Cuando las campanas empezaban á repicar para la misa de la media noche
y los que preferían un buen sueño á todas las fiestas y ceremonias
se despertaban refunfuñando contra el ruido y la animacion, Basilio
bajó cautelosamente de la casa, dió dos ó tres vueltas por algunas
calles y, convencido de que nadie le seguía ni le observaba, tomó por
senderos poco frecuentados el camino que conducía al antiguo bosque de
los Ibarras, adquirido por Cpn. Tiago cuando, confiscados los bienes
de estos, se vendieron.
Como aquel año la Navidad correspondía á luna menguante, reinaba
allí oscuridad completa. El repique había cesado y solo los tañidos
resonaban en medio del silencio de la noche, al través del murmullo de
las ramas agitadas por la brisa y el acompasado clamor de las ondas
del vecino lago, como poderosa respiracion de la naturaleza sumida
en grandioso sueño.
Impresionado por el lugar y el momento caminaba cabizbajo el joven como
si tratase de ver en la oscuridad. De cuando en cuando levantaba la
cabeza para buscar las estrellas al través de los claros que dejaban
entre sí las copas de los árboles, y proseguía su camino apartando
los arbustos y rasgando las lianas que le entorpecían la marcha. A
veces desandaba lo andado, su pié se enredaba en una mata, tropezaba
contra una raiz saliente, un tronco caido. Al cabo de una media hora
llegó á un pequeño arroyo en cuya opuesta orilla se levantaba una
especie de colina, masa negra é informe que adquiría en la oscuridad
proporciones de montaña. Basilio pasó el arroyo saltando sobre piedras
que se destacaban negras sobre el fondo brillante del agua, subió la
colina y se encaminó á un pequeño recinto encerrado por viejos y medio
desmoronados muros. Dirigióse al arbol de balití que se levantaba
en el centro, enorme, misterioso, venerable, formado de raices que
subían y bajaban como otros tantos troncos entrelazados confusamente.
Detúvose ante un monton de piedras, se descubrió y pareció orar. Allí
estaba sepultada su madre, y su primera visita cada vez que iba al
pueblo era para aquella tumba ignorada, desconocida. Teniendo que
visitar á la familia de Cabesang Tales al día siguiente, aprovechaba
la noche para cumplir con aquel deber.
Sentóse sobre una piedra y pareció reflexionar. Se le presentaba su
pasado como una larga cinta negra, rosada en su comienzo, sombría
despues, con manchas de sangre, despues negra, negra, gris y clara,
más clara cada vez. La estremidad no la podía ver, oculta por una
nube que dejaba trasparentar luces y auroras...
Hacía trece años día por día, hora por hora casi que se había muerto
allí su madre en medio de la mayor miseria, en una espléndida noche en
que la luna brillaba y los cristianos en todo el mundo se entregaban al
regocijo. Herido y cojeando había llegado allí siguiéndola; ella, loca
y llena de terror, huía de su hijo como una sombra. Allí murió; vino un
desconocido que le mandó formase una pira, él obedeció maquinalmente y
cuando volvió, se encontró con otro desconocido junto al cadaver del
primero. ¡Qué mañana y qué noche fueron aquellas! El desconocido le
ayudó á levantar la pira donde quemaron el cadaver del hombre, cavó la
fosa en que enterraron á su madre y despues de darle algunas monedas
le mandó abandonase el lugar. Era la primera vez que veía á aquel
hombre: alto, los ojos rojos, los labios pálidos, la nariz afilada...
Huérfano por completo, sin padres ni hermanos, abandonó el pueblo cuyas
autoridades tanto miedo le infundían y se fué á Manila para servir en
casa de algun rico y estudiar á la vez como hacen muchos. Su viaje fué
una odisea de insomnios y sobresaltos en los que el hambre entraba
por poca cosa. Alimentábase de frutas en los bosques donde se solía
internar cuando de lejos descubría el uniforme de la Guardia Civil,
uniforme que le recordaba el orígen de todas sus desdichas. Una vez
en Manila, andrajoso y enfermo, fué de puerta en puerta ofreciendo
sus servicios. ¡Un muchachito provinciano que no sabía una palabra
de español y por encima enfermizo! ¡Desalentado, hambriento y triste
recorría las calles llamando la atencion su miserable traje! ¡Cuántas
veces no estuvo tentado de arrojarse á los piés de los caballos que
pasaban como relámpagos, arrastrando coches relucientes de plata y
barniz, para acabar de una vez con sus miserias! Por fortuna vió á
Cpn. Tiago pasar acompañado de la tía Isabel; él los conocía desde
San Diego y en su alegría creyó haber visto en ellos casi á unos
compoblanos. Siguió al coche, lo perdió de vista, preguntó por su casa
y como era precisamente el día en que María Clara acababa de entrar en
el convento y Cpn. Tiago estaba muy abatido, fué admitido en calidad
de criado, sin sueldo por supuesto, permitiéndole en cambio estudiar,
cuando quisiera, en S. Juan de Letran.
Sucio, mal vestido y por todo calzado un par de zuecos, al cabo
de algunos meses de estar en Manila, ingresó en el primer año de
latin. Sus compañeros, al ver su traje, procuraban alejarse, y su
catedrático, un guapo dominico, nunca le dirigió una pregunta y,
cada vez que le veía, fruncía las cejas. Las únicas palabras que en
los ocho meses de clase se cruzaron entre ambos, eran el nombre propio
leido en la lista y el adsum diario con que el alumno contestaba. ¡Con
qué amargura salía cada vez de la clase y, adivinando el móvil de la
conducta que con el se seguía, qué lágrimas no se asomaban á sus ojos
y cuántas quejas estallaban y morían dentro de su corazon! ¡Cómo había
llorado y sollozado sobre la tumba de su madre contándole sus ocultos
dolores, humillaciones y agravios, cuando al acercarse la Navidad,
Cpn. Tiago le había llevado consigo á San Diego! Y sin embargo
se aprendía de memoria la leccion sin dejar una coma, ¡aunque sin
comprender mucho de ella! Mas al fin llegó á resignarse viendo que
entre los trescientos ó cuatrocientos de su clase solo unos cuarenta
merecían le honra de ser preguntados porque llamaron la atencion del
catedrático ya sea por el tipo, por alguna truhanería, por simpatía
ú otra causa cualquiera. Muchos por lo demás se felicitaban porque
así se evitaban el trabajo de discurrir y comprender.
--Se va á los colegios, no para saber ni estudiar, sino para ganar el
curso y si se puede saber el libro de memoria ¿qué más se les podía
exigir? se ganaba el año.
Basilio pasó los exámenes respondiendo á la única pregunta que le
dirigieron, como una máquina, sin pararse ni respirar, y gano con gran
risa de los examinadores la nota de aprobado. Sus nueve compañeros--se
examinaban de diez en diez para ser más pronto despachados,--no
tuvieron la misma suerte y fueron condenados á repetir el año de
embrutecimiento.
Al segundo, habiendo ganado una enorme suma el gallo que cuidaba,
recibió buena propina de Cpn. Tiago y la invirtió inmediatamente
en la compra de unos zapatos y de un sombrero de fieltro. Con esto
y con las ropas que le daba su amo y que él arreglaba á su talla,
su aspecto fué haciéndose más decente, más no pasó de allí. En una
clase tan numerosa se necesita de mucho para llamar la atencion del
profesor, y el alumno que desde el primer año no se haga notar por
una cualidad saliente ó no se capte las simpatías de los profesores,
dificilmente se hará conocer en el resto de sus días de estudiante. Sin
embargo continuó, pues la constancia era su principal caracter.
Su suerte pareció cambiarse un poco cuando pasó al tercer año. Tocóle
por profesor un dominico muy campechano, amigo de bromas y de hacer
reir á los alumnos, bastante comodon porque casi siempre hacía explicar
la leccion á sus favoritos: verdad es tambien que se contentaba con
cualquier cosa. Basilio por esta época ya gastaba botinas y camisas
casi siempre limpias y bien planchadas. Como su profesor le observase
que se reía poco de los chistes y viese en sus ojos, tristes y grandes,
algo como una eterna pregunta, teníale por imbécil y un día quiso
ponerle en evidencia preguntándole la leccion. Basilio la recitó de
cabo á rabo, sin tropezar en una f; motejóle el profesor de papagayo,
contó un cuento que hizo reir de buena gana á toda la clase, y para
aumentar más la hilaridad y justificar legitimidad del apodo, hizóle
algunas preguntas guiñando á sus favoritos como diciéndoles:
--«Vais á ver como nos vamos á divertir.»
Basilio entonces ya sabía el castellano, y supo contestar con el
intento manifiesto de no hacer reir á nadie. Aquello disgustó á
todos, el disparate que se esperaba no vino, nadie pudo reir y el
buen fraile jamás le perdonó el haber defraudado las esperanzas de
toda la clase y desmentido sus profecías. Pero ¿quién se iba á esperar
que algo discreto pudiese salir de una cabeza tan mal peinada en que
terminaba un indio tan mal calzado, clasificado hace poco entre las
aves trepadoras? Y así como en otros centros de enseñanza donde hay
verdaderos deseos de que los muchachos aprendan, tales descubrimientos
suelen alegrar á los profesores, así tambien en un colegio dirigido
por hombres convencidos en su mayor parte de que el saber es un mal,
al menos para los alumnos, el caso de Basilio tuvo mal efecto y nunca
más se le preguntó en todo el resto del año. ¿Para qué si no hacía
reir á nadie?
Bastante desanimado y con ganas de dejar los estudios pasó al cuarto
año de latin. ¿Para qué aprender, por qué no dormir como los otros
y confiarlo todo al azar?
Uno de los dos profesores era muy popular, querido de todos;
pasaba por sabio, gran poeta y tener ideas muy avanzadas. Un día
que acompañaba á los colegiales á paseo, tuvo un pique con algunos
cadetes, del que resultó primero una escaramuza y despues un reto. El
profesor que se acordaría tal vez de su brillante juventud, levantó
una cruzada y prometió buenas notas á todos los que en el paseo del
domingo siguiente tomasen parte en la batalla. Animada fué la semana:
hubo encuentros parciales en que se cruzaron el baston y el sable y
en uno de ellos se distinguió Basilio.
Llevado en triunfo por los estudiantes y presentado al profesor,
fué desde entonces conocido, llegando á ser su favorito. Parte por
esto y parte por su aplicacion, aquel año se llevó sobresalientes
con medallas inclusive. En vista de esto, Cpn. Tiago que, desde que
su hija se hizo monja, manifestaba cierta aversion á los frailes,
en un momento de buen humor indújole á que se trasladase al Ateneo
Municipal cuya fama estaba entonces en todo su auge.
Un mundo nuevo se abrió á sus ojos, un sistema de enseñanza que él no
se sospechaba en aquel colegio. Aparte de nimiedades y ciertas cosas
pueriles, le llenaba de admiracion el método allí seguido y de gratitud
el afan de los profesores. Sus ojos se llenaban á veces de lágrimas
pensando en los cuatro años anteriores en que por falta de medios
no había podido estudiar en aquel centro. Tuvo que hacer esfuerzos
inauditos para ponerse al nivel de los que habían principiado bien y
pudo decirse que en aquel solo año aprendió los cinco de la segunda
enseñanza. Hizo el bachillerato con gran contento de sus profesores
que en los exámenes se mostraron orgullosos de él ante los jueces
dominicos, allí enviados para inspeccionarles. Uno de estos, como
para apagar un poco tanto entusiasmo, preguntó al examinando dónde
había cursado los primeros años de latin.
--En San Juan de Letran, Padre, contestó Basilio.
--¡Ya! en latin no está mal, observó entonces medio sonriendo el
dominico.
Por aficion y por caracter escogió la Medicina; Cpn. Tiago prefería
el Derecho para tener un abogado de balde, pero no basta saber
y conocer á fondo las leyes para tener clientela en Filipinas;
es menester ganar los pleitos y para esto se necesitan amistades,
influencia en ciertas esferas, mucha gramática parda. Cpn. Tiago se
plegó al fin acordándose de que los estudiantes de Medicina andaban
con los cadáveres á vueltas; hacía tiempo que buscaba un veneno en
que templar la navaja de sus gallos y el mejor que sabía era la sangre
de un chino, muerto de enfermedad sifilítica.
Con igual aprovechamiento, mayor si cabe, cursó el joven los años de
la facultad y ya desde el tercero empezó á curar con mucha suerte,
cosa que no solo le preparaba un brillante porvenir sino que tambien
le producía bastante para vestirse hasta con cierta elegancia y hacer
algunas economías.
Este año era el último de su carrera y dentro de dos meses será
médico, se retirará á su pueblo, se casará con Juliana para vivir
felices. El éxito de su licenciatura no solo era seguro, sino que lo
esperaba brillante como la corona de su vida escolar. Estaba designado
para el discurso de accion de gracias en el acto de la investidura,
y ya se veía en medio del Paraninfo delante de todo el claustro,
objeto de las miradas y atencion del público. Todas aquellas cabezas,
eminencias de la ciencia manilense, medio hundidas en sus mucetas de
colores, todas las mujeres que allí acudían por curiosidad y que años
antes le miraban, si no con desden, con indiferencia, todos aquellos
señores cuyos coches, cuando muchacho le iban á atropellar en medio del
barro como si se tratase de un perro, entonces le escucharían atentos,
y él les iba á decir algo que no era trivial, algo que no ha resonado
nunca en aquel recinto, se iba á olvidar de sí para acordarse de los
pobres estudiantes del porvenir, y haría la entrada en la sociedad
con aquel discurso...