La noche era hermosa y la plaza ofrecía un aspecto
animadísimo. Aprovechando la frescura de la brisa y la espléndida
luna de Enero, la gente llenaba la feria para ver, ser vista
y distraerse. Las músicas de los cosmoramas y las luces de los
faroles comunicaban la animacion y la alegría á todos. Largas
filas de tiendas, brillantes de oropel y colorines, desplegaban á
la vista racimos de pelotas, de máscaras ensartadas por los ojos,
juguetes de hoja de lata, trenes, carritos, caballitos mecánicos,
coches, vapores con sus diminutas calderas, vagillas de porcelana
liliputienses, belencitos de pino, muñecas estrangeras y del país,
rubias y risueñas aquellas, serias y pensativas estas como pequeñitas
señoras al lado de niñas gigantescas. El batir de los tamborcitos,
el estrépito de las trompetillas de hoja de lata, la música nasal
de los acordeones y los organillos se mezclaban en concierto de
carnaval, y en medio de todo, la muchedumbre iba y venía empujándose,
tropezándose, con la cara vuelta hácia las tiendas de modo que los
choques eran frecuentes y no poco cómicos. Los coches tenían que
contener la carrera de los caballos, el ¡tabì! ¡tabì! de los cocheros
resonaba á cada momento; se cruzaban empleados, militares, frailes,
estudiantes, chinos, jovencitas con sus mamás ó tías, saludándose,
guiñándose, interpelándose más ó menos alegremente.
El P. Camorra estaba en su quinto cielo viendo tantas muchachas
bonitas; se paraba, volvía la cabeza, le daba un empujon á Ben
Zayb, castañeteaba con la lengua, juraba y decía: ¿Y esa, y esa,
chupa-tintas? y de aquella, ¿qué me dices? En su contento se ponía
á tutear á su amigo y adversario. El P. Salví le miraba de cuando en
cuando, pero buen caso hacía él del P. Salví; al contrario, hacía de
tropezar las muchachas para rozarse con ellas, les guiñaba y ponía
ojos picarescos.
--¡Puñales! ¿Cuándo seré cura de Kiapò? se preguntaba.
De repente Ben Zayb suelta un juramento, salta y se lleva una
mano al brazo; el P. Camorra en el colmo de su entusiasmo le había
pellizcado. Venía una deslumbrante señorita que atraía la admiracion
de toda la plaza; el P. Camorra, no cabiendo en sí de gozo, tomó el
brazo de Ben Zayb por el de la joven.
Era la Paulita Gomez, la elegante entre las elegantes que acompañaba
Isagani; detrás seguía doña Victorina. La joven estaba resplandeciente
de hermosura: todos se paraban, los cuellos se torcían, se suspendían
las conversaciones, la seguían los ojos y doña Victorina recibía
respetuosos saludos.
Paulita Gomez lucía riquísima camisa y pañuelo de piña bordados,
diferentes de los que se había puesto aquella mañana para ir á
Sto. Domingo. El tejido vaporoso de la piña hacía de su linda cabeza
una cabeza ideal, y los indios que la veían, la comparaban á la
luna rodeada de blancas y ligeras nubes. Una saya de seda color de
rosa, recogida en ricos y graciosos pliegues por la diminuta mano,
daba magestad á su erguido busto cuyos movimientos favorecidos por
el ondulante cuello delataban todos los triunfos de la vanidad y de
la coquetería satisfecha. Isagani parecía disgustado: le molestaban
tantos ojos, tantos curiosos que se fijaban en la hermosura de su
amada: las miradas le parecían robos, las sonrisas de la joven le
sabían á infidelidades.
Juanito, al divisarla, acentuó su joroba y saludó: Paulita le contestó
negligentemente, D. Victorina le llamó. Juanito era su favorito,
y ella le prefería á Isagani.
--¡Qué moza, qué moza! murmuraba el P. Camorra arrebatado.
--Vamos, Padre, ¡pellízquese el vientre y déjenos en paz! decía mal
humorado Ben Zayb.
--¡Qué moza, qué moza! repetía; y tiene por novio á mi estudiante,
¡el de los empujones!
--¡Fortuna tiene que no sea de mi pueblo! añadió despues volviendo
varias veces la cabeza para seguirla con la mirada. Tentado estuvo
de dejar á sus compañeros y seguir á la joven. Ben Zayb á duras penas
pudo disuadirle.
Paulita seguía andando y se veía su hermoso perfil, su pequeña cabeza
graciosamente peinada moverse con natural coquetería.
Nuestros paseantes continuaron su camino no sin suspiros de parte
del fraile-artillero, y llegaron á una tienda rodeada de curiosos,
que facilmente les cedieron sus puestos.
Era una tienda de figuritas de madera, hechas en el país,
que representaban en todos los tamaños y formas, tipos, razas y
profesiones del Archipiélago, indios, españoles, chinos, mestizos,
frailes, clérigos, empleados, gobernadorcillos, estudiantes, militares,
etc. Sea que los artistas tuviesen más aficion á los sacerdotes, los
pliegues de cuyos hábitos les conviniesen más para sus fines estéticos,
ó que los frailes, desempeñando tanto papel en la sociedad filipina
preocupasen más la mente del escultor, sea una cosa ú otra, el caso
es que abundaban sus figuritas, muy bien hechas, muy concluidas,
representándoles en los más sublimes instantes de la vida, al revés de
lo que se hace en Europa donde se les pinta durmiendo sobre toneles de
vino, jugando á las cartas, vaciando copas, refocilándose ó pasando la
mano por la fresca cara de una muchachota. No: los frailes de Filipinas
eran otros: elegantes, pulcros, bien vestidos, el cerquillo bien
cortado, las facciones regulares y serenas, la mirada contemplativa,
espresion de santo, algo de rosa en las mejillas, baston de palasan en
la mano y zapatitos de charol en los piés, que dan ganas de adorarlos
y ponerlos bajo campanas de cristal. En vez de los símbolos de la
gula é incontenencia de sus hermanos en Europa, los de Manila tenían
el libro, el crucifijo, la palma del martirio; en vez de besar á las
simples campesinas, los de Manila daban de besar gravemente la mano
á niños y á hombres ya maduros, doblados y casi arrodillados: en
vez de la despensa repleta y del comedor, sus escenarios de Europa,
en Manila tenían el oratorio, la mesa de estudio; en vez del fraile
mendicante que va de puerta en puerta con su burro y su saco pidiendo
limosna, el fraile de Filipinas derramaba á manos llenas el oro entre
los pobres indios...
--Miren ustedes, ¡aquí está el P. Camorra! dijo Ben Zayb á quien le
duraba todavía el efecto del champagne.
Y señalaba el retrato de un fraile delgado, con aire meditabundo,
sentado junto á una mesa, la cabeza apoyada sobre la palma de la mano
y escribiendo al parecer un sermon. Una lámpara había para iluminarle.
Lo contrario del parecido hizo reir á muchos.
El P. Camorra que ya se había olvidado de Paulita, notó la intencion
y preguntó á su vez:
--Y ¿á quién se parece esta otra figura, Ben Zayb?
Y se echó á reir con su risa de paleto.
Era una vieja tuerta, desgreñada, sentada sobre el suelo como los
ídolos indios, planchando ropas. El instrumento estaba muy bien
imitado: era de cobre, las brasas estaban hechas con oropel y los
torbellinos de humo con sendos copos de algodon sucio, retorcido.
--¿Eh, Ben Zayb, no es tonto el que lo ideó? preguntaba riendo el
P. Camorra.
--¡Pues, no le veo la punta! dijo el periodista.
--Pero, ¡puñales! ¿no vé usted el título, la prensa filipina? ¡Ese
instrumento con que plancha la vieja, aquí se llama prensa!
Todos se echaron á reir y el mismo Ben Zayb se rió de buena gana.
Dos soldados de la Guardia Civil que tenían por letrero, civiles,
estaban colocados detrás de un hombre, maniatado con fuertes cuerdas
y la cara tapada con el sombrero: se titulaba el Pais del Abaká y
parecía que le iban á afusilar.
A muchos de nuestros visitantes no les gustaba la exposicion. Hablaban
de reglas del arte, buscaban proporciones, el uno decía que tal
figura no tenía siete cabezas, que á la cara le faltaba una nariz, no
tenía más que tres, lo que ponía algo pensativo al P. Camorra que no
comprendía cómo una figura, para estar bien, debía tener cuatro narices
y siete cabezas; otro decía que si eran musculosos, si los indios
no lo podían ser; si aquello era escultura ó puramente carpintería,
etc. cada cual metió su cucharada de crítica, y el P. Camorra, por no
ser menos que nadie, se aventuró á pedir lo menos treinta piernas para
cada muñeco. ¿Por qué, si los otros pedían narices, no iba él á pedir
muslos? Y allí mismo estuvieron discutiendo sobre si el indio tenía ó
no disposiciones para la escultura, si convenía fomentar dicha arte
y se inició una general disputa que cortó D. Custodio diciendo que
los indios tenían disposicion pero debían dedicarse esclusivamente
á hacer santos.
--Cualquiera diría, repuso Ben Zayb que estaba de ocurrencias aquella
noche, que ese chino es Quiroga, pero observándole bien se parece al
P. Irene.
--¿Y qué me dicen ustedes de ese indio-inglés? ¡se parece á Simoun!
Resonaron nuevas carcajadas. El P. Irene se frotó la nariz.
--¡Es verdad!--¡Es verdad!--¡Si es el mismo!
--¿Pero dónde está Simoun? ¡que lo compre Simoun!
Simoun había desaparecido, nadie le había visto.
--¡Puñales! dijo el P. Camorra; ¡que tacaño es el americano! Teme
que le hagamos pagar la entrada de todos en el gabinete de Mr. Leeds.
--¡Quiá! contestó Ben Zayb; lo que teme es que le comprometan. Habrá
presentido la guasa que le espera á su amigo Mr. Leeds y se
desentiende.
Y sin comprar el más pequeño monigote prosiguieron su camino para
ver la famosa esfinge.
Ben Zayb se ofrecía á tratar la cuestion; el americano no podría
desairar á un periodista que puede vengarse en un artículo
desacreditador.
--Van ustedes á ver como todo es cuestion de espejos, decía, porque
miren ustedes...
Y se internó de nuevo en una larga explicacion, y como no tenía delante
ningun espejo que pueda comprometer su teoría, insertó todos los
disparates posibles que acabó por no saber él mismo lo que se decía.
--Enfin, ya verán ustedes como todo es cuestion de óptica.