SUPERCHERIAS

Mr. Leeds, un verdadero yankee, vestido todo de negro, les recibió

con mucha deferencia. Hablaba bien el castellano por haber estado

muchos años en la América del Sur. No opuso ninguna dificultad á la

pretension de nuestros visitadores, dijo que podían examinar todo,

todo, antes y despues de la representacion; durante ella les suplicaba

se estuviesen tranquilos. Ben Zayb se sonreía y saboreaba el disgusto

que preparaba al americano.

La sala, tapizada toda de negro, estaba alumbrada por lámparas

antiguas, alimentadas con espíritu de vino. Una barrera cubierta de

terciopelo negro la dividía en dos partes casi iguales, una, llena de

sillas para los espectadores, y otra, ocupada por un entarimado con

una alfombra á cuadros. Sobre este entarimado, en la parte media, se

elevaba una mesa cubierta por un rico paño negro, lleno de calaveras

y otras figuras cabalísticas. La mise en scène resultaba lúgubre, é

impresionó á los alegres visitadores. Las bromas cesaron, se hablaba

en voz baja y por más que algunos se querían mostrar despreocupados,

en los labios no cuajaba la risa. Todos sentían como si entrasen en

una casa donde hay un muerto. Un olor á incienso y á cera aumentaban

esta ilusion. D. Custodio y el P. Salví se consultaron en voz baja

sobre si sería ó no conveniente prohibir semejantes espectáculos.

Ben Zayb, para animar á los impresionables y poner en aprieto á

Mr. Leeds, le dijo en tono familiar:

--Eh, mister, puesto que no hay más que nosotros y no somos indios

que se dejan pescar, ¿permite usted que les haga ver la trampa? Ya

sabemos que es cuestion de óptica pura, pero como el P. Camorra no

quiere convencerse...

Y se dispuso á saltar la barrera sin pasar por la debida puerta,

mientras el P. Camorra se deshacía en protestas temiendo que Ben Zayb

tuviese razon.

--¿Y cómo no, señor? contestó el americano; ¿pero no me rompa nada,

estamos?

El periodista estaba ya sobre el entarimado.

--¿Permite usted? decía.

Y sin aguardar el permiso, temiendo que Mr. Leeds no se lo concediese,

levantó el paño y buscó los espejos que esperaba debía haber entre

los piés. Ben Zayb soltó una media palabrota, retrocedió, volvió á

introducir ambas manos debajo de la mesa agitándolas: se encontraba

con el vacío. La mesa tenía tres piés delgados de hierro que se

hundían en el suelo.

El periodista miró á todas partes como buscando algo.

--¿Dónde están los espejos? preguntó el P. Camorra.

Ben Zayb miraba y miraba, palpaba la mesa, levantaba el paño, y se

llevaba de cuando en cuando la mano á la frente como para recordar

algo.

--¿Se le ha perdido algo? preguntó Mr. Leeds.

--Los espejos, mister, ¿dónde están los espejos?

--Los de usted no sé donde estarán, los míos los tengo en la

Fonda... ¿quiere usted mirarse? Está usted algo descompuesto y pálido.

Muchos, apesar de la impresion, al ver la calma guasona del americano

se rieron y Ben Zayb muy corrido volvió á su asiento, murmurando:

--No puede ser; verán ustedes como no lo hace sin espejos; tendrá

luego que cambiar de mesa...

Mr. Leeds volvió á colocar el paño sobre la mesa y dirigiéndose á

los ilustres curiosos les preguntó:

--¿Están ustedes satisfechos? ¿podemos empezar?

--¡Anda, que tiene flema! dijo la señora viuda.

--Pues tomen asiento las señoras y señores y piensen en lo que

quieran preguntar.

Mr. Leeds desapareció por una puerta y al cabo de algunos segundos

volvió con una caja de madera oscura, carcomida, con algunas

inscripciones representadas por aves, mamíferos, flores, cabezas

humanas, etc.

--Señoras y señores, dijo Mr. Leeds con cierta gravedad: visitando una

vez la gran pirámide de Khufu, faraon de la cuarta dinastía, dí con un

sarcófago de granito rojo, en un aposento olvidado. Mi gozo fué grande

creyendo encontrarme con una momia de la familia real, mas, cual no

sería mi desencanto cuando, abierto el sarcófago despues de infinitos

trabajos, no encontré más que esta caja que ustedes pueden examinar.

Y paseó la caja á los que estaban en primera fila. El P. Camorra echó

el cuerpo hácia atrás como si tuviese asco, el P. Salví la miró de

cerca como si le atrajesen las cosas sepulcrales; el P. Irene sonreía

con la sonrisa del inteligente; D. Custodio afectaba gravedad y

desden, y Ben Zayb buscaba su espejo; allí debía estar, pues de

espejos se trataba.

--¡Como huele á cadaver! dijo una señora; ¡puff!

Y se abanicó furiosamente.

--¡Huele á cuarenta siglos! observó uno con énfasis.

Ben Zayb se olvidó del espejo para ver quien había dicho aquella

frase. Era un militar que había leido la historia de Napoleon. Ben

Zayb le tuvo envidia y para soltar otra frase que molestase en algo

al P. Camorra, dijo:

--¡Huele á Iglesia!

--Esta caja, señoras y señores, continuó el americano, contenía un

puñado de cenizas y un pedazo de papiro, donde había algunas palabras

escritas. Véanlo ustedes, pero les suplico no respiren con fuerza

porque si parte de la ceniza se pierde, mi esfinge aparecerá mutilada.

La farsa, dicha con tanta seriedad y conviccion, se imponía poco

á poco, de tal suerte que cuando la caja pasó, ninguno se atrevió

á respirar. El P. Camorra que tantas veces había descrito en el

púlpito de Tianì las torturas y sufrimientos del infierno mientras

se reía para sus adentros de las miradas aterradas de las pecadoras,

se tapó la nariz; y el P. Salví, el mismo P. Salví que había hecho en

el día de difuntos una fantasmagoría de las almas del Purgatorio, con

fuegos y figuras iluminadas al transparente, con lámparas de alcohol,

trozos de oropel, en el altar mayor de la iglesia de un arrabal para

conseguir misas y limosnas, el flaco y silencioso P. Salví contuvo

su inspiracion y miró con recelo aquel puñado de cenizas.

--¡Memento, homo, quia pulvis es! murmuró el P. Irene sonriendo.

--¡P--! soltó Ben Zayb.

El tenía preparada la misma reflexion y el canónigo se la quitaba de

la boca.

--No sabiendo qué hacer, prosiguió Mr. Leeds cerrando cuidadosamente

la caja, examiné el papiro y ví dos palabras de sentido para mí

desconocido. Las decifré, y traté de pronunciarlas en voz alta, y

apenas articulé la primera cuando sentí que la caja se deslizaba de

mis manos como arrebatada por un peso enorme y rodaba por el suelo

de donde en vano lo intenté remover. Mi sorpresa se convirtió en

espanto, cuando, abierta, me encontré dentro con una cabeza humana

que me miraba con estraordinaria fijeza. Aterrado y no sabiendo

que hacer ante semejante prodigio, quedéme atónito por un momento

temblando como un azogado... Me repuse... Creyendo que aquello era

vana ilusion traté de distraerme prosiguiendo la lectura de la segunda

palabra. Apenas la pronuncio, la caja se cierra, la cabeza desaparece

y en su lugar encuentro otra vez el puñado de cenizas. Sin sospecharlo

había descubierto las dos palabras más poderosas en la naturaleza,

las palabras de la creacion y de la destruccion, ¡la de la vida y la

de la muerte!

Detúvose algunos momentos como para ver el efecto de su cuento. Despues

con paso grave y mesurado, se acercó á la mesa colocando sobre ella

la misteriosa caja.

--¡Mister, el paño! dijo Ben Zayb incorregible.

--¿Y cómo no? contestó Mr. Leeds muy complaciente.

Y levantando con la mano derecha la caja, recogió con la izquierda

el paño descubriendo completamente la mesa, sostenida sobre sus tres

piés. Volvió á colocar la caja encima, en el centro, y con mucha

gravedad se acercó al público.

--¡Aquí le quiero ver! decía Ben Zayb á su vecino; verá usted como

se sale con alguna escusa.

La atencion más grande se leía en los rostros de todos; el silencio

reinaba. Se oían distintamente el ruido y la algazara de la calle,

pero estaban todos tan emocionados que un trozo de diálogo que llegó

hasta ellos, no les causó ningun efecto.

--¿Porque ba no di podí nisós entrá? preguntaba una voz de mujer.

--Abá, ñora, porque 'tallá el maná prailes y él maná empleau, contestó

un hombre; 'ta jasí solo para ilós el cabesa de espinge.

--¡Curioso tambien el maná prailes! dijo la voz de mujer

alejándose; ¡no quiere pa que di sabé nisos cuando ilos ta sali

ingañau! ¡Cosa! ¿querida ba de praile el cabesa?

En medio de un profundo silencio, y con voz emocionada prosiguió

el americano:

--Señoras y señores: con una palabra voy ahora á reanimar el puñado

de cenizas y ustedes hablarán con un ser que conoce lo pasado, lo

presente, ¡y mucho del porvenir!

Y el mágico lanzó lentamente un grito, primero plañidero, luego

enérgico, mezcla de sonidos agudos como imprecaciones, y de notas

roncas como amenazas que pusieron de punta los cabellos de Ben Zayb.

--¡Deremof! dijo el americano.

Las cortinas en torno del salon se agitaron, las lámparas amenazaron

apagarse, la mesa crugió. Un gemido debil contestó desde el interior

de la caja. Todos se miraron pálidos é inquietos: una señora llena de

terror y sintiendo un líquido caliente dentro de su traje, se cogió

al P. Salví.

La caja entonces se abrió por sí sola y á los ojos del público se

presentó una cabeza de un aspecto cadavérico, rodeada de una larga y

abundante cabellera negra. La cabeza abrió lentamente los ojos y los

paseó por todo el auditorio. Eran de un fulgor vivísimo aumentado tal

vez por sus ojeras, y como abyssus abyssum invocat, aquellos ojos

se fijaron en los profundos y cóncavos del P. Salví que los tenía

desmesuradamente abiertos como si viesen algun espectro. El P. Salví

se puso á temblar.

--Esfinge, dijo Mr. Leeds, ¡dile al auditorio quien eres!

Reinó un profundo silencio. Un viento frío recorrió la sala é hizo

vacilar las azuladas llamas de las lámparas sepulcrales. Los más

incrédulos se estremecieron.

--Yo soy Imuthis, contestó la cabeza con voz sepulcral pero

estrañamente amenazadora; nací en tiempo de Amasis y fuí muerto

durante la dominacion de los Persas, mientras Cambyses volvía de su

desastrosa espedicion al interior de la Lybia. Venía de completar

mi educacion despues de largos viajes por Grecia, Asiria y Persia

y me retiraba á mi patria para vivir en ella hasta que Thot me

llamase delante de su terrible tribunal. Mas por desgracia mía,

al pasar por Babilonia descubrí un terrible secreto, el secreto del

falso Smerdis que usurpaba el poder, el temerario mago Gaumata que

gobernaba merced á una impostura. Temiendo le descubriese á Cambyses,

determinó mi perdicion valiéndose de los sacerdotes egipcios. En mi

patria entonces gobernaban estos; dueños de las dos terceras partes

de las tierras, monopolizadores de la ciencia, sumían al pueblo en la

ignorancia y en la tiranía, lo embrutecían y lo hacían apto para pasar

sin repugnancia de una á otra dominacion. Los invasores se valían de

ellos y conociendo su utilidad los protegían y enriquecían, y algunos

no solo dependieron de su voluntad sino que se redujeron á ser sus

meros instrumentos. Los sacerdotes egipcios prestáronse á ejecutar las

órdenes de Gaumata con tanto más gusto cuanto que me temían y porque

no revelase al pueblo sus imposturas. ¡Valiéronse para sus fines de

las pasiones de un joven sacerdote de Abydos que pasaba por santo!...

Silencio angustioso siguió á estas palabras. Aquella cabeza hablaba

de intrigas é imposturas sacerdotales y aunque se referían á otra

época y otras creencias, molestaban con todo á los frailes allí

presentes, acaso porque vieran en el fondo alguna analogía con la

actual situacion. El P. Salví, presa de temblor convulsivo, agitaba

los labios y seguía con ojos desencajados la mirada de la cabeza como

si le fascinase. Gotas de sudor empezaban á brotar de su descarnada

frente, pero ninguno lo notaba, vivamente distraidos y emocionados

como estaban.

--¿Y cómo fué la trama que contra tí urdieron los sacerdotes de tu

país? preguntó Mr. Leeds.

La cabeza lanzó un gemido doloroso como salido del fondo del corazon

y los espectadores vieron sus ojos, aquellos ojos de fuego, nublarse

y llenarse de lágrimas. Estremeciéronse muchos y sintieron sus pelos

erizarse. No, aquello no era ficcion, no era charlatanería; la cabeza

era una víctima y lo que contaba era su propia historia.

--¡Ay! dijo agitándose con desconsuelo; yo amaba á una joven, hija

de un sacerdote, pura como la luz, ¡como el loto cuando se acaba de

abrir! El joven sacerdote de Abydos la codiciaba tambien, y urdió

un motin valiéndose de mi nombre y merced á unos papiros míos que

sonsacó á mi amada. El motin estalló en el momento en que Cambyses

volvía furioso de los desastres de su desgraciada campaña. Fuí

acusado de rebelde, preso, y habiéndome escapado, en la persecucion

fuí muerto en el lago Moeris... Yo ví desde la eternidad triunfar á

la impostura, veo al sacerdote de Abydos perseguir noche y día á la

virgen refugiada en un templo de Isis en la isla de Philoe... yo le

veo perseguirla y acosarla hasta en los subterráneos, volverla loca

de terror y de sufrimiento, como un gigantesco murciélago á una blanca

paloma... ¡Ah! sacerdote, ¡sacerdote de Abydos! vuelvo á la vida para

revelar tus infamias, y despues de tantos años de silencio te llamo

asesino, sacrílego, ¡¡calumniador!!

Una carcajada seca, sepulcral siguió á estas palabras mientras una

voz ahogada respondía:

--¡No! ¡piedad...!

Era el P. Salví que rendido por el terror estendía ambas manos y se

dejaba caer.

--¿Qué tiene V. R. P. Salví? ¿Se siente mal? preguntó el P. Irene,

--Es el calor de la sala...

--Es el olor á muerto que aquí se respira...

--¡Asesino, calumniador, sacrílego! repetía la cabeza; te acuso,

¡asesino, asesino, asesino!

Y resonaba otra vez la carcajada seca, sepulcral y amenazadora como

si absorta la cabeza en la contemplacion de sus agravios no viese

el tumulto que reinaba en la sala. El P. Salví se había desmayado

por completo.

--¡Piedad! ¡vive todavía!... repitió el P. Salví y perdió

conocimento. Estaba pálido como un muerto. Otras señoras creyeron

deber desmayarse tambien y así lo hicieron.

--Delira... ¡P. Salví!

--¡Ya le decía que no comiese la sopa de nido de golondrina! decía

el P. Irene; eso le ha hecho mal.

--¡Si no ha comido nada! contestaba D. Custodio temblando; como la

cabeza le ha estado mirando fijamente le ha magnetizado...

Aquí fué el barrullo; la sala parecía un hospital, un campo de

batalla. El P. Salví parecía muerto y las señoras viendo que no

acudían á ellas tomaron el partido de volver en sí.

Entre tanto la cabeza se había reducido á polvo y Mr. Leeds colocaba

otra vez el paño negro sobre la mesa y saludaba á su auditorio.

--Es menester que el espectáculo se prohiba, decía D. Custodio al

salir; ¡es altamente impío é inmoral!

--¡Sobre todo, porque no se sirve de espejos! añadió Ben Zayb.

Mas, antes de dejar la sala quiso asegurarse por última vez, saltó la

barrera, se acercó á la mesa y levantó el paño: nada, siempre nada. [1]

Al día siguiente escribía un artículo en que hablaba de ciencias

ocultas, del espiritismo, etc.; inmediatamente vino una orden del

gobernador eclesiástico suspendiendo las funciones, pero ya Mr Leeds

había desaparecido llevándose á Hong Kong su secreto.

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 38 / 83 题