Aquella noche había gran funcion en el Teatro de Variedades.
La compañía de opereta francesa de Mr. Jouy daba su primera
funcion, Les Cloches de Corneville, é iba á exhibir á los ojos del
público su selecta troupe cuya fama venían hace días pregonando los
periódicos. Decíase que entre las actrices las había de hermosísima
voz, pero de figura más hermosa todavía y si se ha de dar crédito
á murmuraciones, su amabilidad estaba por encima aun de la voz y
la figura.
A las siete y media de la noche ya no había billetes ni para el mismo
P. Salví moribundo, y los de la entrada general formaban larguísima
cola. En la taquilla hubo alborotos, peleas, se habló de filibusterismo
y de razas, pero no por eso se consiguieron billetes. A las ocho menos
cuarto se ofrecían precios fabulosos por un asiento de anfiteatro. El
aspecto del edificio profusamente iluminado, con plantas y flores
en todas las puertas, volvía locos á los que llegaban tarde, que se
deshacían en exclamaciones y manotadas. Una numerosa muchedumbre hervía
en los alrededores mirando envidiosa á los que entraban, á los que
llegaban temprano temerosos de perder sus asientos: risas, murmullos,
espectacion saludaban á los recien venidos, que desconsolados, se
reunían con los curiosos y, ya que no podían entrar, se contentaban
con ver á los que entraban.
Había sin embargo uno que parecía estraño á tanto afan, á tanta
curiosidad. Era un hombre alto, delgado, que andaba lentamente
arrastrando una pierna rígida. Vestía una miserable americana color
de café y un pantalon á cuadros, sucio, que modelaba sus miembros
huesudos y delgados. Un sombrero hongo, artístico á fuerza de estar
roto, le cubría la enorme cabeza dejando escapar unos cabellos de
un gris sucio, casi rubio, largos, ensortijados en sus estremos como
melenas de poeta. Lo más notable en aquel hombre no era ni su traje,
ni su cara europea sin barba ni bigote, sino el color rojo subido de
ella, color que le ha valido el apodo de Camaroncocido bajo el cual se
le conocía. Era un tipo raro: perteneciente á una distinguida familia,
vivía como un vagabundo, un mendigo; de raza española, se burlaba del
prestigio que azotaba indiferente con sus harapos; pasaba por ser una
especie de repórter y á la verdad sus ojos grises tanto saltones,
tanto fríos y meditabundos, aparecían allí donde acontecía algo
publicable. Su manera de vivir era un misterio para muchos, nadie sabía
donde comía ni donde dormía: acaso tuviera un tonel en alguna parte.
Camaroncocido no tenía en aquel momento la espresion dura é indiferente
de costumbre: algo como una alegre compasion se reflejaba en su
mirada. Un hombrecillo, un vejete diminuto le abordó alegremente.
--¡Amigooó! dijo con voz ronca, quebrada como de rana, enseñando unos
cuantos pesos mejicanos.
Camaroncocido vió los pesos, y se encogió de hombros. A él ¿qué
le importaban?
El vejete era su digno contraste. Pequeñito, muy pequeñito, cubierta
la cabeza con un sombrero de copa trasformado en colosal gusano de
pelo, se perdía en una levita ancha, muy ancha y demasiado larga,
para encontrarse al fin de unos pantalones demasiado cortos que no
pasaban de las pantorillas. Su cuerpo parecía el abuelo y las piernas
los nietos, mientras que por sus zapatos tenía aire de navegar en
seco--¡eran unos enormes zapatos de marinero que protestaban del
gusano de pelo de su cabeza con la energía de un convento al lado de
una Exposicion Universal! Si Camaroncocido era rojo, él era moreno;
aquel siendo de raza española no gastaba un pelo en la cara, él,
indio, tenía perilla y bigotes blancos, largos y ralos. Su mirada
era viva. Llamábanle Tío Quico y, como su amigo, vivía igualmente de
la publicidad: pregonaba las funciones y pegaba los carteles de los
teatros. Era quizás el único filipino que podía impunemente ir á pié
con chistera y levita así como su amigo era el primer español que se
reía del prestigio de la raza.
--El francés me ha gratificado muy bien, decía sonriendo y enseñando
sus pintorescas encías que parecían una calle despues de un incendio;
¡he tenido buena mano en pegar los carteles!
Camaroncocido volvió á encogerse de hombros.
--Quico, repuso en voz cavernosa, si te dan seis pesos por tu trabajo,
¿cuánto darán á los frailes?
Tío Quico con su vivacidad natural levantó la cabeza.
--¿A los frailes?
--¡Porque has de saber, continuó Camaroncocido, que toda esta entrada
se la han procurado los conventos!
En efecto, los frailes, á su cabeza el P. Salví y algunos seglares
capitaneados por don Custodio se habían opuesto á semejantes
representaciones. El P. Camorra que no podía asistir encandilaba los
ojos y se le hacía agua la boca, pero disputaba con Ben Zayb que se
defendía débilmente pensando en los billetes gratis que le enviaría
la empresa. Don Custodio le hablaba de moralidad, de religion, buenas
costumbres, etc.
--Pero, balbuceaba el escritor, si nuestros sainetes con sus juegos
de palabras y frases de doble sentido...
--¡Pero al menos están en castellano! le interrumpía gritando el
virtuoso concejal, encendido en santa ira; ¡¡¡obscenidades en francés,
hombre, Ben Zayb, por Dios, en francés!!! ¡Eso, jamás!
Y decía el ¡jamás! con la energía de un triple Guzman á quien le
amenazasen con matarle una pulga si no rendía veinte Tarifas. El
P. Irene naturalmente opinaba como don Custodio y execraba las operetas
francesas. ¡Pfui! El había estado en Paris, pero ni siquiera pisó la
acera de un teatro, ¡Dios le libre!
Pero la opereta francesa contaba tambien con numerosos partidarios. Los
oficiales del ejército y de la armada, entre ellos los ayudantes
del General, los empleados y muchos grandes señores estaban
ansiosos de saborear las delicadezas de la lengua francesa en
boca de legítimas parisiennes; uníanse á ellos los que viajaron
por las M. M. y chapurrearon un poco de francés durante el viaje,
los que visitaron Paris y todos aquellos que querían echárselas de
ilustrados. Dividióse pues la sociedad de Manila en dos bandos, en
operetistas y antioperetistas que se vieron secundados por señoras de
edad, esposas celosas y cuidadosas del amor de sus maridos, y por las
que tenían novio, mientras las libres y las hermosas se declaraban
furibundas operetistas. Cruzáronse volantes y más volantes, hubo
idas y venidas, dimes y diretes, juntas, cabildeos, discusiones, se
habló hasta de insurreccion de los indios, de la indolencia, de razas
inferiores y superiores, de prestigio y otras patrañas y despues de
mucha chismografía y mucha murmuracion, el permiso se concedió y el
P. Salví publicó una pastoral que nadie leyó sino el corrector de la
imprenta. Díjose que si el General riñó con la condesa, si ésta pasaba
su vida en las quintas de placer, si S. E. estaba aburrido, si el
consul francés, si hubo regalos, etc., etc., y danzaron muchos nombres,
el del chino Quiroga, el de Simoun y hasta los de muchas actrices.
Gracias á este escandaloso preliminar, la impaciencia de la gente
se había excitado y desde la víspera, que fué cuando llegaron los
artistas, solo se hablaba de ir á la primera funcion. Desde que
aparecieron los carteles rojos anunciando Les Cloches de Corneville,
los vencedores se aprestaron á celebrar la victoria. En algunas
oficinas, en vez de pasar el tiempo leyendo periódicos y charlando,
se devoraba el argumento, se leían novelitas francesas y muchos se
iban al escusado y fingían una disentería para consultar á ocultis el
diccionario de bolsillo. No por esto los espedientes se despachaban,
al contrario, hacían volver á todos para el día siguiente, pero el
público no podía enfadarse: se encontraba con unos empleados muy
corteses, muy afables, que les recibían y les despedían con grandes
saludos á la francesa: los empleados se ensayaban, sacudían el polvo á
su francés y se lanzaban mútuamente oui monesiour, s'il bous plaît, y
¡pardon! á cada paso que era una felicidad verlos y oirlos. Pero, donde
la animacion y el apuro llegaban á su colmo, era en las redacciones
de los periódicos; Ben Zayb, señalado como crítico y traductor del
argumento, temblaba como una pobre mujer acusada de brujería; veía
á sus enemigos cazándole los gazapos y echándole en cara sus pocos
conocimientos de francés. Cuando la Opera italiana, á poco más tuvo un
desafío por haber traducido mal el nombre de un tenor; cierto envidioso
publicó inmediatamente un artículo tratándole de ignorante, á él, ¡la
primera cabeza pensante de Filipinas! ¡Lo que le costó defenderse! lo
menos tuvo que escribir diez y siete artículos y consultar quince
diccionarios. Y con este saludable recuerdo el pobre Ben Zayb andaba
con manos de plomo, no decimos piés, por no imitar al P. Camorra que
tenía la avilantez de reprocharle que escribía con ellos.
--¿Ves, Quico? decía Camaroncocido; la mitad de la gente viene por
haber dicho los frailes que no vengan, es una especie de manifestacion;
y la otra mitad, porque se dicen: ¿los frailes lo prohiben? pues
debe ser instructivo. Créeme, Quico, tus programas eran buenos,
¡pero mejor es aun el Pastoral y cuenta que no lo ha leido nadie!
--Amigooó, ¿crees tuuú, preguntó inquieto Tío Quico, que por la
competencia del P. Salví en adelanteee se supriman mis funcioneees?
--Puede ser, Quico, puede ser, contestó el otro mirando hácia el cielo;
el dinero empieza á escasear...
Tío Quico murmuró algunas palabras y frases incoherentes; si los
frailes se meten á anunciadores de teatro se metería él á fraile. Y
despues de despedirse de su amigooó se alejó tosiendo y haciendo
sonar sus pesos.
Camaroncocido, con su indiferencia de siempre, continuó vagando acá
y allá con la pierna á cuestas y la mirada soñolienta. Llamaron su
atencion la llegada de fisonomías estrañas, venidas de diferentes
puntos y que se hacían señas con un guiño, una tos. Era la primera
vez que veía en tales ocasiones semejantes individuos, él que conocía
todas las facciones de la ciudad y todas sus fisonomías. Hombres
de cara oscura, espaldas dobladas, aire inquieto y poco seguro, y
mal disfrazados como si se pusiesen por primera vez la americana. En
vez de colocarse en primera fila para ver á sus anchas, se ocultaban
entre sombras como evitando ser vistos.
--¿Policía secreta ó ladrones? se preguntó Camaroncocido é
inmediatamente se encogió de hombros; y á mí ¿qué me importa?
El farol de un coche que venía alumbró al pasar un grupo de cuatro
ó cinco de estos individuos hablando con uno que parecía militar.
--¡Policía secreta! ¡será un nuevo cuerpo! murmuró.
E hizo su gesto de indiferencia. Pero luego observó que el militar,
despues de comunicar con dos ó tres grupos más, se dirigió á
un coche y pareció hablar animadamente con una persona en el
interior. Camaroncocido dió algunos pasos y sin sorprenderse creyó
reconocer al joyero Simoun, mientras sus finos oidos percibían este
corto diálogo:
--¡La señal es un disparo!
--Sí, señor.
--No tengais cuidado; es el General quien lo manda; pero cuidado con
decirlo. Si seguís mis instrucciones, ascendereis.
--Sí, señor.
--¡Con que estad dispuestos!
La voz calló y segundos despues el coche se puso en
movimiento. Camaroncocido, apesar de toda su indiferencia, no pudo
menos de murmurar:
--Algo se trama... ¡atencion á los bolsillos!
Y sintiendo que los suyos estaban vacíos, volvió á encogerse de
hombros. ¿A él qué le importaba que el cielo se venga abajo?
Y siguió haciendo su ronda. Al pasar delante de dos personas que
hablaban, pescó lo que una de ellas que tenía en el cuello rosarios
y escapularios, decía en tagalo:
--Los frailes pueden más que el General, no seas simple; éste se va y
ellos se quedan. Con tal de que lo hagamos bien nos haremos ricos. ¡La
señal es un disparo!
--¡Aprieta, aprieta! murmuró Camaroncocido sacudiendo los dedos; allá
el General, y aquí el P. Salví... ¡Pobre país!... Pero ¿y á mí qué?
Y encogiéndose de hombros y escupiendo al mismo tiempo, dos gestos
que en él eran los signos de la mayor indiferencia, prosiguió sus
observaciones...
Entretanto los coches venían en vertiginosa carrera, paraban de firme
junto á la puerta depositando á la alta sociedad. Las señoras, aunque
apenas hacía fresco, lucían magníficos chales, pañolones de seda y
hasta abrigos de entretiempo; los caballeros, los que iban de frac
y corbata blanca usaban gabanes, otros los llevaban sobre el brazo
luciendo los ricos forros de seda.
En el grupo de los curiosos, Tadeo, el que se enferma en el momento
que baja el catedrático, acompaña á su compoblano, el novato que vimos
sufrir las consecuencias del mal leido principio de Descartes. El
novato es muy curioso y pregunton y Tadeo se aprovecha de su ingenuidad
é inexperiencia para contarle las más estupendas mentiras. Cada
español que le saluda, sea empleadillo ó dependiente de almacen, lo
endosa á su compañero por gefe de negociado, marqués, conde, etc.;
en cambio si pasaba de largo, ¡psh! es un bago, un oficial quinto,
¡un cualquiera! Y cuando faltaban los pedestres para mantener la
admiracion del novato, abusaba de los coches flamantes que desfilaban;
Tadeo saludaba graciosamente, hacía un signo amistoso con la mano,
soltaba un ¡adios! familiar.
--¿Quién es?
--¡Bah! contesta negligentemente; el Gobernador Civil... el Segundo
Cabo... el magistrado tal... la señora de... ¡amigos míos!
El novato le admira, le escucha embobado y se cuida muy bien de
ponerse á la izquierda. Tadeo, ¡¡amigo de magistrados y gobernadores!!
Y Tadeo le nombra todas las personas que llegan y, cuando no las
conoce, inventa apellidos, historias y da curiosos detalles.
--¿Ves? aquel señor alto, de patillas negras, algo bizco, vestido de
negro, es el magistrado A, amigo íntimo de la señora del coronel B;
un día, á no ser por mí, se pegan los dos... ¡adios! Mira, allí llega
precisamente el coronel, ¿si se pegarán?
El novato suspende la respiracion, pero el coronel y el magistrado se
estrechan afectuosamente la mano; el militar, un solteron, pregunta
por la salud de la familia, etc.
--¡Ah! ¡gracias á Dios! respira Tadeo; soy yo quien les ha hecho
amigos.
--¿Si les pidiera usted que nos hagan entrar? pregunta con cierta
timidez el novato.
--¡Ca, hombre! ¡Yo no pido nunca favores! dice magestuosamente Tadeo;
los hago, pero desinteresadamente.
El novato se muerde los labios, se queda más pequeño y pone una
respetuosa distancia entre él y su compoblano.
Tadeo continúa:
--Ese es el músico H... ese, el abogado J que pronunció como suyo un
discurso impreso en todos los libros y los oyentes le felicitaron y le
admiraron... El médico K, ese que baja de un hansomcab, especialista
en enfermedades de niños, por eso le llaman Herodes... Ese es el
banquero L que solo sabe hablar de sus riquezas y almorranas... el
poeta M que siempre trata de estrellas y del más allá... Allí va la
hermosa señora de N que el Padre Q suele encontrar cuando visita al
marido ausente... el comerciante judío P que se vino con mil pesos
y ahora es millonario... Aquel de larga barba es el médico R que se
ha hecho rico creando enfermos mejor que sanando...
--¿Creando enfermos?
--Sí, hombre, en el reconocimiento de los quintos... ¡atencion! Ese
respetable señor que va elegantemente vestido, no es médico pero es un
homeópata sui generis: profesa en todo el similia similibus... El joven
capitan de caballería que con él va, es su discípulo predilecto... Ese
con traje claro que tiene el sombrero ladeado, es el empleado S cuya
máxima es no ser nunca cortés y se le llevan los diablos cuando ve
un sombrero puesto sobre la cabeza de otro; dicen que lo hace para
arruinar á los sombrereros alemanes... Ese que llega con su familia
es el riquísimo comerciante C que tiene más de cien mil pesos de
renta... pero ¿qué me dirás si te cuento que me debe todavía cuatro
pesos cinco reales y doce cuartos? Pero ¿quién cobra á un ricacho
como ése?
--¿Le debe á usted ese señor?
--¡Claro! un día le saqué de un gran apuro, era un viernes á las
siete y media de la mañana, todavía me acuerdo, yo no había almorzado
aun... Esa señora que va seguida de una vieja es la célebre Pepay la
bailarina... ahora ya no baila desde que un señor muy católico y muy
amigo mío... se lo ha prohibido... Allí está el calavera Z, de seguro
que va tras la Pepay para hacerla bailar otra vez. Es un buen chico,
muy amigo mío; no tiene más defectos que uno: es mestizo chino y se
llama á sí mismo español peninsular. ¡Sst! Mira á Ben Zayb, ese con
cara de fraile, que lleva un lapiz en la mano y un rollo de papeles,
es el gran escritor Ben Zayb, muy amigo mío; ¡tiene un talento!...
--Diga usted, y ese hombrecillo con patillas blancas...
--Ese es el que ha hecho de sus hijas, esas tres pequeñitas, auxiliares
de Fomento para que cobren en la nómina... Es un señor muy listo, ¡pero
muy listo! comete una tontería y la atribuye... á los otros, se compra
camisas y las paga la Caja. Es listo, muy listo, ¡pero muy listo!...
Tadeo se interrumpe.
--Y ese señor ¿que tiene aire feroz y mira á todo el mundo por encima
de sus hombros? pregunta el novato señalando á un hombre que mueve
la cabeza con altanería.
Pero Tadeo no responde, alarga el cuello para ver á la Paulita Gomez
que venía en compañía de una amiga, de doña Victorina y de Juanito
Pelaez. Este les había regalado un palco y estaba más jorobado
que nunca.
Llegan coches y más coches, llegan los artistas que entran por otra
puerta seguidos de amigos y admiradores.
Paulita ya ha entrado y continúa Tadeo:
--Esas son las sobrinas del rico Capitan D, esas que vienen en el
landó; ¿ves qué hermosas y sanas son? Pues dentro de algunos años
estarán muertas ó locas... Capitan D se opone á que se casen,
y la locura del tío se manifiesta en las sobrinas... Esa es la
señorita E, la riquísima heredera que se disputan el mundo y los
conventos... ¡Calla! ¡á ese le conozco! el P. Irene, disfrazado,
¡con bigotes postizos! ¡Le conozco en su nariz! ¡Y él que tanto
se oponía!...
El novato mira escandalizado y vé desaparecer una bien cortada levita
detrás de un grupo de señoras.
--¡Las tres Parcas! continuó Tadeo viendo llegar á tres señoritas
secas, huesudas, ojerosas, de ancha boca y cursimente vestidas. Se
llaman...
--¿Atropos?... balbucea el novato que quería hacer ver que tambien
sabía algo, al menos la mitología...
--No, hombre, se llaman las señoritas de Balcon, criticonas,
solteronas, pelonas... Profesan odio á todo, á hombres á mujeres,
á niños... Pero, mira como al lado del mal Dios pone el remedio,
solo que á veces llega tarde. Detrás de las Parcas, espanto de la
ciudad, vienen esos tres, el orgullo de sus amigos, entre los cuales
yo me cuento. Ese joven delgado, de ojos saltones, algo encorvado,
que gesticula con viveza porque no ha encontrado billetes, es el
químico S, autor de muchos estudios y trabajos científicos, premiados
algunos y notables todos; los españoles dicen de él que promete,
promete... El que le apacigua con su risa volteriana es el poeta T,
chico de talento, muy amigo mío, y por lo mismo que es de talento
ha arrojado la pluma. El otro que les propone entrar con los actores
por la otra puerta, es el joven médico U, que ha hecho muchas buenas
curas; de él dicen tambien que promete... no está tan jorobado como
Pelaez pero es más listo y más pillo todavía. Yo creo que á la misma
Muerte le cuenta bolas y la marea.
--¿Y ese señor moreno con bigotes como cerdas?
--¡Ah! es el comerciante F que todo lo falsifica hasta su fé de
bautismo; quiere á toda costa ser mestizo español y hace heroicos
esfuerzos por olvidarse de su idioma.
--Pero, sus hijas son muy blancas...
--¡Sí, razon por la cual el arroz ha subido de precio y eso que no
comen más que pan!
El novato no comprende la relacion del precio del arroz con la blancura
de aquellas muchachas.
--Allí está el novio, ese joven delgado, moreno, de andar lento que
las sigue y que saluda con aire protector á los tres amigos que se
ríen de él... es un mártir de sus ideas, de su consecuencia.
El novato se sintió lleno de admiracion y respeto hácia el joven.
--Tiene aire de tonto, pero lo es, continuó Tadeo; nació en San Pedro
Makati y se priva de muchas cosas; no se baña casi nunca ni prueba el
cerdo porque, segun él, los españoles no lo comen y por la misma razon
no toma arroz, patís ni bagoon, aunque se muera de hambre y se le haga
agua la boca... Todo lo que venga de Europa, podrido ó en conserva,
le sabe á cielo y hace un mes Basilio le salvó de una feroz gastritis:
¡se había comido un tarro de mostaza para probar que es europeo!
En aquel momento la orquesta empezó á tocar un vals.
--¿Ves ese señor? ¿ese enclenque que va volviendo la cabeza buscando
saludos? Es el célebre gobernador de Pangasinan, un buen hombre
que pierde el apetito cuando algun indio deja de saludarle... A
poco más se muere si no suelta el bando de los saludos á que debe su
celebridad. ¡Pobre señor! hace tres días que ha venido de la provincia
y ¡cuánto ha enflaquecido! ¡oh! hé aquí al grande hombre, al insigne,
¡abre tus ojos!
--¿Quién? ¿Ese de las cejas fruncidas?
--Sí, ese es don Custodio, el liberal don Custodio, tiene las cejas
fruncidas porque medita algun proyecto importante... si se lleváran
á cabo las ideas que tiene en la cabeza, ¡otra cosa sería! ¡Ah! aquí
viene Makaraig, ¡tu compañero de casa!
En efecto venía Makaraig con Pecson, Sandoval, é Isagani. Tadeo al
verlos se adelantó y les saludó.
--¿No viene usted? preguntóle Makaraig.
--No hemos encontrado billetes...
--A propósito, tenemos un palco, repuso Makaraig; Basilio no puede
venir... vengan ustedes con nosotros.
Tadeo no se hizo repetir la invitacion. El novato, temiendo molestar,
con la timidez propia de todo indio provinciano, se escusó y no hubo
medio de hacerle entrar.