Era digna de visitarse la casa donde vivía Makaraig.
Grande, espaciosa, con dos pisos entresuelos provistos de elegantes
rejas, parecía un colegio en las primeras horas de la mañana y un
pandemonium de las diez en adelante. Durante las horas de recreacion
de los pupilos, desde que se entra en el espacioso zaguan hasta
que se llega al piso principal, bullen la risa, la algazara, y
el movimiento. Jóvenes en traje ligero de casa juegan á la sipa,
hacen ejercicios gimnásticos valiéndose de trapecios improvisados:
en las escaleras se sostiene un asalto entre ocho ó nueve, armados
de bastones, picas, ganchos y lazos, pero asaltantes y asaltados
no se hacen daño por lo general; los golpes paran de rebote sobre
la espalda del chino tendero que en la escalera vende comistrajos
é indigestos pasteles. Multitud de niños le rodean, le tiran de la
coleta ya deshecha y desarreglada, le arrebatan un pastel, le regatean
el precio y le hacen mil diabluras. El chino grita, jura y perjura en
todos los idiomas que chapurrea, incluso en el suyo, lloriquea, rie,
suplica, pone buena cara cuando la mala de nada le sirve y vice-versa.
--¡Ah, malo esi--Vo cosiesia--No quilistiano--Uste
limoño--Salamaje!--¡tusu tusu! etc.
¡Piff, paff! ¡no importa! Vuelve la cara sonriente; si solo sobre sus
espaldas recibe los bastonazos continúa impertérrito su comercio,
contentándose con gritar:--No jugalo, ¿eh? ¡no jugalo!» pero si
los recibe sobre el bilaw que contiene sus pastas, entonces, jura
no volver, arroja por la boca todas las imprecaciones y maldiciones
imaginables; los muchachos redoblan para hacerle rabiar más y cuando
ven ya la fraseología agotada, y estan satisfechos de tanta jopia y
pepita de sandía salada, entonces le pagan religiosamente y el chino
se marcha contento, riendo, guiñando y recibe como caricias los ligeros
bastonazos que los estudiantes le propinan á guisa de despedida.
--¡¡Huaya, homia!!
Conciertos de piano y violin, de guitarra y acordeon, alternan con
el chocar repetido de bastones de las lecciones de esgrima. En torno
de una ancha y larga mesa los alumnos del Ateneo escriben, hacen sus
composiciones, resuelven sus problemas al lado de otros que escriben á
sus novias en rosados papeles calados, llenos de dibujos; uno compone
un melodrama al lado del que aprende la flauta y los consonantes
nacen silbados desde un principio. Más allá, los mayores, estudiantes
de facultad que lucen calcetines de seda y zapatillas bordadas,
se entretienen en hacer rabiar á los pequeñuelos tirándoles de las
orejas, ya rojas de tanto recibir papirotazos; dos ó tres sujetan á
un pequeñito que grita, llora y defiende á puntapiés los cordones de
su calzoncillo: cuestion de ponerle como cuando nació... pataleando y
llorando. En un cuarto, al rededor de una mesa velador cuatro juegan
al revesino entre risas y bromas con gran impaciencia de uno que hace
de estudiar la leccion pero que en realidad espera que le llegue el
el turno para jugar á su vez. Otro viene con grandes aspavientos,
muy escandalizado y se acerca á la mesa.
--¡Qué viciosos sois! dice; ¡tan de mañana y ya al juego! ¡A ver,
á ver! ¡Tonto! ¡arrastra con el tres de espadas!
Y cierra su libro y se pone tambien á jugar.
Se oyen gritos, resuenan golpes. Dos se han peleado en el vecino
cuarto: un estudiante cojo muy picon y un infeliz recien llegado de
provincias. Este que apenas principia á estudiar, da con un tratado
de filosofía y lee en voz alta, inocentemente y acentuándolo mal el
principio cartesiano:
--¡Cogito, ergo sum!
El cojo se da por insultado, los otros intervienen poniendo paz pero
en realidad metiendo cizaña y acaban por pegarse.
En el comedor un joven con una lata de sardinas, una botella de vino
y las provisiones que acaba de traer de su pueblo, hace heroicos
esfuerzos para que sus amigos participen de su tente-en-pié, mientras
que los amigos oponen á su vez otra heroica resistencia. Otros se
bañan en la azotea y con el agua del pozo se dedican á ejercicios de
bomberos, traban combate á calderadas de agua con gran contento de
los espectadores.
Pero el ruido y la algazara cesan paulatinamente á medida que
llegan caracterizados estudiantes, convocados por Makaraig para
darles cuenta de la marcha de la Academia de castellano. Isagani fué
saludado cordialmente lo mismo que el peninsular Sandoval, que vino de
empleado á Manila y concluía sus estudios, completamente identificado
con las aspiraciones de los estudiantes filipinos. Las barreras que
la política establece entre las razas, desaparecen en las aulas como
derretidas al calor de la ciencia y de la juventud.
A falta de Ateneos y centros científicos, literarios ó políticos,
Sandoval aprovecha todas las reuniones para desarrollar sus grandes
dotes oratorias, pronunciando discursos discutiendo sobre cualquier
tema y arrancando aplausos de sus amigos y oyentes. En aquellos
momentos el tema de la conversacion era la enseñanza del castellano.
Como Makaraig no había llegado aun las conjeturas estaban á la orden
del día.
--¿Qué habrá pasado?--¿Qué ha dispuesto el General?--
--¿Ha negado el permiso?--¿Triunfó el P. Irene?--¿Triunfó el P. Sibyla?
Estas eran las preguntas que se dirigían unos á otros, preguntas
cuyas respuestas solo podía dar Makaraig.
Entre los jóvenes reunidos los había optimistas como Isagani y
Sandoval que veían la cosa hecha y hablaban de plácemes y alabanzas
del gobierno para el patriotismo de los estudiantes, optimismos que
le hacían á Juanito Pelaez reclamar para sí gran parte de la gloria
en la creacion de la sociedad. A todo esto respondía el pesimista
Pecson,--un gordinflon con risa amplia de calavera,--hablando de
estrañas influencias, de si el Obispo A., el Padre B., el Provincial
C. fueron ó no consultados y de si aconsejaron ó no que metiese en
la carcel á todos los de la asociacion, noticia que ponía inquieto
á Juanito Pelaez quien entonces tartamudeaba:
--Carambas, no me metan ustedes...
Sandoval, á fuer de peninsular y liberal, se ponía furioso:
--¡Pero, p--! decía; ¡eso es tener mala opinion de S. E.! Ya sé que
es muy frailuno, ¡pero en cuestion semejante no se deja influir de
los frailes! ¿Me querrá usted decir, Pecson, en qué se funda para
creer que el General no tiene propio criterio?
--No digo eso, Sandoval, contestaba Pecson sonriendo hasta enseñar su
muela de juicio; el General para mí tiene propio criterio, esto es,
el criterio de todos los que están al alcance de su mano... ¡Eso
está claro!
--¡Dale bola! Pero ¡cíteme usted un hecho, cíteme un hecho! gritaba
Sandoval; seamos enemigos de las discusiones huecas, de las frases
vacías y vayamos al terreno de los hechos, añadía gesticulando
elegantemente. Hechos, señores, hechos, lo demás es preocupacion que
no quiero llamar filibustera.
Pecson se rie como un bendito y le interrumpe.
--¡Ya está el filibusterismo! Pero ¿es que no se puede discutir sin
acudir á acusaciones?
Sandoval protesta, y pide hechos componiendo un pequeño discurso.
--Pues hace poco hubo aquí un pleito entre unos particulares y ciertos
frailes, y el General interino lo falló, haciendo que lo sentenciase
el Provincial de la orden litigante, contestó Pecson.
Y se echó otra vez á reir como si se tratase de una cosa
inocente. Citaba nombres, fechas y prometía traer documentos que
prueban la manera como se administró justicia.
--Pero ¿en qué podrá fundarse, dígame usted, en qué podrán fundarse
para no permitir lo que salta á los ojos como altamente útil y
necesario? preguntó Sandoval.
Pecson se encogió de hombros.
--En que peligra la integridad de la patria... repuso en el tono de
un curial que lee un alegato.
--¡Esa sí que es gorda! ¿Qué tiene que ver la integridad de la patria
con las leyes de la sintaxis?
--Doctores tiene la Santa Madre Iglesia... ¿Qué sé yo? acaso se tema
que comprendamos las leyes y las podamos obedecer... ¿Qué será de
Filipinas el día en que nos comprendamos los unos á los otros?
A Sandoval no le gustaba el giro dialogado y guason de la
conversacion. Por aquel camino no podía asomar ningun discurso que
valga la pena.
--No tome usted á guasa las cosas, exclamó; se trata de cosas muy
serias.
--¡Líbreme Dios de guasearme cuando hay frailes de por medio!
--Pero, ¿y en qué pueden basarse...?
--En que teniendo que ser nocturnas las horas de clase, continuó
Pecson con el mismo tono como si se tratase de fórmulas conocidas y
sabidas, se puede invocar como inconveniente la inmoralidad como con
la escuela de Malolos...
--¡Otra! Pues ¿y no se cobijan acaso bajo el manto oscuro de la noche
las clases de la Academia de Dibujo, y los novenarios y procesiones?...
--Atenta á la dignidad de la Universidad, continuó el gordo sin hacer
caso de la observacion.
--¡Que atente! la Universidad tiene que plegarse á las necesidades de
los estudiantes. Y á ser eso cierto ¿qué es Universidad entonces? ¿Es
una institucion para que no se aprenda? ¿Se han reunido acaso unos
cuantos hombres apellidando ciencia é instruccion para impedir que
se instruyan los otros?
--Es que las iniciativas que vienen de abajo se llaman descontento...
--Y proyectos las que vienen de arriba, insinuó otro: ¡ahí está la
Escuela de Artes y Oficios!
--Poco á poco, señores, dijo Sandoval; yo no soy frailero, conocidas
son mis ideas liberales, pero ¡al César lo que es del César! De esa
escuela de Artes y Oficios, de la que soy el defensor más entusiasta
y cuya realizacion habré de saludar como la primera aurora para
estas bienaventuradas islas, de esa Escuela de Artes y Oficios se
han encargado los frailes...
--O el perro del hortelano que es lo mismo, añadió Pecson
interrumpiendo otra vez el discurso.
--¡Vamos p--! dijo Sandoval furioso por la interrupcion y perdiendo
el hilo de su periodo; mientras no sepamos nada malo, no seamos
pesimistas, no seamos injustos sospechando de la libertad é
independencia del gobierno...
É hizo en hermosas frases la apología del gobierno y de sus buenos
propósitos, tema que Pecson no se atrevió á interrumpir.
--El gobierno español, decía entre otras frases, os ha dado todo, ¡no
os ha negado nada! Tuvimos en España el absolutismo, y absolutismo
tuvísteis, los frailes cubrieron nuestro suelo con sus conventos
y conventos ocupan la tercera parte de Manila; en España rige el
garrote, y el garrote aquí es la última pena; somos católicos y os
hicimos católicos; fuimos escolásticos y el escolasticismo brilla en
vuestras aulas, en fin, señores, lloramos cuando llorais, sufrimos
cuando sufrís, tenemos los mismos altares, el mismo tribunal, los
mismos castigos, y justo será que os demos tambien nuestros mismos
derechos y nuestras mismas alegrías.
Y como nadie le interrumpía se fué entusiasmando y entusiasmando
hasta que pasó á hablar del porvenir de Filipinas.
--Como digo, señores, la aurora no está lejos; España abre el oriente
para su querida Filipinas, y los tiempos van cambiando y me consta se
hace más de lo que nos figuramos. A ese gobierno que segun ustedes
vacila y no tiene voluntad, bueno es que le alentemos con nuestra
confianza, que le hagamos ver que esperamos en él; recordémosle con
nuestra conducta (cuando se olvida lo que no creo pueda suceder),
que tenemos fé en sus buenos deseos y que no debe guiarse por otra
norma que la de la justicia y el bien de todos sus gobernados. No,
señores, continuó adoptando un tono más y más declamatorio, no
debemos ni siquiera admitir en esta materia la posibilidad de una
consulta con otras entidades más ó menos opuestas, pues la sola idea
implicaría la tolerancia del hecho; vuestra conducta hasta ahora
ha sido franca, leal, sin vacilaciones, sin recelos; os dirigís á
él sencilla y directamente, las consideraciones que espusisteis no
pueden ser más atendibles; vuestro fin es aligerar la tarea de los
profesores en los primeros años y facilitar el estudio á centenares
de estudiantes que llenan las aulas y de los que no puede cuidarse
un solo profesor. Si hasta ahora el espediente no ha sido resuelto
ha sido porque, como me consta á mí, hay mucho material acumulado;
pero auguro que la campaña está ganada, que la cita de Makaraig es
para anunciarnos la victoria, y mañana veremos premiados nuestros
esfuerzos con el aplauso y agradecimiento del pais ¡y quien sabe
señores si el gobierno no os propone á vosotros para alguna buena
condecoracion como merecedores que sois de la patria!
Resonaron entusiastas aplausos; todos creían ya en el triunfo y muchos
en la condecoracion.
--¡Que conste, señores, dijo Juanito, que yo fuí uno de los primeros
iniciadores!
El pesimista Pecson no estaba entusiasmado.
--¡Como no tengamos la condecoracion en los tobillos! dijo.
Pero afortunadamente para Pelaez la observacion no se oyó en medio
de los aplausos. Cuando se calmaron algun tanto, Pecson repuso:
--Bueno, bueno, muy bueno, pero una suposicion... ¿y si apesar de
todo eso, el General consulta, consulta y consulta y despues nos
niega la autorizacion?
La suposicion cayó como agua fría.
Todos miraron á Sandoval; este se halló entrecortado.
--Entonces, murmuró titubeando.
--¿Entonces?
--Entonces, exclamó Sandoval todavía excitado por los aplausos y en un
arranque de entusiasmo, puesto que en escritos é impresos blasona de
querer vuestra instruccion, y la impide y la niega cuando al terreno
de los hechos se le cita, entonces, señores, vuestros esfuerzos
no habrán sido en vano, habreis conseguido lo que nadie ha podido,
¡que se arranque la máscara y os arroje el guante!
--¡Bravo, bravo! gritaron entusiasmados algunos.
--¡Bien por Sandoval! ¡Bravo por el guante! añadieron otros.
--¡Que nos arroje el guante! repitió Pecson desdeñoso, y ¿despues?
Sandoval se quedó parado en medio de su triunfo, pero con la vivacidad
propia de su raza y su sangre de orador se repuso al instante.
--¿Despues? preguntó; despues, si ninguno de los filipinos se atreve
á contestar al reto, entonces yo, Sandoval, en nombre de España
recojo el guante porque tal política sería un mentis á las buenas
intenciones que ella ha abrigado siempre en favor de sus provincias,
¡y porque quien de tal manera prostituye el cargo que se le confía
y abusa de sus omnímodas facultades no merece la proteccion de la
patria ni el amparo de ningun ciudadano español!
El entusiasmo de los oyentes rayó en delirio. Isagani abrazó á
Sandoval, los otros le imitaron; se hablaba de patria, de union,
de fraternidad, de fidelidad; los filipinos decían que si no hubiese
más que Sandovales en España, todos serían Sandovales en Filipinas;
Sandoval tenía los ojos brillantes y se podía creer que si en aquel
momento le hubiesen arrojado un guante cualquiera, habría montado
sobre cualquier caballo para hacerse matar por Filipinas. Solo el
agua fría repuso:
--Bien, está muy bien, Sandoval; yo tambien podría decir lo mismo
si fuese peninsular, pero, no siéndolo, si dijese la mitad de lo que
usted, usted mismo me tomaría por filibustero.
Sandoval empezaba un discurso lleno de protestas cuando fué
interrumpido.
--¡Albricias! amigos, ¡albricias! ¡Victoria! gritó en aquel momento
un joven entrando y abrazando á todos.
--¡Albricias, amigos! ¡Viva la lengua castellana!
Una salva de aplausos recibió la noticia; todos se abrazaban, todos
tenían los ojos brillantes de lágrimas. Pecson era el único que
conservaba su sonrisa de escéptico.
El que venía á traer tan buena nueva era Makaraig, el joven que
encabezaba el movimiento.
Este estudiante ocupaba en aquella casa, para sí solo, dos habitaciones
lujosamente amuebladas, tenía criado y cochero para cuidarle su
araña y sus caballos. Era de gallardo continente, maneras finas,
elegante, y riquísimo. Aunque estudiaba Derecho solo para tener
un título académico, gozaba no obstante fama de aplicado y como
dialéctico á la manera escolástica no tenía nada que envidiar á los
más furibundos ergotistas del claustro Universitario. No estaba sin
embargo muy atrasado respecto á ideas y adelantos modernos; su fortuna
le proporcionaba todos los libros y revistas que la previa censura
no conseguía detener. Con estas cualidades, con su fama de valiente,
sus encuentros afortunados en sus años más juveniles y su galantería
fina y delicada, no era estraño que ejerciese tanto influjo sobre sus
compañeros, y fuera elegido para dar cima á tan difícil empresa como
lo era la enseñanza del castellano.
Pasadas las primeras manifestaciones del entusiasmo que en la juventud
siempre toma formas algo más exageradas por lo mismo que ella todo
lo vé hermoso, quisieron enterarse de cómo habían ido las cosas.
--Esta mañana me ví con el P. Irene, dijo Makaraig con cierto misterio.
--¡Viva el P. Irene! gritó un estudiante entusiasta.
--El P. Irene, prosiguió Makaraig, me ha enterado de todo lo que ha
pasado en Los Baños. Parece que estuvieron discutiendo lo menos una
semana, él sosteniendo y defendiendo nuestra causa contra todos,
contra el P. Sibyla, el P. Hernandez, el P. Salví, el General, el
segundo Cabo, el joyero Simoun...
--¡El joyero Simoun! interrumpió otro, pero ¿qué tiene que ver ese
judío con las cosas de nuestro país? Y nosotros que le enriquecemos
comprando...
--¡Cállate! le dijo otro, impaciente y ansioso de saber como pudo
vencer el P. Irene á tan terribles enemigos.
--Hasta había grandes empleados que estaban en contra de nuestro
proyecto, el Director de Administracion, el Gobernador Civil, el
chino Quiroga...
--¡¡El chino Quiroga!! El alcahuete de los...
--¡Cállate, hombre!
--Al fin, prosiguió Makaraig, iban á encarpetar el espediente y dejarlo
dormir por meses y meses cuando el P. Irene se acordó de la Comision
Superior de Instruccion Primaria y propuso, puesto que se trataba de
la enseñanza de la lengua castellana, que el espediente pasara por
aquel cuerpo para que dictaminasen sobre él...
--Pero si esa comision ya no funciona hace tiempo, observó Pecson.
--Eso precisamente le contestaron al P. Irene, continuó Makaraig, y él
replicó que era buena ocasion aquella para que reviva, y aprovechándose
de la presencia de D. Custodio, uno de los vocales, propuso que en
el acto se nombrase una comision, y vista y conocida la actividad de
D. Custodio se le nombró ponente y ahora está el espediente en sus
manos. D. Custodio prometió despacharlo en todo este mes.
--¡Viva don Custodio!
--¿Y si don Custodio dictamina en contra? preguntó el pesimista Pecson.
Con eso no contaban, embriagados con la idea de que el asunto no se
archivaba. Todos miraron á Makaraig para saber qué se resolvía.
--La misma objecion se la he hecho al P. Irene, pero con su risa
picaresca me dijo: Hemos ganado mucho, hemos conseguido que el asunto
se encamine hácia una solucion, el enemigo se ve obligado á aceptar
la batalla... si podemos influir en el ánimo de don Custodio para
que, siguiendo sus tendencias liberales, informe favorablemente,
todo está ganado; el General se muestra en absoluto neutral.
Makaraig se detuvo.
--¿Y cómo influir? preguntó un impaciente.
--El P. Irene me indicó dos medios...
--¡El chino Quiroga! dijo uno.
--¡Ca! Valiente caso hace de Quiroga...
--¡Un buen regalo!
--Menos, se pica de incorruptible.
--Ah ya, ¡ya lo sé! esclamó Pecson riendo; Pepay la bailarina.
--¡Ah, sí! ¡Pepay la bailarina! dijeron algunos.
Esta Pepay era una rozagante moza que pasaba por ser muy amiga de
don Custodio: á ella acudían los contratistas, los empleados y los
intrigantes cuando algo querían conseguir del célebre concejal. Juanito
Pelaez que tambien era amigo de la bailarina se ofrecía á arreglar
el asunto, pero Isagani sacudió la cabeza y dijo que era bastante
haberse servido del P. Irene y que sería demasiado valerse de la
Pepay en asunto semejante.
--¡Veamos el otro medio!
--El otro es acudir á su abogado consultor, al señor Pasta, el oráculo
ante quien se inclina don Custodio.
--Prefiero eso, dijo Isagani; el señor Pasta es filipino, y fué
condiscípulo de mi tío. Pero ¿cómo interesarle?
--Allí está el quid, repuso Makaraig mirando atentamente á Isagani;
el señor Pasta tiene una bailarina, digo... una bordadora...
Isagani volvió á sacudir la cabeza.
--No sea usted tan puritano, díjole Juanito Pelaez; ¡el fin salva
los medios! Yo conozco á la bordadora, la Matea, que tiene un taller
donde trabajan muchas chicas...
--No, señores, interrumpió Isagani; acudamos antes á los medios
honestos... Iré yo á presentarme en casa del señor Pasta y si nada
consigo, entonces ustedes hacen lo quieran con las bailarinas y
las bordadoras.
Tuvieron que acceder á la proposicion y quedaron en que Isagani
hablaría aquel mismo día al señor Pasta y á la tarde daría cuenta en
la Universidad á sus compañeros del resultado de la entrevista.