conmigo, cuente usted conmigo y á la fiesta de nuestra
investidura convidaremos á estos señores, dijo señalando al cabo y
al alguacil.