Cierto era lo que había dicho el P. Irene: la cuestion de la
Academia de castellano, tanto tiempo ha presentada, se encaminaba
á una solucion. Don Custodio, el activo don Custodio, el más activo
de todos los ponentes del mundo segun Ben Zayb, se ocupaba de ella y
pasaba los días leyendo el espediente y se dormía sin haber podido
decidir nada: se levantaba al siguiente, hacía lo mismo, volvía
á dormirse y así sucesivamente. ¡Cuánto trabajaba el pobre señor,
el más activo de todos los ponentes del mundo! Quería salir del paso
dando gusto á todos, á los frailes, al alto empleado, á la condesa,
al P. Irene y á sus principios liberales. Había consultado con el señor
Pasta y el señor Pasta le dejó tonto y mareado despues de aconsejarle
un millon de cosas contradictorias é imposibles; consultó con Pepay
la bailarina, y Pepay la bailarina que no sabía de qué se trataba,
hizo una pirueta, le pidió veinticinco pesos para enterrar á una tía
suya que acababa de morir de repente por quinta vez, ó por la quinta
tía que se le moría segun más latas explicaciones, no sin exigir que
hiciese nombrar á un primo suyo que sabía leer, escribir y tocar el
violin, auxiliar de fomento, cosas todas que estaban muy lejos para
inspirarle á D. Custodio una idea salvadora.
Dos días despues de los acontecimientos de la feria de Kiapò, estaba
don Custodio trabajando como siempre, estudiando el espediente sin
encontrar la dichosa solucion. Pero mientras bosteza, tose, fuma y
piensa en las piruetas y en las piernas de Pepay, vamos á decir algo
sobre este elevado personaje para que se comprenda la razon por qué
el P. Sibyla le propuso para terminar tan espinoso asunto y por qué
le aceptaron los del otro partido.
D. Custodio de Salazar y Sanchez de Monteredondo (a) Buena Tinta,
pertenecía á esa clase de la sociedad manilense que no da un paso
sin que los periódicos le cuelguen por delante y por detrás mil
apelativos llamándole infatigable, distinguido, celoso, activo,
profundo, inteligente, conocedor, acaudalado, etc., etc., como si
temiesen se confundiese con otro del mismo nombre y apellidos, haragan
é ignorante. Por lo demás, mal ninguno resultaba de ello y la previa
censura no se inquietaba. El Buena Tinta le venía de sus amistades con
Ben Zayb, cuando éste, en las dos ruidosísimas polémicas que sostuvo
durante meses y semanas en las columnas de los periódicos sobre si
debía usarse sombrero hongo, de copa ó salakot, y sobre si el plural
de caracter debía ser carácteres y no caractéres, para robustecer sus
razones siempre se salía con «cónstanos de buena tinta,» «lo sabemos
de buena tinta,» etc., sabiéndose despues, porque en Manila se sabe
todo, que esta buena tinta no era otro que D. Custodio de Salazar y
Sanchez de Monteredondo.
Había llegado á Manila muy joven, con un buen empleo que le permitió
casarse con una bella mestiza perteneciente á una de las familias más
acaudaladas de la ciudad. Como tenía talento natural, atrevimiento
y mucho aplomo, supo utilizar bien la sociedad en que se encontraba
y con el dinero de su esposa se dedicó á negocios, á contratas con
el Gobierno y el Ayuntamiento, por lo que le hicieron concejal,
despues alcalde, vocal de la Sociedad Económica de Amigos del Pais,
consejero de Administracion, presidente de la Junta Administrativa
de Obras Pías, vocal de la Junta de la Misericordia, consiliario
del Banco Español Filipino, etc., etc., etc. Y no se crea que estos
etcéteras se parecen á los que se ponen de ordinario despues de una
larga enumeracion de títulos: D. Custodio, con no haber visto nunca un
tratado de Higiene, llegó á ser hasta vice presidente de la Junta de
Sanidad de Manila, verdad es tambien que de los ocho que la componen
solo uno tenía que ser médico y este uno no podía ser él. Asimismo fué
vocal de la Junta Central de vacuna, compuesta de tres médicos y siete
profanos entre estos el arzobispo y tres provinciales: fué hermano
de cofradías y archicofradías y como hemos visto, vocal ponente de
la Comision Superior de Instruccion Primaria que no suele funcionar,
razones todas más que suficientes para que los periódicos le rodeen
de adjetivos así cuando viaja como cuando estornuda.
Apesar de tantos cargos, D. Custodio no era de los que se dormían en
las sesiones contentándose, como los diputados tímidos y perezosos,
con votar con la mayoría. Al reves de muchos reyes de Europa que
llevan el título de rey de Jerusalem, D. Custodio hacía valer su
dignidad y sacaba de ella todo el jugo que podía, fruncía mucho
las cejas, ahuecaba la voz, tosía las palabras y muchas veces
hacía el gasto de toda la sesion contando un cuento, presentando
un proyecto ó combatiendo á un colega que se le había puesto entre
ceja y ceja. Apesar de no pasar de los cuarenta, hablaba entonces
de obrar con tiento, de dejar que se maduren las brevas, y añadía
por lo bajo, ¡melones!--de pensar mucho y andar con piés de plomo,
de la necesidad de conocer el pais, porque las condiciones del indio,
porque el prestigio del nombre español, porque primero eran españoles,
porque la religion, etc., etc. Todavía se acuerdan en Manila de un
discurso suyo cuando por primera vez se propuso el alumbrado de
petróleo para sustituir el antiguo de aceite de coco: en aquella
inovacion, lejos de ver la muerte de la industria del aceite, solo
columbró los intereses de cierto concejal--porque D. Custodio ve
largo--y opúsose con todos los ecos de su cavidad bucal, encontrando
el proyecto demasiado prematuro y vaticinando grandes cataclismos
sociales. No menos célebre fué su oposicion á una serenata sentimental
que algunos querían dar á cierto gobernador en la víspera de su marcha:
D. Custodio que estaba algo resentido por no recordamos qué desaires,
supo insinuar la especie de si el astro veniente era enemigo mortal
del saliente, con lo que atemorizados los de la serenata, desistieron.
Un día, aconsejáronle volver á España para curarse de una enfermedad
del hígado, y los periódicos hablaron de él como de un Anteo que
necesitaba poner el pié en la Madre Patria para recobrar nuevas
fuerzas; mas el Anteo manileño se encontró en medio de la Corte,
tamañito é insignificante. Allí él no era nadie y echaba de menos sus
queridos adjetivos. No alternaba con las primeras fortunas, su carencia
de instruccion no le daba mucha importancia en los centros científicos
y academias, y por su atraso y su política de convento, salía alelado
de los círculos, disgustado, contrariado, no sacando nada en claro
sino que allí se pegan sablazos y se juega fuerte. Echaba de menos los
sumisos criados de Manila que le sufrían todas las impertinencias,
y entonces le parecían preferibles; como el invierno le pusiese
entre un brasero y una pulmonía, suspiraba por el invierno de Manila
en que le bastaba una sencilla bufanda; en el verano le faltaba la
silla perezoza y el batà para abanicarle, en suma, en Madrid era él
uno de tantos y, apesar de sus brillantes, le tomaron una vez por un
paleto que no sabe andar, y otra por un indiano, se burlaron de sus
aprensiones y le tomaron el pelo descaradamente unos sablacistas por
él desairados. Disgustado de los conservadores que no hacían gran caso
de sus consejos, como de los gorristas que le chupaban los bolsillos,
declaróse del partido liberal volviéndose antes del año á Filipinas,
si no curado del hígado, trastornado por completo en sus ideas.
Los once meses de vida de Corte, pasados entre políticos de café,
cesantes casi todos; los varios discursos pescados aquí y allí, tal ó
cual artículo de oposicion y toda aquella vida política que se absorbe
en la atmósfera, desde la peluquería entre el tijeretazo y tijeretazo
del Fígaro que espone su programa hasta los banquetes donde se diluyen
en periodos armoniosos y frases de efecto los distintos matices
de credos políticos, las divergencias, disidencias, descontentos,
etc., todo aquello, á medida que se alejaba de Europa renacía con
potente sávia dentro de sí como semilla sembrada, impedida de crecer
por espeso follaje, y de tal manera que, cuando fondeó en Manila,
se creyo que la iba á regenerar y en efecto tenía los más santos
propósitos y los más puros ideales.
A los primeros meses de su llegada, todo era hablar de la Corte, de
sus buenos amigos, de ministro Tal, ex-ministro Cual, disputado C,
escritor B; no había suceso político, escándalo cortesano del que
no estuviese enterado en sus mínimos detalles, ni hombre público de
cuya vida privada no conociese los secretos, ni podía suceder nada
que no hubiese previsto ni dictarse una reforma sobre la que no le
hubiesen pedido anticipadamente su parecer y todo esto sazonado de
ataques á los conservadores, con verdadera indignacion, de apologías
del partido liberal, de un cuentecillo aquí, una frase allá de un
grande hombre, intercalando como quien no quiere ofrecimientos y
empleos que rehusó por no deber nada á los conservadores. Tal era su
ardor en aquellos primeros días que varios de los contertulios en el
almacen de comestibles que visitaba de vez en cuando, se afiliaron al
partido liberal y liberales se llamaron D. Eulogio Badana, sargento
retirado de carabineros, el honrado Armendía piloto y furibundo
carlista, D. Eusebio Picote, vista de aduanas y D. Bonifacio Tacon,
zapatero y talabartero.
Sin embargo, los entusiasmos, faltos de aliciente y de lucha, fueron
apagándose poco á poco. El no leía los periódicos que le llegaban
de España, porque venían por paquetes y su vista le hacía bostezar;
las ideas que había pescado, usadas todas, necesitaban refuerzo y no
estaban allí sus oradores: y aunque en los casinos de Manila se juega
bastante y se dan bastantes sablazos como en los círculos de la Corte,
no se permitía en aquellos sin embargo ningun discurso para alimentar
los ideales políticos. Pero D. Custodio no era perezoso, hacía algo más
que querer, obraba, y previendo que iba á dejar sus huesos en Filipinas
y juzgando que aquel pais era su propia esfera, dedicóle sus cuidados
y creyó liberalizarlo imaginando una serie de reformas y proyectos
á cual más peregrinos. El fué quien habiendo oido en Madrid hablar
del pavimento de madera de las calles de Paris, entonces no adoptado
todavía en España, propuso su aplicacion en Manila, estendiendo por
las calles tablas, clavadas al modo como se ven en las casas; él
fué quien lamentando los accidentes de los vehículos de dos ruedas,
para prevenirlos discurrió que les pusieran lo menos tres; él fué
tambien quien, mientras actuaba de Vice Presidente de la Junta de
Sanidad, le dió por fumigarlo todo, hasta los telegramas que venían
de los puntos infestados; él fué tambien quien, compadeciendo por una
parte á los presidiarios que trabajaban en medio del sol y queriendo
por otra ahorrar al gobierno de gastar en el equipo de los mismos,
propuso vestirlos con un simple taparrabo y hacerlos trabajar, en vez
de día, de noche. Se estrañaba, se ponía furioso de que sus proyectos
encontrasen impugnadores, pero se consolaba con pensar que el hombre
que vale enemigos tiene, y se vengaba atacando y desechando cuantos
proyectos buenos ó malos presentaban los demás.
Como se picaba de liberal, al preguntarle qué pensaba de los indios
solía responder, como quien hace un gran favor, que eran aptos para
trabajos mecánicos y artes imitativas (él quería decir música,
pintura y escultura), y añadía su vieja coletilla de que para
conocerlos hay que contar muchos, muchos años de pais. Sin embargo
si oía que alguno sobresalía en algo que no sea trabajo mecánico ó
arte imitativa, en química, medicina ó filosofía por ejemplo, decía:
¡Psh! promeeete... ¡no es tonto! y estaba él seguro de que mucho de
sangre española debía correr por las venas del tal indio, y si no lo
podía encontrar apesar de toda su buena voluntad, buscaba entonces un
orígen japonés: empezaba á la sazon la moda de atribuir á japoneses y
á árabes, cuanto de bueno los filipinos podían tener. Para D. Custodio
el kundiman, el balitaw, el kumingtang eran músicas árabes como el
alfabeto de los antiguos filipinos y de ello estaba seguro aunque no
conocía ni el árabe ni había visto aquel alfabeto.
--¡Arabe y del más puro árabe! decía á Ben Zayb en tono que no admitía
réplica; cuando más, chino.
Y añadía con un guiño significativo:
--Nada puede ser, nada debe ser original de los indios, ¿entiende
usted? Yo les quiero mucho, pero nada se les debe alabar pues cobran
ánimos y se hacen unos desgraciados.
Otras veces decía:
--Yo amo con delirio á los indios, me he constituido en su padre y
defensor, pero es menester que cada cosa esté en su lugar. Unos han
nacido para mandar y otros para servir; claro está que esta verdad no
se puede decir en voz alta, pero se la practica sin muchas palabras. Y
mire usted, el juego consiste en pequeñeces. Cuando usted quiera
sujetar al pueblo, convénzale de que está sujeto; el primer día se va á
reir, el segundo va á protestar; el tercero dudará y el cuarto estará
convencido. Para tener al filipino docil, hay que repetirle día por
día de que lo es y convencerle de que es incapaz. ¿De qué le serviría
por lo demás creer en otra cosa si se hace desgraciado? Créame usted,
es un acto de caridad mantener cada ser en la posicion en que está;
allí está el orden, la armonía. En eso consiste la ciencia de gobernar.
Don Custodio refiriéndose á su política ya no se contentaba con la
palabra arte. Y al decir gobernar estendía la mano bajándola á la
altura de un hombre de rodillas, encorvado.
En cuanto á ideas religiosas preciábase de ser católico, muy católico,
¡ah! la católica España, la tierra de María Santísima... un liberal
puede y debe ser católico donde los retrógrados se las echan de
dioses ó santos cuando menos, así como un mulato pasa por blanco
en la Cafrería. Con todo, comía carne durante la Cuaresma menos el
Viernes santo, no se confesaba jamás, no creía en milagros ni en la
infalibilidad del Papa y cuando oía misa, se iba á la de diez ó á
la más corta, la misa de tropa. Aunque en Madrid había hablado mal
de las órdenes religiosas para no desentonar del medio en que vivía,
considerándolas como anacronismos, echando pestes contra la Inquisicion
y contando tal ó cual cuento verde ó chusco donde bailaban los hábitos
ó, mejor, frailes sin hábitos, sin embargo al hablar de Filipinas
que deben regirse por leyes especiales, tosía, lanzaba una mirada de
inteligencia, volvía á estender la mano á la altura misteriosa,
--Los frailes son necesarios, son un mal necesario, decía.
Y se enfurecía cuando algun indio se atrevía á dudar de los milagros
ó no creía en el Papa. Todos los tormentos de la Inquisicion eran
pocos para castigar semejante osadía.
Si le objetaban que dominar ó vivir á costa de la ignorancia tiene
otro nombre algo mal sonante y lo castigan las leyes cuando el culpable
es uno solo, él se salía citando otras colonias.
--Nosotros, decía con su voz de ceremonia, ¡podemos hablar muy alto! No
somos como los ingleses y holandeses que para mantener en la sumision
á los pueblos se sirven del látigo... disponemos de otros medios más
suaves, más seguros; el saludable influjo de los frailes es superior
al látigo inglés...
Esta frase suya hizo fortuna y por mucho tiempo Ben Zayb la estuvo
parafraseando y con él toda Manila, la Manila pensadora la celebraba;
la frase llegó hasta la Corte, se citó en el Parlamento como de un
liberal de larga residencia, etc., etc., etc., y los frailes, honrados
con la comparacion y viendo afianzado su prestigio, le enviaron arrobas
de chocolate, regalo que devolvió el incorruptible don Custodio, cuya
virtud inmediatamente Ben Zayb comparó con la de Epaminondas. Y sin
embargo, el Epaminondas moderno se servía del bejuco en sus momentos
de cólera, ¡y lo aconsejaba!
Por aquellos días, los conventos, temerosos de que diese un dictamen
favorable á la peticion de los estudiantes, repetían sus regalos y la
tarde en que le vemos, estaba más apurado que nunca, pues su fama de
activo se comprometía. Hacía más de quince días que tenía en su poder
el espediente y aquella mañana el alto empleado, despues de alabar su
celo, le había preguntado por su dictámen. Don Custodio respondió con
misteriosa gravedad dando á entender que ya lo tenía terminado: el alto
empleado se sonrió, y aquella sonrisa ahora le molestaba y perseguía.
Como decíamos, bostezaba y bostezaba. En uno de esos movimientos,
en el momento en que abría los ojos y cerraba la boca, se fijó en
la larga fila de cartapacios rojos, colocados órdenadamente en el
magnífico estante de kamagon: al dorso de cada uno se leía en grandes
letras: PROYECTOS.
Olvidóse por un momento de sus apuros y de las piruetas de Pepay,
para considerar ¡que todo lo que se contenía en aquellas gradas había
salido de su fecunda cabeza en momentos de inspiracion! ¡Cuántas ideas
originales, cuántos pensamientos sublimes, cuantos medios salvadores
de la miseria filipina! ¡La inmortalidad y la gratitud del país las
tenía él seguras!
Como un viejo pisaverde que descubre mohoso paquete de epístolas
amatorias, levantóse don Custodio y se acercó al estante. El primer
cartapacio, grueso, hinchado, pletórico, llevaba por título «PROYECTOS
en proyecto.»
--¡No! murmuró; hay cosas excelentes, pero se necesitaría un año
para releerlos.
El segundo, bastante voluminoso tambien, se titulaba «PROYECTOS en
estudio.»--¡No, tampoco!
Luego venían los «PROYECTOS en maduracion...» «PROYECTOS
presentados...» «PROYECTOS rechazados...» «PROYECTOS aprobados...»
«PROYECTOS suspendidos...» Estos últimos cartapacios contenían poca
cosa, pero el último menos todavía, el de los «PROYECTOS en ejecucion.»
Don Custodio arrugó la nariz, ¿qué tendrá? Ya se había olvidado de
lo que podía haber dentro. Una hoja de papel amarillento asomaba por
entre las dos cubiertas, como si el cartapacio le sacase la lengua.
Sacólo del armario y lo abrió: era el famoso proyecto de la Escuela
de Artes y Oficios.
--¡Qué diantre! exclamó; pero si se han encargado de ella los Padres
Agustinos...
De repente se dió una palmada en la frente, arqueó las cejas, una
espresion de triunfo se pintó en su semblante.
--¡Si tengo la solucion, c--! exclamó lanzando una palabrota que no
era el eureka pero que principia por donde este termina; mi dictamen
está hecho.
Y repitiendo cinco ó seis veces su peculiar eureka que azotaba el
aire como alegres latigazos, radiante de júbilo se dirigió á su mesa
y empezó á emborronar cuartillas.