Ich weiss nicht was soll es bedeuten
Dass ich so traurig bin!
Cuando el P. Florentino saludó á la pequeña sociedad ya no reinaba
el mal humor de las pasadas discusiones. Quizás influyeran en los
ánimos las alegres casas del pueblo de Pasig, las copitas de Jerez
que habían tomado para prepararse ó acaso la perspectiva de un buen
almuerzo; sea una cosa ú otra el caso es que reían y bromeaban incluso
el franciscano flaco, aunque sin hacer mucho ruido: sus risas parecían
muecas de moribundo.
--¡Malos tiempos, malos tiempos! decía riendo el P. Sibyla.
--¡Vamos, no diga usted eso, Vice-Rector! contestaba el canónigo
Irene empujando la silla en que aquel se sentaba; en Hong Kong hacen
ustedes negocio redondo y construyen cada finca que... ¡vaya!
--¡Tate, tate! contestaba; ustedes no ven nuestros gastos, y los
inquilinos de nuestras haciendas empiezan á discutir...
--¡Ea, basta de quejas, puñales, porque si no me pondré á llorar! gritó
alegremente el P. Camorra. Nosotros no nos quejamos y no tenemos ni
haciendas, ni bancos. ¡Y sepan que mis indios empiezan á regatear los
derechos y me andan con tarifas! Miren que citarme á mí tarifas ahora,
y nada menos que del arzobispo don Basilio Sancho, ¡puñales! como si
de entonces acá no hubiesen subido los precios de los artículos. ¡Ja,
ja, ja! ¿Por qué un bautizo ha de ser menos que una gallina? Pero yo
me hago el sueco, cobro lo que puedo y no me quejo nunca. Nosotros
no somos codiciosos, ¿verdá usted, P. Salví?
En aquel momento apareció por la escotilla la cabeza de Simoun.
--Pero ¿dónde se ha metido usted? le gritó don Custodio que se había
olvidado ya por completo del disgusto; ¡se perdió usted lo más bonito
del viaje!
--¡Psh! contestó Simoun acabando de subir; he visto ya tantos ríos
y tantos paisajes que solo me interesan los que recuerdan leyendas...
--Pues leyendas, algunas tiene el Pasig, contestó el Capitan que no
le gustaba que le despreciasen el río por donde navegaba y ganaba
su vida; tiene usted la de Malapad-na-bató, roca sagrada antes de la
llegada de los españoles como habitacion de los espíritus; despues,
destruida la supersticion y profanada la roca, convirtiose en nido de
tulisanes desde cuya cima apresaban facilmente á las pobres bankas
que tenían á la vez que luchar contra la corriente y contra los
hombres. Más tarde, en nuestros tiempos, apesar del hombre que ha
puesto en ella la mano, menciona tal ó cual historia de banka volcada
y si yo al doblarla no anduviese con mis seis sentidos, me estrellaría
contra sus costados. Tiene usted otra leyenda, la de la cueva de doña
Jerónima que el P. Florentino se lo podrá á usted contar...
--¡Todo el mundo la sabe! observó el P. Sibyla desdeñoso.
Pero ni Simoun, ni Ben Zayb, ni el P. Irene, ni el P. Camorra la
sabían y pidieron el cuento unos por guasa y otros por verdadera
curiosidad. El clérigo, adoptando el mismo tono guason con que algunos
se lo pedían, como un aya cuenta un cuento á los niños dijo:
--Pues érase un estudiante que había dado palabra de casamiento á una
joven de su país, y de la que al parecer no se volvió á acordar. Ella,
fiel, le estuvo esperando años y años; pasó su juventud, se hizo
jamona y un día tuvo noticia de que su antiguo novio era arzobispo de
Manila. Difrazóse de hombre, se vino por el Cabo y se presentó á su
Ilustrísima reclamándole la promesa. Lo que pedía era imposible y el
arzobispo mandó entonces construir la cueva que ustedes habrán visto
tapiada y adornada á su entrada por encajes de enredaderas. Allí
vivió y murió y allí fué enterrada y cuenta la tradicion que doña
Jerónima era tan gruesa que para entrar tenía que perfilarse. Su fama
de encantada le vino de su costumbre de arrojar al río la vajilla
de plata de que se servía en los opíparos banquetes á que acudían
muchos señores. Una red estaba tendida debajo del agua y recibía
las piezas que así se lavaban. No hace aun veinte años el río pasaba
casi besando la entrada misma de la cueva, pero poco á poco se va
retirando de ella como se va olvidando su memoria entre los indios.
--¡Bonita leyenda! dijo Ben Zayb, voy á escribir un artículo. ¡Es
sentimental!
Doña Victorina pensaba habitar otra cueva é iba á decirlo cuando
Simoun le quitó la palabra:
--Pero ¿qué opina usted de ello, P. Salví? preguntó al franciscano
que estaba absorto en alguna meditacion; ¿no le parece á usted que
su Ilustrísima, en vez de darle una cueva, debía haberla puesto en
un beaterio, en santa Clara por ejemplo?
Movimiento de asombro en P. Sibyla quien vió al P. Salví estremecerse
y mirar de reojo hácia Simoun.
--Porque no es nada galante, continuó Simoun con la mayor naturalidad,
dar una peña por morada á la que burlamos en sus esperanzas; no
es nada religioso esponerla así á las tentaciones, en una cueva,
á orillas de un río; huele algo á ninfas y á driadas. Habría sido
más galante, más piadoso, más romántico más en conformidad con los
usos de este país encerrarla en santa Clara como una nueva Heloisa,
para visitarla y confortarla de cuando en cuando. ¿Qué dice usted?
--Yo no puedo ni debo juzgar la conducta de los arzobispos, contestó
el franciscano de mala gana.
--Pero usted que es el gobernador eclesiástico, el que está en lugar
de nuestro arzobispo, ¿qué haría usted si tal caso le aconteciese?
El P. Salví se encogió de hombros, y añadió con calma:
--No vale la pena pensar en lo que no puede suceder... Pero puesto
que se habla de leyendas, no se olviden ustedes de la más bella
por ser la más verdadera, la del milagro de S. Nicolas, las ruinas
de cuyo templo habrán ustedes visto. Se la voy á contar al señor
Simoun que no debe saberla. Parece que antes, el río como el lago,
estaban infestados de caimanes, tan enormes y voraces que atacaban
á las bankas y las hacían zozobrar de un coletazo. Cuentan nuestras
crónicas que un día, un chino infiel que hasta entonces no había
querido convertirse, pasaba por delante de la iglesia, cuando de
repente el demonio se le presentó en forma de caiman, le volcó la
banka para devorarle y llevarle al infierno. Inspirado por Dios,
el chino invocó en el momento á S. Nicolás y al instante el caiman
se convirtió en piedra. Los antiguos refieren que en su tiempo se
podía reconocer muy bien al monstruo en los trozos de roca que de él
quedaron; por mí puedo asegurar que todavía distinguí claramente la
cabeza y á juzgar por ella el monstruo debió haber sido enorme.
--¡Maravillosa, maravillosa leyenda! exclamó Ben Zayb, y se presta
para un artículo. La descripcion del monstruo, el terror del chino,
las aguas del río, los cañaverales... Y se presta para un estudio de
religiones comparadas. Porque mire usted, un chino infiel invocar
en medio del mayor peligro precisamente á un santo que solo debía
conocer de oidas y en quien no creía... Aquí no reza el refran de más
vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yo si me encontrase
en la China y me viese en semejante apuro, primero invocaba al santo
más desconocido del calendario que á Confucio ó á Budha. Si esto es
superioridad manifiesta del catoliscismo ó inconsistencia ilógica é
inconsecuente de los cerebros de raza amarilla, el estudio profundo
de la antropología lo podrá solamente dilucidar.
Y Ben Zayb había adoptado el tono de un catedrático y con el
índice trazaba círculos en el aire admirándose de su imaginacion
que sabía sacar de las cosas más insignificantes tantas alusiones y
consecuencias. Y como viera á Simoun preocupado y creyese que meditaba
sobre lo que acababa de decir, le preguntó en qué estaba pensando.
--En dos cosas muy importantes, respondió Simoun, dos preguntas que
puede usted añadir á su artículo. Primera ¿qué habrá sido del diablo al
verse de repente encerrado dentro de una piedra? ¿se escapó? ¿se quedó
allí? ¿quedóse aplastado? y segunda, ¿si los animales petrificados
que he visto yo en varios museos de Europa no habrán sido víctimas
de algun santo antidiluviano?
El tono con que hablaba el joyero era tan serio, y apoyaba su frente
contra la punta del dedo índice como en señal de gran cavilacion,
que el P. Camorra contestó muy serio:
--¡Quién sabe, quién sabe!
--Y pues que de leyendas se trata, y entramos ahora en el lago,
repuso el P. Sibyla, el Capitan debe conocer muchas...
En aquel momento el vapor entraba en la barra y el panorama que
se estendía ante sus ojos era verdaderamente magnífico. Todos se
sintieron impresionados. Delante se estendía el hermoso lago rodeado de
verdes orillas y montañas azules como un espejo colosal con marco de
esmeraldas y zafiros para mirarse en su luna el cielo. A la derecha
se estendía la orilla baja, formando senos con graciosas curvas,
y allá á lo lejos, medio borrado, el gancho del Sugay: delante y en
el fondo se levanta el Makiling magestuoso, imponente, coronado de
ligeras nubes: y á la izquierda la isla de Talim, el Susong-dalaga,
con las mórbidas ondulaciones que le han valido su nombre.
Una brisa fresca rizaba dulcemente la estensa superficie.
--A propósito, Capitan, dijo Ben Zayb volviéndose; ¿sabe usted en
qué parte del lago fué muerto un tal Guevara, Navarra, ó Ibarra?
Todos miraron al Capitan menos Simoun que volvió la cabeza á otra
parte como para buscar algo en la orilla.
--¡Ay sí! dijo doña Victorina, ¿dónde, Capitan? ¿habrá dejado huellas
en el agua?
El buen señor guiñó varias veces, prueba de que estaba muy contrariado,
pero, viendo la súplica en los ojos de todos, se adelantó algunos
pasos á proa y escudriñó la orilla.
--Miren ustedes allá, dijo en voz apenas perceptible despues de
asegurarse de que no había personas estrañas; segun el cabo que
organizó la persecucion, Ibarra, al verse cercado, se arrojó de
la banka allí cerca del Kinabutásan y, nadando y nadando entre dos
aguas, atravesó toda esa distancia de más de dos millas, saludado
por las balas cada vez que sacaba la cabeza para respirar. Más allá
fué donde perdieron su traza y un poco más lejos, cerca de la orilla,
descubrieron algo como color de sangre... Y ¡precisamente! hoy hace
trece años, día por día, que esto ha sucedido.
--¿De manera que su cadáver?... preguntó Ben Zayb.
--Se vino á reunir con el de su padre, contestó el P. Sibyla; ¿no
era tambien otro filibustero, P. Salví?
--Esos sí que son entierros baratos, P. Camorra, ¿éh? dijo Ben Zayb.
--Siempre he dicho yo que son filibusteros los que no pagan entierros
pomposos, contestó el aludido riendo con la mayor alegría.
--Pero ¿qué le pasa á usted, señor Simoun? preguntó Ben Zayb viendo al
joyero, inmóvil y meditabundo. ¿Está usted mareado, ¡usted, viajero! y
en una gota de agua como esta?
--Es que le diré á usted, contestó el Capitan que había concluido
por profesar cariño á todos aquellos sitios; no llame usted á esto
gota de agua: es más grande que cualquier lago de Suiza y que todos
los de España juntos; marinos viejos he visto yo que se marearon aquí.