De mala gana y con los ojos casi llorosos iba Plácido Penitente por
la Escolta para dirigirse á la Universidad de Santo Tomás.
Hacía una semana apenas que había llegado de su pueblo y ya había
escrito dos veces á su madre reiterando sus deseos de dejar los
estudios para retirarse y trabajar. Su madre le había contestado que
tuviese paciencia, que cuando menos debía graduarse de bachiller en
artes, pues era triste abandonar los libros despues de cuatro años
de gastos y sacrificios por parte de uno y otro.
¿De dónde le venía á Penitente el desamor al estudio, cuando era uno
de los más aplicados en el famoso colegio que el P. Valerio dirigía en
Tanawan? Penitente pasaba allí por ser uno de los mejores latinistas y
sutiles argumentadores, que sabían enredar ó desenredar las cuestiones
más sencillas ó abstrusas; los de su pueblo le tenían por el más
listo, y su cura, influido por aquella fama, ya le daba el grado de
filibustero, prueba segura de que no era tonto ni incapaz. Sus amigos
no se explicaban aquellas ganas de retirarse y dejar los estudios;
no tenía novias, no era jugador, apenas conocía el hunkían y se
aventuraba en un revesino, no creía en los consejos de los frailes,
se burlaba del tandang Basio, tenía dinero de sobra, trajes elegantes,
y sin embargo iba de mala gana á clase y miraba con asco los libros.
En el Puente de España, puente que solo de España tiene el nombre
pues hasta sus hierros vinieron del Extrangero, encontróse con
la larga procesion de jóvenes que se dirigían á Intramuros para
sus respectivos colegios. Unos iban vestidos á la europea, andaban
de prisa, cargando libros y cuadernos, preocupados, pensando en su
leccion y en sus composiciones; estos eran los alumnos del Ateneo. Los
letranistas se distinguían por ir casi todos vestidos á la filipina,
más numerosos y menos cargados de libros. Los de la Universidad
visten con más esmero y pulcritud, andan despacio y, en vez de libros,
suelen llevar un baston. La juventud estudiosa de Filipinas no es muy
bulliciosa ni bullanguera; va como preocupada; al verla cualquiera
diría que delante de sus ojos no luce ninguna esperanza, ningun risueño
porvenir. Aunque de espacio en espacio alegran la procesion las notas
simpáticas y ricas en colores de las educandas de la Escuela Municipal
con la cinta sobre el hombro y los libros en la mano, seguidas de sus
criadas, sin embargo apenas resuena una risa, apenas se oye una broma;
nada de canciones, nada de salidas graciosas; á lo más bromas pesadas,
peleas entre los pequeños. Los grandes casi siempre van serios y bien
compuestos como los estudiantes alemanes.
Plácido seguía el paseo de Magallanes para entrar por la brecha--antes
puerta--de Sto. Domingo, cuando de repente recibió una palmada sobre
el hombro que le hizo volverse inmediatamente de mal humor.
--¡Olé, Penitente, olé, Penitente!
Era el condiscipulo Juanito Pelaez, el barbero ó favorito de los
profesores, pillo y malo como él solo, de mirada picaresca y sonrisa
de truhan. Hijo de un mestizo español,--rico comerciante en uno de los
arrabales que cifraba todas sus alegrías y esperanzas en el talento
del joven,--prometía mucho por sus picardías y, gracias á su costumbre
de jugar malas pasadas á todos, escondiéndose despues detrás de sus
compañeros, tenía una particular joroba que se aumentaba cada vez
que hacía una de las suyas y se reía.
--¿Cómo te has divertido, Penitente? preguntaba dándole palmadas
fuertes sobre el hombro.
--Así, así, contestó Plácido, algo cargado, ¿y tú?
--¡Pues, divinamente! Figúrate que el cura de Tianì me invita á
pasar las vacaciones en su pueblo, me voy... ¡chico! ¿le conoces
al P. Camorra? Pues es un cura liberal, muy campechano, franco,
muy franco, de esos por el estilo del P. Paco... Y como había chicas
muy guapas, dábamos cada jarana, él con su guitarra y sus peteneras
y yo con mi violin... Te digo, chico, que nos divertimos en grande;
¡no hay casa que no hayamos subido!
Y murmuró al oido de Plácido algunas palabras echándose á reir
despues. Y como Plácido manifestára cierta estrañeza, añadió:
--¡Te lo puedo jurar! No tienen más remedio, porque con un espediente
gubernativo se deshace del padre, ¡marido ó hermano y santas
pascuas! Sin embargo nos hemos encontrado con una tonta, novia creo yo
de Basilio, ¿sabes? ¡Mira que tonto es ese Basilio! Tener una novia
que no sabe una palabra de español, ¡ni tiene dinero y que ha sido
criada! Arisca como ella sola pero bonita: el P. Camorra la emprendió
una noche de bastonazos con dos bagontaos que la daban serenata y
yo no sé como no los mató. Pero con todo, ¡sigue tan arisca como
siempre! Pero tendrá que pasar por ello como todas, ¡como todas!
Juanito Pelaez se reía con la boca llena como si aquello le supiese
á gloria. Plácido le miró con disgusto.
--Oye y ¿qué explicó ayer el catedrático? preguntó cambiando de
conversacion.
--Ayer no hubo clase.
--¡Ojó! ¿Y antes de ayer?
--¡Hombre, jueves!
--Es verdad ¡qué bruto soy! Sabes, Plácido, ¿que me voy volviendo
bruto? Y ¿el miércoles?
--¿El miércoles? Aguarda... el miércoles lloviznó.
--¡Magnífico! ¿y el martes, chico?
--El martes era la fiesta del Catedrático y fuimos á festejarle con
una orquesta, un ramillete de flores y algunos regalos...
--¡Ah, carambas! exclamó Juanito, que lo he olvidado ¡qué bruto
soy! Oye, ¿y preguntó por mí?
Penitente se encogió de hombros.
--No lo sé, pero le entregaron la lista de los festejantes.
--¡Carambas!... oye, y el lunes ¿qué hubo?
--Como era el primer día de clase, leyó la lista y señaló la leccion:
sobre los espejos. ¡Mira! desde aquí hasta allí, de memoria, al pié
de la letra... ¡se salta todo este trozo y se da esto!
Y le indicaba con el dedo en la Física de Ramos los puntos que se
tenían que aprender, cuando de repente saltó el libro por los aires,
merced á una palmada que le aplicó Juanito de abajo arriba.
--Hombre, déjate de lecciones, ¡vamos á hacer día pichido!
Día pichido llaman los estudiantes de Manila al que encontrándose
entre dos de fiesta, resulta suprimido, como estrujado por voluntad
de los estudiantes.
--¿Sabes tu que verdaderamente eres un bruto? replicó furioso Plácido
recogiendo su libro y sus papeles.
--¡Vamos á hacer día pichido! repetía Juanito.
Plácido no quería: por dos menos no cierran una clase de más de ciento
cincuenta. Se acordaba de las fatigas y economías de su madre que le
sustentaba en Manila privándose ella de todo.
En aquel momento entraban por la brecha de Sto. Domingo.
--Ahora me acuerdo, exclama Juanito al ver la plazoleta delante del
antiguo edificio de la aduana; ¿sabes que estoy encargado para recoger
la contribucion?
--¿Qué contribucion?
--¡La del monumento!
--¿Qué monumento?
--¡Toma! el del P. Baltasar ¿no lo sabías?
--Y ¿quién es ese P. Baltasar?
--¡Sopla! ¡pues un dominico! Por eso acuden los Padres á los
estudiantes. Anda, ¡larga tres ó cuatro pesos para que vean que somos
espléndidos! Que no se diga jamás que para levantar una estátua han
tenido que acudir á sus propios bolsillos. Vamos, Placidete, ¡que no
es dinero perdido!
Y acompañó estas palabras con un guiño significativo.
Plácido recordó el caso de un estudiante que ganaba cursos regalando
canarios, y dió tres pesos.
--Mira, ¿sabes? escribiré claro tu nombre para que el profesor lo lea,
¿ves? Plácido Penitente, tres pesos. ¡Ah! ¡escucha! Dentro de quince
días es la fiesta del profesor de Historia Natural... Sabes que es
muy barbian, que no pone nunca faltas ni pregunta la leccion. Chico,
¡hay que ser agradecidos!
--¡Es verdad!
--Pues ¿no te parece que debemos festejarle? La orquesta no ha de
ser menos que la que le llevasteis al catedrático de Física.
--¡Es verdad!
--¿Qué te parece si ponemos la contribucion á dos pesos? Anda,
Placiding, empieza tu por dar, así te quedas en la cabeza de la lista.
Y como viese que Plácido daba sin vacilar los dos pesos pedidos,
añadió.
--Oye, pon cuatro, que ya despues te devolveré los dos; es para que
sirvan de gallo.
--Pues si me los has de devolver, ¿para qué dártelos? basta con que
pongas cuatro.
--¡Ah! es verdad ¡qué bruto soy! ¿sabes que me voy volviendo
bruto? Pero dámelos de todos modos, para enseñarlos.
Plácido, para no desmentir al cura que le bautizó, dió lo que le
pedían.
Llegaron á la Universidad.
A la entrada y á lo largo de las aceras que á uno y otro lado de la
misma se estendían, estacionaban los estudiantes esperando que bajen
los profesores. Alumnos del año preparatorio de Derecho, del quinto
de Segunda Enseñanza, del preparatorio de Medicina formaban animados
grupos: estos últimos eran fáciles de distinguir por su traje y por
cierto aire que no se observa en los otros: vienen en su mayoría del
Ateneo Municipal y entre ellos vemos al poeta Isagani esplicando á
un compañero la teoría de la refraccion de la luz. En un grupo se
discutía, se disputaba, se citaban frases del profesor, testos del
libro, principios escolásticos; en otro gesticulaban con los libros
agitándolos en el aire, se demostraba con el baston trazando figuras
sobre el suelo; más allá, entretenidos en observar á las devotas que
van á la vecina iglesia, los estudiantes hacen alegres comentarios. Una
vieja, apoyada en una joven, cojea devotamente; la joven camina
con los ojos bajos, tímida y avergonzada de pasar delante de tantos
observadores; la vieja levanta la falda color de café, de las Hermanas
de Sta. Rita, para enseñar unos piés gorditos y unas medias blancas,
riñe á su compañera y lanza miradas furiosas á los curiosos.
--¡Saragates! gruñe, no les mires, ¡baja los ojos!
Todo llama la atencion, todo ocasiona bromas y comentarios.
Ora es una magnífica victoria que se para junto á la puerta para
depositar á una familia devota; van á visitar á la Virgen del Rosario
en su día favorito; los ojos de los curiosos se afilan para espiar la
forma y el tamaño de los piés de las señoritas al saltar del coche;
ora es un estudiante que sale de la puerta con la devocion aun en
el rostro: ha pasado por el templo para rogar á la Virgen le hiciese
comprensible la leccion, para ver si está la novia, cambiar algunas
miradas con ella é irse á clase con el recuerdo de sus amantes ojos.
Mas en los grupos se nota cierto movimiento, cierta espectacion, é
Isagani se interrumpe y palidece. Un coche se ha detenido junto á la
puerta: la pareja de caballos blancos es bien conocida. Es el coche de
la Paulita Gomez y ella ha saltado ya en tierra, ligera como un ave,
sin dar tiempo á que los pícaros le vieran el pié. Con un gracioso
movimiento del cuerpo y un pase de la mano se arregla los pliegues de
la saya, y con una mirada rápida y como descuidada ha visto á Isagani,
ha saludado y ha sonreido. Doña Victorina baja á su vez, mira al través
de sus quevedos, vé á Juanito Pelaez, sonrie y le saluda afablemente.
Isagani, rojo de emocion, contesta con un tímido saludo; Juanito se
dobla profundamente, se quita el sombrero y hace el mismo gesto que
el célebre cómico y caricato Panza cuando recibe un aplauso.
--¡Mecáchis! ¡qué chica! exclama uno disponiéndose á partir; decid
al catedrático que estoy gravemente enfermo.
Y Tadeo, que así se llamaba el enfermo, entró en la iglesia para
seguir á la joven.
Tadeo va todos los días á la Universidad para preguntar si hay
clase y cada vez se extraña más y más de que la haya: tiene cierta
idea de una cuacha latente y eterna y la espera venir de un día á
otro. Y todas las mañanas, despues de proponer en vano que hagan
novillos, se marcha pretestando grandes ocupaciones, compromisos,
enfermedades, precisamente en el momento mismo en que sus compañeros
entran en la clase. Pero, por no se sabe qué arte de birlibirloque,
Tadeo aprueba cursos, es querido de los profesores y tiene delante
un hermoso porvenir.
Entretanto un movimiento se inicia y los grupos empiezan á moverse;
el catedratico de Física y Quimica ha bajado á clase. Los alumnos,
como burlados en sus esperanzas, se dirigieron al interior del edificio
dejando escapar exclamaciones de descontento. Plácido Penitente sigue
á la multitud.
--¡Penitente, Penitente! ¡le llamó uno con cierto misterio firma esto!
--Y ¿qué es eso?
--No importa, ¡fírmalo!
A Plácido le pareció que le tiraban de las orejas; tenía presente en
la memoria la historia de un cabeza de barangay de su pueblo, que por
haber firmado un documento que no conocía, estuvo preso meses y meses
y por poco fué deportado. Un tío suyo, para grabarle la leccion en
la memoria, le había dado un fuerte tiron de orejas. Y siempre que
oía hablar de firmas se reproducía en los cartilagos de sus orejas
la sensacion recibida.
--Chico, dispensa, pero no firmo nada sin enterarme antes.
--¡Que tonto eres! si lo firman dos carabineros celestiales, ¿qué
tienes que temer?
El nombre de carabineros celestiales infundía confianza. Era una
sagrada compañía, creada para ayudar á Dios en la guerra con el
espíritu del mal, y para impedir la introduccion del contrabando
herético en el mercado de la Nueva Sion.
Plácido iba ya á firmar para acabar porque tenía prisa: sus compañeros
rezaban ya el O Thoma, pero le pareció que su tío le cogía de la oreja,
y dijo:
--¡Despues de clase! quiero leerlo antes.
--Es muy largo, ¿entiendes? se trata de dirigir una contrapeticion,
mejor dicho, una protesta. ¿Entiendes? Makaraig y algunos han
solicitado que se abra una academia de castellano, lo cual es una
verdadera tontería...
--¡Bien, bien! chico, luego será, que ya estan empezando, dijo Plácido
tratando de escaparse.
--¡Pero si vuestro profesor no lee la lista!
--Sí, sí, que la lee á veces. ¡Despues, despues! Ademas... yo no
quiero ir en contra de Makaraig.
--Pero si no es ir en contra, es solamente...
Plácido ya no oía, ya estaba lejos y andaba de prisa dirigiéndose
á su clase. Oyó diferentes ¡adsum! ¡adsum! ¡carambas, se leía la
lista!... apretó los pasos y llegó precisamente á la puerta cuando
estaban en la letra Q.
--¡Tinamáan ng...! murmuró mordiéndose los labios.
Vaciló sobre si entrar ó no: la raya ya estaba puesta y no se la iban á
borrar. A la clase no se va para aprender sino para no tener la raya;
la clase se reducía á hacer decir la leccion de memoria, leer el
libro y, cuando más, á una que otra preguntita abstracta, profunda,
capciosa, enigmática; es verdad que no falta el sermoncito--¡el de
siempre!--sobre la humildad, la sumision, el respeto á los religiosos y
él, Plácido, era humilde, sumiso y respetuoso. Iba á marcharse ya pero
se acordó de que los exámenes se acercaban y su profesor no le había
preguntado todavía ni parecía haberse fijado en él: ¡buena ocasion
era aquella para llamar la atencion y ser conocido! Ser conocido es
tener el año ganado, pues, si no cuesta nada suspender á uno que no
se conoce, se necesita tener duro el corazon para no impresionarse
ante la vista de un joven que con su presencia reprocha diariamente
la pérdida de un año de su vida.
Plácido entró pues y no sobre la punta de los piés como solía hacer,
sino metiendo ruido con sus tacones. Y ¡demasiado consiguió su
intento! El catedrático le miró, frunció las cejas y agitó la cabeza
como diciendo:
--¡Insolentillo, ya me las pagarás!