EL SEÑOR PASTA

Isagani se presentó en casa del abogado, una de las inteligencias más

privilegiadas de Manila que los frailes consultaban en sus grandes

apuros. Algo tuvo que esperar el joven por haber muchos clientes,

pero al fin llegó su turno y pasó al estudio ó bufete como se llama

generalmente en Filipinas.

Recibióle el abogado con una ligera tosecilla mirándole furtivamente

á los piés; no se levantó ni se cuidó de hacerle sentar y siguió

escribiendo. Isagani tuvo ocasion de observarle y estudiarle bien. El

abogado había envejecido mucho, estaba canoso, y la calvicie se

estendía casi por toda la parte superior de la cabeza. Era de fisonomía

agria y adusta.

En el estudio todo estaba en silencio; solo se oían los cuchicheos de

los escribientes ó pasantes que trabajaban en el aposento contiguo:

sus plumas chillaban como si riñesen con el papel.

Al fin concluyó el abogado con lo que estaba escribiendo, soltó la

pluma, levantó la cabeza y al reconocer al joven, su fisonomía se

iluminó y le dió la mano afectuosamente.

--¡Adios, joven! pero siéntese usted, dispense... no sabía que era

usted. ¿Y su tío?

Isagani se animó y creyó que su asunto iría bien. Contóle brevemente

lo que pasaba estudiando bien el efecto que hacían sus palabras. El

señor Pasta escuchó impasible al principio y, aunque estaba enterado

de las gestiones de los estudiantes, se hacía el ignorante como para

demostrar que nada tenía que ver con aquellas chiquilladas, pero cuando

sospechó lo que de él se quería y oyó que se trataba de Vice Rector,

frailes, Capitan General, proyecto, etc. su cara se oscureció poco

á poco y acabó por exclamar:

--¡Este es el país de los proyectos! Pero continúe, continúe usted.

Isagani no se desaminó; habló de la solucion que se iba á dar y

concluyó espresando la confianza de la juventud en que él, el señor

Pasta, intercedería en su favor en el caso de que don Custodio le

consultase, como era de esperar. Isagani no se atrevió á decir que

aconsejaría en vista de la mueca que hacía el abogado.

Pero el señor Pasta ya tenía tomada su resolucion y era no mezclarse

para nada en aquel asunto ni consultante ni consultado. Él estaba

al tanto de lo que había pasado en Los Baños, sabía que existían

dos partidos y que no era el P. Irene el único campeon del lado de

los estudiantes, ni fué quien propuso el pase del espediente á la

Comision de Instruccion primaria sino todo lo contrario. El P. Irene,

el P. Fernandez, la condesa, un comerciante que preveía la venta de

materiales para la nueva Academia y el alto empleado que estuvo citando

reales decretos sobre reales decretos iban á triunfar, cuando el

P. Sibyla, queriendo ganar tiempo recordó la Comision Superior. Todas

estas cosas las tenía el gran abogado presentes en su memoria así es

que cuando acabó de hablar Isagani, se propuso marearle con evasivas,

embrollar el asunto, llevar la conversacion á otro terreno.

--¡Sí! dijo sacando los labios y rascándose la calva; no hay otro que

me gane en amor al pais y en aspiraciones progresistas, pero... no

puedo comprometerme... no sé si usted está al tanto de mi posicion,

una posicion muy delicada... tengo muchos intereses... tengo que obrar

dentro de los límites de una estricta prudencia... es un compromiso...

El abogado quería aturdir al joven bajo un lujo de palabras y empezó

á hablar de leyes, de decretos y tanto habló que en vez de enredar

al joven, casi se enredó á sí mismo en un laberinto de citaciones.

--De ninguna manera queremos ponerle en compromiso, repuso Isagani

con mucha calma; ¡líbrenos Dios de molestar en lo más mínimo á las

personas cuya vida es tan útil al resto de los filipinos! Pero por

poco versado que esté yo en las leyes, reales decretos, provisiones

y disposiciones que rigen en nuestro pais, no creo que pueda haber

mal ninguno en secundar las altas miras del gobierno, en procurar su

buena interpretacion; perseguimos el mismo fin y solo divergemos en

los medios.

El abogado se sonrió; el joven se dejaba llevar á otro terreno y allí

le iba él á embrollar, ya estaba embrollado.

--Precisamente ahí está el quid como se dice vulgarmente; claro está

que es laudable ayudar al gobierno cuando se le ayuda con sumision,

siguiendo sus disposiciones, el recto espíritu de las leyes en

consonancia con las rectas creencias de los gobernantes y no estando

en contradicion con el primitivo y general modo de pensar de las

personas que tienen á su cargo el bienestar comun de los individuos que

constituyen una sociedad. Y por eso es criminal, es punible, porque es

ofensivo al alto principio de autoridad, tentar una accion contraria

á su iniciativa aun suponiendo que fuese mejor que la gubernamental,

porque semejante hecho podría lastimar el prestigio que es la primera

base sobre que descansan todos los edificios coloniales.

Y el viejo abogado, seguro de que aquella tirada había por lo menos

vuelto loco á Isagani, se arrellanó en su sillon muy serio aunque

riéndose por dentro.

Isagani, sin embargo, repuso:

--Yo creía que los gobiernos buscarían bases más sólidas cuanto más

amenazados... La base del prestigio para los gobiernos coloniales es

la más debil, porque no reside en ellos sino en la buena voluntad

de los gobernados mientras quieran reconocerlo... La base justicia

ó razon me parecía más duradera.

El abogado levantó la cabeza; ¿cómo? aquel joven se atrevía á

replicarle y á discutir con él, él, ¿el señor Pasta? ¿No estaba

todavía aturdido con sus grandes palabras?

--Joven, hay que dejar esas consideraciones á un lado pues son

peligrosas, interrumpió el abogado haciendo un gesto. Lo que yo le

digo á usted es que hay que dejar obrar al gobierno.

--Los gobiernos se han hecho para el bien de los pueblos, y para

cumplir con su fin debidamente tienen que seguir las indicaciones de

los cuidadanos que son los que mejor conocen sus necesidades.

--Los que forman el gobierno son tambien ciudadanos y de los más

ilustrados.

--Pero, como hombres, son falibles, y no deben desoir otras opiniones.

--Hay que confiar en ellos; ellos todo lo han de dar.

--Hay un refran puramente español que dice, el que no llora no mama. Lo

que no se pide, no se da.

--¡Al contrario! contestó el abogado riendo sarcásticamente; con el

gobierno sucede precisamente todo lo contrario...

Mas se detuvo de repente como si hubiese dicho demasiado, y quiso

subsanar la imprudencia:

--El gobierno nos ha dado cosas que no se lo hemos pedido, ni se lo

podíamos pedir... porque pedir... pedir supone que falta en algo y por

consiquiente no cumple con su deber... insinuarle un medio, tratar de

dirigirle, no ya combatirle, es suponerle capaz de equivocarse y ya

se lo he dicho á usted, semejantes suposiciones son atentatorias á

la existencia de gobiernos coloniales... El vulgo ignora esto y los

jóvenes que obran á la ligera no saben, no comprenden, no quieren

comprender lo contraproducente que es pedir... lo subversivo que hay

en esa idea...

--Usted dispense, interrumpió Isagani ofendido de los argumentos que

con él usaba el jurista; cuando por los medios legales un pueblo pide

algo á un gobierno, es porque le supone bueno y dispuesto á concederle

un bien, y este acto, en vez de irritarle, le debiera halagar: se

pide á la madre, nunca á la madrastra. El gobierno, en mi inexperta

opinion, no es un ser omnisciente que puede ver y prever todo y aun

cuando lo fuese, no podría ofenderse, porque ahí tiene usted á la

misma iglesia que no hace más que pedir y pedir al Dios que todo lo ve

y conoce, y usted mismo pide y exige muchas cosas en los tribunales

de ese mismo gobierno, y ni Dios ni los tribunales hasta ahora se

dieron por ofendidos. Está en la conciencia de todos que el gobierno,

como institucion humana que es, necesita del concurso de los demás,

necesita que le hagan ver y sentir la realidad de las cosas. Usted

mismo no está convencido de la verdad de su objecion; usted mismo

sabe que es tirano y déspota el gobierno que, para hacer alarde de

fuerza é independencia, todo lo niega por miedo ó por desconfianza

y que solo los pueblos tiranizados y esclavizados son los que tienen

el deber de no pedir nada jamás. Un pueblo que deteste á su gobierno

no debe exigirle más sino que abandone el poder.

El viejo abogado hacía muecas sacudiendo á un lado y otro la cabeza

en señal de descontento y pasándose la mano por la calva; despues en

tono de protectora compasion dijo:

--¡Hm! malas doctrinas son esas, malas teorías, ¡hm! Como se conoce

que es usted joven y no tiene esperiencia de la vida. Vea usted lo que

les está pasando á los chicos inespertos que en Madrid piden tantas

reformas: están tachados todos de filibusterismo, muchos no se atreven

á volver, y sin embargo ¿que piden? Cosas santas, viejas é inocentes de

puro sabidas... Pero hay cosas que no se las puedo explicar, son muy

delicadas... vamos... le confieso que existen otras razones que las

dichas que impulsan á un gobierno sensato á negarse sistemáticamente

á los deseos de un pueblo... no... puede suceder sin embargo que

nos encontremos con gefes tan fátuos y ridículos... pero siempre

hay otras razones... aunque lo que se pida sea lo más justo... los

gobiernos son de distintas condiciones...

Y el viejo vacilaba, miraba fijamente á Isagani, y despues tomando

una resolucion, hizo con la mano un gesto como alejando una idea.

--Adivino lo que usted quiere decir, continuó Isagani sonriendo

tristemente; usted quiere decir que un gobierno colonial, por lo

mismo que está constituido de un modo imperfecto y porque se funda

en premisas...

--¡No, no, no es eso, no! interrumpió vivamente el viejo haciendo de

buscar algo entre sus papeles; no, quería decir... pero ¿dónde están

mis anteojos?

--Ahí los tiene usted, dijo Isagani.

El señor Pasta se puso los anteojos, hizo de leer algunos papeles y

viendo que el joven esperaba, tartamudeó:

--Yo quería decir una cosa... quería decir, pero ya se me

pasó... usted, con su vivacidad me interrumpió... es cosa de poca

monta... Si supiera usted como tengo la cabeza, ¡tengo tanto que hacer!

Isagani comprendió que le despedía.

--De manera, dijo levantándose, que nosotros...

--¡Ah!... ustedes harán bien en dejar el asunto en manos del gobierno;

él lo resolverá á su gusto... Usted dice que el Vice Rector está

opuesto á la enseñanza del castellano. Quizás lo estuviera, no

en el fondo sino en la forma. Dicen que el Rector que va á venir

trae un proyecto-reforma de la enseñanza... espérense un poco,

den tiempo al tiempo, estudien que los exámenes se acercan y ¡qué

carambas! usted que ya habla bien el castellano y se espresa con

facilidad, ¿á qué se mete en líos? ¿qué interés tiene usted en que

se enseñe especialmente? ¡De seguro que el P. Florentino opinará como

yo! Déle usted muchas memorias...

--Mi tío, contestó Isagani, me ha recomendado siempre que piense

en los demás tanto como en mí... no he venido por mí, he venido en

nombre de los que están en peores condiciones...

--¡Qué diantre! que hagan lo que usted ha hecho, que se quemen las

cejas estudiando y se queden calvos como yo me he quedado poniéndome

párrafos enteros en la memoria... Y yo creo que si usted habla el

español es porque lo habrá aprendido; ¡usted no es de Manila ni es

hijo de padres españoles! Pues que aprendan lo que usted y hagan lo

que yo... Yo he sido criado de todos los frailes, les he preparado el

chocolate y mientras con la derecha lo removía en el batidor, con la

izquierda sostenía la gramática, aprendía y, gracias á Dios, que no

he necesitado de más maestros ni de más academias ni de permisos del

gobierno... Créame usted; el que quiera aprender, ¡aprende y llega

á saber!

--¿Pero cuántos hay de entre los que quieren saber llegan á ser lo

que usted? ¡Uno entre diez mil y aun!

--¡Psch! ¿y para qué más? contestó el viejo encogiéndose

de hombros. Abogados los hay de sobra, muchos se meten á

escribientes. ¿Médicos? se insultan, se calumnian y se matan

por disputarse un enfermo... Brazos, señor, ¡brazos son los que

necesitamos para la agricultura!

Isagani comprendió que perdía tiempo, pero quiso replicar.

--Indudablemente, contestó; hay muchos médicos y abogados, mas

no diré que nos sobran pues tenemos pueblos que carecen de ellos,

pero si abundan en cantidad quizás nos faltan en calidad. Y, puesto

que no se puede impedir que la juventud estudie y aquí no se nos

presentan otras carreras ¿por qué dejar que malogren su tiempo y sus

esfuerzos? Y si lo defectuoso de la enseñanza no impide el que muchos

se hagan abogados ó médicos, si los hemos de tener al fin, ¿por qué no

tenerlos buenos? Y con todo, aun cuando solo se quiera hacer del país

un país de agricultores, un país de braceros, y condenar en él todo

trabajo intelectual, no veo mal ninguno en ilustrar á estos mismos

agricultores y braceros, en darles por lo menos una educacion que les

permita despues perfeccionarse y perfeccionar sus trabajos, poniéndoles

en estado de comprender muchas cosas que al presente desconocen.

--¡Bah, bah, bah! exclamó el abogado trazando con la mano círculos

en el aire como para ahuyentar las ideas evocadas; para ser buen

cosechero no se necesitan tantas retóricas. ¡Sueños, ilusiones,

ideología! ¡Ea! ¿quiere usted seguir un consejo?

Y se levantó y poniéndole afectuosamente la mano sobre el hombro,

continuó:

--Le voy á dar uno y muy bueno porque veo que es usted listo y el

consejo no será perdido. ¿Usted va á estudiar Medicina? Pues limítese á

aprender cómo se ponen los emplastos y se aplican las sanguijuelas y no

trate jamás de mejorar ó empeorar la suerte de sus semejantes. Cuando

se reciba de licenciado, cásese con una muchacha rica y devota, trate

de curar y cobrar bien; huya de toda cosa que tenga relacion con el

estado general del país, oiga misa, confiésese y comulgue cuando lo

hagan los demás, y verá usted como despues me lo agradecerá y yo lo

veré si aun vivo. Acuérdese siempre de que la caridad bien entendida

empieza por sí mismo; el hombre no debe buscar en la tierra más que

la mayor suma de felicidad propia como dice Bentham; si se mete usted

en quijotismos ni tendrá carrerá, ni se casará, ni será nada. Todos

le abandonarán y serán sus mismos paisanos los primeros que se reirán

de su inocencia. Créame usted, usted se acordará de mí y me dará la

razon cuando tenga canas como yo, ¡canas como estas!

Y el viejo abogado se cogía sus pocos cabellos blancos sonriendo

tristemente y agitando la cabeza.

--Cuando tenga canas como esas, señor, contestó Isagani con igual

tristeza, y vuelva la vista hácia mi pasado y vea que solo he trabajado

para mí, sin haber hecho lo que buenamente podía y debía por el

país que me ha dado todo, por los ciudadanos que me ayudan á vivir,

entonces, señor, cada cana me será una espina y en vez de gloriarme

de ellas, ¡me he de avergonzar!

Y dicho esto, saludó profundamente y salió.

El abogado se quedó inmóvil en su sitio, con la mirada atónita. Oyó

los pasos que se alejaban poco á poco y volvió á sentarse murmurando:

--¡Pobre joven! ¡Tambien parecidos pensamientos cruzaron por mi mente

un día! ¿Qué más quisieran todos que poder decir: he hecho esto por

mi patria, he consagrado mi vida al bien de los demás...? ¡Corona

de laurel, empapada en acíbar, hojas secas que cubren espinas y

gusanos! Esa no es la vida, eso no da de comer, ni procura honores;

los laureles apenas sirven para una salsa... ni dan tranquilidad... ni

hacen ganar pleitos, ¡al contrario! Cada país tiene su moral como

su clima y sus enfermedades; ¡diferentes del clima y enfermedades de

otros paises!

Y despues añadió:

--¡Pobre joven!... Si todos pensasen y obrasen como él, no digo que

no... ¡Pobre joven! ¡Pobre Florentino!

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 32 / 83 题