SUEÑOS

¡Amor, qué astro eres?

Al día siguiente, un jueves, horas antes de ocultarse el sol,

encaminábase Isagani por el hermoso paseo de María Cristina en

direccion al Malecon, para acudir á la cita que aquella mañana Paulita

le había dado. El joven no dudaba que iban á hablar de lo acontecido

en la noche anterior, y como estaba decidido á pedirla esplicaciones

y sabía lo orgullosa y altiva que era, preveía un rompimiento. Ante

esta eventualidad trajo consigo las dos únicas cartitas de la Paulita,

dos pedacitos de papel, donde apenas había algunas líneas escritas

á prisa, con varios borrones y regular ortografía, cosas que no

impedían las conservára el enamorado joven con más amor aun que si

fuesen autógrafos de la misma Safo ó de la musa Polimnia.

Esta decision de sacrificar el amor en aras de la dignidad, la

conciencia de sufrir cumpliendo con el deber no impedían que una

profunda melancolía se apoderase de Isagani y le hiciese pensar

en los hermosos días y noches más hermosas todavía, en que se

murmuraban dulces necedades al traves de las rejas floridas del

entresuelo, necedades que para el joven tenían tal caracter de

seriedad é importancia que le parecían las únicas dignas de merecer

la atencion del más elevado entendimiento humano. Isagani pensaba

en los paseos en las noches de luna, en la feria, en las madrugadas

de Diciembre despues de la misa de gallo, en el agua bendita que la

solía ofrecer y ella se lo agradecía con mirada llena de un poema de

amor, estremeciéndose ambos al ponerse en contacto los dedos. Sonoros

suspiros como pequeños cohetes salían de su pecho y se le ocurrían

todos los versos, todas las frases de los poetas y escritores sobre

la inconstancia de la mujer. Maldecía en su interior la creacion de

los teatros, la opereta francesa, prometía vengarse de Pelaez á la

primera oportunidad. Todo cuanto le rodeaba se le aparecía bajo los más

tristes y negros colores; la bahía, desierta y solitaria, parecía más

solitaria todavía por los pocos vapores que en ella fondeaban; el sol

iba á morir detrás de Mariveles, sin poesía y sin encantos, sin las

nubes caprichosas y ricas en colores de las tardes bienaventuradas;

el monumento de Anda, de mal gusto, mezquino y recargado, sin estilo,

sin grandeza: parecía un sorbete ó á lo más un pastel; los señores

que se paseaban por el Malecon, apesar de tener un aire satisfecho

y contento, le parecían huraños, altivos y vanos; traviesos y mal

educados, los chicos que jugaban en la playa haciendo saltar sobre

las ondas las piedras planas de la ribera, ó buscando en la arena

moluscos y crustáceos que cogen por coger y los matan sin sacar

de ellos provecho, en fin hasta las eternas obras del puerto á que

había dedicado más de tres odas, le parecían absurdas, ridículas,

juego de chiquillos.

--El puerto, ¡ah! el puerto de Manila, ¡bastardo que, desde que se

concibe, hace llorar á todos de humillacion y vergüenza! ¡si al menos

despues de tantas lágrimas no saliese el feto hecho un inmundo aborto!

Saludó distraidamente á dos jesuitas, sus antiguos profesores;

apenas se fijó en un tandem que conducía un americano y excitaba

las envidias de algunos elegantes que guiaban sus calesas; cerca

del monumento de Anda oyó que Ben Zayb hablaba con otro de Simoun,

que en la noche anterior se había puesto súbitamente enfermo; Simoun

se negaba á recibir á nadie, á los mismos ayudantes del General.

--¡Ya! exclamó Isagani con risa amarga; para ése las atenciones

porque es rico... vuelven los soldados de las espediciones, enfermos

y heridos, ¡y á ellos nadie los visita!

Y pensando en estas expediciones, en la suerte de los pobres soldados

y en la resistencia que oponían los insulares al yugo estrangero,

pensó que, muerte por muerte, si la de los soldados era sublime porque

cumplían con su deber, la muerte de los insulares era gloriosa porque

defendían su hogar.

--¡Estraño destino, el de algunos pueblos! dijo. Porque un viajero

arriba á sus playas, pierden su libertad y pasan á ser súbditos y

esclavos, no solo del viajero, no solo de los herederos de éste,

sino aun de todos sus compatriotas, ¡y no por una generacion sino

para siempre! ¡Estraña concepcion de la justicia! ¡Tal situacion da

amplio derecho para esterminar á todo forastero como al más feroz

mónstruo que puede arrojar el mar!

Y pensaba que aquellos insulares, contra los cuales su patria

estaba en guerra, despues de todo no tenían más crímen que el de

su debilidad. Los viajeros abordaron tambien á las playas de otros

pueblos, pero por hallarlos fuertes, no trataron de su singular

pretension. Débiles y todo le parecía hermoso el espectáculo que daban,

y los nombres de los enemigos, que los periódicos no se descuidaban

de llamar cobardes y traidores, le parecían gloriosos, sucumbían con

gloria al pié de las ruinas de sus imperfectas fortificaciones, con

más gloria aun que los antiguos héroes troyanos; aquellos insulares

no habían robado ninguna Helena filipina. Y con su entusiasmo de

poeta, pensaba en los jóvenes de aquellas islas que podían cubrirse

de gloria á los ojos de sus mujeres, y como enamorado en desesperacion

les envidiaba porque podían hallar un brillante suicidio. Y exclamaba:

--¡Ah! quisiera morir, reducirme á la nada, dejar á mi patria un

nombre glorioso, ¡morir por su causa, defendiéndola de la invasion

estrangera y que el sol despues alumbre mi cadáver como centinela

inmóvil en las rocas del mar!

Y el conflicto con los alemanes se le venía á la memoria, y casi

sentía que se hubiese allanado; él hubiera muerto con gusto por el

pabellon español-filipino antes de someterse al estrangero:

--Porque despues de todo, pensaba, con España nos unen sólidos lazos,

el pasado, la historia, la religion, el idioma...

¡El idioma, sí, el idioma! Una sonrisa sarcástica se dibujó en sus

labios; aquella noche tenían ellos el banquete en la pansitería para

celebrar la muerte de la Academia de Castellano.

--¡Ay! suspiró; como los liberales en España sean cual los tenemos

aquí, ¡dentro de poco la Madre Patria podrá contar el número de

sus fieles!

La noche descendía poco á poco y con ella aumentábase la melancolía

en el corazon del joven, que perdía casi la esperanza de ver á

Paulita. Los paseantes abandonaban poco á poco el Malecon para irse á

la Luneta, cuya música dejaba oir pedazos de melodías traidas hasta

allí por la fresca brisa de la tarde; los marineros de un barco de

guerra, anclado en el río, ejecutaban las maniobras de antes de la

noche, trepando por las cuerdas ligeros como arañas; las embarcaciones

encendían poco á poco sus fanales dando señales de vida y la playa

Do el viento riza las calladas olas

Que con blando murmullo en la ribera

Se deslizan veloces por sí solas...

que dice Alaejos, exhalaba á lo lejos ténues vapores que la luz

de la luna, ahora en todo su lleno, convertía poco á poco en gasa

trasparente y misteriosa...

Un ruido lejano se percibe, ruido que se acerca más y más; Isagani

vuelve la cabeza y su corazon comienza á latir violentamente;

un coche viene tirado por caballos blancos, los caballos blancos

que distinguiría entre cien mil. En el coche vienen Paulita, doña

Victorina y la amiga de la noche anterior.

Antes que pudiese dar un paso el joven, Paulita ha saltado ya en

tierra con su agilidad de sílfide y sonríe á Isagani con sonrisa llena

de conciliacion; Isagani sonríe á su vez y le parece que todas las

nubes, todas las negras ideas que antes le asediaban, se disipaban

como humo; luces tenía el cielo, cantos el aire, y flores cubrían

las yerbas del camino. Desgraciadamente, doña Victorina estaba allí,

doña Victorina que cogía para sí al joven para pedirle noticias de

don Tiburcio. Isagani se había encargado de descubrir su escondite

valiéndose de los estudiantes que conocía.

--Ninguno me ha sabido dar razon hasta ahora, respondía y decía la

verdad, porque don Tiburcio estaba escondido precisamente en casa

del mismo tío del joven, el P. Florentino.

--Hágale usted saber, decía doña Victorina furiosa, que me valdré de

la Guardia Civil; vivo ó muerto quiero saber donde está... ¡Porque

tener que esperar diez años para poderse una casar!

Isagani la miró espantado; doña Victorina pensaba en casarse. ¿Quién

sería el infeliz?

--¿Qué le parece á usted Juanito Pelaez? preguntó ella de repente.

--¿Juanito?...

Isagani no sabía que contestar; dábanle ganas de decir todo lo malo que

sabía de Pelaez, pero la delicadeza triunfó en su corazon y habló bien

de su rival por lo mismo que lo era. Doña Victorina, toda contenta y

entusiasmada, se deshizo entonces en ponderar los méritos de Pelaez,

é iba ya á hacer de Isagani confidente de sus nuevos amores, cuando

la amiga de Paulita vino corriendo á decir que el abanico de esta

se había caido entre las piedras que había en la playa, junto al

Malecon. Estratagema ó casualidad, es el caso que este percance dió

motivo á que la amiga se quedase con la vieja é Isagani se entendiese

con Paulita. Por lo demás, doña Victorina se alegraba, y por quedarse

con Juanito, favorecía ella los amores de Isagani.

Paulita tenía su táctica; al darle las gracias se hizo la ofendida,

la resentida, y delicadamente dió á entender que se estrañaba de

encontrarle allí cuando todo el mundo estaba en la Luneta, hasta las

actrices francesas...

--Me había dado usted cita, ¿cómo podía yo menos...?

--Sin embargo, anoche ni siquiera se apercibió usted de que estaba

en el teatro; todo el tiempo le estuve observando y no apartaba usted

sus ojos de aquellas cochers...

Se cambiaron los papeles; Isagani que venía para pedir explicaciones,

las tuvo que dar y se consideró muy feliz cuando Paulita le dijo que

le perdonaba. En cuanto á la presencia de ésta en el teatro, todavía

era de agradecérsela; ella, forzada por la tía, solo se había decidido

con la esperanza de verle durante la funcion. ¡Bien se burlaba ella

de Juanito Pelaez!

--¡Mi tía es quien está enamorada! dijo riendo alegremente.

Riéronse ambos, el casamiento de Pelaez con doña Victorina les puso

locos de contento y lo vieron ya como realizado; pero Isagani se

acordó de que don Tiburcio vivía y confió á su amada el secreto,

despues de hacerla prometer que no lo diría á nadie. Paulita prometió

pero con la reserva mental de contárselo á su amiga.

Esto llevó la conversacion al pueblo de Isagani, rodeado de bosques

y situado á orillas del mar que ruge al pié de las elevadas rocas.

La mirada de Isagani se iluminaba al hablar de aquel oscuro rincon;

el fuego del orgullo encendía sus mejillas, vibraba su voz, su

imaginacion de poeta se caldeaba, las palabras le venían ardientes,

llenas de entusiasmo como si hablase al amor de su amor y no pudo

menos de exclamar:

--¡Oh! en la soledad de mis montañas me siento libre, libre como

el aire, ¡como la luz que se lanza sin frenos por el espacio! Mil

ciudades, mil palacios diera yo por el rincon de Filipinas, ¡donde

lejos de los hombres me siento con verdadera libertad! Allí, con la

naturaleza cara á cara, delante del misterio y del infinito, el bosque

y el mar, pienso, ¡hablo y obro como un hombre que no reconoce tiranos!

Paulita, ante tanto entusiasmo por el pueblo natal, entusiasmo que no

comprendía, ella que estaba acostumbrada á oir hablar mal de su país

y hacer de vez en cuando coro, manifestó ciertos celos haciéndose

como siempre la resentida.

Pero Isagani la tranquilizó muy pronto.

--Sí, dijo, ¡yo le amaba sobre todas las cosas antes de

conocerte! Gustábame vagar en la espesura, dormir á la sombra de

los árboles, sentarme sobre la cima de una roca para abarcar con

la mirada el Pacífico que revuelve delante de mí sus azules olas,

trayéndome el eco de los cantos aprendidos en las playas de la

América libre... Antes de conocerte, aquel mar era para mí mi mundo,

mi encanto, mi amor, mis ilusiones. Cuando duerme en calma y el sol

brilla en la altura, me deleitaba mirando al abismo, á cincuenta

metros á mis piés, buscando monstruos en los bosques de madréporas

y corales que se columbran al través del límpido azul, las enormes

serpientes que, al decir de los campesinos, dejan los bosques para

vivir en el mar y adquirir formas espantosas... Por las tardes que

es cuando, dicen, aparecen las sirenas, las espiaba yo entre una

y otra ola, con tanto afan que una vez creí distinguirlas en medio

de la espuma, ocupadas en sus divinos juegos; oí distintamente sus

cantos, cantos de libertad, y percibí los sonidos de sus argentinas

arpas. Antes pasaba horas y horas mirando trasformarse las nubes,

contemplando un arbol solitario en el llano, una roca, sin poder darme

razon del por qué, sin poder definir el vago sentimiento que en mí

despertaban. Mi tío me solía predicar largos sermones y temiendo me

volviese hipocondríaco hablaba de llevarme á casa de un médico. Pero

te ví, te amé, y en estas vacaciones, parecíame que algo me faltaba

allí, el bosque estaba oscuro, triste el río que corre en la espesura,

monótono el mar, desierto el horizonte... ¡Ah! si fueses una sola vez,

si tus plantas hollasen aquellos senderos, si agitases con la punta

de tus dedos las aguas del arroyo, si mirases al mar, te sentases

en la roca é hicieses vibrar el aire con tus melodiosos cantos,

mi bosque se trasformaría en Eden, las ondas del arroyo cantarían,

brotaría la luz de las oscuras hojas, ¡se convertirían en brillantes

las gotas de rocío y en perlas las espumas del mar!

Pero Paulita había oido decir que para ir al pueblo de Isagani

era necesario pasar por montañas donde abundaban pequeñas

sanguijuelas, y á este solo pensamiento, la cobarde se estremecía

convulsivamente. Comodona y mimada, dijo que solo viajaría en coche

ó en ferro carril.

Isagani, que había olvidado todos sus pesimismos y solo veía en todas

partes rosas sin espinas, respondía:

--Dentro de muy poco, todas las islas van á estar cruzadas de redes

de hierro,

Por donde rápidas

Y voladoras

Locomotoras

Corriendo irán

como dijo uno; entonces los rincones más hermosos del archipiélago

estarán abiertos á todos...

--Entonces, pero ¿cuándo? Cuando sea una vieja...

--¡Bah! no sabes lo que podemos hacer dentro de algunos años,

contestó Isagani; no sabes la energía y el entusiasmo que en el

pais se despiertan despues de un letargo de siglos... España nos

atiende; nuestros jóvenes en Madrid trabajan noche y día y dedican

á la patria toda su inteligencia, todos sus instantes, todos sus

esfuerzos; voces generosas se unen allá á las nuestras, políticos

que comprenden que no hay mejor lazo que la comunidad de intereses

y sentimientos; ¡se nos hace justicia y todo augura para todos un

brillante porvenir!... Verdad es que acabamos de sufrir un pequeño

desastre, nosotros los estudiantes, pero la victoria va triunfando

en toda la línea... ¡está en todas las conciencias! La traidora

derrota que sufrimos atestigua las últimas hoqueadas, ¡las últimas

convulsiones del moribundo! Mañana seremos ciudadanos de Filipinas,

cuyo destino será hermoso porque estará en amantes manos; ¡oh, sí! el

porvenir es nuestro, lo veo de rosa, veo el movimiento agitar la vida

en estas regiones largo tiempo muertas, aletargadas... Veo surgir

pueblos á lo largo de los caminos de hierro, ¡y por donde quiera

fábricas, edificios como aquel de Mandaloyon!... Oigo el vapor silbar,

el traqueteo de los trenes, el estruendo de las máquinas... miro

subir el humo, su potente respiracion, y aspiro el olor de aceite,

el sudor de los monstruos ocupados en incesante faena... Ese puerto,

de gestacion laboriosa, ese río donde parece agoniza el comercio,

los veremos llenos de mástiles y nos darán una idea del invierno en

los bosques de Europa... Este aire puro y estas piedras tan limpias

se llenarán de carbon, de cajas y barriles, productos de la industria

humana, pero, ¡no importa! iremos en rápido movimiento, en coches

cómodos, á buscar en el interior otros aires, otros panoramas en otras

playas, más frescas temperaturas en las faldas de los montes... Los

acorazados de nuestra marina guardarán las costas; el español y el

filipino rivalizarán en celo para rechazar toda invasion extrangera,

para defender vuestros hogares y dejaros á vosotras reir y gozar

en paz, amadas y respetadas. Libres del sistema de explotacion, sin

despechos ni desconfianzas; el pueblo trabajará porque entonces el

trabajo dejará de ser infamante, dejará de ser servil, como imposicion

al esclavo; entonces el español no agriará su caracter con ridículas

pretensiones despóticas y, franca la mirada, robusto el corazon,

nos daremos la mano, y el comercio, la industria, la agricultura,

las ciencias se desenvolverán al amparo de la libertad y de leyes

sabias y equitativas como en la próspera Inglaterra...

Paulita sonreía con aire de duda y sacudía la cabeza.

--¡Sueños, sueños! suspiró; he oido decir que teneis muchos

enemigos... Tía Torina dice que este pais será siempre esclavo.

--Porque tu tía es una tonta, porque no puede vivir sin esclavos, y

cuando no los tiene, los sueña en el porvenir, y si no son posibles,

los forja en su imaginacion. Cierto que tenemos enemigos, que habrá

lucha, pero venceremos. El viejo sistema podrá convertir las ruinas

de su castillo en informes barricadas, nosotros se las tomaremos al

canto de libertad, á la luz de vuestros ojos, ¡al aplauso de vuestras

adoradas manos! Por lo demás, no te inquietes; la lucha será pacifica;

basta que vosotras nos lanceis al estudio, desperteis en nosotros

nobles, elevados pensamientos y nos alenteis á la constancia, ¡al

heroismo con el premio de vuestra ternura!

Paulita conservaba su risa enigmática y parecía pensativa; miraba

hácia el río dándose en las mejillas ligeros golpecitos con el abanico.

--¿Y si nada conseguís? preguntó distraida.

La pregunta le hizo daño á Isagani; fijó los ojos en los de su amada,

cogióle suavemente una mano y repuso:

--Escucha: si nada conseguimos...

Y se detuvo vacilando.

--Escucha, Paulita, continuó; sabes cuanto te amo y cuanto te adoro,

sabes que me siento otro cuando me envuelve tu mirada, cuando sorprendo

en ella una centella de amor... sin embargo, si nada conseguimos,

soñaría en otra mirada tuya y moriría dichoso porque un rayo de orgullo

pudiese brillar en tus ojos y dijeses un día al mundo señalando mi

cadáver: ¡mi amor ha muerto luchando por los derechos de mi patria!

--¡A casa, niña, que vas á coger un resfriado! chilló en aquel momento

doña Victorina.

La voz les trajo á la realidad. Era la hora de volver, y por amabilidad

invitaron á Isagani á subir en el coche, invitacion que el joven no se

hizo repetir. Como el coche era de Paulita, naturalmente ocuparon el

testero doña Victorina y la amiga, y en el banquito los dos enamorados.

¡Ir en el mismo coche, tenerla al lado, aspirar su perfume, rozar la

seda de su traje, verla pensativa, con los brazos cruzados, bañada

por la luna de Filipinas que presta á las cosas más vulgares idealidad

y encantos, era un sueño que Isagani no se esperaba! ¡Qué miserables

eran los que se retiraban á pié, solos, y tenían que apartarse para

dejar paso al rápido coche! De todo aquel trayecto, á lo largo de la

playa, por el paseo de la Sabana, el puente de España, Isagani no ha

visto más que un suave perfil peinado graciosamente, terminado por un

flexible cuello que se perdía entre las gasas de la piña. Un brillante

le guiñaba desde el lóbulo de la diminuta oreja, como una estrella

entre plateadas nubes. Isagani ha oido ecos lejanos preguntándole

por don Tiburcio de Espadaña, el nombre de Juanito Pelaez, pero le

sonaban á campanadas que se oyen de lejos, voces confusas percibidas

durante el sueño.

Fué necesario advertirle que habían llegado á la plaza de Santa Cruz.

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 51 / 83 题