En estas cosas pensaba Basilio al visitar la tumba de su
madre. Disponíase á volver al pueblo, cuando creyó ver una claridad
proyectada en medio de los árboles y oir una crepitacion de ramas,
ruido de pisadas, roce de hojas... La luz se extinguió pero el ruido
se hizo cada vez más distinto, y pronto vió una sombra aparecer en
medio del recinto, marchando directamente hácia donde él estaba.
Basilio de por sí no era supersticioso y menos despues de haber
descuartizado tantos cadáveres y asistido á tantos moribundos;
pero las antiguas leyendas sobre aquel fúnebre parage, la hora,
la oscuridad, el silbido melancólico del viento y ciertos cuentos
oidos en su niñez influyeron algo en su ánimo y sintió que su corazon
latía con violencia.
La sombra se detuvo al otro lado del balitì y el joven la podía ver
al través de una hendidura que dejaban entre sí dos raices que habían
adquirido con el tiempo las proporciones de dos troncos. Produjo debajo
de su traje una lámpara de poderoso lente refractor, que depositó
sobre el suelo alumbrando unas botas de montar: el resto quedaba
oculto en la oscuridad. La sombra pareció registrar sus bolsillos,
despues se encorvó para adaptar la hoja de una azada al estremo de
un grueso baston: Basilio creyó distinguir con gran sorpresa suya
algo de los contornos del joyero Simoun. Era el mismo en efecto.
El joyero cavaba la tierra, y de cuando en cuando la lámpara le
iluminaba el rostro: no tenía los anteojos azules que tanto le
desfiguraban. Basilio se entremeció. Aquel era el mismo desconocido que
trece años antes había cavado allí la fosa de su madre, sólo que ahora
había envejecido, sus cabellos se habían vuelto blancos y usaba bigote
y barba, pero la mirada era la misma, la misma expresion amarga, la
misma nube en la frente, los mismos brazos musculosos, algo más secos
ahora, la misma energía iracunda. Las impresiones pasadas renacieron en
él: creyó sentir el calor de la hoguera, el hambre, el desaliento de
entonces, el olor de la tierra removida... Su descubrimiento le tenía
aterrado. De modo que el joyero Simoun que pasaba por indio inglés,
portugués, americano, mulato, el Cardenal Moreno, la Eminencia Negra,
el espíritu malo del Capitan General como le llamaban muchos, no
era otro que el misterioso desconocido cuya aparicion y desaparicion
coincidían con la muerte del heredero de aquellos terrenos. Pero de
los dos desconocidos que se le presentaron, del muerto y del vivo
¿quién era el Ibarra?
Esta pregunta que él se había dirigido varias veces siempre que se
hablaba de la muerte de Ibarra, acudía de nuevo á su mente ante aquel
hombre enigma que allí veía.
El muerto tenía dos heridas que debieron ser de armas de fuego segun
lo que él estudió despues y serían las resultas de la persecucion
en el lago. El muerto sería entonces el Ibarra que vendría para
morir sobre la tumba de su antepasado, y su deseo de ser quemado
se explica muy bien por su estancia en Europa donde se estila la
cremacion. ¿Entonces quién era el otro, el vivo, este joyero Simoun,
entonces de apariencia miserable y que ahora volvía cubierto de oro
y amigo de las autoridades? Allí había un misterio y el estudiante,
con su sangre fría característica, se prometió aclararlo, y aguardó
una ocasion.
Simoun cavaba y cavaba en tanto, pero Basilio veía que el antiguo
vigor se había amenguado: Simoun jadeaba, respiraba con dificultad
y tenía que descansar á cada momento.
Basilio temiendo fuese descubierto tomó una resolucion súbita, se
levantó de su asiento y con la voz más natural,
--¿Le puedo ayudar, señor...? preguntó saliendo de su escondite.
Simoun se enderezó y dió un salto como un tigre atacado infraganti,
se llevó la mano al bolsillo de su americana y miró al estudiante
pálido y sombrío.
--Hace trece años me ha prestado usted un gran servicio, señor,
prosiguió Basilio sin inmutarse, en este mismo sitio, enterrando el
cadaver de mi madre y me consideraría feliz si yo le pudiese servir.
Simoun, sin apartar los ojos del joven, sacó de su bolsillo un
revólver. Oyóse un chasquido como el de un arma que se amartilla.
--¿Por quién me toma usted? dijo retrocediendo dos pasos.
--Por una persona para mí sagrada, contestó Basilio algo emocionado
creyendo llegada su última hora: por una persona que todos, menos yo,
creen muerta y cuyas desgracias he lamentado siempre.
Imponente silencio siguió á estas palabras, silencio que para el
joven le sonaba á eternidad. Simoun no obstante, despues de larga
vacilacion, se le acercó y poniéndole una mano sobre el hombro le
dijo en voz conmovida:
--Basilio, usted posee un secreto que me puede perder y ahora acaba
de sorprenderme en otro que me pone enteramente en sus manos y cuya
divulgacion puede trastornar todos mis planes. Para mi seguridad y
en bien del objeto que me propongo yo debía sellar para siempre sus
labios porque ¿qué es la vida de un hombre ante el fin que persigo? La
ocasion me es propicia, nadie sabe que he venido, estoy armado, usted
indefenso; su muerte se atribuiría á los tulisanes, sino á otra causa
más sobrenatural... y sin embargo yo le dejaré vivir y confío en
que no me ha de pesar. Usted ha trabajado, ha luchado con enérgica
constancia... y como yo, tiene usted cuentas que arreglar con la
sociedad; su hermanito fué asesinado, á su madre la han vuelto loca,
y la sociedad no ha perseguido ni al asesino ni al verdugo. Usted y
yo pertenecemos á los sedientos de justicia, y, en vez de destruirnos,
debemos ayudarnos.
Simoun se detuvo ahogando un suspiro y despues continuó lentamente
con la mirada vaga.
--Sí, yo soy aquel que ha venido hace trece años enfermo y miserable
para rendir el último tributo á un alma grande, noble que ha querido
morir por mí. Víctima de un sistema viciado he vagado por el mundo,
trabajando noche y día para amasar una fortuna y llevar á cabo
mi plan. Ahora he vuelto para destruir ese sistema, precipitar su
corrupcion, empujarle al abismo á que corre insensato, aun cuando
tuviese que emplear oleadas de lágrimas y sangre... Se ha condenado,
lo está ¡y no quiero morir sin verle antes hecho trizas en el fondo
del precipicio!
Y Simoun estendía ambos brazos hácia la tierra como si con aquel
movimiento quisiese mantener allí los restos destrozados. Su voz
había adquirido un timbre siniestro, lúgubre que hacía estremecerse
al estudiante.
--Llamado por los vicios de los que las gobiernan, he vuelto á estas
islas y, bajo la capa del comerciante, he recorrido los pueblos. Con
mi oro me he abierto camino y donde quiera he visto á la codicia
bajo las formas más execrables, ya hipócrita, ya impúdica, ya cruel,
cebarse en un organismo muerto como un buitre en un cadáver, y me
he preguntado ¿por qué no fermentaba en sus entrañas la ponzoña, la
ptomaina, el veneno de las tumbas, para matar á la asquerosa ave? El
cadáver se dejaba destrozar, el buitre se hartaba de carne, y como no
me era posible darle la vida para que se volviese contra su verdugo,
y como la corrupcion venía lentamente, he atizado la codicia, la he
favorecido, las injusticias y los abusos se multiplicaron; he fomentado
el crímen, los actos de crueldad, para que el pueblo se acostumbrase á
la idea de la muerte; he mantenido la zozobra para que huyendo de ella
se buscase una solucion cualquiera; he puesto trabas al comercio para
que empobrecido el país y reducido á la miseria ya nada pudiese temer;
he instigado ambiciones para empobrecer el tesoro, y no bastándome
esto para despertar un levantamiento popular, he herido al pueblo
en su fibra más sensible, he hecho que el buitre mismo insultase al
mismo cadáver que le daba la vida y lo corrompiese... Mas, cuando
iba á conseguir que de la suprema podredumbre, de la suprema basura,
mezcla de tantos productos asquerosos fermente el veneno, cuando la
codicia exacerbada, en su atontamiento se daba prisa por apoderarse
de cuanto le venía á la mano como una vieja sorprendida por el
incendio, hé aquí que vosotros surgís con gritos de españolismo,
con cantos de confianza en el Gobierno, en lo que no ha de venir; hé
aquí que una carne palpitante de calor y vida, pura, joven, lozana,
vibrante en sangre, en entusiasmo, brota de repente para ofrecerse
de nuevo como fresco alimento... ¡Ah, la juventud siempre inexperta
y soñadora, siempre corriendo trás las mariposas y las flores! ¡Os
ligais para con vuestros esfuerzos unir vuestra patria á la España
con guirnaldas de rosas cuando en realidad forjais cadenas más
duras que el diamante! ¡Pedís igualdad de derechos, españolizacion
de vuestras costumbres y no veís que lo que pedís es la muerte, la
destruccion de vuestra nacionalidad, la aniquilacion de vuestra patria,
la consagracion de la tiranía! ¿Qué sereis en lo futuro? Pueblo sin
caracter, nacion sin libertad; todo en vosotros será prestado hasta
los mismos defectos. ¡Pedís españolizacion y no palideceis de vergüenza
cuando os la niegan! Y aunque os la concedieran ¿qué quereis? ¿qué vais
á ganar? ¡Cuando más feliz, país de pronunciamientos, país de guerras
civiles, república de rapaces y descontentos como algunas repúblicas
de la América de Sur! ¿A qué venís ahora con vuestra enseñanza del
castellano, pretension que sería ridícula si no fuese de consecuencias
deplorables? ¡Quereis añadir un idioma más á los cuarenta y tantos
que se hablan en las islas para entenderos cada vez menos!...
--Al contrario, repuso Basilio; si el conocimiento del castellano
nos puede unir al gobierno, ¡en cambio puede unir tambien á todas
las islas entre sí!
--¡Error craso! interrumpió Simoun; os dejais engañar por grandes
palabras y nunca vais al fondo de las cosas á examinar los efectos en
sus últimas manifestaciones. El español nunca será lenguaje general en
el pais, el pueblo nunca lo hablará porque para las concepciones de su
cerebro y los sentimientos de su corazon no tiene frases ese idioma:
cada pueblo tiene el suyo, como tiene su manera de sentir. ¿Qué
vais á conseguir con el castellano, los pocos que lo habeis de
hablar? ¡Matar vuestra originalidad, subordinar vuestros pensamientos
á otros cerebros y en vez de haceros libres haceros verdaderamente
esclavos! Nueve por diez de los que os presumís de ilustrados,
sois renegados de vuestra patria. El que de entre vosotros habla
ese idioma, descuida de tal manera el suyo que ni lo escribe ni lo
entiende y ¡cuántos he visto yo que afectan no saber de ello una sola
palabra! Por fortuna teneis un gobierno imbécil. Mientras la Rusia para
esclavizar á la Polonia le impone el ruso, mientras la Alemania prohibe
el francés en las provincias conquistadas, vuestro gobierno pugna
por conservaros el vuestro y vosotros en cambio, pueblo maravilloso
bajo un gobierno increible, ¡vosotros os esforzais en despojaros de
vuestra nacionalidad! Uno y otro os olvidais de que mientras un pueblo
conserve su idioma, conserva la prenda de su libertad, como el hombre
su independencia mientras conserva su manera de pensar. El idioma es
el pensamiento de los pueblos. Felizmente vuestra independencia está
asegurada: ¡las pasiones humanas velan por ella!...
Simoun se detuvo y se pasó la mano por la frente. La luna se levantaba
y enviaba su debil claridad de luna menguante al través de las
ramas. Con los cabellos blancos y las facciones duras, iluminadas de
abajo arriba por la luz de la lámpara, parecía el joyero el espíritu
fatídico del bosque meditando algo siniestro. Basilio, silencioso ante
tan duros reproches, escuchaba con la cabeza baja. Simoun continuó:
--Yo he visto iniciarse ese movimiento y he pasado noches enteras de
angustia porque comprendía que entre esa juventud había inteligencias
y corazones escepcionales sacrificándose por una causa que creían
buena, cuando en realidad trabajaban contra su país... Cuantas veces
he querido dirigirme á vosotros, desenmascararme y desengañaros, pero
en vista de la fama que disfruto, mis palabras se habrían interpretado
mal y acaso habrían tenido efecto contraproducente... Cuantas veces
he querido acercarme á vuestro Makaraig, á vuestro Isagani; á veces
pensé en su muerte, quise destruirlos...
Detúvose Simoun.
--Hé aquí la razon por qué le dejo á usted vivir, Basilio, y me expongo
á que por una imprudencia cualquiera me delate un día... Usted sabe
quien soy, sabe lo mucho que he debido sufrir, cree en mí; usted no es
el vulgo que ve en el joyero Simoun al traficante que impulsa á las
autoridades á que cometan abusos para que los agraviados le compren
alhajas... Yo soy el Juez que quiero castigar á un sistema valiéndome
de sus propios crímenes, hacerle la guerra halagándole... Necesito que
usted me ayude, que use de su influencia en la juventud para combatir
esos insensatos deseos de españolismo, de asimilacion, de igualdad
de derechos... ¡Por ese camino se llega á lo más á ser mala copia,
y el pueblo debe mirar más alto! Locura es tratar de influir en la
manera de pensar de los gobernantes; tienen su plan trazado, tienen
la venda puesta, y, sobre perder el tiempo inutilmente, engañais al
pueblo con vanas esperanzas y contribuís á doblar su cuello ante el
tirano. Lo que debeis hacer es aprovecharos de sus preocupaciones
para aplicarlas á vuestra utilidad. ¿No quieren asimilaros al
pueblo español? Pues, ¡enhorabuena! distinguíos entonces delineando
vuestro propio caracter, tratad de fundar los cimientos de la patria
filipina... ¿No quieren daros esperanzas? ¡Enhorabuena! no espereis
en él, esperad en vosotros y trabajad. ¿Os niegan la representacion
en sus Cortes? ¡Tanto mejor! Aun cuando consigais enviar diputados
elegidos á vuestro gusto, ¿qué vais á hacer en ellas sino ahogaros
entre tantas voces y sancionar con vuestra presencia los abusos y
faltas que despues se cometan? Mientras menos derechos reconozcan
en vosotros, más tendreis despues para sacudir el yugo y devolverles
mal por mal. Si no quieren enseñaros su idioma, cultivad el vuestro
estendedlo, conservad al pueblo su propio pensamiento, y en vez
de tener aspiraciones de provincia, tenedlas de nacion, en vez de
pensamientos subordinados, pensamientos independientes, á fin de
que ni por los derechos, ni por las costumbres, ni por el lenguaje
el español se considere aquí como en su casa, ni sea considerado por
el pueblo como nacional, sino siempre como invasor, como estrangero,
y tarde ó temprano tendreis vuestra libertad. ¡Hé aquí por qué quiero
que usted viva!
Basilio respiró como si un gran peso se le hubiese quitado de encima
y respondió despues de una breve pausa:
--Señor, el honor que usted me hace confiándome sus planes es demasiado
grande para que yo no le sea franco y le diga que lo que me exige está
por encima de mis fuerzas. Yo no hago política, y si he firmado la
peticion para la enseñanza del castellano ha sido porque en ello veía
un bien para los estudios y nada más. Mi destino es otro, mi aspiracion
se reduce á aliviar las dolencias físicas de mis conciudadanos.
El joyero se sonrió.
--¿Qué son las dolencias físicas comparadas con las dolencias
morales? preguntó; ¿qué es la muerte de un hombre ante la muerte de
una sociedad? Un día usted será tal vez un gran médico si le dejan
curar en paz; ¡pero más grande será todavía aquel que infunda nueva
vida en este pueblo anémico! Usted ¿qué hace por el país que le dió
el ser, que le da la vida y le procura los conocimientos? ¿No sabe
usted que es inútil la vida que no se consagra á una idea grande? Es
un pedruzco perdido en el campo sin formar parte de ningun edificio.
--No, no señor, contestó Basilio modestamente; yo no me cruzo
de brazos, yo trabajo como todos trabajan para levantar de las
ruinas del pasado un pueblo cuyos individuos sean solidarios y cada
uno de los cuales sienta en sí mismo la conciencia y la vida de la
totalidad. Pero, por entusiasta que nuestra generacion sea comprendemos
que en la gran fábrica social debe existir la subdivision del trabajo;
he escogido mi tarea y me dedico á la ciencia.
--La ciencia no es el fin del hombre, observó Simoun.
--A ella tienden las naciones más cultas.
--Sí, pero como un medio para buscar su felicidad.
--¡La ciencia es más eterna, es más humana, más universal! replicó
el joven en un trasporte de entusiasmo. Dentro de algunos siglos
cuando la humanidad esté ilustrada y redimida, cuando ya no haya
razas, cuando todos los pueblos sean libres, cuando no haya tiranos
ni esclavos, colonias ni metrópolis, cuando rija una justicia y el
hombre sea ciudadano del mundo, solo quedará el culto de la ciencia,
la palabra patriotismo sonará á fanatismo, y al que alardee entonces
de virtudes patrióticas le encerrarán sin duda como á un enfermo
peligroso, á un perturbador de la armonía social.
Simoun se sonrió tristemente.
--Sí, sí, dijo sacudiendo la cabeza, mas, para que llegue ese estado es
menester que no haya pueblos tiranos ni pueblos esclavos, es menester
que el nombre sea á donde vaya libre, sepa respetar en el derecho de
cualquiera el de su propia individualidad, y para esto hay que verter
primero mucha sangre, se impone la lucha como necesaria... Para vencer
al antiguo fanatismo que oprimía las conciencias fué menester que
muchos pereciesen en las hogueras para que, horrorizada la conciencia
social, declarase libre á la conciencia individual. ¡Es menester
tambien que todos respondan á la pregunta que cada día les dirige la
patria cuando les tiende las manos encadenadas! El patriotismo solo
puede ser crímen en los pueblos opresores porque entonces será la
rapiña bautizada con un hermoso nombre, pero por perfecta que pueda
ser la humanidad el patriotismo será siempre virtud en los pueblos
oprimidos porque significará en todo tiempo amor á la justicia, á la
libertad, á la dignidad misma. ¡Nada pues de sueños quiméricos, nada
de idilios mujeriles! La grandeza del hombre no está en anticiparse
á su siglo, cosa imposible por demás, sino en adivinar sus deseos,
responder á sus necesidades y guiarle á marchar adelante. Los genios
que el vulgo cree se han adelantado al suyo, solo aparecen así porque
el que los juzga los ve desde muy lejos, ¡ó toma por siglo la cola
en que marchan los rezagados!
Simoun se calló. Viendo que no conseguía despertar el entusiasmo
en aquella alma fría, acudió á otro argumento, y preguntó cambiando
de tono:
--¿Y por la memoria de su madre y de su hermano, qué hace usted? ¿Basta
venir aquí cada año y llorar como una mujer sobre una tumba?
Y se rió burlonamente.
El tiro dió en el blanco; Basilio se inmutó y avanzó un paso.
--¿Qué quiere usted que haga? preguntó con ira. Sin medios, sin
posicion social ¿he de obtener justicia contra sus verdugos? Sería otra
víctima y me estrellaría como un pedazo de vidrio lanzado contra una
roca. ¡Ah, hace usted mal en recordármelo porque es tocar inutilmente
una llaga!
--¿Y si yo le ofrezco á usted mi apoyo?
Basilio sacudió la cabeza y se quedó pensativo.
--¡Todas las reivindicaciones de la justicia, todas las venganzas
de la tierra no harán revivir un solo cabello de mi madre, refrescar
una sonrisa en los labios de mi hermano! Que duerman en paz... ¿Qué
he de sacar aun cuando me vengase?
--Evitar que otros sufran lo que usted ha sufrido, que en lo futuro
haya hijos asesinados y madres forzadas á la locura. La resignacion
no siempre es virtud, es crímen cuando alienta tiranías: no hay
déspotas donde no hay esclavos. ¡Ay! el hombre es de suyo tan
malo que siempre abusa cuando encuentra complacientes. Como usted
pensaba yo tambien y sabe cual fué mi suerte. Los que han causado
su desgracia le vigilan día y noche; sospechan que usted acecha un
momento oportuno; interpretan su afan de saber, su amor al estudio,
su tranquilidad misma por ardientes deseos de venganza... ¡El día en
que puedan deshacerse de usted lo harán como lo hicieron conmigo y
no le dejarán crecer porque le temen y le odian!
--¿Odiarme á mí? ¿odiarme todavía despues del mal que me han
hecho? preguntó el joven sorprendido.
Simoun soltó una carcajada.
--Es natural en el hombre odiar á aquellos á quienes ha agraviado,
decía Tácito confirmando el quos læserunt et oderunt de Séneca. Cuando
usted quiera medir los agravios ó los bienes que un pueblo hace á
otro, no tiene más que ver si le odia ó le ama. Y así se explica el
por qué algunos que aquí se han enriquecido desde los altos puestos
que desempeñaron, vueltos á la Península se deshacen en injurias y en
insultos contra los que fueron sus víctimas. ¡Proprium humani ingenii
est odisse quem læseris!
--Pero si el mundo es grande, si uno les deja gozar tranquilamente
del poder... si no pido más que trabajar, que me dejen vivir...
--¡Y criar hijos pacíficos para irlos despues á someter al yugo!,
continuó Simoun remedando cruelmente la voz de Basilio. ¡Valiente
porvenir les prepara usted, y le han de agradecer una vida de
humillaciones y sufrimientos! ¡Enhorabuena, joven! Cuando un cuerpo
está inerte, inútil es galvanizarlo. Veinte años de esclavitud
contínua, de humillacion sistemática, de postracion constante llegan
á crear en el alma una joroba que no lo ha de enderezar el trabajo de
un día. Los sentimientos buenos ó malos se heredan y se trasmiten de
padres á hijos. ¡Vivan pues sus ideas idílicas, vivan los sueños del
esclavo que solo pide un poco de estopa con que envolver la cadena
para que suene menos y no le ulcere la piel! Usted aspira á un pequeño
hogar con alguna comodidad; una mujer y un puñado de arroz: ¡hé ahí el
hombre ideal en Filipinas! Bien; si se lo dan, considérese afortunado.
Basilio, acostumbrado á obedecer y á sufrir los caprichos y el mal
humor de Cpn. Tiago y subyugado por Simoun que se le aparecía terrible
y siniestro destacándose de un fondo teñido en lágrimas y sangre,
trataba de explicarse diciendo que no se consideraba con aptitudes
para mezclarse en la política, que no tenía opinion alguna porque no
había estudiado la cuestion pero que siempre estaba dispuesto á prestar
sus servicios el día en que se los exigiesen, que por el momento solo
veía una necesidad, la ilustracion del pueblo, etc., etc. Simoun le
cortó la palabra con un gesto y como pronto iba á amanecer, dijo:
--Joven, no le recomiendo á usted que guarde mi secreto porque sé
que la discrecion es una de sus buenas cualidades, y aunque usted
me quisiere vender, el joyero Simoun, el amigo de las autoridades
y de las corporaciones religiosas merecerá siempre más crédito que
el estudiante Basilio sospechoso ya de filibusterismo por lo mismo
que siendo indígena se señala y se distingue, y porque en la carrera
que sigue se encontrará con poderosos rivales. Con todo aunque usted
no ha respondido á mis esperanzas, el día en que cambie de opinion,
búsqueme en mi casa de la Escolta y le serviré de buena voluntad.
Basilio dió brevemente las gracias y se alejó.
--¿Me habré equivocado de clave? murmuró Simoun al encontrarse solo;
¿es que duda de mí ó medita tan en secreto el plan de su venganza que
teme confiarlo á la misma soledad de la noche? ¿O será que los años de
servidumbre han apagado en su corazon todo sentimiento humano y solo
quedan las tendencias animales de vivir y reproducirse? En este caso
el molde estaría deforme y hay que volverlo á fundir... La hecatombe
se impone pues; ¡perezcan los ineptos y sobrevivan los más fuertes!
Y añadió lúgubremente como si se dirigiese á alguien:
--¡Tened paciencia, vosotros que me habeis legado un nombre y un
hogar, tened paciencia! Uno y otro los he perdido, patria, porvenir,
bienestar, vuestras mismas tumbas... ¡pero tened paciencia! Y tú,
espíritu noble, alma grandiosa, corazon magnánimo que has vivido
para un solo pensamiento y has sacrificado tu vida sin contar con la
gratitud ni la admiracion de nadie, ¡ten paciencia, ten paciencia! Los
medios de que me valgo no serán tal vez los tuyos, pero son los más
breves... El día se acerca y cuando brille iré yo mismo á anunciároslo
á vosotros. ¡Tened paciencia!