La noche de aquel mismo sábado, el chino Quiroga que aspiraba á
crear un consulado para su nacion, daba una cena en los altos de
su gran bazar situado en la calle de la Escolta. Su fiesta estaba
muy concurrida: frailes, empleados, militares, comerciantes, todos
sus parroquianos, socios ó padrinos, se encontraban allí; su tienda
abastecía á los curas y conventos de todo lo necesario, admitía los
vales de todos los empleados, tenía servidores fieles, complacientes
y activos. Los mismos frailes no se desdeñaban de pasar horas enteras
en su tienda, ya á la vista del público, ya en los aposentos del
interior en agradable sociedad...
Aquella noche, pues, la sala presentaba un aspecto curioso. Frailes
y empleados la llenaban, sentados en sillas de Viena y banquitos
de madera oscura y asiento de marmol, venidos de Canton, delante
de mesitas cuadradas, jugando al tresillo ó conversando entre sí,
á la luz brillante de las lámparas doradas ó á la mortecina de
los faroles chinescos vistosamente adornados con largas borlas de
seda. En las paredes se confundían en lamentable mezcolanza paisajes
tranquilos y azulados, pintados en Canton y en Hong Kong, con los
cromos chillones de odaliscas, mujeres semidesnudas, litografías de
Cristos femeniles, la muerte del justo y la del pecador, hechas por
casas judías de Alemania para venderse en los países católicos. No
faltaban allí las estampas chinescas en papel rojo representando
á un hombre sentado, de aspecto venerable y pacífica y sonriente
fisonomía, detrás del cual se levanta su servidor, feo, horroroso,
diabólico, amenazador, armado de una lanza con ancha hoja cortante;
los indios, unos lo llaman Mahoma, y otros Santiago, no sabemos por
qué; los chinos tampoco dan una clara esplicacion de esta popular
dualidad. Detonaciones de botellas de champagne, chocar de copas,
risas, humo de cigarro y cierto olor particular á casa de chino,
mezcla de pebete, opio y frutas conservadas, completaban el conjunto.
Vestido como un mandarin, con gorra de borla azul, se paseaba el chino
Quiroga de un aposento á otro, tieso y derecho no sin lanzar acá y allá
miradas vigilantes como para asegurarse de que nadie se apoderaba
de nada. Y apesar de esta natural desconfianza, cambiaba sendos
apretones de manos, saludaba á unos con una sonrisa fina y humilde,
á otros con aire protector, y á algunos con cierta sorna como diciendo;
--¡Ya sé! usted no viene por mí sino por mi cena.
¡Y el chino Quiroga tenía razon! Aquel señor gordo que ahora le
alaba y le habla de la conveniencia de un consulado chino en Manila
dando á entender que para ese cargo no podía haber otro que Quiroga,
es el señor Gonzalez que se firma Pitilí cuando en las columnas de
los periódicos ataca la inmigracion china. Aquel otro ya avanzado
en edad que examina de cerca los objetos, las lámparas, los cuadros,
etc. y hace muecas y exclamaciones de desprecio, es D. Timoteo Pelaez,
padre de Juanito, comerciante que clama contra la competencia del
chino que arruina su comercio. Y el otro, el de más allá, aquel señor
moreno, delgado, de mirada viva y pálida sonrisa, es el célebre autor
de la cuestion de los pesos mejicanos que tanto disgusto dió á un
protegido del chino Quiroga; ¡aquel empleado tiene en Manila fama de
listo! El de más allá, aquel de mirada fosca y bigotes descuidados,
es el empleado que pasa por ser el más digno porque tiene el valor
de hablar mal contra el negocio de los billetes de lotería, llevado á
cabo entre Quiroga y una alta dama de la sociedad manilense. En efecto,
si no la mitad, las dos terceras partes de los billetes van á China
y los pocos que en Manila se quedan se venden con una prima de medio
real fuerte. El digno señor tiene la conviccion de que algun día le
ha de tocar el premio gordo y se enfurece al encontrarse delante de
semejantes trapicheos.
La cena entretanto tocaba á su fin. Del comedor llegaban hasta la sala
trozos de brindis, risas, interrupciones, carcajadas... El nombre de
Quiroga se oía varias veces repetido, mezclado con las palabras de
consul, igualdad, derechos...
El anfitrion que no comía platos europeos se había contentado con
beber de cuando en cuando una copa con sus convidados, prometiendo
cenar con los que no se habían sentado en la primera mesa.
Simoun había venido ya cenado y hablaba en la sala con algunos
comerciantes que se quejaban del estado de los negocios: todo iba mal,
se paralizaba el comercio, los cambios con Europa estaban á un precio
exhorbitante; pedían al joyero luces ó le insinuaban algunas ideas
con la esperanza de que se las comunicase al Capitan General. A cada
remedio que proponían, Simoun respondía con una sonrisa sarcástica
y brutal: ¡Ca! ¡tontería! hasta que exasperado uno le preguntó por
su opinion.
--¿Mi opinion? preguntó; estudien ustedes por qué otras naciones
prosperan y hagan lo mismo que ellas.
--¿Y por qué prosperan, señor Simoun?
Simoun se encogió de hombros y no contestó.
--¡Las obras del puerto que tanto gravan el comercio y el puerto que
no se termina! suspiró don Timoteo Pelaez, una tela de Guadalupe,
como dice mi hijo, se teje y se desteje... los impuestos...
--¡Y usted se queja! exclamaba otro. ¡Y ahora que acaba de decretar
el General el derribo de las casas de materiales ligeros! ¡Y usted
que tiene una partida de hierro galvanizado!
--Sí, respondía don Timoteo; ¡pero lo que me ha costado ese decreto! Y
luego, el derribo no se hace hasta dentro de un mes, hasta que venga
la cuaresma; pueden venir otras partidas... yo hubiera querido que
se derribasen al instante, pero... Y además, ¿qué me van á comprar
los dueños de esas casas si son todos unos más pobres que otros?
--Siempre podrá usted comprarlas casitas por una bicoca...
--Y hacer despues que se retire el decreto y revenderlas á un precio
doble... ¡Hé ahí un negocio!
Simoun se sonrió con su sonrisa fría, y viendo adelantarse al chino
Quiroga dejó á los quejicosos comerciantes para saludar al futuro
consul. Este, apenas le vió, perdió su espresion satisfecha, sacó
una cara parecida á la de los comerciantes y medio se dobló.
El chino Quiroga respetaba mucho al joyero no solo por saberle muy
rico sino tambien por las susurradas inteligencias que le atribuían
con el Capitan General. Decíase que Simoun favorecía las ambiciones del
chino, era partidario del consulado, y un cierto periódico chinófobo le
aludía al través de muchas perífrasis, indirectas y puntos supensivos,
en la célebre polémica con otro periódico partidario de la gente
de coleta. Personas prudentísimas añadían entre guiños y palabras
entrecortadas que la Eminencia Negra aconsejaba al General se valiese
de los chinos para deprimir la tenaz dignidad de los naturales.
--Para tener sumiso á un pueblo, había dicho, no hay como humillarlo
y rebajarlo á sus propios ojos.
Pronto se había presentado una ocasion.
Los gremios de los mestizos y de los naturales andaban siempre
vigilándose el uno al otro y empleaban su espíritu belicoso y
su actividad en recelos y desconfianzas. Un día, en la misa, el
gobernadorcillo de los naturales que se sentaba en el banco derecho y
era estremadamente flaco, tuvo la ocurrencia de poner una pierna sobre
otra, adoptando una posicion nonchalant para aparentar más muslos y
lucir sus hermosas botinas; el del gremio de mestizos que se sentaba
en el banco opuesto, como tenía juanetes y no podía cruzar las piernas
por ser muy grueso y panzudo, adoptó la postura de separar mucho las
piernas para sacar su abdómen encerrado en un chaleco sin pliegues,
adornado con una hermosa cadena de oro y brillantes. Los dos partidos
se comprendieron y empezó la batalla: en la misa siguiente todos los
mestizos, hasta los más flacos, tenían panza y separaban mucho las
piernas como si estuviesen á caballo: todos los naturales ponían una
pierna sobre otra aun los más gordos y hubo cabeza de barangay que dió
una voltereta. Los chinos que los vieron, adoptaron tambien su postura:
se sentaron como en sus tiendas, una pierna encogida y levantada y
otra colgando y agitándose. Hubo protestas, escritos, espedientes,
etc; los cuadrilleros se armaron prestos á encender una guerra civil,
los curas estaban contentísimos, los españoles se divertían y ganaban
dinero á costa de todos, hasta que el General resolvió el conflicto
ordenando que se sentasen como los chinos por ser los que más pagaban,
aunque no eran los más católicos. Y aquí el apuro de los mestizos y
naturales que por tener pantalones estrechos no podían imitar á los
chinos. Y para que la intencion de humillarles fuese más manifiesta,
la medida se llevó á cabo con pompa y aparato, rodeando á la iglesia un
cuerpo de caballería, mientras dentro todos sudaban. La causa llego á
las Córtes, pero se repitió que los chinos como pagaban podían imponer
su ley aun en las ceremonias religiosas, aun cuando despues apostaten y
se burlen del cristianismo. Los naturales y los mestizos se dieron por
satisfechos y aprendieron á no perder su tiempo en semejantes futesas.
Quiroga con su media lengua y sonrisa la más humilde agasajaba á
Simoun: su voz era acariciadora, sus genuflexiones repetidas, pero
el joyero le cortó la palabra preguntándole bruscamente:
--¿Gustaron los brazaletes?
A esta pregunta toda la animacion de Quiroga se deshizo como un
sueño; la voz de acariciadora se trasformó en plañidera, se dobló
más y juntando ambas manos y elevándolas á la altura de su rostro,
forma de la salutacion china, gimió:
--¡Uuh, siño Simoun! ¡mia pelilo, mia luinalo!
--Cómo, chino Quiroga, ¿perdido y arruinado? ¡y tantas botellas de
champagne y tantos convidados!
Quiroga cerró los ojos é hizo una mueca. ¡Jss! El acontecimento
de aquella tarde, la aventura de los brazaletes, le había
arruinado. Simoun se sonrió: cuando un comerciante chino se queja
es porque todo le va bien; cuando aparenta que todo va á las mil
maravillas es porque prevé una quiebra ó se va á escapar para su país.
--¿Suya no sabe mia pelilo, mia luinalo? Ah, siño Simoun, ¡mia hapay!
Y el chino, para hacer más comprensible su situacion, ilustraba la
palabra hapay haciendo ademan de caerse desplomado.
Simoun tenía ganas de reírsele, pero se contuvo y dijo que nada sabía,
nada, absolutamente nada.
Quiroga llevóle á un aposento cuya puerta cerró con cuidado y le
explicó la causa de su desventura.
Los tres brazaletes de brillantes que había pedido á Simoun para
enseñárselos á su señora, no eran para ésta, pobre india encerrada
en un cuarto como una china, eran para una bella y encantadora dama,
amiga de un gran señor, y cuya influencia le era necesaria para
cierto negocio en que podía ganar en limpio unos seis mil pesos. Y
como el chino no entendía de gustos femeniles y quería ser galante,
pidió los tres mejores brazaletes que el joyero tenía, que costaban
de tres á cuatro mil pesos cada uno. El chino, afectando candidez,
con su sonrisa la más acariciadora dijo á la dama que escogiese el que
más le gustase, pero la dama, más cándida y más acariciadora todavía,
declaró que todos los tres le gustaban y se quedó con ellos.
Simoun soltó una carcajada.
--¡Ah, siñolía! ¡mia pelilo, mia luinalo! gritaba el chino dándose
ligeras bofetadas con sus finas manos.
El joyero continuaba riendo.
--¡Huu! malo genti, ¡sigulo no siñola bilalelo! continuaba el chino
agitando descontento la cabeza. ¿Cosa? No tiene biligüensa, más
que mia chino mia siempele genti. Ah, sigulo no siñola bilalelo;
¡sigalela tiene más biligüensa!
--Le han cogido á usted, le han cogido á usted, exclamaba Simoun
dándole golpecitos en el vientre.
--Y tolo mundo pile pilestalo y no pagalo, ¿cosa ese?--y contaba
con sus dedos armados de largas uñas,--impelealo, opisiá, tinienti,
sulalo, ah, siño Simoun, ¡mia pelilo, mia hapay!
--Vamos, menos quejas, decía Simoun; yo le he salvado de muchos
oficiales que le pedían dinero... Yo les he prestado para que no le
molesten á usted y sabía que no me podían pagar...
--Pelo, siño Simoun, suya pilesta opisia, mia pilesta mujé, siñola,
malinelo, tolo mundo...
--¡Ya, ya las cobrará usted!
--¿Mía cobalalo? ¡Ah, sigulo suya no sabe! ¡Cuando pelilo ne juego
nunca pagalo! Mueno suya tiene consu, puele obiligá, mía no tiene...
Simoun estaba pensativo.
--Oiga, chino Quiroga, dijo algo distraido: me encargo de cobrar lo
que le deben los oficiales y marineros, déme usted sus recibos.
Quiroga volvió á gimotear: no le daban nunca recibos.
--Cuando vengan á pedirle dinero, envíemelos siempre á mí; yo le
quiero á usted salvar.
Quiroga dió las gracias muy agradecido, pero pronto volvió á sus
lamentaciones, hablaba de los brazaletes y repetía:
--¡Sigalela tiene más biligüensa!
--Carambas, decía Simoun mirando de reojo al chino como para
estudiarle; precisamente necesitaba dinero y creía que usted me podía
pagar. Pero todo tiene su arreglo, no quiero que usted quiebre por
tan poca cosa. Vamos, un servicio y le reduzco á siete los nueve mil
pesos que me debe. Usted hace entrar por la aduana todo lo que quiere,
cajones de lámparas, hierros, vagilla, cobre, pesos mejicanos; ¿usted
suministra armas á los conventos?
El chino afirmaba con la cabeza; pero él tenía que sobornar á muchos.
--¡Mía dale tolo á los Pales!
--Pues mire, añadió Simoun en voz baja: necesito que usted me haga
entrar algunas cajas de fusiles que han llegado esta noche... quiero
que los guarde en sus almacenes; en mi casa no caben todos.
Quiroga se alarmó.
--No se alarme usted, no corre usted ningun riesgo: esos fusiles se
han de esconder poco á poco en ciertas casas, y luego se opera una
requisa y se envían á muchos á la carcel... usted y yo podremos ganar
bastante procurando á los detenidos la libertad. ¿Me entiende usted?
Quiroga vacilaba; él tenía miedo á las armas. En su mesa tenía un
revolver descargado que nunca tocaba sino volviendo la cabeza y
cerrando los ojos.
--Si usted no puede, acudiré á otro, pero entonces necesito mis nueve
mil pesos para untar las manos y cerrar los ojos.
--¡Mueno, mueno! dijo al fin Quiroga; ¿pelo pone pileso mucha
genti? manda liquisa, ¿ja?
Cuando Quiroga y Simoun volvieron á la sala encontraron en ella á los
que venían de cenar, discutiendo animadamente: el champagne había
soltado las lenguas y excitaba las masas cerebrales. Hablaban con
cierta libertad.
En un grupo donde estaban muchos empleados, algunas señoras y
D. Custodio se hablaba de una comision enviada á la India para hacer
ciertos estudios sobre los calzados de los soldados.
--¿Y quiénes la forman? preguntaba una señora mayor.
--Un coronel, dos oficiales y el sobrino de S. E.
--¿Cuatro? preguntó un empleado: ¡vaya una comision! ¿y si se dividen
las opiniones? ¿Son competentes al menos?
--Eso preguntaba yo, añadió otro: decía que debía ir un civil, uno
que no tenga preocupaciones militares... un zapatero por ejemplo...
--Eso es, repuso un importador de zapatos; pero como no es cosa de
enviar á un indio ni á un macanista y el único zapatero peninsular
ha pedido tales dietas...
--Pero y ¿para qué habrán de estudiar el calzado? preguntó una señora
mayor; ¡no será para los artilleros peninsulares! Los indios pueden
seguir descalzos, como en sus pueblos.
--Justamente ¡y la caja economizaría más! añadió otra señora viuda
que no estaba contenta de su pension.
--Pero, observen ustedes, repuso otro de los presentes, amigo de los
oficiales de la comision. Es verdad que muchos indios van descalzos en
sus pueblos, pero no todos, y no es lo mismo marchar á voluntad que
estando en el servicio: no se puede escoger la hora, ni el canino,
ni se descansa cuando se quiere. Mire usted, señora, que con el sol
que hace á mediodía, está la tierra que cuece un pan. Y ande usted
por arenales, por donde hay piedras, sol por arriba y fuego por abajo,
y balas por delante...
--¡Cuestion de acostumbrarse!
--¡Como el burro que se acostumbró á no comer! En la presente campaña,
la mayor parte de nuestras bajas son ocasionadas por heridas en las
plantas de los piés... Digo lo del burro, señora, ¡lo del burro!
--Pero, hijo, replica la señora, considere usted tanto dinero
perdido en suelas. Hay para pensionar á muchos huérfanos y viudas
para sostener el prestigio. Y no se sonría usted, no hablo de mí que
tengo mi pension aunque poca, muy poca para los servicios que prestó
mi marido, pero hablo de otras que arrastran una existencia infeliz:
no es justo que despues de tanta instancia para venir y despues de
atravesar el mar, concluyan aquí por morirse de hambre... Lo que
usted dice de los soldados será cierto, pero es el caso que cuento
con más de tres años de país y no he visto á ninguno cojeando.
--En eso opino como la señora, dijo su vecina, ¿para qué darles
zapatos si han nacido sin ellos?
--¿Y para qué camisa?
--¿Y para qué pantalones?
--¡Figúrese usted lo que ganariamos con un ejército en cueros! concluyó
el que defendía á los soldados.
En otro grupo la discusion era más acalorada. Ben Zayb hablaba y
peroraba, el P. Camorra como siempre le interrumpía á cada instante. El
periodista-fraile, apesar de todo su respeto á la gente de cogulla,
se las tenía siempre con el P. Camorra á quien consideraba como
un semi-fraile muy simple; así se daba aire de ser independiente
y deshacía las acusaciones de los que le llamaban Fray Ibañez. Al
P. Camorra le gustaba su adversario: era el único que tomaba en serio
lo que el llamaba sus razonamientos.
Se trataba de magnetismo, espiritismo, magia, etc. y las palabras
volaban por el aire como los cuchillos y las bolas de los juglares:
ellos los arrojaban y ellos los recogían.
Aquel año llamaba mucho la atencion en la feria de Kiapò una cabeza,
mal llamaba esfinge, espuesta por Mr. Leeds, un americano. Grandes
anuncios cubrían las paredes de las casas, misteriosos y fúnebres,
que excitaban la curiosidad. Ni Ben Zayb, ni el P. Camorra, ni el
P. Irene, ni el P. Salví la habían visto aun; solo Juanito Pelaez
estuvo á verla una noche y contaba en el grupo su admiracion.
Ben Zayb, á fuer de periodista, quería buscar una explicacion natural;
el P. Camorra hablaba del diablo; el P. Irene sonreía, el P. Salví
se mantenía grave.
--Pero, Padre, si el diablo ya no viene; nos bastamos para
condenarnos...
--De otro modo no se puede explicar...
--Si la ciencia...
--¡Dale con la ciencia! ¡puñales!
--Pero, escúcheme usted, voy á demostrárselo. Todo es cuestion de
óptica. Yo no he visto todavía la cabeza ni sé como la presentan. El
señor--señalando á Juanito Pelaez--nos dice que no se parece á
las cabezas parlantes que se enseñan de ordinario--¡sea! Pero el
principio es el mismo; todo es cuestion de óptica; espere usted, se
pone un espejo así, un espejo detrás, la imágen se refleja... digo,
es puramente un problema de Física.
Y descolgaba de los muros varios espejos, los combinaba, los inclinaba
y como no le resultaba el efecto, concluía:
--Como digo, ni más ni menos que una question de óptica.
--Pero que espejos quiere usted, si Juanito nos dice que la cabeza
está dentro de una caja que se coloca sobre una mesa... Yo veo en
ello el espiritismo porque los espiritistas siempre se valen de
mesas y creo que el P. Salví, como gobernador eclesiástico que es,
debía prohibir el espectáculo.
El P. Salví estaba silencioso; no decía ni sí ni no.
--Para saber si dentro hay diablos ó espejos, repuso Simoun, ¡lo
mejor es que ustedes vayan á ver la famosa esfinge!
La proposicion pareció buena y fué aceptada, pero el P. Salví y
don Custodio manifestaban cierta repugnancia. ¡Ellos á una feria,
codearse con el público y ver esfinges y cabezas parlantes! ¿Qué
dirían los indios? Los podían tomar por hombres, dotados de las mismas
pasiones y flaquezas que los otros. Entonces Ben Zayb, con su ingenio
de periodista, prometió que suplicaría á Mr. Leeds no dejase entrar
al público mientras estuviesen dentro: bastante honor le harían con
la visita para que no se prestase, y todavía no les ha de cobrar la
entrada. Y para cohonestar esta pretension decía Ben Zayb:
--¡Porque, figúrense ustedes! ¡si descubro la trampa del espejo delante
del público de los indios! ¡Le quitaría el pan al pobre americano!
Ben Zayb era un hombre muy concienzudo.
Bajaron unos doce, entre ellos nuestros conocidos don Custodio, el
P. Salví, el P. Camorra, el P. Irene, Ben Zayb y Juanito Pelaez. Sus
coches les dejaron á la entrada de la plaza de Kiapò.